Buscar dentro de este batiburrillo

jueves, 26 de febrero de 2015

Agh, soy un hombre.

Dígase con el tono Jack Lemmon en "Some like it hot". Y ya sabéis la respuesta; "Nadie es perfecto". ¿A qué la reflexión? Por este artículo de mi profesora de escritura creativa, Silvia Nanclares. Que me ha encantado y tiene más razón que un santo. Perdón, una santa. O a saint, que en inglés no parece tener género, como siempre los muy degenerados...

La pregunta que me veo obligado a hacerme es, ¿y qué hago con mi masculinidad? O, primero de todo, ¿qué es eso? Me han criado, educado y tratado como a un hombre. O algo así, porque yo solía ser gordito y con gafas (lo primero a rachas, lo segundo ya no) y por tanto tenía ese estatus raro entre los hombres de "Mmmmm... dudoso". Los años y las lecturas me han enseñado que sí, tenemos un mundo patriarcal, más o menos desde que los indoeuropeos bajaron de las montañas rudamente y dijeron que su dios se follaba a la diosa madre sí o también. Y dentro del folleteo venía también la sumisión. Agáchate, maldita. ¿Ven? Western, el género por excelencia de hombres. Perdón, HOMBRES. John Wayne, Clint Eastwood, Charlton Heston... Joder, pero luego ves todo John Ford y piensas "copón, ahí quien lleva los pantalones, aguantan carros y carretas más que los blanquitos y son más duras que el pedernal son ELLAS. Ellas son las heroínas". Pero sigue siendo el epítome de masculinidad igual que el musical lo es del gayerismo o la femineidad. O algo así. Y no respondo, ¿qué hago y qué es eso de mi masculinidad?

Soy hombre, no puedo evitarlo igual que no puedo evitar haber nacido en Carabanchel. Biológicamente he ido aprendiendo qué es eso. Socialmente también. Emocionalmente, aún sigo en el lío. Y cuando sale el tema de feminismo-machismo, pienso que los extremos son... extremos. Un amigo mío siempre me califica de "la mujer de tu relación", respecto a mi esposa. Claro, ella es la que hace jornadas de curro largo y yo soy el funcionario que dispone antes de su tiempo. Ella gana más que yo. Ella se esfuerza más que yo. Intento hablar todo con ella, acordarlo todo, negociarlo todo, como haría con un amigo o un conocido. Trato de llevar equilibradamente con ella todas las cargas, pero ni con esas acierto muchas veces. En ocasiones, silenciosamente, con ese punto de sacrificio mudo que exhiben muchas mujeres, prefiere apartar un problema que no sé ni que existe y resolverlo ella misma. ¿He dado ahí un paso atrás o me lo han dado?

Yo quiero ver muchas veces el mundo desde los ojos de una mujer. Mi madre quería que yo hubiera nacido como tal, y tenía hasta nombre, Sara. Pero salí el cuarto menor de cuatro hombres. Y mi percepción de las mujeres se labró viendo a ésta, dura, trabajadora, parlanchina y vivaracha, inteligente sin estudios y más astuta que los consejeros de Bankia. Me enseñó algo básico, a respetar cosas que no comprendía. Como mi hermano, claro. Mi relación con las mujeres comenzó buscando el equilibrio entre un raro amor cortés y casi medieval fantástico, y la depredación sexual del carnívoro ansioso. Aún hoy... 

Otra mujer que conocí, de la que puedo decir que me inquieta pero no atrae, me comentaba que los hombres vivimos este tiempo desconcertados por la pérdida del poder, y casi asegurando que nuestro reblandecimiento había fortalecido la resolución femenina. Vamos, que nos culpaba por dejar que ellas fueran más emancipadas. Libres. Mejor la sumisión y la estupidez que fomentan las sombras esas de Grey. Pero lo cierto es que algo hay. Incertidumbre en lugar de certidumbre total. Cuestionamiento. Miedo. Y eso empuja a negociar, siempre el mejor paso a la igualdad, pues quienes negocian se saben iguales. 

Me gustaría tener la capacidad empática absoluta de ver a través de los ojos de una mujer. Pero biológicamente no puedo. Me siento más afín a un hombre. Y tampoco. Me siento a veces ajeno a tantos hombres... quizá el problema es que pienso en género y en sexo. Será que soy un degenerado anglófilo... Pero mientras tanto, sí que creo que seguimos ignorantes de la capacidad heróica femenina que no tiene por qué darse a la sombra del hombre de turno. No es ser una superheroína que da tortas musculosas. No es ser un espejo deforme de ellos. Quizá es algo sutil, indefinido, propio, similar a las protagonistas de los Primeros 100 de la trilogía marciana de Kim Stanley Robinson. Una especie de Hiroko... una historia de matriarcado muy interesante. 

Yo qué sé. Muchas mañanas me cuesta ser yo mismo... no digamos ya ser un hombre. Un mensch que le decía su vecino a Jack Lemmon en "The apartament". Si al final, todo termina circular y cómicamente en un mismo dios. Billy Wilder... 

Un saludo,

martes, 24 de febrero de 2015

Un miedo

Quizá ya lo he confesado antes. Tengo pánico a quedarme en la calle. No es quedarme en la calle en sí. Es la invisibilidad, el convertirme en un objeto mugriento odiado por todos. En un zalamero y empalagoso mendigo que aprecia las monedas con sonrisas sin dientes, o en un hombre o mujer de sonrisa casi estúpida. Tengo pánico a dormir al raso, bajo quicios de portales o dentro de cajeros. Del desprecio, de la indiferencia, del dolor por saberme excluido. Tengo horror a ser algo que nunca recobrará su ser. 

Es un miedo común, dirán, que no todos se plantean. Pero en la sociedad que el sapiens ha montado, existen estos hombres. Mendigos, pobres, pedigüeños, vagabundos... dad el nombre que deseéis. Excluidos. Este miedo lo sigo teniendo, aún hoy. Más hoy. Porque quien está así, royendo la acera, ha perdido muchas cosas, casi todas, pero la más importante; a sí mismo.

Cojo el tren cada mañana. Y regreso pronto, sobre las tres y algo. Un día pude observar un hecho extraño. De Chamartín a Recoletos, dos mendigos pidiendo en los vagones. Uno mudo, dejando papelitos con una foto donde sostenía un niño de unos 12-15 meses. Dejaba los panfletos, recorría el vagón, los recogía (casi siempre sin nada) y se marchaba sin decir nada. El otro de Recoletos a Atocha. Éste cantando su canción de miseria y circunstancias. Debo decir algo. Vestían normal. Incluso el segundo tenía mejores zapatos que yo. No significa nada, pero me llama la atención. No son ya desharrapados. Visten como cualquiera. Ambos, sin embargo, eran como profesionales de la mendicidad. Tono e inflexión casi automática, en voz y  gestos. No podía creerlos, pero sus historias podían ser reales. ¿Por qué no?

Entonces entró el tercero. Un hombre de casi cincuenta, pero aparentaba ser más joven, treinta y muchos o cuarenta y pocos. Bandolera. Voz temblorona. De Recoletos a Atocha, no hay tanto trayecto. El segundo mendigo, que estaba acurrucado en un rincón del vagón contando monedas y mirando un móvil, cuando le vio se levantó discretamente y marchó a las puertas. El tercero habló. Mala cabeza, peores decisiones, perder el taller de su padre (un taller mecánico) y arruinarse la vida él y los empleados que tenía. Su familia... de pronto comenzó la migración, todos a bajarse en Atocha. El hombre se hundió. "Sé que no quieren escucharme, seguro que tampoco llegan a fin de mes, y no quieren historias como la mía." Empezó a murmurar, avergonzado. Humillado. Era real. Yo me bajé en Atocha, pues debía cambiar de tren. Y allí le dejé, lleno de hastío, pensando qué hacía allí, seguramente pensando que se podía topar con algún conocido de otra vida cuando su sonrisa no parecía tan desesperada. ¿Y qué pasaría? Un diálogo imaginado, circunstancial, comprensivo entre dos o tres paradas hasta despedirse con apuro y sin ofrecer realmente nada salvo algunas palabras. ¡Pero palabras de ánimo! Quizá tan sustanciales como un bocadillo, dos euros o una botella de agua. Sentí punzadas de dolor y curiosidad. ¿Cómo perdiste el taller? ¿Qué te sucedió? ¿Quiénes te dieron la espalda? ¿Tenías a alguien?

Hoy he vuelto del trabajo también en Renfe. Pero esta vez la protagonista era una mujer. No sé, unos treinta o cuarenta. Dicen que la calle envejece prematuramente. Vestida bien. Y en un tono ácido, perdido, desesperanzado, ha contado parte de su historia. Era maestra infantil, decía, y sin trabajo y a punto de ser desahuciada. Y casi que nos regañaba porque de antemano no la ayudaríamos, ni siquiera la miraríamos a la cara regalando, quién sabe, un instante de luz, de reconocimiento y visibilidad. Ella no existía.

Tengo miedo. De que al no ver, nos hagamos también invisibles nosotros. Indiferentes a todo. El hombre moderno escamotea su responsabilidad con miles de excusas, todas válidas. ¿Quién soy yo para hacer nada¿ ¿Qué tengo para paliar su desgracia? ¿Cómo podría dar algo más? ¿No puede otro hacerse cargo? ¿Lo tendrá merecido, o incluso me engaña? Y así muchas más...

Un saludo,

lunes, 12 de enero de 2015

¿Y qué es la risa?

Creo que hay algún ensayo de Henri Bergson sobre el tema (no lo he leído) e incluso un libro de Aristóteles perdido por ahí, pero no se piense la gente que hay tanto escrito al respecto. Total, es algo tan natural, que nos sale sin pensar... pero la risa es algo muy serio. Mucho.

Con lo de París, el "Charlie Hebdo" y los islamistas radicales y tal, vuelve a mentarse el asunto de la libertad de expresión y sus límites. Y la risa tiene mucho que ver en ello. Porque reírse de algo es, muchas veces, el último recurso para mantenernos cuerdos. Comenta Beevor en su libro "Berlín, la caída 1945" sobre su toma por los soviéticos que en la ciudad no paraban de circular chistes negros. Uno de la navidad de 1944 era algo así como "Sé práctico, por estas fechas, regala un ataud". En la España franquista (ese modelo autoritario no fascista según no sé qué diccionario analfahistórico) también se hacían muchos, algunos desde los mismos que apoyaban a Franco, Franco, Franco (jo, qué santísima trinidad sheldoniana esta) y servía igualmente para no perderse en la locura. "El Jueves", en España, muchas veces tiene el raro honor de informar más y mejor que muchos supuestos diarios periodísticos y de noticias...

Reírse es una actividad muy sana. Si alguno no se ríe, malo. Es un tipo peligroso. Y es que todos los tipos autoritarios y de corte totalitario carecen de un sentido del humor sano. No digo que no tengan sentido del humor, que pueden tenerlo, siempre que las risas no sean sobre ellos... la risa es crítica, es examen, es poner al descubierto de manera brutal algo que nadie quiere que se conozca. Siempre recuerdo a Guillermo de Baskerville (donde hay buenos dogos) en "El nombre de la rosa" (¿o era "de la risa"?)

"- Guillermo de Baskerville: ¿Qué hay de malo en la risa?
 - Jorge de Burgos (castellano recio tenía que ser...): La risa acaba con el miedo. Sin miedo no hay fe. Porque sin miedo al diablo, no se necesita a Dios."

Hace poco comencé a ver el especial de José Mota (sí, un poco tarde, pero qué quieren... uno ve lo que ve cuando puede verlo, no cuando lo quiere ver...) y éste ejercía como siempre su humor (y es muy  bueno) pegando bolazos a todos y todo. Burlas a "enemigos" de la cadena o políticos, vale, pero... ¿y? caía para todos. Y lo hacía bien. ¿Se imagina alguien a José Mota asesinado por un Esperancista o un miembro de La Sexta? (que pué pasar...)

El humor es necesario. Provocar risas es imprescindible. Si no reímos, la vida es gris. Y hay que reírse de todo. Otra de las citas que me hacen feliz cuanto más las leo es la de Sabatini, aquella que da comienzo a Scaramouche:

"Nacio con el don de la risa y la intuición de que el mundo estaba loco. Ese era todo su patrimonio."

¡Que gran verdad! ¿Imaginan un mundo sin risas? No las malévolas de un republicano estadounidense o las falsas de un sátrapa oriental. No las retorcidas de un norcoreano o las huecas de un político cualquiera. No, las risas de un niño que hasta que lo malean y le encajan ríe de todo y de todos abierta y francamente. Porque no está limitado. Como sí lo están todos los demás... que convertimos la adultez en el adulterio de la inocencia.

En fin. Leo muchas tonterías de lo de París, lo del Islam y tal y cual. Para mí, que soy ateo, cualquier religión es negativa porque ampara siempre extremismos de todo tipo. Y cualquier ideologías es peligrosa por lo mismo, aunque no es tan imprescindible eliminarlas como las religiones, solamente repensarlas. Eso sí, el cinismo de ver a decenas de líderes mundiales codo con codo por París, defendiendo allí la libertad de expresión, cuando en sus casas son todo lo contrario... no tiene precio. Bueno, sí; unos 20 muertos y los más que estarán por venir.

Pero tendremos que reírnos, porque si no, la poca cordura que tenemos se irá al garete...

Un saludo,

lunes, 29 de diciembre de 2014

¿Fin de qué?

Según nuestro bonito calendario, adaptado del romano e incluyendo en él un cambio fundamental, acabamos un año más... aunque, realmente, si nos fuéramos al siglo III a.n.e., comprenderíamos que hace 2.300 años, más o menos, el año no terminaba ahora, si no en marzo.

Y es que es absurdo, cuando existen cuatro estaciones tan claras que Vivaldi o Piazzolla les dedicaron composiciones propias. En pleno invierno, de pronto, el año termina y comienza otro. ¿Y eso por qué? Aún queda en nuestro cerebro codificado un rasgo del cazador-recolector, el de emigrar en este tiempo y buscar abrigo para luego celebrar el renacimiento de la vida allá por el mes de marzo, esto es, la primavera. Que es cuando comenzaba el año romano y muchos, muchos años en muchos calendarios.

¡Oh, qué revelación! En absoluto. Pero vivimos un mundo tan cuadrado, tan tecnificado, tan troquelado, que hemos olvidado que las cosas no "son así". No lo son. Hace 2.300 años, un suspiro, ya nos sentíamos "modernos" con nuestra escritura, tablillas (de barro cocido o cera sobre madera) y transportes, establecimientos de comida rápida y espectáculos casi casi de masas. Pero aunque un decreto administrativo de un poder jerárquico que nadie recordaba por qué estaba ahí (¿los dioses? ¿las elecciones? Elijan su ficción...) determinara que el año comenzaba el 1 de enero, mes de Jano, nadie se confundía. Septiembre a diciembre eran los meses 7 al 10. Y los otros dos hasta marzo hacían el completo de 12, un ciclo. Y marzo, marzo era el mes del nuevo año...

Saco esto a colación por las muchas y diversas ficciones y creaciones que nos creemos con profunda devoción. Me da igual que sea el cristianismo o el ateísmo furibundo y troll. Aunque puestos a elegir yo soy de la segunda opción. Me da igual que sea creer en un hombre vestido de color Coca-Cola o tres (¿tres? ¿no eran más?) señores que abandonan sus reinos para peregrinar llevando regalos que hoy nos parecen absurdos. Me da igual que sea pensar en un tipo loco de un desierto que se creía más que ciertos judíos o cristianos, al final todos megalómanos. Es el gusto por la ficción y nuestra afición a convertirla siempre en realidad cuando es eso, una mentira.

Yo escucho y veo ficciones todos los días. De algunas participo por pura complicidad social y no quedarme aislado de la tribu. De muchas reniego y las evito si puedo. Pero esta del calendario, las horas, los minutos y segundos, los días, las planificaciones y las particiones, aunque no puedo escapar, no puedo evitar tampoco odiarlas. Tiempo... siempre insuficiente porque una vez cuantificado descubrimos qué escaso es. Y aunque no sea más que un humilde peatón de la historia, permítanme decir; ¿valía la pena que por llegar a tiempo a las fábricas y así hacer prosperar las producciones decimonónicas, base de muchos de nuestros males, quedáramos todos esclavizados por un ente llamado "reloj" y "calendario"?

Me imagino la carcajada, si pudiera, de un hombre como nosotros, pero hace 15.000 años, otro suspiro, al conocer tras arduas explicaciones qué es eso de lo que hablamos. Él, desde luego, reiría pero se pensaría después, rascando la cabeza, si, en términos de especie, no estaba haciendo algunas cosas mal...

Un saludo,

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Cuando los reyes se desnudan.



Desde las elecciones europeas estamos hablando de ellos y de él. Desde aquel día, de pronto, es como si se hubiera agrietado el estuco o el trampantojo de nuestra “sólida” Democracia y estuviéramos viendo las vigas y cimientos de ésta nuestra II Transición. Repentinamente, como cuando descubres en casa un desperfecto que lleva a más, te das cuenta de la ruina del edificio.

Podemos” y Pablo Iglesias. Es curioso. 100 años después, otro Pablo Iglesias. Del primer socialista en sentarse en el congreso de la I Restauración de Cánovas y Sagasta, al otro y su partido. De la palabra “Regeneración” recuperada, o quizá nunca olvidada. De las “crisis institucionales” jamás resuelta. De las críticas a una “casta”, llámese entonces “oligarquía” o “caciques”. De un sistema corrupto puntuado en la cúspide por un monarca Borbón. Y de cómo los partidos Liberal y Conservador, llámense PP o PSOE, se terminan uniendo en una indefinida y verdadera línea defensiva de intereses, de los de siempre.

De este partido y su líder no diré nada. Me interesa más, mucho más, lo que dicen de ellos y quiénes lo dicen. Porque su aparición ha quebrado la placidez de un discurso hueco y que raspaba como una piedra pómez, pero que servía igual que una para cimentar nuestro futuro. No al momento, pero casi, tras la estupefacción, la sorpresa y la boca abierta, comenzaron los insultos, las descalificaciones, los ataques y las sornas. De “esos chavales de coleta y mal vestidos” al “su programa económico es inviable y lleva a la ruina”. Se ha pasado por todo el espectro del insulto y la oposición. De todos. Todos. Eso es lo llamativo. Todos. Los últimos en RTVE y ese “Enhorabuena”, pero antes los Marhuenda e Inda, los Rojo y los Pedro Sánchez, los Rajoy y los IU estupefactos. Todos. Los empresarios y Libertad Digital (que dedica monográficos diarios sobre cómo nos vamos a convertir en una Venezuela cubano-norcoreana si sacan siquiera un voto los de Podemos) y también los que han abusado de la palabra “populismo” cuando ellos lo practican día sí y día también. ¿Pero todos? No, hombre, solamente aquellos que conformaban tiempo atrás la llamada “mayoría silenciosa” que ha resultado de un estruendosa que asusta.

Cuando les atacan sale de pronto la bilis y rabia por encontrarse con un producto nuevo, descontrolado, sin aparente vasallaje a medios financieros o periodísticos. Sale el temor a perder lo conseguido mediante el zurcido de un traje a medida llamado “Democracia”, palabra zarandeada de mil maneras y más chuleada que una puta de Montera. Pero… ¿qué “Democracia” defienden contra Podemos los anti-Podemos? Unos, la II Restauración plácida, borbónica, respetuosa de las rancias tradiciones españolas de siempre (robo, sonrisa, chulería, palmadita en la espalda, donativo caritativo y ayudita moralista, desprecio y envidia al esforzado, manipulando el verdadero esfuerzo en penitencia o castigo católico cristiano… y más cosillas del solar éste tan arrasado) y por tanto más inmovilista que la cruz de un carlista. Otros, la falta de enchufe en dicha II Restauración haciéndola cómoda para ellos. Los más, un concepto del que no tienen ni puta idea (aún recuerdo con mucho, mucho sonrojo, que “el no poder votar en Cataluña es un triunfo de la Democracia” de cierta líder popular… qué oxímoron, pardiez) pero al que recurren como quien hablaba de Cristo y los Santos. “Democracia” y “Constitución” no se usan, se chulean, como digo, y queda más que nunca de manifiesto cuando se ataca a Podemos.

Hay un riesgo. En tanto ataque logran que el clásico sentimiento de amparo lleve a muchos indiferentes o distraídos a apoyar a Podemos por el síntoma de “están abusando de ellos” y por tanto requieren nuestra ayuda. Da igual programa o líder. Es el chaval o chavala que sufre acoso. Nos entra rabia. Y pensamos que “algo hay, si tanto les atacan”. Este riesgo viene de no aplicar la indiferencia que se consideraba peligrosa. Han optado por no ser indiferentes, y por atacar con la mayor concentración de rabia que recuerdo. Pero los matones agradan poco...

Como he mencionado, lo que dice Podemos me importa poco. Me interesa más lo que dicen quienes les atacan. Es como los reyes antaño. Tenían bufones a los que permitían hacer chistes con la realidad, dejando así escapar un tanto las tensiones. Los reyes y nobles de antaño, los oligarcas, los generales, la “Casta” de siempre. Las clases privilegiadas que se estudia en 1º de Marxismo. Por eso, cuando aparecía alguien dispuesto a disputarles esos privilegios, a eliminarlos, actuaban siempre igual; primero indiferencia y ninguneo. Después, advertencia de los peligros que supondría terminar con su “stablishment” para dejar que entraran otros. “O nosotros o el Caos”. Cuando perdían (y no siempre perdían del todo) llegaban los exilios dorados, las conspiraciones, las compras de voluntades, las tergiversaciones y manipulaciones de los términos e ideas, y, finalmente, la eliminación física agresiva mediante una guerra, asesinato o similar de quienes habían declinado convertirse en meros bufones y querían cambiar esa jerarquía. El Caos, vamos. Estamos en el segundo paso. El ninguneo previo a las Europeas terminó y ahora se está cumpliendo la profecía de Podemos; la Casta tiene miedo. La Casta contraataca (muchas veces me cuesta diferenciar “Casta” de “Caspa”) y la Casta luchará porque los mimbres del cesto (curioso artículo de El País…) efectivamente están roídos, podridos y mal enlazados. Y algunos se han dado cuenta.

Los reyes, cuando actúan así, muchas veces lo hacen para enmascarar su desnudez. Si para esto ha servido que exista Podemos, ya es algo. Lo demás…

Un saludo,

martes, 4 de noviembre de 2014

La corrupción Delos...

Tres historias voy a mezclar.

Cuando tenía, no sé, 8 o 9 años, mi hermano, que me doblaba en edad, me propuso compartir una hucha de hojalata que me había regalado mi madre. En ella meteríamos lo que ganáramos cada uno y lo sacaríamos luego más adelante para alguna cosa que nos apeteciera a ambos. Parecía una buena idea. Entonces acumulé monedas de cinco duros, tan preciosas para jugar a las maquinitas entonces, o incluso las gruesas de cien pesetas, las "libras". Llené la hucha de hojalata con el tintineo de las monedas al caer, primero sobre el fondo cantarín y despues sobre el hueco lecho de más monedas. Y pasó el tiempo. Pero un día sucedió algo extraño; eché una moneda y sonó de nuevo cantarín, un fondo metálico nuevo, liso... vacío. Descubrí que la hucha tenía la ranura ensanchada y las monedas salían fácilmente con ayuda de algún cuchillo o similar. Y me di cuenta que mi hermano mayor se lo había quedado todo. Lloré, pataleé, me quejé... y aprendí la lección.

En el año 480 a.n.e., los griegos siguieron el consejo de un tipo listo, Arístides. Ateniense de pro, no quería que los persas volvieran a coger a los griegos de las diversas polis con el himation sin abrochar, y para eso convocó una federación con un tesoro común, cuya idea era la de financiar la defensa de la Hélade contra el bárbaro persa. Juntaron plata, oro y cuanto tuvieran de talento y lo ahorraron en Delos, ciudad con vinculación religiosa y que por tanto parecía proteger la parte ética del asunto. A saber, que el dinero era únicamente para pelear contra los persas. Pero los atenienses, que usaban funcionarios de su ciudad para la gestión y protección del tesoro de la Liga, pronto fueron corrompiéndose hasta el punto que con el bueno de Pericles, ese gran estadista, tomaron el tesoro de Delos para otra finalidad; embellecer Atenas y legarnos, por medio de esta corrupción, un patrimonio arquitectónico casi completo (si descontamos lo que anda disperso por el British y otros museos o colecciones privadas) aparte de una ciudad enriquecida no solamente con el trabajo en sus minas. Los griegos aprendieron también la lección... y cada uno guardó su dinero en su casa.

Durante los años 50 de nuestro viejo siglo XX, muchos países de Europa, entre medias del capitalismo salvaje de EE.UU y el asfixiante y bondadoso abrazo soviético, desarrollaron una socialdemocracia que buscaba un término medio. Y en él, consideraron que estaría bien lograr que los ciudadanos contribuyeran, según su renta y patrimonio, a la causa común de tener una seguridad social universal, con asistencia sanitaria y prestaciones de jubilación y similares, así como una educación y servicios públicos de calidad que beneficiara al total de la población. La idea cuajó y se copió en otras partes, incluso la democracia orgánica de Franco, Franco, Franco. Y así nació un sistema que guardaba en una hucha, llamada "de las pensiones", lo que pagaban como cotización los que entonces trabajaban, pensando en ellos como los siguientes que disfrutarían de ese beneficio. Esto es, un trabajador que tuviera 30 años, pensaba que podría llegar a los 60 o 65 (gracias a la asistencia médica universal) y disfrutar de una renta cuando dejara de trabajar, igual que los que entonces y en su momento ya tenían esa edad. Se suponía que era un esfuerzo a largo plazo, de solidaridad mutua, y con una visión de bienestar que trascendía nuestra individualidad pero no nos alienaba. Cuando la crisis de 2008 estalló en todo su esplendor, Europa entera descubrió que ese beneficio estaba en un brete, y que sin una URSS amenazando, no pasaba nada si se desmontaba (algo que Reagan y Thatcher ya habían comenzado a hacer en los años 80 como si los soviéticos se fueran a desintegrar...) y se usaba el dinero ahorrado para otros menesteres. En España, en concreto, se ha usado ya casi el 100% de la llamada "hucha de las pensiones" para pagar la deuda, y a día de hoy cotizar no significa tener dinero para una jubilación futura y una pensión, e incluso tampoco para una sanidad gratuita, cada vez más copada de repagos. Ese dinero se ha convertido en una fuente para pagar la deuda que los gobernantes tomaron en nuestro nombre... sin usar el suyo como responsables.

Tres buenas ideas que terminaron en corrupción y desviación, en un cambio de sus objetivos. Siempre con lo mismo, cuando hay mucho dinero (y ese "mucho" depende de cuánto tenga alrededor para comparar el aspirante a corrupto) hay mucha tentación. Y la tentación se debe controlar. Si mi hucha la hubiera controlado mi madre, o el tesoro de Delos funcionarios espartanos, o el dinero de las pensiones un cuerpo de funcionarios ajenos al Estado, quizá, quién sabe, a lo mejor... pero ya saben que los funcionarios públicos somos escoria agarrada cual garrapata al pelaje del animal al que chupamos la sangre. Esto es, gentuza. O quizá no tanto...

Un saludo,

martes, 7 de octubre de 2014

¡Ébola!

Así, entre exclamaciones para reflejar el pánico que existe hoy mismo. Aunque la sorpresa no sea tan mayúscula...

Tenía pensado yo hacer comparaciones y símiles jocosos entre los murciélagos que parecen ser los creadores de esa enfermedad y las gaviotas que blasonan las banderas del PP, o entre los confeti y jaguares y los trajes de protección, pero es que no puedo. No tengo ánimo de bromear. Lo que ha pasado es, simplemente, una negligencia criminal.

No tengo otra manera de definirlo. Que dos ministros, uno conocido por su catolicismo a ultranza o ultra (Margallo) y otra por su incapacidad en forma de sordera y ceguera colectiva (Mato) hayan tomado la nada intrascendente decisión política de traer a un enfermo de esta brutal enfermedad a España, como pago o favor a una poderosa congregación religiosa (San Juan de Dios) con varios centros privados hospitalarios, es una decisión arriesgada y muy criticable. Máxime cuando se les dijo "¡NO!" desde instancias médicas. Que lo hicieran además a un hospital en proceso de desmantelamiento (el Carlos III) era ya inaudito. Que se obligara al personal eventual bajo amenazas y coacciones a tratar al misionero, un delito laboral y contra la salud pública. Pero con el primero salió la cosa adelante; no hubo contagio.

¿Saben en qué consiste la ruleta rusa, verdad? Eso de poner un revólver de tambor, de 6 huecos, con una bala, darle vueltas y ponerse el hierro en la sien, apretar el gatillo y... oye, 5/6 de probabilidad de que no te pase nada. Pero hay una probabilidad, de casi el 17% de que ocurra. Que la bala salga y te mate. Pues nada, los responsables indicados, más los políticos de la Comunidad de Madrid (Consejería, directivos y responsables del hospital La Paz-Carlos III) decidieron seguir dándole vueltas al tambor. Y la segunda vez que apretaron el gatillo, la bala sí que salió.

Sumen a esto cursillos ultrarrápidos de 45 minutos. Trajes de protección de todo tipo y formas que no son fáciles de poner y quitar. Gestión de residuos biológicos arriesgada. Nulo respeto a los protocolos (¿qué protocolos?) y falta de material y personal. Sumen la creencia de que somos capaces cuando no lo somos, y el desastre está servido. 

21 días dicen que el virus tarda en desarrollarse. 21 días para que una pandemia nos coja confesados. O no. Que puede pasar, o no. Pero el pánico, la paranoia, el miedo, están ya en la calle. Y cuando se les escucha hablar, o mejor dicho, balbucear, en ruedas de prensa, éstos crecen... 

Yo, de nuevo, digo; bien, que investiguen qué pasó, resuelvan el problema, traten de curar a la enfermera, revisen los trajes y procedimientos, aislen a los posibles infectados (¿ya nadie recuerda qué es una cuarentena?) pero que no se olvide quién y cómo y por qué trajo el desastre a nuestro país. Un desastre que los vecinos europeos miran con estupor y mandíbula caída. Pero claro, ellos aún no saben que nuestra marca, la verdadera Marca España es la que es.

La chapuza.

Un saludo,

miércoles, 1 de octubre de 2014

Fuck Democracy!

No me extraña el hastío y coqueteo de muchos intelectuales a lo largo de la reciente historia con formas de gobierno diferentes a la democracia. Limonov, Céline, Baroja... la tentación totalitaria ha estado en ellos y en muchos de signos opuestos, ya de izquierdas o derechas, progresistas o conservadores. La tentación de trascender a los manipuladores de los mecanismos que controlan un Estado y lo llaman "democrático".

Porque con el asunto de Cataluña esto ya revela al rey desnudo y a sus consortes de tetas caídas. Que si "lo democrático es seguir la legalidad" y otras frases igual de vacías o "lo democrático es votar" como bálsamo placebo. La ley es algo no inmutable, ni universal, ni tampoco justa. Es una norma. Y las normas se pueden cambiar si cambian los motivos o las bases que las sustentaban. Ejemplo, los ciudadanos. Por tanto la ley no es democracia, es un producto vivo de la misma. La ley, señores, es un instrumento, no un fin en sí misma.

También votar es un instrumento. Y ambas dos cosas juntas generan parte de esa democracia. Parte. Minúscula. Lo que hace de una democracia algo real es la separación de poderes efectiva, la rotación de cargos, el Check & Balances constante y la negociación. La negociación de los ciudadanos con sus gobernantes mediante instrumentos de control de la representación que han otorgado. La oposición a sus decisiones si mayoritariamente así lo piden. El constante conflicto dialéctico del que nace el lugar común producto de la negociación...

Votar y tener leyes. Qué bonito. Rajoy exclama que la ley está por encima de cualquier cosa, Mas o menos. Mas, que votar es lo más democrático. Y todos los demás nos preguntamos por cuán imbéciles nos tienen. No voy a relatar qué tipo de ficción me parece el nacionalismo (español, catalán, vasco, gallego, andaluz, asturleonés...) ni qué tipo de terror resulta de ellos. Un par de guerras mundiales, numerosas civiles y tal, avalan ese producto. Sí quiero hablar de democracia.

Baroja hace pesquisas en alguna de sus memorias ("Comunistas, judios y demás ralea") sobre qué era ser fascista. No lo tiene tan claro como otros, ya se sabe que era muy rebelde, para todo. Limonov lucha contra Putin y su Rusia buscando una especie de imperio URSS nacional. Y Céline disparataba muchas veces contra todo y todos, llegando a afirmar que Hitler estaba muerto y les gobernaba (horreur!) un sosías judío...

Ellos conforman, curiosamente, parte del verdadero pilar de toda democracia. La libertad de decir lo que se piensa, sea una sandez o genialidad (calificativos que pueden variar con el tiempo según quién esté en el poder y decida qué es cada cosa en cada momento...) incluso si lo que afirman busca derrocar esa democracia.

En España NO HAY DEMOCRACIA. Ejemplos como el de "Victus", no hace mucho, lo demuestran. Que de la Casa Real (o irreal) no se sepa más de lo que los muy cuidadosos medios tamizan y transmiten en propaganda fiel, lo demuestra. Que la justicia esté delimitada claramente para delitos de político, de "economista" y de peatón, lo demuestra. Que el Congreso y el Senado sean cámaras blindadas (paseen por sus cercanías y verán de qué hablo...) en todo sentido, donde nadie se sale de la postura del Partido, Partido, Partido, lo demuestra. Que los gobiernos no sean más que títeres de poderes económicos ajenos a la voluntad de las personas, lo ratifica.

Por eso, cuando emergen tentativas como la catalana (una huída hacia delante, amalgama de muy diversos deseos) si uno es sensato se sienta y respira tres veces, tratando de dilucidar por dónde van a colársela. Pero también un escalofrío de intuición recorre su cuerpo. ¿Y si eso es la chispa que...? ¿Y si es la manera de estallar las costuras de algo que...?

Al final, uno tiene tentaciones. Tentaciones de ponerse del lado de los fuertes, de los más fuertes, y soltar un Fuck Democracy! sonoro y vibrante. Claro que el bueno de Unamuno renace y ríe. "Venceréis..."

Tampoco es que necesiten convencer a nadie. Y lo de la República, República, República (repetir tres veces ante un espejo para que aparezca un coco con escarapela y le arree un sopapo) tampoco parece convencer a nadie. Porque no debe tener buenos padrinos...

Un saludo,

martes, 23 de septiembre de 2014

Esa esperanza en el ser humano...

Venga, vale, hoy me he levantado más cínico y misántropo de lo normal. La acidez de estómago que proviene de las neuronas que se sublevan al leer noticias. Porque si ya me indigné en su día con el traslado del religioso infectado de ébola al Carlos III (sabiendo que éste hospital está desmantelado por su integración en el de La Paz) y que obligó a un cursillo urgente de unas horas al personal temporal (interinos y demás) que no tenía ni idea de cómo enfrentarse al asunto y que estaba presionado y amenazado para cumplir con el tratamiento, pues ahora me indigno el doble.

Resulta que volvemos a hacerlo. Bueno, el gobierno. Como favor y prebenda de aquellos religiosos que mantienen algunos de los hospitales privados más fuertes de España (ora et cobra, sabia pecundia) se vuelve a poner en marcha todo el contingente de gasto público (el de todos) para salvar a otro misionero. Y antes de seguir, sí, magnífica labor la de estos misioneros que se parten el pecho fuera por curar males que son peores que los de casa. Abnegados y solidarios. Lo respeto. Pero pidan ustedes que si les secuentra un ISIS de esos del Mahdi (o del nuevo profeta reboot) les vaya a salvar Morenés con la fuerza aérea española. O que si están repartiendo agua en Somalia y les pilla un fanático con ganas de degollina por lo de los piratas tengan a una de nuestras flamantes fragatas patrullando para salvarle. Los cojones, que diría aquel. Usted no pertenece a una gran organización con cruces en su camiseta y está jodido.

Así tenemos que se pueden saltar todos los controles sanitarios, arriesgarse a una epidemia (¡por segunda vez!) en contra de las voces discrepantes de médicos, virólogos y expertos varios, y traerse al misionero que, repito, alabada sea su labor, más no el rescate que teatral y pomposamente ha puesto en marcha el Muy Católico Gobierno de Su Majestad Felipe VI. Y entre medias tenemos la noticia espeluznante que ha sublevado a mis neuronas.

Hola, ¿qué tal? No, no es el suero Z-Mapp, que suena a marca de Citröen. No, no es un tratamiento experimental. Es un medicamento llamado Sovaldi. Que vale 60.000 euros. Que desde luego no va a costear el Muy Católico Gobierno de Su Majestad Felipe VI. Y que obliga a cosas como hipotecarse para salvar la vida. Así de crudo.

En mi universidad dábamos un poco de economía. Un profe que iba de guay libegal nos dio nociones. "Cañones o mantequilla". La disyuntiva de los Estados. O invierto en producir mantequilla (alimentar a mi población) o en cañones (enfrentarme a mis vecinos) y tengo que encontrar el equilibrio para que no me invadan por mi mantequilla pero tampoco yo esté hambriento y tenga que hacer lo mismo con los vecinos por su mantequilla. En cualquier caso, es sencillo; el Estado tiene opciones. Debe elegir en qué invierte. Y en lo que invierte, en lo que pone la pasta (que es lo importante) define sus ideas y objetivos. Que se fleten aviones para recuperar misioneros infectados de ébola, trayéndolos en contra de opiniones de expertos (lo siento, pero me fío más de los médicos de La Paz y el Carlos III que de los asesores primosh y cuñadosh del Ministerio de turno) y se siga obviando el otro problema, el de los infectados de hepatitis C, con c de "Curable", me repatea. Cañonazos para matar moscas y nada de mantequilla para los tuyos.

Desde luego, en el caso del medicamento, se dirá que es caro, que algunos sí lo reciben, que... pero es que esto es el otro debate. ¿Dejamos que las multinacionales dicten quién vive y quién no, según su nivel de renta? ¿Dejamos que el negocio marque la línea dentro de la cual estás protegido y fuera de la cual eres tercer o cuarto mundo? Parece que sí. Y por eso, cuando se ataca a algunas formaciones cuyo nombre no repetiré como "populistas" y "demagógicas" y todo eso, me río. Que Pedro Sánchez hable de espectáculo político sentado en un sofá con un cantamañanas de la tele que va de Évole malo, no deja de ser una ironía tan grande que roza el sarcasmo.

En fin, que cada vez que tropiezo con estas cosas que hace el ser humano, amo más a mi gato. Al menos se acurruca a mis pies y da calor mamífero.

Un saludo,

**EDITO**

Parece que sí va a haber tratamiento con el Sovaldi para la hepatitis C. Veremos a qué coste, a qué población y cómo. Así que debo incluir este acierto, o rectificación, en el mensaje. Y con cautela pero también cierta felicidad...

lunes, 25 de agosto de 2014

Eh, todos tenemos una opinión...

Navegando por la red (esa que no detiene la caída de la estupidez humana) te encuentras muchas cosas. Yo soy asiduo a algunas páginas de humor donde los usuarios se desahogan con tuits o mensajes irónicos, y de esa manera descubro muchas veces cosas de "actualidad" como lo del reto del agua fría o el café de la biblioteca. Sin contar con noticias que, en ocasiones, parecen sacadas de El Jueves, como la del japonés que buscaba inseminar mujeres para tener hijos que le votaran o que católicos senderistas pongan cruces en la Sierra de Madrid... hasta ¡Pérez-Reverte! (leer a lo Chanante) publica tuits sobre temas de actualidad como el estrambótico caso de la chica de Málaga y los cinco tipos que la violaron o hicieron un gang-bang, cualquiera se atreve a afirmar lo uno o lo otro. 

Lo cierto es que algo inapelable es que en internet todo el mundo, todos todos todos, tenemos una opinión. Yo mismo estoy ahora emitiendo una sobre opiniones. Metaopinión, pueden llamarla. O métetela por donde el... eso. Mi opinión es que tenemos muchas opiniones y poco tiempo para leerlas todas, analizarlas, discutirlas o debatirlas y sacar algo en limpio. La Red (en términos apocalípticos) produce tal cantidad de estupideces que no hay tiempo de separarlas de las escasas ocasiones en que no es así, creando un efecto como el de un buscador de oro que tamiza la playa con un cedazo minúsculo y éste queda obstruido por la arena y el agua... aunque luego siempre puede hacer un castillito de playa. El ruido, como digo, es obsceno, altísimo, ensordece y mitiga toda opción de debate, reduce las construcciones lógicas a un "sí/no" básico, un juego de prejuicios y de dualidades. O estás con o estás contra... y enseguida viene el encasillamiento que impide avanzar en la discusión de tal o cual opinión.

Porque a ver, yo tengo opiniones, claro. Del agua fría, que es muy interesante concienciar a la gente pero acaba siendo una especie de juego de popularidad para ver quién es más concienciado con, aunque luego haya algunos que bromeen al respecto como Charlie Sheen. Del tema del café, recomiendo el último relato del  recopilatorio "Mañana todavía", de Javier Negrete, para comprender qué podemos conseguir con ese neolenguaje de Orwell. Sobre el japonés hijo de un multimillonario... que hay material de novela futurista, sin duda .Y de los católicos senderistas en el Guadarrama... otro caso de neolenguaje al hablar de "libertad" en la colocación de cruces en las cumbres. Y qué decir de mi favorito, el oscuro caso de Málaga... ahí no tengo más opinión que no tengo claramente una opinión. Porque no sé qué ocurrió, y me abstengo de decir por tanto nada. Es tan confuso que no me siento capaz de decir nada.

Pero opinar es gratis. Como dice mi amigo Óscar, parafraseando a no sé quién, las opiniones (como la boca que las emite) son como el culo; todos tenemos uno y producen la misma mierda. Claro que uno podría decir que más digerida, blandita, durita, suelta... eso, por desgracia, requiere que cada uno ejercite su olfato para discernir qué ha comido quién y así saber porqué defeca, perdón, opina eso.

Un saludo,