Buscar dentro de este batiburrillo

sábado, 23 de enero de 2016

Hay días malos.

Claro, todos tenemos uno. Yo tuve uno el viernes. Muy malo.

Comenzó como comienzan todos esos días. Como los demás. Recuperándome de mis cosas, despidiendo a mi mujer e hijo que se iban cada uno a sus tareas, incluso agitando la patita de mi gato para despedirles, en una humanización de mascota típica en la familia. Después, cerré el salón y abrí la ventana para ventilar. Es lo clásico, para evitar que nuestro gato salte y pueda caerse, a pesar de ser un equilibrista. Abrí las de las demás habitaciones, ya que en esos alféizares suele subirse sin problema, al menos, en el año que llevamos aquí viviendo. Bien es cierto que mi mujer siempre tiene miedo, y lo pasa mal cuando le ve pasar del poyete de la cocina al de la habitación contigua. En fin. Me fui al baño, tras una caricia suave y le dejé correteando por la casa.

Entonces sonó el "clac" que cambia el día. Es un instante. En un momento dado, de pronto, la realidad se instala pesada, mortífera y clara. Le escuché maullar. Pero no era el maullido lejano. El oído se entrena para reconocer diferentes sonidos. El maullido de hambre, de jugueteo, de enfado. El lloro de mi hijo, asustado, enfadado, simulado. Éste era otro diferente. Salí del baño, corrí a la ventana. En el patio, caído sobre su barriga peluda, estaba mi gato. Cinco pisos.

Empezó la carrera frenética. Llaves, móvil. Una vecina ya en la puerta, a ver si había alguien. Bajamos, corriendo a los porteros para abrir las ventanas del patio interior. Un vecino ya lo había visto e iba con una mantita a recogerle para llevarle al veterinario de urgencias. Entre todos me ayudaron, pues de tembloroso que estaba, no podía reaccionar. Uno, amable, envuelto Remo en su manta, sangrando, lo subió a mi casa para que pudiera vestirme y tomar su transportín. Sangrando, dejando huellas de su caída, el morro, llorando lágrimas rojas, las patas mojadas y quizá rotas, la mandíbula desencajada... asustado. Le metí, vestí cualquier cosa, y tras hablar con el veterinario, a urgencias en taxi.

Llegué a tiempo, parece. Le hicieron pruebas, esas cosas que uno espera de la sanidad (aunque aquí con un "firme un presupuesto para tener radiografías, ecografías, análisis, etc" ¿se imaginan? "pague por adelantado, por favor") y le ingresaron. Me despedí de él. Estaba asustado, consciente, respirando calmado en su transportín. 

El día había cambiado. De pronto, el accidente que recordaba era el que me mintió mi hermano sobre otro hermano. "Ha tenido un accidente de coche. Perdió una pierna." Eso escuché, mirando raro a mi hermano que me había ido a buscar al colegio más risueño de lo acostumbrado. En casa descubrí la verdad con un sólo vistazo. Mi madre lloraba. Vecinos agolpados. Mi padre serio, callado. Un accidente. El imprevisto, imposible. Mi hermano venía desde Suiza a celebrar su cumpleaños con nosotros. Gerona, 1985. Un camión, alguien se duerme, frontal. Mi padre viajando en avión a reconocer los restos, traerlos, velarlos en casa. Algo hizo "clac" ese día. Empezó en la salida del colegio Perú, cuando me recogió mi hermano, mi otro hermano.

Un salto. Me imagino a Remo en la camilla, tumbado, sedado. Esa sonrisa de gato que no saben quitarse. El sonido de su mandíbula al chasquear la lengua. Y recuerdo otro día, otro hermano. Dos años después. En el hospital Doce de Octubre. Una habitación en lo alto de aquel monstruo de hormigón donde fuman todos y las habitaciones tienen cinco o seis familias que se turnan en cuidarse unos a otros pacientes en una solidaridad de camilla. Mi hermano come espaguetis con tomate, algo que me vuelve loco. Me ofrece. Pero mi madre lo evita, más asustada de lo normal, y no porque yo esté gordito (lo estoy) si no porque... algo hace "clac", de nuevo. Al salir, pregunto un poco a mi madre, que evita todas las preguntas con la misma sonrisa que mi hermano cuando me recogió en el colegio. Es la sonrisa de la mentira. Lo sé ya. La reconozco muy bien. Morirá al poco. No me dejan ir al entierro por más que lo pido. 

Mucho tiempo después. Mi familia es lo que es. Mi madre, mi padre, mi hermano. Mi único hermano ya. Psicólogos infantiles de los que únicamente me interesan las figuras de playmobil que me dejan para jugar y los tentes. Gritos combinados con afecto desmedido. Caras enrojecidas, venas hinchadas, silencios de mi padre con esporádicos estallidos. Un día, mi padre está en la cama, en pijama. No ha ido a trabajar. Pregunto, sin tapujos. ¿Va a morir? No. Será mi madre. Y antes, el "clac" viene con la sonrisa. La misma, siempre. De mi padre, un día. Les pillo ocultando papeles bajo la lavadora. Mi padre y mi madre llevan tiempo juntándose, separándose, juntándose, separándose. Pero ese día están juntos. Sonriendo. Demasiado. Lo sé entonces. Me resigno. Ya sé que resignarme es la respuesta más cómoda. Pero... ¿qué puedo hacer? Si alguien ha de morir...

Mi madre muere tras varios días en coma. Pienso en ella entubada, pienso en mi gato entubado. Pienso en dos cuerpos cálidos, mamíferos, palpitantes, enfriándose, endureciéndose. Pienso en las despedidas. De mi hermano el mayor, ninguna. De mi hermano el segundo, absurda. De mi madre, algo digno de Berlanga. Le incineramos. Esparcimos sus cenizas en la sierra, un día ventoso y lleno de nieve de inicios de junio, cuando ya existe el euro. Lo hacemos mi hermano y yo.

Con mi padre, el "clac" ya no suena. Es constante. Nada sutil. Un pulmón, la vejiga, carcinomas, caídas, rostro enjuto, enflaquecido, dolorido por la vida y el sufrimiento, la depresión callada, la dureza minada por el tiempo y los disgustos. Todos los días suena, discreto, bajito, como mi rodilla operada. "Clac, clac, clac..." El día que muere me puedo despedir unas horas antes. Creo que no me escuchó. Apartó con el brazo, fuerte hasta el final, a una enfermera que quería hacerle curas. No sonrió. Llevaba años respirando dentro de una bolsa de asfixia. Y se fue. Tranquilo. Dejando todo resuelto.

Ayer fue un día malo. Hoy también. Un gato es un gato. Pero ha hecho que aflore todo esto, ha sonado "clac" y han salido como los espíritus del Arca de la Alianza, dispuestos a cebarse conmigo. Albergo una mansión construída en el dolor, la resignación, la pérdida y el recuerdo. Casi siempre, está en alquiler, vacía, esperando inquilino. Pero hoy me he vuelto a dar cuenta de que soy su inquilino principal, quiera o no quiera. Mi gato conoció a mi padre. Mi hijo conoce a mi gato. No puedo evitar que esa conexión me vuelva loco. Tengo miedo, mucho miedo, de que mi hijo escuche el "clac" en algún momento, mientras le muestro esa sonrisa mentirosa. Pero también sé que ocurrirá. La realidad es así.

Un saludo,

lunes, 18 de enero de 2016

Llegaron.

Hoy han llegado mis 10 ejemplares para repartir entre familia y amigos. Están asignados, claro. En el caso de mis betalectores, uno para cada punto de vista que me ayuda a comprender si lo que he escrito merece la pena, es mejorable o directamente descartable. Son buenos lectores. Y cada uno tiene un enfoque rico, diferente y amplio que me ayuda a crecer. Gracias, Emilio, Fani, Igor, Rafa y Santi. Otro que lo es, pero que es familia, es mi hermano Ángel, completamente más áspero, duro, incisivo, crítico e insobornable que cualquiera de ellos. Toda mi vida he crecido gracias, no a la sombra, de esa crítica. Es la que me ha enseñado mucho, y también, por qué no reconocerlo, a ignorar esa crítica cuando a mi pereza le conviene. Gracias, Ángel. De verdad. :)

Son 500 ejemplares en papel, tacto agradable, portada inteligente, pícara. También estarán en Amazon, aunque quizá su precio no es el que yo hubiera decidido, pero aquí el contrato editorial manda. En febrero, supongo, tocará empezar la presentación, nada solemne ni amplio, a fin de cuentas, soy un tipo que escribe de vez en cuando y empieza en una editorial nueva, como es Newsline. Dinero, poco; riqueza, escasa. Pero esto se hace por aquello que dijo en "Los descubridores" un hombre impresionante, Daniel J. Boorstin. "El foro público de la obra impresa mejora el producto". Y es que mis amigos, familiares, conocidos, son todos gente estupenda, pero (salvo mi hermano) carecen de la distancia apropiada para despegarse de mí y leer lo que leen sin prejuicios. Aunque me confiesan (puede ser verdad o no) que lo logran, que se olvidan de mi voz, de mi presencia. Si eso es cierto, he dado el primer paso con éxito, que en mis relatos se narren historias sin mí.

De todas formas, olvido un crítico inasequible, inteligente, agudo, alerta. Él sabe. Como el de Carneiro, reconoce. Y hoy me ha sorprendido... se ha rascado con la solapa de cartón de la caja. Eso es que le daba gustito. Ya es algo.


viernes, 8 de enero de 2016

Pequeñas victorias.

Hay días que te reconcilian. Hoy es uno de ellos.

Otro día cascado, postfebril. Regreso del centro de hacerme una ecografía, prescrita para ver qué tengo (llevo muchos días hecho polvo, literalmente) y decido probarme. Voy a andar un poco. Camino, cuesta abajo, hasta llegar a una calle de cuatro carriles, dos de bajada y dos de subida. Más los del autobús. Espero en el semáforo, junto a una pareja mayor, una señora con carrito de bebé y dos chavales. Está en rojo, esperamos. Y en ese momento, un coche de esos, Audi o BMW, tanto da el tonto, para en el otro extremo del paso de cebra, en medio. En todo el medio. Bueno, parará, descargará o cargará y se moverá para dejar pasar. Privilegios del coche frente a cualquier peatón.

Semáforo en verde para los peatones. Pasamos. El coche sigue parado. La puerta del copiloto se abre y sale una mujer de mediana edad, bien vestida, que aprovecha el semáforo para cruzar al otro lado, mirando con indiferencia, como si nada de eso fuera con ella. Los del otro extremo vamos llegando a nuestro lado, el lado tapiado por un coche que decide que parar ahí para dejar a la mujer está bien. Y empieza el enfado. Los ancianos se desvían con mirada molesta, pero gruñendo por lo bajo. Los chavales pasan sin dar importancia, como si fuera un obstáculo urbano más, nada fuera de lo normal. La señora del carrito, sin embargo, tiene poco espacio. Le ayudo, no sin antes dedicar una mirada furibunda al conductor, hombre de mediana edad que está revisando no sé si el móvil o qué. La mujer con el carrito me da las gracias y sigue. Pero yo no aguanto. Doy un toque suave a la puerta del copiloto, llamando la atención del tipo aquel. 

La ventanilla se baja. Voy a decir, lentamente, porque estoy cascado, que qué hace ahí parado, molestando. Pero habla antes él.

- ¡Qué te pasa, joder!

Respiro. Estoy cansado de la caminata. 

- Pues que está en medio del paso de cebra, hombre, no deja pasar.

- ¡Y a tí qué te importa, imbécil!

Respiro. Respiro un poco más. Recuerdos de estos me invaden. No patees el retrovisor. No le hosties el capó. No le escupas. No te hinches la vena. Pero dan ganas de tomarse la justicia por la mano, de ser vengador, vigilante, de ejercer de ciudadano airado. No hace falta. Un coche de la policía municipal para justo en ese momento en su lado de conductor. Y entonces puedo sonreír.

- A mí un poco, a esos les importará más. Adiós, y que le aproveche.

El tipo mira confuso al otro lado. La policía municipal baja la ventanilla y le empieza a pedir que se mueva, que ahí no se puede aparcar. Semáforo en verde para coches, pitidos, un bus mosqueado. Y sucede. Me quedo a verlo, con calma. Le hacen parar un poco más adelante, la municipal frente a él, y le piden los papeles para multarle. Debo estar sonriendo como un idiota un rato. No me preocupa en ese momento la mala fama de los municipales, guindillas, guripas o como se les llame hoy. No me preocupa dónde irá esa multa, qué bolsillo engordará, si algo queda para las arcas municipales y reinvertido en algo que merezca la pena. El sentido de venganza primitivo, ese de ver a un mal vecino agachar la oreja enrojecida y avergonzada, ya recompensa con dopaminas y demás química del sentimiento animal. Y sigo mi camino, pensando que quizá el sistema o lo que sea que tenemos no está tan mal. Que hoy he visto una pequeña victoria que compensa estúpidamente las miles de grandes derrotas (esas que nos cambian el rumbo) que sufrimos los peatones de la historia.

O será la fiebre, que me vuelve a subir. Quién sabe.

Un saludo,

lunes, 4 de enero de 2016

Un simple historia.

Le conocí en el barrio. Era del barrio, de siempre. Su madre fregaba escaleras y portales. Nada deshonroso. Él tenía un hermano mayor. Con él frecuentaba los billares que había entonces bajo el Cine España, un lugar de macarras, cuero y cáscaras de cacahuete, regado de humo, palabrotas y orines. Había recreativas, claro está, y el videojuego nos atraía más que los billares o el millón. Racaneábamos las monedas de cinco duros para poder echar partidas largas, estiradas solamente mediante habilidad de muñeca y rapidez de reflejos. 

Un día volvía de mi instituto, tras años de esas pequeñas correrias de barrio, de saludos vagos e imprecisos (él era un macarra, yo el hijo de padres obreros que debía estudiar sopena de sopapo) y me lo encontré junto a un compañero mío, Héctor, dos metros de negro bonachón y tímido. Estaban con dos chicas, a todas luces del tipo "pelandruscas". Héctor se marchó. Yo, sé bien por qué me quedé. Chicas, sonrientes, descaradas. Una empezó a jugar con él. La otra me revisaba y en pocos segundos me descartó. Daba igual. Yo tenía monedas de cinco duros. Fuimos al billar, intenté liarme con la muchacha que me rechazaba y, por eso de la insistencia y nada mejor que hacer un día por la tarde, nos dimos el lote en los aledaños del Puente de Toledo.

Pasó el tiempo. Pasó aquello. Y alguna vez charlábamos. Poco, tonterías. Cada vez me costaba más encontrar un tema. Él no iba a clase alguna. Aguileño, corvo y de pelo negro largo, aspecto de motero perdonavidas con pocos posibles, pero era buena persona. Me despreocupé de su vida. Un día, sin embargo, me la salvó, sin estar allí. Bueno, a mis amigos. O algo así. 

Cruzaba yo el puente para ir a verles. Y me los encontré parados entre las hornacinas, asustados, con un tipo más mayor. Al principio me costó reconocer quién era. Pero pronto caí. Aguileño, corvo, pelo negro, más mayor. El hermano mayor. Le saludé, pregunté por su hermano, charlamos de tonterías, recordamos a nuestras madres (imprescindibles los origenes que ahora quedan ya diluidos en el pasado y la muerte) y me saludó diciéndome que bueno, que sentía molestar a mis colegas. Éstos resoplaron, sintieron alivio, me admiraron ese día unos minutos y confesaron que les quería robar zapatillas y más cosas. Lo normal. 

Muchos años después, dejé el barrio. O el barrio a mí. Pero a veces le veía, al menor, al mayor. Un día dejé de ver al mayor. Otro, el menor iba con una chica, todo tipo pelandrusca, embarazada. Me saludó con vergüenza. Sonrió un poco y se fue. Las madres, bien. Las madres eran siempre lo importante. 

Un día, el último, le ví de nuevo. Fumaba. Estaba pálido. Yo ya había perdido a mi madre. Él acababa de perder a la suya. Lloró. Tosió. Encima, me dijo, jodido cáncer. Pero le daba igual todo. La vida, su novieta que ya había dejado y el crío que no veía desde hacía años. Traté de consolarle, o algo así, aunque uno nunca sabe. Y sonrió. Una sonrisa luminosa. "Tío, se nota que eras del barrio. Pero ahora ya no hay barrio."

Y se marchó.

Un saludo,

jueves, 31 de diciembre de 2015

Líneas rojas, o no tan rojas...

Cierro el año con una febril entrada (llevo días con 38º) despidiéndome de lo que ha sido apasionante y vergonzante, como siempre, en nuestro querido "esto". Llámele usted Estado, Nación, España, país de mierda o como sea. Lo que sea. Yo, como todo el mundo sabe, no soy nacionalista. Me parecen patéticos los nacionalismos, ya sean españolistas, catalanistas, vascos, leoneses, gallegos, andaluces, ad hocs inventados (¿qué es el nacionalismo si no una invención del siglo XVIII que ha ido evolucionando a peor durante el resto de la historia?) porque tratan de ligar conceptos emocionales e ilógicos, rastreros muchas veces (lengua, territorio, "raza", ahora "etnia", siempre "nosotros" frente a "los otros") con consecuencias claramente nefastas. Los nacionalismos provocaron las guerras más cruentas, los nacionalismos alimentan los conflictos más crueles, las luchas, odios, imbecilidades varias. Los nacionalismos son, en última instancia, un mal mayor. Patria, nación, lealtad, honor, esas chorradas de conceptos, alimentados en cuarteles y espiritualizados en conventos e iglesias (la religión no podía faltar al convite) sostienen con su "legitimidad" algunos de los mayores atropellos del siglo XX contra el que acaba sufriendo; el peatón de la historia. Tú. Yo.

¿Queda claro que no me gustan los nacionalismos? Pues con esa premisa entenderéis que los referéndum de autodeterminación me parecen ficciones divertidas, las independencias de una ficción son ficciones en sí mismas, y por ello me resultan, cuando menos, ridículas. Pero legítimas. Digámoslo así. Si considero un nacionalismo estúpido, pero existente, ¿por qué no permitir otros? Subyace por debajo, eso sí, una realidad clara. Que los estados-nación, arrumbados por el estado-mercado, persisten en el imaginario porque de momento no hay una nueva marca que los supere y asiente en la imaginación colectiva. Por eso se invocan en estos días, igual que rebrota y florece el islam, como religión aglutinante (¿nadie recuerda el nacional-catolicismo¿ ¿en serio? ¿la "Cruzada?) y política que intenta trascender ese estado-nación. Las personas se creen que pueden tomar las riendas de sus destinos colectivos. Que desde hace siglos, si no milenios, desde que se centurió la tierra y se repartió y creó la sacrosanta institución de la herencia y derivados, no hay una misma masa crítica de poseedores y desposeídos. El pareto. Ese 80/20 tan radical. ¿Nacionalismo? Mercados...

Otro concepto ilusorio, claro está. Muerto el comunismo versión URSS y satélites, tras la agresiva ofensiva de Reagan y su comadre Thatcher, el capitalismo no ha tenido nunca en la historia (salvo un convulso XIX) un éxito tan rotundo y una implantación tan radical. Ya no somos ciudadanos con derechos al estilo declarado por las revoluciones francesa y americana. Somos consumidores. Y deudores. Y en ese sistema, hay siervos convencidos, siervos cínicos y rebeldes declarados. Los primeros creen pesimistas que no hay cambio posible, el mundo es mundo y así de asco da, etc. Suelen ser "ajenos" a la política, lo que implica una opción política muy determinada. Defienden conceptos como si fueran carne y sangre, y sangran y hacen sangrar por ellos. Los segundos son moldes en el sistema, adaptados, suficientemente listos para reconocer lo que es, pero no tan activos como para romper con las comodidades que otorga. Media sonrisa y risa ante esos conceptos, pero hipocresía y fachada. Los terceros son los peatones de la historia prescindibles. Se creen capaces, pero son una china en el zapato. Cuando obtienen el misil, se van a Corea del Norte o Cuba. Alguno dirá que también Venezuela. Ja, ja, ja.

Las únicas líneas rojas que veo, desde que la historia enseña, son las que dejan los cadáveres al arrastrarlos al hoyo, aún frescos. Y siempre se han pisado. El año 2016 no será diferente. Inventaremos nuevos conceptos. Mentiremos creyéndonos a veces nuestras mentiras. Rabiaremos contra "los otros" (siempre habrá "otros", Aristóteles in a bottle lo dejó claro) y les acusaremos de... cualquier cosa. El mundo es mundo y se puede cambiar, pero siempre preferimos creer que no se puede cambiar. ¿O no?

Yo sí he tomado una decisión. Ésta es mi última entrada política. Renuncio a seguir con el tema. Me aburre. No encuentro ganas en ello, ni entusiasmo. Miraré y callaré, resoplaré en mi interior, preferiré callar y sonreír, giraré la cabeza. Personas... consumidores... gente, tú y yo.

Un saludo,

martes, 29 de diciembre de 2015

Cuanto más aticéis...

Seamos francos. No me gusta mucho Podemos. Pero infinitamente menos PSOE, PP, C's... IU es otra cosa, un reducto de un idealismo que nunca parece que morirá, salvo que lo acaben matando. Y no gustándome, no les tengo el cariño que otros le tienen, como los hooligans de partido, de todo partido, que abundan en España. Los "yo por mi partido ma-to" defienden a ultranza, capa y espada, sin fisuras, cualquier decisión que emane de la sacrosanta inteligencia del Tribuno de la Plebe autoproclamado. Hace tiempo, como ejemplo, cuando Pablo Iglesias, eurodiputado, regaló la serie "Juego de Tronos" en Blu-ray (creo) al ciudadano casualmente Rey, Felipe, yo me reía por lo infantil y absurdo que me parecía, buscando el fogonazo de la prensa. Pero había quien me decía que "es un movimiento inteligente que no comprendes del todo, chaval..." la clarividencia del Líder, misterios tiene Iglesias que...

La cuestión, ya lo he dicho, es que a Podemos les atizan hasta en el cielo de la boca. Páginas "anti-podemos", "potemos", "podridos", y no sé cuántas más que demuestran que internet no está en mano de las izquierdas antisistema. Bueno, antisistemas hay en la derecha también, y no pocos. La cosa es que uno lee magnificadas noticias que a veces no son ciertas, o sencillamente son falsas, fabricadas según el medio al que pague tal o cual empresa, y no puede menos que reírse. Y las contradicciones (que las hay en todo partido) en Podemos se iluminan con doscientos focos y mil taquígrafos. Una escrupulosa inspección para quienes, aún, están tocando el poder. Como dije, Podemos se está convirtiendo en el chaval de gafitas al que en el recreo quitaban los malotes el bocata, le daban collejas, se reían de él, le insultaban y todo eso, y lo que lograba el matón de turno con ello es que, aunque amedrentados, los demás, los normales, los que no destacaban porque no querían o no podían, vieran con simpatía al Errejón hostiado de su patio de colegio. ¿A que sí? Ved la imagen, recordáos...

Es malo construirse en el victimismo. Supongo que la "ciencia" de la psicología tiene respuestas para eso, aunque uno que solamente lee novelas como yo piensa que provoca un sentimiento de falsa seguridad por conocer algo que los demás desconocen, sentirse superior secretamente, cultivar la arrogancia que la intelectualidad de lectura y pensamiento genera en los hostiados del patio colegial. "Pegadme, pero un día, yo, un día..."

Yo ya no soy creyente de partido alguno. Ni de líder audaz. No suelo creerme las declaraciones de nadie. Pero la estadística manda, y cuando unos mienten más de lo que hablan y sobre todo, hacen, los desprecio (PP) o si se contradicen tanto o más que un bipolar les tengo nula credibilidad (PSOE). Si vienen ad hoc los tiempos de neoliberalismo neocon neopuagh, como C's, ni me planteo creer en algunas de sus razonables propuestas. Y si son vapuleados dignamente como IU... pero esos no dan pena, claro que no, son parte del "sistema". Podemos es un trufado de mil deseos de millones de personas, que plasman y proyectan sus ilusiones en ellos, pero la realidad de lo que hagan es lo que puede y debe importar. Y ahora, cuanto más se atice a Podemos, más divertido será ver cómo crecen las simpatias hacia ellos.

Me estoy planteando no hablar de política en 2016, justo el año que se presenta más político de la historia de España. Pactar, dialogar, hablar, negociar... es el año de la sociabilidad, de la estatura, del análisis, de la estrategia, de la táctica. Es el mejor año para un jugador del "República de Roma". Pero viendo la podredumbre de "análisis" baratos que purulentan la red, las conversaciones fáciles y demás medios, me planteo si no es mejor un retiro heremita y herético en este año que vendrá. Quizá así me ahorre sinsabores, correcciones trabajosas que no tendré que hacer más, diálogos absurdos y hueros. Quizá ponga en hibernación al zoon politikon un tiempo...

Quizá...


lunes, 21 de diciembre de 2015

República de Roma, el juego.

Avalon Hill publicó este juego de mesa hace unos 25 años. Un juegazo. Básicamente, usted lleva una facción de senadores y caballeros (equites) que trata de hacerse con el poder por diferentes medios. La popularidad, la influencia, la guerra, los acuerdos, el reparto de cargos... ganar por medio de la influencia es jodido (suelen asesinarte antes) y ser el más popular te garantiza inmunidad en los juicios, pero no mucha ante asesinatos. Lograr la dictadura es complejo, pero no imposible. Y ganar mediante rebelión contra el Senado, suele ser lo habitual. Pero tiene una cuestión importante. En ese juego, gana uno o pierden todos. En efecto, si en el difícil equilibrio de obtener la victoria un jugador descuida los asuntos de la República y antepone su egoísta opción personal, perjudicando a quienes podrían ayudarle a mantener el estado (y por tanto, el juego) es muy probable que contribuya a la derrota de todos. Un juegazo y encima de temática muy atractiva. Yo, lo confieso, llevo 15 años tratando de jugar siempre que puedo. Adictivo, duro, las negociaciones pueden retener un turno horas... las risas, los gritos, los pataleos, las espantás, los corrillos... lo adoro.

España, tras años de mayorías absurdas, digo, absolutas, o sustentadas por la artificial representatividad de los diferentes partidos nacionalistas, ha entrado en un escenario inédito desde casi la fundación de la II Restauración postcanovista. Ya no hay hegemonía de dos partidos, los bloques son más difusos y hay muchas cuestiones nuevas en juego. Un juego... siempre es un juego. Y los mejores jugadores suelen ser los más habilidosos y que más saben compaginar fortuna con audacia y previsión adaptable. Regalo un pronóstico; elecciones nuevas con otro régimen electoral antes de 2020. Conversión del PSOE en fuerza marginal. División del PP en al menos dos fuerzas nuevas (sin contar la cuña de C's) y apertura de un panorama donde todo, hasta el asesinato, es posible.

Pero es muy interesante. En el espectáculo uno se aburre de las viejas fórmulas. Veamos si alguien da nuevas o el gatopardismo triunfa. De momento, un orador brillante (Rivera) despluma a un cazurro sin igual (Rajoy) y un tipo inteligente y que al menos habla inglés comprensible (Iglesias) desapachará a un perdonavidas chulopiscina (Sánchez). Pena que Garzón se quede arrumbado de momento y un Herzog voluntarioso certifique el fin de un partido al que deberíamos dar las gracias por muchas cosas, pero... el República de Roma no recuerda a los perdedores, solo a quienes vencieron. Y Roma no paga traidores, aunque a veces sí les recompense con cargos y prebendas.

Un detalle final; me encanta este nuevo período. Me encanta. Ya era hora. Y que Nyarlathotep coja confesados (aunque le da igual) a todos...

Un saludo,

lunes, 14 de diciembre de 2015

VOTA.

Esta semana, entre compra navideña y fun fun fun, tenemos una cosa... cómo se llama... ¡ah! sí, eso, votar.

Pero igual que no revisamos las etiquetas del cordero, el embalaje de los langostinos, los E-XXX de los mariscos, la procedencia del pavo o los ingredientes de las salsas preparadas, me imagino que nadie o casi nadie se leerá los programas de los partidos.

Vale que son pdf's con 300 páginas de media y en algunos no puedes hacer búsquedas concretas (C's, modernitos y no sabéis usar un pdf...)

Vale que tenemos una muy "democrática" tradición (¿o era traición?) de incumplimiento del programa sin repercusiones.

Vale que aquí sigue pegándose la hebra con que si PP-PSOE y miradas rancias a C's-Podemos, mientras IU y UPyD parecen no existir (y UPyD ha hecho mucho por meter una cuña en el bipartidismo, proponer leyes electorales más justas y atacar la corrupción... pero premiamos a los justos con el injusto arrinconamiento al olvido) y los de cada región, nación, comunidad o ya tal, pues arriman el hocico para controlar un poco el asunto.

Vale que nadie se cree ya nada, porque quien a estas alturas se cree algo, o le pagan por ello, o espera recompensa o es, sencillamente, iluso.

Vale todo eso, vale... incluso que el PP ha puesto las elecciones en las peores fechas posibles para desactivar un efecto de los emergentes y hacernos creer que aquí no ha pasado nada. Vale.

Pero id el domingo a votar, coño. Es como cuando estoy en mi hospital y escucho quejas de que si las colas, que si el trato del médico tal, que si lo mal que funciona, que si me dieron la prueba para dos años, que si... ¡¡DEJAD DE QUEJAROS!! Poned una reclamación. En democracia, limitada, imperfecta, mejorable, Restauración 2.0 o lo que sea esta mierda que tenemos, votar es la manera más directa de poner una reclamación, que es lo que vale. No quejarse al aire.

No, quejarse no vale. Reclamar sí. Votar un poquito (aunque ahora la ley electoral sea tan injusta) y un poquito más que, simplemente, posturear con quejas.

Votad. Ya sea Cthulhu o C's, Nyalathotep o al PP, Nodens o Podemos, Sebek o el PSOE, Dreamlands o IU  o UPyD. Votad, coño, que para algo que solamente cuesta unos 150 millones de euros por elección... eso es casi gratis.

El domingo, vota. Yo lo haré.

Un saludo,

jueves, 10 de diciembre de 2015

Desmembrándose...

Usted ha nacido en Madrid en 1710. Lleva tiempo acostumbrándose a los nuevos gobernantes, "los borbones", esos que han tomado el trono tras una guerra contra los austracistas. Lo único que escucha es que "la Italia" (Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Milán) y el viejo "Flandes español" se han perdido. Quizá, si es siervo de un noble, le oiga despotricar sobre esa pérdida, diciendo que mengua el prestigio del Imperio en Europa, aunque menos mal que las Américas y ultramar siguen vivos. Pero hay nostalgia. Y un cierto enfado. A ver si la nueva dinastía recompone las piezas y retoman lo que su patrimonio exige (pues es eso, patrimonio de reyes, que no de gentes) para retornar el orgullo a los españoles. Asiente, limpia y calla.

Quizá engendre un hijo que le sobreviva, de los muchos que da a luz su primera y su segunda esposa, cuando muera la primera en parto. Le dirá que un día "la Italia" era nuestra, y el "Flandes español", también. Pero recordará Menorca y Gibraltar y callará, algo avergonzado. Y es que, además, hace poco se han hecho cambalaches en las Américas. Sacramento, que si Luisiana, que si la Florida... hilos de esperanza sobre Portugal renacen, también, aunque hay más intercambios, cosas del Brasil por de la Guinea. En todo caso, su hijo ya ha recibido la lección. Los patrimonios de los nobles son eso, juegos de casas viejas.

Muere, su hijo crece. Ahora es otro. Ahora eres tú. Y miras con curiosidad los acontecimientos. En las colonias inglesas (no usan el sistema de virreinatos tan español, tan "de dejar hacer") se han sublevado y ahora luchan por formar un nuevo país. Y lo logran, con ayuda de nuestros barcos, de nuestros hombres desde Cuba y Florida. Pero es cierto que tú apenas participas de eso. Siguen siendo juegos de mayores donde se trocean tierras, se reparten, al más puro sistema feudal y godo, de herencias romanas, donde el patrimonio son las tierras y su posesión, y se confunden ambos términos, patrimonio y patriotismo. Pero un germen de desconfianza cae en tu mollera. Los... ¿Estados Unidos de América? ¿un nuevo país, entero, republicano como la Holanda?

Creces y te casas, tienes más hijos. Y entonces sucede. En Francia, tierra de borbones, estalla una revolución. No te enteras de más, pues no llegan noticias durante muchos años. Algún veterano comenta, dice... algún marino perdido insinúa... un día escuchas que han cortado la cabeza del rey. ¡La cabeza! Pero no lo crees, hasta que ves hombres nerviosos y envíos de madera para barcos y más barcos. Se rumorean guerras, más guerras, y luchas sin cuartel. Y un día, ya mayor, descubres junto a tus hijos a los soldados franceses, diferentes, relucientes, con águilas e ideas muy extrañas. "Traemos tu libertad", dicen mientras el brillo de la bayoneta te ciega un poco. El noble para quien trabajas huye, te quiere llevar como su patrimonio, pero algo te extraña y te quedas. Por primera vez, todo parece que puede ser diferente.

No lo es. Morirás en una cuneta por no dar tu comida a los jinetes acorazados. No verás cómo violan a dos de tus hijas. Ni cómo mueren dos de tus hijos. Otro huirá al monte. Recordará que erais Imperio, pero no éste nuevo, brillante de acero y fuerza. Y tras luchas sucias, desgarradas, escucharás un término nuevo, inquietante. "Nación". ¿Nación? Tú crees en los nobles y que su patrimonio es la tierra y las gentes. Siempre ha sido así. Ellos son patrón, padre proveedor y defensor. Tú, hijo de un siglo borbónico, no sabes qué es eso de la "Nación".

En 1814 regresa el rey legítimo. Te sumas a los deseos de recuperar la grandeza, la gloria del Imperio. Pero esto pronto se va convirtiendo en malas noticias. No hay tantos hombres. No hay tantas ganas. Pronto llegan noticias. Si las Américas eran de los nobles, "vuestras para ocuparlas, hombres de España", el patrimonio real, ahora se están yendo, como los "Estados Unidos". Antes de 1830, de las Américas quedan apenas Puerto Rico y Cuba. Y descubres que puedes luchar contra tus propios compatriotas en tus tierras. Patriotismo, sí, por el patrimonio, ahora convertido en "Nación" con aquel pendón que tu padre decía haber visto en los barcos reales. Rojo, amarillo y rojo, con el escudo monárquico. De pronto, esa es la bandera de todos, pues es la bandera del rey. Tu rey.

Morirás viendo luchas civiles, hambre, miseria. Pero un hijo más te sobrevivirá. Más o menos. Conocerá Carlistas, que quieren recuperar lo perdido, pues duele como cuando te amputan. Fue la Italia, el Flandes, incluso aquel Rosellón traicionero. Fue aquella Menorca, aquel Gibraltar aún en sus manos. Fue, luego, la traición de los criollos, de las Américas, y la codicia de los nuevos "estadounidenses" que compraron y compraron tierras a los reyes, para sufragar sus arcas de guerra. Y verás isabelinos que dan golpes de estado a eso que llaman "Parlamento". Y verás luchas civiles, y una eclosión de algo nuevo llamado "republicanismo", que tanto recuerda a la infernal Holanda y la Francia decapitadora. No, todo está mal. Y por eso, viviendo crispado, pero teniendo hijos con recuerdo inculcado, llegarás al desastre.

1898. Una fecha que aún dirá mucho más de 100 años después, seguro. Cuba. Filipinas. Puerto Rico. Desmembrada de ultramar, sin nada, España se quedará abandonada a sí misma y unos pocos retales en África, la pobre África, algún parche guineano, marroquí. La moral lleva décadas por el suelo. Lo que era patrimonio de nobles, ahora es en teoría de todos, ese "nacionalismo" ha logrado extender la creencia de que los suelos cubanos, portorriqueños o filipinos, son de los "españoles", no de tal o cual familia (aunque la explotación y beneficios sean de ellos). Traga, apechuga, muerde el orgullo. Áun queda Marruecos. Marruecos, semillero de discordias. Ya has visto lo que es una República, un sin Dios descomunal. Y encima regresan las conspiraciones. Si en 1640 se habló de traición portuguesa, aragonesa, catalana, andaluza e italiana, ahora se organizan dos nuevas armadas en el mismo entramado del nacionalismo. Si se puede ser español y reclamar unos territorios con sus gentes, ¿por qué no catalán o vasco?

Más guerra civil, más trifulcas, más dolor. Más hijos. Y salta, pues el desmembramiento se ha solucionado gracias a la sangría. El semillero de crueldad que es Marruecos dará los últimos y más feroces espadones de tu historia, la que crees, esa monarquía universal, ese Imperio sin puestas de sol, mítico ya, que lleva en declive desde siempre. Patrimonio de reyes, ahora de gentes, crees en la mentira y te vistes de azul y cantas al sol que ha de iluminar las Cruzadas de antaño. Otra guerra civil, otra lucha más por defender una ilusión. Pero pasarán los años y parecerá que el desmembramiento, al menos territorial, se detiene. La gente... la gente es como la sangre. Y siempre la sangría ha sido un remedio adecuado.

Una mañana, con todo agonizando, todo, te cuenta tu hijo, de servicio en Sahara, que ha visto la escena más triste de su vida. No es como el último helicóptero de Saigón, que la televisión mostrará una y otra vez. Pero es igual de triste. Una bandera que no es arriada, la rojigualda del borbón, con un nuevo escudo y águila, pero aún en su poste, serrado. Un territorio cedido sin lucha, como otros, por incapacidad, por impotencia. Y otro desmembramiento. Abandono de gentes, de patrimonios y patrias, de naciones. Lloras, llorarás porque se une a la lista de miembros perdidos de ese gran cuerpo que imaginabas. Han logrado que creas que son partes de tu propio cuerpo, como dijo tu padre, el padre de tu padre y el padre del padre... han logrado que pienses que el patrimonio de unos debía defenderse por muchos, con hacienda y brazos. Han logrado que llores. Que te avergüences. Que te sientas un mal español. Y rabies contra los que no son como tú. Una mañana te sientes desmembrado.

Pero esto no acaba aquí. Del todo a la nada. Sigues creyendo que, aunque no vivas en esos lugares, esas tierras son tuyas. De todos. No de quienes los habitan, de quienes la trabajan. De todos los que comparten esa bandera rojigualda, esa bandera que un día ondeaba en barcos patrimonio de reyes. Otros quieren, de pronto, copiar para su territorio la idea de banderas reales, de himnos, de historias falaces de Imperios y conquistas y grandes señores. No, no acaba. Hay más hijos, y tú, el nuevo, quizá no recuerdes ya cómo comenzó esta breve historia (breve, pues apenas abarca 300 años en varias líneas) pero sí sabes bien qué es lo que te enseñaron, sea falso o ilusión. Y seguirás sintiendo ese desmembramiento, ese miembro fantasma que se levanta, se levanta y pide, exige, manda...

Vaya. Mientras, yo, siento que tengo dos brazos, dos piernas, un tronco, algo así como una cabeza. Maldito sapiens. Maldita especie. Maldita empatía por mis genes...

Un saludo,

martes, 8 de diciembre de 2015

La guerra de la bici.

Desde hace un año, más o menos, desde que me mudé al interior del círculo infernal de la M30, uso mi bicicleta para ir y volver del curro. Más concretamente, volver. La ida es un poco de pedaleo hasta la Renfe, cercanías y luego un par de kilómetros a las 8 de la mañana de pedaleo suave hasta el curro. Llego despejado, las piernas estiradas, el cuerpo despierto y cierta placidez. Luego, al terminar la jornada, quito el candado y me lanzo con la bici a casa, unos 12 kilómetros que, si quiero ir rápido, hago por la Castellana-Recoletos-Prado-Atocha-Acacias, apenas 30 minutos, o si tengo tiempo, por un lateral, ya sea por Agustín de Foxá, Padre Damián, callejeo, Serrano, Cibeles, Retiro, Moyano y Acacias, o por el otro, Miguel Ángel, Almagro, Hortaleza, Sol, Plaza Mayor, Latina, Puerta de Toledo, Olmos, o Viaducto, San Francisco y Olmos. Si me toca ir a algún sitio, no tengo problemas, Bravo Murillo para bajar al Clínico o la FJD, por ejemplo. La cosa es que uso la bici. Me gusta. Según mi runkeeper, que tengo conectado a ciclogreen, este año 2015 he ahorrado unos 200 euros, unos 250 kg de CO2 al ambiente y he gastado unas 30000 calorías. Que recupero rápido, eh. Unos 1000 kilómetros en bici, aparte de la Renfe. Uso dos, mi querida Dahon Speed P8 (una plegable muy versátil) y una orbea de montaña que adquirí en septiembre (con cuadro fuerte para la silla del niño). Hasta 2014, yo usaba mi coche para ir al trabajo. Unos 30 kilómetros de ida y tantos de vuelta, casi 1 hora de viaje, entre atasco, aparcamiento y demás. En transporte público era 1 hora y 30 minutos. Trataba de alternar, pero con un niño pequeño, esa media hora era imprescindible muchas veces. Intenté ir con compañeros al curro, pero no tenía ninguno con ganas o cerca. Acabé muy desquiciado de coche, coche, coche.

¿Por qué estos datos? En este año, apenas sí he tenido incidentes con los demás vehículos. Una señora que giró a la derecha, cortándome el carril y casi atropellándome, por no poner intermitente. Alguna vez que los autobuses convergen de tal forma que parecen los barcos de Venecia en la persecución de lancha motora en "Indiana Jones y la última cruzada". Un par de veces que abren puertas sin mirar los aparcados (resuelto sencillamente, yendo por el centro de la calzada...) y más recientemente, un taxista que me cortó un paso y luego me amenazó de muerte, aunque salió pitando cuando le dije que era abogado y quería grabar sus amenazas para denunciarle (se pasó el semáforo en rojo...) No suelo tener incidentes con vehículos graves. Sí con algunos peatones. Un grupo nutrido que cruzaba cerca de las piscinas del Canoe, que tenían semáforo en rojo y que pasaron de mis timbrazos y voces. Un chaval con móvil que casi derribo porque cruzó en rojo sin mirar en Atocha. Y el error más gordo, haber ido por Fuencarral, Montera y Carretas, peatonales, con pocos peatones pero yo montado (ahora ya no voy por allí en bici, o desmonto o lo evito) Lo cierto es que, en todos los casos, con educación y buenas maneras, no hay problema. Pero hay distracciones y falta de educación, sí.

Hablaré de vehículos a motor. Las motos, por ejemplo, tienen la santa manía de pasar al lado de una bici a 30 o 50 por hora sin apenas dejar medio metro de separación. Se nota, señores moteros. Se nota. En las detenciones de paso de cebra para vehículos de dos ruedas, te miran con asco, condescendencia, sorpresa, e incluso se cruzan para ponerse delante atravesándose. Son muy agresivas. Incluso he recibido comentarios o gestos despectivos de los que paso, claro. En las detenciones, taponan los pasillos entre coches y no te dejan pasar bien, aunque ya lo tengo controlado y sé zigzaguear sin morir en el intento. En fin, las motos suelen ser más agresivas, despectivas y molestas que los coches. Pero no por ello, los coches dejan de ser molestos. Dejando de lado que, en Madrid, cuando miro, la media es de 1 ocupante por coche, 2 máximo, y que en días concretos (viernes a las 15h, por ejemplo) parecen ocupados por psicópatas rayanos en la necesidad de asesinar con sus dientes a otros, y que en muchas ocasiones son personas que toman el coche para un trayecto que bien podrían hacer en metro o autobús, suelen ser agresivos. Desde el que te pita, el que pasa al lado diciéndote de todo, los queridos taxistas que te odian profundamente, las furgonetas que llevan curritos que se ríen de tí o los de autoescuela que suelen respetar más que nadie, hasta los muchos que medio respetan las normas, aunque el tema intermitentes y velocidad adecuada no lo tengan controlado. Y los autobuses y camiones, otro tema... es como ver pelear a una sardina contra un cachalote. Divertido.

Los vehículos a motor han mejorado en Madrid. Se han pacificado. Resignado, más bien, a ver tanta bicicleta. Pero toca el turno a las bicis. Desde que hago los trayectos mencionados, veo bicis, sí. Muchas. Quizá puedo contar unas 40 o 50 diferentes al día. Un poco de agua en el océano del vehículo a motor. Pero es algo. Sin embargo, y es lo que me preocupa, en comparación, de esas 40 o 50, la mitad son verdaderos sobrados. No diré "ecofascistas", que me lo han llamado a mí también, pero algo así. 

Suelen ser personas con equipación full o de calle, da igual. Suelen llevar carretera, montaña o BiciMad. Suelen llegar al semáforo y saltárselo en cuanto pueden (yo, los peatonales, lo hago, y algunos, si son seguros, también) y lo peor de todo, suelen caracolear el tráfico y, de pronto, sin señal ni preaviso, saltar a la acera. Tal cual. Mediana de la Castellana a calzada, así. Chimpún. Toman por sorpresa tanto a vehículos como peatones. O de pronto pasan un paso de cebra rápidos, montados, obviando que eso es peligroso también. Y señalizar... como algunos coches, lo justo y da gracias. Yo también, los viernes, sobre todo, si hay aglomeración (especialmente, antes de Colón) me voy a la mediana, pero parando en un paso de cebra, desmontando, cruzándolo y luego montando en plan paseo. Y el regreso, cuando es seguro al semáforo en rojo. No soy santo, soy superviviente. Pero lo otro raya a veces la locura. Y es mala educación.

He leído debates, comentarios, trifulcas... abomino del "bike power" que se considera moralmente superior por usar bici. Abomino del que actúa como un prosélito fanático, aquí con bicis, en otro lado con una Biblia. Abomino del flipado que se cree inmortal por llevar bici (otro día hablo de monopatines, patinetes y patines, que son telita) y que te echa discursos o se cree con derecho a hacer lo que quiera. Abomino de todo eso. Y me resigno, a mi pesar, a vernos condenados a tener en un día cualquiera de estos un seguro, una matrícula, un impuesto para circular. Va a suceder. Nos van a institucionalizar, y con razón. Es cierto, reducirá el número, de las 50 que veo pasarán a 25. Y faltará otra cosa; carriles de verdad o educación vial. ¿Compartir calzada? Claro. Pero de verdad... Y entre medias, como siempre, en los claroscuros del debate, unos te posicionarán en un polo y otros en el otro, cuando ambos se derriten ante la luz de la verdad (poesía barata OFF)

La bici está en guerra. Porque, como siempre en nuestro país, nada entra con alegría, suavemente, sin ruido ni molestias. Exacerbados los ánimos de unos y otros, nada camina por un camino plácido, siempre por los dientes de sierra oxidados de nuestro cerebro hispano. La bici es un medio imbatible en cortas distancias en la ciudad, y más ahora que empieza a existir el motor auxiliar eléctrico. Los coches y la industria es un sistema devastador, tanto de recursos como de medio ambiente, y de salud, por supuesto. Las enfermedades respiratorias de ahora no tienen parangón. Lo veo todos los días. Contaminación pura. Me remito a otra entrada anterior. Quien justifique el "mi coche, mi libertad", no es consciente, no quiere serlo o simplemente es malvado. Es útil, claro que sí, pero, pudiendo usar otros medios menos contaminantes, colectivos, públicos, habiendo capacidad de elegir opciones menos malas, recibe para mí un calificativo. Egoísta el más suave. El coche acomoda, pero también atrofia la mente (y el cuerpo por la contaminación). La utilidad no elimina lo perjudicial. Pero mientras la bici siga en su aura de beatitud sin mácula, falsa y ridícula, la guerra seguirá, numéricamente, perdida. Moralmente, mientras siga en sus trece de "pues hago lo que quiero", también. Quizá todos los que pedaleamos deberíamos reflexionar. La educación se da con ejemplos, también. 

De todos modos, no me hago ilusiones. "¿Valen excusas, mi capitán?", decía mi madre cuando me inventaba cien para no hacer algo que debía, que sabía, en mi fuero interno, que tenía que hacer. Me frustraba, airaba y quejaba, trasladaba a otros la ira y les acusaba de lo que yo, claramente, sabía era culpable. Excusas. Siempre excusas. Somos españoles.

Un saludo,