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martes, 9 de abril de 2019

Islam, o "ese" islam.


En la adjudicación de dogmas y pensamientos de la Izquierda (así, en mayúsculas puras) de nuestro país y creo que muchos más, hay una especie de dogma que funciona así.

Los nazis mataron a los judíos (malvados nazis) ---> Los nazis provocaron que les echaran de Europa y se tuvieran que asentar (pobres) en Palestina como mal menor (malvados nazis) ---> Al llegar allí los judíos se enfrentaron a los árabes que llevaban unos 2000 años poblando esas tierras, árabes mayormente musulmanes que querían literalmente "echarles al mar" y que se habían aliado con los nazis más o menos (malvados musulmanes) ---> Pero los judíos se portaron tan mal con los musulmanes como los nazis antes con ellos, y llevan reprimiéndoles y ocupando sus tierras muchos años (normal, si les llevas allí con unos tratados de partición tan british) (malvados judíos-israelitas-sionistas) ---> los judíos utilizan tanques, cañones, ametralladoras, y los pobres musulmanes de las "intifadas", tirachinas. Y maltratan a todos, mujeres, niños, adolescentes, y les privan de agua y les meten (cómo no) en un gueto territorial que controlan con puño de hierro (malvados judíos, pobres musulmanes) ---> lo que hacen los judíos es lo mismo que han hecho los colonizadores europeos toda la vida (de ellos aprendieron) empezando por los crueles conquistadores hispanos (de portugueses, franceses, holandeses o británicos, otro día hablamos) y que han saqueado, expoliado, empobrecido y arrasado con medio mundo dejándolo en "tercero" y por poco no en "cuarto" (malvados europeos asesinos y colonizadores, nazis y conquistadores...) ---> Por tanto, los judíos ful, los musulmanes pobres, molan, y si hay terroristas sueltos "no representan al islam" aunque si hay tarados de ultraderecha que matan, esos "no representan a occidente pero sí a las derechas". 

Más o menos y simplificando (alguno me dirá que complicando) este es el argumentario para llegar a lo que hoy día pasa. Israel es un ente nazi. El islam es una religión de paz que no tiene culpa de radicales (El ISIS es una mutación, claro) y tenemos que pedir perdón por todo y todos de aquí ahora a mil años atrás más o menos. Occidente, digo. Somos culpables, y si exhibimos orgullo (el que sea) fachas y tal. Las izquierdas, por tanto, compran las contradicciones entre feminismo y hiyab, entre terrorismos "buenos" y "malos", entre religiones caca como la católica y fetén como la islámica. Y de paso, compran (lo meto en el saco) que los nacionalismos no centralistas o ignífugos (no sé si llamarlos "centrífugos") son de izquierdas, pero los centrípetos son lo puto peor (RAE, soy vulgar).

¿A qué mi enfado? Estoy hasta los mismísimos del blanqueo (como se dice ahora) o soslayo acerca del islam. De TODO el islam. Que es un blanqueo que ennegrece al catolicismo (¿necesita acaso más mierdas? Homofobia, pederastia, hipocresía, un sistema de control y poder que... Y, sin embargo, muchos de los valores predicados, que no practicados, me resultan necesarios y aplicables, ahora, durante y antes, cuando los copiaron de los pensadores y filósofos de la Era Axial, unos 500 años antes de que Pablo se inventara esa religión, como el otro iluminado, Mahoma, se inventó la suya, en pura envidia y en zona desértica... Debe ser que genera eso alucinaciones muy duras. Pero me desvío...) y se pone en sombra su mierda, como la de toda religión. Sea la rama chiíta o sunita.

En Irán, Sotoudeh, una activista que aquí no he oído comentar a nadie de la izquierda, ha sido condenada a tropocientos años de cárcel y latigazos. Un perfil de ella que apenas aparece en diarios, salvo de derecha o de risa, y para poner en solfa lo que todos saben; que Irán es un régimen totalitario con el islam como base ideológica. Tampoco es que importe; de Irak nadie sabía nada hasta que Saddam cayó y le sustituyó una turba de locos que, entre otras cosas, alimentaron el Estado Islámico que hoy parece que ha caído o caerá. De Emiratos Árabes Unidos (un islam que coexiste a la fuerza con otras religiones) y Arabia Saudita (una monarquía teocrática), la gran defensora del sunismo, no se comenta nada salvo la venta de armas para guerras como Yemen. Las mujeres, en general, no gozan de muchos derechos en cualquiera de estos países (desde Marruecos a Arabia Saudita, yendo a Indonesia y pasando por el centro-norte de África) ya que el islam se ha superpuesto, adoptando o empeorando, situaciones previas de control y sumisión (anda, "islam" significa eso...) de las mujeres. Curioso que las feministas siempre aludan a la iglesia católica (sí, bien) como represora, pero olviden esa otra religión donde, millón arriba, millón abajo, unas 800 millones de ellas no están muy liberadas que digamos.

Igual que no podemos atribuir a la Iglesia Católica todo lo que hacen sus miembros, tampoco podemos atribuir al islam todo lo que hacen aquellos que se dicen seguidores o creyentes. Pero sí podemos decir que una y otra religión amparan siempre lo que hacen esos tipos, siendo por tanto un paraguas protector de sus delitos y fechorías varias. Sean homofobia, pederastia, apalear a gente diferente, robarles la educación, postergarles por motivos tan ridículos como tener la regla o gustar de gente del mismo sexo, privarles de posibilidades de mejor vida... Sí. Eso sí podemos decirlo. Y decirlo no es islamofobia como tampoco es catolicofobia el denunciar aquellas instituciones que amparan, ayudan, incluso promueven ciertos comportamientos, actitudes y valores que, al final, llevan a lo de siempre; controlar a los demás.

La Izquierda, las izquierdas, han comprado ese discurso dicotómico de "si el catolicismo es malo, el islam es bueno" sin más. El argumentario que he dado más arriba (ridículo, y que se puede rebatir, extender y explicar punto a punto) es quizá demasiado complejo para más de uno que se queda en "pobres árabes, somos malnacidos europeos cristianos". No...

Nos ha costado siglos domeñar a las sectas del cristianismo. Gracias a la pervivencia de la nada ultramontana y radical influencia de la religión romana (pagana, dirán) y de un derecho civil fuerte, consolidado (a punta de gladius pero también de toga) hemos logrado que las sectas cristianas no impusieran sus visiones unívocas y equívocas del mundo. Pero esa batalla, que siempre implica apagar fuegos que surgen de nuevo de cuando en cuando, no puede darse por ganada cuando tenemos, a las puertas y tras las puertas, otras sectas islámicas que buscan derribar lo que aún nos queda de resistencia contra cualquier religión y dogma. Y no, no quiero sonar bélico, pero lo soy. Lo que más me jode, dicho en plata, es que ninguna izquierda ha sabido atacar ese problema y lo han servido, en bandeja de piedra, a partidos como VOX (¿Por qué, por qué destruir así la memoria de un diccionario tan amado?) que lo han tomado y sacan rédito porque preocupa, aunque sus propuestas sean purria. Algo que en el resto de Europa llevan años haciendo ese tipo de partidos y, aquí, las izquierdas (Podemos, el PSOE según su día, alguna otra nacionalista que pasa del tema) han dejado con un simple "católico caca, musulmán mola". 

Y así estamos.

Por cierto que, si no ha quedado claro, aborrezco el islam. Más que al cristianismo y su secta católica. Porque en el islam se dicen barbaridades sin tapujos que, como la Biblia, son para cagarse, pero lo peor es que, en el cristianismo, han tenido que luchar contra un DERECHO CIVIL que no se ha doblegado demasiado, mientras que en el mundo islámico son PUTA FUENTE DE DERECHO. Y después de dicho eso, me seguiré considerando de izquierdas, porque no me concede ese carnet nadie...

Un saludo,

miércoles, 3 de abril de 2019

Pedir perdón.

Muchas veces, pedir perdón es terapéutico. Para quien lo pide y para quien lo recibe. Quien lo pide, porque reconoce un mal, algo mal hecho, algo mal pensado. Para quien lo recibe, porque repara su moral, la sensación de que sí vivió una injusticia y no una normalidad. Un ejemplo, los etarras que piden piden perdón a los familiares de sus víctimas. Ambas partes suelen sentirse mejor. Es un gesto que aumenta la empatía, el bienestar. Y, como suele decirse, cierra una herida y pasa página, permitiendo que la vida no quede estancada en aquel momento, sea el que sea.

Otras veces, sin embargo, exigir disculpas todo el tiempo revela un estado de ansiedad, de miedo, de inseguridad y de desprecio propio muy elevado. Alguien puede cometer un error una vez, pedir disculpas y no volver a hacerlo o, si pasa de nuevo, explicarlo. Si ese error es reiterativo, entonces ya es otra cuestión. Puede ser por falta de empatía, por falta de atención o por falta de capacidades. Si es lo primero, mejor alejarse. Si es lo segundo, evaluar las razones no está de más (qué le distrajo) y ver si es por falta de respeto o por distracciones varias. Y si es por falta de capacidades, comprender, empatizar y buscar la manera de mitigar su efecto. Errar es humano (herrar también, creo) y enmendarse o intentarlo, un ejemplo de interés, de esfuerzo. 

Las disculpas, sin embargo, tienen un momento temporal. No es lo mismo esperar que alguien se disculpe por algo que pasó hace una semana que por algo que sucedió hace diez años. La espera siempre aumenta la sensación de culpa, aunque objetivamente no sea así. El victimario y la víctima pueden tener percepciones muy diferentes de lo que ha sucedido. Una persona sin hijos puede considerar estúpida la rabieta de un niño de 9 años porque esa persona haya pisado un juguete que vale 5 euros en cualquier tienda. El niño puede sentir que han quebrado su universo al privarle de un juguete al que estaba muy apegado y significaba cosas inmensas. La valoración es subjetiva. Y el tiempo en pedirlas o en darlas, también lo es. Lo que es inmediato o no ocupa mucho tiempo, en fresco, suele ser mejor. Salvando muchas cuestiones. Lo que tarda más (por lo que sea) suele generar algo de encono. Lo que no ocurre en años o décadas, puede derivar en violencias y separaciones. Y luego están las extemporáneas.

Esas disculpas, como las que pide el presidente de México a España y el Vaticano, por ejemplo, suelen ser ridículas. Porque se pide a personas que no estuvieron implicadas, instituciones que han cambiado desde aquel momento, en lugares y tiempos que no son los mismos, pedir disculpas por algo que, normalmente, o se ha olvidado o almacenado en el baúl de agravios del abuelo. No son peticiones sinceras, ni lo son las que se dan (muchas veces, el "dar la razón como a los locos") y son vergonzosas. Avergüenzan al que pide (por aquello de que ocultan otro interés, como desviar la atención) y al que tiene que explicar el porqué no las da. No ayudan. No sirven. Luego siempre está la pregunta, la gran pregunta... ¿Hasta cuándo alguien va a pedir disculpas y otra persona darlas? Porque ahí entra otra dinámica, la de culpabilizar, que nada tiene que ver con la restitución que decía en el primer párrafo y sí con la búsqueda de una palanca para cambiar una situación de poder. De pronto la víctima ejerce de victimaria exigiendo mediante la culpabilización a otros, en términos de identidades similares, restitución imposible.

Pedir perdón es básico. Pero esperar de la persona que lo pide que caiga en la rueda de la humillación constante, genera rupturas. Solicitar que alguien lo pida es importante. Pero creerlo, es más importante aún. Y lo que es más relevante; un día podemos ser nosotros quienes lo pidamos y, al otro solicitarlo. Porque siempre cometeremos algún error con los demás. Y estará bien sentirse tranquilo pensando que, quizá, nosotros sabremos perdonar y ser perdonados de manera fraternal. Suena católico ("igual que nosotros perdonamos a nuestros deudores") pero no significa que eso sea negativo. Al revés. Pecar de orgullo sí lo es. Aunque, siempre, es bueno tener un poco de orgullo propio.

Un saludo,

martes, 26 de marzo de 2019

Heroísmo de cine.

Entre los diez y los purrutantos, incluso ahora, disfruto de pelis donde hay acciones de esas que casi lloras. Los hombres que desembarcan en Normandía de "Salvar al soldado Ryan" y mueren a decenas hasta alcanzar el búnker nazi. Los rusos masacrados en "Enemigo a las puertas". La demostración suicida de valor final en "Grupo salvaje". Cuanto más masa, menos dolor, y cuanto más individuales, más sacrificio y pena. Me resulta muy indiferente la muerte del Leónidas de "300" y otras como las de "Troya", la verdad, pero me encanta el "Alejandro Magno" de Colin Farrell (sí, me gusta) e hilando por ahí, me chifla la historia de "El hombre que pudo reinar" y la mansa calma de Sean Connery (Daniel Dravot) tras haber perdido todo lo arduamente ganado. Me encanta la flema de Michael Caine en "Zulu" como ese teniente de familia militar, y el homenaje de los guerreros que vienen de apiolar a los británicos en Insandlwana. Me detengo en el rostro ido, perdido en la inmensidad de la nada, del soldado británico que lucha en "El patriota" y avanza como si nada, y lo relaciono con el miedoso de Ryan O'Neal en "Barry Lyndon". Vivo con tensión cada momento de "La delgada línea roja", donde los soldados son como ese trozo de hierba arrancada por un oficial ido. Y regresando a la antigüedad, lloro con la muerte de Julio César y el discurso de Marco Antonio hecho por Marlon Brando, o la entereza de Kirk Douglas en "Espartaco" y su fatalismo ante las poderosas legiones romanas. Siempre recuerdo la chulería del oficial que capturan los milicianos en "Tierra y libertad", dejando claro que él es un soldado y, el resto, chusma. Sigo sintiendo tensión y miedo cuando el grupo de James Coburn regresan a la base gritando su contraseña mientras Maximilian Schell los espera para ametrallarlos en "La cruz de hierro". Y desde luego, no pude casi respirar de los nervios y ansiedad que me producía el estrecho espacio de "El submarino", donde el inicio y el final son brevísimos momentos de bocanada de aire. Lloro, lo reconozco, siempre que acaba el "Cyrano de Bergerac" de Depardieu, con ese discurso que se apaga a la vez que la luz del día, tras sus muchas aventuras. Y me emociona mucho, muchísimo, cuando Daniel Auteuil suelta su frase de "si no vienes a Lagarder...", pero no más que cuando su hija, Marie Gillain, aprende la estocada de Nevers en "El jorobado". Por supuesto, eso me lleva a Stewart Granger en "Scaramouche", perseverando para vengar a su amigo. Me siguen tocando la fibra los sacrificios casi absurdos de "Los siete magníficos", gente que va a morir porque ya no le queda otra (tan del Western) y lo hace como redención, por una buena causa. Siento pena del "Michael Collins" de Liam Neeson, cuando muere por un rifle casi infantil. Me alucina la gravedad de Charlton Heston en "El señor de la guerra", defendiendo un torreón de mierda. Y...

Sí, disfruto de eso tanto como pueda un crío ávido de aventuras que piensa en el sacrificio, en el heroísmo, la aventura, la pelea, la lucha, la batalla como lugares de perfección del hombre (del hombre) pero que, de repente, recuerda al apocado y cobarde James Stewart "El hombre que mató a Liberty Valance", o al abandonado Gary Cooper en "Sólo ante el peligro". A los pícaros Lemmon y Matthau de "Primera plana", al maquinador Gabriel Byrne de "Muerte entre las flores", o siempre, siempre, al Lemmon de "El apartamento". Y, a tantos, tantos otros, que son antihéroes, o héroes de otra manera. Y me emocionan tanto o más, más quizá.

¿Por qué no pongo mujeres en la lista? Porque he querido poner a hombres que han sido un referente audiovisual, de héroes de pantalla, inaccesibles, lejanos, modelos. Me horroriza la barbarie de "Salvar al soldado Ryan", reflejada en ese soldado solitario que recoge su brazo seccionado sin saber qué hacer con él, o las tristes historias de cada uno y su "fubar". Me asusta la inmediatez de la muerte y su duelo ridículo en "Enemigo a las puertas", y ese sexo desesperado, breve, silencioso, rodeado de muerte. Me da pena el callejón sin salida del escorpión rodeado de hormigas al que entran todos los que quedan de "Grupo salvaje", sabiendo que es así. Me contagia algo de su locura Colin Farrell con "Alejandro Magno", haciendo un pequeño canto a la futilidad, epilogado por uno de sus diádocos, Anthony Hopkins. Comprendo a Peach, Michael Caine, volviendo con los restos de Dravot, Connery, y siento la amargura de lo que pudo ser. Veo cada gota de sudor que cae de la frente de Caine, su terror y pánico contenidos tras la máscara de lo que se supone debe ser el heroísmo, y sufro. Me apena cada soldado muerto en "El patriota", arrojados a una guerra que, el mismo protagonista, no desea porque sabe bien qué significa (como la muerte de su hijo). Entiendo a Barry Lyndon, completamente. Y hago el mismo viaje al pánico y el terror de la guerra que Jim Caviezel con "La delgada línea roja". Me enfado con Marlon Brando tras su discurso a Julio César, de lágrimas enterradas en el Foro para inflamar la ira y su ambición. Siento la incomprensión e imagen de (vulgarismo, pero lo define bien) culo torcido que se le queda al crucificado Kirk Douglas en "Espartaco" al ver a un hijo que no conocerá. Me dan pena los milicianos que pierden y perderán la guerra en "Tierra y libertad", porque sueñan por encima de sus posibilidades. Comprendo como nadie al magistral James Coburn cuando convence a Schell en "La cruz de hierro", porque abrazan la locura de la guerra sabiendo que ahí no hay héroes, sólo locos de remate. Me produce impotencia absoluta el titánico esfuerzo de los marineros de "El submarino" y su final. Lamento la fealdad de Cyrano tras una vida de lucha. Me resulta inconsciente y poco edificante el loco Vincent Pérez en "El jorobado". Y siento comunión con Stewart Granger cuando abandona la lucha para ser feliz, más que para vengar. Me resulta antipático el tono paternal y cínico de Yul Brinner al final de "Los siete magníficos". No comprendo la irracional búsqueda de la muerte, salvo por el chute de peligro que supone, para "Michael Collins". Y aplaudo que Charlton Heston abandone la torre, se largue de allí, feliz por haber encontrado el amor, y se deje de chorradas caballerescas que nunca fueron.

Sí, lo mismo que estimula y enciende una parte de mí, a la vez genera sensaciones contrarias. Admiración y horror. Sentimientos humanos, se comprende. No somos un haz de luz ni un borrón de oscuridad completos. En la simpleza de la redención de Darth Vader ante un hijo abandonado, por ejemplo, se comprende esto. Los planos y profundidades de cada personaje que interpreta nuestra visión del mundo, mediante mitos narrados mil y una veces. El heroísmos siempre tiene varias caras, al menos. Y lo suelo ver, normalmente, como un ejemplo de locura, de irracional huida, de estupenda pérdida de los sentidos, de abandono de uno mismo. El sacrificio, siempre, abochorna mi hedonista visión del mundo, lo presenta como algo ilógico, innecesario. Pero luego pienso que también hay mala gente, "malos", o los que se identifican como malos. Los contrarios que quieren algo y los otros no quieren ceder o dejarse arrebatar. Siempre habrá alguien que no crea en la negociación, si no en la negación, el conflicto, la lucha, la pelea, la violencia. Y ahí es cuando necesitaremos héroes. La pregunta es, ¿a qué tipo de héroes queremos convocar?

No tengo ni idea de la respuesta. Pero seguiré sintiendo, en el cine, ese heroísmo que, a veces, es como el de la realidad y, muchas otras, ni remotamente similar.

Un saludo,


jueves, 14 de marzo de 2019

Un ensayo (pordiosero o no)

Después de mucho tiempo, y gracias a Amazon, voy sacando y publicando mis trabajos. Me gusta hacerlo así, a mi ritmo, aunque de pronto salen en tromba (aparentemente) muchas cosas seguidas. Después de reeditar mis relatos (que se publicaron en 2016, hace ya 3 años...) toca el turno a un ensayo con el que he estado casi dos años. Su título (sí, a conciencia) es "Conciencia de macho", con el subtitulo de "Una reflexión sobre la masculinidad y la paternidad". 

Suena provocativo (lo es, en conciencia) y es mi forma de reflexionar sobre dos grandes temas que están en los feminismos con más altavoz en nuestra actualidad; nuestra masculinidad (la de los hombres y de la sociedad, en general) y la paternidad (o la crianza).

No es más que un ensayo o pretende serlo, aunque alguno lo pueda calificar de opúsculo literario o libelo recortado con tintes de panfleto. Batiburrillo, al final, como toda reflexión donde se entremezcla biografía, reflexión, propuestas y, sobre todo, juego.

Como digo, la provocación me gusta. No la remato, ni la realizo a sangre y fuego, ni tampoco ejerzo de cagasentencias (al revés, como siempre me ha dicho mi amigo Jordi, soy más bien cagadubtes) aunque, muchas veces, quienes me conocen dicen que hablo contundente y autoritario. Joder, pienso yo, si muchas veces no acabo de creerme la argumentación que uso y me pierdo en navegaciones y conexiones cuya derrota desconozco de antemano... aunque presienta. De todos modos, intuyo que va a generar polémica, puede que corta o sin mucho recorrido. O puede que no. No lo sé. Como con todas las criaturas en forma de texto que voy pariendo, a ésta la doy independencia desde el día de su publicación. Que está elegida, de nuevo, a conciencia.

Tras este ensayo, intento o realidad, dejaré de nuevo la narración del hoy, de la sociedad moderna, y me zambulliré en una de las aventuras que más me apasiona; la ucronía. Ese otro juego de retorcer la Historia para deformarla ante nuestros ojos como los espejos del callejón del Gato, tratando de hacer algo que me divierta y divierta a quienes se atrevan a leerlo. De momento, si todo va bien, será una saga. Cuatro (y espero que no más de cuatro) novelitas ambientadas en cuatro imperios. Roma, China, Mesoamérica y África. Si el espíritu de Salgari me favorece, espero poder publicar una cada año (o así) para solaz del lector veraniego, que tampoco espero más... Ni menos. Y por el camino, veremos el resto de proyectos, algunos que regresan cual zombi plasta y otros que se cuelan entre medias repiqueteando pero sin melodía alguna. 

En fin, disfruten de "Conciencia de macho". Pueden comprarla aquí:



https://www.amazon.es/CONCIENCIA-MACHO-reflexi%C3%B3n-masculinidad-paternidad-ebook/dp/B07PPGXP48/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1552548981&sr=8-1&keywords=conciencia+de+macho

Un saludo,

viernes, 15 de febrero de 2019

Juicios.

En la vida nos sometemos a muchos juicios ajenos. Y no dependemos de una legislación férrea, objetiva y clara. No, dependemos de prejuicios, de emociones y de interpretaciones subjetivas. Es la triste realidad.

El actual juicio a los políticos encarcelados por todo el proces nos demuestra de nuevo cómo se pueden retorcer las palabras. Por ambas partes. Porque, sin entrar a fondo en las consideraciones jurídicas, ambas partes han defendido la prístina y positiva Democracia como un tantra beatífico, para así lograr un objetivo que erosionaba un sistema que, sí, tiene mucho de democracia, pero también de ausencia.

Técnicamente, los políticos y activistas encarcelados han caído, en mi opinión, en al menos los posibles delitos de desobediencia y malversación. Sedición, quizá. Rebelión, ni de coña. Asociación criminal, bueno, si entra el PP en la terna me valdría. La cuestión, la clave, es que se ha trasladado de Cataluña a Madrid el juicio para evitar que un tribunal allí politizado (por las derechas catalanas) ejerza más poder que un tribunal aquí politizado (por las derechas nacionales). Un ejemplo de cómo y por qué vivimos en un teatrillo de trifulcas entre poderes, uno consolidado que es atacado y otro medio consolidado que es atacante. Porque no nos engañemos; esto va de poderes.

El poder lo define todo. Incluyendo el juicio que está llevándose a cabo. El poder, esa inmanencia que transmigra de alma a alma (de Franco a Juan Carlos I, por ejemplo) se sostiene por una vasta (y casi siempre, basta) red clientelar que soporta y ayuda a los rostros conocidos del público gestionado. Votantes, los llaman. Semilleros. Cada día, menos relevantes. O que nos hacen sentir irrelevantes. Me pierdo, pero vuelvo a ello con un ejemplo; hay juegos de mesa que explican la realidad política mejor que los artículos de muchos periódicos, y uno, muy y mucho español, es "Ladrillazo". Un juego sencillo que consiste en sacar adelante promociones urbanísticas y cobrar sobres (ni siquiera euros, ni millones o millardos, no; sobres) ganando el que más obtenga y ponga a buen recaudo en, no sé, Gibraltar, Panamá, Andorra...

El juego (de poder) se define por cartas que permiten jugar los proyectos. Primero, tenemos que jugar las de territorios (recalificables) y las de ciudadanos (que junto a los territorios, sirven de apoyos a las que vienen luego). Después, con ellas, podemos bajar políticos y constructores. Que tienen la posibilidad de, además de construir proyectos, hacer mamandurrias y chanchullos de todo tipo. Un ejemplo; la carta de Juan Carlos I permite robar un proyecto a otro jugador, y las de algunos políticos como Esperanza Aguirre, robar políticos "tránsfugas" (¿Quién se acuerda aún del "Tamayazo"?) a tu mesa de juego. Y gana el que más sobres obtiene, al final. En el juego, tenemos a políticos de todo tipo que pueden esconder sobres o evadirlos. Y hacer de todo, todo tipo de cosas. Nunca, en mi vida, ni con el "República de Roma" (Un juego que recomiendo siempre para conocer los entresijos de mi admirada potencia) había visto ludificar una realidad tan bien.

Y aquí hilo con una gran verdad; todos jugamos. Todos somos jugadores. Y todos caemos en la misma tentación, la de hacer trampas. Lo que pasa, claro, es que si nadie nos fuerza a seguir las reglas (recuerde, oh lector, aquellas tardes de Monopoly donde jugabas con amigos o familia y tentábais el cambio de algunas reglas, o nadie se leía bien las reglas, o había "reglas caseras" o reglas propias, y, al final, entre el azar, las cartas y algo de acaloramiento, ganaba uno y el resto se quejaba... Salvo el más purista que se las había leído bien, las reglas de ese papel doblado en dos, y quedaba arrinconado como "el pesado") pues todos acabamos haciendo el pillo. Y de esa pillería muchos viven, envueltos en banderas que expresan símbolos, alardeando de defender "Democracias" que son construcciones tan irreales como las Naciones, defendiendo, según ellos, a la Gente o el Pueblo que, honestamente, les importa un pito. Y el juicio que hago hoy, yo, del juicio que está dándose en una Sala controlada por unos jueces elegidos por políticos que juzgan a otros políticos y activistas, es que es un teatrillo de pantomima donde se han mezclado papeles que sí están en las reglas, como debe ser, y otros que se han exacerbado y sacado de quicio porque, qué casualidad, usan esas "reglas caseras". Que no gustan al otro familiar que fue a jugar... Y que se lamenta por sus "reglas caseras" no aceptadas.

Luchas de poder, siempre. Pero, oigan, cada vez lo tengo más claro; ludificar. Ludificar. Repetid conmigo (tiene un tono similar a Lucifer que me mola, y es latín, leñe) LU-DI-FI-CAR. La vida es juego. Juego de poderes. Y son, como en los juegos, ficticios. La lástima es que se juegan a veces cosas demasiado reales, como pensiones públicas, sanidades públicas, educaciones públicas, ayudas de dependencia públicas, mejoras públicas de la vida... Eso que, parece, no vemos nunca en ninguna bandera. ¿O deberíamos?

Un saludo,

martes, 12 de febrero de 2019

Perezas.

Me apellido Pérez. Y a veces he escuchado la frase de "¡What a Pérez tengo hoy!", sobre todo de una persona muy especial. Qué verdad. Soy perezoso. Un oso Pérez. No ratón, no. Perezoso. Y con el transcurrir del tiempo, más aún. Debe ser una evolución natural del cuerpo humano. Malgastar recursos en tontunas me desgasta y, por tanto, reservo energías. Una de las cosas que más pereza me da últimamente es el manoseado enfrentamiento Cataluña vs España. ¡Qué pereza, joder, qué pereza!

No es que me desentienda. Que también. Es que me resulta sorprendente. Sí, ser perezoso no resta capacidad de sorpresa. Me sorprende la emoción, entusiasmo y energías volcadas en temas que, a mí, personalmente, me resultan huecos. Y si me piden posicionarme, tras una ristra de objeciones y peros, de críticas a la estulticia y a la pesadez, diré que, si alguien formulara la pregunta de "¿Cataluña puede ser una república independiente del Reino de España?" apoyaría que se hiciera. Y ojo, incido en el verbo. "Poder" no es querer. No siempre todo se logra ni consigue con el anhelo. También apoyaría el "¿España puede ser una república democrática y moderna?". Pero ya van dos quimeras.

Digo quimeras porque somos (todos) un país especialmente crítico con nosotros mismos en todo. Y cuando nos dejamos llevar por el orgullo, nos ponemos muy tontos. Y después solemos caer de nuevo en la sima cómoda de la ignorancia, del dejarse llevar y vivir. Y vaya, al final somos eso. Un país que malgasta energías en quimeras de cuando en cuando, y de cuando en cuando con estallidos de violencia intensos, aunque llevemos décadas más o menos tranquilos y sin ánimo de pillar un fusil y matar (exceptuando los asesinatos de ETA, FRAP, GRAPO y otras siglas o sin siglas). Será que tenemos más miedo a perder el Wi-Fi y la conexión 4G que el derecho a la huelga o a un salario mínimo digno, qué sé yo.

Voy a caer en tópicos. Qué pereza tener que explicar que lo de la "Unidad de España" o "El derecho a la independencia" son construcciones, relatos, falsedades que usamos para esconder el andamiaje real que conturba nuestra existencia. Vivimos además un mundo que no es el de hace ni dos décadas. Y no somos conscientes, porque muchos hemos fijado el ánimo y el espíritu en momentos anteriores, momentos diferentes. No sabemos ir al ritmo del río que todo lo traga y desmorona. El del tiempo, digo. Los torrentes arrastran y depositan nuevos sedimentos, trazan otros cauces, recortan colinas, derriban rocas que creíamos firmes. Y nos creemos que es la meada de un niño, a veces, porque queremos seguir viendo el mismo río y las mismas cosas. Pues no. Me da pereza explicar que en lo de Cataluña confluyen decenas de causas que nadie se ha parado a desmenuzar o mirar con detenimiento para buscar soluciones convenientes, y que enseguida se ha echado el muy castizo capote de torero agitando banderas rojigualdas contra otras rojiamarillas. Vaya, la Unidad, el Separatismo, la Unidad, el Separatismo...

Si algo me hace sentir "español" es, simplemente, la sensación de comunidad. Y oiga, hace mucho, muchísimo tiempo que ser "español" me resulta un accidente y una abstracción tan difuminada como ser "europeo". O "madrileño". O yo qué sé. El mundo siempre ha sido amplio, ancho, enorme, inabarcable en una vida. Y la comunidad de uno son aquellas personas que son amigos, sus amigos, sus pares, afines, cercanos. La comunidad son aquellos que tienden una mano y ayudan en momentos de necesidad, que te preguntan cómo estás y ponen de su parte para ayudarte. Comunidad limitada, claro. Ayudas a quienes conoces. Un amigo mío, que espero a estas alturas siga siéndolo a pesar de la distancia, me decía que en Cataluña se sentían huérfanos y abandonados por las izquierdas del resto de España. Y lo entiendo. Igual que entiendo a muchos que se llaman de izquierdas y han vivido con mucho mosqueo todo lo de Cataluña. Siempre intento ponerme (a veces fracaso) en el lugar de los otros. Por eso, hoy, con el comienzo del juicio, me pongo en el lugar de muchos de sus participantes, y, ¿qué siento? Todos indignados y frustrados, y con ganas de vindicación. Pero fuera de ese ruido creciente de teatro fragoroso, hay una mayoría, una gran mayoría, que por pereza, me temo, no sienten nada. Solamente distancia.

Cuando me dicen que la sanidad pública se está desmoronando (que pasa, lentamente) o que la educación pública está cada vez menos financiada (que ocurre, más rápidamente de lo que creemos) o que el país envejece en todos los sentidos (personas e infraestructuras) y que las perspectivas de futuro para la mayoría son poco halagüeñas, desconfío del que me saque rápidamente una banderita que dice solucionarlo todo. Me da igual que lleve lazo amarillo y sea estelada o que sea rojigualda y porte pulsera similar. Me da pereza que enarbole el discurso de la unión o el de la separación como soluciones. Porque la realidad es que hay un tablero de juego, muchas piezas y... Manos para moverlas. ¿Dónde las hemos movido o dejado que nos las muevan, quizá, por pereza?

Pues así estoy. Perezoso. Distante. Sin ganas de pelea. Porque, y ahí radica mi pereza, nadie ya enarbola un relato (más bello que cualquier bandera) que incluya las cosas que realmente me preocupan hoy, a mí y para mis hijos y para lo que considero mi comunidad. No hay ideas. No hay proyectos. Y me quedo con el punk; No Future.

En fin, puede que mi pereza sea producto del cinismo (filosófico, que todo hay que explicarlo), que algunos  calificarán de hipocresía y, otros, de relativismo. No sé. Pirrón de Elis me dice hoy que... "Suspende el juicio". Válido para interpretaciones de todo tipo, e incluso para películas de todo género.

Qué pereza todo, voto a tal, pels déus...

martes, 5 de febrero de 2019

Blas de Lezo y otros olvidos.

En 2005, un historiador colombiano llamado Pablo Victoria publicó un libro llamado "El día que España derrotó a Inglaterra", donde narraba la defensa de Cartagena de Indias por parte de Blas de Lezo frente a la flota del almirante Vernon. En mi caso, debo decir que me gustó el libro, porque añadía información a una inscripción que pude leer en una catedral cercana a Cambridge y que me generó mucha incertidumbre. "Aquí yace el almirante Edward Vernon, que conquistó todo lo conquistable de la América española". Una inscripción que no comprendía, máxime por las fechas (siglo XVIII) y la integridad que aún existía del Imperio español en manos borbónicas durante ese siglo. Así que el libro de Pablo Victoria resultó un hallazgo interesante y una reivindicación de uno de esos personajes que, habitualmente, enterramos en las cloacas de la memoria histórica.

Blas de Lezo quedó en el tintero hasta que hace unos años empezó a cobrar fuerza simbólica en las redes sociales. De pronto, se quería erigir una estatua suya mediante suscripción popular. De pronto, en las redes se quería "trolear" a los británicos votando su nombre para un buque inglés (y cerca estuvo...). De pronto, Blas de Lezo estaba hasta en la sopa, se haría un cómic, se escribió mucho sobre él, la gente le decía conocer como si fuera de la familia y muchos ámbitos concretos buscaron apropiarse de su imagen, su símbolo. Ámbitos de derecha, rancia, moderna, de conservadurismo, de nostalgia (¿Cómo se pudo pasar por alto su figura en los años de Cifesa y Juan de Orduña?) pero también de profesionales de la historia, de amantes de la misma, que ideologías aparte, proponían una rehabilitación de la memoria (toda ella) sin complejo ni vergüenzas. Hasta que, de pronto, un partido que ha dado su campanada recientemente abrió la boca para criticar (seña de identidad de cualquier buen derechista en España) al cine español, que todos sabemos está subvencionando las farras y fiestas de cuatro progres trasnochados y viciosos. Y un guionista, pillado en medio, sin mucho miramiento, cometió el error de responder con un adjetivo, además, pedante. "Demediado", calificó (sí, correctamente) a Blas de Lezo. También hubo quienes respondieron de otra manera. "Si se hiciera, sería con sus luces y sombras", o "Sufrió el olvido del Estado, como siempre". Pero lo primero fue lo que los (algunos) medios destacaron. Una boutade ignorante y tan infantil como la trampa tendida.

¿Importa al espectador medio actual la historia de Blas de Lezo? Pues no lo sé. ¿Importa la del Mariscal Antonio Gutiérrez de Otero, un natural de Aranda de Duero que derrotó dos veces a los británicos (Malvinas y Canarias) y que fue el artífice de que Nelson perdiera su brazo y no tomara las islas? Nelson tiene su columna inmensa frente al British Museum, mientras que Otero posee un busto sencillo frente a la iglesia de San Juan en Aranda. ¿Importan tantas y tantas historias perdidas, olvidadas, arrumbadas? Pues depende de quienes las rescaten, amen y deseen poner de nuevo en circulación, como siempre, por motivos de todo tipo. Homenaje, oportunismo, reivindicación, política...

La historia de España es rica en acontecimientos, en personajes y en sucesos de los que no hemos vuelto a hablar. Muchos, como en el confesionario, se quedan tras el susurro en los oídos del confesor, sea éste historiador o aficionado. Estamos contaminados, como no podía ser de otro modo, de un clima que se desarrolló durante décadas, sobre todo las últimas, en que España era una gloria maltratada por los envidiosos de fuera, donde el ejército era villano para el pueblo pero depositario de grandezas pasadas que no podía emular. Estamos influenciados por visiones que algunos recopilan en la llamada Leyenda Negra (nos han hablado de ella desde Julián Juderías hasta María Elvira Roca, pasando por Joseph Pérez) y en un sistema educativo donde la historia pasó de ser alcahueta de una ideología de glorias pasadas a una recopilación desnudada y aburrida de datos y fechas y nombres hilados por acontecimientos no muy explicados. Tenemos una historia, larga, intensa, divertida a veces, cruel, rica y plena. Así que, si hubiera dinero (que no lo hay) para una película de esas que llamamos "Históricas", me da lo mismo que la hagan sobre Lezo, sobre Otero, sobre Malaspina o Carrasco. Pero mientras se busca financiación y la gente se lanza a escribir guiones al gusto de quienes les retan, yo recomendaré, por cercano, por muchos motivos, un documental de mi amigo Rafael Nieto, "Historia política de una Carabela", donde se pueden rastrear algunos de los rasgos de nuestro querido país...


(Enlace)

https://www.youtube.com/watch?v=KJ7GtceJhug&vl=es

Disfrútenlo. Con poco dinero, se pueden hacer maravillas...

Un saludo,

domingo, 27 de enero de 2019

Terrores.

Cuando tenía veintipocos, recuerdo una conversación con un nuevo amigo, un viejoven, como lo llamaríamos. En ella salió (siempre sale) al hilo de la muerte de mi madre, la inevitable experiencia de haber perdido a mis dos hermanos mayores de manera seguida cuando yo tenía unos diez años. Recuerdo que no me regodeaba en la pérdida (sí, muchos saborean el mal trago y lo hacen pasar por dulce para enjuagarse mejor el espíritu dolido) y me sorprendía recordando lo poco que recordaba de ellos pero lo mucho que recordaba por medio de mi madre. Y aquel viejoven me dijo la frase, una frase que ponía palabras a emociones y sensaciones. "Perder a una madre es terrible, pero para un padre, perder a sus hijos es lo peor". Mi padre ya había dicho, en las pocas ocasiones en que lo verbalizó, que un padre nunca debía sobrevivir a sus hijos. Un drama común en toda época y lugar, creo, y acorde a la realidad de nuestra biología. Nuestra descendencia continúa sin nosotros, eso debe hacer. O eso debe ser.

Hasta que no he sido padre y consciente de cómo viraban en la práctica mis preocupaciones y miedos, no he podido comprender en toda su extensión el terror que vivieron los míos tras perder a sus dos hijos. Terrores que son inmensos, que no cesan, que acucian con preguntas de todo tipo donde la culpabilidad propia se alimenta de la duda, el miedo, la imposibilidad de aceptar que, muchas veces, no somos responsables ni de nuestro destino ni del de nadie. Somos partícipes, actores, pero siempre secundarios o menos importantes incluso que la tramoya de la vida. Menos cuando sentimos el dolor de la pérdida. Yo no paso un día sin sentir miedo por los míos. Miedo a todo, caídas, desapariciones tras la esquina de una calle, carreras que pueden acabar en accidente, etc. Y se mitiga con el consabido "los niños son de goma", pero eso es un alivio homeopático tan eficaz como el beso de madre (o padre) en las heridas. Por eso, hoy, puedo decir que entiendo, comprendo, como hijo que fui de padres que perdieron a sus hijos y como padre que soy que sabe lo que eso conlleva, cómo están los padres de Julen y Oliver.

Les carcomerá el dolor, el desasosiego, la culpabilidad. La sensación de rebobinar cada momento previo, cada paso, cada instante anterior, preguntándose qué hicieron mal, qué pudieron cambiar, qué peligros no vieron, por qué el destino actuó así contra ellos. Se lo preguntarán y no es algo que hayan empezado a hacer momentos después de la fatídica caída de Julen a aquel pozo. Se lo llevarán haciendo de antes, de cuando sufrieron aquella muerte súbita de su hijo en la playa. Y no es una revisión que cese, salvo que la detengas con algún tipo de distracción. Y ni con esas. No. Decir que están devastados, rotos, quebrados por todas partes es un cliché que no alcanza ni una milésima parte de la distancia real a cómo se encuentran. Yo he visto reacciones de todo tipo. He vivido en mis carnes las reacciones. He visto cómo se pueden comportar las personas ante una tragedia así. Y cómo influye en los demás, en su alrededor. En la extraña aura de miedo, de supervivencia, de dolor que se genera.

No sé cómo son sus padres. En qué hallan consuelo. Si tienen enfermedades que se agravarán o estallarán ahora. Si son, como comúnmente queremos ver a los demás, buenos o malos. No lo sé. Sé que, en cualquier caso, seguirán viviendo en aquel vídeo, en sus sonidos y detalles, e imaginarán más, otros mucho más, para completar una historia que llenará de agonía y dolor sus vidas. Me encantaría contar qué fórmula existe para sobrellevar eso, pero la realidad es que no la conozco. Y me gustaría decir que tienen el apoyo de todo el mundo. En gran parte es cierto. El mío, al menos, lo tienen. 

Ojalá que puedan dejar de rebobinar esa película, y que sus imágenes sean otras, más felices, más bellas, con emociones más cálidas y hermosas. Se lo deseo con todo el cariño del mundo. 

Un abrazo,

lunes, 21 de enero de 2019

Reediciones.

Pues sí. Estoy de reedición. De los relatos aquellos de "un peatón sin aire". Los que publiqué con una editorial, Newsline, que me dio la oportunidad de verlos impresos en papel. El resultado no nos satisfizo a ninguna de las dos partes. Y una vez hablado, recuperé los derechos un poco antes de lo previsto y, bueno, los he reeditado.

En el Tao dicen una cosa curiosa. "Haz tu tarea, después retírate. He aquí la única senda hacia la serenidad". Y no puedo estar más de acuerdo. Haz, deja. Aferrarse no sirve para nada. Porque no te aferras tú, te pesa aquello que hiciste. Sin olvido, sin remordimientos. 

Mis relatos quedaron hechos, los presenté y me retiré. Fueron días de sorpresa, de curiosidad. Por lo que sé, más de uno y de diez y más de veinte, los leyeron. O los compraron, no sé bien. Algunas personas me lo dijeron, sorprendidas, admiradas, curiosas. Gustaron, pero yo traté de olvidarlos, de retirarme. No lo logré del todo. Han vuelto, tras mucho tiempo, casi tres años, y he tenido que leerlos, releerlos y enfrentarme no sólo al texto, también al recuerdo de los momentos en que los escribía. Y esa arqueología emocional plagada de sinestesias, de memorias asociadas a sentimientos muy concretos, ha sido como asomarse al abismo de siempre, el del pasado. Pero cosa curiosa, lo he hecho con un desapego interesante. 

Hay relatos que me gustan más que otros. Algunos me gustaron porque eran resultado de un momento emocional concreto, estaban enmarcados en un clima muy específico. Uno en concreto, el de los terroristas, sigue gustándome porque combina varios factores con los que he gamberreado. ETA, los atentados de marzo, mi barrio y mi infancia. Y es que odio las vacas sagradas, los intocables y los cordones que impiden educadamente el acceso. En un tiempo como es ahora donde todos los muros son de gelatina, los límites acuosos y los fundamentos de barro, lo mío puede sonar vulgar, corriente y habitual. Y eso significa que he de hacer más esfuerzos por identificar aquellos ídolos sobre los que me gusta hacer chistes y reír...

Tampoco me considero un tipo chistoso, la verdad, y mi humor es más bien escaso y peculiar. Como el de todo el mundo, claro. Pero la risa, ¡ay, la risa! Es fundamental. Sin risa no hay inteligencia, sin inteligencia no hay diversión, sin diversión, todo es aburrido, gris y un camino muy feo hasta la inevitable muerte. Vaya, no sé si el Tao recoge algo de esto, pero oye, seguro.

En fin, que con todo lo dicho, añadir que el impulso de reeditarlos y ponerlos en Amazon (¿Y por qué, si ya estaban con una editorial y tal? Se preguntará alguien) proviene de un sentimiento de necesidad respecto de tenerlo todo cerca, controlado, agrupado, clasificado. Y también, lo reconozco, como un homenaje a una persona muy querida, mucho. Mucho. Ella lo sabe, porque he reeditado todo observando una piedra concreta y pensando en mi barrio, en una avenida y en un momento muy especial.

Espero, personas lectoras, que disfrutéis mis "Relatos de un peatón sin aire", si aún no los habéis leído. Y si ya los leíste, ahora valen la mitad. ¿No es un aliciente?




Un saludo,

jueves, 8 de noviembre de 2018

Fin de ciclo.

Hay momentos en que hay un final de ciclo. Los reconocemos siempre porque suelen ser puntos de inflexión, cambios importantes, marcas en la trayectoria vital. Hitos. Un cumpleaños, una boda o nacimiento, un matrimonio, el primer trabajo, la primera pareja... También los que consideramos negativos. Una muerte, un divorcio, un despido, un revés en algo que nos resultaba particularmente importante.

Yo estoy inmerso en varios ciclos y sus finales. El más grave, la muerte de mi suegro. Sigo en otros, como mi divorcio. Y se suma uno más, la jubilación de la que ha sido mi jefa directa durante los últimos cinco años.

Los ciclos son eso, temporales. Empiezan, duran y terminan. Solemos llevar mal los cambios, pero como especie, nos adaptamos rápidamente a ellos. La edad ralentiza la capacidad de adaptación, pero es relativo. Si uno posee la flexibilidad y mantiene la curiosidad, puede adaptarse, hacer del cambio parte de su vida, integrarlo. A fin de cuentas, en el gran ciclo que es la vida (nacimiento, vida, muerte) ésta es un constante cambio, el río de Parménides que fluye y no nos permite bañarnos dos veces en la misma agua. Hay multitud de frases y reflexiones al respecto ("la vida es lo que te pasa mientras la planificas", "agua pasada no mueve molinos") que reflejan la realidad de nuestra especie. Somos finitos. Somos un momento. Y el momento puede disfrutarse, sufrirse o dejarlo pasar.

Los finales de ciclo suelen augurar inicios de otros. A veces no somos conscientes. Inmersos en el baño, no solemos reconocer las olas que crecen o amainan, los vientos que soplan o terminan, y por eso, en el aspecto gregario de nuestra especie, tendemos a agruparnos con los demás, la masa, el miedo a quedar atrás, la sensación de no perder comba. Quienes son refractarios a la multitud suelen ser más solitarios, más reflexivos, menos sumisos. Yo soy hidrofóbico en ese sentido. Las gotas hacen charcos y ríos, rellenan lagos y mares, pero siempre rehuyo el curso natural, el cauce, aunque lo siga, a veces dentro del agua, muchas veces en la orilla. No me importa mojarme, pero odio acabar calado y no reconocer mi propia piel.

Epicuro buscaba en su filosofía evitar los cuatro miedos más comunes. A los dioses (¿Quién les teme ya?) a la muerte ("Cuando se presenta, nosotros ya no somos") al dolor (breve o largo, la intensidad y el tiempo no lo es todo ni determina el todo) y al fracaso (la valoración externa siempre es falsa, siempre importa más el equilibrio personal). La búsqueda de placeres, tanto los más simples como los más complejos, debe ser siempre satisfactoria, pues la mesura en algunos nos deja en mejor condición que la abundancia que puede ahogarnos. Y la amistad... Ese es el mayor de los placeres, el compartir, gozar, disfrutar de la compañía de quienes apreciamos, queremos y amamos. Nuestro recuerdo, añado, pervive en ellos como una guía moral y fuente de satisfacción. El gozo, el ejercitar la curiosidad y saber, el compartirlo todo...

Los cínicos y los escépticos aportan más cosas para una buena vida donde los ciclos empiezan, duran y terminan. Siempre he pensado que deberíamos olvidarnos de la moderna psicología y otros intentos de ciencia que no es, y volver a los clásicos, siempre, de manera recurrente. A fin de cuentas, el cerebro era el mismo, las emociones, las grandes vivencias y temores, también. Epicuro, Sexto Empírico, Diógenes... Incluso los canónicos Platón y Aristóteles nos siguen ofreciendo consuelo, respuestas, reflexión y sabiduría. La ataraxia, tan querida de los epicúreos, escépticos mediante su epojé, y estoicos (estos últimos, quizá un poco más tristes para mi gusto y demasiado serios y de mala vida) es un modo de vida que no pasa de moda. Así, los ciclos siempre nos parecen lo que son en realidad; momentos pasados, disfrutados, que no volverán, pero dejan espacio para muchos otros.

Conversar, jugar, reír, escuchar música, tener buena compañía, ejercitarnos, disfrutar del sexo y la sensualidad... Qué maravillosas luces antes de volver al apagón.

Yo he disfrutado de la compañía de una jefa que echaré de menos. No lo puedo decir siempre, en el mundo laboral, y lo digo aquí, ahora, alegre y contento de haber tenido la oportunidad de su compañía. Y no puedo menos que decir, también, que le estoy agradecido por muchas cosas buenas.

Un saludo,