Buscar dentro de este batiburrillo

martes, 15 de agosto de 2017

A different point of view.

No es la canción de los Pet Shop Boys, no. Que oye, tiene su gracia. Es una expresión británica que siempre me ha gustado. Esa forma de decir que hay más ojos con los que mirar el mundo, e incluso con los mismos ojos, perspectivas que difieren según la posición del observador.

Nada nuevo. Es la empatía, idiotas. El poder adquirir los puntos de vista de otro observador y hacerlos propios, incluyendo los valores, los prejuicios, las sensibilidades y las argumentaciones. Es algo muy complejo de tener, más de adquirir y mucho de ejercitar y demostrar. Pero ojo; empatía no significa aceptar sin más todo eso, aunque sí adoptar para comprender. Se puede empatizar con Heydrich, con Stalin, con Mao o con De Gaulle, pero no significa que se acepte acríticamente lo que implica comprenderlos. Es un grave error que parte de una de las necesidades sociales básicas del ser humano; el refuerzo personal.

¿Qué es eso? No me estoy metiendo en jardines de la psicología (chamanismo, como el médico) si no en los sociales. El refuerzo personal es la necesidad que tenemos de sentir que estamos integrados en el entorno y el entorno es amistoso. Un ejemplo; un ateo viviendo en una comunidad Amish no se sentiría muy reforzado, igual que un calvinista en Roma o un salafista en Las Vegas. Todo es contrario a sus puntos de vista, sus valores y percepciones. Por eso, el refuerzo personal requiere de varios mecanismos, y el más sencillo, el que lleva siglos funcionando desde que nos estabulamos en el Neolítico, es... la comodidad de la aceptación. Aceptamos valores y hechos aunque no estemos de acuerdo con ellos para encajar. La comodidad. Nos refuerza, incluso si jugamos a ser rebeldes contra ese sistema cómodo, donde encajamos... comfortably numb.

Existe entonces, si no encajamos, una acción o reacción típica; luchar ferozmente para que el entorno se moldee a nuestro gusto, según nuestras percepciones y valores. Así la empatía se reforzará con la aceptación. Será más fácil empatizar con quien comparte los mismos valores y visiones. Si no es así, sale a la luz otro de los tipos más clásicos; el zelote.

Me ahorro la clase histórica. Los zelotes también triunfan si el resto se acomoda, siempre es así. Por eso, quienes se ven rechazados suelen engrosar sus filas. Porque el rechazo es el reverso de la empatía; si no sabemos empatizar, rechazamos. Odiamos. No comprendemos, no queremos entender y nos dedicamos a destruir lo que pueda representar el otro. El que sea. Carecemos de la capacidad de comprender otro punto de vista.

Y lo he dicho al inicio; saber percibir otros puntos de vista no implica aceptarlos sin más, sólo comprender las razones de algunas acciones, las argumentaciones que cubren el esqueleto de la decisión. Comprenderlos puede servir para algo básico en el ser humano; su política de relación social. Como digo, podemos comprender a un pedófilo, un racista, un machista, un egoísta, un conservador o un progresista, un cobarde, un valiente, un tradicionalista, un revolucionario, un asesino, un salvador, un explotador, un cínico, un mentiroso, un hipócrita, un violento, un celoso, un enamorado. Pero cuesta comprender a alguien que no tiene, o no expresa, emociones. Y aún así, se puede empatizar con ellos... pero no aceptarlos.

La empatía es una necesidad del homo alimentada mediante el lenguaje. En todas sus facetas. La interacción social, ese zoon politikon que tantas veces refiero, es una básica, pues somos individuos agrupados para sobrevivir recolectando y cazando, y mantenemos la herencia genética que nos hacía pegarnos como tribu para lograr un fin. Cuando alguien se salta esas reglas no escritas, afronta la soledad, la exclusión, pero incluso ahí, se puede comprender al que se siente sólo, siempre que uno haya estado antes en la misma situación emocional. Y luego hacer, o no, algo.

En todo caso, es mejor aceptar y tener puntos de vista diferentes, porque el mundo es caos, choques inestables y remolinos en los que chocan emociones. Aceptarlo nos lleva a comprender que la sensación de orden y la comodidad son eso, sensaciones. Endebles sensaciones. 

Pero es sólo un punto de vista.

Un saludo,

miércoles, 26 de julio de 2017

Decisiones.

La vida es un constante juego matemático de toma de decisiones. Muchas se toman por nuestras tripas, mediante la intuición. La consciencia juega un papel menor de lo que creemos, aunque relevante.

Imaginemos un escenario en el que una persona toma la decisión de estar con otra persona, un escenario muy habitual. Aparte del pegamento del sexo inicial (que no es perfecto, pero los inicios son siempre estimulantes) cree que hay muchas cuestiones por las que estar juntos es interesante. Se genera el apego mediante una primera complicidad, visiones comunes, proyectos... pasión, complicidad y compromiso. Pero la pasión puede ceder con el tiempo (aunque claro, el ritmo es siempre diferente en cada una de las personas...) la complicidad puede ser realmente acuerdo no instintivo si no calculado y el compromiso convertirse en la piedra angular que sostiene, con una sola columna, todo lo demás. ¿Qué sucede entonces?

En las relaciones hacemos cálculos, siempre. ¿Esa persona me cuidará si me pongo enfermo? ¿Esa persona criará a mis vástagos correctamente? ¿Esa persona me dará el cariño o afecto que requiero cuando lo necesito? ¿Esa persona participará cómplice de mis deseos y aspiraciones? ¿Esa persona contribuirá económicamente o con su esfuerzo en los asuntos diarios o a largo plazo? Cálculos que podemos creer racionales pero no lo son. La pérdida de atractivo físico, la reducción de la pasión, la pérdida si hubo de complicidad y por tanto la fractura del apego no son decisiones racionales. Podemos creer que sí, pero no es así. Son de nuestro ser.

El amor romántico ha sido uno de los grandes ideales de Occidente, en contraposición al "salvaje arreglo matrimonial" que hasta el siglo XX era la norma (y sigue en muchas partes del mundo). Pero la realidad es que el amor no es sólo enamoramiento o apego, son emociones y placer físico. El placer puede diluirse en el tiempo, pero la emoción no, aunque ésta se alimente de aquella. La necesidad de observar a la otra persona y no preguntarse, con voz clara o subterránea, si se ha tomado una buena o mala decisión, es habitual. Y tendemos a convencernos según nuestros prejuicios, valores y experiencia. 

En las relaciones, como digo, se hacen cálculos. Conscientes e inconscientes. Pero pesan más los inconscientes, pues en realidad son el sustrato sobre el que se montan los conscientes. Si en una relación vemos que no sentimos placer, emoción, pasión, complicidad ni ningún otro sentimiento agradable, pero la mantenemos porque económicamente nos es rentable o porque hay una responsabilidad (mascotas, hijos, hipotecas) es probable que hayamos tomado una decisión fría en contra de la realidad. Y que busquemos vetas de felicidad en otros lugares ajenos a la relación que mantenemos. A fin de cuentas, dejarse llevar es más fácil que tomar una decisión y parar de seguir ese camino. Eso ha sido así siempre, y la estabilidad de las sociedades se entiende por esta razón. Existen condicionantes, frenos éticos o morales, incluso coercitivos. Y siempre, siempre, se busca una verdadera cuestión social; impedir el cambio. Por eso las decisiones que implican romper una relación son calificadas de muchas maneras (inmaduras, egoístas, impropias, locas, absurdas, estúpidas...) porque es un cuestionamiento de todas las demás relaciones y su concordancia con lo que debe ser esa sociedad y el "tablero" del mundo.

Y, sin embargo, casi toda la literatura aborda un mismo tema; infidelidad, adulterio, engaño. En las historias de las relaciones, casi todas abordan el cómo vivirlas en contra de la sociedad. Madame Bovary, Las amistades peligrosas, Lolita, Ginebra en el mito artúrico, El maestro y Margarita, Elena de Troya (antes de Esparta), Las brujas de Salem... casi todas protagonistas, por cierto. En el caso de ellas existe más trampa, pues son vistas como quebradoras del orden "natural" de la sociedad (¡una mujer que elimina del sexo la parte reproductiva y procreadora para centrarse en su placer!) pero no se pone el acento en el hombre porque... es normal. Me contaba un amigo mío que en el Liceu de Barcelona finisecular era habitual que una respetable pareja burguesa observara con sus prismáticos a los Russoll y dijeran, despectivos "Mira, allí están con la amante de los Espil... pero la nuestra es más guapa, ¿verdad?"... una convención social hipócritamente aceptada por la sociedad. Igual que la prostitución (en España, hasta los años 50 era habitual seguir el modelo de casa de putas controlado por los servicios sociales y sanitarios) y muchas otras cuestiones que, como he dicho, forman parte del sistema de coerción de los individuos. "Apechuga", sería la palabra más castiza para definirlo. 

Nuestro cerebro calcula, emocionalmente, creando relatos con la lógica para justificar las decisiones que hemos tomado así. Aunque Harari ya lo ha expuesto (los algoritmos), antes que él gente como Kahneman lo había tratado. Hoy, la neurociencia sabe más del comportamiento en las decisiones, y los biólogos sonríen al ver cómo somos tan mamíferos ("¿debo esconderme en aquel arbusto ante el ruido no reconocido que he escuchado mientras bebía en el arroyo?", nos imaginamos que siente un cervatillo abrevando y justo en el momento o instante en que eleva la cabeza atento al ruido...) y no nos alejamos tanto de nuestra condición de Homo. La verdadera cuestión, pues, no es sólo tomar la decisión, sea la que sea. Es aceptarla como la correcta, aunque no estemos seguros. Quizá nos empobrezcamos materialmente (y por comparación) en ciertas decisiones (divorcios, por ejemplo) pero sí nos enriquecemos profundamente en cuanto a sensación de felicidad, de plenitud y de vitalidad. Porque hay decisiones que nuestras "tripas" tomaron antes que nosotros, y luego, el buen cerebro, construyó el relato que debemos a los demás. 

En todo caso, la libertad, que es lo que se presupone de base para la decisión, es otro aspecto a estudiar. Aunque si se toma una decisión y se cumple, entonces... sí que puede existir esa libertad. ¿O no?

Un saludo,

lunes, 17 de julio de 2017

Tristelicidad.

Estar triste y feliz al mismo tiempo parece un trastorno psicológico, pero no es tan raro. Hay situaciones que generan tristeza y uno sin embargo puede ser feliz en su interior, proveyendo de luminosidad las áreas tenebrosas que le rodean. Estar feliz es un antídoto contra la tristeza y genera placer, pero sin sentirse triste no podemos saber qué echamos en falta y qué buscamos para lograr la felicidad esquiva.

Esta vida es un surfeo entre ambas emociones, transitando otras muchas. Lograr la paz en la nada, esa ataraxia epicúrea o el nirvana budista, pasando por la epoché escéptica, se me antoja aceptar la muerte en vida. Reconozco la necesidad de aplacar las emociones y no dejarse conducir por ellas sin rienda alguna, pero también la necesidad de saber soltar las riendas y dejarse arrastrar por ellas de manera pasional. Porque la vida es finita. Y en mi duda cabe la posible certeza de que única e irrepetible (ni ciclos de reencarnación, transmigración de almas o metempsicosis, lo lamento) por lo que hay que ser consciente de la inconsciencia tanto como de la propia consciencia... sin tomarla en serio.

Sin duda, la vida trae inmensas amarguras. Desde la pérdida de un juguete hasta la muerte de alguien muy querido o cercano, pasando por decenas de frustraciones, rechazos, fallos, errores, obstáculos y demás. Pero todo, absolutamente todo, es no sólo habitual (una vida sin traumas o frustraciones me parece carente de chispa, de vitalidad, apagada y yerma) si no necesario. Necesitamos experimentar lo peor para conocer lo mejor. El sabor de lo salado no puede disfrutarse sin lo dulce, y lo sabroso queda apagado cuando no conocemos lo insípido. La felicidad, una tapada del mundo, queda estigmatizada como algo de ingenuos, idiotas, atrevidos ignorantes y otros muchos insultos que los denominados realistas aplican recelosos.

"Los idiotas" de Lars Von Trier, de hecho, me parece un ejercicio muy inteligente para mostrar eso que comento. La felicidad instantánea, absurda, transgresora, el placer y el gusto quedan retratados desde el punto de vista de los miembros de una sociedad (que somos todos, a fin de cuentas) que busca limitar, atrapar entre cuatro definiciones todo lo que debe ser correcto, sin más. Y la transgresión es fundamental. Pues revela la realidad tal como es, nos guste o no. La finitud, la necesidad de atrapar la oportunidad, de vivir.

Mi vida está cambiando. Lleva haciéndolo mucho tiempo, pero hay épocas en que los cambios se aceleran (y aquí me planteo como con la evolución qué sucede, si el cambio es abrupto o espaciado en el tiempo... creo que ambas cuestiones se dan a lo largo del tiempo) y ésta es una de ellas. Me produce tristelicidad. Tristeza por algo de lo perdido, felicidad por volver a experimentar la oportunidad de hacer otras cosas (o muchas que ya me gustan) de otra manera. Sin cambio la vida no es vida, es agua estancada. Y nadie bebe de ese agua, si no de los manantiales que corren frescos sobre lechos de roca...

Un saludo,


miércoles, 14 de junio de 2017

La presunta educación de los mayores

Navalón escribe un artículo sobre los "Millenials" poniéndolos a parir. En el Congreso, se habla de "circo podemita" y de novias, puestas de largo y otras sandeces de los tiempos vieneses (valses y salchichas...) y, en general, se hace cierta la cita de Cicerón:

"Estos son malos tiempos. Los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros."

En suma, generaciones vs generaciones. Ya no es hablar de cintas rebobinadas con un boli Bic, de peta zetas o la EGB. Tampoco de Pikachus o youtubers o instagramers. Es hablar de lo crudo; la edad.
En este tema me jode la presunta educación de los mayores. No, lo siento. No. Dos experiencias de hace menos de un par de semanas me refrendan. La educación no mejora con la edad. A veces ni está, ni se le espera.

Uno, un señor que deja su Seat León nuevecito en medio del carril bici. El de la calle Toledo. De subida... Al recriminarle educadamente, se lanza al insulto, descalificación, tú más, insolencia despectiva y condescencia matona. Y desde luego, educación, buenos modales, ausentes.

Otro, el hombre que para su coche en medio del paso de cebra cuando vas a cruzar con tu hijo pequeño y no se corta en decir burradas y tacos. Miradas de invitación al orden y, aún así, idéntica respuesta.

Y hay más... "señoras que" que olvidan la maternidad o la paternidad. Señores que tratan sin empatía a niños pequeños. Gente mayor impertinente, sin educar, en realidad. Personas que representan una realidad; la educación no tiene edad. Se puede tener edad provecta y abyecta educación.

Yo no soy joven. No me gusta YouTube. Paso de Instagram. Pero eso no implica que acepte lo que dice Cicerón sin más. Sí, cualquiera escribe libros (yo mismo) pero desobedecer es, como Jefferson indicaba, necesario. Aceptemos el desafío, enriquezcamos el debate con diferentes perspectivas. Aceptemos que un muchacho puede tener conocimientos y puntos de vista nuevos, frescos, flexibles. No aceptemos lo que una persona de edad, cierta edad, diga sin más, como tabla mosaica. Que seguro se puede romper...

Pero es pedir mucho. Concretamente, educación...

Un saludo.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Ajedrez.

Hay una película que me marcó. "Fresh", de Boaz Yakin, de 1994. La sinopsis es ésta:

"Fresh es un niño de 12 años de Brooklyn que trafica con droga y pasa crack a los camellos locales. Fresh viaja a escondidas para jugar al ajedrez con su padre, un medio genio vagabundo al que tiene prohibido ver"

Fresh tiene como padre a Samuel L. Jackson (Sam) En uno de sus mejores papeles, creo. Pero es la historia la que me marca. Fresh lucha contra una madre drogadicta enganchada a la heroína y un novio camello hijo de puta, su padre al que no debe ver, su familia extensa que le impide jugar al ajedrez o dormir a secas, los camellos para los que trabaja, el colegio donde se duerme, los compañeros que le hacen la vida difícil... y cuando intenta aplicar la lógica del ajedrez a la vida, vence. Pero pierde.

Es una lección importante. Puedes lograr tu objetivo y, sin embargo, perder. Es así. Puedes haber obtenido un premio y vivir envenenado porque no es disfrutable. Es así. Puedes decidir hacer algo que crees lo correcto y provocar resultados muy negativos. Es así. Quizá en "El perdedor gana" de Graham Greene hay más respuestas... como casi en todo Greene.

Yo no soy un buen jugador de ajedrez. Era muy emocional. Observaba qué pieza le gustaba más al rival (como bien le enseña Sam a Fresh) e iba a quitársela, aunque perdiera más en el camino. A veces eso le desestabilizaba lo justo para ganar, aunque era más común perder (la frialdad gana...) y no era muy buena estrategia. Soy de caballos de ajedrez (odio los de verdad) y me encanta la honesta sencillez de las torres, de frente, atrás, de lado a lado... los alfiles me parecen atravesados, siniestros. La reina, sobrevalorada por su versatilidad pero importantísima. El rey, un capullo. Los peones, la infantería, la carne de cañón, lo más prescindible (por mucho que puedan promocionar) y el tablero... limitado. Pero suficiente. Y real.

Las lecciones que da el ajedrez son infinitas. Aunque puedes caer en la tentación de aplicarlo (como Fresh) a la vida, sin más. ¿Soluciones? Ninguna es la correcta, porque siempre hay consecuencias inesperadas o esperadas y descartadas porque importen menos. Igual que el ajedrez, la vida se constriñe por un tablero temporal que impide ir atrás, únicamente hacia delante, sin presente real, porque es instantáneo. Es el límite legal de nuestro contrato vital. Igual que el ajedrez, hay torres, alfiles o caballos, reinas y reyes, peones, y blancos y negros (pero no significa que unos sean buenos y otros malos; siempre jugamos intercambiando posiciones, y jugamos con blancas y negras todo el tiempo, a veces simultáneamente en diferentes lugares) y hay reglas básicas, de apertura, de enroque, de movimiento, de respeto de turno... es la falsa sensación de ausencia de azar, de dados, porque eres tú y tu intelecto. En eso no puede aplicarse a la vida. El azar y lo extraño ocurren. Vaya que sí. Y remueven cada jugada que creas debes hacer. La correcta se convierte en incorrecta antes de darte cuenta.

Digamos que yo, en esas enseñanzas, no quiero perder a la reina. Ninguna en ningún juego de la vida. Que me joden los peones caídos porque a ellos va mi simpatía proletaria. Que la torre es capaz de soportar muchas cosas, excepto un alfil cabrón, y la respeto por su rocosidad. Que el caballo es lo más cercano al caos y por eso me parece bello, porque dibuja los mejores arabescos del tablero. Y que el rey, si soy yo, ha dado en mal lugar, con un republicano guillotinador... 

Recomiendo "Fresh". Encarecidamente. Verle al final, junto a un Sam que no sabe dónde esconder sus limitaciones (ajedrez como escuela y nada más) sabiendo que ha ganado en la vida una partida pero ha perdido en cambio algo más importante, es brutal. Demoledor. Impactante.

Aunque, como en la novela de Zweig, el ajedrez puede ser motivo para una novela de salvación personal... también la recomiendo. El ajedrez da para mucho...

Un saludo,

lunes, 8 de mayo de 2017

The Macho.

Es curioso cómo en el inglés americano ha entrado la palabra "macho", viajada desde España y pasada por el tamiz mejicano o latinoamericano. Duro, asertivo, planta cara y resolutivo. Al estilo John Wayne, Clint Eastwood o Pérez-Reverte. 

Las palabras se mueven, cambian, mutan, añaden o pierden, pero eso es algo lógico, en consonancia con los tiempos. Me vienen a la cabeza dos películas de naturaleza similar, "La chaqueta metálica" de Kubrick y "El sargento de hierro" de Clint Eastwood. Ambas, con marines, creo, una ambientada en dos escenarios (Kubrick, siempre, sube la montaña, hace cima, baja la montaña...) que son el campo de entrenamiento y luego Vietnam. Otra, la de Eastwood, el campo de entrenamiento y aledaños y, luego... la risible invasión de Granada, un cachondeo. En ambas, hay instructores. La de Kubrick, uno real (qué pedazo de director...) que daba miedo y al que se enfrenta Matthew Modine con su genial "¿Eres tú John Wayne o lo soy yo?" y que provoca la reacción airada del instructor. Otra, la de Eastwood, donde es casi paródico de aquel, con su discurso de "He bebido más cerveza, meado más sangre, echado más polvos y aplastado más huevos que todos vosotros juntos, mierdecillas". En ambos vemos eso, el "macho". Ambos instructores. Y son penosos...

John Wayne era un modelo. Pero también lo era (manos a la cabeza) Jack Lemmon en "El apartamento". "Sea un mensch", le increpa su vecino médico. Jack Lemmon era empatía, gracia, inteligencia, cobardía, tristeza, mirada melancólica pero anhelante, mil cosas llenas de profundidad... ¿Mola más John Wayne o Jack Lemmon? ¿Molan más los "machos" o los "mensch"?

Al final es un problema de indefinición. La masculinidad (sin ser contraposición a la femineidad) está en constante desarrollo, proceso de cambio y redefinición. Hoy, en el mundo de mil redes para comunicar (aunque no comuniquen una mierda) y miles de censores agazapados, la corrección de lo que debe ser permisible es una tiranía, pero también una valla erigida desde cimientos básicos. Que denigrar, insultar, humillar o, hablando como un macho, putear, es un error, creo que todos estamos de acuerdo (aunque hay contextos, claro...) Pero también censurar, callar, obviar, recortar o perderse en perífrasis para decir algo resulta, a mi juicio, un error igual o más grave. El lenguaje debe usarse para describir con la mayor capacidad posible la realidad, para forjarla, delimitarla o rellenarla. El lenguaje preciso es una riqueza inasible pero inmensa, un premio por la claridad que aporta y los resultados que genera, las puertas que abre. Si se le obliga además a sortear obstáculos, puede suceder que caigan los menos ingeniosos y queden únicamente los más capaces, logrando cimas inéditas. Pero, al mismo tiempo, esa "clase media" quedará sometida a la mediocridad que nada aporta. El lenguaje debe ser, servir, fluir, sin obstáculo ni cortapisas más allá de las más básicas (no agredir gratuitamente, no mentir sin objetivo alguno o dañino, no ser innecesario, quizá, a mi modo de ver, el mayor pecado...) y poco más. O mucho más. Quizá me equivoco... pero el lenguaje y la masculinidad van unidos (como el lenguaje y la femineidad) porque sin el primero no se define el segundo. Por más que adelantemos un paso y demos un puñetazo en la barbilla a alguien, derribándolo.

Reviso el "Macho" yanqui y me sonrío. Entran personajes como David Hasselhoff (por cierto, icono kitsch de los 80, rejuvenecido y adorado en pelis raras como "Kung Fury" o "Guardianes de la Galaxia 2") o Bruce Willis, Kurt Russell (sí, sí, lo sé, adoro "Escape de..." y alguna más...) el citado John Wayne, claro, Clint Eastwood, Bogart, Steve McQueen, Mel Gibson, Charles Bronson... testosterona, pelo abundante, licor, sonrisa cínica, dureza, puños, armas, rebeldes, cinismo, resolución, liderazgo a la vez que se es fieramente individualista... y más, muchos más rasgos. De eso hemos bebido muchos, durante mucho tiempo. Y por supuesto que en los corrillos privados de amigos (los íntimos, los de confianza) decimos aquellas cosas de "jo, qué tetas más grandes" o "qué culo más imponente" o "vaya cuerpo tiene" y demás cosas. Pero eso, que en privado es un momento de culpable satisfacción, en público puede ser ofensivo. Los feminismos (que hay de todo color y pelaje) suelen responder, atacar los estereotipos, jugar contra los roles, principalmente, éste, el del "Macho". Y muchos hombres, por otra parte, seguimos revisando nuestros roles, nuestros modelos, nuestras enseñanzas, pensando que una cosa es la ficción, la intimidad, la esfera de lo lúdicamente privado, y otra la pública, ese espacio donde aunque parece que se tiene que mover uno con pies de plomo, hay que saber cuándo no ofender gratuitamente (otras veces, ofender a sabiendas, buscando la herida verbal, la agudeza de la palabra que penetra exactamente donde debe, es una necesidad de la inteligencia molestada... pero el momento, el tiempo, la situación, la reacción, la capacidad... tantas cosas...) o cuándo no hacer daño. De nuevo, lenguaje...

Yo no quiero abolir el "Macho". No quiero tampoco el modelo feminista de réplica en espejo. No quiero tampoco la censura, venga de donde venga. No quiero el lenguaje limitador, expropiador, pobre. Querría, de verdad, a Jack Lemmon, por poner un ejemplo, de modelo. Sí, me gustan William Holden, sí. Sí, y Sam Peckinpah. Sí. Y más. Muchos más. Pero creo que nadie ha tomado en serio (quizá porque no es su objetivo) pensar en un modelo así... 

Además, como él mismo dice en "Con faldas y a lo loco"...

"No me comprendes, Osgood. Soy un hombre". 

Y todos sabemos la respuesta, perfecta, de un perfecto Wilder, que incluye todo (hombres y mujeres) y que es sublime. 

Nadie es perfecto.

Un saludo,


miércoles, 26 de abril de 2017

¿Bilingüismo en Madrid?

Lo reconozco. Mi hijo va a un cole bilingüe. Aparte de que la mayoría ya lo son, y es "el signo de los tiempos", la razón es que, en principio, apoyo la idea. Moldear el cerebro en varios idiomas, ser capaz de aplicar plásticamente más de un término, con sus matices, significados, descripciones e imágenes, me resulta enriquecedor, básico para conocer el mundo. El lenguaje es una maravillosa maldición, babélica, que permite comprender qué compartimos y qué nos diferencia, logrando así nuevas creaciones entre medias, fluyendo.

Pero es, como digo, "en principio". La Comunidad de Madrid, con su ínclita ex presidenta Esperanza Aguirre a la cabeza (esa cuya charca está llena de ranas) impulsó el sistema de manera propagandística en 2004. ¿Éxito? ¿Fracaso? Según se mida. El éxito para la CM es que hay cientos de institutos y colegios "bilingües". Entre comillas lo pongo porque ha sido un "subirse al carro" o morir. Esto es, no recibir financiación. El fracaso es que es un modelo que ni es bilingüe ni mejora la educación. ¿Y por qué? Porque ha logrado el efecto que no debe cumplir un sistema público de educación; segregar. Aparte de estar implantado desastrosamente mal.

El castellano se está arrinconando como lengua vehicular, propia. Una nacionalista del PP como Aguirre debería haberlo visto venir, pero pudo la consecuencia económica antes que la defensa de su idioma. Y qué coincidencia, la mayoría de colegios e institutos no bilingües se sitúan en zonas deprimidas, de mayoría inmigrante (latinoamericana) y alejadas de los centros de decisión. Inmobiliariamente, uno puede hacer una correlación entre precio vivienda y calidad colegio o instituto público y sorprenderse (salvo algunas aberraciones estadísticas) porque... es otro modo de segregar que ha realizado la ex. Pobres vs ricos o clase media con aspiración.

El modelo fracasa por algo simple; no puedes enseñar un idioma si no lo conoces. En eso, sí que debo darle parte de razón a la ex presidenta, ex concejala y ex todo. Es un nativo quien debe enseñar el idioma. Un nativo o alguien bilingüe de verdad Y CON CONOCIMIENTOS PEDAGÓGICOS. Lo resalto porque es algo básico. Que luego los sindicatos o el sistema de acceso público sea el que es, es otra historia. Pero las culpas, repartidas, no impiden ver la realidad. Unos por saltarse los obstáculos, otros por ponerlos. Y la realidad es que los profesores NO TIENEN LA CAPACIDAD IDIOMÁTICA para impartir, aunque sí los recursos pedagógicos. Cojea el sistema, ¿verdad? Como siempre. Implementar a medias, parcialmente, es lo que tiene. En educación, en sanidad, en lo público, o apuestas con todo o mejor lo dejas estar. Aquí, como somos imbéciles, admitimos experimentos, y lo peor. Con nuestros hijos.

A día de hoy, veo dos posibilidades y una realidad. La primera posibilidad, cancelar el bilingüismo, reconocer su fracaso y paralizarlo, invirtiendo en materias, formación y equipos. No pasará. Cifuentes tiene cadenas, y por muy rubia que se haga, sabe a quién debe su puesto. Al lameculismo que no sólo se da en su partido (aunque no sé si llamarlo "banda", a tenor de las noticias...) y a su ansia de poder. La segunda, reinvertir en ello con dureza, primero examinando qué falla (es evidente, pero hay que querer ver) y luego invirtiendo cantidades no robadas en ello. No pasará, pues supondría reconocer que las Radiales valen menos que la educación. La realidad es que continuará así, a trancas y barrancas, con los profesores tratando de llevarlo de aquella manera, los padres agobiados entre academias y parches, y seguiremos con el modelo de siempre... lo público, denostado, y lo privado (incluyendo lo concertado) ensalzado sin razones.

El único bilingüismo que existe en Madrid es el de los dos mismos idiomas que siempre chocan. Pobres y el resto. Pobres, cada vez más, en todo sentido (no solamente en lo material) y estúpida clase media que cree aspirar a riqueza (sueños, sueños, ilusiones...) jugando la partida mientras les quitan la cartera. Dialéctica, lucha de clases, etc. Todo eso que está caduco. Y siempre la misma pregunta, que ya Richard Brooks nos lanzó en "Los profesionales":

"Maybe there's only one revolution, since the beginning, the good guys against the bad guys. Question is, who are the good guys?"

Un saludo,

jueves, 20 de abril de 2017

"Yo sé quién soy"

Desde Quijote a Harry Angel, muchos han pronunciado esa frase, con un matiz doloroso contra la infamia y el juicio ajeno, contra la percepción simple y nada poliédrica de los demás. Saber quién es uno mismo es fundamental para reconocerse, hacer y vivir. En las novelas y películas, muchas veces vemos al protagonista tal cual es, sin trucos, sin oropeles. Chaplin en "El Circo" le roba mordiscos de un perrito caliente a un niño pequeño, mientras sonríe y trata de aparentar ser un caballero. Le mete garrotazos al ladrón en el barco del laberinto de espejos, y lo disfruta, disfruta de esa violencia aunque la imposte. ¿Y es malo? El punto de vista del observador siempre afecta al juicio, pero sobre todo, el juicio determina más a la persona que lo emite que al enjuiciado. Si uno sabe quién es.

Vivimos en un mundo social donde todo se evalúa y aquilata en pocos segundos. Prejuicios que ayudan a consolidar juicios (vestimentas que determina clase social, pudiente o impúdica, pobre o rebelde, arrogante o sumisa) y a ejercer un trato encarrilado así según la vía que saquemos de esa pequeña caja. Pero el prejuicio y el juicio son erróneos. ¿Sabemos quién es, realmente, esa persona? Podemos evaluar sus actos... y ni siquiera así conocerle. Porque, ¿por qué hace eso y no otra cosa? Además, el contexto es sumamente importante. No es igual el colegio que el parque, la universidad que una fiesta, el trabajo que las cañas. No es igual en tu casa que en una sala de fiestas, no es lo mismo en la biblioteca que en la cancha de baloncesto. Y, sin embargo, quien se deja llevar también por el prejuicio del contexto suele dejar clara su mentalidad. 

Saber quién eres es importante. Porque te blinda contra la visión de los otros. A lo largo de mi vida, he tenido posados en mí ojos que me han visto de muchas maneras, algunas completamente distintas a quien soy. Se me ha calificado de formas negativas y, también, positivas. Y a veces eran ciertas y muchas no. He escuchado comentarios sobre mí, esas medias verdades que son peor que la mentira, y esas mentiras que ocultan algo de verdad. He escuchado cómo me ven, algunos muy buenos amigos, otros no tanto, y las distancias entre su percepción y la mía era curiosa. El ejemplo de la literatura y el cine ayudan a comprender. Lo que unos hacen. A qué se reduce todo...

Roy Batty también luchaba por conocerse, por saber quién era. ¿Un androide programado para luchar, y ya? ¿O podía ser otra cosa? En su sacrificio, comprendió que podía ser otras cosas, ante su asesino, antes de morir. Y ese cambio es lo fundamental. Porque somos, pero cambiamos. Y cambiamos porque si no, no seríamos. Harry Angel se repetía llorando que sabía quién era, porque había eliminado su pasado, aunque el bello de Louis Cyphre se lo vino a recordar (una constante, el pasado regresa en forma de personas a las que afectamos sin entender nuestro impacto en ellas... igual que otras nos afectaron y sabemos cuánto, cómo, pero ellas, quizá, no...) y le aplicó la mano muerta del ayer. Quijote quiere ser, es, de hecho, y lo hace contra los demás, sus burlas, inquinas, mezquindades, sorpresas, acomodamientos y demás. No es Quijote el protagonista, si no más bien el catalizador que nos permite conocer a todos los demás personajes. Un espejo en el que los demás, como el callejón del gato, se ven, deformados...

Yo sé quién soy, y quién no soy... todavía. Pero no soy por lo que otros me definan, antes al contrario, sus definiciones, precisamente, son simples apuestas o juegos para intentar conocerme de verdad. Y no, no se logra, no lo conseguirán nunca. Porque no me rindo a la imagen que me proyectan de mí mismo. Y eso vale, claro está, para los hijos. Por eso las etiquetas, los prejuicios, las simplezas, no me gustan. Reducen en tanto el valor del ser, que resultan más ofensivas que un insulto.

Ahora, que si me dejan elegir, siempre, siempre, quiero ser... Holly Martins. Copón, cómo me gusta ese personaje... y cualquier caradura de Harrison Ford, claro. Y los que se deslizan en las sombras, como los amigos de Falstaff... o yo mismo, que también me gusta. 

Un saludo,

viernes, 14 de abril de 2017

Un titular.

Leo hoy un titular de El País. Ese diario progre, sociata, liberal de izquierdas y... paro, la risa floja me abre las tripas. Mis cojones.
"Los días perdidos en huelgas caen al mínimo histórico en 2016"La negrita es mía. Y aquí el enlace:
http://economia.elpais.com/economia/2017/04/13/actualidad/1492102582_151578.html
Queda claro. La huelga es ya una pérdida de tiempo. No sirve para nada. Y Marx revolcándose de risa, mientras se tira histérico de su melena hipster y rizada. Huelgas... ¿para qué?
Es sencillo. El capitalismo se fundamenta en romper cualquier vínculo de solidaridad entre extraños. No es que seamos ya white collars la mayoría, o que hallamos abandonado la fábrica llena de agros analfabetos (para engrosar la oficina como urbanitas igual de analfabetos... funcionales, eso sí) no. Es que no creemos que exista similitud alguna entre ese y aquella y nosotros mismos, tú y yo. Nos creemos diferentes (lo somos) y al otro rival. ¿La similitud? Estamos igual de explotados en el engranaje, pero no lo vemos o creemos torcer los piñones y discos a nuestra voluntad. Ja.
La huelga necesita de varios elementos. Sindicatos fuertes e independientes (en España, 0) objetivos claros e importantes para muchos (aquí nos perdemos en tonterías) paciencia (huelgas de 1 día... oh, qué horror, ¿¡tanto!?) Y la solidaridad. Conceptos como "caja de resistencia", "economía de guerra" o "ayuda mutua" se han ido al basurero de lo obsoleto (¿quién decretó su obsolescencia? Qui bono...) cuando son básicos.
Las huelgas son el instrumento más certero para lograr objetivos. Pero ya ni me atrevo a añadir "a favor de la clase trabajadora" porque, eh, nadie, repito, NADIE, se considera así ya. Ese es otro triunfo de la otra clase, la de Warren Buffet, la que va ganando...
En fin. "Periodismo" de palangana semanasantera, hipocritilla como las panas ahora criando naftalina y que siguen dando nostalgia. Pero, ehehey, da igual. Los robots son la solución (salvo si nos ponemos luditas) y quizá Skynet o Madre o HAL sepan mejor que nosotros, pre-algoritmos, qué nos conviene...
Mientras, a posturear. Ya con capucha KKK o Twitter. Si por ahí se hicieran huelgas...
Un saludo,

lunes, 10 de abril de 2017

Política.

Que si Aristóteles, bla bla, zoon politikón, bla bla... no voy a meterme en la base. Lo somos. Punto.

Libertad de expresión. No existe más que dentro de los límites, siempre movibles, de lo que se permite y deja. En una sociedad sana,todo puede tomarse a coña, hacer chistes (buenos, malos, regulares) y jugar con los sinsentidos o tremendos sentidos profundos de la broma. En España, no. Tenemos demasiadas sacralizaciones, blasfemias, religiosidades. Es algo sobre el tabú. Aquí lo tenemos arraigado (en todas partes hay, pero en España es una cosa demencial) y eso además impide el debate. Bueno, ¿para qué debatir si tenemos Audiencia Nacional o Ley de Jurisdicciones? Ah, espera, que eso es del siglo pasado, del Cu-Cut... en fin. Un país sin sentido del humor es un país lleno de estúpidos, mediocres y jodidos de la vida. Y no viene del franquismo, no únicamente de ahí. Bravo. Otro tanto a eso de "se es español porque no queda otra..."

Corrupción. Los fundamentos del poder. Sin corrupción no hay poder, porque es intrínseca, necesaria. Es el engrase que permite mover las correas de distribución de la gestión del poder. ¿Pero qué se creen ustedes? Unos países han logrado integrar la corrupción en el sistema y se gestiona fetén. Otros, como España, siguen indignados, del tipo Claude Rains en el casino de Bogart. "¡Qué escándalo, aquí se juega! (tenga su soborno, Prefecto) pero al tiempo practican con ese desparpajo chulesco que solamente aquí (y quizá en Italia) sabemos tener. Todos nos corrompemos, incluso los funcionarios públicos hasta el más mindundi. El que no, es un caso raro o tiene vocación. Y la corrupción depende, claro. Bombones, Coca-colas gratis o vete tú a saber. El ser humano es venal, simple.

Proyectos. ¿Alguien ha escuchado algún proyecto nacional o internacional que esté movilizando a la gente? ¿Que genere ilusión, entusiasmo, esperanza? No sé. En los 60, EEUU vibraba con la carrera espacial contra la URSS, desde el redneck más recóndito al protohipster más vomitivo. En los 80, había fervor nacionalista contra la URSS, que desembocó en unos años 90 muy violentos. En los 2000... ¿qué? El Islam queda lejos del nazismo, los EEUU no son lo que eran (nunca lo fueron) y no existe en China una URSS molona, siquiera en la caricatura de Corea del Norte. Los grandes proyectos se hacen por pocos, en lugares nada secretos pero sí discretos, como Silicon Valley. Y no somos partícipes, si acaso, víctimas. Estamos tan anestesiados que damos por bueno todo...

ETA. Pero, ¿en serio? ¿Aún seguimos hablando de ellos? Fueron derrotados. Fueron defenestrados. No conservan ni el halo romántico del IRA. Si acaso, remito a lo de "Libertad de expresión", porque estos entran en el mismo saco.

Orfandad. Es lo que siento yo, desde hace mucho tiempo. Nunca he sido de votar "a muerte" y otras españolokadas de esas. En mi currículo cívico constan, al menos, 5 partidos a los que he votado según el programa, el momento y las elecciones. 22 años votando me han mostrado que... es un sistema que no me gusta. Diluido, falsamente eficaz (nunca lo es nada que no somete a los poderes económicos, ver "Corrupción") y abierto a la interpretación errada de tantos y tantos... demagogia, populismo, todo eso se veía en la Atenas de hace 2500 años. Mi favorito, Alcibíades. No me voy a poner estupendo, diciendo burradas o haciendo propuestas como las de mi amigo Rafa ("que sólo voten los doctorados") pero sí revela un hecho que influye en todo lo anterior; el pésimo sistema educativo que sufrimos. Lo que me lleva a...

Educación. La ignorancia es buena. Permite ser felices a quienes no se cuestionan nada. Permite controlar sus deseos e impulsos, reorientarlos a algo productivo... para otros. La ignorancia de unos es la sabiduría de otros. El control. El manejo. Oh, no es ingeniería social. Es simple matemática. El número. Ahoga a un inteligente entre mil mediocres, o mejor, un millón, y sus palabras serán ruido excéntrico y aburrido. Bla bla bla. O que se vaya y sea un mal patriota. O que se meta en sus asuntos y deje a los de verdad manejar los asuntos que importan. Educación. Nos venden humo (bilingüismo, excelencia, etc) cuando los docentes libran una guerra diaria para hacer algo, lo que sea. Un profesor es un peón. Un alumno, otro. Y los padres, preocupados más por las extraescolares que permitan estabular a sus hijos más rato en el cole, en la inopia. 

Educación... eso es la base de todo zoon politikón. Eliminada, queda... un zoon. Analfabeto funcional.

Chicos, si es que... todo es política. Peor aún; todo es la política que te aplican sin tú saberlo... o sabiendo, pero fragmentariamente.

Política. Coño, me sale con el tono de "¡Muzika!" del viejo resucitado en "Gato Blanco, Gato Negro"... o la "¡Ética!" de aquel mafiosillo en "Muerte entre las flores". Si es que... pasión. La pasión lo es todo.

Un saludo,

miércoles, 29 de marzo de 2017

Ambientes literarios.

Hoy me descuelgo por los caminos del ego creador y esas tonterías de medianoche. Así, a pulmón abierto.

He escrito un libro, autopublicado, que aún se vende en Amazon, y una serie de relatos que recopiló y editó para su publicación una editorial nueva, Newsline Ediciones. Ya. Esa es mi magra producción literaria. Aún me cuesta, a día de hoy, por más que escriba este blog, por más que pergeño, redacto, y luego lucho por hacer relatos, cuentos, historias, novelas, considerarme a mí mismo un escritor. No es una definición que tenga de frente, tipo luminoso chillón y atractivo cual lámpara a los insectos. No me siento cómodo. Pero sé que escribo. Lo que puedo, cuanto puedo y con la calidad que espero tenga lo que hago.

En mi vida he ido a muy pocas presentaciones de libros, o discos, ya puestos. Me dan grima. Me he sentido siempre como el cliente del prostíbulo que va por la mercancía y que ésta es la carne, la mirada y la voz del que presenta su libro o disco. Cuando fui a la de Rodrigo Leao en la FNAC, montada por Trecet, hace años, me sentí fuera de lugar. En la Feria del Libro siempre me encuentro molesto si hay un escritor (o famosete disfrazado de escritor) en la caseta. Salvo alguna rara, rarísima ocasión, no me gusta que me garabateen los libros con dedicatorias que suelen ser de compromiso y tan genéricas como los escasos segundos tiene el autor para intuir el carácter del comprador. Los dos últimos que he dejado que me firmen son el de "Balada del norte" de Zapico (un dibujo leonés, a pico, precioso, cuyo proceso mostré a mi hijo en brazos, ensimismado) y el de "Quién quiere ser madre" de Silvia Nanclares. Me siento cohibido en todas las ocasiones. Siento que es un poco ceremonial, y odio las ceremonias. Quizá la que menos con mi amigo Alejandro Carneiro, cuando presentó en Estudio en Escarlata, donde fue lúdico (estaba flanqueándole vestido de romano) y familiar.

Claro que me ha tocado presentar mis dos libros. El primero lo hice yendo, picando puertas, pidiendo, mendigando... mi primera presentación fue en un club de juegos de mesa. Nervioso, con dos amigos y varios miembros del club que me hicieron preguntas que no buscaban la respuesta que les dí. Vendí 1 ejemplar. Luego, en la biblioteca Ana María Matute, en mi viejo barrio, dos veces, de hecho, pues me tocó la presentación y luego una charla digna de Holly Martins en el club vienés aquel con varios miembros que me preguntaron lo mismo ("¿Cuáles son tus influencias? ¿Qué autor moderno blablabla?") y sintiéndome igual que él con la directora de la biblioteca. Después de aquello, en Barcelona, el mismo día que cerraba la librería, lleno de amigos, y en Bilbao, idéntico, aunque allí conseguí endosar dos libros a un señor que pasaba distraído. Aburro, como dice mi amigo Jordi, porque mi libro es más interesante que yo (que no soy el producto) y cuento cosas peor de lo que hago por escrito. En el caso de los relatos, he hecho únicamente dos presentaciones. En Madrid y Barcelona, desganado, descreído, burlón. Y no me apetecen más...

Cuando pienso en "los círculos literarios" pienso en amigos. En Joaquín, poeta al que veo poco. En Alicia, escritora que quiere serlo con ahínco. En Alejandro, a quien me gustaría ver mucho más. En Rafa, con quien comparto mucho más que escritura o investigación. En Silvia, que es maestra y fulgor del mundillo. No pienso en cócteles, trajes, imágenes, sensaciones de bohemia y calidad, notables de la palabra y aristócratas de las letras. No pienso ni quiero. Me sentiría obligado a burlarme de ellos, de la situación y de todo. Huyo, parte miedo a no ser capaz (sí, claro, miedo a fracasar en términos ajenos) y parte porque me la refanfinfla tanto que paso. Compre usted un libro, una película, un disco, lea, vea, escuche, y juzgue ese producto, no a los que los crean. Quizá si me mintieran diciéndome que, yéndome de saraos, de venta de la carne, pesaje del alma y exhibición, iba a ser millonario, rico, el Tío Gilito o Bill Gates, diría "va, venga, probemos". Pero incluso así siempre tendría en mi fuero interno la sensación de impostura, de ser un impostor, falsario, mentiroso, usurpador de talentos de otros que merecen ese puesto más que yo. No es falsa humildad, no es falsa modestia. Es una sensación real. Si la he vivido con veinte o treinta personas escuchándome (y me pasa igual cuando he dado charlas de romanos), no quiero imaginar decenas más. O un puto auditorio pendiente de las tonterías que debo decir para rellenar su tiempo y hacerlo valer brillando en prestigio. No...

Mis "círculos literarios" son charlas, amigos, compañeros... pero, sobre todo, los autores que me van asaltando la cabeza, la mente, el alma y el cuerpo. Muertos muchas veces que me susurran en el tono de mi voz sus palabras, sus imágenes, me transmiten sus sensaciones, pensamientos, vivencias... yo no sé si conversaría con Pío Baroja (seguro que me mandaba al cuerno) o Valle-Inclán (me daba un bastonazo, el hipster gallego) o con Zweig (me da que me decepcionaría) pero también porque vivir en el mismo momento no significa vivir el mismo momento. Las coordenadas físicas, espacio y tiempo, no son las mismas que las emocionales. Vaya, que los muertos molan más. No contaminan con su presencia viva lo que hicieron...

En fin. Si un día me dan un premio o reconocimiento de grandes cifras, no creo que borre este mensaje. Pediré que me lo recuerden ("recuerda que eres mortal"... esa hubris a calmar...) para preparar ese discurso que todos, secretamente, llevamos anotado en el papel mental del orgullo, riéndome de mí mismo y, si puedo, de todo lo demás... ¿me lo prometes, supuesto lector invisible?

Un saludo,

martes, 21 de marzo de 2017

"Las puertitas del Sr. López"

Adoro a Carlos Trillo y Horacio Altuna. Mi hermano compraba sus recopilaciones de Toutain, creo, esos cómics que se me asocian a Zona84, Cimoc, etc. "Las puertitas..." son historietas del Sr. López, así, a secas, sin nombre. Un funcionario barrigudo, cincuentón, calvo, timorato, casado con una mujer que le maltrata, igual que le hacen en el trabajo, en la vida diaria... 

López tiene una peculiaridad. Cuando le humillan o está incómodo, puede escaparse por una puerta (del baño, normalmente) a una realidad paralela, una fantasía donde puede enfrentarse (o sufrir) la humillación e incomodidad que le impulsó a abrir dicha puerta. Hay moraleja, siempre, claro que sí. Y es amarga. Dura. Porque López siempre elige lo mismo. La frustración. De hecho, hay una historieta especialmente dura, en la que tras portarse "mal" López (dar una patada donde no debe, arrancar una flor, burlarse de la autoridad, robar pan, piropear a una moza, no ir a trabajar y pasa el día al sol...) se le hace un juicio por parte de "La sociedad", en el que se le dan dos alternativas en forma de puertas. Una azarosa, difícil, dura, llena de riesgos; "Libertad". Otra cómoda, sencilla, sin sobresaltos. "El Molde". Y López elige... claro, vaya pregunta.

El ser humano es social. Le cuesta la soledad. La soledad, creo, es un privilegio de unos pocos, de aquellos que pueden vivir junto a sí mismos sin suicidarse. Es dura, porque no puedes atribuir a otros tus errores. Sabes que son tuyos. Es difícil, porque careces de ayuda inmediata, empática, de esa que nos cuesta dar pero damos. Puede separar, pero también hacer más pura la experiencia de la compañía. Sólo cuando estamos realmente solos sabemos quienes somos. Aceptarnos, con nuestros errores, es complicado. Preferimos las loas y elogios de los demás. El refrendo en la conversación a una opinión de la que dudaríamos mucho en privado. El asentimiento y la aceptación. La controversia para afianzarnos. Preferimos, siempre, una persona a nuestro lado con una voz que acalle la interior, la silencie.

Las puertitas suelen confundirse. Siempre ha sido así. Nos engañamos, pensamos que "El molde" es la libertad hecha elección, o que la "Libertad" es un molde más lleno de clichés y estereotipos. Nada es sencillo. Todo contiene esas partes de culpa e inocencia, de bondad y maldad, de un poco de aquí y allá. Vivir con ello en soledad es todavía más difícil, pues ser juez de uno mismo es lo peor que puede pasarnos. Si hemos sido sinceros con nosotros mismos. Oh, y lo somos, aunque nos queramos mentir.

En cualquier caso, yo tengo claro que quiero conservar esos cómics o tebeos para mis hijos. Por una razón; fue una educación en mi vida. Muy amplia. Quiero que aprendan a ver tantos caminos como sea posible. Que puedan optar a ellos, o al menos ser capaces de tomar unos u otros. Quiero que aprendan, yerren, acierten, vivan. Y si eligen hacerlo en libertad y son felices, seré tan feliz como si eligen hacerlo en El Molde y también son felices. Pero de verdad. Y siempre con una cuestión clave; poder volver a elegir entre las alternativas que se les presente o ellos mismos construyan...

Un saludo,

miércoles, 8 de febrero de 2017

Ripley, bandera a seguir...

No cuento nada nuevo. Ripley es un icono del cine donde una mujer es heroína, fuerte, sin necesidad de atizar mamporros, y además de las primeras en una peli de Ci-Fi, sin necesidad de ser princesa de Marte o Barbarella sexual. Ella era... Ripley. Pero quizá hay una reflexión que he perdido en las películas (me quedo en la segunda, el resto... puagh) y es la de la maternidad y el mundo de hoy.

Vivo rodeado de madres y padres. Es mi entorno ahora, claro. También de quienes no lo son por decisión o impedimento. Y de quienes han usado técnicas de todo tipo, desde las clásicas que la biología permite hasta las más avanzadas que incluyen dilema moral o legal. Me puedo permitir el lujo de decir, entonces, que para mí Ripley, el personajazo de Sigourney Weaver, es un icono del feminismo y de la maternidad consciente. Me explico.

En la primera película (sí, desvelo cosas de la trama, así que si no quieres leer, déjalo, y si sigues, no me insultes en inglés...) es una oficial, teniente, profesional, inteligente y empática. La lucha contra el Alien, cuando atraviesa las costillas del fallecido John Hurt, es feroz y ella organiza como mejor puede el asunto, siendo al final la única que escapa de aquella trampa. Diré como curiosidad que, en ese momento, la idea del Alien es que podía poner huevos él mismo para que el parásito o "abrazacaras" pudiera seguir reproduciendo a la "criatura perfecta". Pensad en ello. Un contacto violento, inesperado, obligado (nada menos que una especie de violación facial, de tu rostro e identidad) que deposita en tu interior un ser que te rompe las costillas al nacer y acaba contigo, si no te usa de nido para más seres... sí, un hijo. Un hijo nada deseado, añado yo. Ripley huye de eso, una joven muchacha (entonces no sabemos nada de su vida, si está casada con hijos o qué) que no quiere complicaciones y que además ¡tiene un gato! (Jonesy, que hizo un blog y luego un libro donde narraba todo desde su visión gatuna) y es una exitosa currante en su compañía con ánimos de ascender... venga, embarazos no deseados, hijos no queridos, puñetas avariciosas en el trabajo... ¿Lo pillas, lo pillas, lo pillas? :P

En la segunda, por el contrario, sabemos que Ripley tenía una hija (aunque apenas sale, sabemos el nombre, Amanda) y que la ha perdido tras estar criogenizada a la deriva años y años. Una especie de alegoría de la vejez, la congelación de su capacidad de procrear, perdida porque su hija... ya murió. Y no podrá tener más. ¿Cuántas veces han pasado mujeres por una FIV y similares sin resultado, desesperadas, pagando pastizales? ¿Cuántas empresas ya sugieren congelar el óvulo para embarazos posteriores? ¿Y ovodonaciones? (Pienso en el huevo del "abrazacaras"...) La cosa es que se verá envuelta de nuevo en la aventura contra esos xenomorfos, en la colonia minera que ¡sorpresa! excava codiciosamente en donde ellos fueron a ver la señal alienígena... y allí hallará otra forma de maternidad, sorpresivamente. La adopción. Porque lo de Newt es una adopción en toda regla ("Newt", ¿"nueva"?). Ya sabemos que Ripley no quería quedarse embarazada sin consentimiento porque tenía una hija, pero la había perdido por el paso del tiempo cruel que impone el trabajo estelar (aunque no se hubiera quedado en la cápsula de salvamento, tanto viaje espacial habría dislocado el tiempo entre ella y su hija) había hecho que pasara toda una vida sin ella. Por eso la empatía ante la huérfana, destrozada por los mismos motivos que ella, por esa locura ciega y destructora del universo nada ordenado, nada cosmológico. Y de ahí el gran enfrentamiento entre dos madres, dos formas de ver la maternidad, la crianza, la vida... cuando se encuentra con la Reina y le suelta aquella frase mítica, sujetando en brazos a Newt, como una madre hace con sus crías más de una vez. Y la Reina no está haciendo nada mal, en realidad. Es su modelo... otro tema que podría estudiarse laaaargo y tendido (pero no rociados de su sangre ácida, porfa). Añadir que el pobre Hicks acaba mal. Es, más que un padre, un compañero ajeno, incapaz de seguir el ritmo, sumiso a Ripley y su buen criterio. Vamos, que Ripley cria con más facilidad ella sola que acompañada... y salva la situación, se lleva  a Newt a (lo que debería ser) un final prometedor. Fin.

Alien 3 y Alien 4, más esa mierda de Prometheus, no entran en el análisis, lo siento. Lo básico, para mí, es ese proceso consciente de Ripley como evolución o cambio en la mujer buscando algo concreto, la maternidad, la hija (son niñas ambas, Amanda y Newt, curiosamente) y el intento de hacer... una familia. Y esto en los años 70 y 80, oye. 

En fin, una reflexioncilla absurda. Pero me apetecía mucho hacerla...

Una madre... cuánto cuesta cargar a la niña (no sé si tanto como el rifle)
Un saludo,

lunes, 6 de febrero de 2017

Papá y mamá y los demás.

Mi hijo tiene esa sana costumbre de no decir "papás", si no mamá-papá o papá-mamá, y no porque le hayamos imbuido un espíritu no sexista igualitario contrario al heterocentrismo patriarcal étnico blanco europeísta y cuantos más "-ismos" o "-istas" quieran los otros requeteresufijar... no. Lo dice. Como dice "me como el aire" y responde que "porque sabe a aire". Le peta. Le brota. Le es.

Tener hijos es una experiencia. Y aquí podría sacar un listado de adjetivos digno de un manual de escritura, pasando por estilos como el lovecraftiano (horrendo, tenebroso, abismal, tétrico, sombrío, ominoso...) o el ausente de Baroja, incluyendo quizá el irónico de Graham Greene. Tenerlos es una experiencia dura, agotadora, que implica muchas renuncias, muchas calibraciones en la persona (sentimientos, pensamientos) y un estado físico de asco. Y va por edades. Me refiero a las del vástago. Al inicio, cuando es dependiente, tenemos un tamagotchi o una mascota. Comer, cagar y dormir. Transportar y sonreír. Soportar agudos lloros que penetran en lo más profundo del cerebro como un taladro fino y muy, muy largo. Y lo que él come es lo que tú te quitas, pues no hay tiempo. Lo que él duerme es lo que tú duermes. Lo que él caga es... en fin. Se vive esclavo de su tiempo, sus necesidades, sus problemas. 

Todo eso empeora. Si la mascota es sencilla (yo puse el momento de superación respecto de mi gato en el año y poco) un niño, no. Empiezan los bailes. Los juegos. Los aprendizajes. Las enfermedades. Los miedos y las ansiedades. Si no hubiera leído a Lovecraft, no podría verbalizar el horror cósmico que me invade cuando tiene 39 de fiebre, llora y no sabes qué más hacer, esperando en una antesala del médico rodeado de otros padres mal vestidos, ojerosos, cansados. Empiezas a comprender cómo hay tantos que venden su alma al Diablo, cuántos suspiran por la ayuda de abuelos, hermanos, vecinos o gente que pasaba por ahí. Un rostro de madre o de padre es un rostro desesperado en esos casos. De pronto, nos damos cuenta de que hemos abierto una sima en el pecho y en ella caben ansiedades sin fin. El miedo, el miedo puro, el terror más primario, se apodera de nosotros. ¿Y si no come? ¿Y si no duerme? ¿Y si enferma y...? ¿Y si tiene tal o cual problema cuando...? El amor mamífero, irracional, visceral, se hace presente. Intelectualizarlo cuesta. Vivirlo es una amargura imposible de explicar porque no salen las palabras entre lloro y moco.

Los niños son un sumidero de energía, dinero, tiempo y expectativas. Por eso, cuando leo a madres que están, cada vez más, siendo claras y rotundas al respecto, me asombra la estigmatización, el descalabro que se les hace en redes y conversaciones. Normalmente son madres más tardías, que han conocido la vida en todo su espectro, que han vivido, viajado, trabajan y tienen una red social amplia. Son madres que han decidido serlo. Pero que estaban avisadas. No eran como las nuestras, aquellas cuya penalización por follar era ser madres toda la vida y construían así una cultura, un universo a partir de esa aventura. No. Son madres que, en suma, quieren advertir, ser claras, honestas, con sensatez, de qué es eso de ser madre. Y padre. Seamos sinceros; si yo digo a mis cuarenta tacos que "ser padre es un coñazo muchos ratos", me ganaré la mirada aprobatoria de todos los machos y el suspiro ajeno de las hembras. Nadie me reprochará decirlo, pues mi rol es el de proveedor, sustentador, coordenada moral y ética o algo así. Pero si lo hacen ellas, habrá avalancha de piedras, tirones de pelo y gritos contra su desnaturalización como madre, cuidadora, afectuosa, dedicada. Bravo por la cultura... cuánto equívoco.

Ser papá o mamá ES un coñazo. No vas casi al cine. No sales de cenas chulas. No viajas en condiciones de aventura y diversión. No conoces más que a otros padres y madres, mayormente. No lees tanto. No escuchas tanta música. Duermes poco. Comes mal. Apenas te cuidas. Descuidas aficiones y amigos de época pretérita. Reduces tu ámbito de movilidad a un barrio, unas calles. Los museos, si no tienen actividades infantiles, acaban siendo un sueño. Reconoces en los rostros ajenos miradas compasivas acompañadas de falsas palabras de ánimo. Te desprecian y te eluden. Vives, de pronto, sin recordar que antes de padre eras persona. Y todo esto es, también, relativamente cierto.

Ser papá o mamá ES una (increíble) experiencia. Redescubres sentimientos puros. Comes como un niño. Viajas a lugares por los que habrías suspirado antes. Conoces a gente muy interesante, sean o no padres y madres. Lees cuando puedes sacando más jugo del tiempo invertido. Escuchas música intentando que sea aceptada por tus hijos, pero pruebas cosas nuevas. Duermes a trompicones, sí, pero cuando duermes... comes lo que comes justificándote en tus hijos. Te dejas de emperifollar y sale el "yo" más natural y bello. Sabes sacar partido del tiempo libre para disfrutarlo más provechosamente con tus amigos de verdad. Descubres lugares en los que no te fijabas. En los museos ya no vas tachando, si no concentrado en obras que de verdad importen. Te la bufa la compasión y condescencia ajena, de hecho, se convierte en indicador para cribar. Vives siendo otra cosa, una persona y un padre. Y todo esto es, claro, relativamente cierto.

Yo no me atrevería a decir a nadie cómo debe gestionar su paternidad. O su maternidad. Igual que me parece una falta de respeto a la intimidad eso de "¿Para cuándo tienes un hijo?" o "¿Y para cuándo el otro?", entre otras lindezas, me parece flipante quienes se posicionan a juzgar cómo hacen qué respecto a esto. Gestión de rabietas, de conflictos, de horarios, de todo, eso no es algo que me permita dejar a otros juzgar. No. Se acepta ayuda, se celebra poder desahogarse de cuando en cuando, recibir consejos. ¿Pero juicios? Creo que escuchar a las madres arrepentidas, como si fueran testigos de la Mafia susurrando en un sistema de protección, no es la mejor manera. Todo el mundo se equivoca. Incluyendo a las madres. Y los padres. Pero durante la crianza es algo tan único, que el error se queda como parte del aprendizaje. Y es... especial.

Como digo, es peor si es una mujer. Y normalmente son otras mujeres las más rabiosas. Quienes han establecido el tope o cielo de su felicidad en tener hijos. Quienes han limitado su existencia a la, según ellas, mayor experiencia que podrán tener, ser madres. ¿Y los logros profesionales, vitales, los orgasmos, los placeres, los inadvertidos momentos mágicos de un día? ¿Todo eso queda ninguneado por el carnet de "madre"? Lo siento, pero no lo acepto. El feminismo quizá tenga mucho que decir al respecto. Yo, desde luego, digo con simpleza. Si quieres ser madre, perfecto. Si no, vale. Si lo eres o no lo eres, no define quién eres. E igual que nos quejamos de falsos amigos, trabajos asquerosos o situaciones incómodas, ¿no podemos quejarnos de lo que la paternidad y la maternidad hacen en nuestras vidas, nuestros cuerpos y nuestros sentimientos? Y también, claro, decir cuánto nos gusta, qué nos hace sentir bien, felices, satisfechos, resplandecientes de orgullo cuando nuestros enanos hacen algo que... Dioses. Nos sacan tantas sonrisas como ganas de tirarlos por las ventanas... y es ÚNICO. Tomemos todo con ligereza, que si no, la losa pesa.

En fin. Yo seguiré diciendo ¡JÉHÓVÁ! cuando me pete. Y apunten bien sus piedras, que yo ya devuelvo con bala... ;)

Un saludo,

martes, 31 de enero de 2017

"Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía"

Ignorancia. No recurriré a la RAE. Todos sabemos (salvo los muy ignorantes, los que realmente saben qué es la ignorancia, según ellos) qué puede llegar a significar. Es el espacio vacío donde cabe toda la curiosidad del mundo. Muchos la eluden diciendo que ya está solventada. Esos son los verdaderos ignorantes.

De más joven tenía la presunción del conocimiento sólido y verdadero. Creía firmemente en que poseía la verdad, la de verdad, y el resto andaba equivocado, caminando entre grises nada concluyentes. El error se diluyó pronto. Aunque aparentaba contundencia en mis argumentaciones, dudaba, sabía que era una postura, incluso impostura. En mi interior ya sabía la verdad; aquello no era siempre la verdad. Todo queda en la duda, en el incierto, en el quizá. Únicamente hay una verdad absoluta, pensaba. La muerte.

¿Seguro?

No me meteré en los apasionantes futuros que se predicen siempre, siendo Harari el último profeta y series como "Black Mirror" y su fantástico "San Junípero", ejemplos de la amortalidad. En si somos simulaciones o realidades, en si podemos pervivir como antaño decían los filósofos axiales mediante transmigración de almas, reencarnaciones o similares. No sé. No me preocupa, la verdad. He decidido adoptar una postura medio epicúrea medio escéptica. Nada de turbaciones al respecto. Nada de dudar si hay más allá. Por tanto, dejo a mi filosofía resuelto ese problema con una decisión. Sin embargo, ¿significa que no puedan existir alternativas?

Todos tememos a la muerte. Todos vivimos atemorizados por la muerte. Eso conlleva la extraña carrera que hacemos día a día por darle sentido a nuestras vidas. Acumulación material o espiritual, de riquezas o de sentimientos. Intentos por cambiar cosas que luego revierten. Lucha, boqueo, desesperación, grito. Quizá, si embrazamos la muerte como un escudo contra la vida, no nos damos cuenta de todo lo que la vida tiene. Tiene placeres. Tiene disfrutes. Tiene gozo. Para ello, claro, tenemos que dejar de temer a la muerte. Pensar que cada segundo contado con nuestros sistemas es un segundo valioso, vivo, floreciente. Oh, claro, malgastamos muchos en vivir al ritmo ordenado por manos muertas, por sistemas que pesan como losas y nadie ya sabe o quiere cambiar. Seamos sinceros. Tememos la muerte pero el aburrimiento llega antes...

Un ejemplo. Yo tengo una experiencia vital en la que he podido disfrutar de películas de muchos tipos. Pongamos los musicales o las de capa y espada. En los años 40 y 50, Jolibú hizo muchas, algunas verdaderas obras maestras. He podido ver unas cuantas. En ellas, los protagonistas se esforzaban, luchaban por aprender a manejar bien y mostrar una esgrima efectiva en pantalla, en ejecutar bailes, pasos y cabriolas de mucha calidad. Se vivía con intensidad, se amaba, odiaba, follaba y peleaba con intensidad, sabiendo que un mal accidente podía llevarte a la tumba. Se aceptaba. En mi experiencia vital he ido viendo cómo esa aceptación de la muerte ha ido diluyéndose en una creencia tan mortal como la muerte, pues condena en vida a la tumba. La de la falsa inmortalidad. Y así, tenemos que no hace falta bailar, esgrimir, cantar o actuar con tanto ahínco, tras quizá haberse prostituido en una fiesta de las que daban las estrellas de mil maneras diferentes. Todo es más desganado. De un hambriento Gene Kelly llegamos a un anodino Ryan Gosling. 

Yo tengo ya 40 años y veo que muchos de mi generación se consideran veinteañeros. No es malo en sí, y es cierto en parte (la alimentación, el ejercicio, la mejor calidad de vida, en suma) pero es también una peligrosa falacia. Creerse de otra edad altera la percepción de uno mismo y de lo que se puede hacer. Por eso, abogo por aceptar las limitaciones y convertirlas en retos. Epicureismo. Y escepticismo, que luego me abronca el fantasma digital del Gato de Carneiro... (que sigue inspirando tanto... ;) )

Bien, parece que marro el título de la entrada en bitácora, pero no. La vida es aprendizaje. Y mientras aprendemos y, quizá, caemos en los tópicos (abrazar una religión moribundos, entrar en crisis de mediana edad, cambiar para aspirar frenéticos a resolver lo que habíamos postergado tanto y no, no puedo usar el término anglo de "procrastrination"...) es posible que personas ávidas, hambrientas de conocimiento y conocedores de su ignorancia, de nuestra ignorancia, hallen respuestas que nos asombren. Y entonces, quizá podré, como siempre usa un buen amigo mío, esa línea de Chéspir y su Hamleto que encabeza el título. O no.

Mientras tanto, seguiré ese viejo dicho de "aprovecha el día" que incluye disfrutar de los momentos, ser un poco hedonista, un poco rebelde, un poco alegre, un poco preocupado, un poco de todo. Y si hay reencarnación o transmigración de almas, sé lo que me pido al que organiza los viajes... pero... ¡a ti no te lo voy a decir! :)

Un saludo,

domingo, 29 de enero de 2017

Oposiciones.

El 1 de febrero haré 9 años desde que tomé posesión de la plaza pública que gané en un concurso-oposición. Lo hice tras unos años de estudio, abandonando un empleo que tenía en una gran empresa (tenía contrato indefinido y algunos beneficios, sí) y bajo las miradas algo escépticas o irónicas de más de una persona. Desde 2003 a 2008, estudié y ocupé algunas plazas de interino, en diferentes administraciones (Universidad, General del Estado y Comunidad) aprendiendo labores similares a las de la empresa privada y también las peculiaridades de cada lugar concreto.

Sí, hay muchos (seguro que más de un lector) que inmediatamente me ha encasillado en su prejuicio de "bah, otro funcionario vago de mierda". Sí, soy personal público. Pero desde luego, no me considero vago. El estudio que tuve que realizar para obtener mi plaza, por miserable que sea, me costó años de esfuerzo, dinero invertido en academias y libracos, horas de encierro en mi casa o la biblioteca olvidando que hacía sol o llovía o hacía frío en la calle, así como amistades, eventos, amigos, e incluso relaciones, que preterí para obtener esa plaza. Eso fue un sacrificio. No fue como la carrera o el Máster, donde a fin de cuentas si suspendes puedes repetir un examen e incluso abandonar y empezar otra carrera, o enquistarte años y años en ella y sacarla en nueve o diez, sin que nadie te mire especialmente mal. No. Fue dedicar una parte importante de mi intelecto a una labor que pocos conocen y casi nadie comprende, salvo cuando se dedica a ella de verdad.

Opositar.

Reconozco de partida algo. Opositar no es aprender una serie de labores concretas que te permitan ejercitar un trabajo en condiciones de profesionalidad. No. Es un filtro para acceder a las posibles labores que mejor se ajusten a tu perfil en unas condiciones favorables. Opositar es memorizar leyes que es posible no tengan impacto directo en tu labor diaria. Opositar es aprender conceptos que en la práctica se hacen de manera muy diferente. Opositar es demostrar que puedes vencer el filtro que otros antes han dispuesto para ti. Opositar es, simplemente, aprender unos arcanos místicos para superar una liturgia creada de antemano por quienes ya superaron la anterior.

Pero es también un proceso de conocimiento que va más allá de la memorización y del aprendizaje de los trucos. Es un proceso de conciencia. Entender qué es eso de "lo público". Entender qué son los conceptos de muchos pensadores que se traducen en lenguajes intrincados, barrocos, de burocracia que pretende encapsular comportamientos humanos. Es comprender.

Durante un par de años, me dejé las pestañas. Luego, de pronto, vinieron los frutos. No obtuve nada por regalo o condescencia, aunque, como en todo, hubo una cuota de azar. Azar que busqué torcer a mi favor.

Y dentro de esa cosa llamada "lo público", puedo decir algo. No somos "privilegiados", al mismo nivel que los nobles del XVIII. No somos una "casta". No hemos accedido por graciosas dádivas (eso es para definir más bien al personal eventual y los directivos a dedo...) ni somos beneficiarios cual sanguijuelas del "verdadero" trabajo de otros. Somos, simplemente, empleados.

Normalmente, ya no respondo ni tuerzo el gesto cuanto alguien me suelta lo de "qué morro, qué bien vivís los funcionarios, cuántas vacaciones por no dar palo al agua, qué cara tenéis" y otras estupideces similares. He conocido la empresa privada, como digo, y en ella existen los mismos individuos que se pasan por el forro su trabajo y viven a costa de parasitar a otros, de adular, mentir, halagar, escamotear y demás. He conocido a los que no paraban en el trabajo mediante inventos y artificios. He visto a los que hacían trampas de manera fenomenal. Quizá desde los Recursos Humanos que he ocupado tantos años es más sencillo encontrarse con eso, pero lo he visto. Y por eso, me sonrío por la estupidez de quienes emiten juicios huecos, faltos del conocimiento preciso, aunque sea de segunda mano, y normalmente guiados por un sentimiento muy clásico; envidia.

Yo siempre he respondido lo mismo. ¿Tienes envidia de mis derechos? Reclama para tu persona y trabajo los mismos derechos. Del sueldo casi nadie me envidia, eso sí. Por eso, simplemente, si ya me tocan las narices, diré una palabra.

Oposita.

Un saludo,

martes, 10 de enero de 2017

Retos.

El año nuevo llega, aunque no nieva, y todos tienen su lista de retos, objetivos y sueños a alcanzar. Ilusos...

Yo aprendí hace mucho que los mejores sueños son los que se acaban viviendo, pero sobre todo, los que se disfrutan en el proceso de búsqueda. Que los mejores sueños nunca igualan la realidad, por suerte. Por eso son sueños, porque idealizamos sin conocer todos los ángulos y variables de los mismos. También vale para las pesadillas, aquellos sueños que creíamos prístinos pero escondían en su esencia la materia del terror nocturno, contornos borrosos y difuminados donde moran esos monstruos que alimentamos con nuestra ignorancia. Porque desconocer es criarlos...

Nadie es objetivo, y por eso los objetivos son siempre imposibles de lograr. "Gimnasio", "Novia", "Hijo", "Casa", "Coche", "Viaje", "Trabajo", "Novela"... cualquier objetivo es un deseo, a veces propio, muchas veces impuesto por nuestro entorno. Un objetivo debería ser siempre el mismo; ser feliz. Y ese nunca nadie lo expone así, en abstracto. Lo materializa en objetos que deben proporcionar la felicidad, o experiencias que, por su propia definición, hasta que no se experimentan no sabemos qué son en realidad. Podemos prever, recrear anteriores, pero nunca lograremos saber qué es el futuro. Por definición, también. El futuro no existe; se convierte en presente efímero e inasible para pasar al pasado, antes de darnos cuenta. No existimos más que entre el presente y el dúctil pasado. El tiempo... otro sueño.

Así pues, la vida en sí misma es un reto. Llenarla de significados y significantes, simbolismos, redes, hilos que entretejan nuestra existencia junto a otras, sacando de la liada madeja algún momento feliz. Y no hablo de parcas, prefiero pensar que el Cosmos (me encanta el término...) tiene gatos divinos que juegan con nuestras madejas, impulsando hilos y sentimientos que desconocíamos o teníamos arrumbados en el cajón de "para ser felices más adelante". Vivir cada día es un reto. Pero sabe el lector que yo siempre hablo de derrotas, de virajes y tránsitos, de caminos y mares, océanos y senderos. Nadie sabe realmente qué pasará en el camino, porque el final del mismo sí es una gran verdad que queremos evitar. Y la plenitud son momentos, aislados, coleccionados, almacenados en memorias y luego maleados.

El reto es vivir, pero VIVIR. Y el único impedimento (aparte de enfermedades, volcanes, guerras, empleos aburridos, gente tóxica, contaminación, crisis económicas, hipotecas varias, asesinatos violentos, mala programación de TV, libros aburridos, música chunga, películas infumables, conversaciones aburridas, gobiernos del PP y grupos de WhatsApp, entre otras cosas) somos... nosotros.

Ah, y nada de hacer "retos virales" de cubos de hielo y mierdas por el estilo. Esa comodidad de activismo a golpe de clic es muy propia de estos tiempos de autoexposición egótica en redes... ¿Alguien salió de casa y se fue a echar una mano a alguien en donde lo necesitara, por ejemplo... a un vecino? Pues yo tampoco...

Un saludo,