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lunes, 8 de febrero de 2016

Censuras.

Hay gente que confunde la sátira con la defensa de actos en los que no necesariamente creen los sátiros. Que en su día atropellaron a Buñuel por sus películas, en las que hallaban blasfemias contra la secta católica (y sabía don Luis más de religión que algunos de sus críticos...) o que quemaran libros porque decían cosas inquietantemente contrarias a sus dogmas (da igual la religión, nazi o islámica) En los últimos años, digamos cuarenta, hay un dogma de fe tipificado en el BOE, llamado "enaltecimiento del terrorismo" o algo así. Que viene a ser una forma de quemar palabras o atropellar actos. Digámoslo claro; uno puede decir de un político de un partido que "le pegaría un tiro" pero no sacar un estúpido cartel cuya gracia no está en buen contexto (niños... niños...) o incluso insultar racistamente pero no mentar las bascas de la vasca.

Hay una censura peor, la que nos practicamos a nosotros mismos. El sueño húmedo del Gran Inquisidor, que es eliminar de raiz el pensamiento pecaminoso. Reconocerlo y extirparlo. Nunca lo dirás porque no puedes pensarlo. Suele ser la que sufren aquellos que apelan al buen o mal gusto para definir ciertas cosas...

Que alguien se sienta insultado por mencionar a un grupo de hijos de puta que han matado casi a 1000 personas, convertido en mafia local, y que pertenezca por tanto a alguno de los círculos de las víctimas, lo entiendo. Lo que no comprendo es que esa sensibilidad exacerbada constriña a los demás a la hora de pergeñar sátiras, burlas o lo que haga falta. Irene Villa fue muy consecuente con lo que pasó en su momento con un tal Zapata (no el mexicano) y quitó hierro a una tontería de uso político. Pero las cosas se van de madre... ya a finales del siglo XIX pagaban el pato los anarquistas, que eran de donde venían los asesinos de Cánovas y Humberto de Italia. Claro, si matas reyes, presidentes o similares (y ojo, asesinatos espectaculares pero erróneos en todo sentido) te conviertes en el coco. Por eso, acusar de anarquista a alguien a inicios del XX era lo peor de lo puto peor. Eso no ha cambiado demasiado. Hoy todo eso es ETA. El mismo insulto por el mismo delito.

Lo de los titiriteros me parece penoso. Un espectáculo para niños no va de eso. Pero claro, hay adoctrinamientos gruesos y otros finos. La secta católica sabe de eso bien. Y cuando se puso el grito en el cielo porque se inculpaba a una marioneta con una gracieta como "Gora Alka-ETA" (igual que se ponían bombas de Orsini en las casas de los anarquistas no violentos que pagaban el pato por los que sí lo eran) algunos tiraron de manual (el 578 del Código Penal, creo) sin pensar en la pregunta que todos se hacen. ¿De qué va esto?

Hace poco vimos "El negociador", de Borja Cobeaga. Según lo que se ha hecho (que puede seguir adelante o terminar como con El Jueves, un poco de asustar al personal para que dejen de hacer lo que hacen, esto es, pensar) esa película debería ir al juzgado y ser prueba contra todo su equipo de rodaje. Recuerdo la película "Munich", cuando el comando ilegal israelí ocupa un piso junto a miembros de ETA, que dadas las circunstancias, quedan bien en la misma. Spielberg por suerte no es español... No sé, la lista puede ser larga, muy larga. Y es que, como siempre, desde Jonathan Swift (ahora le reivindican, cuando pasó el tiempo en que sus humorísticos dardos dieron en la diana, hoy muerta) hasta los titiriteros estos, el ser humano hace sátira todo lo que puede de la situación que vive. Porque el humor es eso, humor. No un "Mein Kampf" redactado para un propósito seriamente definido. Y, sin embargo, seguimos jugando a censurar...

ETA da mucho juego, después de muerta, como el cerdo. Se aprovecha todo de ella. Como pasaba con el anarquismo (aún hoy, sigue ayudando en algunos momentos) es la bandera para atacar a unos idiotas (los titiriteros, los responsables del ayuntamiento que permitieron que eso se les colara) mediante muchos otros idiotas (medios de prensa, televisión, penales...) que se pegan entre todos por un mal chiste. Y es que no es nuevo. Cu-Cut. Búsquenlo, encuéntrenlo y vean que España... es esto. Censura.

Un saludo,

miércoles, 27 de enero de 2016

También hay días buenos.

De hecho, todos los días lo son, si sigues vivo. Con esa premisa, lo demás suena menos negativo, ¿verdad? Aunque los existencialistas y su rama más radical, los extincionalistas, dirían que estar vivo en sí mismo no es una cosa buena, ni siquiera una virtud (Thomas Ligotti seguro que les suena...) aunque lo que nos define es, ahora mismo, ser conscientes. O inconscientes, cachos de carne con ojos y algún sentido, pero algo es algo.

Hoy es un buen día. Ayer también lo fue. Cerrando las compuertas de lo doloroso, respiré un poco más aliviado, y como dirían en "La vida de Brian", y mi mujer también. Qué pequeñas cosas, que los ajenos pueden comprender cuando ejercen la empatía, pueden llegar a ser una vicisitud dolorosa. Qué grandes cosas nos regalan sin embargo esas pequeñeces. 

Reflexionando estos días (y preparando testamento, que siempre es menester dejar, como buen romano, las cosas legales bien establecidas) me he dado cuenta de cómo vivo. Sí, ha sido un año, o dos, muy duros. La crianza de un niño exige mucho de los padres. La implicación no es únicamente racional (¡ojalá!) si no, sobre todo, emocional. Uno se entristece por cosas pueriles, e igualmente se alegra por otras del mismo calibre. Uno experimenta sentimientos aumentados, agrandados por la pequeñez pero intensidad vital de quien los estimula. Agota. Mucho. Y produce sonrisas. Pero agota. Me pilla algo mayor, la verdad. Luego pienso en mis padres. Para cuando yo tenía algo de razón, con 9 o 10 años, ellos ya estaban casi por los 60. Pienso qué edad tendrá Dani cuando yo cumpla 50. Maldita adolescencia... sobre otros temas, como el trabajo, no he tenido necesidad de reflexionar. Es lo mismo, siempre. Ha sido siempre lo mismo. Igual. Respecto a las demás cosas que sí importan, vivo ajeno pero excitado a la literatura. Pronto, sí, sale mi nuevo libro de relatos. ¡Qué lejos queda ya! Es como otro hijo dado a la calle, a que viva su vida, y alguna que otra vez me tocará explicar sus trastadas. Inevitable. Pero no hay nada nuevo en camino, o al menos, nada a lo que esté dedicando el tiempo y esfuerzos necesarios. No los tengo. Y sobre otros temas... cada día lamento más mi aislamiento social impuesto por estas cosas que me pasan. Enfermedades y tal. De política, como dije, renuncio en 2016 a hablar en las redes sociales. Para qué.

Pero es un día bueno. Un simple ronroneo fuerte, agradecido, de mi gato, cuando le he puesto en el regazo, sintiéndolo cómo ajustaba su cuerpo, sus patas malheridas, su cabecita protegida en el collar isabelino, ha sido suficiente para sentirlo. Un simple gesto físico, emocional, mamífero, animal. Somos animales con un poco de conciencia, y por eso la vida, siempre, es buena. Si sigues vivo. Aunque muchos se quejen o piensen que eso no es un valor en sí mismo.

Si no lo es, cada uno le dota del suyo. Porque la vida es azar, no teleología. La vida es un suceso imprevisto. Que una estrella estallara y dispersara su materia por el universo, permitiendo a ésta formar parte de otros compuestos para levantar un trozo de carne con patas y ojos, hambre y necesidad, y de pronto, ahora, conciencia, es azar. No es nada más que eso. Y el terror cósmico que uno pueda sentir al reflexionar sobre ello se desvanece, al menos en mi caso, con un simple ronroneo. Aunque llamen de un seguro de defunción por teléfono para estropearte el día.

Sí, también hay días buenos. Diría que prácticamente todos.

Un saludo,

sábado, 23 de enero de 2016

Hay días malos.

Claro, todos tenemos uno. Yo tuve uno el viernes. Muy malo.

Comenzó como comienzan todos esos días. Como los demás. Recuperándome de mis cosas, despidiendo a mi mujer e hijo que se iban cada uno a sus tareas, incluso agitando la patita de mi gato para despedirles, en una humanización de mascota típica en la familia. Después, cerré el salón y abrí la ventana para ventilar. Es lo clásico, para evitar que nuestro gato salte y pueda caerse, a pesar de ser un equilibrista. Abrí las de las demás habitaciones, ya que en esos alféizares suele subirse sin problema, al menos, en el año que llevamos aquí viviendo. Bien es cierto que mi mujer siempre tiene miedo, y lo pasa mal cuando le ve pasar del poyete de la cocina al de la habitación contigua. En fin. Me fui al baño, tras una caricia suave y le dejé correteando por la casa.

Entonces sonó el "clac" que cambia el día. Es un instante. En un momento dado, de pronto, la realidad se instala pesada, mortífera y clara. Le escuché maullar. Pero no era el maullido lejano. El oído se entrena para reconocer diferentes sonidos. El maullido de hambre, de jugueteo, de enfado. El lloro de mi hijo, asustado, enfadado, simulado. Éste era otro diferente. Salí del baño, corrí a la ventana. En el patio, caído sobre su barriga peluda, estaba mi gato. Cinco pisos.

Empezó la carrera frenética. Llaves, móvil. Una vecina ya en la puerta, a ver si había alguien. Bajamos, corriendo a los porteros para abrir las ventanas del patio interior. Un vecino ya lo había visto e iba con una mantita a recogerle para llevarle al veterinario de urgencias. Entre todos me ayudaron, pues de tembloroso que estaba, no podía reaccionar. Uno, amable, envuelto Remo en su manta, sangrando, lo subió a mi casa para que pudiera vestirme y tomar su transportín. Sangrando, dejando huellas de su caída, el morro, llorando lágrimas rojas, las patas mojadas y quizá rotas, la mandíbula desencajada... asustado. Le metí, vestí cualquier cosa, y tras hablar con el veterinario, a urgencias en taxi.

Llegué a tiempo, parece. Le hicieron pruebas, esas cosas que uno espera de la sanidad (aunque aquí con un "firme un presupuesto para tener radiografías, ecografías, análisis, etc" ¿se imaginan? "pague por adelantado, por favor") y le ingresaron. Me despedí de él. Estaba asustado, consciente, respirando calmado en su transportín. 

El día había cambiado. De pronto, el accidente que recordaba era el que me mintió mi hermano sobre otro hermano. "Ha tenido un accidente de coche. Perdió una pierna." Eso escuché, mirando raro a mi hermano que me había ido a buscar al colegio más risueño de lo acostumbrado. En casa descubrí la verdad con un sólo vistazo. Mi madre lloraba. Vecinos agolpados. Mi padre serio, callado. Un accidente. El imprevisto, imposible. Mi hermano venía desde Suiza a celebrar su cumpleaños con nosotros. Gerona, 1985. Un camión, alguien se duerme, frontal. Mi padre viajando en avión a reconocer los restos, traerlos, velarlos en casa. Algo hizo "clac" ese día. Empezó en la salida del colegio Perú, cuando me recogió mi hermano, mi otro hermano.

Un salto. Me imagino a Remo en la camilla, tumbado, sedado. Esa sonrisa de gato que no saben quitarse. El sonido de su mandíbula al chasquear la lengua. Y recuerdo otro día, otro hermano. Dos años después. En el hospital Doce de Octubre. Una habitación en lo alto de aquel monstruo de hormigón donde fuman todos y las habitaciones tienen cinco o seis familias que se turnan en cuidarse unos a otros pacientes en una solidaridad de camilla. Mi hermano come espaguetis con tomate, algo que me vuelve loco. Me ofrece. Pero mi madre lo evita, más asustada de lo normal, y no porque yo esté gordito (lo estoy) si no porque... algo hace "clac", de nuevo. Al salir, pregunto un poco a mi madre, que evita todas las preguntas con la misma sonrisa que mi hermano cuando me recogió en el colegio. Es la sonrisa de la mentira. Lo sé ya. La reconozco muy bien. Morirá al poco. No me dejan ir al entierro por más que lo pido. 

Mucho tiempo después. Mi familia es lo que es. Mi madre, mi padre, mi hermano. Mi único hermano ya. Psicólogos infantiles de los que únicamente me interesan las figuras de playmobil que me dejan para jugar y los tentes. Gritos combinados con afecto desmedido. Caras enrojecidas, venas hinchadas, silencios de mi padre con esporádicos estallidos. Un día, mi padre está en la cama, en pijama. No ha ido a trabajar. Pregunto, sin tapujos. ¿Va a morir? No. Será mi madre. Y antes, el "clac" viene con la sonrisa. La misma, siempre. De mi padre, un día. Les pillo ocultando papeles bajo la lavadora. Mi padre y mi madre llevan tiempo juntándose, separándose, juntándose, separándose. Pero ese día están juntos. Sonriendo. Demasiado. Lo sé entonces. Me resigno. Ya sé que resignarme es la respuesta más cómoda. Pero... ¿qué puedo hacer? Si alguien ha de morir...

Mi madre muere tras varios días en coma. Pienso en ella entubada, pienso en mi gato entubado. Pienso en dos cuerpos cálidos, mamíferos, palpitantes, enfriándose, endureciéndose. Pienso en las despedidas. De mi hermano el mayor, ninguna. De mi hermano el segundo, absurda. De mi madre, algo digno de Berlanga. Le incineramos. Esparcimos sus cenizas en la sierra, un día ventoso y lleno de nieve de inicios de junio, cuando ya existe el euro. Lo hacemos mi hermano y yo.

Con mi padre, el "clac" ya no suena. Es constante. Nada sutil. Un pulmón, la vejiga, carcinomas, caídas, rostro enjuto, enflaquecido, dolorido por la vida y el sufrimiento, la depresión callada, la dureza minada por el tiempo y los disgustos. Todos los días suena, discreto, bajito, como mi rodilla operada. "Clac, clac, clac..." El día que muere me puedo despedir unas horas antes. Creo que no me escuchó. Apartó con el brazo, fuerte hasta el final, a una enfermera que quería hacerle curas. No sonrió. Llevaba años respirando dentro de una bolsa de asfixia. Y se fue. Tranquilo. Dejando todo resuelto.

Ayer fue un día malo. Hoy también. Un gato es un gato. Pero ha hecho que aflore todo esto, ha sonado "clac" y han salido como los espíritus del Arca de la Alianza, dispuestos a cebarse conmigo. Albergo una mansión construída en el dolor, la resignación, la pérdida y el recuerdo. Casi siempre, está en alquiler, vacía, esperando inquilino. Pero hoy me he vuelto a dar cuenta de que soy su inquilino principal, quiera o no quiera. Mi gato conoció a mi padre. Mi hijo conoce a mi gato. No puedo evitar que esa conexión me vuelva loco. Tengo miedo, mucho miedo, de que mi hijo escuche el "clac" en algún momento, mientras le muestro esa sonrisa mentirosa. Pero también sé que ocurrirá. La realidad es así.

Un saludo,

lunes, 18 de enero de 2016

Llegaron.

Hoy han llegado mis 10 ejemplares para repartir entre familia y amigos. Están asignados, claro. En el caso de mis betalectores, uno para cada punto de vista que me ayuda a comprender si lo que he escrito merece la pena, es mejorable o directamente descartable. Son buenos lectores. Y cada uno tiene un enfoque rico, diferente y amplio que me ayuda a crecer. Gracias, Emilio, Fani, Igor, Rafa y Santi. Otro que lo es, pero que es familia, es mi hermano Ángel, completamente más áspero, duro, incisivo, crítico e insobornable que cualquiera de ellos. Toda mi vida he crecido gracias, no a la sombra, de esa crítica. Es la que me ha enseñado mucho, y también, por qué no reconocerlo, a ignorar esa crítica cuando a mi pereza le conviene. Gracias, Ángel. De verdad. :)

Son 500 ejemplares en papel, tacto agradable, portada inteligente, pícara. También estarán en Amazon, aunque quizá su precio no es el que yo hubiera decidido, pero aquí el contrato editorial manda. En febrero, supongo, tocará empezar la presentación, nada solemne ni amplio, a fin de cuentas, soy un tipo que escribe de vez en cuando y empieza en una editorial nueva, como es Newsline. Dinero, poco; riqueza, escasa. Pero esto se hace por aquello que dijo en "Los descubridores" un hombre impresionante, Daniel J. Boorstin. "El foro público de la obra impresa mejora el producto". Y es que mis amigos, familiares, conocidos, son todos gente estupenda, pero (salvo mi hermano) carecen de la distancia apropiada para despegarse de mí y leer lo que leen sin prejuicios. Aunque me confiesan (puede ser verdad o no) que lo logran, que se olvidan de mi voz, de mi presencia. Si eso es cierto, he dado el primer paso con éxito, que en mis relatos se narren historias sin mí.

De todas formas, olvido un crítico inasequible, inteligente, agudo, alerta. Él sabe. Como el de Carneiro, reconoce. Y hoy me ha sorprendido... se ha rascado con la solapa de cartón de la caja. Eso es que le daba gustito. Ya es algo.


viernes, 8 de enero de 2016

Pequeñas victorias.

Hay días que te reconcilian. Hoy es uno de ellos.

Otro día cascado, postfebril. Regreso del centro de hacerme una ecografía, prescrita para ver qué tengo (llevo muchos días hecho polvo, literalmente) y decido probarme. Voy a andar un poco. Camino, cuesta abajo, hasta llegar a una calle de cuatro carriles, dos de bajada y dos de subida. Más los del autobús. Espero en el semáforo, junto a una pareja mayor, una señora con carrito de bebé y dos chavales. Está en rojo, esperamos. Y en ese momento, un coche de esos, Audi o BMW, tanto da el tonto, para en el otro extremo del paso de cebra, en medio. En todo el medio. Bueno, parará, descargará o cargará y se moverá para dejar pasar. Privilegios del coche frente a cualquier peatón.

Semáforo en verde para los peatones. Pasamos. El coche sigue parado. La puerta del copiloto se abre y sale una mujer de mediana edad, bien vestida, que aprovecha el semáforo para cruzar al otro lado, mirando con indiferencia, como si nada de eso fuera con ella. Los del otro extremo vamos llegando a nuestro lado, el lado tapiado por un coche que decide que parar ahí para dejar a la mujer está bien. Y empieza el enfado. Los ancianos se desvían con mirada molesta, pero gruñendo por lo bajo. Los chavales pasan sin dar importancia, como si fuera un obstáculo urbano más, nada fuera de lo normal. La señora del carrito, sin embargo, tiene poco espacio. Le ayudo, no sin antes dedicar una mirada furibunda al conductor, hombre de mediana edad que está revisando no sé si el móvil o qué. La mujer con el carrito me da las gracias y sigue. Pero yo no aguanto. Doy un toque suave a la puerta del copiloto, llamando la atención del tipo aquel. 

La ventanilla se baja. Voy a decir, lentamente, porque estoy cascado, que qué hace ahí parado, molestando. Pero habla antes él.

- ¡Qué te pasa, joder!

Respiro. Estoy cansado de la caminata. 

- Pues que está en medio del paso de cebra, hombre, no deja pasar.

- ¡Y a tí qué te importa, imbécil!

Respiro. Respiro un poco más. Recuerdos de estos me invaden. No patees el retrovisor. No le hosties el capó. No le escupas. No te hinches la vena. Pero dan ganas de tomarse la justicia por la mano, de ser vengador, vigilante, de ejercer de ciudadano airado. No hace falta. Un coche de la policía municipal para justo en ese momento en su lado de conductor. Y entonces puedo sonreír.

- A mí un poco, a esos les importará más. Adiós, y que le aproveche.

El tipo mira confuso al otro lado. La policía municipal baja la ventanilla y le empieza a pedir que se mueva, que ahí no se puede aparcar. Semáforo en verde para coches, pitidos, un bus mosqueado. Y sucede. Me quedo a verlo, con calma. Le hacen parar un poco más adelante, la municipal frente a él, y le piden los papeles para multarle. Debo estar sonriendo como un idiota un rato. No me preocupa en ese momento la mala fama de los municipales, guindillas, guripas o como se les llame hoy. No me preocupa dónde irá esa multa, qué bolsillo engordará, si algo queda para las arcas municipales y reinvertido en algo que merezca la pena. El sentido de venganza primitivo, ese de ver a un mal vecino agachar la oreja enrojecida y avergonzada, ya recompensa con dopaminas y demás química del sentimiento animal. Y sigo mi camino, pensando que quizá el sistema o lo que sea que tenemos no está tan mal. Que hoy he visto una pequeña victoria que compensa estúpidamente las miles de grandes derrotas (esas que nos cambian el rumbo) que sufrimos los peatones de la historia.

O será la fiebre, que me vuelve a subir. Quién sabe.

Un saludo,

lunes, 4 de enero de 2016

Un simple historia.

Le conocí en el barrio. Era del barrio, de siempre. Su madre fregaba escaleras y portales. Nada deshonroso. Él tenía un hermano mayor. Con él frecuentaba los billares que había entonces bajo el Cine España, un lugar de macarras, cuero y cáscaras de cacahuete, regado de humo, palabrotas y orines. Había recreativas, claro está, y el videojuego nos atraía más que los billares o el millón. Racaneábamos las monedas de cinco duros para poder echar partidas largas, estiradas solamente mediante habilidad de muñeca y rapidez de reflejos. 

Un día volvía de mi instituto, tras años de esas pequeñas correrias de barrio, de saludos vagos e imprecisos (él era un macarra, yo el hijo de padres obreros que debía estudiar sopena de sopapo) y me lo encontré junto a un compañero mío, Héctor, dos metros de negro bonachón y tímido. Estaban con dos chicas, a todas luces del tipo "pelandruscas". Héctor se marchó. Yo, sé bien por qué me quedé. Chicas, sonrientes, descaradas. Una empezó a jugar con él. La otra me revisaba y en pocos segundos me descartó. Daba igual. Yo tenía monedas de cinco duros. Fuimos al billar, intenté liarme con la muchacha que me rechazaba y, por eso de la insistencia y nada mejor que hacer un día por la tarde, nos dimos el lote en los aledaños del Puente de Toledo.

Pasó el tiempo. Pasó aquello. Y alguna vez charlábamos. Poco, tonterías. Cada vez me costaba más encontrar un tema. Él no iba a clase alguna. Aguileño, corvo y de pelo negro largo, aspecto de motero perdonavidas con pocos posibles, pero era buena persona. Me despreocupé de su vida. Un día, sin embargo, me la salvó, sin estar allí. Bueno, a mis amigos. O algo así. 

Cruzaba yo el puente para ir a verles. Y me los encontré parados entre las hornacinas, asustados, con un tipo más mayor. Al principio me costó reconocer quién era. Pero pronto caí. Aguileño, corvo, pelo negro, más mayor. El hermano mayor. Le saludé, pregunté por su hermano, charlamos de tonterías, recordamos a nuestras madres (imprescindibles los origenes que ahora quedan ya diluidos en el pasado y la muerte) y me saludó diciéndome que bueno, que sentía molestar a mis colegas. Éstos resoplaron, sintieron alivio, me admiraron ese día unos minutos y confesaron que les quería robar zapatillas y más cosas. Lo normal. 

Muchos años después, dejé el barrio. O el barrio a mí. Pero a veces le veía, al menor, al mayor. Un día dejé de ver al mayor. Otro, el menor iba con una chica, todo tipo pelandrusca, embarazada. Me saludó con vergüenza. Sonrió un poco y se fue. Las madres, bien. Las madres eran siempre lo importante. 

Un día, el último, le ví de nuevo. Fumaba. Estaba pálido. Yo ya había perdido a mi madre. Él acababa de perder a la suya. Lloró. Tosió. Encima, me dijo, jodido cáncer. Pero le daba igual todo. La vida, su novieta que ya había dejado y el crío que no veía desde hacía años. Traté de consolarle, o algo así, aunque uno nunca sabe. Y sonrió. Una sonrisa luminosa. "Tío, se nota que eras del barrio. Pero ahora ya no hay barrio."

Y se marchó.

Un saludo,

jueves, 31 de diciembre de 2015

Líneas rojas, o no tan rojas...

Cierro el año con una febril entrada (llevo días con 38º) despidiéndome de lo que ha sido apasionante y vergonzante, como siempre, en nuestro querido "esto". Llámele usted Estado, Nación, España, país de mierda o como sea. Lo que sea. Yo, como todo el mundo sabe, no soy nacionalista. Me parecen patéticos los nacionalismos, ya sean españolistas, catalanistas, vascos, leoneses, gallegos, andaluces, ad hocs inventados (¿qué es el nacionalismo si no una invención del siglo XVIII que ha ido evolucionando a peor durante el resto de la historia?) porque tratan de ligar conceptos emocionales e ilógicos, rastreros muchas veces (lengua, territorio, "raza", ahora "etnia", siempre "nosotros" frente a "los otros") con consecuencias claramente nefastas. Los nacionalismos provocaron las guerras más cruentas, los nacionalismos alimentan los conflictos más crueles, las luchas, odios, imbecilidades varias. Los nacionalismos son, en última instancia, un mal mayor. Patria, nación, lealtad, honor, esas chorradas de conceptos, alimentados en cuarteles y espiritualizados en conventos e iglesias (la religión no podía faltar al convite) sostienen con su "legitimidad" algunos de los mayores atropellos del siglo XX contra el que acaba sufriendo; el peatón de la historia. Tú. Yo.

¿Queda claro que no me gustan los nacionalismos? Pues con esa premisa entenderéis que los referéndum de autodeterminación me parecen ficciones divertidas, las independencias de una ficción son ficciones en sí mismas, y por ello me resultan, cuando menos, ridículas. Pero legítimas. Digámoslo así. Si considero un nacionalismo estúpido, pero existente, ¿por qué no permitir otros? Subyace por debajo, eso sí, una realidad clara. Que los estados-nación, arrumbados por el estado-mercado, persisten en el imaginario porque de momento no hay una nueva marca que los supere y asiente en la imaginación colectiva. Por eso se invocan en estos días, igual que rebrota y florece el islam, como religión aglutinante (¿nadie recuerda el nacional-catolicismo¿ ¿en serio? ¿la "Cruzada?) y política que intenta trascender ese estado-nación. Las personas se creen que pueden tomar las riendas de sus destinos colectivos. Que desde hace siglos, si no milenios, desde que se centurió la tierra y se repartió y creó la sacrosanta institución de la herencia y derivados, no hay una misma masa crítica de poseedores y desposeídos. El pareto. Ese 80/20 tan radical. ¿Nacionalismo? Mercados...

Otro concepto ilusorio, claro está. Muerto el comunismo versión URSS y satélites, tras la agresiva ofensiva de Reagan y su comadre Thatcher, el capitalismo no ha tenido nunca en la historia (salvo un convulso XIX) un éxito tan rotundo y una implantación tan radical. Ya no somos ciudadanos con derechos al estilo declarado por las revoluciones francesa y americana. Somos consumidores. Y deudores. Y en ese sistema, hay siervos convencidos, siervos cínicos y rebeldes declarados. Los primeros creen pesimistas que no hay cambio posible, el mundo es mundo y así de asco da, etc. Suelen ser "ajenos" a la política, lo que implica una opción política muy determinada. Defienden conceptos como si fueran carne y sangre, y sangran y hacen sangrar por ellos. Los segundos son moldes en el sistema, adaptados, suficientemente listos para reconocer lo que es, pero no tan activos como para romper con las comodidades que otorga. Media sonrisa y risa ante esos conceptos, pero hipocresía y fachada. Los terceros son los peatones de la historia prescindibles. Se creen capaces, pero son una china en el zapato. Cuando obtienen el misil, se van a Corea del Norte o Cuba. Alguno dirá que también Venezuela. Ja, ja, ja.

Las únicas líneas rojas que veo, desde que la historia enseña, son las que dejan los cadáveres al arrastrarlos al hoyo, aún frescos. Y siempre se han pisado. El año 2016 no será diferente. Inventaremos nuevos conceptos. Mentiremos creyéndonos a veces nuestras mentiras. Rabiaremos contra "los otros" (siempre habrá "otros", Aristóteles in a bottle lo dejó claro) y les acusaremos de... cualquier cosa. El mundo es mundo y se puede cambiar, pero siempre preferimos creer que no se puede cambiar. ¿O no?

Yo sí he tomado una decisión. Ésta es mi última entrada política. Renuncio a seguir con el tema. Me aburre. No encuentro ganas en ello, ni entusiasmo. Miraré y callaré, resoplaré en mi interior, preferiré callar y sonreír, giraré la cabeza. Personas... consumidores... gente, tú y yo.

Un saludo,

martes, 29 de diciembre de 2015

Cuanto más aticéis...

Seamos francos. No me gusta mucho Podemos. Pero infinitamente menos PSOE, PP, C's... IU es otra cosa, un reducto de un idealismo que nunca parece que morirá, salvo que lo acaben matando. Y no gustándome, no les tengo el cariño que otros le tienen, como los hooligans de partido, de todo partido, que abundan en España. Los "yo por mi partido ma-to" defienden a ultranza, capa y espada, sin fisuras, cualquier decisión que emane de la sacrosanta inteligencia del Tribuno de la Plebe autoproclamado. Hace tiempo, como ejemplo, cuando Pablo Iglesias, eurodiputado, regaló la serie "Juego de Tronos" en Blu-ray (creo) al ciudadano casualmente Rey, Felipe, yo me reía por lo infantil y absurdo que me parecía, buscando el fogonazo de la prensa. Pero había quien me decía que "es un movimiento inteligente que no comprendes del todo, chaval..." la clarividencia del Líder, misterios tiene Iglesias que...

La cuestión, ya lo he dicho, es que a Podemos les atizan hasta en el cielo de la boca. Páginas "anti-podemos", "potemos", "podridos", y no sé cuántas más que demuestran que internet no está en mano de las izquierdas antisistema. Bueno, antisistemas hay en la derecha también, y no pocos. La cosa es que uno lee magnificadas noticias que a veces no son ciertas, o sencillamente son falsas, fabricadas según el medio al que pague tal o cual empresa, y no puede menos que reírse. Y las contradicciones (que las hay en todo partido) en Podemos se iluminan con doscientos focos y mil taquígrafos. Una escrupulosa inspección para quienes, aún, están tocando el poder. Como dije, Podemos se está convirtiendo en el chaval de gafitas al que en el recreo quitaban los malotes el bocata, le daban collejas, se reían de él, le insultaban y todo eso, y lo que lograba el matón de turno con ello es que, aunque amedrentados, los demás, los normales, los que no destacaban porque no querían o no podían, vieran con simpatía al Errejón hostiado de su patio de colegio. ¿A que sí? Ved la imagen, recordáos...

Es malo construirse en el victimismo. Supongo que la "ciencia" de la psicología tiene respuestas para eso, aunque uno que solamente lee novelas como yo piensa que provoca un sentimiento de falsa seguridad por conocer algo que los demás desconocen, sentirse superior secretamente, cultivar la arrogancia que la intelectualidad de lectura y pensamiento genera en los hostiados del patio colegial. "Pegadme, pero un día, yo, un día..."

Yo ya no soy creyente de partido alguno. Ni de líder audaz. No suelo creerme las declaraciones de nadie. Pero la estadística manda, y cuando unos mienten más de lo que hablan y sobre todo, hacen, los desprecio (PP) o si se contradicen tanto o más que un bipolar les tengo nula credibilidad (PSOE). Si vienen ad hoc los tiempos de neoliberalismo neocon neopuagh, como C's, ni me planteo creer en algunas de sus razonables propuestas. Y si son vapuleados dignamente como IU... pero esos no dan pena, claro que no, son parte del "sistema". Podemos es un trufado de mil deseos de millones de personas, que plasman y proyectan sus ilusiones en ellos, pero la realidad de lo que hagan es lo que puede y debe importar. Y ahora, cuanto más se atice a Podemos, más divertido será ver cómo crecen las simpatias hacia ellos.

Me estoy planteando no hablar de política en 2016, justo el año que se presenta más político de la historia de España. Pactar, dialogar, hablar, negociar... es el año de la sociabilidad, de la estatura, del análisis, de la estrategia, de la táctica. Es el mejor año para un jugador del "República de Roma". Pero viendo la podredumbre de "análisis" baratos que purulentan la red, las conversaciones fáciles y demás medios, me planteo si no es mejor un retiro heremita y herético en este año que vendrá. Quizá así me ahorre sinsabores, correcciones trabajosas que no tendré que hacer más, diálogos absurdos y hueros. Quizá ponga en hibernación al zoon politikon un tiempo...

Quizá...


lunes, 21 de diciembre de 2015

República de Roma, el juego.

Avalon Hill publicó este juego de mesa hace unos 25 años. Un juegazo. Básicamente, usted lleva una facción de senadores y caballeros (equites) que trata de hacerse con el poder por diferentes medios. La popularidad, la influencia, la guerra, los acuerdos, el reparto de cargos... ganar por medio de la influencia es jodido (suelen asesinarte antes) y ser el más popular te garantiza inmunidad en los juicios, pero no mucha ante asesinatos. Lograr la dictadura es complejo, pero no imposible. Y ganar mediante rebelión contra el Senado, suele ser lo habitual. Pero tiene una cuestión importante. En ese juego, gana uno o pierden todos. En efecto, si en el difícil equilibrio de obtener la victoria un jugador descuida los asuntos de la República y antepone su egoísta opción personal, perjudicando a quienes podrían ayudarle a mantener el estado (y por tanto, el juego) es muy probable que contribuya a la derrota de todos. Un juegazo y encima de temática muy atractiva. Yo, lo confieso, llevo 15 años tratando de jugar siempre que puedo. Adictivo, duro, las negociaciones pueden retener un turno horas... las risas, los gritos, los pataleos, las espantás, los corrillos... lo adoro.

España, tras años de mayorías absurdas, digo, absolutas, o sustentadas por la artificial representatividad de los diferentes partidos nacionalistas, ha entrado en un escenario inédito desde casi la fundación de la II Restauración postcanovista. Ya no hay hegemonía de dos partidos, los bloques son más difusos y hay muchas cuestiones nuevas en juego. Un juego... siempre es un juego. Y los mejores jugadores suelen ser los más habilidosos y que más saben compaginar fortuna con audacia y previsión adaptable. Regalo un pronóstico; elecciones nuevas con otro régimen electoral antes de 2020. Conversión del PSOE en fuerza marginal. División del PP en al menos dos fuerzas nuevas (sin contar la cuña de C's) y apertura de un panorama donde todo, hasta el asesinato, es posible.

Pero es muy interesante. En el espectáculo uno se aburre de las viejas fórmulas. Veamos si alguien da nuevas o el gatopardismo triunfa. De momento, un orador brillante (Rivera) despluma a un cazurro sin igual (Rajoy) y un tipo inteligente y que al menos habla inglés comprensible (Iglesias) desapachará a un perdonavidas chulopiscina (Sánchez). Pena que Garzón se quede arrumbado de momento y un Herzog voluntarioso certifique el fin de un partido al que deberíamos dar las gracias por muchas cosas, pero... el República de Roma no recuerda a los perdedores, solo a quienes vencieron. Y Roma no paga traidores, aunque a veces sí les recompense con cargos y prebendas.

Un detalle final; me encanta este nuevo período. Me encanta. Ya era hora. Y que Nyarlathotep coja confesados (aunque le da igual) a todos...

Un saludo,

lunes, 14 de diciembre de 2015

VOTA.

Esta semana, entre compra navideña y fun fun fun, tenemos una cosa... cómo se llama... ¡ah! sí, eso, votar.

Pero igual que no revisamos las etiquetas del cordero, el embalaje de los langostinos, los E-XXX de los mariscos, la procedencia del pavo o los ingredientes de las salsas preparadas, me imagino que nadie o casi nadie se leerá los programas de los partidos.

Vale que son pdf's con 300 páginas de media y en algunos no puedes hacer búsquedas concretas (C's, modernitos y no sabéis usar un pdf...)

Vale que tenemos una muy "democrática" tradición (¿o era traición?) de incumplimiento del programa sin repercusiones.

Vale que aquí sigue pegándose la hebra con que si PP-PSOE y miradas rancias a C's-Podemos, mientras IU y UPyD parecen no existir (y UPyD ha hecho mucho por meter una cuña en el bipartidismo, proponer leyes electorales más justas y atacar la corrupción... pero premiamos a los justos con el injusto arrinconamiento al olvido) y los de cada región, nación, comunidad o ya tal, pues arriman el hocico para controlar un poco el asunto.

Vale que nadie se cree ya nada, porque quien a estas alturas se cree algo, o le pagan por ello, o espera recompensa o es, sencillamente, iluso.

Vale todo eso, vale... incluso que el PP ha puesto las elecciones en las peores fechas posibles para desactivar un efecto de los emergentes y hacernos creer que aquí no ha pasado nada. Vale.

Pero id el domingo a votar, coño. Es como cuando estoy en mi hospital y escucho quejas de que si las colas, que si el trato del médico tal, que si lo mal que funciona, que si me dieron la prueba para dos años, que si... ¡¡DEJAD DE QUEJAROS!! Poned una reclamación. En democracia, limitada, imperfecta, mejorable, Restauración 2.0 o lo que sea esta mierda que tenemos, votar es la manera más directa de poner una reclamación, que es lo que vale. No quejarse al aire.

No, quejarse no vale. Reclamar sí. Votar un poquito (aunque ahora la ley electoral sea tan injusta) y un poquito más que, simplemente, posturear con quejas.

Votad. Ya sea Cthulhu o C's, Nyalathotep o al PP, Nodens o Podemos, Sebek o el PSOE, Dreamlands o IU  o UPyD. Votad, coño, que para algo que solamente cuesta unos 150 millones de euros por elección... eso es casi gratis.

El domingo, vota. Yo lo haré.

Un saludo,