Buscar dentro de este batiburrillo

jueves, 31 de agosto de 2017

Agendas políticas.

Mi percepción es que el mundo funciona por chapuza. No sé si por colisiones físicas de hadrones o sapiens, incontroladas a pesar de que creamos conocer sus caminos, pero claramente, las relaciones humanas son tan flexibles, volubles y cambiables que no hay un control pleno sobre ellas. Quizá ahí se encuentra el libre albedrío, en la esencia del caos, no lo sé. Pero también sé que existe gente que cree poder controlar parte de esas colisiones y lograr un resultado más o menos similar a lo que esperaban.

Resumo un poco. Sin ponerme histórico, Cataluña lleva unos 150 años (como las Vascongadas o algunas más recientes, León, Asturias, Baleares, Andalucía o la Cartagena cantonal) hablando de ser independiente y largarse de aquel constructo llamado España. Algunos lo retrotraen a la guerra de sucesión, casi 300 años, y más incluso otros a épocas pretéritas, no sé, aquel Wilfredo el Belloso o el Conde Berenguer. Tanto me da. Igual que el mito de construcción de España se asienta en creer que hubo una línea de reyes Godos y luego reyezuelos cristianos que echaron al pérfido mahometano para construir un país de color rosa, cada nacionalismo hace lo propio con la Historia, la prostituye y la alcahuetea para ver cuánto rédito logra. Mi percepción, pues, es que igual de mentira es la construcción nacional de España que la de Cataluña o la de Pedralbes del monte.

Pero claro, entonces vienen las agendas políticas. En el mundo anglosajón es un término muy en uso, en boga, y consiste en aplicar una idea política clara mediante medios poco claros. Difusos, podría decirse. Incluso cínicos o hipócritas, si no directamente torticeros y retorcidamente falsos. Nada nuevo, de nuevo. En nuestra geografía (me abstengo de decir de momento “España” por eso de que aún me intento aclarar de qué lado estoy…) nos encontramos una agenda que dicen va de construir un país mejor, entre todos, esforzándonos mucho y logrando los mejores servicios sociales y de bienestar para… ya no sé de qué país hablo, porque todos chacharean con lo mismo. Sean sinceros. ¿Se creen ustedes algo? Igual se ponga en una Constitución vetusta de 1978 que en otra nonata que provoca apelaciones al TC.

En Cataluña se produce una extraña circunstancia que en el resto de España no percibo. No viajo tanto, pero la sensación que tengo es de siesta perenne en casi todos los lares de la geografía (vaya, y ya he dicho “España”… unos que se ofendieron se sentirán aliviados y otros se ofenderán ahora… no daré una a derechas ni a izquierdas, qué torpe) y sin embargo de viveza y ganas en aquella otra tierra, la catalana. O quizá sólo sea Barcelona y aledaños que contagia al resto. No sé. Tener un idioma propio que hablan varios millones es un aliciente, da sensación de comunidad (a pesar de que, como en Castilla, si traspasas ciertos valles o pueblos a lo mejor se tiene sensación no de compartir lengua si no de haber encontrado una comunidad magiar indescifrable…) y de unión, de pertenencia, de punto de vista cultural y social, de valores. Quizá sea propaganda y en Cataluña se haga más ruido al respecto que, no sé, Cantabria o Navarra. En todo caso, sí es cierto que hay gente haciendo, moviéndose, creando banderas e himnos, generando la parafernalia que arrope sus ideas y actuando como si de veras fueran un Estado nacional que debe salirse de otro Estado nacional. Rápidamente, todos vendrán a decir “balcanización” y otras cosas similares, aparte de “¡Artículo 155 y Ejército!” como si fuera aquel episodio de los Simpson de “¡Seguro dental!”. Y mil cosas más. Pero lo cierto es que, los hechos son, en Cataluña hay algo que se mueve y en resto de España o las Españas o la geografía nuestra (incluyendo el casillero de las Canarias) hay… reacción. Cuando no simple siesta producto de la pereza mental.

Agendas políticas. Las he visto muy activas desde los atentados de Barcelona y Cambrils (igual que siempre las he visto, desde los 80, con el terrorismo, un tema que galvaniza al poder para ejercerlo aún más profundamente) y multitud de debates, elucubraciones, afirmaciones y respuestas, todas ellas desde la agenda política de cada cual. Unos y otros, aquellos y estos, los suyos y los nuestros, incluso los que paseaban por allí (no sólo por las Ramblas) han participado de alguna manera. Desde su punto de vista, su agenda política, reitero. Y la pregunta del millón es… ¿quién lleva razón? ¿Los que acusan al gobierno de Rajoy y del PP y los poderes fácticos y al Rey y quien más pillen del tema de haber orquestado o al menos dejado que pasaran los atentados para lograr que el “proces” se ahogara en otro tema más importante y así dejara de molestar? ¿Los que acusan al gobierno de Puigdemont y socios y a Colau y los progres y los neos y los demás de haberse llevado una hostia fulminante de un terrorismo por culpa de la dejadez de sus gestiones públicas pero de paso demostrar que son un Estado de facto por lo bien que lo han gestionado y a ver si ya se independizan y tal? ¿Los habituados a conspiraciones que mezclan wahabismo yijadismo club Bilderberg CNI y un señor de Moratalaz que seguro hizo de Paesa por el camino? ¿Quiénes afirman que la humanidad pierde y los musulmanes más? ¿Quiénes creen que los musulmanes tienen un grave problema por no separar religión de legislación y no tener valores realmente humanistas? ¿Las que piensan que es un acto más del heteropatriarcado machista insensible y capitalista que nos comemos todos con patatas? ¿Aquellos que creen que todo se va a la mierda y nada nos puede detener? Yo pienso que todos tienen un punto de razón. Algo llevarán. Porque nadie lo sabe todo. Y menos aún, todo cómo ha salido y se ha hecho, mucho menos cómo se ha pensado y planificado (si es que se planifica algo…)

No invoco una sana epoché, que debería estar, ni siquiera para lograr también una más sana aún ataraxia que nos dejara de tonterías varias. Pienso, únicamente, que lo de Barcelona y Cambrils, reducido al mínimo, me queda así. Unos tipos planearon un atentado de bajo coste (furgonetas, cuchillos, bombonas de gas… igual a lo que usa Arabia Saudí en Yemen o Rusia en Siria o EEUU en Irak, vaya…) porque pensaron que era una buena idea (idealistas… siempre creen que es una buena idea matar por sus ideas…) y merecía la pena. Que se ampararan en el Islam o una interpretación del mismo (hoy día, lo más cercano al nazismo que conozco, por aquello de plantear genocidios y discriminaciones y tal…) no es anecdótico, pero casi. Que luego decenas de grupos e individuos con una agenda política hayan sacado su tajada, es absolutamente cierto. Sobre sangre (ajena, a ser posible) se edifican los imperios… y a ti te encontré en la calle, como decían “Siniestro Total”.

Qué mezcla para una novela de misterio, intriga, política y violencia. Islam, terror, independentismo, un estado en crisis, un mundo en guerra, mossos y guardias civiles… o no. Qué mezcla para el mismo esperpento de siempre, que en España (en nuestra geografía, vaya) conocemos bien y más desde que el ínclito Valle (-Inclán) lo describió tan bien. Qué mezcla para afirmar que en las presuntas lucideces de todos los que saben a ciencia cierta qué ha pasado, pasó y pasará hay un punto de soberbia producto de la creencia, que no el saber, en qué está pasando o debería pasar. Qué merengue, que diría Discépolo.

Me reafirmo en que las ideas, creencias y demás, para mí no son objeto de respeto. Misma idiotez me parece el mito de España como el de Cataluña o el País Vasco o Pretalaterra de Monforte. Mito, porque la Historia, en clave marxista, esto es, económica, deja claro que siempre es la misma cosa; quién tiene y quién no, y cómo desde casi siempre, aun cuando parece lo contrario, son los que manejan los que gestionan y los que no, quienes ponen el pecho y paran las hostias. Ya puede parecernos bella la Revolución Francesa (otro mito) o terrible la Revolución Rusa (otro mito) que al final, y en eso no digo nada nuevo, es cuestión de quién logra hacerse con el poder real o tan real como crean los demás…

Pero eso es otra historia, y no merece la pena que sea tantas veces contada como nunca escuchada. A fin de cuentas, el autoengaño es necesario para que nuestra especie continúe en marcha… “¡Hasta la extinción!”. Si es que, cuánta sabiduría hay en “Siniestro total”, más si se escuchaba en bares de Oporto a punto de cerrar y con alguna cerveza calentando el buche… o quizá no. Quién sabe. Quizá todo este texto es, simplemente… mi agenda política.


Un saludo,

martes, 15 de agosto de 2017

A different point of view.

No es la canción de los Pet Shop Boys, no. Que oye, tiene su gracia. Es una expresión británica que siempre me ha gustado. Esa forma de decir que hay más ojos con los que mirar el mundo, e incluso con los mismos ojos, perspectivas que difieren según la posición del observador.

Nada nuevo. Es la empatía, idiotas. El poder adquirir los puntos de vista de otro observador y hacerlos propios, incluyendo los valores, los prejuicios, las sensibilidades y las argumentaciones. Es algo muy complejo de tener, más de adquirir y mucho de ejercitar y demostrar. Pero ojo; empatía no significa aceptar sin más todo eso, aunque sí adoptar para comprender. Se puede empatizar con Heydrich, con Stalin, con Mao o con De Gaulle, pero no significa que se acepte acríticamente lo que implica comprenderlos. Es un grave error que parte de una de las necesidades sociales básicas del ser humano; el refuerzo personal.

¿Qué es eso? No me estoy metiendo en jardines de la psicología (chamanismo, como el médico) si no en los sociales. El refuerzo personal es la necesidad que tenemos de sentir que estamos integrados en el entorno y el entorno es amistoso. Un ejemplo; un ateo viviendo en una comunidad Amish no se sentiría muy reforzado, igual que un calvinista en Roma o un salafista en Las Vegas. Todo es contrario a sus puntos de vista, sus valores y percepciones. Por eso, el refuerzo personal requiere de varios mecanismos, y el más sencillo, el que lleva siglos funcionando desde que nos estabulamos en el Neolítico, es... la comodidad de la aceptación. Aceptamos valores y hechos aunque no estemos de acuerdo con ellos para encajar. La comodidad. Nos refuerza, incluso si jugamos a ser rebeldes contra ese sistema cómodo, donde encajamos... comfortably numb.

Existe entonces, si no encajamos, una acción o reacción típica; luchar ferozmente para que el entorno se moldee a nuestro gusto, según nuestras percepciones y valores. Así la empatía se reforzará con la aceptación. Será más fácil empatizar con quien comparte los mismos valores y visiones. Si no es así, sale a la luz otro de los tipos más clásicos; el zelote.

Me ahorro la clase histórica. Los zelotes también triunfan si el resto se acomoda, siempre es así. Por eso, quienes se ven rechazados suelen engrosar sus filas. Porque el rechazo es el reverso de la empatía; si no sabemos empatizar, rechazamos. Odiamos. No comprendemos, no queremos entender y nos dedicamos a destruir lo que pueda representar el otro. El que sea. Carecemos de la capacidad de comprender otro punto de vista.

Y lo he dicho al inicio; saber percibir otros puntos de vista no implica aceptarlos sin más, sólo comprender las razones de algunas acciones, las argumentaciones que cubren el esqueleto de la decisión. Comprenderlos puede servir para algo básico en el ser humano; su política de relación social. Como digo, podemos comprender a un pedófilo, un racista, un machista, un egoísta, un conservador o un progresista, un cobarde, un valiente, un tradicionalista, un revolucionario, un asesino, un salvador, un explotador, un cínico, un mentiroso, un hipócrita, un violento, un celoso, un enamorado. Pero cuesta comprender a alguien que no tiene, o no expresa, emociones. Y aún así, se puede empatizar con ellos... pero no aceptarlos.

La empatía es una necesidad del homo alimentada mediante el lenguaje. En todas sus facetas. La interacción social, ese zoon politikon que tantas veces refiero, es una básica, pues somos individuos agrupados para sobrevivir recolectando y cazando, y mantenemos la herencia genética que nos hacía pegarnos como tribu para lograr un fin. Cuando alguien se salta esas reglas no escritas, afronta la soledad, la exclusión, pero incluso ahí, se puede comprender al que se siente sólo, siempre que uno haya estado antes en la misma situación emocional. Y luego hacer, o no, algo.

En todo caso, es mejor aceptar y tener puntos de vista diferentes, porque el mundo es caos, choques inestables y remolinos en los que chocan emociones. Aceptarlo nos lleva a comprender que la sensación de orden y la comodidad son eso, sensaciones. Endebles sensaciones. 

Pero es sólo un punto de vista.

Un saludo,

miércoles, 26 de julio de 2017

Decisiones.

La vida es un constante juego matemático de toma de decisiones. Muchas se toman por nuestras tripas, mediante la intuición. La consciencia juega un papel menor de lo que creemos, aunque relevante.

Imaginemos un escenario en el que una persona toma la decisión de estar con otra persona, un escenario muy habitual. Aparte del pegamento del sexo inicial (que no es perfecto, pero los inicios son siempre estimulantes) cree que hay muchas cuestiones por las que estar juntos es interesante. Se genera el apego mediante una primera complicidad, visiones comunes, proyectos... pasión, complicidad y compromiso. Pero la pasión puede ceder con el tiempo (aunque claro, el ritmo es siempre diferente en cada una de las personas...) la complicidad puede ser realmente acuerdo no instintivo si no calculado y el compromiso convertirse en la piedra angular que sostiene, con una sola columna, todo lo demás. ¿Qué sucede entonces?

En las relaciones hacemos cálculos, siempre. ¿Esa persona me cuidará si me pongo enfermo? ¿Esa persona criará a mis vástagos correctamente? ¿Esa persona me dará el cariño o afecto que requiero cuando lo necesito? ¿Esa persona participará cómplice de mis deseos y aspiraciones? ¿Esa persona contribuirá económicamente o con su esfuerzo en los asuntos diarios o a largo plazo? Cálculos que podemos creer racionales pero no lo son. La pérdida de atractivo físico, la reducción de la pasión, la pérdida si hubo de complicidad y por tanto la fractura del apego no son decisiones racionales. Podemos creer que sí, pero no es así. Son de nuestro ser.

El amor romántico ha sido uno de los grandes ideales de Occidente, en contraposición al "salvaje arreglo matrimonial" que hasta el siglo XX era la norma (y sigue en muchas partes del mundo). Pero la realidad es que el amor no es sólo enamoramiento o apego, son emociones y placer físico. El placer puede diluirse en el tiempo, pero la emoción no, aunque ésta se alimente de aquella. La necesidad de observar a la otra persona y no preguntarse, con voz clara o subterránea, si se ha tomado una buena o mala decisión, es habitual. Y tendemos a convencernos según nuestros prejuicios, valores y experiencia. 

En las relaciones, como digo, se hacen cálculos. Conscientes e inconscientes. Pero pesan más los inconscientes, pues en realidad son el sustrato sobre el que se montan los conscientes. Si en una relación vemos que no sentimos placer, emoción, pasión, complicidad ni ningún otro sentimiento agradable, pero la mantenemos porque económicamente nos es rentable o porque hay una responsabilidad (mascotas, hijos, hipotecas) es probable que hayamos tomado una decisión fría en contra de la realidad. Y que busquemos vetas de felicidad en otros lugares ajenos a la relación que mantenemos. A fin de cuentas, dejarse llevar es más fácil que tomar una decisión y parar de seguir ese camino. Eso ha sido así siempre, y la estabilidad de las sociedades se entiende por esta razón. Existen condicionantes, frenos éticos o morales, incluso coercitivos. Y siempre, siempre, se busca una verdadera cuestión social; impedir el cambio. Por eso las decisiones que implican romper una relación son calificadas de muchas maneras (inmaduras, egoístas, impropias, locas, absurdas, estúpidas...) porque es un cuestionamiento de todas las demás relaciones y su concordancia con lo que debe ser esa sociedad y el "tablero" del mundo.

Y, sin embargo, casi toda la literatura aborda un mismo tema; infidelidad, adulterio, engaño. En las historias de las relaciones, casi todas abordan el cómo vivirlas en contra de la sociedad. Madame Bovary, Las amistades peligrosas, Lolita, Ginebra en el mito artúrico, El maestro y Margarita, Elena de Troya (antes de Esparta), Las brujas de Salem... casi todas protagonistas, por cierto. En el caso de ellas existe más trampa, pues son vistas como quebradoras del orden "natural" de la sociedad (¡una mujer que elimina del sexo la parte reproductiva y procreadora para centrarse en su placer!) pero no se pone el acento en el hombre porque... es normal. Me contaba un amigo mío que en el Liceu de Barcelona finisecular era habitual que una respetable pareja burguesa observara con sus prismáticos a los Russoll y dijeran, despectivos "Mira, allí están con la amante de los Espil... pero la nuestra es más guapa, ¿verdad?"... una convención social hipócritamente aceptada por la sociedad. Igual que la prostitución (en España, hasta los años 50 era habitual seguir el modelo de casa de putas controlado por los servicios sociales y sanitarios) y muchas otras cuestiones que, como he dicho, forman parte del sistema de coerción de los individuos. "Apechuga", sería la palabra más castiza para definirlo. 

Nuestro cerebro calcula, emocionalmente, creando relatos con la lógica para justificar las decisiones que hemos tomado así. Aunque Harari ya lo ha expuesto (los algoritmos), antes que él gente como Kahneman lo había tratado. Hoy, la neurociencia sabe más del comportamiento en las decisiones, y los biólogos sonríen al ver cómo somos tan mamíferos ("¿debo esconderme en aquel arbusto ante el ruido no reconocido que he escuchado mientras bebía en el arroyo?", nos imaginamos que siente un cervatillo abrevando y justo en el momento o instante en que eleva la cabeza atento al ruido...) y no nos alejamos tanto de nuestra condición de Homo. La verdadera cuestión, pues, no es sólo tomar la decisión, sea la que sea. Es aceptarla como la correcta, aunque no estemos seguros. Quizá nos empobrezcamos materialmente (y por comparación) en ciertas decisiones (divorcios, por ejemplo) pero sí nos enriquecemos profundamente en cuanto a sensación de felicidad, de plenitud y de vitalidad. Porque hay decisiones que nuestras "tripas" tomaron antes que nosotros, y luego, el buen cerebro, construyó el relato que debemos a los demás. 

En todo caso, la libertad, que es lo que se presupone de base para la decisión, es otro aspecto a estudiar. Aunque si se toma una decisión y se cumple, entonces... sí que puede existir esa libertad. ¿O no?

Un saludo,

lunes, 17 de julio de 2017

Tristelicidad.

Estar triste y feliz al mismo tiempo parece un trastorno psicológico, pero no es tan raro. Hay situaciones que generan tristeza y uno sin embargo puede ser feliz en su interior, proveyendo de luminosidad las áreas tenebrosas que le rodean. Estar feliz es un antídoto contra la tristeza y genera placer, pero sin sentirse triste no podemos saber qué echamos en falta y qué buscamos para lograr la felicidad esquiva.

Esta vida es un surfeo entre ambas emociones, transitando otras muchas. Lograr la paz en la nada, esa ataraxia epicúrea o el nirvana budista, pasando por la epoché escéptica, se me antoja aceptar la muerte en vida. Reconozco la necesidad de aplacar las emociones y no dejarse conducir por ellas sin rienda alguna, pero también la necesidad de saber soltar las riendas y dejarse arrastrar por ellas de manera pasional. Porque la vida es finita. Y en mi duda cabe la posible certeza de que única e irrepetible (ni ciclos de reencarnación, transmigración de almas o metempsicosis, lo lamento) por lo que hay que ser consciente de la inconsciencia tanto como de la propia consciencia... sin tomarla en serio.

Sin duda, la vida trae inmensas amarguras. Desde la pérdida de un juguete hasta la muerte de alguien muy querido o cercano, pasando por decenas de frustraciones, rechazos, fallos, errores, obstáculos y demás. Pero todo, absolutamente todo, es no sólo habitual (una vida sin traumas o frustraciones me parece carente de chispa, de vitalidad, apagada y yerma) si no necesario. Necesitamos experimentar lo peor para conocer lo mejor. El sabor de lo salado no puede disfrutarse sin lo dulce, y lo sabroso queda apagado cuando no conocemos lo insípido. La felicidad, una tapada del mundo, queda estigmatizada como algo de ingenuos, idiotas, atrevidos ignorantes y otros muchos insultos que los denominados realistas aplican recelosos.

"Los idiotas" de Lars Von Trier, de hecho, me parece un ejercicio muy inteligente para mostrar eso que comento. La felicidad instantánea, absurda, transgresora, el placer y el gusto quedan retratados desde el punto de vista de los miembros de una sociedad (que somos todos, a fin de cuentas) que busca limitar, atrapar entre cuatro definiciones todo lo que debe ser correcto, sin más. Y la transgresión es fundamental. Pues revela la realidad tal como es, nos guste o no. La finitud, la necesidad de atrapar la oportunidad, de vivir.

Mi vida está cambiando. Lleva haciéndolo mucho tiempo, pero hay épocas en que los cambios se aceleran (y aquí me planteo como con la evolución qué sucede, si el cambio es abrupto o espaciado en el tiempo... creo que ambas cuestiones se dan a lo largo del tiempo) y ésta es una de ellas. Me produce tristelicidad. Tristeza por algo de lo perdido, felicidad por volver a experimentar la oportunidad de hacer otras cosas (o muchas que ya me gustan) de otra manera. Sin cambio la vida no es vida, es agua estancada. Y nadie bebe de ese agua, si no de los manantiales que corren frescos sobre lechos de roca...

Un saludo,


miércoles, 14 de junio de 2017

La presunta educación de los mayores

Navalón escribe un artículo sobre los "Millenials" poniéndolos a parir. En el Congreso, se habla de "circo podemita" y de novias, puestas de largo y otras sandeces de los tiempos vieneses (valses y salchichas...) y, en general, se hace cierta la cita de Cicerón:

"Estos son malos tiempos. Los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros."

En suma, generaciones vs generaciones. Ya no es hablar de cintas rebobinadas con un boli Bic, de peta zetas o la EGB. Tampoco de Pikachus o youtubers o instagramers. Es hablar de lo crudo; la edad.
En este tema me jode la presunta educación de los mayores. No, lo siento. No. Dos experiencias de hace menos de un par de semanas me refrendan. La educación no mejora con la edad. A veces ni está, ni se le espera.

Uno, un señor que deja su Seat León nuevecito en medio del carril bici. El de la calle Toledo. De subida... Al recriminarle educadamente, se lanza al insulto, descalificación, tú más, insolencia despectiva y condescencia matona. Y desde luego, educación, buenos modales, ausentes.

Otro, el hombre que para su coche en medio del paso de cebra cuando vas a cruzar con tu hijo pequeño y no se corta en decir burradas y tacos. Miradas de invitación al orden y, aún así, idéntica respuesta.

Y hay más... "señoras que" que olvidan la maternidad o la paternidad. Señores que tratan sin empatía a niños pequeños. Gente mayor impertinente, sin educar, en realidad. Personas que representan una realidad; la educación no tiene edad. Se puede tener edad provecta y abyecta educación.

Yo no soy joven. No me gusta YouTube. Paso de Instagram. Pero eso no implica que acepte lo que dice Cicerón sin más. Sí, cualquiera escribe libros (yo mismo) pero desobedecer es, como Jefferson indicaba, necesario. Aceptemos el desafío, enriquezcamos el debate con diferentes perspectivas. Aceptemos que un muchacho puede tener conocimientos y puntos de vista nuevos, frescos, flexibles. No aceptemos lo que una persona de edad, cierta edad, diga sin más, como tabla mosaica. Que seguro se puede romper...

Pero es pedir mucho. Concretamente, educación...

Un saludo.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Ajedrez.

Hay una película que me marcó. "Fresh", de Boaz Yakin, de 1994. La sinopsis es ésta:

"Fresh es un niño de 12 años de Brooklyn que trafica con droga y pasa crack a los camellos locales. Fresh viaja a escondidas para jugar al ajedrez con su padre, un medio genio vagabundo al que tiene prohibido ver"

Fresh tiene como padre a Samuel L. Jackson (Sam) En uno de sus mejores papeles, creo. Pero es la historia la que me marca. Fresh lucha contra una madre drogadicta enganchada a la heroína y un novio camello hijo de puta, su padre al que no debe ver, su familia extensa que le impide jugar al ajedrez o dormir a secas, los camellos para los que trabaja, el colegio donde se duerme, los compañeros que le hacen la vida difícil... y cuando intenta aplicar la lógica del ajedrez a la vida, vence. Pero pierde.

Es una lección importante. Puedes lograr tu objetivo y, sin embargo, perder. Es así. Puedes haber obtenido un premio y vivir envenenado porque no es disfrutable. Es así. Puedes decidir hacer algo que crees lo correcto y provocar resultados muy negativos. Es así. Quizá en "El perdedor gana" de Graham Greene hay más respuestas... como casi en todo Greene.

Yo no soy un buen jugador de ajedrez. Era muy emocional. Observaba qué pieza le gustaba más al rival (como bien le enseña Sam a Fresh) e iba a quitársela, aunque perdiera más en el camino. A veces eso le desestabilizaba lo justo para ganar, aunque era más común perder (la frialdad gana...) y no era muy buena estrategia. Soy de caballos de ajedrez (odio los de verdad) y me encanta la honesta sencillez de las torres, de frente, atrás, de lado a lado... los alfiles me parecen atravesados, siniestros. La reina, sobrevalorada por su versatilidad pero importantísima. El rey, un capullo. Los peones, la infantería, la carne de cañón, lo más prescindible (por mucho que puedan promocionar) y el tablero... limitado. Pero suficiente. Y real.

Las lecciones que da el ajedrez son infinitas. Aunque puedes caer en la tentación de aplicarlo (como Fresh) a la vida, sin más. ¿Soluciones? Ninguna es la correcta, porque siempre hay consecuencias inesperadas o esperadas y descartadas porque importen menos. Igual que el ajedrez, la vida se constriñe por un tablero temporal que impide ir atrás, únicamente hacia delante, sin presente real, porque es instantáneo. Es el límite legal de nuestro contrato vital. Igual que el ajedrez, hay torres, alfiles o caballos, reinas y reyes, peones, y blancos y negros (pero no significa que unos sean buenos y otros malos; siempre jugamos intercambiando posiciones, y jugamos con blancas y negras todo el tiempo, a veces simultáneamente en diferentes lugares) y hay reglas básicas, de apertura, de enroque, de movimiento, de respeto de turno... es la falsa sensación de ausencia de azar, de dados, porque eres tú y tu intelecto. En eso no puede aplicarse a la vida. El azar y lo extraño ocurren. Vaya que sí. Y remueven cada jugada que creas debes hacer. La correcta se convierte en incorrecta antes de darte cuenta.

Digamos que yo, en esas enseñanzas, no quiero perder a la reina. Ninguna en ningún juego de la vida. Que me joden los peones caídos porque a ellos va mi simpatía proletaria. Que la torre es capaz de soportar muchas cosas, excepto un alfil cabrón, y la respeto por su rocosidad. Que el caballo es lo más cercano al caos y por eso me parece bello, porque dibuja los mejores arabescos del tablero. Y que el rey, si soy yo, ha dado en mal lugar, con un republicano guillotinador... 

Recomiendo "Fresh". Encarecidamente. Verle al final, junto a un Sam que no sabe dónde esconder sus limitaciones (ajedrez como escuela y nada más) sabiendo que ha ganado en la vida una partida pero ha perdido en cambio algo más importante, es brutal. Demoledor. Impactante.

Aunque, como en la novela de Zweig, el ajedrez puede ser motivo para una novela de salvación personal... también la recomiendo. El ajedrez da para mucho...

Un saludo,

lunes, 8 de mayo de 2017

The Macho.

Es curioso cómo en el inglés americano ha entrado la palabra "macho", viajada desde España y pasada por el tamiz mejicano o latinoamericano. Duro, asertivo, planta cara y resolutivo. Al estilo John Wayne, Clint Eastwood o Pérez-Reverte. 

Las palabras se mueven, cambian, mutan, añaden o pierden, pero eso es algo lógico, en consonancia con los tiempos. Me vienen a la cabeza dos películas de naturaleza similar, "La chaqueta metálica" de Kubrick y "El sargento de hierro" de Clint Eastwood. Ambas, con marines, creo, una ambientada en dos escenarios (Kubrick, siempre, sube la montaña, hace cima, baja la montaña...) que son el campo de entrenamiento y luego Vietnam. Otra, la de Eastwood, el campo de entrenamiento y aledaños y, luego... la risible invasión de Granada, un cachondeo. En ambas, hay instructores. La de Kubrick, uno real (qué pedazo de director...) que daba miedo y al que se enfrenta Matthew Modine con su genial "¿Eres tú John Wayne o lo soy yo?" y que provoca la reacción airada del instructor. Otra, la de Eastwood, donde es casi paródico de aquel, con su discurso de "He bebido más cerveza, meado más sangre, echado más polvos y aplastado más huevos que todos vosotros juntos, mierdecillas". En ambos vemos eso, el "macho". Ambos instructores. Y son penosos...

John Wayne era un modelo. Pero también lo era (manos a la cabeza) Jack Lemmon en "El apartamento". "Sea un mensch", le increpa su vecino médico. Jack Lemmon era empatía, gracia, inteligencia, cobardía, tristeza, mirada melancólica pero anhelante, mil cosas llenas de profundidad... ¿Mola más John Wayne o Jack Lemmon? ¿Molan más los "machos" o los "mensch"?

Al final es un problema de indefinición. La masculinidad (sin ser contraposición a la femineidad) está en constante desarrollo, proceso de cambio y redefinición. Hoy, en el mundo de mil redes para comunicar (aunque no comuniquen una mierda) y miles de censores agazapados, la corrección de lo que debe ser permisible es una tiranía, pero también una valla erigida desde cimientos básicos. Que denigrar, insultar, humillar o, hablando como un macho, putear, es un error, creo que todos estamos de acuerdo (aunque hay contextos, claro...) Pero también censurar, callar, obviar, recortar o perderse en perífrasis para decir algo resulta, a mi juicio, un error igual o más grave. El lenguaje debe usarse para describir con la mayor capacidad posible la realidad, para forjarla, delimitarla o rellenarla. El lenguaje preciso es una riqueza inasible pero inmensa, un premio por la claridad que aporta y los resultados que genera, las puertas que abre. Si se le obliga además a sortear obstáculos, puede suceder que caigan los menos ingeniosos y queden únicamente los más capaces, logrando cimas inéditas. Pero, al mismo tiempo, esa "clase media" quedará sometida a la mediocridad que nada aporta. El lenguaje debe ser, servir, fluir, sin obstáculo ni cortapisas más allá de las más básicas (no agredir gratuitamente, no mentir sin objetivo alguno o dañino, no ser innecesario, quizá, a mi modo de ver, el mayor pecado...) y poco más. O mucho más. Quizá me equivoco... pero el lenguaje y la masculinidad van unidos (como el lenguaje y la femineidad) porque sin el primero no se define el segundo. Por más que adelantemos un paso y demos un puñetazo en la barbilla a alguien, derribándolo.

Reviso el "Macho" yanqui y me sonrío. Entran personajes como David Hasselhoff (por cierto, icono kitsch de los 80, rejuvenecido y adorado en pelis raras como "Kung Fury" o "Guardianes de la Galaxia 2") o Bruce Willis, Kurt Russell (sí, sí, lo sé, adoro "Escape de..." y alguna más...) el citado John Wayne, claro, Clint Eastwood, Bogart, Steve McQueen, Mel Gibson, Charles Bronson... testosterona, pelo abundante, licor, sonrisa cínica, dureza, puños, armas, rebeldes, cinismo, resolución, liderazgo a la vez que se es fieramente individualista... y más, muchos más rasgos. De eso hemos bebido muchos, durante mucho tiempo. Y por supuesto que en los corrillos privados de amigos (los íntimos, los de confianza) decimos aquellas cosas de "jo, qué tetas más grandes" o "qué culo más imponente" o "vaya cuerpo tiene" y demás cosas. Pero eso, que en privado es un momento de culpable satisfacción, en público puede ser ofensivo. Los feminismos (que hay de todo color y pelaje) suelen responder, atacar los estereotipos, jugar contra los roles, principalmente, éste, el del "Macho". Y muchos hombres, por otra parte, seguimos revisando nuestros roles, nuestros modelos, nuestras enseñanzas, pensando que una cosa es la ficción, la intimidad, la esfera de lo lúdicamente privado, y otra la pública, ese espacio donde aunque parece que se tiene que mover uno con pies de plomo, hay que saber cuándo no ofender gratuitamente (otras veces, ofender a sabiendas, buscando la herida verbal, la agudeza de la palabra que penetra exactamente donde debe, es una necesidad de la inteligencia molestada... pero el momento, el tiempo, la situación, la reacción, la capacidad... tantas cosas...) o cuándo no hacer daño. De nuevo, lenguaje...

Yo no quiero abolir el "Macho". No quiero tampoco el modelo feminista de réplica en espejo. No quiero tampoco la censura, venga de donde venga. No quiero el lenguaje limitador, expropiador, pobre. Querría, de verdad, a Jack Lemmon, por poner un ejemplo, de modelo. Sí, me gustan William Holden, sí. Sí, y Sam Peckinpah. Sí. Y más. Muchos más. Pero creo que nadie ha tomado en serio (quizá porque no es su objetivo) pensar en un modelo así... 

Además, como él mismo dice en "Con faldas y a lo loco"...

"No me comprendes, Osgood. Soy un hombre". 

Y todos sabemos la respuesta, perfecta, de un perfecto Wilder, que incluye todo (hombres y mujeres) y que es sublime. 

Nadie es perfecto.

Un saludo,


miércoles, 26 de abril de 2017

¿Bilingüismo en Madrid?

Lo reconozco. Mi hijo va a un cole bilingüe. Aparte de que la mayoría ya lo son, y es "el signo de los tiempos", la razón es que, en principio, apoyo la idea. Moldear el cerebro en varios idiomas, ser capaz de aplicar plásticamente más de un término, con sus matices, significados, descripciones e imágenes, me resulta enriquecedor, básico para conocer el mundo. El lenguaje es una maravillosa maldición, babélica, que permite comprender qué compartimos y qué nos diferencia, logrando así nuevas creaciones entre medias, fluyendo.

Pero es, como digo, "en principio". La Comunidad de Madrid, con su ínclita ex presidenta Esperanza Aguirre a la cabeza (esa cuya charca está llena de ranas) impulsó el sistema de manera propagandística en 2004. ¿Éxito? ¿Fracaso? Según se mida. El éxito para la CM es que hay cientos de institutos y colegios "bilingües". Entre comillas lo pongo porque ha sido un "subirse al carro" o morir. Esto es, no recibir financiación. El fracaso es que es un modelo que ni es bilingüe ni mejora la educación. ¿Y por qué? Porque ha logrado el efecto que no debe cumplir un sistema público de educación; segregar. Aparte de estar implantado desastrosamente mal.

El castellano se está arrinconando como lengua vehicular, propia. Una nacionalista del PP como Aguirre debería haberlo visto venir, pero pudo la consecuencia económica antes que la defensa de su idioma. Y qué coincidencia, la mayoría de colegios e institutos no bilingües se sitúan en zonas deprimidas, de mayoría inmigrante (latinoamericana) y alejadas de los centros de decisión. Inmobiliariamente, uno puede hacer una correlación entre precio vivienda y calidad colegio o instituto público y sorprenderse (salvo algunas aberraciones estadísticas) porque... es otro modo de segregar que ha realizado la ex. Pobres vs ricos o clase media con aspiración.

El modelo fracasa por algo simple; no puedes enseñar un idioma si no lo conoces. En eso, sí que debo darle parte de razón a la ex presidenta, ex concejala y ex todo. Es un nativo quien debe enseñar el idioma. Un nativo o alguien bilingüe de verdad Y CON CONOCIMIENTOS PEDAGÓGICOS. Lo resalto porque es algo básico. Que luego los sindicatos o el sistema de acceso público sea el que es, es otra historia. Pero las culpas, repartidas, no impiden ver la realidad. Unos por saltarse los obstáculos, otros por ponerlos. Y la realidad es que los profesores NO TIENEN LA CAPACIDAD IDIOMÁTICA para impartir, aunque sí los recursos pedagógicos. Cojea el sistema, ¿verdad? Como siempre. Implementar a medias, parcialmente, es lo que tiene. En educación, en sanidad, en lo público, o apuestas con todo o mejor lo dejas estar. Aquí, como somos imbéciles, admitimos experimentos, y lo peor. Con nuestros hijos.

A día de hoy, veo dos posibilidades y una realidad. La primera posibilidad, cancelar el bilingüismo, reconocer su fracaso y paralizarlo, invirtiendo en materias, formación y equipos. No pasará. Cifuentes tiene cadenas, y por muy rubia que se haga, sabe a quién debe su puesto. Al lameculismo que no sólo se da en su partido (aunque no sé si llamarlo "banda", a tenor de las noticias...) y a su ansia de poder. La segunda, reinvertir en ello con dureza, primero examinando qué falla (es evidente, pero hay que querer ver) y luego invirtiendo cantidades no robadas en ello. No pasará, pues supondría reconocer que las Radiales valen menos que la educación. La realidad es que continuará así, a trancas y barrancas, con los profesores tratando de llevarlo de aquella manera, los padres agobiados entre academias y parches, y seguiremos con el modelo de siempre... lo público, denostado, y lo privado (incluyendo lo concertado) ensalzado sin razones.

El único bilingüismo que existe en Madrid es el de los dos mismos idiomas que siempre chocan. Pobres y el resto. Pobres, cada vez más, en todo sentido (no solamente en lo material) y estúpida clase media que cree aspirar a riqueza (sueños, sueños, ilusiones...) jugando la partida mientras les quitan la cartera. Dialéctica, lucha de clases, etc. Todo eso que está caduco. Y siempre la misma pregunta, que ya Richard Brooks nos lanzó en "Los profesionales":

"Maybe there's only one revolution, since the beginning, the good guys against the bad guys. Question is, who are the good guys?"

Un saludo,

jueves, 20 de abril de 2017

"Yo sé quién soy"

Desde Quijote a Harry Angel, muchos han pronunciado esa frase, con un matiz doloroso contra la infamia y el juicio ajeno, contra la percepción simple y nada poliédrica de los demás. Saber quién es uno mismo es fundamental para reconocerse, hacer y vivir. En las novelas y películas, muchas veces vemos al protagonista tal cual es, sin trucos, sin oropeles. Chaplin en "El Circo" le roba mordiscos de un perrito caliente a un niño pequeño, mientras sonríe y trata de aparentar ser un caballero. Le mete garrotazos al ladrón en el barco del laberinto de espejos, y lo disfruta, disfruta de esa violencia aunque la imposte. ¿Y es malo? El punto de vista del observador siempre afecta al juicio, pero sobre todo, el juicio determina más a la persona que lo emite que al enjuiciado. Si uno sabe quién es.

Vivimos en un mundo social donde todo se evalúa y aquilata en pocos segundos. Prejuicios que ayudan a consolidar juicios (vestimentas que determina clase social, pudiente o impúdica, pobre o rebelde, arrogante o sumisa) y a ejercer un trato encarrilado así según la vía que saquemos de esa pequeña caja. Pero el prejuicio y el juicio son erróneos. ¿Sabemos quién es, realmente, esa persona? Podemos evaluar sus actos... y ni siquiera así conocerle. Porque, ¿por qué hace eso y no otra cosa? Además, el contexto es sumamente importante. No es igual el colegio que el parque, la universidad que una fiesta, el trabajo que las cañas. No es igual en tu casa que en una sala de fiestas, no es lo mismo en la biblioteca que en la cancha de baloncesto. Y, sin embargo, quien se deja llevar también por el prejuicio del contexto suele dejar clara su mentalidad. 

Saber quién eres es importante. Porque te blinda contra la visión de los otros. A lo largo de mi vida, he tenido posados en mí ojos que me han visto de muchas maneras, algunas completamente distintas a quien soy. Se me ha calificado de formas negativas y, también, positivas. Y a veces eran ciertas y muchas no. He escuchado comentarios sobre mí, esas medias verdades que son peor que la mentira, y esas mentiras que ocultan algo de verdad. He escuchado cómo me ven, algunos muy buenos amigos, otros no tanto, y las distancias entre su percepción y la mía era curiosa. El ejemplo de la literatura y el cine ayudan a comprender. Lo que unos hacen. A qué se reduce todo...

Roy Batty también luchaba por conocerse, por saber quién era. ¿Un androide programado para luchar, y ya? ¿O podía ser otra cosa? En su sacrificio, comprendió que podía ser otras cosas, ante su asesino, antes de morir. Y ese cambio es lo fundamental. Porque somos, pero cambiamos. Y cambiamos porque si no, no seríamos. Harry Angel se repetía llorando que sabía quién era, porque había eliminado su pasado, aunque el bello de Louis Cyphre se lo vino a recordar (una constante, el pasado regresa en forma de personas a las que afectamos sin entender nuestro impacto en ellas... igual que otras nos afectaron y sabemos cuánto, cómo, pero ellas, quizá, no...) y le aplicó la mano muerta del ayer. Quijote quiere ser, es, de hecho, y lo hace contra los demás, sus burlas, inquinas, mezquindades, sorpresas, acomodamientos y demás. No es Quijote el protagonista, si no más bien el catalizador que nos permite conocer a todos los demás personajes. Un espejo en el que los demás, como el callejón del gato, se ven, deformados...

Yo sé quién soy, y quién no soy... todavía. Pero no soy por lo que otros me definan, antes al contrario, sus definiciones, precisamente, son simples apuestas o juegos para intentar conocerme de verdad. Y no, no se logra, no lo conseguirán nunca. Porque no me rindo a la imagen que me proyectan de mí mismo. Y eso vale, claro está, para los hijos. Por eso las etiquetas, los prejuicios, las simplezas, no me gustan. Reducen en tanto el valor del ser, que resultan más ofensivas que un insulto.

Ahora, que si me dejan elegir, siempre, siempre, quiero ser... Holly Martins. Copón, cómo me gusta ese personaje... y cualquier caradura de Harrison Ford, claro. Y los que se deslizan en las sombras, como los amigos de Falstaff... o yo mismo, que también me gusta. 

Un saludo,

viernes, 14 de abril de 2017

Un titular.

Leo hoy un titular de El País. Ese diario progre, sociata, liberal de izquierdas y... paro, la risa floja me abre las tripas. Mis cojones.
"Los días perdidos en huelgas caen al mínimo histórico en 2016"La negrita es mía. Y aquí el enlace:
http://economia.elpais.com/economia/2017/04/13/actualidad/1492102582_151578.html
Queda claro. La huelga es ya una pérdida de tiempo. No sirve para nada. Y Marx revolcándose de risa, mientras se tira histérico de su melena hipster y rizada. Huelgas... ¿para qué?
Es sencillo. El capitalismo se fundamenta en romper cualquier vínculo de solidaridad entre extraños. No es que seamos ya white collars la mayoría, o que hallamos abandonado la fábrica llena de agros analfabetos (para engrosar la oficina como urbanitas igual de analfabetos... funcionales, eso sí) no. Es que no creemos que exista similitud alguna entre ese y aquella y nosotros mismos, tú y yo. Nos creemos diferentes (lo somos) y al otro rival. ¿La similitud? Estamos igual de explotados en el engranaje, pero no lo vemos o creemos torcer los piñones y discos a nuestra voluntad. Ja.
La huelga necesita de varios elementos. Sindicatos fuertes e independientes (en España, 0) objetivos claros e importantes para muchos (aquí nos perdemos en tonterías) paciencia (huelgas de 1 día... oh, qué horror, ¿¡tanto!?) Y la solidaridad. Conceptos como "caja de resistencia", "economía de guerra" o "ayuda mutua" se han ido al basurero de lo obsoleto (¿quién decretó su obsolescencia? Qui bono...) cuando son básicos.
Las huelgas son el instrumento más certero para lograr objetivos. Pero ya ni me atrevo a añadir "a favor de la clase trabajadora" porque, eh, nadie, repito, NADIE, se considera así ya. Ese es otro triunfo de la otra clase, la de Warren Buffet, la que va ganando...
En fin. "Periodismo" de palangana semanasantera, hipocritilla como las panas ahora criando naftalina y que siguen dando nostalgia. Pero, ehehey, da igual. Los robots son la solución (salvo si nos ponemos luditas) y quizá Skynet o Madre o HAL sepan mejor que nosotros, pre-algoritmos, qué nos conviene...
Mientras, a posturear. Ya con capucha KKK o Twitter. Si por ahí se hicieran huelgas...
Un saludo,