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lunes, 16 de marzo de 2020

El Rey de Amarillo

Chambers supo captar la ansiedad de su símbolo mortal con "El Rey de Amarillo". El amarillo remite a enfermedad, pus, dolor, decadencia, muerte putrefacta .Su símbolo, asociado al Hastur de Lovecraft, además, es similar al de un mensaje de alerta contra virus y enfermedades peligrosas, ese "biohazard" que aterra. El virus, la pandemia, la muerte. Ya sabemos por dónde vamos.

El coronavirus, la Peste del siglo XXI, o al menos, elevado a esa categoría, ha creado una curiosa tormenta perfecta. Es lo más aterrador que van a vivir algunas generaciones. En mi caso, sigue siendo la caída del muro de Berlín y alguna cosa más, como el golpe de estado que paró Yeltsin o las escenas de la guerra de Yugoslavia, lo que más me marcó. Ni siquiera las Torres Gemelas (me pillaron en Escocia y nos enteramos de noche) o la muerte agónica de Juan Pablo II me impactaron. Para mí, lo anterior sí me creó la sensación de inestabilidad, de que el mundo cambiaba (los manuales de geografía del colegio a la universidad cambiaron muchísimo en pocos años) más de lo que uno controlaba y que aquí las cosas eran temporales.

Pero nos hemos puesto de pronto frente a una realidad. Que vamos muy deprisa. Como si el mundo exigiera de nosotros la misma velocidad que un correo electrónico o un mensaje instantáneo en el móvil, o una publicación de Red Social que inmediatamente debe tener impacto y reacciones. Todo parece que debe ser para antes de un chasquido de dedos, y lo que tarda un poco más se mira mal. No es la calidad, es la rapidez y la cantidad. Toneladas voluminosas de experiencias y yaes, inmediatez. Sin ánimo de vanagloriarme, ya describí eso en la introducción de mi libro de relatos, hace años. Me aterraba la velocidad, y me sigue aterrando.

Hoy, de pronto, espejismos que creíamos o queríamos creer sólidos nos devuelven la imagen más deformada que ni Valle-Inclán imaginó. No existe el teletrabajo cuando tienes niños en casa. Y por tanto, no existe la conciliación. Y además, los cuidados no son fáciles de dar y producir, según esa verborrea del capitalismo positivista. Los pilares de nuestras sociedades no los conforman los militares ni los políticos ni los clérigos ni el rey y su casa. Lo conforman cajeras de supermercados (en vías de extinción con esa manía de dejarnos engañar y autoservirnos) o camioneros, o repartidores, o dueños de colmados, o personal del transporte público, o personal de centros de mayores y tercera edad, o los héroes de esta historia, la delgada línea blanca de sanitarios (médicos, enfermeras, técnicos, auxiliares) que al margen de si la sanidad pública está bien o mal o peor aún, se baten el cobre día a día incluso tras haber gritado hace meses que esto iba a pasar. Y cuando las maestras y profesores ya no están para educar o entretener, según percepción, a nuestros vástagos, y los sanitarios no pueden cuidar nuestras dolencias habituales, caemos en la cuenta de cuánto valen. Usando un término rancio que alguno calificará de colonialista opresor, diré que un Potosí.

No tenemos conciliación. Los cuidados los intentamos endosar a otros u otras porque son un engorro. Seguimos cultivando el espejismo de actividades que producen dinero pero nada más (nótese la ironía) y olvidamos que la vida, esta, no otra, es finita y acaba.

No, no abogo por el nihilismo más absoluto, ese extremo del péndulo que más de uno aducirá. No. Pero sí por parar. Por olvidarnos después de esta crisis de los móviles y teléfonos que ahora conectan, aunque no suplen la cercanía física. Por caminar más despacio y pasar de comprar objetos que prometen experiencias, olvidando que las experiencias llegan, no se compran. Por valorar el tiempo limitado que realmente tenemos para nosotros y los que amamos, los que queremos y valoramos, e intentar hacer ese esfuerzo que nunca hacemos por mil y una excusas que parecen servir para adocenarnos en un atracón de series de Netflix o similar sin quedar con quienes queremos o debemos dar una oportunidad. Por el amor. Por ese abismo insondable de terrores inimaginables que es lanzarse al vacío sin red y tras dos piruetas mortales que es el amor, el amor sin límite ni tasa ni objeciones, porque es un sí sin más, un sí rotundo, un sí que aunque contenga un pero es un no espero porque muero. Si algo ha despertado, y está aletargado, latente, pulsando entre episodio y episodio de televisión basura y mediocre, es el ansia por morder la fruta nada prohibida de vivir.

La humanidad como especie sale de casi todo. Esto es una pequeña piedrecita en el camino que no es tan grave como otras anteriores. Una china molesta con la que caminaremos unos meses. Pero si aguijonea la conciencia y nos devuelve el alma densa y porosa que hemos relegado al trastero, junto a la bici que compramos y no usamos ni un día para disfrutar, bienvenida sea. El dolor, siempre, es antesala del mayor de los placeres. O algo así.

Así que dejemos al Rey de Amarillo que se enseñoree solitario en aquella Carcosa que antes tuvo vida, felicidad, risas y amor. Le durará poco la superposición de ese plano al nuestro. Luego, simplemente... Vivir.

Un saludo,

martes, 4 de febrero de 2020

Sin título.

De alguna manera, algo supersticiosa, me negaba a estrenar el año escribiendo aquí, en mi bitácora de navegante en derrota. Quizá porque ni soy Joseph Conrad y esto de usar lenguaje marinero me parece postureo, ni tampoco porque últimamente me considere siquiera un escritor. Algo recurrente, de todos modos. Suelo dejar de sentirme así, un "escritor", cuando llevo tiempo sin escribir o bloqueado en los proyectos que inicié. También cuando escribo algo y me parece insustancial, vacío, falto de esa magia que suele estar en los mejores escritos. Porque, seamos sinceros, sin pasión, de la verdadera, todo está vacío.

Quizá ese el motivo. La pasión. Mi pasión, mis pasiones, se han moderado o calmado, aunque no extinguido, en los últimos tiempos. Hay una pasión, sin embargo, que no, y que convive con la sensación de espera, a veces alimento de la misma, otras frustración, y que no puedo contar aquí. Es la mujer a la que quiero. Una mujer a la que quiero ver todos los días, a todas horas (descontando comidas, trabajo, sueño... pero ahí también quiero estar...) y que, a veces, pasamos sin vernos días, que no sin hablarnos, escucharnos y sentirnos. Esa pasión vive, se revuelve como las llamas de una gran hoguera y calienta como el sol tu mejilla en verano. Pero no quiero escribir sobre ella. 

Mis otras pasiones, como digo, están en retirada o guarecidas ante realidades más perentorias. Mis hijos, cada vez más demandantes de atención, de guía, de acompañamiento y cariño, de atenciones diversas, rellenan el tiempo que antes dedicaba a las diversas pasiones. Leer sin tasa, ver películas sin escrúpulos, jugar al baloncesto, recrear o preparar recreaciones históricas, pasear sin rumbo ni horario, charlar con amigos a los que veía casi todos los días. Todo eso se ha mitigado, reducido o cambiado. Leo menos, veo menos películas, no juego al baloncesto y las recreaciones son escasas y tasadas. Paseo cuando no les tengo, y hablo con muchos amigos, pero no ya cara a cara. De hecho, me encanta pasear y charlar con ellos, hacer dos o tres actividades al tiempo. Pero todos estamos algo agotados, consumidos por los hijos y, por supuesto, la edad.

La edad es algo real. Nuestro cuerpo demanda comodidad, menos sobreesfuerzos y más reposo. Pide que no le traumaticemos realizando una actividad que antes era fluida, fácil, agradable. La humedad engrana los músculos, pero la sequedad empieza a hacer mella. Lo que antes era flexible, ahora quiebra, y la irresponsabilidad de vivir sin tiempo se convierte en utopía. He cambiado muchas de esas cosas, del foco y atención que dedicaba, a realizar las mil tareas que, sin esclavitud de por medio, recaen en nosotros. Y es así. Sin lamentaciones. 

Miento. Lamento escribir menos, y mejor. Lamento no dedicar más tiempo a las palabras. Encontrar esa que encaja en la idea o emoción. Alguna vez he experimentado la epifanía del lenguaje, de encontrar los términos adecuados, la expresión justa, la única válida. Y sentirme ufano, alegre, enrojecido de excitación y vida. Esa emoción, como las que sabemos tuvimos de más jóvenes (la excitación de seducir, ser seducido, la aventura de algo desconocido, el atractivo de la novedad, la sorpresa del descubrimiento...) la conozco, pero no la experimento con la misma intensidad ahora. Salvo en determinadas ocasiones que la recreo con... Ella. Vaya, no quería, pero escribo sobre ella. 

Sin releerme, entiendo el recelo que me invadía antes de escribir. Una reflexión sin título, sin desarrollo incisivo, sin un final con el puñetazo o caricia adecuados. Porque ya he terminado. O será que no quiero continuar... Aquí, ahora. Esto. Quizá no quiera ya la exposición que, limitada, me molesta. Quizá.

Un saludo,

viernes, 22 de noviembre de 2019

Conciencia de lo absurdo - "The Crown".

La serie de Netflix, "The Crown", es una serie maravillosa. Rodada con dinero, exteriores magníficos, interiores lujosos, y sobre todo, actores de una enorme calidad. En sí misma, la serie es un mensaje de lo que cuenta. Lo cara que es la monarquía británica y lo que cuesta mantenerla, pero lo que significa (en términos de entretenimiento, como la propia serie) para todos. Es innecesaria, pero a la vez, muy útil. 

¿Para quién? Se querrá pensar. El "cui bono" omnipresente y necesario para comprender cualquier proceso en la vida. Pues es la gran respuesta. Para todos y para ninguno. Los que apoyan la monarquía británica (se pueden hacer paralelismos con cualesquiera otras) la sienten como el puntal de su sociedad, la clave que otorga a su existencia un significado, raspando el vacío con oropeles y coronas, carrozas doradas y simbologías varias. Los que la odian o desean erradicar, porque sin ella no tendrían un enemigo perfecto en el que volcar sus ideas de derroche absurdo e innecesario. Todos contentos. ¿No?

Hace mucho tiempo, leí una frase que contiene gran parte de esa conciencia de lo absurdo. Es muy propia, muy nuestra. "Contra Franco vivíamos mejor". De ese insuperable que es y fue Manuel Vázquez Montalbán. Un poeta de la prosa. Con la reina del Reino Unido viven bien muchos, y contra ella, también otros muchos. Y en la serie, claramente, se ve ese drama personal que ellos viven (la reina, su hermana, sus maridos, sus hijos, especialmente en el caso de Carlos) donde su existencia es un azar lleno de absurdos que han de aceptar como naturales o normales. 

Todo un alegato, en realidad, de desarrollo del existencialismo. Trasladado a Buckingham Palace y aledaños.

Un saludo,

jueves, 17 de octubre de 2019

Un plan de conciliación real para todos.


Desde hace ya más de una década, trabajo para el Servicio Madrileño de Salud. El llamado "Sermas" (o ser menos, según se mire). En todo este tiempo he vivido situaciones ilegales y arbitrarias, como el echarnos de un hospital para poderlo privatizar a gusto, y que nos desperdigaran por la Comunidad sin mucho orden ni concierto. En este tiempo, he vivido también el nacimiento de mis hijos, y la consiguiente necesidad de disponer de tiempo para cuidarlos cuando las circunstancias lo requerían.

Primero de todo, decir que creo que cualquier persona que trabaje y tenga hijos DEBERÍA poder conciliar esa vida con la crianza. Los hijos siempre son el futuro, se nos dice, pero, paradójicamente, se nos niega el poder crearles ese futuro. Hay muchos temas que me preocupan, y voy a listar sólo algunas propuestas que, si es usted político o conoce a quien redacta los programas, le sugiero meter y aplicar.

1. El huso horario. Aceptémoslo. Somos un país estúpido. Mantenemos un horario que es infame. No se corresponde con las salidas y puestas de sol, y con sólo retrasar una hora, todo será mejor. ¿No me creen? Fue después de la última guerra civil y las ganas de congraciarse con Hitler que se abandonó el huso horario hasta ese momento usado (GMT) y se adoptó el de Berlín (por ir en hora con los nazis) y lo que necesitamos, así por aquello de ritmos circadianos y mejor estilo de vida, es volver al GMT retrasando una hora. Y comer a horas más racionales. Las 15h no es hora de comer. Ni las 22h de cenar. Comer sobre las 13h y cenar sobre las 20h es, según mi experiencia, una bendición para el cuerpo.

2. Los horarios comerciales, laborales, jornada semanal. Reitero, somos estúpidos. Las liberalizaciones de horarios son ridículas. ¿Quieres comprar algo a las 12 de la madrugada? Vaya, sí que corre prisa, todo debe ser inmediato y la previsión es... 0. No, amigos. Las personas que curran quieren tener vida. Y no la tienen (salvo si son chinos con un establecimiento "para todo" y tienen su sofá-cama en el lateral y una pequeña televisión o un portátil para ver sus series favoritas) si trabajan horarios ridículos. ¿Necesitas el último modelo de Zara a las 22h de la noche? ¿Desde las 10 de la mañana no podías ir a por él, ni en fin de semana? Por favor, respeto. A eso se unen las jornadas largas, ineficaces, innecesarias. ¿Producimos más estando más horas? Todo parece indicar lo contrario. 40 horas son muchas, 37'5, también. Las 35 e incluso las 30 parecen más acertadas. Además, ¿No es buena manera de repartir el trabajo? Sin contar que las horas extra desaparecen cuando se ficha, una necesidad a adoptar ya pese a la ley, en serio. Otro día, si eso, hablo de las relaciones laborales internas que no facilitan, por muchos motivos, una adecuada conciliación...

3. Las jornadas de colegios, guarderías y demás. De locura. Institucionalizamos a nuestros hijos desde que son bebés. Que no es malo, socializan y aprenden, y los cuidan mientras nosotros obtenemos los ingresos para cuidarles. Una extraña espiral. Pero los horarios son infames. Menos mal que hay jornadas partidas y comen en colegios, pero los institutos (un tema también a hablar aparte) son horrendos. Siete horas sin comer. ¿En serio? Y las extraescolares que añaden jornada. Porque seamos sinceros, si no se tiene abuelos, madre con jornada reducida (son ellas las que, en un 90%, siguen reduciéndose su jornada) familiares o persona contratada, se buscan extraescolares que duren hasta las 18 o 19h. Así, les metemos casi 12 horas a los niños. Normal que salgan zombies.

4. Institutos. ¿En serio fue buena idea adelantar la edad de secundaria? Los doce años no es una edad muy madura, que digamos, y menos para pasar de un colegio donde, si es como lo anteriormente descrito, comen sobre las 12.30-13h y salen sobre las 16h. Pero ahora de pronto salen a las 14-15h, comen a las mil y están agotados. De pronto, les empujamos a una adultez que no debe llegar así, a bofetones. Y al mismo tiempo les sometemos a una infantilización que no es normal, negándoles independencia. Retrasen de nuevo la edad del instituto o la secundaria a, por lo menos, un año más de edad. Y que sea con jornada partida, que puedan comer.

5. Horarios de trabajo. Me criticará ahora cualquiera diciendo "qué bonito, pero si alguien debe estar en su puesto de trabajo X horas, debe y punto". En la lógica empresarial siempre me ha hecho gracia el "no somos imprescindibles" pero "ay de ti como faltes". Copón, los jefes existen para organizar horarios, cuadrantes, y establecer necesidades, no para ser muros de piedra mediocres incapaces de gestionar correctamente su trabajo (por el que se supone les pagan) Si un puesto con dos personas a 20 horas semanales cada una, con complemento de jornada según necesidad, funciona mejor que otro de una persona a 40 horas semanales, ¡hacedlo! Pero el miedo a errar es lo que tiene, paraliza. Hay numerosas estrategias, y muchas empresas grandes ya las están usando, con jornadas incluso de 30 horas, o a la carta según necesidades de los hijos. ¿Resultado? Mejores producciones, más felices y motivados los empleados. Qué cosas. Flexibilizar las entradas, salidas, estableciendo modelos de objetivos o resultados antes que presentismos caducos. Que sí, un dependiente debe vender en su tienda físicamente presente. Pero, en serio, ¿cuántos puestos hay que puedes trabajar con un PC y una conexión hoy día? ¿Y un móvil? Piensa si tu puesto puede funcionar así. Si la respuesta es un "sí, pero..." el pero que manejas es lo que debe cambiar.

6. Respecto a la infancia. Está de moda la "perspectiva de género" en muchas cosas. Historia, derecho, urbanismo... Prefiero una perspectiva de humanidad. Niños y niñas requieren espacios, en las calles, en las ciudades. Espacios controlados, más o menos, y fértiles para ellos. Las ciudades requieren menos ruido de coches y más de risas y juegos. Las calles, menos asfalto y más columpios. Anchuras y peatonalizaciones, transporte público que piense en bebés, niños y mayores, y por supuesto minusválidos (dirán "diversidad funcional", pero la realidad es que hay que establecer un fiel para medir qué es válido y, si te faltan dos piernas, puedes hacer otras cosas, pero tienes dos piernas menos y lo de correr, saltar o tal, pues como que no, salvo prótesis impresas en 3D) así que, en suma, un urbanismo más abierto afuera y menos cerrado como sucede en ciudades grandes. Madrid es un paradigma. Se ha derribado la calle hacia fuera para crear pequeñas ciudades (urbanizaciones) que son hacia dentro, al modo de villas romanas de la crisis del II-III d.n.e. Pero eso no es un modelo que funcione. Se necesita juntar, mezclar, barajar y jugar. Y eso se hace en el espacio más público de todos, la calle. Más en nuestro país, regado de sol y agua casi todo el año. Los niños requieren otra socialización que no sea la del televisor, las pantallas zombificadoras y demás. Juegos, juegos y más juegos. El ser humano crece jugando, no de otra manera. Y todo debe ser juego.

7. Siempre pongo al menos un punto 7. Vacunad a los niños. No todos los valores son igualmente defendibles. Aunque en las charlas de igualdad que el menda ha recibido (en entorno laboral...) se diga que "debemos respetar todos los valores", no, lo siento, me niego (no respeto el valor de un nazi, por ejemplo, proponiendo un progromo para mejorar la raza...) Hay valores que son superiores no por una concepción moral, sino empírica; vacunar nos ha permitido crecer como especie. La eugenesia, aunque suene nazi (es más bien británica y americana) se lleva aplicando siglos. Que la protección a los desfavorecidos es esencial, primordial, y eso implica una sanidad  pública fuerte. Que debemos potenciar los valores más intrínsecos de la humanidad; cercanía, ayuda, respeto, crecimiento, diálogo, juego. ¿He dicho juego? Sin juego no somos nadie. Jugamos toda la vida, aunque creamos con mayor seriedad que al ser más adultos el juego no es tal. Y protestemos si algo es injusto. Lo injusto es muchas veces percepción subjetiva, pero otras no, es meridianamente claro.

En suma, si lees, eres político y te apetece, propón estas cosas. Yo quiero un entorno laboral en el que irte con tus hijos al médico o quedarte cuidando de ellos no sea motivo de enfado, recelo o acoso. Menos si eres hombre (y no mujer, que parece lo "normal" aún hoy día...) y más si realmente lo hacemos pensando en el futuro. Nuestros hijos.

Salvo que seas extincionalista. Si quieres que nos extingamos, pues no apoyes nada de todo esto. Pero pásate pronto al existencialismo, abandona el hedonismo y recorre el absurdo más ionesco que conduce al suicidio. De nada. :)

Un saludo,

martes, 15 de octubre de 2019

"¿Cu-cu? ¡Tras! Peek-a-boo!!"

No todo me sorprende ya de la misma manera, pero es porque me siento más firme en muchos de mis conocimientos. Suene a suficiencia hiperbólica engreída o no.

El lunes ya sacaron la sentencia del Tribunal Supremo sobre los hechos de Cataluña. Rápidamente, todos han empezado a incluir este episodio en su relato, sea el que sea ("hemos parado un golpe de estado" vs "nos han tratado con injusticia") De hecho, llevaba en el relato de cada cual mucho tiempo ya, sin necesidad de emitir sentencia. Todos tenían clara la reacción, sin que sorprendiera a nadie lo que iba a pasar. Como en el "tune" de las viejas cadenas musicales, si desviabas el marcador mucho a un lado, el ruido era infernal, y lo mismo al otro lado. El punto intermedio era siempre voluble, dependiente de las ondas y vete a saber qué más factores. Lo mismo aquí.

Si uno es defensor del Estado de Derecho (una cosa que suena franquista) y cree que estamos en una democracia, la sentencia se lo reafirma. No es rebelión (nadie sacó tanques a la calle) si no sedición. Que suena al chiste montypintiano de "seiscientos sediciosos Saduceos" pero que está tipificado claramente en el Código Penal actual (Título XII, Capítulo I) y que no es, ni de lejos, como el de rebelión. Se ajusta el hecho al tipo legal, así que tenemos Sentencia (pincha y la lees si quieres, que son muchas páginas) y puede ser más o menos controvertible en algún punto pero es, como todo lo jurídico, lo más cercano al juicio de unos hechos más o menos objetivo que tenemos.

Si uno es defensor del Procés independentista catalá (una cosa que suena a nacionalismo catalán) y cree que esto no es una democracia, la sentencia se lo reafirma. Se condena a unos líderes que buscaron vías no violentas (a pesar de que sí haya habido violencia, recibida y provocada) para lograr una independencia de facto (llamada de muchas maneras, como "desconexión del Estado español", por ejemplo) y que permitiera establecer una república catalana realmente democrática e independiente de un Estado aún franquista. Lo que amparaba dicha aspiración es la realidad cultural y política de un territorio que se siente nacionalmente diferente al resto. Un nacionalismo, con todo lo que conlleva de emociones y sentimientos.

Después, había muchos matices. Se reduce todo siempre a dos bandos enfrentados, sin escala de grises. Una manía no sólo castiza y nuestra, la verdad, pues está en casi todas partes. No, los había que deseaban un Estado de Derecho sin injerencias nacionalistas ni políticas (eso de tipificar "Rebelión" en la instrucción del caso para llevarlo a Madrid y no juzgarlo en el TSJ de Cataluña por sospechas de parcialidad política... como si el TS no fuera también parcial y no estuviera politizado...) igual que los que deseaban un diálogo pleno y honesto con un gobierno que no se escudara en su mediocridad para evitar mostrarla en público (Fabio Rajoy...)

También estábamos los que consideramos que todo el proceso histórico deviene de muchos factores, pero el primero de todos, el motor de la historia, es el "cui bono". El nacionalismo siempre ha estado ahí, el catalán y el español (mientras, otros, como el vasco, miraban de reojo) pero su repunte vino atizado por una crisis económica y una tensión provocada por la destrucción de estabilidades sociales. Si se suma a eso una clase política (siempre) desprestigiada, acusada de robos (sean Pujoles o Ratos) y saqueos, y un sistema económico que exprime y tritura sin visos de cambio o enmienda, es normal que muchos se arrojaran a los brazos de una salvación (la imagen del Artur Mas mosaico lo resume bien) fuera la que fuese. De pronto, se realimentó a dos nacionalismos, el catalán y el español, y en la pelea de ambas ficciones, no se buscó el típico combate cuerpo a cuerpo del boxeo, puesto que era más bien un combate de peso mosca contra peso pesado. Fue más una pelea callejera, con ánimo de desprestigiar mediante insultos al contrario o aparentar imperturbabilidad. Pero, ¿A quién beneficiaba?

A todos los magníficos políticos que se han visto inmersos. Les ha permitido crear una distracción tan amplia que aún hoy día los coletazos son evidentes. ¿Ha habido alguna manifestación tan masiva como las de las Diadas o por España a causa de la pérdida del dinero DE TODOS (catalanes, extremeños, madrileños, murcianos o riojanos) en tapar el juego especulativo de la banca? No. ¿Existió algún consenso social en desalojar a los políticos por las fechorías cometidas en sus cargos, léase recortes en Sanidad o Educación, robos a manos llenas, etc.? No. ¿Existe alguna asociación que busque la mejora social y económica en España, y no ser simplemente un chiringuito que acumula poder, pasta e influencia para presionar cuando convenga? No. Hemos jugado al juego que nos han puesto delante sin siquiera cuestionar las reglas. Como paciente lúdico de la vida que soy, aplaudo a quienes lo han diseñado; llevamos unos cuantos años jugando sin ser conscientes de que, aquí, nosotros nunca ganamos.

Los partidos políticos claro que tienen su rol en esta farsa. Nunca he entendido que la izquierda o la denominada así apoye un nacionalismo. El que sea. Se pueden apoyar símbolos o estructuras que permiten la mejora de la vida de sus ciudadanos (hoy somos súbditos...) pero no caer en los cuentos de vieja que proponen los nacionalismos. Sean los que sean. A las derechas sí que las entiendo. Las que han jugado a tomar las riendas en Cataluña y las que han gestionado el desastre en el resto de España. Lo que nunca entenderé es la miopía de las personas involucradas (agiten la bandera que agiten) y que nos ha llevado a comprar unas gafas más horrendas que las de Barragán para poder interpretar esta realidad.

A mis hijos, de pequeños, les encantaba el "¿Cu-cú? ¡Tras!", ese juego de esconder tu cara con las manos y aparecer de pronto ante ellos. Simple, efectivo. Aún funciona para entretenerles un rato. Igual que ahora Boris Johnson lo aplica en su carrera hacia delante del "Brexit" (no es de extrañar que los británicos apoyen a Cataluña, todo lo que sea jodernos en la península, portugueses incluidos, es su mayor afán) y se llama allí "peek-a-boo!", aquí nos tienen jugando al cucutrás desde hace tiempo largo. Y no sé, oiga, llámenme clásico, pero yo soy más de las puñaladas que se dan en el "República de Roma", sin limitaciones.

Por otro lado, espero algún día que los que no nos sentimos con la moral para apoyar ni a unos ni a otros, encontremos una realidad que nos guste para explorarla y convertirla en nuestro refugio. Últimamente, mis hijos y mis libros han sido esa realidad, y no me defraudan. Porque, ya puestos a explotar un relato, una fábula, una mentira, a fin de cuentas, que sea una que nos haga felices.

Un saludo,


miércoles, 14 de agosto de 2019

Migraciones

La humanidad lleva desplazándose en grupos o en masa casi toda su historia. No de otra manera hubiéramos ocupado el planeta entero, colonizándolo. Pero es a partir de la sedentarización cuando las cosas cambian. Los grupos que se establecen en un territorio lo explotan para sí mismos, evitando que otros puedan acceder. De pronto, los muros cierran el espacio que antes era infinito. Muros de casas, palacios, fortalezas, murallas, torres... El espacio se acota, se ponen límites y se establecen fronteras. Los movimientos entonces se convierten en migraciones. Los grupos que aún son nómadas, cazadores-recolectores, o grupos que viven del pillaje, se convierten en los nuevos "salvajes". Y después, ya sean indoeuropeos, galos, godos, hunos, mongoles, vikingos, sarracenos, castellanos, ingleses, francos, suevos, árabes, bantúes o cualquier otro grupo humano adscrito a una cultura, descubren que yendo en masa a un lugar pueden tomarlo y hacerlo suyo. No hay una "sustitución" como proclama el autor francés Renad Camús. Hay un choque de grupos. Los que viven en un territorio, de ese territorio, y los que llegan a ese territorio con ánimo de, normalmente, erradicar a los gobernantes del mismo y hacerse ellos con el control.

Lo he resumido. Pero es así, desde hace unos miles de años. Los indoeuropeos cambiarán las estructuras sociales y religiosas, pero algunas anteriores pervivirán y se mezclarán. Igual con los galos que luego Roma somete. Los godos, suevos, alanos y otros grupos que se romanizan superficialmente. Los hunos y mongoles que se sionizan. Los vikingos cristianizados, los sarracenos y árabes que... Bueno, estos no. Como los ingleses o franceses, aquí ya hay una idea de superioridad, moral, ética, religiosa, tecnológica. Los castellanos que toman América se mezclarán también, aunque imponiéndose. Y los bantúes se expandirán por África sin remisión. No existe una sustitución, y es estúpido afirmarlo, porque en dos-tres generaciones las personas cambian parámetros culturales, más en nuestros tiempos actuales donde todo corre con mucha más rapidez.

Los grupos humanos buscan siempre tener a líderes que les representen en sus intereses. Ya sea para que defiendan una determinada manera de matar a una vaca o una forma concreta de pagar impuestos. La complejidad de los sistemas suele medirse por cómo se integran o no otros exógenos. Si logran integrar sin un conflicto tenso elementos de otros sistemas, triunfan, hay un sincretismo, una mezcla, un cambio que siempre se ha dado. ¿Qué es el cristianismo si no el sincretismo de decenas de religiones, basadas en la judía, sí, pero debiendo esa y la cristiana todo a otras muchas? ¿Qué es la musulmana sino otro intento de sincretismo que, sin embargo, es más hermético y problemático? Los sistemas culturales (incluyo religiones) no son estancos ni aislados, se nutren de lo que les rodea. Pero siempre hay una creencia en que son inmutables ("siempre hemos sido desde tiempos inmemoriales") aunque no tengan ni veinte años. Los nacionalismos son de hace un par de minutos en términos humanos, pero parecen impregnar la historia y la prehistoria. La única realidad, como dejó claro mi ídolo de la Era Axial, es la mutabilidad. El cambio. Todo el tiempo todo cambia. Yo ya no soy el mismo del primer párrafo, ni seré el mismo más adelante.

Las actuales migraciones, Open Arms, el Mediterráneo lleno de ahogados, las pateras, Richard Gere haciéndose fotos, la capitana Carola Rackete, Siria desangrada, etc, etc, que se conjuga con el ISIS, los refugiados que asesinan en las calles con catanas o viven en suburbios sin querer saber nada de las ciudades que rodean, los inmigrantes (legales o ilegales) que trabajan al margen o apenas dentro de los márgenes de lo "legal" y "normal", los miedos a otro color de piel, idioma o costumbres sociales, el catastrofismo atribuido a quienes portan virus o enfermedades exóticas pero no se quiere dejar participar de un sistema sanitario consolidado y a la vez en peligro, el miedo a que el reparto de riqueza sea exiguo porque no se cree que se genere más riqueza, los prejuicios, los deseos de quienes creen que Europa es una tierra de leche y miel por todas partes, etc, etc, etc, están hoy en boga, amplificados por redes sociales, cuñados, opinadores, gentes que viven el presente y no saben ni del pasado ni de su propio presente. Las migraciones hoy son desordenadas, fragmentadas. Las guerras de los Balcanes de los años 90 lanzaron miles de serbios, croatas, musulmanes, gitanos y otros a países de alrededor. Fueron acogidos más o menos con recelo, pero eh, eran blancos y europeos, tenían un sustrato común. Roma, Grecia. Los marroquíes y argelinos fueron recibidos en España y Francia con recelo, pero eh, les conocíamos de masacrarlos en el Rif y masacrarnos en Annual o luego en la última guerra civil, o por controlar colonialmente aquella Argelia de pied-noirs y otros. Los turcos que fueron a Alemania sabían a lo que iban, como los españoles que tomaron Amberes y otras ciudades derruidas como tropas hambrientas llenas de ganas de trabajar en la reconstrucción posterior a la Segunda Guerra Mundial. Y es que, al final, las actuales migraciones provienen del hambre, la falta de una vida que se considera suficiente o, al menos, el deseo de una mejor vida en donde parece que sí la viven.

Yo dudo mucho que haya una invasión. En nuestro mundo globalizado, ya no aparecen por sorpresa cientos de miles de godos en Adrianópolis pidiendo entrar para huir de los hunos (por más que a Pérez-Reverte le parezca actual ese episodio). Sabemos exactamente cuántas pateras arriban a las costas o cuántos saltan las vallas cubiertas por concertinas. Sabemos cuántos campos de refugiados tenemos (Turquía tiene como 4 millones, Alemania más de 1 millón, pero Pakistán, Uganda o Sudán suman más de 3 millones, según Agencias de la ONU) y que Europa apenas acoge a varios miles. Que la mayoría están en países limítrofes, tensionados no sabemos cuánto. Que viven de no salir por pagos y subvenciones a esos países desde otros de la UE (un poco al modo de cómo sobornaba el Imperio Romano a sus enemigos de allende el limes) y que las mafias de todo tipo, aliadas con especuladores y empresarios necesitados de mano de obra ultrabarata, los sacan de allí con medios espeluznantes en los que el coste-beneficio es amplio, pues si mueren, antes han pagado, y si llegan, hacen más caja. Y a todo esto, tenemos tres discursos, al menos, desde las sempiternas ideologías que no son uniformes pero oye, se aglutinan.

Las izquierdas ñoñas y ridículas abogan por vender esa imagen de países de leche y miel, de abrir todas las fronteras y que ningún ser humano es ilegal. Que todos cabemos y todos somos iguales e igualmente necesarios y hay un sitio para todos. Quien siga a Malthus sabe que esto es una falacia incomparable. Quien piense que la izquierda está haciéndole el juego al capitalismo más salvaje, acertará. Porque dejar que todos vengan es depauperar las ya exangües fuerzas del inexistente proletariado (desaparecido formalmente en 1991, vivo hoy con el equívoco nombre de "clase media") y condenarlo a caer, por desorganización, en la esclavitud real, que no formal. Y quien crea que los recursos son infinitos y su reparto equitativo, claramente desconoce las normas básicas de la economía. Los recursos son finitos y el reparto debe ser equitativo, pero no de manera ineficiente, como hacen las ONG's con sus inversiones en África, si no eficiente. Que ningún ser humano es ilegal es cierto, pero es ilegal estar en países que tienen una legislación, un entramado complejo social y una forma concreta de funcionar sin aceptar esas reglas del juego, por más o menos que nos gusten. Todo es reformable, y como digo, no hay gran sustitución, sino convergencia, esa fusión que se da cuando las culturas encuentran espacios de solución conjuntas. Las izquierdas, en general, por haber dejado el discurso migratorio a los Unicornios y Hadas, han perdido (como siempre) una batalla, por más que su humanismo pueda ser honesto (e interesado, pues buscan la masa para el voto y ganar así lo que son incapaces de vencer convenciendo sin eliminar al contrario) y le han concedido a los otros grupos ideológicos una gran ventaja.

Las derechas, conservadoras o clásicas, extremas o radicales, por otro lado, juegan la gran baza que siempre les da réditos. La apelación al miedo. El miedo a que haya violaciones, raptos, asesinatos, cambios en las costumbres, la moralidad, la ética (muchos de ellos la mencionan como Jon Polito en "Muerte entre las flores") y otras sandeces similares que activan el prejuicio y el potente músculo del miedo. El miedo es, en general, una emoción a la que apelar con más éxito que cualquier otra. Lo saben todos los políticos, y en las derechas más que en ninguna parte. Han logrado generar un "coco" como ningún otro, al que alimentan, además, el racismo inherente a cualquier humano y los hechos que sirven para consolidar esas razones. Pero claro, dentro de su coherente incoherencia, alientan y permiten esas grandes migraciones que sirven para, en realidad, sustituir a la clase trabajadora (ellos la llaman "clase media") de manera que en su visión ultraliberal de la economía los costes (porque no son inversiones para ellos) en personal sean los menores posibles, maximizando así los beneficios de quienes saben (como el dueño de Zara) que cuanto menos se paga, más se gana. Las derechas tampoco buscan una solución clara, y sólo sus extremistas juegan con la idea de eliminación física (como siempre ha hecho la extrema derecha alentada por el silencio cómplice de sus amigos, algo así como el PNV hacía con ETA) que, a veces, cumplen en forma de atentados rabiosos de "lobos solitarios" que no lo son en absoluto en este mundo unificado en redes sociales. En realidad, en nuestro mundo "postmoderno" la guerra sigue existiendo, solo que la violencia se ha canalizado de tal manera que, ante una población tan alta, se diluye en realidad. Si jugamos a la estadística, no matan a tantos, pero porque no hay un clima favorable para ello. Aún. 

El tercer discurso, en realidad, es un gran vacío. Nadie posee toda la información, imposible hoy día, ni siquiera aplicando algoritmos profundos que quedan obsoletos al poco de lanzar las preguntas, por otro lado, muchas veces erradas. Así que, como con el cambio climático y otros temas de gran interés pero obviados, el silencio, el encogimiento de hombros y el silbido con las manos en los bolsillos es la respuesta más común. No odian ni temen, no ayudan ni se lanzan. Son, en realidad, la inmensa mayoría. Tienen un poco de odio, de miedo, de ganas de ayudar, de interés por lanzarse. Son, como todos, tú y miles más. Y eso ayuda. Arropa. No hay líderes que lo apoyen, porque no hace falta. Lo engloban en el "sentido común" y el "es lo que hay". Nada nuevo. Y, mientras no haya un conflicto claro, frontal, inequívoco (que no lo hay, ni lo habrá, porque el miedo también está instalado en quienes lo desearían y se quedan con las ganas porque carecen de los recursos y el llamamiento para ello) pues... No pasa nada.

Mi corolario es que ahora no hay migraciones masivas. Hay huidos de guerras, miserias varias pero, sobre todo, ansia de vivir mejor. Creencias en que en nuestra querida y rara UE se da todo gratis, en ese reparto socialdemócrata que es, ha sido, el mayor éxito socioeconómico de la humanidad. Pero la realidad es que los recursos (sean los que sean) son limitados, su ampliación requiere de esfuerzos que no contemplamos, y las estructuras deben cambiar si queremos que sean más eficientes en su cobertura. En nuestro mundo sin ideologías sólidas, entusiastas, convencidas, claras, que lleguen a todos con brillantez, queda sólo una triunfante que llamamos "populismo", transversal a izquierda y derecha y el falso centro. Decir lo que toque, para pulsar las teclas que ya el hermano de Cicerón le aconsejaba en su famoso "Breviario de campaña electoral". Y eso en el mundo que llamamos "occidente". En otras partes el discurso que triunfa es el de "como sea, donde sea, sobrevivir o vivir mejor". Choques hay y habrá, sí. ¿Y cómo los resolveremos?

Un saludo,

lunes, 1 de julio de 2019

Sin hueso.

Hoy cuento un recuerdo casi pornográfico, por lo explícito y crudo que me pareció. Y me parece, aún ahora.

Hace catorce años viajé a Barcelona, para ver a unos amigos, junto a un amigo. Era mi primer viaje en coche recién sacado el carné. Acostumbrado a rebotar en aquella M30 que estaban soterrando, a lidiar con macarras y locos del vehículo que vivían en la periferia pero trabajaban en la ciudad y usaban el coche para comprar hasta cigarrillos a cien metros de casa, llegar a Barcelona un viernes, con atasco, y ver que las líneas eran compactas, ordenadas, y me cedían el paso para poder acceder a mi salida, me resultó glorioso. Recuerden; era cuando las matrículas decían exactamente de qué provincia venías (en mi caso, sumaba una pegatina de Gredos en el cristal trasero). Mi entrada en Barcelona, motorizado, se acompañó de un sentimiento del civismo que no había vivido en Madrid.

Desde luego, no es esta anécdota trivial lo que me parece provocativa. Es mi manera de introducir un fin de semana largo que incluía visitas a museos, charlas, comidas y cenas con colegas, de recreación histórica sobre todo, y el tomar el pulso a una ciudad que he visitado casi anualmente por puro gusto. Pero en aquella ocasión, ya pude experimentar algo que siempre ha existido. Allí o aquí.

Una noche cenamos en casa de un amigo común a todos. Un par de sevillanos, un madrileño, un barcelonés autóctono, el anfitrión, aragonés afincado allí desde los años 70 del pasado siglo, una pareja de Barcelona amiga suya, una navarra... Era una cena de esas que juntas mimbres y salen cestas para recoger experiencias muy agradables. O eso pensaba yo.

La cena transcurrió con el anfitrión agasajando. Comer invitados es un placer que a todos nos gusta. Es el pan y la sal de la antigüedad remota, la hospitalidad, el sentirse seguro en un refugio donde el pacto es de amistad, de cariño. Y en toda comida, salen temas, todos los temas. Normalmente, los del momento o el lugar. Allí surgió el tema del catalán como lengua.

La pareja de Barcelona rompió el huevo. Ella, profesora de escuela, comentó que qué poco escuchaba hablar en catalán en la ciudad. Banalidades varias, se hizo hincapié en el hecho de que una ciudad cosmopolita tiene decenas de lenguas, más los giros de sus inmigrados o como ahora se diga. Pero ella insistía. Y se lamentaba de lo poco que se hablaba en catalán. Su pareja, operador de TV3, coincidía. Incluso la programación se rendía al castellano (o español, como decían) más que al sacrosanto catalán. Nos llamó la atención porque llevábamos allí un par de días y habíamos escuchado de todo; castellano, lenguas norteafricanas, catalán, castellano de iberoamérica, francés... Pero insistieron que se hablaba poco catalán. Que eso los de Madrid (siempre, siempre, soy un "centralista capitalino" o "vosotros, Madrid", impersonal, plural pero absorbente de mi identidad personal; soy de Madrid, soy Madrid, soy el Gobierno, el Rey, la Judicatura, las Cortes, la Policía y el Facha escondido. Soy por vivir, accidente apreciado por mí con los años, en Madrid. Mi Madriz) no lo comprendíamos. Yo creo que aporté algo tonto, como que el catalán lo comprendía más o menos si se hablaba con calma, que no tenía problema en que se usara, porque es una lengua española nuestra (sí, entonces opositaba y me creía lo que decía la Constitución) y me parecía fascinante, aunque hubiera muchos catalanes como hay muchos castellanos y sus giros, dejes, entonaciones, acentos. Que no comprendía a quienes se quejaban de no comprender el idioma o lenguaje (no lo llamaré nunca dialecto, salvo que consideremos dialectos a catalán y castellano respecto del latín, por ejemplo) y que quienes se quejaban es que tenían otros motivos. Aún no lo sabía, pero aquello estaba a punto de estallar.

"No, no, el catalán apenas se habla. Lo arrinconan. Es un crimen. Deberían, en la escuela, en la tele, los medios, todos, hablarlo". En Barcelona se hablaba catalán y los inmigrantes (o como se diga ahora, que no me gusta) se empeñaban en no hablarlo, sobre todo los castellanoparlantes. Se hablaba poco y debería imponerse con multas, controles, inversión. Alguien dijo que las lenguas estaban vivas y que había que dejarlas a su aire. Salió Franco. Se empezó a caldear más. El catalán tendríamos que hablarlo todos, ¿por qué si no esa deferencia en la cena de usar el castellano? Había que imponer el catalán en Cataluña porque...

El anfitrión nuestro dio un puñetazo en la mesa. Era entonces un hombre de unos cincuenta, barba negra con canas, cuidada, pelo largo, moreno, cuidado, que vestía bien, con ese toque que no sé si llamar entre baturro y moderno que tanto me fascina en Barcelona. Temblaba. Le latía un párpado. Crispada la mano, la mirada dura, rictus en la boca. Y recuerdo, aunque no literalmente, lo que dijo.

"Vine aquí de Aragón en los años 70. En el franquismo. Me peleé y manifesté porque todos pudiéramos hablar en España en la lengua que nos apeteciera, sin imposiciones, porque nadie puede reprimir una forma de expresarse. Me metieron en la cárcel por pedir, yo, un aragonés, que se pudiera hablar en catalán libremente, sin rechazo ni multas ni represión alguna. Y ahora, cuando todos podemos hablar en el idioma que nos dé la gana, queréis hacer lo mismo que Franco, imponer un idioma y prohibir otro, obligar a todos a hablar sólo en una lengua. Eso tiene un nombre."

Hubo un silencio, claramente incómodo, y los postres supieron amargos. Se dejó de pronto el tema. El aragonés estaba temblón, molesto, cansado. Todos nos fuimos despidiendo casi en murmullos, sintiendo que habíamos roto algo, un lugar que, como dije, era de hospitalidad. Nos marchamos, incómodos. Él se quedó, más tranquilo, mosqueado, tratando de recuperar el humor. 

Todos sabemos darle a la sin hueso. Sea en uno u otro idioma, con jergas, giros y modismos de todo tipo. Mientras nos hagamos comprender (y esa es mi parte pornográfica, la de mostrar la piel desnuda de emociones e ideas, sin ropajes ni perfumes) ¿qué cojones importa el idioma que usemos? Porque imponer uno, en detrimento de otros, en contra de lo que muchos han vivido, experimentado o sentido, tiene un nombre. Y es muy pobre, siempre lo ha sido. Es miserable. 

¿Volví a verle? No. He perdido contacto con casi todos los de aquella cena. Por mil motivos. Pero una cosa es cierta. Que cada uno hable en la lengua que le apetezca, sin imposiciones, haciéndose comprender. Ese derecho es para mí casi sagrado. Parlem, hablemos, falemos, hitz eguin dezagun (aquí tiro de traductor, que os quede claro) sit scriptor loqui, parlons, platiquemos. En lo que sea que nos entendamos.

Un saludo,

lunes, 20 de mayo de 2019

¿Dar lo que otros quieren?

Desde que era niño y recuerdo querer escribir, siempre tuve una (gran) duda. ¿Lo que yo quiera o lo que otros quieran? Me explico. En mi primera clase de escritura creativa, hace ya tiempo, se nos preguntó por qué queríamos escribir. Hubo muchas respuestas, algunas impostadas, otras auténticas, no sé si alguna errada. Una en concreto me resultó conocida. "Para hacerme rica y famosa, que la gente me lea, me conozca, me admire". No pude evitar una sonrisita que oculté pronto. La chica que lo decía era más joven que yo, en esos veinte años que aún recuerdo. Yo también viví esa duda. ¿Quería escribir para ser rico y famoso o para contar mis historias? Transité por ambas, incoherente, puerilmente. Y un día, de pronto, decidí que no quería escribir, si no leer. Leía, claro, pero de pronto ahí me entró (16, 17 años) la necesidad de leer mucho y de todo. Libros de bibliotecas a paletadas, manoseados, garabateados, usados, doblados. Leyendo aprendí mucho, pero sobre todo disfrutaba. Rechacé manuales de escritura (libros de fórmulas, los considero) y me centré en leer. Recomendaciones, riesgos, valores seguros... Algunos libros me parecieron un tostón y otros una maravilla. Comprendí que las valoraciones de críticos reputados a veces son flatulencias pomposas que persisten en valorar un ataúd vacío, y que a veces el ninguneo de determinados autores o libros escondía una envidia producto de la división de la literatura en "alta" y "baja". Para mí no hay de eso. Hay buena o mala, entretenida o aburrida. Y literatura, que no ensayo, porque algunos buscan en la literatura un remedo barato del ensayo, y esperan de los ensayos arideces que no tienen que darse.

¿Por qué cuento esto? En unas horas se estrena el último episodio de la última temporada de la serie de televisión de "Juego de Tronos". Y he vivido debates intensos tras dos de los episodios más polémicos, el tercero y el quinto. Lo que más me ha sorprendido es la reacción furibunda de muchos respecto a NO haber visto lo que (no sé qué esperaban ver) querían. Y mi sorpresa (aumentada con esa petición en Change.org, de traca) se ha resumido en una cuestión que abre esta anotación de bitácora digital. ¿El autor debe dar lo que otros quieren? Mi respuesta, tras muchos, muchos años, es tajante. No.

Se puede ser previsible (es imposible evitar serlo en un mundo digitalizado, analizado, conectado, donde uno puede sacar pronto el punto de conexión y distribuirlo a miles en segundos) y se puede ser simple. Se puede contar lo mismo con códigos de sobra conocidos (el zeitgeist de por dónde soplan en cada momento, comprendidos aunque a lo mejor no reconocidos conscientemente) y por tanto narrar una historia más, sin más. Pero si se construye un giro, y ese giro funciona, y es coherente, pues miren, me la sopla el personal. Un ejemplo, ¿Jamie tirando a Bran por la torre, era previsible? No, fue una resolución humana. Como muchas de los libros de Martin, y como muchas de las tomadas (escasamente) en la serie. La del quinto episodio, por ejemplo, puede molestar, joder, chascar dientes. Pues entonces los narradores, los proxys de Martin, han logrado lo que éste logra casi siempre; provocar una reacción. Y fundada. Demasiado, incluso. Si no gusta por repetitiva, tiene un pase. Si no gusta porque no se quería, se quería otra, es cuestión aparte. Se llama, gran problema de nuestros días, falta de atención y memoria. 

Vivimos tan bombardeados de información de todo tipo a todas horas que ya no sabemos discriminar o dedicar un poco de tiempo. Hoy, un Chaplin es imposible de ver. Un Lubitsch, rareza. Incluso un Wilder, provocaría mosqueo. Hoy sólo podemos ver videoclips epilépticos y raciones mínimas. De manera general. Por eso, dar otra cosa diferente de lo esperada es, para mí, un éxito. 

Una serie que nunca dio nada de lo que sus espectadores podrían querer fue "The Wire". Pero porque cumplió una máxima del arte; te doy lo que no sabes que necesitabas. Puede repugnarte, puede estremecerte, hacerte sentir mal, sucio, podrido, puede aterrorizar, incluso hacer reír por algo que no merece risa. Te provocará sentimientos que tú, como espectador, como receptor de una narración, no querrías reconocer que posees. Si lo ha logrado, para mí, personalmente, entonces ha conseguido un éxito absoluto; ha hecho arte y te ha abierto los ojos como a Alex en "La naranja mecánica". Y una vez abiertos...

Yo prefiero que no me den lo que (se supone) quiero que me den. Para eso ya elijo aquellos libros o series o películas que sé casi de antemano qué me van a dar. Marvel lo ha hecho en sus películas, por ejemplo. Prefiero un bofetón y una risa (como hacía Chaplin, por ejemplo) o un empujón y una carrera (como hacía Wilder) o varios puñetazos (como hacía Peckinpah) o... Al final, se trata de lo de siempre. Ver, leer, escuchar mucho. Y no una vez, muchas. Entonces nos daremos cuenta de que nos han dado lo que no queríamos, pero necesitábamos. Y eso es oro puro, por lo visto, cada vez más y más escaso.

El final que viene en escasas dos horas no gustará a todo el mundo. No gustó el de "Los Soprano". Ni el de muchas obras (yo sigo odiando el epílogo absurdo de "El cuento de la doncella") y este no gustará. Cuando lo vea, dejaré que acaricien mi gusto, bueno o malo, y que exciten mis emociones y razones. Y veremos el resultado. Pero ojalá, y eso es lo que pido, ojalá no me den lo que quiero. Más bien, lo que necesitaba y desconocía que lo necesitaba.

Un saludo,

martes, 9 de abril de 2019

Islam, o "ese" islam.


En la adjudicación de dogmas y pensamientos de la Izquierda (así, en mayúsculas puras) de nuestro país y creo que muchos más, hay una especie de dogma que funciona así.

Los nazis mataron a los judíos (malvados nazis) ---> Los nazis provocaron que les echaran de Europa y se tuvieran que asentar (pobres) en Palestina como mal menor (malvados nazis) ---> Al llegar allí los judíos se enfrentaron a los árabes que llevaban unos 2000 años poblando esas tierras, árabes mayormente musulmanes que querían literalmente "echarles al mar" y que se habían aliado con los nazis más o menos (malvados musulmanes) ---> Pero los judíos se portaron tan mal con los musulmanes como los nazis antes con ellos, y llevan reprimiéndoles y ocupando sus tierras muchos años (normal, si les llevas allí con unos tratados de partición tan british) (malvados judíos-israelitas-sionistas) ---> los judíos utilizan tanques, cañones, ametralladoras, y los pobres musulmanes de las "intifadas", tirachinas. Y maltratan a todos, mujeres, niños, adolescentes, y les privan de agua y les meten (cómo no) en un gueto territorial que controlan con puño de hierro (malvados judíos, pobres musulmanes) ---> lo que hacen los judíos es lo mismo que han hecho los colonizadores europeos toda la vida (de ellos aprendieron) empezando por los crueles conquistadores hispanos (de portugueses, franceses, holandeses o británicos, otro día hablamos) y que han saqueado, expoliado, empobrecido y arrasado con medio mundo dejándolo en "tercero" y por poco no en "cuarto" (malvados europeos asesinos y colonizadores, nazis y conquistadores...) ---> Por tanto, los judíos ful, los musulmanes pobres, molan, y si hay terroristas sueltos "no representan al islam" aunque si hay tarados de ultraderecha que matan, esos "no representan a occidente pero sí a las derechas". 

Más o menos y simplificando (alguno me dirá que complicando) este es el argumentario para llegar a lo que hoy día pasa. Israel es un ente nazi. El islam es una religión de paz que no tiene culpa de radicales (El ISIS es una mutación, claro) y tenemos que pedir perdón por todo y todos de aquí ahora a mil años atrás más o menos. Occidente, digo. Somos culpables, y si exhibimos orgullo (el que sea) fachas y tal. Las izquierdas, por tanto, compran las contradicciones entre feminismo y hiyab, entre terrorismos "buenos" y "malos", entre religiones caca como la católica y fetén como la islámica. Y de paso, compran (lo meto en el saco) que los nacionalismos no centralistas o ignífugos (no sé si llamarlos "centrífugos") son de izquierdas, pero los centrípetos son lo puto peor (RAE, soy vulgar).

¿A qué mi enfado? Estoy hasta los mismísimos del blanqueo (como se dice ahora) o soslayo acerca del islam. De TODO el islam. Que es un blanqueo que ennegrece al catolicismo (¿necesita acaso más mierdas? Homofobia, pederastia, hipocresía, un sistema de control y poder que... Y, sin embargo, muchos de los valores predicados, que no practicados, me resultan necesarios y aplicables, ahora, durante y antes, cuando los copiaron de los pensadores y filósofos de la Era Axial, unos 500 años antes de que Pablo se inventara esa religión, como el otro iluminado, Mahoma, se inventó la suya, en pura envidia y en zona desértica... Debe ser que genera eso alucinaciones muy duras. Pero me desvío...) y se pone en sombra su mierda, como la de toda religión. Sea la rama chiíta o sunita.

En Irán, Sotoudeh, una activista que aquí no he oído comentar a nadie de la izquierda, ha sido condenada a tropocientos años de cárcel y latigazos. Un perfil de ella que apenas aparece en diarios, salvo de derecha o de risa, y para poner en solfa lo que todos saben; que Irán es un régimen totalitario con el islam como base ideológica. Tampoco es que importe; de Irak nadie sabía nada hasta que Saddam cayó y le sustituyó una turba de locos que, entre otras cosas, alimentaron el Estado Islámico que hoy parece que ha caído o caerá. De Emiratos Árabes Unidos (un islam que coexiste a la fuerza con otras religiones) y Arabia Saudita (una monarquía teocrática), la gran defensora del sunismo, no se comenta nada salvo la venta de armas para guerras como Yemen. Las mujeres, en general, no gozan de muchos derechos en cualquiera de estos países (desde Marruecos a Arabia Saudita, yendo a Indonesia y pasando por el centro-norte de África) ya que el islam se ha superpuesto, adoptando o empeorando, situaciones previas de control y sumisión (anda, "islam" significa eso...) de las mujeres. Curioso que las feministas siempre aludan a la iglesia católica (sí, bien) como represora, pero olviden esa otra religión donde, millón arriba, millón abajo, unas 800 millones de ellas no están muy liberadas que digamos.

Igual que no podemos atribuir a la Iglesia Católica todo lo que hacen sus miembros, tampoco podemos atribuir al islam todo lo que hacen aquellos que se dicen seguidores o creyentes. Pero sí podemos decir que una y otra religión amparan siempre lo que hacen esos tipos, siendo por tanto un paraguas protector de sus delitos y fechorías varias. Sean homofobia, pederastia, apalear a gente diferente, robarles la educación, postergarles por motivos tan ridículos como tener la regla o gustar de gente del mismo sexo, privarles de posibilidades de mejor vida... Sí. Eso sí podemos decirlo. Y decirlo no es islamofobia como tampoco es catolicofobia el denunciar aquellas instituciones que amparan, ayudan, incluso promueven ciertos comportamientos, actitudes y valores que, al final, llevan a lo de siempre; controlar a los demás.

La Izquierda, las izquierdas, han comprado ese discurso dicotómico de "si el catolicismo es malo, el islam es bueno" sin más. El argumentario que he dado más arriba (ridículo, y que se puede rebatir, extender y explicar punto a punto) es quizá demasiado complejo para más de uno que se queda en "pobres árabes, somos malnacidos europeos cristianos". No...

Nos ha costado siglos domeñar a las sectas del cristianismo. Gracias a la pervivencia de la nada ultramontana y radical influencia de la religión romana (pagana, dirán) y de un derecho civil fuerte, consolidado (a punta de gladius pero también de toga) hemos logrado que las sectas cristianas no impusieran sus visiones unívocas y equívocas del mundo. Pero esa batalla, que siempre implica apagar fuegos que surgen de nuevo de cuando en cuando, no puede darse por ganada cuando tenemos, a las puertas y tras las puertas, otras sectas islámicas que buscan derribar lo que aún nos queda de resistencia contra cualquier religión y dogma. Y no, no quiero sonar bélico, pero lo soy. Lo que más me jode, dicho en plata, es que ninguna izquierda ha sabido atacar ese problema y lo han servido, en bandeja de piedra, a partidos como VOX (¿Por qué, por qué destruir así la memoria de un diccionario tan amado?) que lo han tomado y sacan rédito porque preocupa, aunque sus propuestas sean purria. Algo que en el resto de Europa llevan años haciendo ese tipo de partidos y, aquí, las izquierdas (Podemos, el PSOE según su día, alguna otra nacionalista que pasa del tema) han dejado con un simple "católico caca, musulmán mola". 

Y así estamos.

Por cierto que, si no ha quedado claro, aborrezco el islam. Más que al cristianismo y su secta católica. Porque en el islam se dicen barbaridades sin tapujos que, como la Biblia, son para cagarse, pero lo peor es que, en el cristianismo, han tenido que luchar contra un DERECHO CIVIL que no se ha doblegado demasiado, mientras que en el mundo islámico son PUTA FUENTE DE DERECHO. Y después de dicho eso, me seguiré considerando de izquierdas, porque no me concede ese carnet nadie...

Un saludo,

miércoles, 3 de abril de 2019

Pedir perdón.

Muchas veces, pedir perdón es terapéutico. Para quien lo pide y para quien lo recibe. Quien lo pide, porque reconoce un mal, algo mal hecho, algo mal pensado. Para quien lo recibe, porque repara su moral, la sensación de que sí vivió una injusticia y no una normalidad. Un ejemplo, los etarras que piden piden perdón a los familiares de sus víctimas. Ambas partes suelen sentirse mejor. Es un gesto que aumenta la empatía, el bienestar. Y, como suele decirse, cierra una herida y pasa página, permitiendo que la vida no quede estancada en aquel momento, sea el que sea.

Otras veces, sin embargo, exigir disculpas todo el tiempo revela un estado de ansiedad, de miedo, de inseguridad y de desprecio propio muy elevado. Alguien puede cometer un error una vez, pedir disculpas y no volver a hacerlo o, si pasa de nuevo, explicarlo. Si ese error es reiterativo, entonces ya es otra cuestión. Puede ser por falta de empatía, por falta de atención o por falta de capacidades. Si es lo primero, mejor alejarse. Si es lo segundo, evaluar las razones no está de más (qué le distrajo) y ver si es por falta de respeto o por distracciones varias. Y si es por falta de capacidades, comprender, empatizar y buscar la manera de mitigar su efecto. Errar es humano (herrar también, creo) y enmendarse o intentarlo, un ejemplo de interés, de esfuerzo. 

Las disculpas, sin embargo, tienen un momento temporal. No es lo mismo esperar que alguien se disculpe por algo que pasó hace una semana que por algo que sucedió hace diez años. La espera siempre aumenta la sensación de culpa, aunque objetivamente no sea así. El victimario y la víctima pueden tener percepciones muy diferentes de lo que ha sucedido. Una persona sin hijos puede considerar estúpida la rabieta de un niño de 9 años porque esa persona haya pisado un juguete que vale 5 euros en cualquier tienda. El niño puede sentir que han quebrado su universo al privarle de un juguete al que estaba muy apegado y significaba cosas inmensas. La valoración es subjetiva. Y el tiempo en pedirlas o en darlas, también lo es. Lo que es inmediato o no ocupa mucho tiempo, en fresco, suele ser mejor. Salvando muchas cuestiones. Lo que tarda más (por lo que sea) suele generar algo de encono. Lo que no ocurre en años o décadas, puede derivar en violencias y separaciones. Y luego están las extemporáneas.

Esas disculpas, como las que pide el presidente de México a España y el Vaticano, por ejemplo, suelen ser ridículas. Porque se pide a personas que no estuvieron implicadas, instituciones que han cambiado desde aquel momento, en lugares y tiempos que no son los mismos, pedir disculpas por algo que, normalmente, o se ha olvidado o almacenado en el baúl de agravios del abuelo. No son peticiones sinceras, ni lo son las que se dan (muchas veces, el "dar la razón como a los locos") y son vergonzosas. Avergüenzan al que pide (por aquello de que ocultan otro interés, como desviar la atención) y al que tiene que explicar el porqué no las da. No ayudan. No sirven. Luego siempre está la pregunta, la gran pregunta... ¿Hasta cuándo alguien va a pedir disculpas y otra persona darlas? Porque ahí entra otra dinámica, la de culpabilizar, que nada tiene que ver con la restitución que decía en el primer párrafo y sí con la búsqueda de una palanca para cambiar una situación de poder. De pronto la víctima ejerce de victimaria exigiendo mediante la culpabilización a otros, en términos de identidades similares, restitución imposible.

Pedir perdón es básico. Pero esperar de la persona que lo pide que caiga en la rueda de la humillación constante, genera rupturas. Solicitar que alguien lo pida es importante. Pero creerlo, es más importante aún. Y lo que es más relevante; un día podemos ser nosotros quienes lo pidamos y, al otro solicitarlo. Porque siempre cometeremos algún error con los demás. Y estará bien sentirse tranquilo pensando que, quizá, nosotros sabremos perdonar y ser perdonados de manera fraternal. Suena católico ("igual que nosotros perdonamos a nuestros deudores") pero no significa que eso sea negativo. Al revés. Pecar de orgullo sí lo es. Aunque, siempre, es bueno tener un poco de orgullo propio.

Un saludo,