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lunes, 21 de mayo de 2018

¿Qué vida?

Estudia. Siéntate bien. Sonríe. Calla. Lleva eso al fregadero. Llévalo a la mesa. La ropa en la cesta. ¿Has ido al baño? Recoge tus juguetes. Venga, hazlo así. 

Soy alguien. Me han modelado, me modelo yo. ¿Quién soy? Me veo reflejado en lo que ven de mí, y el reflejo de los demás es curioso. Espejos. Como en el laberinto de Chaplin o de Orson Welles. Hay tantos reflejos como ángulos. No es posible detenerse en uno, pero se puede. Un momento bello, otro horrible, varios inadvertidos. Soy.

Termina los estudios. Cómete la verdura. ¿Has comido fruta? Hagamos ejercicio. Ves demasiada tele. Deja el móvil a un lado. ¿Te has leído eso? Ahora ya puedes entrar en la masonería de los adultos, porque... Trabajas. ¿Tienes pareja? ¿A qué esperáis para los hijos? Ni pronto ni tarde. La casa, la propia, ya de alquiler tirando el dinero o la propia endeudados. Compromisos. ¿Son libremente adquiridos, venís aquí libre y voluntariamente? No, pero sí, gracias. Ya somos. Estamos en ello. Vuestro camino, el de todo el mundo, el de todos, pero en realidad, el de nadie.

Soy alguien. He seguido caminos trillados, marcados, opciones desplegadas de un menú concienzudamente limitado. Sonrisas de "ya verás que es lo mejor", aunque el poso amargo y la tristeza recurrente tras los ojos de "yo lo hice y no es lo mejor, pero debo decir que sí, no supe de ninguna alternativa, no me atreví a ninguna alternativa", acompañan la sonrisa falsa del rostro que escuda las verdaderas emociones. "Yo no haré eso, no seré mis padres, ni esas personas que me señalaron como fracasos.". Yo no quería ser mis padres. No lo he sido. He tomado la opción arriesgada, dura, difícil, complicada, la que mi madre intentó y no logró, la que mi padre no se atrevió a pensar. Pero quiero ser mis padres, en ese amor que sé expresaron, áspero, incompleto, rudo, verdadero, honesto, estando, siendo, deshaciéndose por mí. Soy alguien porque muchos me han ayudado a no ser ellos y ser parte de ellos. Diluido soy, individual también soy. Pero para ser hay que expresar. El puente entre lo que se piensa uno es y hace es tortuoso, débil, tiembla. Coherencia. Qué compleja es de alcanzar.

Casado, hijos, mascota, hipoteca. Vacaciones tasadas. Trabajo que mina lentamente. Sueños aparcados, miedo a perseguirlos, porque sin miedo no funciona nada. Agotamiento. Escribe, escribe, escribe, es la forma de huir junto a la lectura. Quijano sabía. Todos lo sabían. Huye, recónditos escondites en la mente, esas puertas que nadie puede cruzar porque son sólo tuyas. Gilipolleces. Tonterías. Estupideces de adolescente. No quieres madurar, quieres una eterna fiesta en un mundo que es un infierno sin llamas. No, quiero pasear por un mundo sin llamas y con chistes de los Monty Python sobre ellas. 

Soy alguien, pero hay muchos alguien. Todos somos alguien. Pero no todo el mundo tiene razón. De hecho, todo el mundo tiene sus razones, sus maneras de ser, sus formas de ver. El verdadero truco es conocerlos y, luego, juntarnos o no.

¿Qué vida? Sólo esta. No hay más. Las demoras, los aplazamientos, los retrasos son muchas veces miedo. Útil, pero inútil si no van contigo. 

No cambio nada de lo que he hecho. Sin ello no sería yo. Sin ello, no sabría quién soy yo. Y sin nada de todo ello, no tendría lo más bonito del mundo, lo que más ilumina. Ilumina y abrasa. Enciende y quema. Mis hijos. Sería yo, otro yo, un yo diferente, pero este es el yo más cercano al yo que, tras muchas vueltas, laberintos, pérdidas, ganancias, ninguna apuntada en el libro de haberes, soy y quiero ser. Y si quiero ser y soy, estoy más cerca de responder a la pregunta. 

¿Qué vida? Ésta.

Un saludo,

lunes, 5 de marzo de 2018

Ante la huelga del 8 de marzo.

La proclama es clara. No va de hombres. Va de mujeres ("lesbianas, trans, bisexuales, inter, queer, hetero", aunque veo que se diferencia entre sexo y orientación sexual, o género según genitalidad...) y las reivindicaciones que son únicas para ellas y, en muchos casos, contra los hombres ("Llamamos a la rebeldía y a la lucha ante la alianza entre el patriarcado y el capitalismo que nos quiere dóciles, sumisas y calladas", que aunque parezcan entelequias, se suponen conformadas por, principalmente, hombres -el uso del género masculino además, delata claramente el interés connotativo en destacar tal condición- y aquellas acólitas o colaboracionistas que se presten) por más que se quiera cuadrar un círculo donde se hable de igualdad pero, al mismo tiempo, de desequilibrio.

Esta lectura puede parecer simplista, pero es la que más está llegando a muchas personas a las que escucho o leo. Hay estupefacción por el rechazo a tener hombres en la misma (de hecho, leo múltiples opciones de integrarles, pero en general, la idea es "ignorar" su existencia al respecto) y ante muchas aparentes incongruencias. Se quiere enfrentamiento pero sin que exista ese enfrentamiento. Se desea igualdad pero sin contar con la otra parte, pues se considera "el otro" enemigo, sordo y por tanto, incapaz de poderse contar con él (profecía autocumplida) Se considera, en el fondo, que el hombre, activa o pasivamente, se perpetúa en una situación privilegiada ante la mujer de manera que no desea soltar su "poltrona". Un clásico. Nunca se hace nada contra una entelequia, se hace contra alguien concreto (huelga contra los patrones, huelga contra los políticos, manifestación contra un grupo terrorista, manifestación contra un país, contra personas, contra gente mayor que copa puestos, contra extranjeros que invaden...) 

Si revisamos el lenguaje, no es inclusivo, aunque lo parezca. Se establece la consabida línea de "nosotras y ellos" (uso el género deliberadamente) para así establecer un "quiénes somos" frente a los "enemigos". No es nuevo. Y apelar a la emoción es esencial. Sin emoción no se mueve nada. Sabemos, por la neurociencia, que las decisiones se toman en gran medida por emociones a las que luego se revisten con un relato lógico que las haga aceptables (Bechara y Damasio, entre otros) y que el peso de imágenes, palabras e impactos concretos pesan más que la lenta deliberación y la reflexión. La única inclusión que se hace es dentro de la entelequia "mujer", que es biología, pero tratan de dotar de diversidad (igual que hay mujeres lesbianas, hay hombres homosexuales, inter o bi o queer o hetero o trans; igual que hay mujeres payas, gitanas, supongo que olvidamos a las gentiles y las hebreas, migradas o racializadas, hay hombres payos, gitanos, gentiles o hebreos, migrados o racializados...) siempre que se considere mujer. Es la intersección de la transversalidad. Nosotras, no ellos.

¿Existe un "Patriarcado"? Sí. No sé si con ese nombre concreto, no sé si añadiendo el "hetero", que ya es normativo, no sé si desde siempre o menos. Pero existen poderes, claro que sí. Desde la sedentarización, además, también existe el "Capitalismo". En el momento en que el cazador-recolector deja de moverse libremente y plantear su horizonte en cualquier sitio, para recluirse en territorios y hogares cerrados para cultivar sus tierras, convirtiendo esos territorios en algo parcelado y hereditario, aparece el "Capitalismo". Igual que sus rudimentos ya se muestran en los intercambios de grupos humanos ( no usaré "homo" porque más de uno se confundirá...) la realidad es que llevamos viviendo en un sistema capitalista desde siempre. Un sistema apoyado, además, en la violencia, violencia que, casi en estado de monopolio, ejerce el hombre, ejecutada desde la perspectiva de un género masculino. Un sistema donde el poder es, mayormente, de los hombres, no del hombre.

¿Implica la existencia o persistencia de algo su legitimidad? Creo que no, pero sí expone que son modelos de funcionamiento que han pervivido largo tiempo. Y que, como todo mecanismo en marcha, desea sobrevivir. El capitalismo ya no necesita, desde hace tiempo, de los humanos para ser una realidad. Es, independientemente de los grupos humanos. Que luego existan variantes que rechazamos, es otra cuestión. Como las raíces o mohos que crecen en algunos vegetales, es sano cortar y quedarnos con la patata, la zanahoria, la calabaza o lo que sea.

Así pues, tenemos al "(hetero)Patriarcado" y al "Capitalismo" como dos de las grandes entelequias a las que consideran enemigos y piden rebeldía y lucha contra ellos. Pero implícitamente se identifica a tales enemigos (recordemos, entelequias) como formados por hombres (y sus acólitas) principalmente.

Por tanto, como hombre (sexual, biológicamente y como identidad de género) mi pregunta es, ¿qué postura debo adoptar al ser identificado como un enemigo al que, en una pirueta, se pide colaboración para derrocar un "poder" en el que no tengo voz ni mando?

Desde el punto de vista clásico, binario, de un hombre (recuerdo, sexual, biológicamente y como identidad de género) se supone que debo defender una postura de privilegio, de status quo que funciona (participe o no de ella, puesto que está la potencialidad de participar; como en la corrupción, se permite si pienso que yo, un día, puedo beneficiarme de ella...) Si apelan a que no defienda esa postura, la argumentación utilizada no me hace sentir cómodo al identificarme como el enemigo por activa o pasiva. Por comparar, es como cuando el independentismo y el nacionalismo catalán apeló a la simpatía de la izquierda del resto de España y se enfadó al ver a una gran mayoría de la izquierda (real o presunta) rechazar esa simpatía (Coscubiela et al) considerándolos por tanto enemigos. La persuasión más que la confrontación, creo, ha dado siempre más frutos porque implica colaboración y no enfrentamiento.

Los argumentos dados en el manifiesto son, mayormente, compartidos por mi parte. El ejercicio de la violencia masculina es real. La discriminación es cierta. La invisibilidad de muchas mujeres, completa. La relevancia de su trabajo no remunerado, la trampa de la doble jornada (laboral y de hogar) y el cierre al acceso a puestos relevantes, absolutamente cierto. La pobreza, por aquello de que ninguna mujer ha podido heredar y obtener rentas desde la sedentarización (12000 años más o menos... hasta hace poco) es verdad. Las diferencias educativas, de oportunidad y accesos, una completa realidad hasta hace pocas décadas. ¿Por qué, entonces, me hacen sentir identificado como el enemigo a batir, en lugar del compañero a cuya solidaridad se ha de apelar?

Quizá sea emocional. Quizá intuyo la pérdida de esos privilegios, sean cuales sean, y que, sin embargo, en mi situación actual y pasada, no he sentido nunca que tuviera. Quizá pienso que viene un cambio, un "turning point" o "new tide" (no en vano, estamos hablando ya del feminismo de cuarta ola, como se indica en este artículo de El País) que siempre implica recolocarse ante los nuevos poderes. Quizá sea, por otro lado, que siempre, siempre, una lucha implica dos bandos, y que si no te posicionas en uno, te posicionan en el que se decida, pues la neutralidad (salvo si eres Suiza, estás armado hasta los dientes y puedes derretir los glaciares para convertir tu propio país en un inmenso lago...) se ve como una posición cobarde, o incluso peor, como el recordatorio de que hay alternativas a tomar posición beligerante. Y eso último es doloroso, porque implica mirarse a uno mismo y pensar si ese es el modo de tomar parte en el conflicto...

Por mi parte, dudo qué hacer el jueves. Me he planteado llevarme a mi hija al trabajo y pasar así el día, dejando al mayor en el colegio (supongo que, si me da tiempo, con una camiseta morada) pero me puede una cuestión más importante; el bienestar de mi enana. Y en algo sí soy beligerante; usar a los niños, como sea, para lo que sea, donde sea, me provoca una retahíla de sentimientos contrarios, negativos, violentos incluso... Llámenlo instinto de especie, ese homo que somos, primates, mamíferos.

Un saludo,

martes, 27 de febrero de 2018

Hitos.

La saga de reyes que viene de Francia tiene una curiosa forma de repetir o remedar la Historia. Si uno de ellos decidió, allá por 1923, en medio de un golpe de estado, favorecerlo (y permitir que un tal Primo del actual líder de un partido llegara al poder e impusiera una dictadura, copia del modelo italiano de entonces, pero a la manera castiza, como siempre) otro que nunca fue rey quiso unirse a quienes parecían podían hacerle rey (los carlistas, por su parte, fuerza importante, dijeron que nones) y uno que fue rey gracias a que se subordinó al espadón del siglo XX llamado Franco, Franco, Franco (ya saben, podemos hacer chistes sobre él porque no murió por terrorismo, al contrario que un tal Cart Driver White al que se aplica el principio de Heisenberg, esto es, te da incertidumbre si lo mencionas) favoreció o tonteó con otro golpe de estado pero sin ser consciente de que ya existía la radio, la tele y los satélites. Y el último de ellos, el más preparado (me sale eso de JASP, ¿alguien lo recuerda?) decidió seguir la corriente de quienes un día de ¡Oh! decidieron calificar aquella pantomima de, también, golpe de estado.

Qué devaluación de conceptos. Sobre golpes de estado, en España, sabemos bastante. Desde el siglo XIX y aquellas ruines decisiones de un monarca absolutamente incompetente (el peor, pero seguido de cerca por otros) llevamos ya ni se sabe. Tres guerras carlistas, sublevaciones de pretendientes, vaya, pero con trasfondo ideológico; una sublevación africanista; varios espadones que entraban en el Congreso de turno; proclamas de partidos varios que buscaban emular a los rusos; independencias de criollos... Es un largo camino de más de 200 años que demuestran algo curioso. Desde que la rama española de los reyes franceses (extinta allí a partir de 1793, aunque con rebrotes intermitentes en Luis XVIII y Carlos X) gobierna, España, sus posesiones, lo que sea que es, demuestra una alta capacidad de autodestrucción y degradación sin fondo. Pero es divertido comprobar cómo juegan ellos, actores sin tanto caché, con los acontecimientos. "Mi abuelo permitió un golpe de estado, yo no sé si debería... dudo... a ver, a ver..."

Más que hitos, parecen ataques de hipo. O eructos.

En todo caso, mi corazón fluye entre dos orillas y muchas incertidumbres. Pues compartir un republicanismo y un antimonarquismo (más en estos tiempos...) con posiciones que resultan luego ser recelosas de mi condición por mil motivos, me empuja atrás y me lleva a la más cómoda de espectador que no sabe aún qué bando escoger. Cómoda pero terrible, pues observar sin sentirse capaz de participar es duro. ¿Cuándo es el momento? ¿Con quién? ¿En qué supuestos?

En cualquier caso, tenemos una nueva cadena de hitos. No rapear, mejor come rape. No escribas, mejor hablas. No hables, mejor calla. No calles, mejor asiente como esclavo. No seas sólo un esclavo, empodérate como individuo. Ni siquiera. Desaparece, que somos muchos.

Un saludo,

martes, 13 de febrero de 2018

Espacios seguros.

Últimamente, por diversos motivos, escucho y veo miedo reproducido en diferentes ámbitos. Miedo a la diferencia, a encajar, a luchar en un ambiente que tememos, a recibir por tanto hostias de todo tipo, violencias de todo tipo, humillaciones o dolor. 

Es comprensible en el ser humano querer evitar lo que nos hace daño. Es instinto de supervivencia, claro está. Pero desde tiempos ancestrales, quien no se enfrentaba a sus miedos acababa postergado allá en la sociedad que perteneciera. Somos sociales, algo que reivindicaba Aristóteles antes que yo, y por eso no podemos huir de la propia sociedad aunque creamos que hay maneras. Y las hay.

Los espacios seguros son muchos. Desde el carril bici que aparta en corralitos a los ciclistas miedosos de la calzada hasta los blablacar para sólo mujeres, o esa especie de habitaciones del pánico en ciertas universidades estadounidenses, pasando por los Clubs de "sólo..." o las organizaciones que te permiten ir de viaje sin mirar nada que pueda alterarte. 

Empiezo con los carriles bici, ya que es lo primero que he mencionado. Se quieren hacer para eliminar el miedo del ciclista a ser arrollado en la calzada por un autobús, un taxi o un mandanga del volante. Entiendo el miedo y la prevención, pero es un sistema que te enclaustra e impide moverte con tu bici libremente. Seguridad contra libertad. La libertad siempre conlleva lo mismo; riesgo. Y aceptar ese riesgo es la base de toda responsabilidad. Independientemente de las culpas. Mi libertad de circulación compartiendo las calzadas con vehículos motores conlleva el riesgo de accidentes por cómo se comporten otros conductores, pero es mi responsabilidad moverme de manera que pueda evitar al máximo esos accidentes y sabiendo que el azar o las variables fuera de mi control son eso, cuestiones que no controlo. Prefiero usar las vías más extendidas (calzadas) por cuestión práctica pero también ideológica; soy un vehículo en la calzada, y creo que puedo ejemplificar contra los demás vehículos motores la posibilidad real de usar un medio de transporte que no contamine y que además sea sano y cordial. Espacio seguro 0, libertad con consecuencias positiva, 1.

Sigo con los "espacios seguros" de mujeres que están extendiéndose, tan similares a los clubs de caballeros que aún perviven (en Londres, hace poco, leímos sobre uno de ellos...) y que son, a fin de cuentas, una segregación tan clara como el Muro de Berlín o los muros de Belfast. Separar para que lo homogéneo no entre en conflicto con lo extraño, lo contaminante. Un poco de racismo, vaya. Leo noticias como que Blablacar permite viajes de sólo mujeres. Es una compañía privada y por tanto, nada que decir al respecto. Si hay mujeres que prefieren eso (como hay personas que quieren los vagones silenciosos del tren para evitar niños ruidosos, esos salvajes que nos recuerdan la alegría de la espontaneidad perdida, maleducados de móvil en ristre y alto y otras execrables muestras de humanidad innecesariamente ruidosa) por mi parte, nada que objetar. Creo que son como los ciclistas miedosos, que creen que están más seguros en el carril bici, pero limitan tanto sus opciones que prefieren coartar su libertad a favor de su (presunta) seguridad. Espacio seguro 1, libertad 0.

Pero (ay, los peros...) me pregunto... ¿Es necesaria un aula donde no se hable de "Huckleberry Finn" por sus racismos varios? ¿Un museo que descuelgue obras de autores como Balthus, Egon Schiele o Waterhouse? ¿Lecturas que no incluyan "Lolita" y otras "aberraciones? Me pregunto cómo considerarán ahora aquel libro de Apollinaire de "Las once mil vergas". O el de Pierre Loüys de "Díalogos de las cortesanas". Ni hablemos de Woody Allen, o el maldito Roman Polansky. 

En la hipótesis de Godwin, una conversación se acaba cuando se compara todo con el nazismo. Pero es que debo decir que me da igual nazis, fascistas, intolerantes de toda laya (esos comunistas estalinistas, que levanten la mano) y censores que, por su miedo, buscan imponer una visión más plana del mundo a los demás. Igual que cualquier ciclista que elija el carril bici lo haga por el miedo y exija además esos carriles bici, en lugar de aprovechar una vía que ya existe amplia y extendida como la de las calzadas de vehículos motores, la mujer que elige el Blablacar de sólo mujeres o pide que en los museos no se vea una "Dánae recibiendo la lluvia dorada" de Tiziano o la "Niña leyendo" de Balthus o los coños de Schiele o el del famoso "Origen del mundo" de Courbet, o incluso los fascinus o falos romanos por eso de que son pollas que agreden, o que no quiere que exista "Lolita" (yo dudo en decir que sobre algún libro en el mundo...) o que la clase de su profesor le ha agredido y necesita terapia, lo hace siempre motivada por algo más triste que la seguridad; el miedo a lo diferente y a enfrentarse a ello.

Virgine Despentes, en "Teoría King Kong", defiende eso que Paglia (denostada en muchos círculos feministas porque se le considera hace el juego al patriarcado) decía de "¿Por qué no tenemos derecho a salir por la noche y correr el riesgo, sí, de ser violadas, pero tener la libertad de salir como los hombres a divertirnos?" Quizá se aproxima al "derecho a ser importunadas" de Catherine Deneuve, y a eso de que, en sociedad, toda relación implica un riesgo. De nuevo el miedo. 

No existen espacios seguros, señoras y señores. La naturaleza lo demuestra, por más que haya madrigueras, huecos de árbol, cuevas y nidos, grietas en las rocas y otras similares. En sociedad, ese constructo humano, lo más cercano a un espacio seguro es encerrarse en una búnker subterráneo y esperar que no nos quedemos sin comida ni oxígeno. Entiendo la violencia a la que una mujer se enfrenta y que es diferente a la de un hombre por su sexualización y lo que conlleva. Pero mi duda es, ¿segregar no implica diferenciar, no igualar, atemorizar, jerarquizar, y, sobre todo, crear misterio donde no debería haber más que información?

Libertad o seguridad. El punto medio es, siempre, el mismo. Educación. Eduquemos a los niños en el respeto y moderación y un trato igual y correcto con todos los demás. Con todas las demás. Eduquemos a las niñas en el respeto y un trato igual y correcto con todas las demás, con todos los demás. A ser ambos asertivos y reconocer qué es el dolor, qué hace daño, qué es negativo, evitando que lo sufran y que lo inflijan. No dejarse arrastrar por los demás en esa carrera de integración que puede traumatizar (sigo siempre pensando en la famosa secuencia del gato en "Léolo") y ejercitar al individuo como una persona que puede lograr felicidad sin hacer daño, ni a sí mismo ni a los demás. Lo de "empoderar", que me suena fatal (lo siento, leo o escucho esa palabra y pienso en un filete empanado...) es realmente educar. Educar para ser. Para vivir.

Los espacios seguros ahondan en el foso que separa los castillos, aumenta sus muros, eleva las almenas, oscurece las troneras y las torres. Genera la idea de que existe realmente una diferencia, alimentando los tópicos más y más. Sí, hay que reconocer las diferencias (entre sexos, la biología es así, como sabe bien Loreta y su ausencia de matriz... de lo que ni los romanos tienen culpa) y conociéndolas, aceptarlas y tratarlas correctamente. ¿Cómo? Día a día. Educando. Aprendiendo. Pero lo contrario es, para mí, matar la libertad a cambio de unas migajas falsas de seguridad. 

El miedo guía siempre los actos más viles. No es filosofía Star Wars, pero se le parece. El miedo al judío (¿Cuántos progromos y demás llevan desde hace cientos de años? Y la acusación más constante que se les hace es... que no se integran...) o al gitano, o al extranjero, o al de otro color, extendido ahora al miedo al otro sexo (todo hombre como potencial violador, abusón, corruptor de menores, violento maltratador, es una construcción de características que no difiere mucho de la del judío avaro, ladrón, comeniños, o del gitano ladrón, violento, malcarado, o el extranjero que abusa de nuestras bondades, o el negro concupiscente y lascivo, o el vietnamita que sólo vale para cavar zanjas en la Gran Guerra pero ni se acerque a las mujeres, o...)  provoca siempre lo mismo. Reacciones extremas y dolorosas. Está bien que las culpas se repartan, pero la responsabilidad de nuestras vidas, de nuestra felicidad, recae, más bien, en nosotros mismos. Y ser mujer implica muchas responsabilidades motivadas por la biología y la construcción social, igual que en los hombres. Pero en todo caso, todo, siempre, tiene un camino para aplacar esa falsa creencia de que todo es determinismo genético; educación. Que también es falso creer que todo es determinismo cultural, y para eso tenemos que conocernos como somos; biología.

El término medio, eso que Aristóteles (misógino, como griego de su época) definía como lo indefinible y casi relativo, pues el atleta profesional Milón come diez libras de pollo mientras que un principiante con media libra va que chuta... y ambos alcanzan esa virtud igualmente por medios diferentes. Conociendo, todo eso es posible... quiero creer.

En fin, regresemos a ese espacio inseguro que llamamos, acertadamente, vida. Y lo demás, como dice Harari, es pura invención...

Un saludo,

martes, 23 de enero de 2018

Pa'qué ser culto, oiga.

Me lo pregunto de pasada, por aquello de "hoy toca reflexión". Imagino que mola ser culto, que no culturista (qué cojones tendrá que ver formar músculos con la cabeza, digo) o cultista (eso sí mola más, invocar demonios, primigenios de Lovecraft y otras risotadas) por aquello de que apareces siempre llevando una solución que nadie más puede conocer porque no es tan culto como tú mismo. Un dicho en latín, una frase afortunada, algo. De pronto, como en toda peli, el gafapasta o plasta resuelve el misterio y demuestra que su palidez lectora recompensó un poco. Los cojones.

A mí los libros me han salvado la vida. Literal. En vez de echarme a picos o porros, devaneos y chorradas varias con alcohol y malas compañías, leí mucho. Mucha mierda, mucha lectura curiosa. Devoré la "Dragonlance" que me dejó mi amigo Igor. Metí horas en los librojuegos de "Elige tu propia aventura" porque siempre quería recorrer todos los caminos y acertar a la primera. Transité por los "Puck", "Los Cinco" o "Los Hollister" como todo hijo de vecino. Y me comí las broncas y lecturas recomendadas de mi hermano mayor, referente. "Un mundo feliz" o "El señor de las moscas" me siguen pareciendo terribles (muy buenos, sí, pero sudo al recordarlos) además de lecturas que tengo asociadas a un cabreo mortal por obligarme a leerlos. La cosa es que, junto a Lovecraft y Poe, que me inundaron de temática para jugar al rol, y el rol, y los juegos de mesa, y las figuritas de plástico y plomo que pintaba tan mal como sabía, las peleas con el "Ulises" de Joyce para ligar y mil cosas más, no tuve tiempo de hacer el macarra, jugar a ser macarra, un quinqui cualquiera. También influye que llevaba gafas y jugaba al baloncesto como el más bruto del mundo (rodilla por delante) así que no era material de macarra, de quinqui o de idiota a secas.

A lo tonto, me hice culto. Eso me dicen por ahí. Aunque no sé latín ni griego, reconozco palabras sueltas, y mi inglés es cada día más rusty Meyers (va, mal chiste) y del alemán no tuve cojones de aprender más. He leído de todo, los must y los venga, va. Recomendaciones y hallazgos, libros epifánicos y otros que eran más bien epígonos como yo. Me devoré autores por rachas (Muñoz Molina, Graham Greene, Eduardo Mendoza, Paul Auster, todo tíos, claro) y conjugué novela con ensayo. Llegué a practicar una dieta que hoy más o menos mantengo. Un ensayo, una ficción, sea la que sea. Antes de ser padre podía leer unos 70-90 libros al año de media, aunque aprovechar de cierto, menos. Después, unos 30 puedo mantener, quizá algo más. Depende. Tengo mi biblioteca en casa y en el Kindle. Qué contraste ver miles de libros en un cacharro negro y comparar con librerías Billy cargadas de papel e ilustraciones. Porque el tebeo me gusta, claro. Ah, y veía mucho cine, aunque ahora con el veneno de las series, muy poco.

Culto, digo. Los cojones. Me sale renegar. Creí aprender mucho y aprendí más bien poco. Que sí, que la novela es el sustituto del psicólogo, que leer ayuda a no caer en depresiones y enfermedades mentales gracias a que reconoces eso en otros que estás leyendo. Que que qué. Pero es un cachondeo. Lees y descubres primero que todo lo que imaginas alguien también lo imagina, no hay estanqueidad hoy día, las ideas fluyen como puñeteras aguas y viento, todo el mundo usa redes y llega a conexiones similares y, lo peor; tienen más arte a la hora de expresarse que tú mismo. Una frustración, de sentirse un fistro. De repente te dices, "joder, qué bien escribe fulanita o menganito, qué de puta madre ha encadenado frases, expresiones, palabras, imágenes y sensaciones. Putos cracks". Y tú, mindundi, penando por sacar algo medio indecente. ¿Y para esto te crees culto, cuando aún la gramática te patina y la sintaxis o la ortografía todavía te muerden la nuca?

Si es por pasta, los youtubers e influencers de los cojones sacan más, al parecer. Niñatos y niñatas que transitan por la inexactitud pero captando el momento, atrapando un zeitgeist de esos que a uno ya se le escapa por viejo esclerotizado. Prematuro. Y si un chaval hace algo que emociona, rápidamente cae en el voraz circo de los viejunos y los pares, que le atizan hasta la médula. Bueno, como siempre. Es un mundo descarnado, baby. Aquí no hay reglas, sólo carroñeros.

Yo creo que ya a nadie le importa nada "La Odisea" y menos "La Ilíada". Que Shakespeare quedó atrapado en las islas esas del brexit y aquí ni Calderón se la menea. Ni te digo Quevedo o Santa Teresa. "El Quijote" pocos o ninguno lo leen ya. "Harry Potter" se enseñorea (y lo repetiré siempre, joder; Ursula K. Leguin puso todos los cimientos con Ged para que Harry fuera... todo lo que es) y las sagas de adolescentes mejunjados de referencias que no conocen imperan. Leer por placer es un Ken Follet o similar. Tochos que hagan creer que no desperdicias tiempo en sexo y cotilleo si no que aprendes hasta Historia. Ser culto es una lacra. Crees abrir los dos ojos como lunas que pillan todo rayo de sol y, en realidad, sólo piensas en dormir y cerrarlos bien cerraditos. No sirve para nada. Pa'ná, señá Encarna, diría un castizo. Y bien dicho. Valle, Berlanga, volved, que tenéis material.

Que no me quejo, eh. Conste. Me molan los iletrados. Al haber tantos, uno quiere sentirse mejor porque se cree mejor y lo del ciego, el tuerto y todo eso. E inspiran algo de mesianismo didáctico. "Venga, que te enseño ya algo...", cosa que, en mi caso, es ridícula. Aprendo cuando escucho, callo y observo. A veces lanzo un anzuelo, porque si no, no muerden y sueltan lengua. Y disfruto tratando de descubrir qué lee la gente. Porque la gente lee. Historias en Twitter o cotilleos en Facebook. Pero lee. Joder, todo el mundo lee. Y wikipediando todo lo que no sabe, portal de inicio al que les lleva la curiosidad cómoda de googlear. Yo lo hago, copón. ¿Por qué eso va a ser menos que irse al índice de un buen libro, enciclopedia o diccionario?

En fin. Que me iba a quejar y me doy cuenta que no tengo motivos. Como siempre, claro. Más me duelen tonterías diarias, e incluso esas son eso, así, tonterías.

Va, leed lo que os pete. Pero si ejercéis el criterio, y eso se hace siendo culto, que no culterano o luterano, mejor. Sandoconsejo de hoy. Podéis ignorarlo. Y la graforrea de arriba.

Un saludo,

jueves, 11 de enero de 2018

Las reglas del juego.

Quizá venga al pelo la magnífica película de Jean Renoir, "La regla del juego", sobre lo que voy a reflexionar y opinar (y recalco, OPINAR) para ilustrar un curioso asunto.

Iniciemos. Todos aprendemos de niños que los juegos a que jugamos tienen reglas. Tratamos siempre de saltárnoslas y hay diversos métodos para encauzar al niño, ya sea dejando el juego, modificando ligeramente las reglas para adaptarlas al pequeño, dejarle ganar alguna primera vez, alternar diferentes juegos... la idea es que aprendan que hay un sistema normativo que envuelve su actividad concreta, la lúdica (realmente, toda actividad...) y su modo de relacionarse con los otros participantes de dicho juego. Bien. La tentación de hacer trampas (al inicio, burdamente, incluso soltando a veces un inocente "no mires" que preludia la trampa, pero más adelante exhibiendo ya artimañas elaboradas y sigilos propios de ninja) es constante, siempre. ¿Quién no ha deseado hacer trampas en los deberes, un examen o trabajo, en las entrevistas, en un trabajo para ascensos, y, siempre, en una relación? Ulises, el primer ejemplo de mentiroso, es hombre y usa el lenguaje como medio para sus fines. Mintiendo, claro.

Bien. Hemos llegado a un punto que es el de las relaciones entre hombres y mujeres. O entre mujeres y hombres. Permítanme acérrimas defensoras del lenguaje inclusivo que, siendo hombre, no por otra cosa, ponga "hombres y mujeres". Me conozco más a mí que al sexo femenino, y no por ser del sexo masculino, si no por ser yo mismo. En suma, dejaré de pedir disculpas por adelantado (una cuestión que puede explicarse por lo que más adelante narraré) y paso al punto ese de las relaciones.

Dos personas suelen relacionarse en base a un primer paso que es el del prejuicio. Observamos, escuchamos, y aplicamos una categoría que hemos aprendido (APRENDIDO) a lo largo de los años. Si eres niño, que las niñas son débiles, lloronas, imprevisibles, arteras, manipuladoras, más paradas y cobardes, histéricas, y tienen (si estás en esa edad de hormonas ya revueltas) una capacidad de complacer más amplia que la de uno mismo con sus mañas o manos. Prejuicio aplicado. Después está el segundo paso. Escuchas, ves, (entendiendo que te atrae la otra persona tanto por amistad como por interés sexual o por mil motivos diferentes) y puedes comprobar que ni es tan débil, ni tan llorona, ni tan imprevisible, ni tan artera o manipuladora ni tan cobarde (prudente puede ser por el prejuicio, basado en realidades, de que los hombres tendemos a la violencia) y ni mucho menos histérica. Y que si tiene, como tú mismo, las hormonas revueltas y os gustáis, puede que podáis aplicar la capacidad de complaceros mutuamente. O sin necesidad de hormonas, puede haber complacencia en mil cosas diferentes tan importantes o poco importantes como el sexo. Pero las señales siguen siendo necesarias. Así, al inicio, en esa edad temprana, no las reconocemos porque no las hemos vivido, partimos de la experiencia ajena, de la educación recibida, de las ideas y expectativas. Por ejemplo, somos incapaces de ver la pupila dilatada, la sonrisa, el gesto en el pelo o la postura corporal. Podemos intuir, pero no saber. Y errar. Y equivocarnos. Y en el error, aprender. Por entendernos, es como iniciar una partida de mus con las cartas sin saber qué representan, qué valor, cómo se juega cada ronda y qué significan esas señales con los ojos, la boca o la lengua que se hacen los contrarios...

Vayamos a la experiencia ajena y la educación recibida. Normalmente, nos educan generaciones previas a las nuestras, de entre 15 y 50 años, pongamos, de distancia. Eso significa que ellos no se han adaptado al nuevo tiempo con la misma celeridad y hacen de su hábito, y costumbre, ley. Hoy no me sorprende leer en páginas como Ascodevida, TL de Twitter, estados de FB, antiguamente cosas en Tuenti, y más y más redes sociales además de periódicos, foros y tal, diatribas contra la actuación de chicas y chicos. Siguen vigentes términos como "calientapollas" o "torpe", según se aplique a una (siempre con más virulencia...) u otro. Existe todo un catálogo de situaciones en las que los hombres suelen cagarla, como las mujeres. Y es curioso observar que, si es cierto la mitad de lo escrito (dudo de la veracidad de casi todo) las reglas del juego siguen siendo más o menos las mismas y más o menos cambiantes en las formas pero no en los contenidos. El aprendizaje sigue adelante, claro que sí. 

Si descontamos a los hombres que creen que pueden hacer a pesar de la resistencia o negación ajena lo que quieren (y ojo, sea con mujeres o con hombres, porque el caso  de esos hombres -y mujeres, que diría Loreta- es porque su educación les lleva a cosificar al resto, categorizar, quedarse en el primer paso sin más del prejuicio) y que, por tanto, necesitarían una reeducación (no hablo de campos en Siberia, Burgos o islas desiertas...) el resto somos (me incluyo) una nebulosa que tememos siempre lo mismo. Cagarla en el juego por desconocer todas las reglas y/o carecer de las destrezas suficientes para jugarlo.

Las reglas del juego de la seducción o la pareja no son claras. ¿Qué es pasar la línea? ¿Qué línea? ¿Quién la traza? ¿Sobre qué fundamentos la traza? Los movimientos pueden parecer agresión y las parálisis, indecisión igual de grave. ¿Quién inicia el cortejo? ¿Cómo es ese cortejo? En muchas culturas varía, tanto en lo geográfico como en el tiempo. Puede ser ella o puede ser él. Transgredir esa norma es siempre un acto rebelde que puede producir inesperadas consecuencias. En "El hombre tranquilo" (que siempre recordarán como película machista y bárbara donde John Wayne le pega azotes a Maureen O'Hara y luego la arrastra por un prado hasta devolvérsela a su hermano, arrojándola con desprecio, y que como película machista y bárbara debería desaparecer quemada en una hoguera según ciertos polos extremos...) el cortejo comienza cuando éste, el hombre, ofrece agua bendita de la pila a la mujer tras salir ésta de misa. ¿Eso es acoso? Previamente hemos visto los encuadres donde ambos se regalan miradas y gestos llenos de complicidad y tensión amorosa (no diré sexual, que luego me crujen) y por tanto, entendemos como espectadores que ambos se gustan, usando jerga que no pasa de moda.

Mil señales a las que estar atentos y que, sin embargo, pueden conducir a errores. La femme fatale de la novela negra es un ejemplo insuperable de prejuicio del que aprendieron muchos. Algunos volverán a acusar de misoginia a los Hammett o Chandler (qué viejuno soy, sí) por meter esos papeles no protagonistas de mujeres terribles que conducen a trampas mediante seducción a los hombres. Yo sigo penando por la dureza que supone para Bogart mandar a Mary Astor al cadalso, sabiéndose enamorado. O me da pena la torpeza infantil de Fred McMurray frente a una maquiavélica ama de casa como Barbara Stanwyck (qué viejuno soy, sí) y los miles de arquetipos similares donde el hombre duro queda convertido en arcilla en las manos de ellas. Es una forma de mostrar, desde el lado de la masculinidad, que los hombres también se equivocan y por muchos bofetones o golpes que den a las mujeres tratando de reafirmarse, son torpes, tontos, débiles y manipulables. 

Quizá la receta sea simple; confianza. Confiar en que la otra persona entienda qué sucede y que estáis en el mismo plano de existencia. Lógicamente, hay líneas que creo inamovibles. Si una mujer dice "No" con la mirada, con las manos, con la palabra, es no. Simplemente. No. El juego ahí no va de insistir. Va de reconocer. Hay noes firmes y claros. Y aunque pueden existir noes que invitan a reformular, será siempre dentro de las reglas de ese juego privado. En la seducción, inmersos ambos, hay un juego que sólo ellos dos conocen. Hablo de dos. Quizá pueda ampliarse, pero no sabría escribir sobre eso. Como digo, ellos dos conocen sus reglas. Propias y externas. Las propias son más ricas, pues se intercalan con las ajenas y están en constante construcción, modificación o derribo. Pero al inicio, sin confianza, aunque uno se lance de buena fe, puede errar. ¿Por qué? Porque no conoce las reglas, tiene únicamente las sociales, las de su entorno. Educación, educación y educación...

Ahora mismo hay una campaña nacida de las denuncias contra Harvey Wenstein (#Metoo) que ha subido y engordado hasta llegar a los Globos de Oro con Oprah Winfrey (un icono de tantas cosas en EEUU), aumentando con denuncias contra James Franco por parte de tres mujeres que le acusan de abusos o molestias o acoso (curiosamente, justo tras ganar un premio, aunque me han explicado que motivadas por la chapa que lucía James Franco en lo que es un alarde de cinismo...) y por el camino, llena de declaraciones torpes o balbucientes de personajes como Woody Allen o Quentin Tarantino, entre otros, además de un carromato lleno de palabras, buenas y malas intenciones, recordatorios (directores como Polanski) y casos nuevos o ampliados (Oliver Stone, Ben Affleck, Lars von Trier, Louis C. K., Steven Seagal, y muchos más) que a algunas (como el manifiesto firmado en Francia por Catherine Denueve y otras, tintado de antiamericanismo de manual) les parece una Caza de Brujas. Entendiendo aquel término como algo inserto en el Macartismo y no, por una vez, en el Imperio Español. Ya tenemos un clima.

Twitter y FB se han llenado de denuncias al hilo de esa campaña, y periódicos como El Diario publican una sección de "micromachismos" o prestan atención constante a casos concretos que las personas (mujeres, en su mayor parte) envían. Me parece bien que exista el clima. Me parece perfecto que las mujeres que se hayan sentido acosadas, que hayan sufrido abusos o que hayan sido víctimas de agresiones tan graves como una violación, lo denuncien. Me parece imprescindible que exista una punibilidad de dichas acciones acorde a las mismas, esto es, justas, y que reciban atención, ayuda y compensación por lo sufrido, máxime si estaban en situaciones de desequilibrio (profesional o económico) propicias al abuso de poder. Me parece necesario que exista una educación social donde hagamos del trato entre hombres y mujeres o mujeres y hombres algo igualitario, real. Que no se quede nadie en el puñetero primer paso del prejuicio, opinión y creencia sin más, cosificando, haciendo objeto al sujeto. Creo que es necesario impregnar la sociedad de esto, que no sé si es feminismo o simplemente búsqueda de la igualdad.

No voy a oponer ningún "Pero..." porque a lo dicho no hay peros que valgan. Sí me reafirmo en las preguntas previas. Podría escribirse un libro titulado "ligar en los tiempos del #Metoo sin perecer en el intento" o similar, que seguro quedaría obsoleto a los dos días, porque como he dicho, el juego del cortejo, de la seducción (no me gusta el uso el término "conquista", que implica muchos matices a los que deliberadamente renuncio...) y de la relación sensual y sexual es complejo y se formaliza mediante reglas subjetivas, muy personales. Y me asalta una nueva cuestión... ¿Es posible criticar algo sin caer, de pleno, en uno de los monolíticos bandos que siempre, en esta cada vez más sociedad binaria, se conforman? Porque antaño creía que los matices, las escalas de gris y los equívocos eran la esencia que entretejía el ser humano, pero parece últimamente que, como en las películas clásicas de Star Wars, todo se reduce a una lucha entre lado Luminoso y lado Oscuro. Y lo mismo que términos llenos de promisión como "libertad", "humanismo" o "democracia" han sido dados de sí, ensanchados por tantas y tantas cuestiones ajenas metidas a capón, me temo que esté pasando algo similar con otros que no mencionaré, porque dicen que un hombre hablando de esos temas está prohibidísimo y además de ilegal, engorda. Mi duda es, ¿puede todo movimiento no perderse en dicha dinámica, llegando a sitios que no eran el objetivo inicial?

En fin. Una reflexión y opinión que, como la de cualquier hombre o mujer, vale lo que vale. Mientras, me sigo quedando con las reglas de cualquier juego de rol, que tienen como primera y máxima principal la de "si alguna de las reglas de éste manual os impide la diversión, no la apliquéis, obviadla." Qué de sabiduría, y, cómo no, tiene que venir de lo más importante; un juego.

Un saludo,

miércoles, 3 de enero de 2018

Fobias.

Todos tenemos alguna, reconocida, oculta o latente. En mi caso, pasé años sin reconocer que me aborrecen los caballos. Lo siento por los equinos, no puedo estar a su lado tranquilo. Siento pánico, necesidad de irme y algún sudor. Puedo ver "Bojack Horseman" pero no estar al lado de uno montado o suelto. Me da menos miedo un toro, aunque le respete. No es racional, aunque alguien piense que tengo algún episodio de infancia reprimido o similar. No lo sé. Tengo una foto que demuestra que monté un poni, al menos una vez.

María Elvira Roca Barea ha escrito un libro titulado "Imperiofobia y la Leyenda Negra", un ensayo best-seller sobre las reacciones que provocaron imperios como Roma, Rusia o EEUU, centrándose más, al final, en España y su Leyenda Negra (que no requiere epíteto para situarla, por cierto) y tratando de entender ese odio a los imperios (lo califica de un tipo de racismo con soporte intelectual y además bien visto) y las consecuencias. Desde la primera página (prólogo de Arcadi Espada) uno ya sabe qué ideología tiene o parece tener la autora. Y no muestra miedo en decirlo, pues queda claro que la subjetividad afecta al estudio de la Historia. Porque, como disciplina sobre la humanidad, está contaminada de eso. Humanidad.

Yo he leído el ensayo seminal de Julián Juderías hace ya tiempo. Me gustó. Está escrito con un tono de risa vengativa hacia las potencias de Francia, Gran Bretaña o Alemania en el momento de la Gran Guerra. "Esos países que tan civilizadamente se han lanzado a la masacre y no como nosotros, neutrales..." algo así recuerdo que decía, destilando veneno contra ellos en la tinta. Un lenguaje de época, grandilocuente, mezclando hechos con pasión. La autora desde luego ha recobrado esa porción de estilo, me parece. Me gusta leer todo tipo de ensayo histórico y, si es posible, sobre temas controvertidos que me atraigan. La Leyenda Negra es uno de ellos, por cómo cae pesada encima de los españoles y el resto de países, sirviendo de coordenada para calibrar mediante prejuicios la actitud hacia el otro. Un ejemplo. En marzo de 2017, de viaje por el Muro de Adriano, coincidí con un tipo, Andy, representante en Europa de Konami, unos 50 años, con quien mantuve una conversación de casi dos horas de todo un poco y donde pude observar su percepción (británico culto, anglicano, padre de familia, viajante) sobre España. Me llamó la atención cómo, tras debatir sobre diversos temas (la Armada y la contraArmada, la Inquisición y las persecuciones religiosas, el exterminio deliberado o accidental de los indígenas americanos...) había mucha actualidad y presente en nuestras relaciones, lastradas por hechos que se ven diferentes según la construcción del relato hecho. Y la simpatía personal abrió el camino a la aceptación de la crítica ("Isabel I sobrevivió en el trono de milagro, María Estuardo recibió una propaganda feroz y falsa, igual que Felipe II") y el diálogo completo, constructivo. Pero son casos aislados. En Holanda y Bélgica he visto muestras de esa hispanofobia, producto de la propaganda que no cesa. En Londres, trabajando, también. Los sucios y vagos hispanos que no trabajan y hacen pillaje, degenerados. En Berlín, en Viena... incluso en las amistosas Lisboa o Roma. En Francia es muy claro el complejo. Viajar abre la mente porque ser visto desde fuera hace que te preguntes, a la manera de Camba, cuáles son las maneras de ser español.

En estos días inciertos de 2018 donde aún no sabemos si la virtual república catalana será real o quedará en el mercado de las bitcoins, sigo viendo las fobias que avivan muchos, de uno y otro lado. Y reconozco que hay fobias que son, puramente, prejuicio racista. Yo he expresado alguna vez mi fobia al sur de España, o más claramente, a lo que habita bajo la discontinua línea que zigzagea desde Oporto, León, Madrid, Zaragoza y Tarragona, y limita con ese sur imaginario. Es una fobia producto de muchos prejuicios y caracteres. También tengo fobia, adquirida, a Nápoles. Mucha. Pero son fobias transitorias. Si viajo a esos lugares del sur suelo encontrarme a gusto. Igual que a disgusto en algunos lugares al norte de dicha línea. Porque los lugares, los territorios, son pamplinas, estupideces, por más que impriman huella en sus habitantes. Son las personas que los habitan quienes me caen bien o mal. Igual que sus ideas las comparto o no, aunque luego sus actitudes y formas de actuar puedan ser discordantes o acordes a mi percepción de lo que me parece agradable o correcto. Las fobias son así. Irracionales. E irracionales son nuestros planteamientos, todos, puesto que parten del prejuicio, del desconocimiento, de la composición falsa. Pero cuando las fobias se atizan como hechos reales, propaganda (invento protestante, qué bien lo define Roca Barea...) buscando con ello un resultado que viaja al racismo y a la xenofobia violenta, buscando el aniquilamiento, sea físico o espiritual, del otro, pues... me jode. Porque se ha cruzado la única línea que considero inviolable. La de acabar con el otro por el mero hecho de ser eso, otro.

Ser español es un accidente, como lo es ser francés, alemán o etíope. De hecho, ser de Madrid o Carabanchel, de Lyon o el distrito 14 de París, de Berlín o de Brunswik, ser Afar o Mursi, son puñeteros accidentes. Ser un ser humano es un accidente cósmico, irracional, sin plan alguno en ello. Ser, a secas, es fortuna. Suerte. Ser y pensar. Ser y disfrutar conscientemente de ser. Ser negro es un hecho que se remonta a un par de millones de años, creo, mientras que ser blanco es algo accidental de los últimos 15000 años o así. Tener ojos claros u oscuros es riqueza genética, como pelo liso o rizado. Una vez asumido que somos accidentales, contingentes y no necesarios (como decían en el pueblo de "Amanece que no es poco") la vida se ve de otra manera, más tranquilamente. Los grandes monolitos que establecemos como hitos pierden su magnitud y hasta las estrellas nos parecen amigables. Por eso, las fobias, aunque normales, aunque impresas en nuestra genética, ceden ante la observación real, calmada, ajena.

Los caballos me parecen fascinantes. Pero no quiero tocarlos. Sé que su piel es atractiva y el pelo cepillado, precioso. Me parece una experiencia montarles y cabalgar. Si es la mitad de divertido que ir en bici, querría probarlo. Pero no por ello dejo de tenerles fobia. Porque, como he dicho, es irracional, incontrolable, aunque comprendiéndola, sé que lo llevo mejor, porque no dejo que me domine. Quizá, si todos jugáramos a ese juego, a comprender nuestras fobias, se atenuarían tanto que no nos daríamos cuenta de que las tenemos. No sé si em comprenen...

Una salutació,

martes, 5 de diciembre de 2017

Western, feminismos y opiniones varias.

Alcancé a ver "Godless" por un comentario de alguna plataforma social sobre que era un "western feminista". Me vi la miniserie (siete capítulos) y descubrí una serie que retoza sobre los clásicos elementos del western, sí. Espacios abiertos, enfoques fordianos (la puerta, la eterna puerta...) diligencias, forajidos implacables, tabernas, prostitutas de corazón noble, agentes de la ley esforzados, el choque de civilización y tierras salvajes o no tanto, indios... y mujeres. Es una serie muy interesante (los títulos de crédito tienen elementos copiados de "True Detective", que también bebe, como casi todo, del western) con personajes que entran en la categoría de "mola" y momentos épicos, como debe ser. Pero el feminismo...

Leo la columna de El Diario, panfleto como tantos otros (incluyo en la categoría, algunos con tipología de libelo, a El País, El Mundo, ABC, Público, La Razón, Libertad Digital, La Vanguardia, etcétera...) un artículo sobre dicho western. Y un dato me llama la atención, algo que me ha parecido  una tontería. A mí. Explico por qué.

Dice el artículo que se vendió como "western feminista" y luego tuvieron que girar todo precipitadamente en el último episodio. Bueno, en realidad, el último es el corolario de la persecución que se inicia en el primero. Y el duelo tiene el sentido que tiene (a pesar de que me sobran balas y forajidos) y es lo que es... más no puedo decir sin desvelar la trama. Es coherente, y respeta el tono y estilo que se ha dado a sí mismo desde el primer episodio, aunque tenga algunas debilidades a lo largo de las casi 7 horas.

Me resulta curioso en el artículo que se haga un análisis de la presencia femenina por el número de líneas de diálogo que dicen unos y otras. Al parecer, 3/4 partes de los diálogos los dicen hombres. Y así, de manera "científica", queda claro que no son las protagonistas. Vaya. Bueno. En las películas de John Ford no sé qué porcentaje tenían hombres y mujeres, pero yo no sé cerrar los ojos, imaginar un western o película suya y no ver a una mujer, su presencia, tan dura como el pedernal y más poderosa que un James Stewart, un John Wayne o un Henry Fonda. Porque ver a Maureen O'Hara, Katharine Hepburn, Vera Miles, Natalie Wood, Elizabeth Allen o las "siete magníficas" de su última película, por citar a las más conocidas (hay muchas más... y desde el mudo, que Ford hizo más de 100 películas...) es una gozada. Es sentir ese contrapunto, silencioso, que no silenciado, fuerte, potente, claro y certero. No tienen más líneas de diálogo, no aparecen más minutos en pantalla, estoy seguro de que cobraban menos, estoy convencido de que se intentaba dar al público un florero (pero a ver, ¿qué florero es ese de Maureen O'Hara mostrando a John Wayne cómo de testaruda es una irlandesa, que tiene que llevársela a azotes por el campo en una secuencia que hoy sería vista como la apología del maltrato más Technicolor de la historia del cine? O... ¿qué florero muestra Elizabeth Allen en "La taberna del irlandés", donde pasa de recatada y modosa bostoniana a mujer que toma las riendas sin ningún problema, en una muestra de "empoderamiento" que ya quisieran muchos hoy día? y son algunos pequeños ejemplos...) pero realmente, ellas, y John Ford lo sabía, se comían la pantalla. No existía hogar, no existía civilización sin las mujeres, y John Ford lo exponía. Y eran sufridas, sí, porque la violencia era el recurso natural, salvo en aquellos hombres extraños que no la ejercían contra ellas y por tanto, destacaban especialmente. Y reitero, sus porcentajes de diálogo eran, estoy seguro, muy inferiores a los de los hombres.

¿A qué viene la diatriba? A que en el cine importa lo que se muestra más que lo que se dice. Incluso aunque seas Lubitsch o Billy Wilder, o Woody Allen (seguro que es otro apestado ya...) y el diálogo sea necesario, ese diálogo ingenioso, chespiriano y heredero de las "Screwball Comedy" o el cine negro de los 30 y 40. Mostrar es, en el cine, lo más esencial, porque muchas veces, y ¡atención, revelación! lo que un personaje dice y lo que el espectador ve pueden ser dos cosas totalmente contradictorias. Y da para mucho esa contradicción. Un ejemplo más, esa magnífica historia mítica que desmitifica, de John Ford; "El hombre que mató a Liberty Valance". Que vale como puede valer "Rashomon" de Kurosawa, para ver que el relato no es plano. Porque hay diferentes puntos de vista.

Un espectador puede, en su buena voluntad, ver la serie y contar las líneas de diálogo que interpretan unos y otras. Y decidir que no es feminista como anunciaban, porque 3/4 partes las realizan actores, y la trama principal está llevada por los hombres. Me parece una manera muy ruinosa y poco dedicada de ver cine, televisión o cualquier otra cosa, estar contando así, pero lo respeto. Por mi parte, no me parece un western feminista, no. Pero no porque los diálogos o la trama se queden en los actores. No es feminista porque no necesita serlo, aunque se etiquete así para vender más "a la moda". Es una aventura. Es Western. Es una buena manera de revitalizar un género que nunca muere. Y Michelle Dockery, Merritt Wever o Callie Dunne, por poner a tres de las actrices principales, realizan un papel muy certero y que engancha desde el principio.

En suma, otro debate acerca de si se puede etiquetar todo para lograr un fin concreto. Vender más.

El artículo en cuestión.

Un saludo,

martes, 21 de noviembre de 2017

¿Pero qué cojones está sucediendo?

Me imagino que más de uno se hace esa pregunta. Yo he huido del Facebook y apenas participo en Twitter o redes cualesquiera (salvo chats privados de WhatsApp y visto lo visto, más bien poco y de manera más humorística) porque me siento abrumado. Hasta los cojones, diría aquel. 

En el mundo moderno (y hace 2000 años también) uno siempre la sensación de que se le escapa algo. O falta información o esta es excesiva y provoca ruidos. Sobre el asunto de Cataluña, me he visto de pronto superado. Independentismo, nacionalismo (de ambos lados) o el llamado "constitucionalismo" o "unionismo". Emociones. Mi opinión debería ser clara. Pero se da golpes con cada nueva afirmación o comentario o información que leo. Opinión también. Y me parece que la mía queda tan abollada e incierta que me cuesta emitir una.

Hay una guerra de propaganda brutal, por todas partes. No la había notado tan virulenta desde que tengo conciencia. Desconexión emocional lograda por mi parte, contemplo obnubilado relatos de tantas partes como agendas hay. Hechos que parecen claros de pronto son controvertidos, inexactos o malinterpretados. No hay verdad. Hay un objeto que, contemplado desde mi fantasiosa epoché, destella o muestra suciedad en tantas de sus facetas que ni sé qué objeto estoy contemplando.

Esa desorientación se hace más aguda cuando las etiquetas libran la batalla. "Las izquierdas". Los que, emocionalmente, son mis "buenos", me parecen absolutamente perdidos. Zombies. La izquierda debe apoyar el independentismo catalán aunque éste no sea absolutamente nacionalista porque es un modelo de revolución nuevo (¿Nuevo? ¿En serio?) que va a terminar con el sistema corrupto de la II restauración postfranquista. Y otro que dice que la izquierda no puede ser nacionalista nunca (dogma incansable) porque el nacionalismo es todo lo contrario que la izquierda (jerarquía vs horizontalidad, por ejemplo) así que "las izquierdas" son, ahora mismo... ¿Qué? ¿Quiénes?

El relato de Cataluña lo están manejando muy bien los partidarios de la independencia, sea por  los motivos que sean. La muchachada (y no muchachada) está viviendo una efervescencia revolucionaria como la de un Mayo del 68 o un París de la Comuna, sin fusiles, sin prusianos o adoquines, pero reconvirtiendo esos hechos en símbolos con la policía nacional o la guardia civil como enemigos y representantes de un Estado represor. ¿Dónde empieza la defensa de la Constitución y dónde empieza el Estado que reprime? ¿Se unen, tienen caminos paralelos, entrecruzados, divergentes? En mi reflexión sobre el relato de Cataluña vuelvo a perderme en paralelismos y sonrío ante la "Revolución de las Sonrisas" que ya no sé si es de los que saben algo y no lo comparten o del resto ante los que dicen saber algo pero no saben nada.

Puede que mis fallos de entendimiento vengan de la desconexión emocional que he alcanzado, como dije, y no me zambulla intensamente en los remolinos sensitivos que pueden estar agitando el pantanoso debate, limitándome a contemplar la superficie oleaginosa y cambiante de ese inmenso pantano. Puede ser eso, o también mi incapacidad para extraer, separar, revisar y unir los datos que llegan día tras día por tantos y diversos medios. Al final es cuestión de aceptar un relato o no, de creértelo o no, de permitir que avance una historia cuyos protagonistas generan empatía o no, donde suceden giros de trama creíbles o no. La suspensión de la incredulidad que pedía Hitchcock y que dejaba paso a la lógica emocional y dramática de la historia que narraba en imágenes.

¿Se puede no aceptar el relato de una Cataluña oprimida en la España postfranquista y represora que busca su libertad con paciencia y en paz, tanto como el relato de una España potente que sufre el acoso indigno de una panda de insolidarios egoístas y criminales que rompen con esa potencia? ¿Se puede no estar de acuerdo con que se mande la policía a la expresión, sea charada o entusiasta, de una votación por la independencia, y de que la violencia ejercida además de un error se ha magnificado en exceso? ¿Se puede estar en desacuerdo con Rajoy y su gobierno y con Puigdemont y su govern? ¿Se puede estar en desacuerdo con los supremacistas que piden sólo catalán y los que sólo piden castellano? ¿Se puede no estar de acuerdo con que España es un estado de fascistas y que tampoco son fascistas los que buscan la imposición de un estado en Cataluña? ¿Se puede? ¿Puedo?

Si puedo, entonces tengo libertad de expresión, un derecho fundamental, aunque hoy día no sirva para nada, porque la libertad de expresarte no dignifica la expresión ni obliga a escucharte a nadie. Simplemente, sigo preguntándome... ¿Pero qué cojones está sucediendo?

Un saludo a todos,

viernes, 3 de noviembre de 2017

Hogar.

El día 31 de octubre de 2017 fue la primera noche que pasé en mi vieja casa, la casa de mis padres, de mi familia, el hogar en que viví 32 años hasta que me independicé en 2008 y me marché. Hasta 2017 he vivido en compañía de Cristina, con quien me casé en 2011, y de quien ahora me he separado para divorciarme. En el camino, 7 años en Alcorcón, 2 en Madrid, viviendo juntos, dos hipotecas y dos hijos. Y un gato. Ese balance, en crudo, no expresa los sentimientos y emociones, como cuando nació mi primer hijo y le sostuve en brazos como algo nuevo, extraño, un cuerpo ajeno al propio pero completamente propio en todo sentido. No muestra los momentos de tensión, de descubrimiento, del día a día donde evolucionaba, crecía, mostraba su personalidad y la influencia de nuestra crianza. No habla de los momentos de duda, de crispación, de duelo, de dolor, de miedo, de inquietud. Nuestro gato, mi gato, cayó en 2016 por la ventana de la casa, cinco pisos hasta el patio, salvándose milagrosamente, aunque herido. Lo pasé muy mal, me hizo rememorar el dolor de la pérdida, transmitido por mis padres tras sentirlo respecto a mis dos hermanos. Y mi hijo mayor se hirió varias veces, caídas, golpes, sangre, gritos de dolor, aullidos que queman la piel y penetran hasta los nervios haciéndolos hervir. El mundo se ha tornado carne palpitante, sensible, doliente. Emociones puras, sentimientos sin doblez, perspectivas sencillas.

En 2017 tomé la decisión de separarme. Arreglé mi casa, la casa donde nací y viví con mis hermanos y mis padres mientras los iba perdiendo. Mi hermano mayor, Carlos, un modelo y un enigma. El siguiente, Félix, un caso perdido según todos, extrañamente blando en mi memoria. Luego mi madre. Después mi padre. Las marchas, huidas, gritos, portazos, abrazos de reconciliación y frases de enseñanza, refranes que no lo eran y sabidurías manadas de silencios o palabras en cascada. Las resistencias a la realidad, a los cambios, a las novedades, o su búsqueda impulsiva, creyendo en ello hallar soluciones, respuestas. La vida es un continuo transitar por falsas certezas y sombras de certidumbre. Arreglé la casa, como digo, y el martes 31 de octubre pasé mi primera noche en ella.

Al contrario de lo que temía, ningún fantasma me acosó, ningún recuerdo pendiente de resolver me hizo mella y atrapó mi sueño. Dormí como nunca, cansado de la excitación del nuevo hogar, mi hogar, nuestro hogar, el nuevo hogar de mis hijos y mío. El día siguiente hice la presentación, afrontando el examen más exigente que recuerdo, más nervioso que ante un final de carrera. Estuvieron mis hijos conmigo. El mayor durmió en su nueva casa, despertó conmigo, me abrazó, me besó, me quiso, me habló, sentí la cercanía de su piel, de su cuerpecito, de su voz, de su mirada anhelante, repleta de cariño, de inteligencia, de amor. De futuros posibles sin escribir, por escribir, por desear. Y tras un día intenso, rutinas, colegios, parques, tareas varias, le dejé en su otra casa, la de su madre. Y volví a la mía.

Me volqué en varias tareas. Me distraje viendo series. Limpié, ordené, arreglé, planifiqué, pensé. Y entonces entré en su habitación. Vacía, los juguetes aún sin recoger en la alfombra, el vacío de su ausencia, el eco apagado de su voz, sus palabras, su sonrisa, su cariño. Toqué la cama donde reposó mi hija, dormida plácidamente, ausente, creciendo entre leche materna y abrazos, voces cálidas y pequeños paseos. Y me sentí solo. Como nunca.

Perder a mis familiares me debería haber preparado. Esto es una separación temporal. Apenas hay 1400 metros de distancia, un cuarto de hora andando, cinco minutos en bicicleta. Un río entre medias, ese río frontera de mi infancia, adolescencia, juventud y vida adulta que separaba el barrio del anhelo, del sueño, de la aspiración que situaba en el otro lado. El río que delimitaba tantas cosas y cuyo cruce suponía incursionar en la novedad, la excitación del explorador que holla tierras promisorias. Ahora al otro lado se encuentran dos tesoros, dos nada ocultos, que ningún pirata lograría intercambiarme por miles de gemas o el tesoro del galeón español más rico del océano. Dos personitas que son mi prioridad, coordenadas y deseo mayor. Al otro lado del río se encuentran de nuevo mis deseos, aspiraciones y anhelos.

Mi hermano, el que me queda, Ángel, ese bruto sabio que sintetiza la poliédrica realidad, me advirtió. Vivir en soledad no es fácil, no todo el mundo está preparado para ello. Nunca. Hay que ser consciente que algunos saben y pueden y, otros, no. No sé qué tipo soy aún. Sé que sin mis hijos mi vida sería infinitamente más triste, gris y opaca. No son excusa de nada. Con ellos he escrito, leído y hecho mis primeras pequeñas obras. Tras ellos, junto a ellos, seguiré haciéndolo. No escribo casi nada desde inicios de año, apenas leo, pero mi ingenio, el que tenga, lo invierto en cuentos, historias, relatos y distracciones para el mayor e ideas para que pueda recibirlas la pequeña. Mi mejor obra no existe aún, ni siquiera puedo decir que sean ellos, porque fue en común, una labor compartida y que seguiré compartiendo con su madre, aunque no la quiera, aunque no sienta el amor del que dudé y he certificado que desapareció hace tiempo. El afecto de adultos es extraño. Se compone de miles de pequeñas cosas, pero lo puedo reducir a complicidad, pasión y compromiso. Queda el compromiso. Y es el compromiso más importante que he adquirido jamás, por encima de hipotecas, deudas, libros por escribir o éxitos cualesquiera. Cambio mil premios por la mirada anhelante y sonrisa de mi hijo al contarle una historia, embelesado y perdido en mis palabras entonadas para hacerla más viva. Trueco cualquier nuevo aparato electrónico por un juguete con el que verle disfrutar, sean mis enanos pintados hace 25 años o un pequeño muñeco de plástico. ..

Y es extraño, pero en mi casa nueva que es vieja se superponen todas. Veo el mismo suelo de cerámica negra y nubes blancas a las que asignaba formas, caras, imágenes. Allá el viejo filósofo, en el baño los patitos caminando tras la madre, en la cocina la vieja de nariz ganchuda, en la terraza las trincheras de mis soldaditos de plástico. Veo el mismo mueble donde había de todo, herramientas, clavos, tornillos, cartas, libros, manteles, fotos, toallas, licores que probé a escondidas, la televisión que no podía ver salvo cuando me dejaban. Sigo en la misma penumbra que siempre he sentido (toda la vida me ha parecido una casa oscura, aunque ahora luce iluminada como nunca; quizá ensombrecida por las tragedias...) a pesar de disfrutar de iluminación LED. Aún evito mecánicamente puertas, huecos, trozos de pared que ya no existen. Miro en dirección distinta a pesar de saber que no estoy mirando a la acostumbrada. Siento, veo, percibo, y todo se superpone, se mezcla, aunque la realidad que mis ojos me muestran sea otra. La que he configurado, la que he modificado para lograr un sueño.

Un hogar. Un hogar parcialmente vacío, preparado como un mausoleo sin vida que torna hogar cuando él está en la casa, emanando más calidez que cualquier estufa, radiador o chimenea. Mi hijo llena con su presencia cualquier espacio en el que esté, y sé que más pronto que tarde lo hará igual mi hija. Ellos, en realidad, y no las paredes de esta casa, son mi hogar. Siempre. Y en él moraré hasta que ellos me dejen.

Llegar a estas palabras me ha costado mucho. Es un punto de partida, un cruce de caminos o un final, no se sabe. Me da igual. Mañana les veré. Y siempre que pueda, quiero verles. El amor que siento hacia ellos es tan superior que lo envuelve todo. He tomado mis decisiones. Sé por qué. Ahora falta que, en este primer día de más de diez mil, de muchos más, aprenda a seguir el consejo de mi hermano y sepa hacer de mi soledad un motor provechoso. Cuando vaya liberando mi mente como desembalaba cajas, cuando ordene y sitúe todo en su sitio, sabré que no he hecho más que una porción del camino. Como siempre. Como es.

No tengo más patrimonio que mi tiempo, y eso, todo, derrochando o gastando sin tasa, será de ellos. Junto al don de la risa y la certeza de que el mundo está loco, podré seguir haciendo de la soledad una aliada.


Un saludo,