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lunes, 17 de julio de 2017

Tristelicidad.

Estar triste y feliz al mismo tiempo parece un trastorno psicológico, pero no es tan raro. Hay situaciones que generan tristeza y uno sin embargo puede ser feliz en su interior, proveyendo de luminosidad las áreas tenebrosas que le rodean. Estar feliz es un antídoto contra la tristeza y genera placer, pero sin sentirse triste no podemos saber qué echamos en falta y qué buscamos para lograr la felicidad esquiva.

Esta vida es un surfeo entre ambas emociones, transitando otras muchas. Lograr la paz en la nada, esa ataraxia epicúrea o el nirvana budista, pasando por la epoché escéptica, se me antoja aceptar la muerte en vida. Reconozco la necesidad de aplacar las emociones y no dejarse conducir por ellas sin rienda alguna, pero también la necesidad de saber soltar las riendas y dejarse arrastrar por ellas de manera pasional. Porque la vida es finita. Y en mi duda cabe la posible certeza de que única e irrepetible (ni ciclos de reencarnación, transmigración de almas o metempsicosis, lo lamento) por lo que hay que ser consciente de la inconsciencia tanto como de la propia consciencia... sin tomarla en serio.

Sin duda, la vida trae inmensas amarguras. Desde la pérdida de un juguete hasta la muerte de alguien muy querido o cercano, pasando por decenas de frustraciones, rechazos, fallos, errores, obstáculos y demás. Pero todo, absolutamente todo, es no sólo habitual (una vida sin traumas o frustraciones me parece carente de chispa, de vitalidad, apagada y yerma) si no necesario. Necesitamos experimentar lo peor para conocer lo mejor. El sabor de lo salado no puede disfrutarse sin lo dulce, y lo sabroso queda apagado cuando no conocemos lo insípido. La felicidad, una tapada del mundo, queda estigmatizada como algo de ingenuos, idiotas, atrevidos ignorantes y otros muchos insultos que los denominados realistas aplican recelosos.

"Los idiotas" de Lars Von Trier, de hecho, me parece un ejercicio muy inteligente para mostrar eso que comento. La felicidad instantánea, absurda, transgresora, el placer y el gusto quedan retratados desde el punto de vista de los miembros de una sociedad (que somos todos, a fin de cuentas) que busca limitar, atrapar entre cuatro definiciones todo lo que debe ser correcto, sin más. Y la transgresión es fundamental. Pues revela la realidad tal como es, nos guste o no. La finitud, la necesidad de atrapar la oportunidad, de vivir.

Mi vida está cambiando. Lleva haciéndolo mucho tiempo, pero hay épocas en que los cambios se aceleran (y aquí me planteo como con la evolución qué sucede, si el cambio es abrupto o espaciado en el tiempo... creo que ambas cuestiones se dan a lo largo del tiempo) y ésta es una de ellas. Me produce tristelicidad. Tristeza por algo de lo perdido, felicidad por volver a experimentar la oportunidad de hacer otras cosas (o muchas que ya me gustan) de otra manera. Sin cambio la vida no es vida, es agua estancada. Y nadie bebe de ese agua, si no de los manantiales que corren frescos sobre lechos de roca...

Un saludo,


miércoles, 14 de junio de 2017

La presunta educación de los mayores

Navalón escribe un artículo sobre los "Millenials" poniéndolos a parir. En el Congreso, se habla de "circo podemita" y de novias, puestas de largo y otras sandeces de los tiempos vieneses (valses y salchichas...) y, en general, se hace cierta la cita de Cicerón:

"Estos son malos tiempos. Los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros."

En suma, generaciones vs generaciones. Ya no es hablar de cintas rebobinadas con un boli Bic, de peta zetas o la EGB. Tampoco de Pikachus o youtubers o instagramers. Es hablar de lo crudo; la edad.
En este tema me jode la presunta educación de los mayores. No, lo siento. No. Dos experiencias de hace menos de un par de semanas me refrendan. La educación no mejora con la edad. A veces ni está, ni se le espera.

Uno, un señor que deja su Seat León nuevecito en medio del carril bici. El de la calle Toledo. De subida... Al recriminarle educadamente, se lanza al insulto, descalificación, tú más, insolencia despectiva y condescencia matona. Y desde luego, educación, buenos modales, ausentes.

Otro, el hombre que para su coche en medio del paso de cebra cuando vas a cruzar con tu hijo pequeño y no se corta en decir burradas y tacos. Miradas de invitación al orden y, aún así, idéntica respuesta.

Y hay más... "señoras que" que olvidan la maternidad o la paternidad. Señores que tratan sin empatía a niños pequeños. Gente mayor impertinente, sin educar, en realidad. Personas que representan una realidad; la educación no tiene edad. Se puede tener edad provecta y abyecta educación.

Yo no soy joven. No me gusta YouTube. Paso de Instagram. Pero eso no implica que acepte lo que dice Cicerón sin más. Sí, cualquiera escribe libros (yo mismo) pero desobedecer es, como Jefferson indicaba, necesario. Aceptemos el desafío, enriquezcamos el debate con diferentes perspectivas. Aceptemos que un muchacho puede tener conocimientos y puntos de vista nuevos, frescos, flexibles. No aceptemos lo que una persona de edad, cierta edad, diga sin más, como tabla mosaica. Que seguro se puede romper...

Pero es pedir mucho. Concretamente, educación...

Un saludo.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Ajedrez.

Hay una película que me marcó. "Fresh", de Boaz Yakin, de 1994. La sinopsis es ésta:

"Fresh es un niño de 12 años de Brooklyn que trafica con droga y pasa crack a los camellos locales. Fresh viaja a escondidas para jugar al ajedrez con su padre, un medio genio vagabundo al que tiene prohibido ver"

Fresh tiene como padre a Samuel L. Jackson (Sam) En uno de sus mejores papeles, creo. Pero es la historia la que me marca. Fresh lucha contra una madre drogadicta enganchada a la heroína y un novio camello hijo de puta, su padre al que no debe ver, su familia extensa que le impide jugar al ajedrez o dormir a secas, los camellos para los que trabaja, el colegio donde se duerme, los compañeros que le hacen la vida difícil... y cuando intenta aplicar la lógica del ajedrez a la vida, vence. Pero pierde.

Es una lección importante. Puedes lograr tu objetivo y, sin embargo, perder. Es así. Puedes haber obtenido un premio y vivir envenenado porque no es disfrutable. Es así. Puedes decidir hacer algo que crees lo correcto y provocar resultados muy negativos. Es así. Quizá en "El perdedor gana" de Graham Greene hay más respuestas... como casi en todo Greene.

Yo no soy un buen jugador de ajedrez. Era muy emocional. Observaba qué pieza le gustaba más al rival (como bien le enseña Sam a Fresh) e iba a quitársela, aunque perdiera más en el camino. A veces eso le desestabilizaba lo justo para ganar, aunque era más común perder (la frialdad gana...) y no era muy buena estrategia. Soy de caballos de ajedrez (odio los de verdad) y me encanta la honesta sencillez de las torres, de frente, atrás, de lado a lado... los alfiles me parecen atravesados, siniestros. La reina, sobrevalorada por su versatilidad pero importantísima. El rey, un capullo. Los peones, la infantería, la carne de cañón, lo más prescindible (por mucho que puedan promocionar) y el tablero... limitado. Pero suficiente. Y real.

Las lecciones que da el ajedrez son infinitas. Aunque puedes caer en la tentación de aplicarlo (como Fresh) a la vida, sin más. ¿Soluciones? Ninguna es la correcta, porque siempre hay consecuencias inesperadas o esperadas y descartadas porque importen menos. Igual que el ajedrez, la vida se constriñe por un tablero temporal que impide ir atrás, únicamente hacia delante, sin presente real, porque es instantáneo. Es el límite legal de nuestro contrato vital. Igual que el ajedrez, hay torres, alfiles o caballos, reinas y reyes, peones, y blancos y negros (pero no significa que unos sean buenos y otros malos; siempre jugamos intercambiando posiciones, y jugamos con blancas y negras todo el tiempo, a veces simultáneamente en diferentes lugares) y hay reglas básicas, de apertura, de enroque, de movimiento, de respeto de turno... es la falsa sensación de ausencia de azar, de dados, porque eres tú y tu intelecto. En eso no puede aplicarse a la vida. El azar y lo extraño ocurren. Vaya que sí. Y remueven cada jugada que creas debes hacer. La correcta se convierte en incorrecta antes de darte cuenta.

Digamos que yo, en esas enseñanzas, no quiero perder a la reina. Ninguna en ningún juego de la vida. Que me joden los peones caídos porque a ellos va mi simpatía proletaria. Que la torre es capaz de soportar muchas cosas, excepto un alfil cabrón, y la respeto por su rocosidad. Que el caballo es lo más cercano al caos y por eso me parece bello, porque dibuja los mejores arabescos del tablero. Y que el rey, si soy yo, ha dado en mal lugar, con un republicano guillotinador... 

Recomiendo "Fresh". Encarecidamente. Verle al final, junto a un Sam que no sabe dónde esconder sus limitaciones (ajedrez como escuela y nada más) sabiendo que ha ganado en la vida una partida pero ha perdido en cambio algo más importante, es brutal. Demoledor. Impactante.

Aunque, como en la novela de Zweig, el ajedrez puede ser motivo para una novela de salvación personal... también la recomiendo. El ajedrez da para mucho...

Un saludo,

lunes, 8 de mayo de 2017

The Macho.

Es curioso cómo en el inglés americano ha entrado la palabra "macho", viajada desde España y pasada por el tamiz mejicano o latinoamericano. Duro, asertivo, planta cara y resolutivo. Al estilo John Wayne, Clint Eastwood o Pérez-Reverte. 

Las palabras se mueven, cambian, mutan, añaden o pierden, pero eso es algo lógico, en consonancia con los tiempos. Me vienen a la cabeza dos películas de naturaleza similar, "La chaqueta metálica" de Kubrick y "El sargento de hierro" de Clint Eastwood. Ambas, con marines, creo, una ambientada en dos escenarios (Kubrick, siempre, sube la montaña, hace cima, baja la montaña...) que son el campo de entrenamiento y luego Vietnam. Otra, la de Eastwood, el campo de entrenamiento y aledaños y, luego... la risible invasión de Granada, un cachondeo. En ambas, hay instructores. La de Kubrick, uno real (qué pedazo de director...) que daba miedo y al que se enfrenta Matthew Modine con su genial "¿Eres tú John Wayne o lo soy yo?" y que provoca la reacción airada del instructor. Otra, la de Eastwood, donde es casi paródico de aquel, con su discurso de "He bebido más cerveza, meado más sangre, echado más polvos y aplastado más huevos que todos vosotros juntos, mierdecillas". En ambos vemos eso, el "macho". Ambos instructores. Y son penosos...

John Wayne era un modelo. Pero también lo era (manos a la cabeza) Jack Lemmon en "El apartamento". "Sea un mensch", le increpa su vecino médico. Jack Lemmon era empatía, gracia, inteligencia, cobardía, tristeza, mirada melancólica pero anhelante, mil cosas llenas de profundidad... ¿Mola más John Wayne o Jack Lemmon? ¿Molan más los "machos" o los "mensch"?

Al final es un problema de indefinición. La masculinidad (sin ser contraposición a la femineidad) está en constante desarrollo, proceso de cambio y redefinición. Hoy, en el mundo de mil redes para comunicar (aunque no comuniquen una mierda) y miles de censores agazapados, la corrección de lo que debe ser permisible es una tiranía, pero también una valla erigida desde cimientos básicos. Que denigrar, insultar, humillar o, hablando como un macho, putear, es un error, creo que todos estamos de acuerdo (aunque hay contextos, claro...) Pero también censurar, callar, obviar, recortar o perderse en perífrasis para decir algo resulta, a mi juicio, un error igual o más grave. El lenguaje debe usarse para describir con la mayor capacidad posible la realidad, para forjarla, delimitarla o rellenarla. El lenguaje preciso es una riqueza inasible pero inmensa, un premio por la claridad que aporta y los resultados que genera, las puertas que abre. Si se le obliga además a sortear obstáculos, puede suceder que caigan los menos ingeniosos y queden únicamente los más capaces, logrando cimas inéditas. Pero, al mismo tiempo, esa "clase media" quedará sometida a la mediocridad que nada aporta. El lenguaje debe ser, servir, fluir, sin obstáculo ni cortapisas más allá de las más básicas (no agredir gratuitamente, no mentir sin objetivo alguno o dañino, no ser innecesario, quizá, a mi modo de ver, el mayor pecado...) y poco más. O mucho más. Quizá me equivoco... pero el lenguaje y la masculinidad van unidos (como el lenguaje y la femineidad) porque sin el primero no se define el segundo. Por más que adelantemos un paso y demos un puñetazo en la barbilla a alguien, derribándolo.

Reviso el "Macho" yanqui y me sonrío. Entran personajes como David Hasselhoff (por cierto, icono kitsch de los 80, rejuvenecido y adorado en pelis raras como "Kung Fury" o "Guardianes de la Galaxia 2") o Bruce Willis, Kurt Russell (sí, sí, lo sé, adoro "Escape de..." y alguna más...) el citado John Wayne, claro, Clint Eastwood, Bogart, Steve McQueen, Mel Gibson, Charles Bronson... testosterona, pelo abundante, licor, sonrisa cínica, dureza, puños, armas, rebeldes, cinismo, resolución, liderazgo a la vez que se es fieramente individualista... y más, muchos más rasgos. De eso hemos bebido muchos, durante mucho tiempo. Y por supuesto que en los corrillos privados de amigos (los íntimos, los de confianza) decimos aquellas cosas de "jo, qué tetas más grandes" o "qué culo más imponente" o "vaya cuerpo tiene" y demás cosas. Pero eso, que en privado es un momento de culpable satisfacción, en público puede ser ofensivo. Los feminismos (que hay de todo color y pelaje) suelen responder, atacar los estereotipos, jugar contra los roles, principalmente, éste, el del "Macho". Y muchos hombres, por otra parte, seguimos revisando nuestros roles, nuestros modelos, nuestras enseñanzas, pensando que una cosa es la ficción, la intimidad, la esfera de lo lúdicamente privado, y otra la pública, ese espacio donde aunque parece que se tiene que mover uno con pies de plomo, hay que saber cuándo no ofender gratuitamente (otras veces, ofender a sabiendas, buscando la herida verbal, la agudeza de la palabra que penetra exactamente donde debe, es una necesidad de la inteligencia molestada... pero el momento, el tiempo, la situación, la reacción, la capacidad... tantas cosas...) o cuándo no hacer daño. De nuevo, lenguaje...

Yo no quiero abolir el "Macho". No quiero tampoco el modelo feminista de réplica en espejo. No quiero tampoco la censura, venga de donde venga. No quiero el lenguaje limitador, expropiador, pobre. Querría, de verdad, a Jack Lemmon, por poner un ejemplo, de modelo. Sí, me gustan William Holden, sí. Sí, y Sam Peckinpah. Sí. Y más. Muchos más. Pero creo que nadie ha tomado en serio (quizá porque no es su objetivo) pensar en un modelo así... 

Además, como él mismo dice en "Con faldas y a lo loco"...

"No me comprendes, Osgood. Soy un hombre". 

Y todos sabemos la respuesta, perfecta, de un perfecto Wilder, que incluye todo (hombres y mujeres) y que es sublime. 

Nadie es perfecto.

Un saludo,


miércoles, 26 de abril de 2017

¿Bilingüismo en Madrid?

Lo reconozco. Mi hijo va a un cole bilingüe. Aparte de que la mayoría ya lo son, y es "el signo de los tiempos", la razón es que, en principio, apoyo la idea. Moldear el cerebro en varios idiomas, ser capaz de aplicar plásticamente más de un término, con sus matices, significados, descripciones e imágenes, me resulta enriquecedor, básico para conocer el mundo. El lenguaje es una maravillosa maldición, babélica, que permite comprender qué compartimos y qué nos diferencia, logrando así nuevas creaciones entre medias, fluyendo.

Pero es, como digo, "en principio". La Comunidad de Madrid, con su ínclita ex presidenta Esperanza Aguirre a la cabeza (esa cuya charca está llena de ranas) impulsó el sistema de manera propagandística en 2004. ¿Éxito? ¿Fracaso? Según se mida. El éxito para la CM es que hay cientos de institutos y colegios "bilingües". Entre comillas lo pongo porque ha sido un "subirse al carro" o morir. Esto es, no recibir financiación. El fracaso es que es un modelo que ni es bilingüe ni mejora la educación. ¿Y por qué? Porque ha logrado el efecto que no debe cumplir un sistema público de educación; segregar. Aparte de estar implantado desastrosamente mal.

El castellano se está arrinconando como lengua vehicular, propia. Una nacionalista del PP como Aguirre debería haberlo visto venir, pero pudo la consecuencia económica antes que la defensa de su idioma. Y qué coincidencia, la mayoría de colegios e institutos no bilingües se sitúan en zonas deprimidas, de mayoría inmigrante (latinoamericana) y alejadas de los centros de decisión. Inmobiliariamente, uno puede hacer una correlación entre precio vivienda y calidad colegio o instituto público y sorprenderse (salvo algunas aberraciones estadísticas) porque... es otro modo de segregar que ha realizado la ex. Pobres vs ricos o clase media con aspiración.

El modelo fracasa por algo simple; no puedes enseñar un idioma si no lo conoces. En eso, sí que debo darle parte de razón a la ex presidenta, ex concejala y ex todo. Es un nativo quien debe enseñar el idioma. Un nativo o alguien bilingüe de verdad Y CON CONOCIMIENTOS PEDAGÓGICOS. Lo resalto porque es algo básico. Que luego los sindicatos o el sistema de acceso público sea el que es, es otra historia. Pero las culpas, repartidas, no impiden ver la realidad. Unos por saltarse los obstáculos, otros por ponerlos. Y la realidad es que los profesores NO TIENEN LA CAPACIDAD IDIOMÁTICA para impartir, aunque sí los recursos pedagógicos. Cojea el sistema, ¿verdad? Como siempre. Implementar a medias, parcialmente, es lo que tiene. En educación, en sanidad, en lo público, o apuestas con todo o mejor lo dejas estar. Aquí, como somos imbéciles, admitimos experimentos, y lo peor. Con nuestros hijos.

A día de hoy, veo dos posibilidades y una realidad. La primera posibilidad, cancelar el bilingüismo, reconocer su fracaso y paralizarlo, invirtiendo en materias, formación y equipos. No pasará. Cifuentes tiene cadenas, y por muy rubia que se haga, sabe a quién debe su puesto. Al lameculismo que no sólo se da en su partido (aunque no sé si llamarlo "banda", a tenor de las noticias...) y a su ansia de poder. La segunda, reinvertir en ello con dureza, primero examinando qué falla (es evidente, pero hay que querer ver) y luego invirtiendo cantidades no robadas en ello. No pasará, pues supondría reconocer que las Radiales valen menos que la educación. La realidad es que continuará así, a trancas y barrancas, con los profesores tratando de llevarlo de aquella manera, los padres agobiados entre academias y parches, y seguiremos con el modelo de siempre... lo público, denostado, y lo privado (incluyendo lo concertado) ensalzado sin razones.

El único bilingüismo que existe en Madrid es el de los dos mismos idiomas que siempre chocan. Pobres y el resto. Pobres, cada vez más, en todo sentido (no solamente en lo material) y estúpida clase media que cree aspirar a riqueza (sueños, sueños, ilusiones...) jugando la partida mientras les quitan la cartera. Dialéctica, lucha de clases, etc. Todo eso que está caduco. Y siempre la misma pregunta, que ya Richard Brooks nos lanzó en "Los profesionales":

"Maybe there's only one revolution, since the beginning, the good guys against the bad guys. Question is, who are the good guys?"

Un saludo,

jueves, 20 de abril de 2017

"Yo sé quién soy"

Desde Quijote a Harry Angel, muchos han pronunciado esa frase, con un matiz doloroso contra la infamia y el juicio ajeno, contra la percepción simple y nada poliédrica de los demás. Saber quién es uno mismo es fundamental para reconocerse, hacer y vivir. En las novelas y películas, muchas veces vemos al protagonista tal cual es, sin trucos, sin oropeles. Chaplin en "El Circo" le roba mordiscos de un perrito caliente a un niño pequeño, mientras sonríe y trata de aparentar ser un caballero. Le mete garrotazos al ladrón en el barco del laberinto de espejos, y lo disfruta, disfruta de esa violencia aunque la imposte. ¿Y es malo? El punto de vista del observador siempre afecta al juicio, pero sobre todo, el juicio determina más a la persona que lo emite que al enjuiciado. Si uno sabe quién es.

Vivimos en un mundo social donde todo se evalúa y aquilata en pocos segundos. Prejuicios que ayudan a consolidar juicios (vestimentas que determina clase social, pudiente o impúdica, pobre o rebelde, arrogante o sumisa) y a ejercer un trato encarrilado así según la vía que saquemos de esa pequeña caja. Pero el prejuicio y el juicio son erróneos. ¿Sabemos quién es, realmente, esa persona? Podemos evaluar sus actos... y ni siquiera así conocerle. Porque, ¿por qué hace eso y no otra cosa? Además, el contexto es sumamente importante. No es igual el colegio que el parque, la universidad que una fiesta, el trabajo que las cañas. No es igual en tu casa que en una sala de fiestas, no es lo mismo en la biblioteca que en la cancha de baloncesto. Y, sin embargo, quien se deja llevar también por el prejuicio del contexto suele dejar clara su mentalidad. 

Saber quién eres es importante. Porque te blinda contra la visión de los otros. A lo largo de mi vida, he tenido posados en mí ojos que me han visto de muchas maneras, algunas completamente distintas a quien soy. Se me ha calificado de formas negativas y, también, positivas. Y a veces eran ciertas y muchas no. He escuchado comentarios sobre mí, esas medias verdades que son peor que la mentira, y esas mentiras que ocultan algo de verdad. He escuchado cómo me ven, algunos muy buenos amigos, otros no tanto, y las distancias entre su percepción y la mía era curiosa. El ejemplo de la literatura y el cine ayudan a comprender. Lo que unos hacen. A qué se reduce todo...

Roy Batty también luchaba por conocerse, por saber quién era. ¿Un androide programado para luchar, y ya? ¿O podía ser otra cosa? En su sacrificio, comprendió que podía ser otras cosas, ante su asesino, antes de morir. Y ese cambio es lo fundamental. Porque somos, pero cambiamos. Y cambiamos porque si no, no seríamos. Harry Angel se repetía llorando que sabía quién era, porque había eliminado su pasado, aunque el bello de Louis Cyphre se lo vino a recordar (una constante, el pasado regresa en forma de personas a las que afectamos sin entender nuestro impacto en ellas... igual que otras nos afectaron y sabemos cuánto, cómo, pero ellas, quizá, no...) y le aplicó la mano muerta del ayer. Quijote quiere ser, es, de hecho, y lo hace contra los demás, sus burlas, inquinas, mezquindades, sorpresas, acomodamientos y demás. No es Quijote el protagonista, si no más bien el catalizador que nos permite conocer a todos los demás personajes. Un espejo en el que los demás, como el callejón del gato, se ven, deformados...

Yo sé quién soy, y quién no soy... todavía. Pero no soy por lo que otros me definan, antes al contrario, sus definiciones, precisamente, son simples apuestas o juegos para intentar conocerme de verdad. Y no, no se logra, no lo conseguirán nunca. Porque no me rindo a la imagen que me proyectan de mí mismo. Y eso vale, claro está, para los hijos. Por eso las etiquetas, los prejuicios, las simplezas, no me gustan. Reducen en tanto el valor del ser, que resultan más ofensivas que un insulto.

Ahora, que si me dejan elegir, siempre, siempre, quiero ser... Holly Martins. Copón, cómo me gusta ese personaje... y cualquier caradura de Harrison Ford, claro. Y los que se deslizan en las sombras, como los amigos de Falstaff... o yo mismo, que también me gusta. 

Un saludo,

viernes, 14 de abril de 2017

Un titular.

Leo hoy un titular de El País. Ese diario progre, sociata, liberal de izquierdas y... paro, la risa floja me abre las tripas. Mis cojones.
"Los días perdidos en huelgas caen al mínimo histórico en 2016"La negrita es mía. Y aquí el enlace:
http://economia.elpais.com/economia/2017/04/13/actualidad/1492102582_151578.html
Queda claro. La huelga es ya una pérdida de tiempo. No sirve para nada. Y Marx revolcándose de risa, mientras se tira histérico de su melena hipster y rizada. Huelgas... ¿para qué?
Es sencillo. El capitalismo se fundamenta en romper cualquier vínculo de solidaridad entre extraños. No es que seamos ya white collars la mayoría, o que hallamos abandonado la fábrica llena de agros analfabetos (para engrosar la oficina como urbanitas igual de analfabetos... funcionales, eso sí) no. Es que no creemos que exista similitud alguna entre ese y aquella y nosotros mismos, tú y yo. Nos creemos diferentes (lo somos) y al otro rival. ¿La similitud? Estamos igual de explotados en el engranaje, pero no lo vemos o creemos torcer los piñones y discos a nuestra voluntad. Ja.
La huelga necesita de varios elementos. Sindicatos fuertes e independientes (en España, 0) objetivos claros e importantes para muchos (aquí nos perdemos en tonterías) paciencia (huelgas de 1 día... oh, qué horror, ¿¡tanto!?) Y la solidaridad. Conceptos como "caja de resistencia", "economía de guerra" o "ayuda mutua" se han ido al basurero de lo obsoleto (¿quién decretó su obsolescencia? Qui bono...) cuando son básicos.
Las huelgas son el instrumento más certero para lograr objetivos. Pero ya ni me atrevo a añadir "a favor de la clase trabajadora" porque, eh, nadie, repito, NADIE, se considera así ya. Ese es otro triunfo de la otra clase, la de Warren Buffet, la que va ganando...
En fin. "Periodismo" de palangana semanasantera, hipocritilla como las panas ahora criando naftalina y que siguen dando nostalgia. Pero, ehehey, da igual. Los robots son la solución (salvo si nos ponemos luditas) y quizá Skynet o Madre o HAL sepan mejor que nosotros, pre-algoritmos, qué nos conviene...
Mientras, a posturear. Ya con capucha KKK o Twitter. Si por ahí se hicieran huelgas...
Un saludo,

lunes, 10 de abril de 2017

Política.

Que si Aristóteles, bla bla, zoon politikón, bla bla... no voy a meterme en la base. Lo somos. Punto.

Libertad de expresión. No existe más que dentro de los límites, siempre movibles, de lo que se permite y deja. En una sociedad sana,todo puede tomarse a coña, hacer chistes (buenos, malos, regulares) y jugar con los sinsentidos o tremendos sentidos profundos de la broma. En España, no. Tenemos demasiadas sacralizaciones, blasfemias, religiosidades. Es algo sobre el tabú. Aquí lo tenemos arraigado (en todas partes hay, pero en España es una cosa demencial) y eso además impide el debate. Bueno, ¿para qué debatir si tenemos Audiencia Nacional o Ley de Jurisdicciones? Ah, espera, que eso es del siglo pasado, del Cu-Cut... en fin. Un país sin sentido del humor es un país lleno de estúpidos, mediocres y jodidos de la vida. Y no viene del franquismo, no únicamente de ahí. Bravo. Otro tanto a eso de "se es español porque no queda otra..."

Corrupción. Los fundamentos del poder. Sin corrupción no hay poder, porque es intrínseca, necesaria. Es el engrase que permite mover las correas de distribución de la gestión del poder. ¿Pero qué se creen ustedes? Unos países han logrado integrar la corrupción en el sistema y se gestiona fetén. Otros, como España, siguen indignados, del tipo Claude Rains en el casino de Bogart. "¡Qué escándalo, aquí se juega! (tenga su soborno, Prefecto) pero al tiempo practican con ese desparpajo chulesco que solamente aquí (y quizá en Italia) sabemos tener. Todos nos corrompemos, incluso los funcionarios públicos hasta el más mindundi. El que no, es un caso raro o tiene vocación. Y la corrupción depende, claro. Bombones, Coca-colas gratis o vete tú a saber. El ser humano es venal, simple.

Proyectos. ¿Alguien ha escuchado algún proyecto nacional o internacional que esté movilizando a la gente? ¿Que genere ilusión, entusiasmo, esperanza? No sé. En los 60, EEUU vibraba con la carrera espacial contra la URSS, desde el redneck más recóndito al protohipster más vomitivo. En los 80, había fervor nacionalista contra la URSS, que desembocó en unos años 90 muy violentos. En los 2000... ¿qué? El Islam queda lejos del nazismo, los EEUU no son lo que eran (nunca lo fueron) y no existe en China una URSS molona, siquiera en la caricatura de Corea del Norte. Los grandes proyectos se hacen por pocos, en lugares nada secretos pero sí discretos, como Silicon Valley. Y no somos partícipes, si acaso, víctimas. Estamos tan anestesiados que damos por bueno todo...

ETA. Pero, ¿en serio? ¿Aún seguimos hablando de ellos? Fueron derrotados. Fueron defenestrados. No conservan ni el halo romántico del IRA. Si acaso, remito a lo de "Libertad de expresión", porque estos entran en el mismo saco.

Orfandad. Es lo que siento yo, desde hace mucho tiempo. Nunca he sido de votar "a muerte" y otras españolokadas de esas. En mi currículo cívico constan, al menos, 5 partidos a los que he votado según el programa, el momento y las elecciones. 22 años votando me han mostrado que... es un sistema que no me gusta. Diluido, falsamente eficaz (nunca lo es nada que no somete a los poderes económicos, ver "Corrupción") y abierto a la interpretación errada de tantos y tantos... demagogia, populismo, todo eso se veía en la Atenas de hace 2500 años. Mi favorito, Alcibíades. No me voy a poner estupendo, diciendo burradas o haciendo propuestas como las de mi amigo Rafa ("que sólo voten los doctorados") pero sí revela un hecho que influye en todo lo anterior; el pésimo sistema educativo que sufrimos. Lo que me lleva a...

Educación. La ignorancia es buena. Permite ser felices a quienes no se cuestionan nada. Permite controlar sus deseos e impulsos, reorientarlos a algo productivo... para otros. La ignorancia de unos es la sabiduría de otros. El control. El manejo. Oh, no es ingeniería social. Es simple matemática. El número. Ahoga a un inteligente entre mil mediocres, o mejor, un millón, y sus palabras serán ruido excéntrico y aburrido. Bla bla bla. O que se vaya y sea un mal patriota. O que se meta en sus asuntos y deje a los de verdad manejar los asuntos que importan. Educación. Nos venden humo (bilingüismo, excelencia, etc) cuando los docentes libran una guerra diaria para hacer algo, lo que sea. Un profesor es un peón. Un alumno, otro. Y los padres, preocupados más por las extraescolares que permitan estabular a sus hijos más rato en el cole, en la inopia. 

Educación... eso es la base de todo zoon politikón. Eliminada, queda... un zoon. Analfabeto funcional.

Chicos, si es que... todo es política. Peor aún; todo es la política que te aplican sin tú saberlo... o sabiendo, pero fragmentariamente.

Política. Coño, me sale con el tono de "¡Muzika!" del viejo resucitado en "Gato Blanco, Gato Negro"... o la "¡Ética!" de aquel mafiosillo en "Muerte entre las flores". Si es que... pasión. La pasión lo es todo.

Un saludo,

miércoles, 29 de marzo de 2017

Ambientes literarios.

Hoy me descuelgo por los caminos del ego creador y esas tonterías de medianoche. Así, a pulmón abierto.

He escrito un libro, autopublicado, que aún se vende en Amazon, y una serie de relatos que recopiló y editó para su publicación una editorial nueva, Newsline Ediciones. Ya. Esa es mi magra producción literaria. Aún me cuesta, a día de hoy, por más que escriba este blog, por más que pergeño, redacto, y luego lucho por hacer relatos, cuentos, historias, novelas, considerarme a mí mismo un escritor. No es una definición que tenga de frente, tipo luminoso chillón y atractivo cual lámpara a los insectos. No me siento cómodo. Pero sé que escribo. Lo que puedo, cuanto puedo y con la calidad que espero tenga lo que hago.

En mi vida he ido a muy pocas presentaciones de libros, o discos, ya puestos. Me dan grima. Me he sentido siempre como el cliente del prostíbulo que va por la mercancía y que ésta es la carne, la mirada y la voz del que presenta su libro o disco. Cuando fui a la de Rodrigo Leao en la FNAC, montada por Trecet, hace años, me sentí fuera de lugar. En la Feria del Libro siempre me encuentro molesto si hay un escritor (o famosete disfrazado de escritor) en la caseta. Salvo alguna rara, rarísima ocasión, no me gusta que me garabateen los libros con dedicatorias que suelen ser de compromiso y tan genéricas como los escasos segundos tiene el autor para intuir el carácter del comprador. Los dos últimos que he dejado que me firmen son el de "Balada del norte" de Zapico (un dibujo leonés, a pico, precioso, cuyo proceso mostré a mi hijo en brazos, ensimismado) y el de "Quién quiere ser madre" de Silvia Nanclares. Me siento cohibido en todas las ocasiones. Siento que es un poco ceremonial, y odio las ceremonias. Quizá la que menos con mi amigo Alejandro Carneiro, cuando presentó en Estudio en Escarlata, donde fue lúdico (estaba flanqueándole vestido de romano) y familiar.

Claro que me ha tocado presentar mis dos libros. El primero lo hice yendo, picando puertas, pidiendo, mendigando... mi primera presentación fue en un club de juegos de mesa. Nervioso, con dos amigos y varios miembros del club que me hicieron preguntas que no buscaban la respuesta que les dí. Vendí 1 ejemplar. Luego, en la biblioteca Ana María Matute, en mi viejo barrio, dos veces, de hecho, pues me tocó la presentación y luego una charla digna de Holly Martins en el club vienés aquel con varios miembros que me preguntaron lo mismo ("¿Cuáles son tus influencias? ¿Qué autor moderno blablabla?") y sintiéndome igual que él con la directora de la biblioteca. Después de aquello, en Barcelona, el mismo día que cerraba la librería, lleno de amigos, y en Bilbao, idéntico, aunque allí conseguí endosar dos libros a un señor que pasaba distraído. Aburro, como dice mi amigo Jordi, porque mi libro es más interesante que yo (que no soy el producto) y cuento cosas peor de lo que hago por escrito. En el caso de los relatos, he hecho únicamente dos presentaciones. En Madrid y Barcelona, desganado, descreído, burlón. Y no me apetecen más...

Cuando pienso en "los círculos literarios" pienso en amigos. En Joaquín, poeta al que veo poco. En Alicia, escritora que quiere serlo con ahínco. En Alejandro, a quien me gustaría ver mucho más. En Rafa, con quien comparto mucho más que escritura o investigación. En Silvia, que es maestra y fulgor del mundillo. No pienso en cócteles, trajes, imágenes, sensaciones de bohemia y calidad, notables de la palabra y aristócratas de las letras. No pienso ni quiero. Me sentiría obligado a burlarme de ellos, de la situación y de todo. Huyo, parte miedo a no ser capaz (sí, claro, miedo a fracasar en términos ajenos) y parte porque me la refanfinfla tanto que paso. Compre usted un libro, una película, un disco, lea, vea, escuche, y juzgue ese producto, no a los que los crean. Quizá si me mintieran diciéndome que, yéndome de saraos, de venta de la carne, pesaje del alma y exhibición, iba a ser millonario, rico, el Tío Gilito o Bill Gates, diría "va, venga, probemos". Pero incluso así siempre tendría en mi fuero interno la sensación de impostura, de ser un impostor, falsario, mentiroso, usurpador de talentos de otros que merecen ese puesto más que yo. No es falsa humildad, no es falsa modestia. Es una sensación real. Si la he vivido con veinte o treinta personas escuchándome (y me pasa igual cuando he dado charlas de romanos), no quiero imaginar decenas más. O un puto auditorio pendiente de las tonterías que debo decir para rellenar su tiempo y hacerlo valer brillando en prestigio. No...

Mis "círculos literarios" son charlas, amigos, compañeros... pero, sobre todo, los autores que me van asaltando la cabeza, la mente, el alma y el cuerpo. Muertos muchas veces que me susurran en el tono de mi voz sus palabras, sus imágenes, me transmiten sus sensaciones, pensamientos, vivencias... yo no sé si conversaría con Pío Baroja (seguro que me mandaba al cuerno) o Valle-Inclán (me daba un bastonazo, el hipster gallego) o con Zweig (me da que me decepcionaría) pero también porque vivir en el mismo momento no significa vivir el mismo momento. Las coordenadas físicas, espacio y tiempo, no son las mismas que las emocionales. Vaya, que los muertos molan más. No contaminan con su presencia viva lo que hicieron...

En fin. Si un día me dan un premio o reconocimiento de grandes cifras, no creo que borre este mensaje. Pediré que me lo recuerden ("recuerda que eres mortal"... esa hubris a calmar...) para preparar ese discurso que todos, secretamente, llevamos anotado en el papel mental del orgullo, riéndome de mí mismo y, si puedo, de todo lo demás... ¿me lo prometes, supuesto lector invisible?

Un saludo,

martes, 21 de marzo de 2017

"Las puertitas del Sr. López"

Adoro a Carlos Trillo y Horacio Altuna. Mi hermano compraba sus recopilaciones de Toutain, creo, esos cómics que se me asocian a Zona84, Cimoc, etc. "Las puertitas..." son historietas del Sr. López, así, a secas, sin nombre. Un funcionario barrigudo, cincuentón, calvo, timorato, casado con una mujer que le maltrata, igual que le hacen en el trabajo, en la vida diaria... 

López tiene una peculiaridad. Cuando le humillan o está incómodo, puede escaparse por una puerta (del baño, normalmente) a una realidad paralela, una fantasía donde puede enfrentarse (o sufrir) la humillación e incomodidad que le impulsó a abrir dicha puerta. Hay moraleja, siempre, claro que sí. Y es amarga. Dura. Porque López siempre elige lo mismo. La frustración. De hecho, hay una historieta especialmente dura, en la que tras portarse "mal" López (dar una patada donde no debe, arrancar una flor, burlarse de la autoridad, robar pan, piropear a una moza, no ir a trabajar y pasa el día al sol...) se le hace un juicio por parte de "La sociedad", en el que se le dan dos alternativas en forma de puertas. Una azarosa, difícil, dura, llena de riesgos; "Libertad". Otra cómoda, sencilla, sin sobresaltos. "El Molde". Y López elige... claro, vaya pregunta.

El ser humano es social. Le cuesta la soledad. La soledad, creo, es un privilegio de unos pocos, de aquellos que pueden vivir junto a sí mismos sin suicidarse. Es dura, porque no puedes atribuir a otros tus errores. Sabes que son tuyos. Es difícil, porque careces de ayuda inmediata, empática, de esa que nos cuesta dar pero damos. Puede separar, pero también hacer más pura la experiencia de la compañía. Sólo cuando estamos realmente solos sabemos quienes somos. Aceptarnos, con nuestros errores, es complicado. Preferimos las loas y elogios de los demás. El refrendo en la conversación a una opinión de la que dudaríamos mucho en privado. El asentimiento y la aceptación. La controversia para afianzarnos. Preferimos, siempre, una persona a nuestro lado con una voz que acalle la interior, la silencie.

Las puertitas suelen confundirse. Siempre ha sido así. Nos engañamos, pensamos que "El molde" es la libertad hecha elección, o que la "Libertad" es un molde más lleno de clichés y estereotipos. Nada es sencillo. Todo contiene esas partes de culpa e inocencia, de bondad y maldad, de un poco de aquí y allá. Vivir con ello en soledad es todavía más difícil, pues ser juez de uno mismo es lo peor que puede pasarnos. Si hemos sido sinceros con nosotros mismos. Oh, y lo somos, aunque nos queramos mentir.

En cualquier caso, yo tengo claro que quiero conservar esos cómics o tebeos para mis hijos. Por una razón; fue una educación en mi vida. Muy amplia. Quiero que aprendan a ver tantos caminos como sea posible. Que puedan optar a ellos, o al menos ser capaces de tomar unos u otros. Quiero que aprendan, yerren, acierten, vivan. Y si eligen hacerlo en libertad y son felices, seré tan feliz como si eligen hacerlo en El Molde y también son felices. Pero de verdad. Y siempre con una cuestión clave; poder volver a elegir entre las alternativas que se les presente o ellos mismos construyan...

Un saludo,