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martes, 5 de julio de 2016

Después de la Democracia

Ahorrémonos unos cuantos párrafos. Diré, a modo de ejemplo, Yuval Harari y Raffaele Simone. Ficciones. La Democracia como una de ellas, tan real y creíble como Dios, el Dinero, la Igualdad o el Capitalismo. Toda ficción se destruye cuando nadie o pocos creen ya en ella. Un ejemplo, la República de Weimar en 1933. ¿Cuántos, de los que no huyeron, creían en ella?

Estamos en un período transicional, tan largo y espeso que no acertamos a ponerle fin y desde luego, menos aventurar cuál fue su principio (yo apuesto por 1991, el fin de la URSS) y similar en cuanto a esa "Tardoantigüedad" o "fin del Ancien Regime", por ser períodos oscuros, difusos y poco comprensibles. La pregunta no es ¿qué ha cambiado? si no más bien ¿qué está cambiando?

La crisis global es una crisis que no está teniendo respuesta global. Y como siempre, se da de manera local. Grandes masas de gentes empobrecidas o ilusionadas huyen a Europa, continente de más fácil acceso que América o Australia. Estas migraciones masivas hacen tambalearse todo el cimiento (ilusorio) en el que están construidas las democracias europeas, e incluso la misma UE. Se viene buscando un Estado benefactor que no puede siquiera ya cubrir las necesidades (esa "annona" romana...) de sus habitantes establecidos sin quebrar la ficción de que hay dinero, algo muy difícil. Porque el dinero, señores, no existe. Es una afirmación nada baladí; basándonos en la realidad, el dinero no es más que una ficción de valor que lo gana o pierde en relación a la confianza que se quiera tener al mismo. Y ahora mismo, la confianza existe porque lo sostiene la misma mentira que atrae a los emigrantes; que hay suficiente para todos en forma de prestaciones y recursos. ¿Es así? La realidad es que no. Pero el miedo a alternativas como el trueque, el intercambio de servicios por productos o la simple expropiación de recursos hace que cultivemos la ilusión de que el dinero existe y nos permite adquirir productos sin cesar. 

Aquí diré que el Capitalismo, otra ficción que no existe, ha hecho sin embargo un buen trabajo arruinando a una gran porción del planeta en sentido global a cambio de beneficiar a una pequeña porción del mismo de manera global. Las viejas elites se han encontrado en la globalización y se han dado la mano y mirado con reconocimiento, acuciantes en su necesidad de proteger su clase (sí, su clase) de cualquier nuevo asalto al poder como ya vivieron en tantas y tantas ocasiones antes. Pero sin capitalismo, también, no habría existido desarrollo. La pregunta es, ¿es adecuado un desarrollo que genera una catarata de riquezas pero que apenas sí riega con cuatro gotas a 4/5 partes de la población humana?

La Democracia hizo de moderadora del Capitalismo. Y de tanto mamporrear, se convirtió en su vasalla. Vaciando de contenidos su sentido, tocaba después pensar qué fórmula podría triunfar. ¿Un fundamentalismo religioso? El Islam lo intenta. ¿Un fanatismo nacionalista? En Europa están creciendo. ¿Un corporativismo empresarial de corte feudal? De momento, es la fórmula que va ganando.

Cuando se deja de creer en algo, ésto pierde su valor. Es como los dioses de Mundodisco; si no les adora nadie, dejan de existir. Son, como la Democracia, ficciones. Y ayer aún había quien creía en esa ficción. Hoy todos la dan por muerta. Si Dios murió a manos de Nietzsche hace unos 100 años, la Democracia murió a manos del Capitalismo, lentamente, desde los años 90. 

¿Y después?

Un saludo,

miércoles, 29 de junio de 2016

Imperfecciones

Pasadas las segundas elecciones, tras el necesario cambio de diciembre y la dudosa necesidad de junio, voy a hablar de política. Del PP, para concretar.

Los seguidores de Unidos Podemos, esto es, Podemos + IU + Confluencias, muchos de ellos, se han sentido como forofos de un equipo que les defrauda en un partido importante. Lógico. Y en lugar de pensar qué han hecho mal, muchos han usado las redes (esa virtualidad que no ve casi nadie más que ellos, modernillos urbanitas) para calificar de borregos, imbéciles, fascistas, abueletes, tontosdelhaba, etc, etc, etc, a quienes votaron al PP, responsabilizándoles del fracaso de UP. Y ahí queda el calentón. Pablo Iglesias está quemado, Alberto Garzón cuestionado (ya de antes...) y los "segunda fila" de aquellos partidos, afilando, como siempre, sus cuchillos.

No me interesa el PSOE. Sigue teniendo parte de las cualidades que voy a contar del PP, atemperadas por una laxa y pantanosa interpretación de "ser de izquierdas" que antes les fue bien y, ahora, no.

Del PP se dice que es el partido del miedo. Pero ojo, no que den miedo (que lo dan por otros motivos) si no porque saben gestionar el miedo. El miedo que todos tenemos, muchos de manera irracional. El miedo que compartían mis padres, gente que se creía de izquierdas (y por eso votaba al PSOE, refugio de ese miedo) y que les hacía buscar instintivamente soluciones de estabilidad, de calma. No se engañe nadie. El PP sabe gestionar el miedo de la gente, y a veces lo atiza, grosera y crudamente, pero con éxito, para ganar.

El miedo es una de las herramientas más eficaces en cuanto al control del ser humano. Miedo a que te quiten tus propiedades (y lo que comporta) o las destruyan en una lucha insensata. Miedo a que hagan daño a tus familiares o amigos. Miedo a que desaparezca alguna de las estructuras que consideras estabilizadoras (recogida de basuras o pensiones, por poner dos tipos) y que conoces de siempre. ¿La policía local? ¡No la toquéis! ¿las corridas de toros? ¡Son tradición! ¿la Legión y su cabra? ¡Que desfilen pintorescamente!

El miedo es muy potente. En la guerra es lo que hacía huír para conservar la vida, y por eso muchos ejércitos dedican más recursos a empujar desde la retaguardia que a perforar el frente. Desde el Centurio y su ayudante el Optio con las varas dando leña de vid a los rezagados, hasta los soviéticos pegando con ametralladora y gritando "ni un paso atrás". El miedo hay que gestionarlo bien. Miedo a que España se vaya de la UE (¿y la europea?) como Gran Bretaña por culpa del populismo (Farage, apreciado por extremistas de todo cuño, incluso por mí a veces cuando escucho algunos de sus discursos, cuya intencionalidad es otra...) y caiga en ese abismo insondable de... ¿qué? Miedo a que no tengamos qué comer, como en Venezuela. Miedo a que las mujeres se tapen, como en Irán. Miedo a que la mezcla de razas repugnante y viscosa se haga realidad, con ese multiculturalismo de refugiados y demás. Miedo a que los trabajos vuelvan a ser esclavistas. Miedo a otra Guerra Civil. Miedo a cosas personales, tan bien definida por Lovecraft como esa indefinición apuntada pero que cada uno rellena a su (dis)gusto.

Incluso entre quienes apoyaron primero a Podemos por rabia, por otro tipo de miedo (al futuro quebrado, a perder casa o empleo, a que todo se banalice aún más) se han encontrado con que no han sido lo suficientemente rápidos, ni sus dirigentes tan hábiles como para tornar su situación desesperada en tranquila. Es la elección de lo "malo conocido", que es la forma de expresar "ahí ya sé las reglas del juego y me adapto como puedo", volviendo así al "caballo ganador" que nunca falla (o se percibe que no falla) aunque se drogue, dope o el jockey le de fusta. Lo que ocurrió siempre en España, donde los dirigentes sabían y saben, de manera natural, que hay que dejar el espacio a la queja sonora, abrupta, individual y nada relevante, porque genera la falsa sensación de alivio ante situaciones desesperantes. Quéjese, pero de manera irrelevante, y vuelva al redil.

Todo eso pesa en un votante, aunque no en la superficie, si no en el fondo reptiliano (vale, perdón por la broma difícil) del cerebro. El PP lo gestiona de maravilla, y el tiempo ha ayudado al nuevo Cunctator de la política. Rajoy.

Somos imperfectos. Los que creían ver en UP una ruptura, una especie de redención, de promesa, de sueño, de ilusión, se han quedado con un palmo de narices. Unos claman que se han "robado" los votos. Bueno, es una democracia imperfecta, con un sistema de circunscripciones, adjudicación y sistema electoral que sí, pervierte la representación, pero no hasta el punto del "robo". Métodos sutiles. En todo caso, son las reglas de un juego que, en Podemos, lleno de politólogos, deberían conocer bien. Un ejemplo; yo no juego al "Monopoly" con las reglas del "República de Roma". Lo cierto es que el miedo ha podido a la ilusión, y aquí digo, lapidario, lo siguiente:

Como siempre.

Ahora tocará ver cuánto dura el gobierno en minoría de Rajoy. Los cambios que habrá, las concesiones, las esporádicas revueltas, los ramalazos... y cómo afrontará la oposición UP. Del PSOE lo sabemos. No es el PASOK o la SPD, pero estaba llamado a ser sustituido, fagocitado, por UP, y ahora.... Ahí también veremos qué hace IU. Vaya ensalada de siglas. Esa es otra de las facultades del miedo; rechazar lo complicado.

Nadie es perfecto.

Un saludo,

miércoles, 15 de junio de 2016

¡Cuernos!

Hoy estoy bravo y quiero hablar de toros. Chamullar de capotes. No iré con mano izquierda, porque lo que conozco del percal es ná de ná. A toro pasado, comenzaré por un principio cualquiera. 

La isla está húmeda y los mozos alterados. Los acróbatas que darán saltos y tomarán el toro por los cuernos para ello hacen fila, se secan las manos sudorosas con arena y aprietan las fajas. Alguno rezará. Estamos en la primera corrida de toros y corre también un año, quizá de hace 3.500. Esto es Creta y quizá aquello es un palacio de los que forman la famosa cultura minoica. Pero... ¿por qué jugarse la vida dando saltos sobre aquella bestia negra de cuernos blancos? Quizá porque del toro se siente el "Ka" egipcio, esa vitalidad gruñona y rebelde que todos quieren apropiarse. Y qué mejor manera que burlando su fuerza, primero, pero obteniéndola de su sangre después. Porque la sangre es la vida.

Saltemos como un acróbata. Hércules ya ha capturado al toro de Creta y Teseo le ha dado matarile al del laberinto, mitad hombre mitad bestia. Los toros han inundado el Mediterráneo como hicieran desde el Paleolítico pintados en cuevas. Todo el mundo los adora. Pero adoran más a los nuevos hombres que vierten sangre, los luchadores que ofrendan en la arena su misma vitalidad para que se sacie la sed de los muertos. Gladiadores, luchadores muchos que se enfrentarán unos a otros y serán arrastrados con ganchos fuera de los anfiteatros, dejando en el albero charcos de sangre negra. El toro cobra vida en la forma vital del luchador vestido de hierro. Y pasa al culto religioso.

El culto a la sangre, siempre. El Taurobolio, de Grecia a Roma, la ducha de sangre vivificadora, que mientras fuera en espectáculo se vierte por hombres entre hombres, aquí se toma de dioses animales para bestias humanas, mezclándose, entreverando un nuevo tejido en las sombras de lo público. Y de esa mezcolanza vendrá, un día, el otro culto...

Decía mi amigo Alejandro que nada cambia tanto. En Mérida, la plaza de toros está pegada a un recinto sagrado del Taurobolio para los misterios de Atis, Cibeles o Mitra, depende cómo se quiera llamar. Todo fluye, e igual que las iglesias se edifican sobre otras sensibilidades de lo sagrado previas, lo homogéneo tiende a permanecer cercano. Culto a la sangre, al toro, a su fuerza y vitalidad. Vida.

Yo soy nuevo en la plaza. No he toreado, pero tampoco he disfrutado, aunque esté llena hasta la bandera, de la corrida. Las autoridades no me imponen, el silencio previo y los "olés" que lo rompen no me impresionan, aunque percibo algo de misa y religión en todo ello. Las trompetillas, esos instrumentos de latón siempre del gusto de pompas y espectáculos, rebotan entre mis oídos con dolor. Con los toros hay división de opiniones. Unos a favor, otros no. Si me tiro al ruedo es para exclamar un "¡Cuernos!" y porqué me meto aquí si no sé torear. Échenme un capote. Saben de qué chamullo. De la muerte y de la muerte de una vieja tradición. Muerta ya, porque nadie la quiere. Como la misa de a 12, a 12 piezas de doblón, el paño de colores, la mantilla, la almohadilla, la pica, las cestas, los rebufos de cultura perdida. A los toros no va ni la autoridad competente, no digamos el abonado consentido. Antes se perdía Cuba y la gente acudía a la corrida para olvidar. Ahora algunos van al fútbol (los gladiadores siguen tirando más que los toros y los acróbatas que les saltan) o lo ven en casa a gritos y patadas. Los toros no han muerto, los toreros les matan, pero no saben que ellos mismos también están muertos. Ya no son cultura, son vestigios de una vieja cultura que no comprenden. Tan vieja, que no la reconocen. Pero todo esto lo veo desde la barrera, no salto ni me corto la coleta. La alternativa, más que prohibir, es dejar morir lo que se está muriendo sólo desde hace tanto tiempo. Y cuando acabe, decir, como en los tebeos, aquello de ¡¡CUERNOS!!

Sí, hablar de toros, como de política o religión, tiene sus riesgos. Y me he quedado a gusto, qué quieren. Será la edad, que no me da alternativa. 

Un saludo,




martes, 24 de mayo de 2016

Por qué debes leer

Últimamente me he aficionado a muchos podcast. "Charrando de tebeos", "Los retronautas", "Podcaliptus bombón", "Luces en el horizonte", "Personas con historia", "Cienciaes.com", "El podcast del Búho" o "Memoria histérica", estos dos últimos ya cerrados. En ellos, disfruto escuchando a personas disertar sobre temas de ciencia, literatura, cine, algo de música, tebeos y mil cosas más. Me quedo con la frase que abre "Luces en el horizonte", sacada de "Alta fidelidad":

" Libros, discos, pelis, eso importa. Puede que sea cínico, pero es la puta verdad"

Coincido plenamente. Libros, discos, pelis... eso que llaman cultura. ¿Por qué leer?

Porque la lectura, está demostrado, mejora la presión cardiovascular del cerebro, elimina ansiedades, potencia sentimientos e instruye para todo tipo de situaciones. Una persona que lee novelas de zombis sabrá cómo afrontar una hecatombe similar el día que suceda. O al menos, a reconocer un sistema social y económico corrupto, podrido y decadente. Una persona que lee novelas de fantasía heróica podrá actuar con valores cada vez más olvidados, como el heroísmo, la coherencia, la justicia, el bien y esas cosas. Una persona que lee ciencia ficción podrá reconocer los cambios en su entorno y sobre todo, su entorno, pues la Ci-Fi suele ser el género más sociológico, junto al "Noir", que existe. Una persona que lee novelas históricas, además de entretenerse, si tiene algo de juicio crítico, podrá ir a los ensayos y trabajos donde realmente se explica el entorno donde éstas tienen lugar. Y una persona que lee cualquier novela, relato, cuento, historia corta, historia larga, de amor (dicen amor cuando es sexo o, cuando menos, sensualidad para una mano) será mucho menos proclive a enfermedades mentales de esas que asolan nuestra modernidad. Como verse todo Woody Allen en una semana, ahorra psicoanalistas.

La lectura estimula. Logra que veamos lo que no existe y podamos crearlo un día. ¿Cuántos científicos leyeron a Julio Verne y pensaron en cohetes para ir a la Luna? Aunque he descubierto que es un tema controvertido (interesante, al menos) me imagino a Von Braun con un ejemplar en la mano. La literatura estimula. Wells inspira a Hawking cuando habla de contactos no muy pacíficos con alienígenas. Y los gadgets y cacharritos de Flash Gordon, han dado alguna que otra alegría luego...

Me encantan los podcast que ponen de relieve eso que comento. Curiosamente, la mayoría son aragoneses (Maño's power, que diría aquel) y son gente inteligente, ponderada, culta, hilarante. Quizá son como esos filósofos que tuvieron tiempo para meditar mientras otros les cocinaban el puchero, no sé. Pero la lectura es, para mí, primordial. ¿Quieres superar un fracaso amoroso? Lee. ¿Una situación imprevista en tu trabajo? Lee. ¿Una guerra que te haga huir de tu país? Lee (y de paso, ármate)

Ah, y nada de "géneros menores" o "géneros mayores". Para mí, tan respetable es leer "El Quijote", por mucho que su lenguaje haya ido expirando con los siglos merced a la estulticia del gobernante, como "Juego de tronos", aunque salga cada mucho tiempo y la serie haya adelantado a los libros. Leer todo, desde aquellos "Barco de Vapor" o "Elige tu propia aventura" o "Los Hollister cocinan pavo" o "Los cinco destrozan un motel de Wisconsin". Leer incluso ¡incluso! a Tintín, porque los tebeos se leen y se ven, también. Leer a Kubrick en sus imágenes. Leer a Dead Can Dance en sus canciones. Leer. Todo. Incluso mis libros (pero eso lo digo con la boca chica)

¿Tiempo? "El suficiente"...

Un saludo.

sábado, 21 de mayo de 2016

Seriados

Alguna vez he dejado constancia de mi gusto por las series televisivas. No las de parrilla, como quien dice, si no esas que puedes ver en cualquier momento, a veces de una tacada. Algo que "El Ministerio del Tiempo" ha logrado en RTVE, la de "Cuéntame"...

Mi tríada capitolina la componen "The Wire", "Los Soprano" y un vacilante tercer podio para "Yo, Claudio" o alguna otra, según me de. Por ejemplo, "Tremé", o la mutilada "Boardwalk Empire". Reconozco mi gusto por las de la BBC. Desde el moderno "Sherlock" o las estupendas "Luther" y "Black mirror" hasta las viejunas pero tan modernas "The young ones" o "Yes, Minister". La dicción, la actuación, todo eso suple a veces el presupuesto. Y si tiene encima, como "Peaky Blinders", una gran ambientación, es un gustazo. Hay miniseries buenísimas, como "37 días" que muestran un episodio vital de la historia reciente de Europa, magníficamente ambientadas y desmenuzadas, como "Parade's end" con el ahora ubicuo Cumberbatch. Y claro, "Vikingos". Una serie que me gusta por muchas razones. "Misfits", hasta que dejé de verla (como el culebrón de "Downton Abbey", el "Arriba y abajo" remozado) me parecía soberbia. Y "Utopía" es quizá de lo más lisérgico y atrevido que he visto, emulando a Kubrick en algunas ocasiones. Me he reído junto a Cris muchísimo viendo "The IT Crowd", una especie de adelanto de lo que vendría después con la archifamosa "The big bang theory". Solamente por el episodio de "El Internet", mereció la pena... "In the flesh" es una vuelta de tuerca al tema zombi, y estoy a la espera de la segunda temporada. Siempre historias imaginativas, contadas con poco dinero pero mucho arte (arte, claro que sí) e inspiración. Y sí, confieso, he visto "Los mosqueteros", donde D'Artagnan es un secundario bien relegado. Pero sobre todo, debo dar las gracias a la BBC por permitir que llegara un grupo de ácidos locuelos llenos de surrealismo a cambiar las reglas de la televisión... los Monty Python y su "Flying Circussss" (léase esa ese final arrastrada ;) )

Claro que hay muchas más series. "Juego de Tronos", esa serie que atemoriza cada lunes a medio mundo con posibles "spoilers" y que me produce rabia porque yo quería leerlo todo antes de verlo. "Modern family", un pasarratos. "Sons of anarchy", un drama shakespiriano con actores tan potentes que uno desea más y más. "Californication", que dejó de interesarme en la segunda o tercera temporada pero seguí viendo por lo mismo que todos. "Érase una vez", curiosidad que también abandoné pronto, algo que no sé si ocurrirá con "Penny dreadful", cuya segunda temporada me ha parecido tan hueca como todo "Mad men" desde la segunda. Sí, lo reconozco, "Mad men" me parece HUECA. Los personajes no evolucionan un ápice en décadas, el cambio es ridículo en algunos, las situaciones son presuntamente chulas pero de "poser" o postureo puro, los hilos argumentales me la bufan... en fin, un bluff en toda regla. En cambio, "Last man on earth" es una maravilla, cortita e intensa, donde con poco se logra mucho. En las fallidas, sin embargo, encuentro "Los 100", una insufrible Ci-Fi mal llevada y peor actuada, o la cancelada "Jerichó", que podría haber sido mucho más sin tanto estirar tramas insustanciales. Cierto, una serie puede permitirse estirar un chicle y esperar a un archifamoso "cliffhanger" para seguir, pero algunas... también recuerdo "Dig", promisoria y decepcionante. "Girls", de una pretenciosidad crispante. "Lost" (péguenme, me da igual) que no aguanté más allá de varios primeros capítulos... en fin, hay listado, pero no caigo ahora más. De las que considero un placer culpable, "Spartacus", aunque no aguanté mucho tampoco. "Homeland", que después de los rizos de la segunda temporada me cuesta retomar. O "Héroes", esa vuelta de tuerca al concepto Marvel que, como "Powers", también dejé por lo enrevesada y absurda que estaba ya siendo. No obstante, "Ash vs Evil dead" no decepciona, al contrario... ¡Qué gustazo volver a esas historias!

Pero sin duda "House of cards", a pesar de una segunda temporada llana (salvo por Putin) está entre mis favoritas actuales. Quiero ver la versión de la BBC, por supuesto, pero no sé si atreverme... Naturalmente, "El Ministerio del Tiempo" también me tiene atrapado, llegando a sacarme alguna lágrima como en los episodios del asedio de Baler (los últimos de Filipinas, para que nos entendamos) y alegrándome que tenga tanto éxito (aunque la calidad se resienta por los presupuestos) En su día, "Rome" me produjo cierto placer también, aunque fueran "las alegres aventuras de Lucio Voreno y Tito Pullo" con licencias. Ver a César encarnado en Ciaran HInds o al brutal Marco Antonio en James Purefoy (que también está en la que acabo de comenzar a ver, "Hap and Leonard") ya cubre toda suspensión de realidad en otros asuntos. He disfrutado mucho con la primera (y la segunda) temporada de "True Detective". La primera por lo enorme del producto, ese revisitar el terror de los Chambers y Lovecraft, esa mitología puramente americana. La segunda, porque sin la primera hubiera sido una estupenda historia policial y "noir" sin hermano mayor con quien compararse. No puedo dejar de hablar de "Black sails", diversión con la recreación de Robert L. Stevenson hecha con muy buena factura. En su día también me encantó "Friends", apertura de todas las comedias tipo "Cómo conocí a vuestra madre", que tiene momentos grandiosos. "Narcos" es otro descubrimiento de Netflix, como en su día las miniseries históricas de HBO tipo "John Adams" o las de la segunda guerra mundial "Hermanos de sangre" o "Pacífico", fantásticamente complementadas con entrevistas a veteranos y metraje documental de la época. Los mitos modernos... Sin duda, mi respeto a la delicada vida familiar de "The americans" también me hace apreciar esta serie (espías del KGB en suelo americano en plena época Reagan... ya eso atrae) y a su hermana complementaria "Deutschland 83", una gran recreación del "gran juego" en las dos Alemanias. Entre las "tecnológicas" me quedo con "Silicon valley", magnífica y ácida, y "Mr Robot", un producto muy Kubrick también desasosegante e intrigante. "Turn", otro producto histórico donde disfruto viendo casacas rojas, está bastante bien.

Es un repaso nada exhaustivo. Seguro que olvido series más viejas ("El equipo A", "El coche fantástico", "V"...) porque no las veo igual. "Curro Jiménez", por ejemplo, alguna vez que he visto reposiciones tengo un sentimiento mixto, de sorpresa y de decepción. Y también olvidaré series actuales, bien porque no me han dejado poso o porque mi memoria es frágil, que lo segundo es más cierto. Pero el resumen de esta entrada, para mí, es... ¡cuánto por ver! Si mi paternidad ha relegado el cine a ocasiones casi especiales, me encuentro con que hemos regresado, paradójicamente, a los inicios del séptimo arte. Sí, amigos. Cuando "Los vampiros" o "Fantomas" de Feuillade se estrenaron hace unos 100 años en Francia, era cine por entregas. Series. Lo que en los treinta y cuarenta tendría éxito en EEUU con los "Flash Gordon" o "Fu Manchú". No es nada nuevo. Cambia el medio, pero no el mensaje. Seguimos, en el fondo, queriendo cotillear en las vidas ajenas, conocer a qué se enfrentan, cómo lo resuelven o cómo reaccionan. Y queremos sorpresas, imaginación, escenarios mágicos... 

Queremos historias.

Un saludo,

miércoles, 11 de mayo de 2016

Ansiedades.

Llevo haciendo de padre casi tres años. En ese tiempo, que me parece expandido hasta el infinito (tanto que, como mi amigo Emilio, empiezo a no recordar una vida sin niño... bueno, no tanto. Recuerdo...) he vivido con intensidad muchas cosas. Desde mi miedo en la etapa del embarazo, donde la falta de conocimiento, de visibilidad, me generaba una tensión brutal, hasta que empezó a demostrar que es un ser inteligente y, sobre todo, simpático. Sí, mi hijo es simpático. Peor. Es mi clon. Soy yo con sus años. El mismo potencial de lo que he acabado siendo. Supongo que es una tendencia habitual, ver en los hijos las características de los padres. Una fatalidad subjetiva, porque en realidad él es... él mismo. Pero reconozco rasgos. Su querencia por abrazar, tocar, correr sin mirar, dar besos, buscar el tacto, la calidez de la piel. Hasta quizá extremos molestos para el que lo "sufre". Reconozco su rebeldía, su tendencia a negarse a hacer lo que le mandan (aunque termina siendo muy obediente, más de lo que parece. Es un poco aquella rebeldía controlada...) y su persistencia y curiosidad por las cosas. Reconozco su gamberrismo, buscando siempre aquel acto que haga risas pero al límite del enfado, aquel en que te llevas las manos a la cabeza, abres la boca con una "Oh" muda y ojos cual faros iluminados. Reconozco su sensibilidad ante dolores ajenos, ante accidentes, ante lloros o heridas. Reconozco esas cosas y me aterra. Pues de alguna manera entro en el barranco de la ansiedad, estrecho, puntiagudo y sin luces, que me dice "ten cuidado; puede terminarse". Puede morir.

Sí, lo he dicho. Tengo miedo a que se muera. Un miedo normal, creo. Pero el mío está cimentado en la realidad más absoluta de dos padres que perdieron a dos hijos. Algo que hace 100 años era tan normal que nadie tenía siquiera un nombre pensado para un posible síndrome (quizá ahora, el más cercano, sea el de "niño de reemplazo") pero que ahora, en nuestra sociedad tan de "Hijos de los hombres" donde la natalidad (occidental) ha caído estrepitosamente, se acentúa por la escasez de lo que era un bien y ahora es un artículo de lujo. Pero es así. Tengo miedo. Y el miedo, ese barranco que me aprieta en un abrazo afilado de ansiedades expresadas en rocas picudas a cada paso que doy dentro de él, es real. A veces no respiro, o respiro fuerte. A veces me altero y noto el corazón a mil revoluciones. A veces grito, enrojezco, me atraganto, sollozo. A veces expreso con furia lo que es puro miedo. ¿Y qué es la furia si no miedo y ansiedad, desconocimiento del futuro? Tengo miedo a que le atropelle un coche. A que se caiga y tenga secuelas. A que un tipo le rapte y le haga lo peor imaginable. A que sufra un cáncer o enfermedad de esas infantiles que siempre nos parecen tan prematuras. A que... no, seguir la lista interminable no es más que espolear mi imaginación. Y mi ansiedad.

Mi ansiedad. Cuando cayó mi gato de un quinto piso, esa ansiedad se tradujo en un miedo brutal. Hay un cómic, "El último recreo", de Carlos Trillo y Horacio Altuna, donde unas viñetas muestran un bebé estampado en el suelo. Es del año 1984. Ya en esa viñeta del bebé está el dramatismo del niño Aylan, colocado adrede por la policía turca con ánimo de soliviantar ánimos. Es el mismo encuadre. El mismo dramatismo. Y cuando cayó mi gato, lo primero que hice fue pensar en mi hijo así. De pronto, aquello que parecía ficción, simple entretenimiento que sí, removía intelectualmente, pero no emocionalmente, cobra nueva dimensión. Y todo regurgita del pasado, una espesa baba moquea frente a mi razón y cubre viscosa mi agilidad cada vez menor. Me siento anquilosado, queratinoso, cubiertas las vísceras de caparazones crudos y musgosos. Entre las junturas, sin embargo, aguijonean espasmos de realidad. Ansiedad.

La ansiedad es un mecanismo defensivo de supervivencia. Prever un mal futuro prepara para enfrentarse a él. Así que quizá sepa cómo enfrentarme a un apocalipsis zombi, quién sabe. Pero cuando la ansiedad no es por uno mismo (que existe, pero derivada; mi miedo es no estar, o estar en malas condiciones, de manera que mi hijo sufra las consecuencias) si no por un vástago, un descendiente, una astilla del palo curtido por los años y la intemperie, ésta es infinita, ilimitada en las formas que toma. De hecho, el horror cósmico ante la indefinición monstruosa de Lovecraft, esa pequeñez del hombre y su menudencia, queda pequeño ante la retahíla de formas informes que ésta logra consumar.

Me he desahogado. Lo reconozco. Peor sería dejar que me consumiera internamente, reventando las escasas fibras sensibles que aún tengo. Y, sin embargo, lo tengo claro. La ansiedad nunca remite. Incertidumbre e imaginación, conocimientos parciales, ojos abiertos. El expresionismo, la extrañeza existencial, el fatalismo, de pronto, dejan de ser arte y son parte. Creo, tras esta entrada en la bitácora donde calculo mis derrotas, que necesito recuperar un sol de abril, de mayo, un cielo azul sobre Marte, una cabalgada en la hierba un hermoso día de junio, una épica victoria sobre mis enemigos. ¿Qué enemigos?

Todos...

Un saludo,

miércoles, 30 de marzo de 2016

Risas de ser español

Termino de ver el último episodio de "El ministerio del tiempo", con sus gags de funcionarios y sus viajes temporales a épocas de la historia de España que resultan muy amenos y hasta instructivos. Es buena serie, a pesar de... a pesar de ser española, me dirá alguno. A pesar de su maltrato como todo lo que tiene calidad y proyección. Que los guionistas (uno fallecido) sean de Carabanchel puede que ayude. En nuestro barrio fuimos siempre muy macarras, muy echados p'alante, muy castizos pero a lo bruto. Y si teníamos imaginación, además, éramos imparables.

El último episodio es emocionante. Al menos, a mí me lo parece. Cuando visité el museo del ejército en Toledo (o "museo de algo que lleva uniformes y cacharros que aunque matan no lo diremos para no ofender a nadie", diría...) me sorprendió el rayadillo, el uniforme de la época. Y las condiciones deplorables de todos, tropa y demás. Y cuando leía para documentarme, con vistas a la ucronía que escribí, era brutal encontrarse entre quienes escribían y leían una conciencia malditista de ser español. Falta de medios, siempre. Si un capitán comía paté francés en tostadas saladas belgas, sus soldados apenas comían garbanzos con gusano. Si un teniente de rica familia tenía las botas y el fusil limpios, era porque pagaba en cigarrillos a siervos, no soldados, para ello. Y si un comandante tenía chalet en Melilla, lo había construido de gratis una compañía para él, abastecido con el almacén del ejército. Corrupción, ADN. 

Pero digo, es emocionante. Ver lo bien que reproduce a esos hombres jodidos, puteados, de todas partes, analfabetos, peatones de la historia de España que iban, pegaban tiros, luchaban, sudaban, enfermaban y eran defenestrados mientras capullos de traje y corbata pensaban en la nueva comisión a pillar, es brutal. Brutal ver una manifestación de la PAH y a un veterano de Flandes defendiendo a la anciana (con motivación sicalíptica, va, pero está ahí) y ver cómo siempre nos pasa igual, anarquistas sin fuerza física, aunque sí moral, siendo jodidos por los que tienen ausencia de moral y exceso de fuerzas. Y ver a los últimos de Filipinas, esos tipos que llegaron sin pena ni gloria a una España que los repudiaba por ser recordatorios de todos los males que les habían causado, es emocionante. Y bien trazado, qué cojones que diría aquel.

Ser español parece que consiste en echarse unas risas. De que casi nombren a un buque de la Royal Navy como a uno de nuestros mejores marinos, reivindicado por un colombiano, ese Blas de Lezo que aún no sabemos símbolo de qué es (unos rápidamente le abanderan para su causa y otros le ignoran, como siempre, pero nadie pondera) y que ha provocado una hilarante respuesta de vergüenza por los británicos, eliminándole rápidamente de las votaciones para no sentirse humillados. Ser español parece ser eso, olvidar el pasado o recordarlo con sarcasmo, risas negras y ojos en blanco. Ser español da risa porque nos reímos, pero al mismo tiempo exigimos seriedad, lo que provoca aún más hilaridad...

No voy a dar el mítin de "apoyemos el producto ESPAÑOL" en plan que hay que ver la serie y mandar cartas y bla bla bla. ¿Para qué? De las consecuencias positivas que tiene la educación y la globalización es que puedes encontrar lo mejor en todas partes, sea aquí o allí o en medio. Pero mi corazoncito titila con esta serie. Me asoma lagrimita. No sé, siento que no es ese cine triunfalista y acartonado de la Cifesa o las pelis donde el héroe es de granito sólido y una cruz en el pecho. No es ese lenguaje grandilocuente y plomizo que abotarga los oídos. No es esa cultura es otra, es nueva, es diferente, no mejor, si no nuestra, de ahora, de éste momento. Y por eso merece la pena. Porque es nuestra. Es la manera de reivindicar nuestros mitos, nuestras epopeyas, nuestras leyendas. Quizá, y esto lo digo con la boca chica pero lleno de orgullo, la manera de un carabanchelero que supo hallar en las salas recreativas tapizadas de crujiente cáscara de cacahuete y humo de tabaco negro esa visión nueva, esa mirada diferente. Cada generación tiene la suya, ahora tenemos la nuestra. 

Y ya que estoy, si alguien escribe sobre el general Gutiérrez de Otero y Santayana yo quiero leerlo, que sigo diciendo merece una novela. Arandino de secano y terminar siendo el artífice de dejar manco a Nelson en Tenerife... coño, eso es otra epopeya. Que el tío jodió a los ingleses en varios sitios... seguro que diciendo, en algún momento, "anda y que os den morcilla". De Aranda, claro. :P

Un saludo,

jueves, 24 de marzo de 2016

¿Merece la pena ser aceptado?

El ser humano tiene una necesidad (salvo casos específicos diagnosticados) de formar parte de una sociedad. Comienza en la familia, el pilar inicial donde se apoyan y de donde bebe todo. Sigue en los pares, amigos, compañeros de estudios y juegos, y se expande después con más o menos extensión. Siempre hay una sociedad, un grupo, una colectividad en la que hay normas, objetivos, jerarquías, costumbres. Da igual que creemos por accidente una como en "El señor de las moscas" o la diseñemos a lo "Un mundo feliz". Importa poco. Nuestra vida consiste en cómo interactuamos con los demás y cómo nos ven.

¿O no es así? Quiero decir, si alguien me califica de machista, de racista, de homófobo, o de feminista, de multicultural, de gayfriendly, o de buenista o de facha, de insolidario o despegado, de radical o moderado, ¿lo soy? Recurramos a Aristóteles. No. Es el prejuicio, esa categorización que simplifica procesos mentales y ahorra esfuerzos. El ser humano está concebido para economizar esfuerzos en todo excepto en aquello que más le entusiasma, donde es capaz de extenuarse al borde de la muerte. Mi hermano es incapaz de dejar el deporte por duro que sea y lesionado esté. Le proporciona una felicidad superior a las lesiones. Yo soy capaz de racionar mis esfuerzos en muchas áreas, excepto algunas concretas. La cuestión es que no somos lo que otros nos dicen que somos. El reflejo puede ayudar a comprender, pero no a categorizar en piedra y eternamente un rasgo de carácter.

Psicología y sociología han tratado estos temas con más profusión. Lo cierto es que, en la sociología, me impresiona siempre que leo sobre tal o cual cultura o sociedad las normas, diferentes, que acatan sus miembros. Sin discusión sopena de acabar siendo parias, desterrados, exiliados.Hay normas de todo tipo. Y la condensación más férrea es, siempre, la religión. Ésta, tome el nombre que tome, contenga las creencias y dogmas que contenga, es el verdadero código de derecho social más claro y asentado.

En Bruselas, en Londres, en algunas ciudades francesas, hay barrios completamente musulmanes, pequeños guetos modernos donde ni la policía entra (por aquello del respeto, cara a la galería, y no meterse en líos, en realidad) y donde se ha desarrollado una vida completamente diferente al resto de la ciudad e incluso la nación. Dirán, claro, como los quinquis de Carabanchel o los pijos de Chamberí. Bueno, la diferencia es que en algún momento un quinqui de Carabanchel podría pasearse por Chamberí y al revés, y salvo por la ropa, nada parecería tan raro. Compartíamos un sustrato cultural muy similar, tamizado por la clase y la riqueza. En estos nuevos guetos, sin embargo, se larva un rencor a quienes han dado su acogida, sean británicos, belgas o franceses. Y curiosamente, la culpa no está en lejanos desiertos afganos o remotas cuevas paquistaníes, ni siquiera en disputados campos de Irak. No, está en Arabia Saudí y su simpleza interpretativa, efectiva, eso sí, del Islam.

Imaginen que Hitler hubiera mantenido un nazismo controlado, callado, sin expansión militar territorial clásica. Que hubiera pagado (que lo hizo) a partidos y asociaciones en EEUU, Gran Bretaña, Francia... que hubiera dejado que ellos hicieran proselitismo, durante 20 o 30 años. Y que, de pronto, un día, manteniendo su liderazgo férreo, los hubiera convertido en quinta columna tan efectiva que no hubieran necesitado armas. Simplemente, mediante la expansión demográfica y el posicionamiento, hubieran nazificado Europa y EEUU en pocos lustros. Suena a ucronía similar al argumento de "Sumisión" de Houellebecq, pero imagínenlo. O no. Está pasando.

El problema de esto es que la izquierda dogmática y pública, como siempre, ha claudicado en el debate, dejando que la derecha más extrema se lo apropiara. El problema es que hablar de inmigración o peor, integración, concienciación ciudadana, de aquellos que profesan una ideología como el Islam, parece propio de abyectos fascistas. El problema, por tanto, es que hay una anestesia en el debate que impide cotejar, obtener resultados positivos. Y la falsa placidez, de cuando en cuando sacudida por bombas esporádicas, no ceja en su ceguera. Algunos, como Pérez-Reverte, continúan su soniquete de Pedro y el Lobo advirtiendo mucho tiempo ya de la caída del Imperio romano. Otros se llevan las manos a la cabeza, pero la mayoría calla y cierra los ojos.

Y la pregunta inicial, ¿cómo responderla? ¿merece la pena ser aceptado en una sociedad que te ignora como al resto, si no te conviertes en pieza productora? Puede ser, porque entonces eres aceptado en otra interior que, como siempre, un día, estallará cual organismo vivo contaminando al resto del cuerpo, devorándolo y dando lugar a uno nuevo. Siempre fue así. Recuerden el cristianismo, heredero del Imperio romano. En su día fue considerado (en términos modernos) subversivo, terrorista, contrario al Estado. Y luego se convirtió en Estado. Los primeros en esa lucha serán los menos recordados (siempre lo digo, el que primero pasa la puerta recibe el espadazo, los siguientes portan su cadáver como escudo y hacen el negocio) pero serán los más aceptados... 

No pasa nada. Hemos erosionado tanto las identidades que ni siquiera un retorno dogmático y urgente al cristianismo como bandera de unión funcionaría. Erosionado y enriquecido con otras, claro está. Pero el individualismo de hoy es el divide et imperas de antaño. Uno a uno, caeremos, poco a poco, primero por compasión, luego por comprensión, después por aceptación, finalmente... por sumisión.

O quizá me equivoque y brote otra cosa diferente y nueva que no conocemos aún. O no. 

Un saludo,

lunes, 22 de febrero de 2016

Aquel siglo olvidado.

De cuando en cuando, aunque últimamente demasiado espaciadas, tengo conversaciones muy ricas e interesantes con Rafa. Él se irá en breve a Italia, a trabajar en una beca postdoctoral o algo así, y aprovechamos una ocasión, el preestreno de la de los Coen para que yo saliera de mi encierro e hiciera vida en la calle. Un poco, al menos. A la vuelta de la película, que me decepcionó, aunque es de los Coen y eso significa que algo queda de interés, charlamos, primero comiendo croquetas y luego caminando tranquilos y tomando de postre un rico helado de chocolate. Como era cuesta abajo, mi cansancio se atemperó, y de hecho mi ánimo inyectó algo de adrenalina a mis piernas vagas y a mi cuerpo perezoso.

Hablamos de todo, pero de pronto nos fuimos por Cervantes, Galdós y el siglo XIX español. Y nos encontramos discutiendo sobre lo olvidado que está, su literatura e historia. Pensando fríamente en que es un siglo tremebundo, donde pasó de todo, y muchas cosas de mucho interés. Quise refutar una aseveración de Rafa, que no matizó en ese instante, de que nuestra modernidad se forjó en aquellos días, que más atrás no hay en la historia nuestra nada tan determinante, pero dejé de lado el argumentario socioeconómico. Tocaba literatura y algo de política.

Galdós. Rafa enumeró sus virtudes, su capacidad de descripción certera, sus diálogos realistas y vivos, su acierto en la traza psicológica de los personajes (el tema de los sueños me sorprendió) y de paso denostó un poco a Buñuel, que pensaba está sobrevalorado, aunque yo no opino así. De Galdós yo salté a Blasco Ibáñez, que me encanta, no solamente por su prosa rica y veloz, si no también esos diálogos chispeantes y esas situaciones que muestra. Me encanta la novela histórica y recordé la de "El papa del mar", claro está. Salió Pío Baroja, aunque algo posterior, muy imbricado en ese siglo, que no entiendo sin los Episodios de Galdós y las Memorias de un hombre de acción de Baroja. Hubo espacio para Cervantes, que yo tengo demasiado olvidado (sí, leí "El Quijote" hace 20 años y lo tengo abandonado. Un pecado...) y su riqueza y absoluto. Vimos que la literatura española, en todo caso, estaba olvidada, perdida, ninguneada. Todo país tiene una literatura nacional y algunos la tratan como un tesoro. En España es un ataúd que se exhuma en algunas Universidades.

Y tuvimos algo de política. Desde el inevitable turnismo de Cánovas y Sagasta de la I Restauración hasta los desastres del siglo. Un siglo que empezaba hundiendo la flota en Trafalgar, metiendo varios años de guerra contra los franceses y el afrancesamiento, continuando con una monarquía triste y sin futuro, pronunciamientos, la primera guerra carlista y la pérdida de las colonias americanas, todo en menos de 30 años. Un desastre. Para mí, más que el de Cuba. Pero es cierto que aquello fijó nuestro modo de entendernos. De pensar "en español". Nada es fundacional ni original, siempre podemos ir atrás y hallar algo idéntico, pero en el caso del XIX, el olvido al que le somete la cultura política se puede deber a que seguimos reflejados en el deforme espejo del callejón del gato y lo que vemos no gusta.

La conversación terminó porque nos pelábamos de frío y había necesidades fisiológicas que la calle no solventa, si uno es decente o no lleva papel y quiere salvar miradas de reproche. Subí feliz, más de la conversación que de la película, alimentado de croquetas y oreja, un mosto (alcohol, 0) y un helado, pero sobre todo, de una conversación que me espoleó la curiosidad, el interés, recobró en mí un cierto estado de ánimo. Pues estas conversaciones son las que considero nutrientes puros para la conciencia. Lo del alma, lo dejo a los que dejé.

Gracias, Rafa, por recordarme un siglo olvidado. El tiempo es tan relativo...

Un saludo,

sábado, 13 de febrero de 2016

Mi ateismo.

12 de febrero de 2016. Recibo una carta en mi buzón del Arzobispado. Tras casi 20 años, es la contestación que esperaba. Ya no pertenezco a la Iglesia Católica tras mi "acto formal". Antes hubo otros intentos. El primero acabó con una conversación surrealista telefónica en la que el secretario del Arzobispo (Rouco Varela) me acabó diciendo, prácticamente como aquel robot taxista a Schwarzenegger en "Desafío total", aquello de "denúncianos, gilipollas". Antes apareció la ética, la estética, la filosofía, la moral, la historicidad, la renuncia, el librepensamiento, el ateísmo, la libertad, charangas resumidas en un "no te vas, Ordovás". El segundo intento fue más discreto. Dos cartas, dos respuestas donde "tomaban nota", pero nada más. Y el tercero ha sido más efectivo. He seguido los pasos de algunos sitios de internet y, desde noviembre hasta ahora (más por mi dejadez y estado físico que otra cosa) ha sido exitoso. Hoy puedo decir que he apostatado.

Pero... ¿y por qué?

Mi ateismo comenzó pronto. Al morir mi hermano, yo no quería tener nada que ver con Dios, su Iglesia ni nada de eso. La muerte del segundo me sacó del juego. Únicamente hice la comunión (je...) por el soborno, como a los delfines. Y puedo decir, sin problema, que a la catequesis fui el primer y el último día, nada más. Dejé claro al cura que eso "no era lo mío". Era un deseo familiar. Y había regalo. El cura lo comprendió, igual que entendió, en una conversación que tuve con él en sus dependencias de la Iglesia, que yo no creía ni podía tener fe. Lo entendió. Después de un año, creo que le mandaron de "misiones".

¿Por qué mi ateísmo? Mi extracción social, mi entorno, nada me predisponía a una religiosidad de ningún tipo, salvo la supersticiosa. Sí, tenía una tía ex-monja. Sí, mi madre respetaba a los curas como emanación de un poder más bien terrenal (años de dictadura) y hasta tenía amistad con alguno (le faltaba el boticario y el alcalde para un mus en el Casino) pero... sí, algunos amigos iban a misa. Pero no creía. Me parecía ridículo creer en algo que simplemente no sentía con ningún sentido, y menos aún racionalmente. Empecé siendo como casi todo ateo, un furibundo apologeta del ateísmo. 

Mis amigos pronto acabaron hasta los cojones de mí. Lógico, si era más prosélito que la secta. Me moderé. Pasé por fases agnósticas, pero seguía evitando entrar en recintos sagrados según la secta católica salvo para visita turística. No me levantaba si iba a un evento típico (boda, comunión, bautizo) e incluso hice de alguna iglesia mi zona de repaso de exámenes. Es tan silencioso el templo... más que la biblioteca. Leí, me reafirmé, compré argumentos intelectuales... y pasé. Hasta que decidí el paso. 

Aún recuerdo el estupor de mi familia. No me lo impidieron (no eran de impedir, más bien de dejar hacer y que me estampase con la realidad) pero temieron por las consecuencias. Más que cuando me declaré objetor de conciencia. El miedo a un poder muy terrenal. E hice mi primer intento. Nulo. Patético. Me enfurecí y regresé al ateísmo militante. 

Es un coñazo. Argumentar de sentimientos y fe es una pérdida de tiempo. Quien cree, cree, sea en Jesús o Pablo Iglesias. No hay argumentación racional que valga. Malgasté saliva, tuve enfados, escuché barbaridades y solté sin dudarlo muchas. Y me calmé de nuevo. Decidí que la mejor manera de abandonar la secta y su influencia, incluso en mi entorno, era ignorando su existencia y vivir mi vida sin su barrera. 

Me casé por lo civil. No he bautizado a mi hijo (esa será su decisión cuando crezca... como ponerse o no pendientes) y tampoco asistí, si podía evitarlo, a actos religiosos, salvo si era para quedarme sentado sin tanta genuflexión y respuesta militar y por respeto a las personas involucradas. En una boda, la de mis buenos amigos Pili y Emilio, tuvieron la deferencia de dejarme leerles un texto dedicado a ellos, pero claramente separado de la ceremonia religiosa. Siempre recuerdo con ironía que fue la primera vez que he visto a un montón de personas en una iglesia aplaudiendo a un ateo. Y no la incendié ni eran turba mitrailleur.

La religión católica, ese sustrato que está ahí, no ha sido eliminada del todo de mi cuerpo como no eliminamos todos los parásitos ni las toxinas, por más ejercicio que hagamos. Convivo con ello, pero distanciado. No creo en el pecado. No creo en castigos ni recompensas por una moral más que difusa. No creo en su poder. Y con no creer, gané. Ese es mi ateísmo. Sencillo.

La apostasía es un acto formal, indoloro y sencillo. Es como ganar un trámite administrativo a un ente público. Que, por cierto, tengo varios en curso. Es reivindicarme un tanto. Ya no trato de ser incendiario como Nietzsche. Simplemente, vivo.

De todo se sale. Para el Islam, un ateo es lo peor, pues ni siquiera es del "Libro" como un hebreo o un cristiano. En fin, guardaré mis pulgares para cuando me cuelguen en su Al-Andalus soñado, pero más cuidaré mis dedos corazones. Ese signo es tan universal, que me valdrá como despedida si lo preciso así.

Ah, la carta. Me temo que no volveré con la secta, sus senos no son nada turgentes. Aún lo son los de las ménades, mucho más atractivos y deliciosos...



Un saludo,