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miércoles, 14 de septiembre de 2016

Lo tecno mola.

Tecnocracia. Lo escucharán muchas veces. Término de la gente que está harta de la "política". Como si fuera un abstracto ajeno a la misma. "Gestionen España como una Empresa", "elijan a los mejores para cada puesto", etc. Como si fuera otra cosa, algo mágico (siempre el pensamiento mágico...) que resolverá todos los problemas. Tengo una mala noticia. La tecnocracia ES política.

La tecnología (ese prefijo tan bonito, en todas partes) es, ni más ni menos, una herramienta para algo. Como la política. Pero además, su uso tiene un fin deliberado. Así, un fabricante de pistolas no puede desligarse de su fin, aunque invoque el "es otro el que aprieta el gatillo". Ya, pero no tiene gatillo que apretar si no le das uno... el fin es matar, punto. O herir. Que se haga en defensa propia o por puro sadismo da igual. Sirve para eso. La tecnocracia igual. No es un constructo abstracto, amigos. Por mucho que se invoque la "racionalidad" y se asimile a la "verdad", sigue siendo una persona formada en un ambiente concreto con, ¡cielos! ideas políticas concretas. Que sí, que las tiene. Las tenemos todos. "Haga usted como yo y no se meta en política" es otra idea política, amigo mío...

Así pues, cuando escucho la invocación al "Gobierno tecnócrata" se me ponen los pelos de punta. Porque sé a qué idea política se refiere. A la que interesa a una élite siempre igual, siempre en la cima de la mierda. Pero siento algo similar cuando se invoca el poder del "pueblo". Yo recuerdo mi pueblo; allí, los de ciudad íbamos al pilón y no nos dejaban correr delante de la vaquilla, y mucho menos tirar los tejos a las autóctonas. El "pueblo" es otro ente abstracto que habla de una entidad incorpórea que interesa o no invocar.

No, lo tecno a mí no me mola. Ni lo crático. Ni siquiera lo que habla del demos. Tampoco lo ista. Realmente, encuentro poco gusto por nada que no sea una tiranía ejercida por mi persona, pero sin espada colgando, que genera demasiada ansiedad.

Pero no dejaré de reír cuando me diga alguien que "la tecnocracia es lo mejor para..."

Un saludo,

viernes, 26 de agosto de 2016

El pudor o el poder

Con el tema del "burkini" y las muchas y variadas formas que toma el (para mí, cada vez más absurdo) debate, me salta a la mente el tema básico sobre el asunto. El rollo del pudor.

¿Qué es el pudor que tanto invoca la creadora de la dichosa prenda? "Honestidad, modestia, recato", dice la sacrosanta (y viejuna) RAE (curiosamente, en segunda acepción, "hedor, mal olor"; ¿vendrá por el olorazo de refajo y sudor de viejo revenido que produce apretar las carnes con ropas oscuras?) pero todos lo entendemos como un cierto respeto a unas reglas de decencia o moral, algo "público" (y no "púbico") que afecta no al que exhibe, si no a quien mira.

Y ahí va el tema. Ya he citado alguna vez eso de la Biblia de que "si no te gusta lo que miras, arráncate los ojos", una forma radical de apartar la mirada, la verdad. O de trasladar la moralidad del asunto al que mira, no al que es observado. ¿Qué tiene de malo el "burkini" en la playa? ¿en qué se diferencia de una pareja de góticos tomando el sol, o de pálidos clínicos, incluso de gente con neopreno? En un primer lugar, diríamos, en nada. Pero por desgracia, sí tiene diferencia. Mientras que el gótico es un penoso remedo del vampiro victoriano afectado y triste (en todo sentido), el pálido tiene problemas médicos y los del neopreno son unos frioleros, las (ellas, no ellos; ellos curiosamente no participan del pudor) del "burkini" lo usan para ocultar su cuerpo, tapar con modestia, pudor, un objeto de deseo ajeno. Enjaular un pastel que se supone todos quieren comerse. Hay una moral, hay una política detrás (ellas deben cubrirse, ellos... no. Mal vamos, pues los michelines y barrigotas de ellos son asquerosamente repugnantes, y me refiero a la de todos los hombres, blancos, negros, amarillos, morenos, pálidos, de Wisconsin o de Sicilia... yo encuentro mi propia barriga, peluda y ahora mismo engrosada, de mal gusto estético para quienes la miran) y hay una directriz teleológica. Vamos, que no es ni parecido al gótico, al del neopreno o al que lleva camisetas de Decathlon.

El pudor se transforma así en herramienta del poder. Las mujeres que usan el "burkini", consciente o inconscientemente, juegan el papel de peones (sin valor, por cierto) para una interpretación del mundo que utiliza la otra herramienta, la religión (muy bien engrasada y dispuesta, por supuesto) en la que las mujeres, ese 51% de población, se tiene que joder y aguantarse, acatar las normas de unos hombres tristes, celosos de la posible independencia física e intelectual de ellas. Porque se les necesita para producir en el hogar, para satisfacer al hombre del hogar, para criar en el hogar. Limpiadora, ama de cría y puta. Tres trabajos en uno si logramos someterlas, sin necesidad de pago alguno. Y encima, les vendemos que es libertad... igualico igualico que ver a un judío llevando una esvástica "como símbolo de integridad humanista", por decir algo.

Yo lo tengo claro. ¿Prohibir? Un error lógico que busca solucionar con inmediatez. Es otra forma de ejercer el poder por el pudor. Pero defender que puedan llevar esa prenda es, ni más ni menos, que aplaudir a Chamberlain cuando entregó Checoslovaquia, "peace for our times". Y en Europa no aprendemos, se nos dan fatal las analogías. En fin. Al final, el "islamófobo" de Houellebecq va a tener razón. La sumisión llega con facilidad en una sociedad donde los valores son cascarones vacíos...

Un saludo,

martes, 16 de agosto de 2016

La intolerancia.

Seguro que hay artículos muy buenos por la red pidiendo tolerancia y todo eso, ante las noticias que nos llegan siempre de las relaciones entre quienes vienen de la cultura del Islam y los que estamos en eso llamado Occidente. Muchos. Y bien escritos. Pero ninguno habla de la verdad absoluta, de lo cierto. Que en realidad la intolerancia siempre triunfa, de un lado o desde el otro.

Las fotos se supone que hablan solas. Mentira. Las fotos no hablan. Muestran. Las jugadoras egipcias con el uniforme completo (casi idéntico, salvo para la cabeza, que el usado por las españolas en voley playa un día de lluvia) contra las jugadoras alemanas no es un alegato a favor de la tolerancia o un estudio del machismo de las diversas sociedades contra sus mujeres. Me ha hecho gracia la equidistancia con la que se ha tratado a ambas partes (recuerdos de ETA y tal me vienen a la mente...) una imponiendo la vestimenta completa y la otra imponiendo una desnudez y carnalidad sensual obligada. Lo cierto es que la intolerancia genera preferencias, y me decanto por defender a aquellas que pueden mostrar su cuerpo casi desnudo o vestido (como las españolas, aunque sea por una rendija del reglamento) sin que por ello reciban palizas de muerte y tal. Que sí, hay asesinatos machistas en nuestra cultura occidental proveniente, como todas, de un heteropatriarcado machista y asesino (no he podido escribirlo todo sin partirme el ojete, perdón a la comunidad gay también por ello) pero no tantos ni tan constantes y bien vistos como en otros ámbitos donde la ablación de un clítoris no es como la depilación del coño. Una es una imposición, la otra, elección.

Más noticias exacerban. El "Burkini" prohibido en Cannes y otros lugares (en algunas playas de Córcega, tras trifulcas varias) porque se considera un problema de convivencia. En seguida se habla de intolerancia. Pues sí. Miren, la República que nació en Francia en el siglo XVIII, de la que muchos demócratas y progresistas y tal se consideran herederos era INTOLERANTE. Y asesina. No toleraba a quienes pudieran ser obstáculo, y los asesinaban, exiliaban o encarcelaban. La República francesa nació en sangre, como bien deja claro su himno más apreciado y que hace temblar de emoción, "La Marsellesa". Y si no hubiera sido intolerante y asesina contra quienes querían acabar con ella, habría perecido (como ya ha sucedido en más de una ocasión) y no podría ser, paradójicamente, predicadora de la paz y la tolerancia. ¿Suena a oximorón? Lo cierto es que lo bueno surge casi siempre de lo crudamente práctico y sangriento.

En todo caso, nadie alza mucho la voz cuando en el mundo Saudí, Wahabista y soporte del Califato, se ajusticia a ateos (nadie habla de "Ateofobia", qué curioso...) homosexuales, seguidores de modas occidentales o simples amantes de alguna libertad (sobre todo, mujeres) e incluso se silencian noticias de trato a occidentales (mujeres, sobre todo) que han sido en público contempladas como lo que ellos creen que son, putas degeneradas. Y su intolerancia crea un modelo que defiende lo que ellos creen, esto es, la supremacía masculina frente a la femenina, y la del creyente sobre todos los demás. El celo del follador de cabras en el desierto, de donde nacen esas religiones tan pacíficas (judaísmo, cristianismo e islamismo) que provocan tantas y tantas muertes. Por suerte, tras siglos de lucha, en Occidente el mundo grecolatino ha sido el contrapeso del cristianismo y lo ha postrado (a sangre y fuego, o con máquinas y capitalismo; otra cosa es si el aliado capitalista sigue sirviendo a la causa...) dejándolo exangüe y como mero complemento decorativo (¿el 30% de las bodas del año pasado en España fueron religiosas y un 75% se sigue declarando "católico"? Venga, comiencen las risas...)

No, lector. Eres intolerante. Lo sabes. Puedes ocultar con palabras y frases hechas muchas de tus fobias, pero eres intolerante. Contemplas con recelo ciertas cosas ajenas a tu cultura porque es natural. El prejuicio cultural es inherente, y pocas culturas consideran que las extranjeras aportan algo positivo a las propias (si no, sucede ese fenómeno que llamamos "aculturación", algo que logró el Imperio Estadounidense durante los últimos 40 o 50 años) Eres intolerante y no quieres mostrarte como tal. Un acierto, porque hoy día, si eres intolerante contra ciertas cosas, pierdes el respeto de tu entorno. Pero si me dan a elegir, prefiero ser intolerante desde ciertas perspectivas, aunque se me tache de muchas cosas. Es lo malo de estos (y todos) los tiempos, que en momentos de crisis y exacerbación de contrarios, los que pretendemos el punto medio tenemos asegurada la eliminación. Y yo tampoco he sido nunca de puntos medios, la verdad. Por eso digo, sin ambages, que lamento las prohibiciones, pero las prefiero a las confrontaciones de opuestos. Que no hemos vivido una historia sangrienta y dura en Europa durante varios siglos, en los que finalmente se ha impuesto una cierta idea de democracia, paz, civismo, convivencia, laicismo y otras ideas más respetables que las originadas por las religiones y sus interpretaciones para volver a esos caminos. Que si no luchan desde dentro quienes directamente tienen que hacerlo (mujeres feministas, aunque consideren el feminismo como una "lacra occidental"; ateos, gays, liberales...) como siempre ha sido así, nadie les apoyará desde fuera, pues las injerencias sientan mal (y suelen estimular la cerrazón autóctona, que nos lo digan en 1808 y ya tal) Así pues, la intolerancia, a veces, debe ejercerse para poder practicar la tolerancia.

Y si tras esta reflexión ahora quieres, lector, acusarme de intolerante (ya sabes, ese tipo de cosas que parecen decirse con ánimo de ofender) puedes. Porque lo soy. Y tú también. Pero el problema es que yo ya no transijo con ciertas cosas. Occidente y estos últimos 40 años me gustan. No he sido balcánico, ni del bloque del Este comunista, ni tampoco he vivido demasiado cerca el terrorismo etarra. He tenido la suerte de nacer y vivir en un estado vasallo del Imperio Estadounidense, y no me siento orgulloso de ello, pero desde luego me siento mejor que si fuera un kurdo en cualquier parte, un chiíta en Yemen, un sunita en Irán o un cristiano en Afganistán. Y quizá, sólo quizá, esos "inventos del demonio" occidentales sean, en suma, mejores que otras expresiones culturales para las que siento, como tú, una sana intolerancia cuando veo que no puedo ser tolerante en su integración. Una integración tan simple como que "oye, vive como quieras a mi lado, pero procura no intentar matarme"...

Un saludo,

martes, 19 de julio de 2016

Hijos de los hombres

La distopía de P.D. James, convertida en película por Alfonso Cuarón, es, quizá, una de las maravillas que mejor explican nuestros días actuales.

Un mundo donde ya no hay niños, nadie puede procrear y todos son conscientes (en mayor o menor grado) de su futura extinción. Un planteamiento brutal que hunde sus premisas en las famosas "teorías conspiratorias" de aguas envenenadas, medicamentos de los que se abusan, pesticidas, problemas de alimentación, destrucción medioambiental... ¿suena de algo? Sin decir "cambio climático", uno se siente transportado ahí con mayor intensidad que la nueva de "Mad Max". 

En ese mundo, por cierto, hay grupos terroristas urbanos, con objetivos diversos, que operan en Gran Bretaña. Una Gran Bretaña que está aislada de Europa (predicciones del "Brexit" de 2006...) y que trata a la inmigración que intenta llegar a su isla como a ratas inmundas o subhumanos (jaulas con inmigrantes, perros custodiándolas, urbes costeras convertidas en "Junglas de Calais"...) a pesar de que, como hemos dicho, todos saben que se extinguirán (no a la vez, que es como más llevadero por eso de la camaradería, si no poco a poco, según mueran los hombres) Los atentados, empero, son chapuceros, de marca casera, llevados a cabo por gente que está desesperada, aislada de la sociedad que no le integra ni comprende ni quiere. Una sociedad por cuyas rendijas se cuela el odio y el rencor para estallar en forma de asesinatos y matanzas sin sentido. ¿Suena de algo?

Hay unas cuantas escenas donde se ve a los musulmanes, desintegrados pero integrados en su propia comunidad, como un elemento cohesionado pero sin valor ni fuerza. Se supone, de manera implícita, que el poder militar británico les tiene sometidos, igual que a otras facciones que luchan por... ideales viejos. Y es que, al final, es una cuestión cruda de poder, del poder de matar. ¿Suena de algo?

Cuando ví esta película, un escalofrío fuerte y doloroso me recorrió el cuerpo para terminar en chispazos de revelación en mi cerebro. No solamente veía la película con mis dos ojos, la leía con el tercero, ese que tenemos atrás para los libros. Tampoco la veía sin más, la saboreaba de manera extraña en cada uno de sus exquisitos y brutales planos secuencia. Y a día de hoy, habiéndola visto, no sé, quizá tres veces, si la pasan por televisión me quedo atrapado en hipnosis, pero soy incapaz de ponerla en el lector DVD porque me repele (quizá más incluso que "La carretera") ¿Por qué? Porque es cruda realidad.

Una cuestión que me atrae es que, en esa sociedad de británicos aislados, que confían en recuperar obras de arte del viejo continente, asolado, como representantes viejos y caducos de una civilización que, cuando mueran, no será más que un vestigio o gabinete de curiosidades para un alienígena u otra especie inteligente que ocupe el planeta, hay un distanciamiento (típico) de los que no son como ellos. Ya he comentado el tema de los inmigrantes (en la historia, huyen de Europa porque aquello es un caos sin gobiernos, regido por caudillos, teócratas y otras ramas del fanatismo poderoso) y cómo no hay interés en integrarlos, si no en humillarlos, separarlos de la humanidad. Quizá eso sucede hoy cuando leemos "afgano refugiado toma un hacha y mata gente en el tren" o "camionero tunecino arrolla franceses en un paseo de Niza". Ese afgano y ese tunecino, ¿qué motivación tenían? Sí, decir que el ISIS estaba detrás es sencillo, pero... ¿por qué en el ISIS y, no sé, no en un grupo heavy? Claramente, la inspiración wahabista, islámica y totalitaria (en el sentido pleno del término) hace que embracen esas doctrinas con un simple corolario; occidente no me acepta (aunque ni yo me acepte) y por eso lo destruiré siguiendo los dictados de su mayor enemigo. No es una cuestión de cultura, es de religión. Fanatismo. Si hemos fracasado es porque el Islam está resultando impermeable a Occidente, que aún digiere el virus del Cristianismo pero no la cepa desértica del Islam. Y cuando no hay anticuerpos válidos, se recurre al antibiótico, el cañón de amplio rango...

No sé. Todo es tan "Hijos de los hombres", que me planteo si no nos falta siquiera una pizca para que se haga realidad. Pero no, porque miro las tasas de nacimiento en otros lares y... Malthus tenía razón.

Un saludo,

martes, 5 de julio de 2016

Después de la Democracia

Ahorrémonos unos cuantos párrafos. Diré, a modo de ejemplo, Yuval Harari y Raffaele Simone. Ficciones. La Democracia como una de ellas, tan real y creíble como Dios, el Dinero, la Igualdad o el Capitalismo. Toda ficción se destruye cuando nadie o pocos creen ya en ella. Un ejemplo, la República de Weimar en 1933. ¿Cuántos, de los que no huyeron, creían en ella?

Estamos en un período transicional, tan largo y espeso que no acertamos a ponerle fin y desde luego, menos aventurar cuál fue su principio (yo apuesto por 1991, el fin de la URSS) y similar en cuanto a esa "Tardoantigüedad" o "fin del Ancien Regime", por ser períodos oscuros, difusos y poco comprensibles. La pregunta no es ¿qué ha cambiado? si no más bien ¿qué está cambiando?

La crisis global es una crisis que no está teniendo respuesta global. Y como siempre, se da de manera local. Grandes masas de gentes empobrecidas o ilusionadas huyen a Europa, continente de más fácil acceso que América o Australia. Estas migraciones masivas hacen tambalearse todo el cimiento (ilusorio) en el que están construidas las democracias europeas, e incluso la misma UE. Se viene buscando un Estado benefactor que no puede siquiera ya cubrir las necesidades (esa "annona" romana...) de sus habitantes establecidos sin quebrar la ficción de que hay dinero, algo muy difícil. Porque el dinero, señores, no existe. Es una afirmación nada baladí; basándonos en la realidad, el dinero no es más que una ficción de valor que lo gana o pierde en relación a la confianza que se quiera tener al mismo. Y ahora mismo, la confianza existe porque lo sostiene la misma mentira que atrae a los emigrantes; que hay suficiente para todos en forma de prestaciones y recursos. ¿Es así? La realidad es que no. Pero el miedo a alternativas como el trueque, el intercambio de servicios por productos o la simple expropiación de recursos hace que cultivemos la ilusión de que el dinero existe y nos permite adquirir productos sin cesar. 

Aquí diré que el Capitalismo, otra ficción que no existe, ha hecho sin embargo un buen trabajo arruinando a una gran porción del planeta en sentido global a cambio de beneficiar a una pequeña porción del mismo de manera global. Las viejas elites se han encontrado en la globalización y se han dado la mano y mirado con reconocimiento, acuciantes en su necesidad de proteger su clase (sí, su clase) de cualquier nuevo asalto al poder como ya vivieron en tantas y tantas ocasiones antes. Pero sin capitalismo, también, no habría existido desarrollo. La pregunta es, ¿es adecuado un desarrollo que genera una catarata de riquezas pero que apenas sí riega con cuatro gotas a 4/5 partes de la población humana?

La Democracia hizo de moderadora del Capitalismo. Y de tanto mamporrear, se convirtió en su vasalla. Vaciando de contenidos su sentido, tocaba después pensar qué fórmula podría triunfar. ¿Un fundamentalismo religioso? El Islam lo intenta. ¿Un fanatismo nacionalista? En Europa están creciendo. ¿Un corporativismo empresarial de corte feudal? De momento, es la fórmula que va ganando.

Cuando se deja de creer en algo, ésto pierde su valor. Es como los dioses de Mundodisco; si no les adora nadie, dejan de existir. Son, como la Democracia, ficciones. Y ayer aún había quien creía en esa ficción. Hoy todos la dan por muerta. Si Dios murió a manos de Nietzsche hace unos 100 años, la Democracia murió a manos del Capitalismo, lentamente, desde los años 90. 

¿Y después?

Un saludo,

miércoles, 29 de junio de 2016

Imperfecciones

Pasadas las segundas elecciones, tras el necesario cambio de diciembre y la dudosa necesidad de junio, voy a hablar de política. Del PP, para concretar.

Los seguidores de Unidos Podemos, esto es, Podemos + IU + Confluencias, muchos de ellos, se han sentido como forofos de un equipo que les defrauda en un partido importante. Lógico. Y en lugar de pensar qué han hecho mal, muchos han usado las redes (esa virtualidad que no ve casi nadie más que ellos, modernillos urbanitas) para calificar de borregos, imbéciles, fascistas, abueletes, tontosdelhaba, etc, etc, etc, a quienes votaron al PP, responsabilizándoles del fracaso de UP. Y ahí queda el calentón. Pablo Iglesias está quemado, Alberto Garzón cuestionado (ya de antes...) y los "segunda fila" de aquellos partidos, afilando, como siempre, sus cuchillos.

No me interesa el PSOE. Sigue teniendo parte de las cualidades que voy a contar del PP, atemperadas por una laxa y pantanosa interpretación de "ser de izquierdas" que antes les fue bien y, ahora, no.

Del PP se dice que es el partido del miedo. Pero ojo, no que den miedo (que lo dan por otros motivos) si no porque saben gestionar el miedo. El miedo que todos tenemos, muchos de manera irracional. El miedo que compartían mis padres, gente que se creía de izquierdas (y por eso votaba al PSOE, refugio de ese miedo) y que les hacía buscar instintivamente soluciones de estabilidad, de calma. No se engañe nadie. El PP sabe gestionar el miedo de la gente, y a veces lo atiza, grosera y crudamente, pero con éxito, para ganar.

El miedo es una de las herramientas más eficaces en cuanto al control del ser humano. Miedo a que te quiten tus propiedades (y lo que comporta) o las destruyan en una lucha insensata. Miedo a que hagan daño a tus familiares o amigos. Miedo a que desaparezca alguna de las estructuras que consideras estabilizadoras (recogida de basuras o pensiones, por poner dos tipos) y que conoces de siempre. ¿La policía local? ¡No la toquéis! ¿las corridas de toros? ¡Son tradición! ¿la Legión y su cabra? ¡Que desfilen pintorescamente!

El miedo es muy potente. En la guerra es lo que hacía huír para conservar la vida, y por eso muchos ejércitos dedican más recursos a empujar desde la retaguardia que a perforar el frente. Desde el Centurio y su ayudante el Optio con las varas dando leña de vid a los rezagados, hasta los soviéticos pegando con ametralladora y gritando "ni un paso atrás". El miedo hay que gestionarlo bien. Miedo a que España se vaya de la UE (¿y la europea?) como Gran Bretaña por culpa del populismo (Farage, apreciado por extremistas de todo cuño, incluso por mí a veces cuando escucho algunos de sus discursos, cuya intencionalidad es otra...) y caiga en ese abismo insondable de... ¿qué? Miedo a que no tengamos qué comer, como en Venezuela. Miedo a que las mujeres se tapen, como en Irán. Miedo a que la mezcla de razas repugnante y viscosa se haga realidad, con ese multiculturalismo de refugiados y demás. Miedo a que los trabajos vuelvan a ser esclavistas. Miedo a otra Guerra Civil. Miedo a cosas personales, tan bien definida por Lovecraft como esa indefinición apuntada pero que cada uno rellena a su (dis)gusto.

Incluso entre quienes apoyaron primero a Podemos por rabia, por otro tipo de miedo (al futuro quebrado, a perder casa o empleo, a que todo se banalice aún más) se han encontrado con que no han sido lo suficientemente rápidos, ni sus dirigentes tan hábiles como para tornar su situación desesperada en tranquila. Es la elección de lo "malo conocido", que es la forma de expresar "ahí ya sé las reglas del juego y me adapto como puedo", volviendo así al "caballo ganador" que nunca falla (o se percibe que no falla) aunque se drogue, dope o el jockey le de fusta. Lo que ocurrió siempre en España, donde los dirigentes sabían y saben, de manera natural, que hay que dejar el espacio a la queja sonora, abrupta, individual y nada relevante, porque genera la falsa sensación de alivio ante situaciones desesperantes. Quéjese, pero de manera irrelevante, y vuelva al redil.

Todo eso pesa en un votante, aunque no en la superficie, si no en el fondo reptiliano (vale, perdón por la broma difícil) del cerebro. El PP lo gestiona de maravilla, y el tiempo ha ayudado al nuevo Cunctator de la política. Rajoy.

Somos imperfectos. Los que creían ver en UP una ruptura, una especie de redención, de promesa, de sueño, de ilusión, se han quedado con un palmo de narices. Unos claman que se han "robado" los votos. Bueno, es una democracia imperfecta, con un sistema de circunscripciones, adjudicación y sistema electoral que sí, pervierte la representación, pero no hasta el punto del "robo". Métodos sutiles. En todo caso, son las reglas de un juego que, en Podemos, lleno de politólogos, deberían conocer bien. Un ejemplo; yo no juego al "Monopoly" con las reglas del "República de Roma". Lo cierto es que el miedo ha podido a la ilusión, y aquí digo, lapidario, lo siguiente:

Como siempre.

Ahora tocará ver cuánto dura el gobierno en minoría de Rajoy. Los cambios que habrá, las concesiones, las esporádicas revueltas, los ramalazos... y cómo afrontará la oposición UP. Del PSOE lo sabemos. No es el PASOK o la SPD, pero estaba llamado a ser sustituido, fagocitado, por UP, y ahora.... Ahí también veremos qué hace IU. Vaya ensalada de siglas. Esa es otra de las facultades del miedo; rechazar lo complicado.

Nadie es perfecto.

Un saludo,

miércoles, 15 de junio de 2016

¡Cuernos!

Hoy estoy bravo y quiero hablar de toros. Chamullar de capotes. No iré con mano izquierda, porque lo que conozco del percal es ná de ná. A toro pasado, comenzaré por un principio cualquiera. 

La isla está húmeda y los mozos alterados. Los acróbatas que darán saltos y tomarán el toro por los cuernos para ello hacen fila, se secan las manos sudorosas con arena y aprietan las fajas. Alguno rezará. Estamos en la primera corrida de toros y corre también un año, quizá de hace 3.500. Esto es Creta y quizá aquello es un palacio de los que forman la famosa cultura minoica. Pero... ¿por qué jugarse la vida dando saltos sobre aquella bestia negra de cuernos blancos? Quizá porque del toro se siente el "Ka" egipcio, esa vitalidad gruñona y rebelde que todos quieren apropiarse. Y qué mejor manera que burlando su fuerza, primero, pero obteniéndola de su sangre después. Porque la sangre es la vida.

Saltemos como un acróbata. Hércules ya ha capturado al toro de Creta y Teseo le ha dado matarile al del laberinto, mitad hombre mitad bestia. Los toros han inundado el Mediterráneo como hicieran desde el Paleolítico pintados en cuevas. Todo el mundo los adora. Pero adoran más a los nuevos hombres que vierten sangre, los luchadores que ofrendan en la arena su misma vitalidad para que se sacie la sed de los muertos. Gladiadores, luchadores muchos que se enfrentarán unos a otros y serán arrastrados con ganchos fuera de los anfiteatros, dejando en el albero charcos de sangre negra. El toro cobra vida en la forma vital del luchador vestido de hierro. Y pasa al culto religioso.

El culto a la sangre, siempre. El Taurobolio, de Grecia a Roma, la ducha de sangre vivificadora, que mientras fuera en espectáculo se vierte por hombres entre hombres, aquí se toma de dioses animales para bestias humanas, mezclándose, entreverando un nuevo tejido en las sombras de lo público. Y de esa mezcolanza vendrá, un día, el otro culto...

Decía mi amigo Alejandro que nada cambia tanto. En Mérida, la plaza de toros está pegada a un recinto sagrado del Taurobolio para los misterios de Atis, Cibeles o Mitra, depende cómo se quiera llamar. Todo fluye, e igual que las iglesias se edifican sobre otras sensibilidades de lo sagrado previas, lo homogéneo tiende a permanecer cercano. Culto a la sangre, al toro, a su fuerza y vitalidad. Vida.

Yo soy nuevo en la plaza. No he toreado, pero tampoco he disfrutado, aunque esté llena hasta la bandera, de la corrida. Las autoridades no me imponen, el silencio previo y los "olés" que lo rompen no me impresionan, aunque percibo algo de misa y religión en todo ello. Las trompetillas, esos instrumentos de latón siempre del gusto de pompas y espectáculos, rebotan entre mis oídos con dolor. Con los toros hay división de opiniones. Unos a favor, otros no. Si me tiro al ruedo es para exclamar un "¡Cuernos!" y porqué me meto aquí si no sé torear. Échenme un capote. Saben de qué chamullo. De la muerte y de la muerte de una vieja tradición. Muerta ya, porque nadie la quiere. Como la misa de a 12, a 12 piezas de doblón, el paño de colores, la mantilla, la almohadilla, la pica, las cestas, los rebufos de cultura perdida. A los toros no va ni la autoridad competente, no digamos el abonado consentido. Antes se perdía Cuba y la gente acudía a la corrida para olvidar. Ahora algunos van al fútbol (los gladiadores siguen tirando más que los toros y los acróbatas que les saltan) o lo ven en casa a gritos y patadas. Los toros no han muerto, los toreros les matan, pero no saben que ellos mismos también están muertos. Ya no son cultura, son vestigios de una vieja cultura que no comprenden. Tan vieja, que no la reconocen. Pero todo esto lo veo desde la barrera, no salto ni me corto la coleta. La alternativa, más que prohibir, es dejar morir lo que se está muriendo sólo desde hace tanto tiempo. Y cuando acabe, decir, como en los tebeos, aquello de ¡¡CUERNOS!!

Sí, hablar de toros, como de política o religión, tiene sus riesgos. Y me he quedado a gusto, qué quieren. Será la edad, que no me da alternativa. 

Un saludo,




martes, 24 de mayo de 2016

Por qué debes leer

Últimamente me he aficionado a muchos podcast. "Charrando de tebeos", "Los retronautas", "Podcaliptus bombón", "Luces en el horizonte", "Personas con historia", "Cienciaes.com", "El podcast del Búho" o "Memoria histérica", estos dos últimos ya cerrados. En ellos, disfruto escuchando a personas disertar sobre temas de ciencia, literatura, cine, algo de música, tebeos y mil cosas más. Me quedo con la frase que abre "Luces en el horizonte", sacada de "Alta fidelidad":

" Libros, discos, pelis, eso importa. Puede que sea cínico, pero es la puta verdad"

Coincido plenamente. Libros, discos, pelis... eso que llaman cultura. ¿Por qué leer?

Porque la lectura, está demostrado, mejora la presión cardiovascular del cerebro, elimina ansiedades, potencia sentimientos e instruye para todo tipo de situaciones. Una persona que lee novelas de zombis sabrá cómo afrontar una hecatombe similar el día que suceda. O al menos, a reconocer un sistema social y económico corrupto, podrido y decadente. Una persona que lee novelas de fantasía heróica podrá actuar con valores cada vez más olvidados, como el heroísmo, la coherencia, la justicia, el bien y esas cosas. Una persona que lee ciencia ficción podrá reconocer los cambios en su entorno y sobre todo, su entorno, pues la Ci-Fi suele ser el género más sociológico, junto al "Noir", que existe. Una persona que lee novelas históricas, además de entretenerse, si tiene algo de juicio crítico, podrá ir a los ensayos y trabajos donde realmente se explica el entorno donde éstas tienen lugar. Y una persona que lee cualquier novela, relato, cuento, historia corta, historia larga, de amor (dicen amor cuando es sexo o, cuando menos, sensualidad para una mano) será mucho menos proclive a enfermedades mentales de esas que asolan nuestra modernidad. Como verse todo Woody Allen en una semana, ahorra psicoanalistas.

La lectura estimula. Logra que veamos lo que no existe y podamos crearlo un día. ¿Cuántos científicos leyeron a Julio Verne y pensaron en cohetes para ir a la Luna? Aunque he descubierto que es un tema controvertido (interesante, al menos) me imagino a Von Braun con un ejemplar en la mano. La literatura estimula. Wells inspira a Hawking cuando habla de contactos no muy pacíficos con alienígenas. Y los gadgets y cacharritos de Flash Gordon, han dado alguna que otra alegría luego...

Me encantan los podcast que ponen de relieve eso que comento. Curiosamente, la mayoría son aragoneses (Maño's power, que diría aquel) y son gente inteligente, ponderada, culta, hilarante. Quizá son como esos filósofos que tuvieron tiempo para meditar mientras otros les cocinaban el puchero, no sé. Pero la lectura es, para mí, primordial. ¿Quieres superar un fracaso amoroso? Lee. ¿Una situación imprevista en tu trabajo? Lee. ¿Una guerra que te haga huir de tu país? Lee (y de paso, ármate)

Ah, y nada de "géneros menores" o "géneros mayores". Para mí, tan respetable es leer "El Quijote", por mucho que su lenguaje haya ido expirando con los siglos merced a la estulticia del gobernante, como "Juego de tronos", aunque salga cada mucho tiempo y la serie haya adelantado a los libros. Leer todo, desde aquellos "Barco de Vapor" o "Elige tu propia aventura" o "Los Hollister cocinan pavo" o "Los cinco destrozan un motel de Wisconsin". Leer incluso ¡incluso! a Tintín, porque los tebeos se leen y se ven, también. Leer a Kubrick en sus imágenes. Leer a Dead Can Dance en sus canciones. Leer. Todo. Incluso mis libros (pero eso lo digo con la boca chica)

¿Tiempo? "El suficiente"...

Un saludo.

sábado, 21 de mayo de 2016

Seriados

Alguna vez he dejado constancia de mi gusto por las series televisivas. No las de parrilla, como quien dice, si no esas que puedes ver en cualquier momento, a veces de una tacada. Algo que "El Ministerio del Tiempo" ha logrado en RTVE, la de "Cuéntame"...

Mi tríada capitolina la componen "The Wire", "Los Soprano" y un vacilante tercer podio para "Yo, Claudio" o alguna otra, según me de. Por ejemplo, "Tremé", o la mutilada "Boardwalk Empire". Reconozco mi gusto por las de la BBC. Desde el moderno "Sherlock" o las estupendas "Luther" y "Black mirror" hasta las viejunas pero tan modernas "The young ones" o "Yes, Minister". La dicción, la actuación, todo eso suple a veces el presupuesto. Y si tiene encima, como "Peaky Blinders", una gran ambientación, es un gustazo. Hay miniseries buenísimas, como "37 días" que muestran un episodio vital de la historia reciente de Europa, magníficamente ambientadas y desmenuzadas, como "Parade's end" con el ahora ubicuo Cumberbatch. Y claro, "Vikingos". Una serie que me gusta por muchas razones. "Misfits", hasta que dejé de verla (como el culebrón de "Downton Abbey", el "Arriba y abajo" remozado) me parecía soberbia. Y "Utopía" es quizá de lo más lisérgico y atrevido que he visto, emulando a Kubrick en algunas ocasiones. Me he reído junto a Cris muchísimo viendo "The IT Crowd", una especie de adelanto de lo que vendría después con la archifamosa "The big bang theory". Solamente por el episodio de "El Internet", mereció la pena... "In the flesh" es una vuelta de tuerca al tema zombi, y estoy a la espera de la segunda temporada. Siempre historias imaginativas, contadas con poco dinero pero mucho arte (arte, claro que sí) e inspiración. Y sí, confieso, he visto "Los mosqueteros", donde D'Artagnan es un secundario bien relegado. Pero sobre todo, debo dar las gracias a la BBC por permitir que llegara un grupo de ácidos locuelos llenos de surrealismo a cambiar las reglas de la televisión... los Monty Python y su "Flying Circussss" (léase esa ese final arrastrada ;) )

Claro que hay muchas más series. "Juego de Tronos", esa serie que atemoriza cada lunes a medio mundo con posibles "spoilers" y que me produce rabia porque yo quería leerlo todo antes de verlo. "Modern family", un pasarratos. "Sons of anarchy", un drama shakespiriano con actores tan potentes que uno desea más y más. "Californication", que dejó de interesarme en la segunda o tercera temporada pero seguí viendo por lo mismo que todos. "Érase una vez", curiosidad que también abandoné pronto, algo que no sé si ocurrirá con "Penny dreadful", cuya segunda temporada me ha parecido tan hueca como todo "Mad men" desde la segunda. Sí, lo reconozco, "Mad men" me parece HUECA. Los personajes no evolucionan un ápice en décadas, el cambio es ridículo en algunos, las situaciones son presuntamente chulas pero de "poser" o postureo puro, los hilos argumentales me la bufan... en fin, un bluff en toda regla. En cambio, "Last man on earth" es una maravilla, cortita e intensa, donde con poco se logra mucho. En las fallidas, sin embargo, encuentro "Los 100", una insufrible Ci-Fi mal llevada y peor actuada, o la cancelada "Jerichó", que podría haber sido mucho más sin tanto estirar tramas insustanciales. Cierto, una serie puede permitirse estirar un chicle y esperar a un archifamoso "cliffhanger" para seguir, pero algunas... también recuerdo "Dig", promisoria y decepcionante. "Girls", de una pretenciosidad crispante. "Lost" (péguenme, me da igual) que no aguanté más allá de varios primeros capítulos... en fin, hay listado, pero no caigo ahora más. De las que considero un placer culpable, "Spartacus", aunque no aguanté mucho tampoco. "Homeland", que después de los rizos de la segunda temporada me cuesta retomar. O "Héroes", esa vuelta de tuerca al concepto Marvel que, como "Powers", también dejé por lo enrevesada y absurda que estaba ya siendo. No obstante, "Ash vs Evil dead" no decepciona, al contrario... ¡Qué gustazo volver a esas historias!

Pero sin duda "House of cards", a pesar de una segunda temporada llana (salvo por Putin) está entre mis favoritas actuales. Quiero ver la versión de la BBC, por supuesto, pero no sé si atreverme... Naturalmente, "El Ministerio del Tiempo" también me tiene atrapado, llegando a sacarme alguna lágrima como en los episodios del asedio de Baler (los últimos de Filipinas, para que nos entendamos) y alegrándome que tenga tanto éxito (aunque la calidad se resienta por los presupuestos) En su día, "Rome" me produjo cierto placer también, aunque fueran "las alegres aventuras de Lucio Voreno y Tito Pullo" con licencias. Ver a César encarnado en Ciaran HInds o al brutal Marco Antonio en James Purefoy (que también está en la que acabo de comenzar a ver, "Hap and Leonard") ya cubre toda suspensión de realidad en otros asuntos. He disfrutado mucho con la primera (y la segunda) temporada de "True Detective". La primera por lo enorme del producto, ese revisitar el terror de los Chambers y Lovecraft, esa mitología puramente americana. La segunda, porque sin la primera hubiera sido una estupenda historia policial y "noir" sin hermano mayor con quien compararse. No puedo dejar de hablar de "Black sails", diversión con la recreación de Robert L. Stevenson hecha con muy buena factura. En su día también me encantó "Friends", apertura de todas las comedias tipo "Cómo conocí a vuestra madre", que tiene momentos grandiosos. "Narcos" es otro descubrimiento de Netflix, como en su día las miniseries históricas de HBO tipo "John Adams" o las de la segunda guerra mundial "Hermanos de sangre" o "Pacífico", fantásticamente complementadas con entrevistas a veteranos y metraje documental de la época. Los mitos modernos... Sin duda, mi respeto a la delicada vida familiar de "The americans" también me hace apreciar esta serie (espías del KGB en suelo americano en plena época Reagan... ya eso atrae) y a su hermana complementaria "Deutschland 83", una gran recreación del "gran juego" en las dos Alemanias. Entre las "tecnológicas" me quedo con "Silicon valley", magnífica y ácida, y "Mr Robot", un producto muy Kubrick también desasosegante e intrigante. "Turn", otro producto histórico donde disfruto viendo casacas rojas, está bastante bien.

Es un repaso nada exhaustivo. Seguro que olvido series más viejas ("El equipo A", "El coche fantástico", "V"...) porque no las veo igual. "Curro Jiménez", por ejemplo, alguna vez que he visto reposiciones tengo un sentimiento mixto, de sorpresa y de decepción. Y también olvidaré series actuales, bien porque no me han dejado poso o porque mi memoria es frágil, que lo segundo es más cierto. Pero el resumen de esta entrada, para mí, es... ¡cuánto por ver! Si mi paternidad ha relegado el cine a ocasiones casi especiales, me encuentro con que hemos regresado, paradójicamente, a los inicios del séptimo arte. Sí, amigos. Cuando "Los vampiros" o "Fantomas" de Feuillade se estrenaron hace unos 100 años en Francia, era cine por entregas. Series. Lo que en los treinta y cuarenta tendría éxito en EEUU con los "Flash Gordon" o "Fu Manchú". No es nada nuevo. Cambia el medio, pero no el mensaje. Seguimos, en el fondo, queriendo cotillear en las vidas ajenas, conocer a qué se enfrentan, cómo lo resuelven o cómo reaccionan. Y queremos sorpresas, imaginación, escenarios mágicos... 

Queremos historias.

Un saludo,

miércoles, 11 de mayo de 2016

Ansiedades.

Llevo haciendo de padre casi tres años. En ese tiempo, que me parece expandido hasta el infinito (tanto que, como mi amigo Emilio, empiezo a no recordar una vida sin niño... bueno, no tanto. Recuerdo...) he vivido con intensidad muchas cosas. Desde mi miedo en la etapa del embarazo, donde la falta de conocimiento, de visibilidad, me generaba una tensión brutal, hasta que empezó a demostrar que es un ser inteligente y, sobre todo, simpático. Sí, mi hijo es simpático. Peor. Es mi clon. Soy yo con sus años. El mismo potencial de lo que he acabado siendo. Supongo que es una tendencia habitual, ver en los hijos las características de los padres. Una fatalidad subjetiva, porque en realidad él es... él mismo. Pero reconozco rasgos. Su querencia por abrazar, tocar, correr sin mirar, dar besos, buscar el tacto, la calidez de la piel. Hasta quizá extremos molestos para el que lo "sufre". Reconozco su rebeldía, su tendencia a negarse a hacer lo que le mandan (aunque termina siendo muy obediente, más de lo que parece. Es un poco aquella rebeldía controlada...) y su persistencia y curiosidad por las cosas. Reconozco su gamberrismo, buscando siempre aquel acto que haga risas pero al límite del enfado, aquel en que te llevas las manos a la cabeza, abres la boca con una "Oh" muda y ojos cual faros iluminados. Reconozco su sensibilidad ante dolores ajenos, ante accidentes, ante lloros o heridas. Reconozco esas cosas y me aterra. Pues de alguna manera entro en el barranco de la ansiedad, estrecho, puntiagudo y sin luces, que me dice "ten cuidado; puede terminarse". Puede morir.

Sí, lo he dicho. Tengo miedo a que se muera. Un miedo normal, creo. Pero el mío está cimentado en la realidad más absoluta de dos padres que perdieron a dos hijos. Algo que hace 100 años era tan normal que nadie tenía siquiera un nombre pensado para un posible síndrome (quizá ahora, el más cercano, sea el de "niño de reemplazo") pero que ahora, en nuestra sociedad tan de "Hijos de los hombres" donde la natalidad (occidental) ha caído estrepitosamente, se acentúa por la escasez de lo que era un bien y ahora es un artículo de lujo. Pero es así. Tengo miedo. Y el miedo, ese barranco que me aprieta en un abrazo afilado de ansiedades expresadas en rocas picudas a cada paso que doy dentro de él, es real. A veces no respiro, o respiro fuerte. A veces me altero y noto el corazón a mil revoluciones. A veces grito, enrojezco, me atraganto, sollozo. A veces expreso con furia lo que es puro miedo. ¿Y qué es la furia si no miedo y ansiedad, desconocimiento del futuro? Tengo miedo a que le atropelle un coche. A que se caiga y tenga secuelas. A que un tipo le rapte y le haga lo peor imaginable. A que sufra un cáncer o enfermedad de esas infantiles que siempre nos parecen tan prematuras. A que... no, seguir la lista interminable no es más que espolear mi imaginación. Y mi ansiedad.

Mi ansiedad. Cuando cayó mi gato de un quinto piso, esa ansiedad se tradujo en un miedo brutal. Hay un cómic, "El último recreo", de Carlos Trillo y Horacio Altuna, donde unas viñetas muestran un bebé estampado en el suelo. Es del año 1984. Ya en esa viñeta del bebé está el dramatismo del niño Aylan, colocado adrede por la policía turca con ánimo de soliviantar ánimos. Es el mismo encuadre. El mismo dramatismo. Y cuando cayó mi gato, lo primero que hice fue pensar en mi hijo así. De pronto, aquello que parecía ficción, simple entretenimiento que sí, removía intelectualmente, pero no emocionalmente, cobra nueva dimensión. Y todo regurgita del pasado, una espesa baba moquea frente a mi razón y cubre viscosa mi agilidad cada vez menor. Me siento anquilosado, queratinoso, cubiertas las vísceras de caparazones crudos y musgosos. Entre las junturas, sin embargo, aguijonean espasmos de realidad. Ansiedad.

La ansiedad es un mecanismo defensivo de supervivencia. Prever un mal futuro prepara para enfrentarse a él. Así que quizá sepa cómo enfrentarme a un apocalipsis zombi, quién sabe. Pero cuando la ansiedad no es por uno mismo (que existe, pero derivada; mi miedo es no estar, o estar en malas condiciones, de manera que mi hijo sufra las consecuencias) si no por un vástago, un descendiente, una astilla del palo curtido por los años y la intemperie, ésta es infinita, ilimitada en las formas que toma. De hecho, el horror cósmico ante la indefinición monstruosa de Lovecraft, esa pequeñez del hombre y su menudencia, queda pequeño ante la retahíla de formas informes que ésta logra consumar.

Me he desahogado. Lo reconozco. Peor sería dejar que me consumiera internamente, reventando las escasas fibras sensibles que aún tengo. Y, sin embargo, lo tengo claro. La ansiedad nunca remite. Incertidumbre e imaginación, conocimientos parciales, ojos abiertos. El expresionismo, la extrañeza existencial, el fatalismo, de pronto, dejan de ser arte y son parte. Creo, tras esta entrada en la bitácora donde calculo mis derrotas, que necesito recuperar un sol de abril, de mayo, un cielo azul sobre Marte, una cabalgada en la hierba un hermoso día de junio, una épica victoria sobre mis enemigos. ¿Qué enemigos?

Todos...

Un saludo,