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lunes, 9 de diciembre de 2013

De Walden a Bombay, Memphis y Pretoria.



Dejando de lado titulares tan aborrecibles como los de La (sin)Razón o la extraña influencia que han tenido en la radio (RNE-5, hoy, lunes 9 de diciembre de 2013, sigue hablando del funeral de estado ofrecido a Mandela en aquel estadio olímpico de fútbol donde la selección española ganó el mundial de 2010…) y en la mente de los ciudadanos motorizados (no vamos a pie, seamos realistas; una persona, un coche, una contaminación directa), hoy me ha entrado curiosidad por saber la conexión de Mandela, Ghandi y Luther King. Tres no europeos, dos negros, un hindú, figuras para mí importantes en el siglo XX por su activismo político, por las consecuencias de sus actos, por su repercusión. Y si tenía clara la de Mandela y Ghandi (el segundo ejerció la abogacía en Sudáfrica y ya entonces ejerció parte de su ideario en el país, inspiración posterior para Mandela) no encontraba firmeza en la conexión con Luther King. Pensaba en cartas enviadas entre Mandela y él, pensaba en correspondencia, pero no la hubo. Era más simple. David Thoreau.

A mediados del siglo XIX, en los EE.UU., un escritor decidió abandonar a su familia e instalarse en pleno bosque. Tras dos años, regresa, retoma su vida. Y entonces, quizá influido por el germen anarquista, las ideas ácratas, reforzado en su estancia solitaria del bosque, realiza un acto individual, consciente, público. Se niega a pagar impuestos que alimenten la guerra que en ese momento EE.UU. mantiene contra México (donde le arrebatará la mitad del país…) y que sirve también para cobijar la institución de la esclavitud. No pasa más que un día entre rejas (ya ven…) pero eso le inspira. Y trabaja en su idea de “Desobediencia Civil”. Esta idea cuajará, tendrá recorrido, llegará lejos. El primero en hacer uso de ella, Ghandi.

Ghandi se establece en Natal, territorio británico entonces de la futura Sudáfrica, como abogado “en prácticas”. Su estancia allí le demostrará el racismo, la xenofobia, las leyes injustas que apartan a unos hombres de otros basándose, simplemente, en el color de la piel o el origen social (hoy sigue vigente en el espíritu lo primero, en la letra, lo segundo) y eso le rabia. Por tomar el negativo de la foto, imaginen que usted, blanco, europeo, viviendo en un país atrasado, de donde extraen su riqueza bruta, cuando viaja a un país avanzado, la metrópoli, gobernada por negros, éstos le impiden viajar en primera clase, o le niegan una plaza de hotel, o le prohíben comer en ciertos restaurantes. Usted, blanco, europeo, sentiría rabia, discriminación, racismo… sentiría que su expulsión de la sociedad de riqueza se debe al color de su piel, simplemente, no a su educación, a su inteligencia, a sus capacidades. Eso sintió Ghandi en su piel cobriza, en sus rasgos hindúes. ¿Se lleva algo de esa rabia a su país? No. Se lleva la influencia de Thoreau. Si un gobierno es injusto, si un gobierno tiene más poder del que sus propios ciudadanos le han investido, ¿por qué respetarle? ¿Para qué hacerle el juego? Y siempre hay un lugar donde se hace daño a todo gobierno. Los impuestos. En este caso, de la sal. Cárcel, proclamas, discursos, pero sobre todo, llamada a la contención en contra de quienes pedían la violencia como recurso rápido, fácil, eficaz. Es más complejo detener a tus seguidores violentos que responden al fuego con fuego, que enfrentarte a tus enemigos que usan fuego con agua. El fuego es rápido, arde veloz, quema, explosiona. El agua debe buscarse, cavar pozos y extraerla meticulosa, despaciosamente. Ghandi usó el tiempo. La paciencia. La generación de una nueva costumbre. Cuando se es calmado, paciente, y se sobrevive, puedes lograr mucho. Ghandi lo logró. Y Thoreau regaló su primera sonrisa.

La segunda fue en Alabama, en los EE.UU. Inspirado por Ghandi, Martin Luther King (Me encanta ese segundo nombre, “Lutero”, de tanta reminiscencia protestante) participa activamente en boicots contra la segregación, el sutil apartheid estadounidense contra lo que no es WASP. Sufre, claro, atentados, insultos, golpes, calumnias. Y lo peor, la indiferencia de muchos que consideran justa y adecuada la situación de ese momento, bien como está. Esa siempre es la peor parte, la de quienes creen que no hay que hacer cambio alguno, que todo se debe quedar como está. Sin más. Contra ellos es complicado luchar, suelen acabar convencidos por el tiempo, por el cambio pacífico. El intento violento de despertar conciencias nunca ha logrado su objetivo, pues todos tienen miedo a la muerte. La cosa es que Luther ejerce esa resistencia pacífica, y le detienen una y otra vez, pasando temporadas más o menos largas en la cárcel. Y así seguirá hasta su asesinato. Como Ghandi, fue asesinado, tras años de lucha contra la pobreza, la guerra, la exclusión social. Si alguien intentó realmente hacer verdaderas las palabras de “Liberty and the pursuit of happiness” de la constitución de los EE.UU., creo que fue él. No haciendo distinciones por el color de la piel, la procedencia o las ideas.

Las ideas fueron, a su vez, lo que condenaron también a Mandela. Las ideas violentas. Él no comenzó con la resistencia pacífica, sin más. Tuvo un primer intento, pero las masacres, las muertes violentas, el clima de aquellos años, le convenció de la llamada  a las armas. La impaciencia, la necesidad del “aquí, ahora”. Los años 60 son también los años del terrorismo “bueno”, de grupos guerrilleros, insurgentes, rebeldes. Castro y el Ché en La Habana, África y Asia peleando contra capitalistas y comunistas, efervescencia roja, sangrienta. Y de pronto, todo eso, cortado, por lo sano. El régimen de Sudáfrica, apartheid, blanco, racista, el sur Confederado hecho realidad con un toque de modernidad. Ya no hay esclavos, solamente “vosotros” y “nosotros”. “Ellos”, siempre. Mandela se pule en la prisión, se encuentra consigo mismo como Thoreau en Walden, en su cabaña. Pero si Thoreau vivió mínimamente las experiencias de Ghandi, Luther King y Mandela, éstos vivirán más intensamente sus hitos. Aislamiento, pobreza, conciencia, solidaridad, rebeldía silenciosa y luego publicitada, llamamiento al cambio por la acción, la acción de verdad, no la simple idea. Thoreau estará un día en la cárcel y cambiará su modo de pensar. Ghandi estará intermitentemente en ella, como Luther King. Mandela perderá casi 30 años de su vida. Y cuando salga, como ciertos terroristas vascos, se considerará una traición por muchos, blancos y negros. Cuando salga, de la cárcel a la presidencia, aun generará desconfianza. Pero como Thoreau, tras su vida solitaria en la cabaña, la cárcel ha transformado a Mandela. La cárcel ha forjado su mito. Y éste se agranda cuando, saliendo de ella, temiendo en los años 90 una masacre de blancos a manos de negros enfurecidos, tranquilamente, con calma, inicia un proceso lento de cambio, de apaciguamiento de todos. Convivencia. Cesión.

Los tres se unen por Thoreau. Sí, los tres pueden tener puntos negativos. Siempre. A Mandela se le reprochaba siempre no haber cambiado la estructura económica del país, en manos de los blancos. A Ghandi, el haber logrado la independencia india con la partición del país. A Luther King, quizá, se le acusa de no ser más que una visión dulce del cambio, complaciente. Todos reciben crítica. ¿Quién no? Pero está clara una cosa; en estos días de abulia, complacencia con la situación política y económica, de resignación, no hay figuras fuertes, elevadas, que tengan ese mismo compromiso. En España, quizá, Ada Colau, mediatizada y vilipendiada por su gestión de la PAH. En España, además, no tenemos conciencia de clase, al menos, clase trabajadora, peatona, de tropa. Somos pequeños hidalgos en conciencia, anarquistas de bolsillo, primos hermanos de los moros del “pilla-pilla”. Una personalidad así, relevante, nos mueve a risa, nos la tomamos a guasa, es objeto de cachondeo y arrastre. Y la prueba, como dije al inicio, es cómo han tratado los funerales de estado de Mandela. Los Monty Python hicieron una broma con aquel partido de fútbol entre filósofos alemanes y griegos. Aquí, ni siquiera, tenemos capacidad de bromear, la forma más alta de inteligencia, sin apelar a un orgullo mínimo, histriónico, irrelevante, como convertir el funeral de un gran hombre en recuerdo de un triunfo deportivo improductivo.

Esto es Españistán.

Un saludo,

jueves, 28 de noviembre de 2013

Aversión al sexo (Parte 2)



Hablando de pollas, hay otra anécdota que me encanta. Una vez conocí a una muchacha, superada la treintena, que era incapaz, literalmente, de pronunciar esa palabra. “Polla”. Imposible. Enrojecía, apretaba los labios, reía nerviosamente, meneaba la cabeza y torcía la vista. Impresionaba. La limitación me hacía reír, primero, pero luego sentía una mezcla de compasión y de susto. Pero dejemos las pollas de lado.

El cuerpo de una mujer ha sido el campo de batalla del tema. De siempre. Un desnudo femenino, desde que el catolicismo integrista se hizo con el poder, allá por los tiempos de Constantino, era más punible que, pongamos, un robo o asesinato. Exagero, pero en la hipérbole se entenderá el argumento.

La mujer romana ya iba tapada (como la griega) de pies a cabeza, dejando el desnudo para mosaicos mitológicos, frescos de tumba y otras intimidades. Ojo, el hombre solía exhibir más carne que la mujer. Véanse los gladiadores, verdaderas ferias de piel desnuda y sudorosa. Véanse también los miles de amuletos en forma de pene, falo, único, doble, con sus testículos y, muchas veces, alitas. En Pompeya, lo más sorprendente no es encontrar la ciudad casi intacta; es ver en cada calle, en cada esquina, un falo bien tallado, bien marcado, símbolo apotropaico. Lo que viene a ser, en superstición, una virgen por esquina, en Sevilla. Y a lo tonto, he vuelto al tema de las pollas. Retorno a la mujer desnuda.

El cuerpo femenino es, según cierto título, un campo de batalla. En torno a él se han edificado teorías, argumentarios, prohibiciones, permisos tácitos, abusos, reprimendas… curiosamente, siempre sin contar con las dueñas del mismo, se habla de ellas, sin tenerlas en cuenta. A todas las mujeres. Un ejemplo, el tema del aborto, consecuencia del sexo, regulado siempre sin ellas. Imaginemos que opinaran sobre la fimosis masculina, o la extirpación o no del apéndice. Que además, lo legislaran, poniendo condiciones, obligaciones, plazos. Que... ya me están llamando exagerado, comparar un apéndice o fimosis con un feto. Claro que exagero. Pero lo radical del asunto, la raíz, es que el cuerpo de uno mismo es eso, el cuerpo de uno mismo. En el de la mujer, además, estriba que ella carga el peso de un embarazo, que si no es deseado, se convierte en algo más que carga física. Y eso, mal que nos pese, es condenar a esclavitud a una mujer. Más si es pobre. Más si es ignorante. Más si no lo desea. Más si es un riesgo para su vida. Más, siempre, que al hombre, el cual se puede desentender desde el momento siguiente a la eyaculación, aunque haya leyes que, siempre, han buscado la paternidad responsable, obligada.

Yo defiendo el aborto, pero como todo derecho. Esto es, no es una obligación, ni un privilegio. Es un derecho, una opción. Y prefiero que exista la opción y por tanto, la libertad, que la obligación y por tanto, la servidumbre. Ninguna mujer desea abortar, estoy seguro. Ninguna desea someterse a esa experiencia, clínicamente peligrosa, molesta, vejatoria y abrumadora. Por cómo la contempla la sociedad. La defensa de la vida es otra cosa, no eso. Y el cuerpo de la mujer, en última instancia, es de ella, no de una moral, un Estado o un hombre.

¿Qué hay detrás? Moral. Como el uso de preservativos. El ser humano es de las pocas especies mamíferas que, consciente y culturalmente, disfruta del sexo, separándolo de necesidades reproductivas. Otra discusión es de la cultura, en animales no humanos. Jane Goodall ya se metió en ese asunto con los chimpancés, y creo que quedó, como se dice leguleyamente, acreditado. Pregunten a cualquier etólogo. A fin de cuentas, ellos sirvieron de modelo a Darwin… y otra vez digresión al canto.

El sexo ha sido objeto de moral, de control, por estados, por religiones, por organizaciones. Por la parte reproductiva. Si descontamos la parte reproductiva, queda la del placer, puramente. Y aquí hayamos otro desequilibrio. El placer masculino está bien visto, es necesario, es aceptable, pero el femenino, no. ¿Por qué va a disfrutar un objeto, un recipiente? Pensamiento otra vez machista, nada igualitario. Y entramos en el Paraíso o el Infierno, según crea o no el lector…

Paraíso si piensa que el sexo es placer, además de reproducción, y placer constreñido únicamente a una norma; no hacer daño al otro. Norma jodida, difícil, complicada. Adulterios, infidelidades, prostitución, deseos subterráneos… otra vez, los estados y religiones tratando de regular esas realidades. Infierno, por tanto, si se vive constantemente entre paredes de prohibición, de dolor, de miedo y daño.

Físicamente, pueden existir impedimentos, desde luego, igual que intelectualmente. Porque el sexo se disfruta desde ambos parámetros. Pero si, encima, hay obstáculos externos… ¿qué?

En las revoluciones, siempre se ha tratado el tema del sexo. Con vistas a regularlo, no se crean. Quizá los más curiosos son los libertarios anarquistas de finales del XIX, donde propugnaban una igualdad real, un naturismo y desnudismo puro y radical, un equilibrio de derechos y obligaciones mutuamente pactadas entre ambas partes. Recuperado, en gran medida, con las efervescencias de los años 60 del XX. Y ahora… materializado, cosificado, curiosamente. Amor libre, compartido, consciente… eliminación de la infidelidad, el adulterio, la prostitución cambiada por libre comercio, no esclavitud del cuerpo, deseos satisfechos de manera proporcional… vaya, sí que da el sexo para mucho.

Empecé hablando de pollas y coños, y acabo con teorías sexuales de placer, palabras, más que palabras. Acabaré con una anécdota más, como siempre. Mi primera y mejor clase de educación sexual. Dada por mi madre. Fue simple; me regaló una caja de preservativos y un consejo. “Cuando una mujer te dice NO, es NO”. Simple y rotundo. No es el “no…” o “no, bueno… no sé…” o cualquier otro matiz. Es el NO. Punto.

Mi reflexión es entonces. ¿Aversión al sexo? ¿No será más bien, falta de educación sexual? Asignatura más que pendiente, me parece…

Un saludo,

martes, 26 de noviembre de 2013

Aversión al sexo (parte 1)



Lars von Trier estrenará su próxima película, Nymphomaniac, en diciembre. Concretamente, en Nochebuena. Zum, zum, zum. Perdón por la onomatopeya onanística...

Es curioso que, al hilo de esta película, haya detectado una aversión al sexo en diferentes grados. El de sentirse incómodo al hablar de ello (normal) el de negarse a hablar de ello en todo momento (raro) y el de oponerse con variable intensidad al tema en todo sentido (muy extraño)

Participamos de una educación judeo-cristiana reforzada por cuarenta años de nacional-catolicismo, más un ambiente colérico contra todo tipo de desnudez, sea la del cuerpo, sea la de la verdad. Porque eso es lo que me entusiasma; la desnudez del cuerpo es la de la verdad absoluta. Cada pliegue en él visto, cada grano, irregularidad, grasa acumulada, extraños lunares, pelos, formas, es lo que es, sin ningún tipo de mentira. El cine-ojo de Vertov, el ojo de Buñuel, el ojete de Carlos Areces, todo eso está en el cine; la búsqueda de la desnudez real, la psicológica y la física. Y puede ser bella, indiferente o fea.

La prohibición logra lo contrario, muchas veces. Si no hay acceso a la pornografía, se cotiza y busca con más ahínco. Miren Japón; un videoclub allí tiene, pongamos, 5 metros cuadrados de películas “comerciales” y 100 de películas pornográficas de todo tipo, todo lo imaginable. Aquí también tuvimos algo similar, y los cines X, en extinción, gozaron de clandestino éxito. Prohíbe más, y más querrán de eso.

A día de hoy, se diluye en el nada dramático mundo de Internet el acceso al porno. Cientos, si no miles, de páginas, donde hay contenidos de todo tipo. Pero, de alguna manera, sigue encubierto. Nadie comenta en una conversación, salvo íntima, en voz baja, qué páginas ha descubierto, usa y ve. Por otro lado, la mayor difusión ha trivializado el misterio. Antes, ver una pelirroja follándose a un negro, por ejemplo, era exótico. Ahora resulta trivial.

Pero hay un ámbito donde esto no ha cruzado el umbral de la normalidad. Descontando “Garganta profunda”, película mítica que, a este paso, habrán visto en su estreno más de mil millones de personas (las mismas que fueron al concierto de Las Ventas de The Beatles, o que salieron a las calles en mayo de 1968) no se ha hecho en el cine comercial más que tímidos intentos de reflejar en pantalla ese momento siempre elíptico. La práctica del sexo. Follar.

Fóllame”, “Romance X”, “Shortbus”, “The brown Bunny”, “Ken park”, “La novia de Lázaro”, “Nine songs”… todas son películas estrenadas en circuitos comerciales, ajenos al mundo del porno, pero con elementos atribuibles a éste. Poco o ningún éxito. Alguna más sí ha tenido más triunfo, como “La vida de Adele”, quizá por ser más bien homosexual (entre mujeres) y no ofender en pantalla con una polla venosa, enhiesta, tiesa, de testículos botando. Y una penetración, clara, explícita. Porque ahí radica la gracia, creo que es ver un pene, una polla o un pollón lo que escandaliza. Lars von Trier dio en el clavo con ello. A mí me sorprendió de pronto, en “Los idiotas”, ver en la escena de orgía una penetración. Era completamente lógica, coherente, la imagen. Pero aun así, me sobresaltó. El año, 1998. Y en “Anticristo”, además, la brutal masturbación sangrienta. Eso me dolió, literalmente, en todas mis partes. Y logró su objetivo. Me transmitió una sensación, una idea, más fuerte, más impactante, que usando elegantes elipsis, metáforas y códigos añejos.

En el cine comercial encontramos un fenómeno curioso. Es lícito, cuando no deseable, ver una efusión de sangre roja. Si le acompañan restos de cerebro, o de carne o de hueso, no pasa nada. Podemos ver el momento en que estalla un soldado norteamericano que lleva lanzallamas en “Salvar al soldado Ryan”, salpicando de restos al protagonista, Tom Hanks, y decir, simplemente “qué verosimilitud”, como la de arrastrar medio cuerpo, intestinos fuera, por la playa. Podemos ver entera la serie “The Pacific” y horrorizarnos por lo explícito de la muerte, la crueldad del combate, las heridas, los espantos de la lucha, pero pensando que “está bien verlo”. Ahora bien, cambiemos las salpicaduras por semen, los cráneos rebanados por piernas abiertas mostrando genitales, las peleas mortíferas por posturas sexuales y, casualmente, el mismo que no se escandaliza, no echa pestes ni lanza soflamas moralizantes contra la muerte y la destrucción, la mutilación, la guerra, la violencia, todo eso a lo que llevamos décadas acostumbrados (es heroico, magnífico, épico) lo hará con una virulencia inusitada contra esas secuencias de sexo explícito.

Insisto, el desnudo femenino no ha sido nunca mal visto. Es corriente, para dar un poco de voltaje a los hombres. Ver a una actriz famosa medio desnuda, desnuda, insinuando, es de sonrisa pilluela. ¿Y si la viéramos mamando una polla? Chloë Sevigny tuvo que aguantar a cierta prensa y público atacando en manada, sin reparar siquiera en la película. Margo Stilley ha sido estigmatizada. Un caso de viaje contrario, Sasha Grey, es ninguneado. Y ahora dato curioso… ¿nadie habla del protagonista masculino? De nuevo, el terror al pene…

Terror que voy a condensar en una anécdota. Finales de los 90, inicios del 2K, despedida de soltero de un amigo, visionado (preceptivo, obligado) de peli porno en su casa, mucha gente. Un comentario no despierta pasión, de un espectador; “mira, la actriz tiene celulitis”, dice, mientras la golpean las cachas metiéndole la polla; ninguna reacción. Primer plano de ésta penetrándola, agitar de testículos contra su culo, me da por decir “mira, se le ve la costura de los huevos, al menda”. Reacciones de sorpresa,  agitación, algún cabreo, estupefacción… año 2013, aun lo recuerda más de uno de los presentes y también de los ausentes. ¿Es más llamativo hablar de genitales masculinos que de los femeninos, incluso en una peli porno? Pues sí. Quizá miedo al sentimiento “progay” al hablar de ello, en lugar de tetas, culos o bocas. Inseguridad. Curioso…

No voy a pedir perdón por el lenguaje utilizado. En su lugar y homenajeando al arte del sinónimo, remito a quien no se vea como puritano, miedoso, fóbico del sexo, tendente a pensar que es basura, no es arte, resulta repugnante y debe estigmatizarse, ocultarse y prohibirse, como hasta ahora, a esta canción:


Un saludo,

sábado, 23 de noviembre de 2013

De vuestros mitos muere mi realidad

Sorprende, asusta, la cantidad de artículos rememorando la Guerra Civil y la II República que pueblan los periódicos de toda laya estos días. Rememorando no con nostalgia, que hay, ni tampoco encomiosamente, que existen, si no cerniendo sobre el lector una bruma de dolor, áspera criminalidad y probable futuro de la España actual. Frentepopulismos, amenazas de comunismo, terrorismos separatistas... en la era de internet, la Xbox y la Liga de Fúrgol, todo eso, por suerte, se diluye, y mucho.

Porque se sigue practicando la propaganda. La de un patriota, sea del lado que sea, muerto y arrastrado, que buscó lo mejor para el país. Sea azul, negro, rojo o blanco, el color que use, le llamen "rojo" o "facha", se tilde de progresista o conservador, reaccionario o revolucionario, izquierda, izquierda, derecha, derecha... o centro. Por suerte, pienso, la propaganda murió el día que tuvo tanto éxito. Anteayer. En términos de años.

La propaganda es para vender. Marcas y productos. Y éstos son mitologías. Serás más guapo, más alto, más sexy, olerás mejor, pensarás mejor, correrás más, serás el top del top del guay mountain topping de chocolate. Etc. Y la propaganda sabe que vende mitos. Mitos son aquellas ideas falsas, mágicas, implantadas en el acervo de una cultura como explicaciones de fenómenos no explicados de otro modo. Zéus manda el rayo y llueve. Nivea manda su crema y rejuveneces. El PP gobierna y la crisis acaba. El PSOE vuelve y todos recuperamos el futuro. La minoría silenciosa es estruendosamente ruidosa, y la mayoría, calladamente complaciente. Tú te equivocas y yo, simplemente, no.

Esos mitos marcan un camino, el de la mentira, la falsedad, la ignorancia. Nos permiten no vivir una vida real. Nos impiden soñar con los pies en el suelo. Esos mitos, amigos, me hacen morir.

Religión, política, toros, fútbol... dicen que, esas conversaciones, matan cualquier grupo, pues cada cual es de una religión (o no) adicto a una política u otra, va o no va a los toros, y es de tal o cual equipo. Mierda. Soy ateo, progresista liberal con tendencias revolucionarias de izquierda para luego pasarme al conservadurismo del logro y la atenta vigilancia de ciertos derechos y libertades, los toros, ni fu ni fa, y el fúrgol, me aburre soberanamente, soy de baloncesto. Pero sus mitos no son mis mitos. El de un carpintero judío clavado en una cruz de madera (no es ni irónico...) o un bereber iluminado por sediento, el de un orondo gordete sonriente, una mujer de miles de brazos, un espagueti volador o incluso un pulpo humanoide gigante viviendo bajo el Pacífico. Ni el de un mono azul, rojo, blanco o negro. Ni una bandera bicolor, tricolor o multicolor. No, vuestros mitos nutren vuestra falsedad, pero matan mi realidad.

Quizá haya que pensar, entonces, en matar vuestros mitos, para que todos viváis en mi realidad. La vuestra, que negáis cada día.

Un saludo,

jueves, 21 de noviembre de 2013

La Gestapo ya no viste de Hugo Boss...

No lo necesita. Basta una buena americana, corbata y pantalón de pinza. Zapatos cómodos, gesto serio, institucional, dicen, de aquel que parece estadista y no pasa de ser una estadística. Milita, cómo no, en un partido, ahora el Popular, en el gobierno de la Nación, España, Estado, de Derecho, o del Revés, según quién y cómo lo lea.

Siempre he dicho que me gustaría tener una derecha civilizada, una derecha conservadora, clásica, proporcionada, alejada de influencias históricas y de intereses muy particulares. Eso ayuda a tener una izquierda también civilizada (domesticadas ya están todas...) y todos acatando el Sistema Único de hoy día, capitalismo "democrático". No es el caso...

Y salen, cómo no, con ideas de esas que suspiras y piensas que estás leyendo "El Jueves". Pero no, son reales. Imagino que tienen otra intencionalidad, pero uno ya no sabe qué pensar.

Nueva Ley de Seguridad Ciudadana, y de momento, lo que trasciende (no he podido encontrar el borrador) son las desproporcionadas sanciones económicas por diversas actividades. Que, por otro lado, un jurista de medio pelo cualquiera, incluso yo mismo, entiende que son inconstitucionales, si seguimos pensando que la CE de 1978 está vigente.

Creo que hay un plan tras todo esto. Un plan de malignos acariciando gatos y sonriendo torvamente (uno no puede evitar pensar en Wert...) que busca un levantamiento masivo de la ciudadanía, una revuelta, una revolución, un algo, coño, que esto de la crisis es ya aburrido. Remover un poco todo. Porque esta provocación de barrer bajo la alfombra las protestas, los tímidos intentos de organización cívica (algo escaso en un país donde se prefiere al primo antes que al afín, al hermanito o cuñadito que al colega o amigo, salvo que sea "amiguito del alma") y de enfrentamiento a un poder que considera legitimada cualquier política durante los cuatro años de su gobierno, es mefítica. Algo huele a podrido en Dinamarca, esquina con Génova.

Si se están arrinconando estas timorotas reacciones ciudadanas, para así provocar reacciones violentas que justifiquen dichas medidas, no sé siquiera si lo están haciendo bien. La anestesia es muy densa, tanto que ya no molesta el hedor de una huelga de basuras, o los hálitos podridos de quienes hablan y hablan y escriben tonterías dignas de figurar en los Gabinetes de Curiosidades del XIX, como objetos raros (si la cordura fuera la norma) que no lo son. Lamentable, cierto, aquí sigue importando más el desarrollo de una liga de fútbol hipotecada, burbuja deportiva y forofa. Importan más los sucesos estridentes, las situaciones prescindibles, inventadas, de una sociedad que no está enferma, lleva moribuna mucho tiempo...

Rajoy se metió contra Coscubiela diciendo que su programa era el de 1917. No veo yo a Rajoy de Kerenski, pero tampoco a los de IU como Lenin y compañía. No llegan ni a mencheviques. Lo importante es ver cómo se denosta, se rechaza la revolución de 1917 en Rusia que trajo el comunismo, la URSS, todo eso. Porque lo rojo es malo, es terrible, es lo peor de lo peor. Rusia sustituye en la imaginación reaccionaria a la Francia de finales del XVIII y primera vez de muchas cosas. No lo recordamos hoy, pero Francia fue atacada prácticamente por todos los países de su alrededor cuando quitó al Capeto del trono y luego decapitó al Capeto con ese invento tan necesario, la guillotina. Reacción contra Revolución. Eso unió a la ciudadanía y creó el sentimiento republicano de los franceses, tan cohesionado aun hoy día, con sus complejidades y problemas. Educación, con sangre entra... pues Rajoy bien podría haber dicho que la política de Coscubiela era la de 1789, o 1793 y el Comité de Salvación Pública. Pero éste, creo, no tuvo los redaños de responder como debía; que Rajoy seguía la política de autodestrucción en la República de Weimar. No sé si a lo Brünning o a lo Hindenburg, tanto me da. A lo mejor pensaba en el enunciado de Godwin...

Porque la Gestapo no nació de la nada. Nació de las leyes de poder excepcional que los políticos alemanes fueron dando poco a poco al nazismo, tras aquel incendio del que se acusó a los comunistas y, dicen, realmente puso un nazi cualquiera la cerilla. Leyes que apuntalaron el ejecutivo ejecutor ante cualquier división de poderes (Montesquieu debe revolverse en su tumba, si le queda algo, al ver lo de Venezuela y casos similares, o ahora en España, donde nunca existió la división y cada vez eso es más claro...) y que demostraron que, nada mejor que inventarse un peligro para hacer realidad el mismo.

Rajoy invocó 1917 sin tener mucha idea, o quizá no. Quizá cree, realmente, que así logrará el objetivo de la nueva Ley de Seguridad Ciudadana y otras medidas propias; generar la oposición que justifique su existencia. Pero chico, esto es Españistán... y aquí preocupa más el "que me quede como estoy" que no eso de "cambiar para mejor". O a lo mejor también lo sabe y disfruta tirando un poco más de la soga...

Sigo pensando en Wert acariciando un gato... es mejor imagen. Y no viste, creo, de Hugo Boss. Ni falta que hace.

Un saludo,

Enfriando los días.

Empieza el otoño, de verdad, ahora en noviembre. Baja niebla y la luz, enfriándose de esa manera tan especial como solamente pasa en la meseta, ilumina días más cortos.

No voy con las manos en los bolsillos, como un desocupado, un despreocupado o un pervertido. Llevo las manos sueltas, huérfanas de asideros. Tengo la sensación de encontrarme perdido en mí mismo, desorientado entre recovecos inexplorados o largamente olvidados. 

Noviembre cumple ya más de cuatro meses de paternidad. No siento la ideocia eléctrica del padre novato, mezcla de nervios, pasión y necesidad de publicar cada pequeño avance de mi cachorro. Lo guardo para mí, pues lo considero muy valioso.

Sin embargo, todo cambia, al igual que permanece. Regreso a sentimientos cubiertos de polvo, arrumbados, tanto como a rutinas molestas, nunca olvidadas. Uno es, siempre, bajo el sol del verano ya acabado o el del otoño comenzado. Es y no es, y en su ciclo, juego a identificar cada extremo.

De la edad, duele el recuerdo de un cuerpo más joven y capaz. Amortigua saberse más inteligente, aunque la sonrisa puede ser cínica, si así lo creemos realmente. Duele saber lo que fue, y lo que no fue. Alegra saber lo que es y será. 

Lamento ser críptico, pero sólo un poquito. Esta entrada, como todas, por otro lado, es para mí, aunque secretamente goce cuando me leen y lo sé. Es, como digo, mi tesoro privado. Un sentir violento y explosivo que aplaco dejándolo en palabras, mas o menos afortunadas.

Un saludo,

domingo, 27 de octubre de 2013

En la trinchera - saltar la trinchera - pie de trinchera.

Hay expresiones que se originaron con la Gran Guerra, aquella en la que España no participó. ¿No lo hizo? bueno, no del todo. La cuestión es que se han quedado en el habla popular, algunas, otras, no tanto. La primera del título es sobradamente conocida. Las otras dos, en cambio, poco. Y quiero jugar con ellas.

Estar "en la trinchera" significa adoptar una posición inamovible contra un enemigo, siendo que esa trinchera es la posición buena. Se puede aplicar, en España, a casi todo. A madridistas contra barcelonistas, a independentistas contra unionistas, a socialistas contra populares, a futboleros contra baloncesteros, a amantes del dulce contra amantes del salado, a ti contra mí o a ese contra aquel... somos magníficos eligiendo trincheras. Pero, como al conducir, odiamos compartirlas demasiado, así que si en la trinchera, como con el coche, estamos solos, mejor que mejor. A no ser que queramos compinches, tan sectarios como nosotros, entonces... aceptamos que rebose. 

Ese primer paso significa mantener la posición, no ceder, luchar, pelear... sin salir de la trinchera. Pero, ¡ay! como somos españoles y no participamos en la Gran Guerra (¿No? ¿seguro?) se nos pasaron las otras dos. 

La segunda, "saltar la trinchera", era espeluznante para cualquier soldado de cualquier bando a partir de 1915. Consistía en abandonar la precaria seguridad de la trinchera, de la excavación cutre, forzada, mal apuntalada, que protegía endeblemente contra ametralladoras, shrapnels o rompedoras Aranaz, ataques químicos y otras lindezas. Y significaba adentrarse en territorio "de nadie", la "no man's land" inglesa que se popularizó también y donde, indefectiblemente, nadie se quedaba, o si se quedaba, es porque había muerto o estaba herido y en vías de palmarla. Saltar la trinchera era, claramente, jugar un duelo contra la muerte, sabiendo que el 90% del éxito vendría para ésta, no para el saltador. Dos imágenes, si quieren; "Senderos de Gloria" y "Gallipolli". Miren los saltos de trinchera y verán qué divertidos eran. Aniquilados por fuego enemigo, si no incluso por el amigo. En España, como digo, no conocemos esta expresión tanto, y por eso nos quedamos en la seguridad de la trinchera, en ella. Cobardía e ignorancia, dos de los atributos que permiten la arrogancia y el absurdo de ser español.

Y si se quedaban en la trinchera, sin saltarla, venía entonces lo peor. Esta última expresión, "pie de trinchera", no la conocemos, pero es terrible. Miles de soldados la sufrieron, y consistía en tener los pies bajo masas de lodo y agua fría, sin poder secarse, malolientes, criando ampollas y gangrena que, en muchos casos, llevaba a la amputación. La base carcomida, vaya. Ningún sentido a permanecer en la trinchera, ni poder siquiera saltarla y morir de un limpio balazo en la sesera.

Hoy, tenemos muchos, por no decir casi todos, en la trinchera. Muchos sufren del pie de trinchera, sin saberlo o no querer reconocerlo. Roídos por los cimientos, se sostienen por pura rutina o testarudez que nada tiene que ver con la lógica. Medios de incomunicación, políticos de partidos dinásticos, mesías, populistas a media voz, tertulianos y opinadores deslenguados... pero de esos, apenas nos tenemos que lamentar, a fin de cuentas, hacen su trabajo de gangrena desde la retaguardia, sin pisar en ocasiones las primeras líneas. Pero luchan desde la trinchera, dejando que su infantería de a pie contraiga del todo el mal de la trinchera. Viven enfermos, enfermando, produciendo miasmas y carcoma. Bombardeando con fuego amigo a sus propias líneas. 

Los pocos que, hastiados, saltan la trinchera y se adentran en tierra de nadie, no vuelven. Mueren en Canadá, Francia, Alemania, Gran Bretaña, los países del frío norte, Iberoamérica, cualquier sitio donde reconozcan sus capacidades, talentos y profesionalidad. También quedan heridos, de muerte, pues nadie los recogerá, en España, en la tierra de nadie del desempleo, la precariedad del empleo, las mentiras de quienes deberían en verdad cuidar de ellos socialmente, los del párrafo anterior y los del párrafo posterior. Mueren odiados por todos, incluso por ellos mismos, asqueados de ser españoles sin poder ser otro tipo de españoles, sin poder ser nada más que hombres comunes atrapados en el fuego amigo y enemigo, siendo el enemigo más de amigos que luchan desde su trinchera que amigo el de los amigos que son enemigos. Esa tierra de nadie crece, convirtiéndose en un cementerio de chatarras, basuras, cuerpos hinchados y malolientes, cínicos, cenizos, descreídos, apabullados por la España que ellos ven horadada de trincheras, demasiado tierra de nadie bueno. Sin contar a quienes se lanzan al fuego enemigo pensando que no les matará, y no les mata. Los aniquila el fuego amigo. Empresas, emprendedores, que se creen que una buena idea, un poco de capital y mucho esfuerzo pueden batir el amiguismo, el clientelismo, la cicuta del chapucismo mangoneador y caciquil que impregna el ADN español, de España.

En la otra trinchera no hay diferencias. Sufren del mismo mal. Exactamente igual que los anteriores descritos. Igual de español. 

Y así, rodeados, cercados, imposibilitados, nos preguntamos, como aquellos soldados escoceses, alemanes, ingleses, franceses de Francia y franceses de Cataluña, Toledo, Albacete, San Sebastián, Málaga o similar, que en números de 5.000 o 15.000, según a quién se lea, se unieron a la Gran Guerra, si podemos hacer una Tregua de Navidad, hablar, charlar, jugar un partido de fútbol donde nadie cuenta los goles, intercambiar regalos, y, sobre todo, darnos cuenta de que el hijo puta está con galones tras de nosotros instándonos a matarnos en nombre de... ¿qué? ¿quién?

En 1918 ejecutaron al Zar. Alemania y sus aliados perdieron la Gran Guerra (no es un spoiler...) pero los enemigos se apresuraron a declararla a la recién nacida URSS ("Estrangularla en la cuna", dijo Churchill, un tipo al que odio cada día más) y, como siempre, antes (Revolución francesa) y después (socialismo, socialdemocracia, cualquier signo de redistribución...) esa guerra sigue.

Las mismas trincheras. Si no estás en una, estás en la tierra de nadie, muerto, o peor, en retaguardia, portando una chapita que dice "No me hable usted de la guerra". Que eso me inquieta. Por no tener bando. Por llevar pluma blanca. Por ser Mr. Abulia. Español, vamos.

Una última expresión, por rara, poco usada. "Tomen la trinchera". Sí, vale, pero... ¿cuál?

Un saludo,

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El test del nacionalista



¿Es usted nacionalista? Podría ser un breve test, sencillo, claro, para determinar si comparte alguno de los rasgos propios de esta ideología que, desde el siglo XVIII al XXI, sigue mutando y generando pasión.

Por ejemplo, la primera pregunta; ¿cree usted que su territorio abarca, “desde siempre”, unas determinadas localidades que limitan con…? ¿Considera que, históricamente, “de siempre”, esos territorios que usted menciona son parte irredenta de su país? ¿Sin más?

Si la respuesta es “sí”, cae en la trampa de creerse que los territorios son inmutables, como las fronteras. Que siempre han sido pertenencia de una población determinada, y no de un terrateniente, noble, rey o similar miembro de una oligarquía, oclocracia, aristocracia, que lo consideraba SU hacienda, su patrimonio, y las personas sobre éste, parte del mismo. Imagine su casa; ¿cree que la habitación de sus hijos es, efectivamente, de sus hijos? Pues los nobles igual. Sentían que cedían ese espacio a sus hijos, los cuales eran, por qué no decirlo claramente, parte también de su patrimonio (patronímico, patrimonio, matrimonio… ¡cuántas palabras de posesión!)

Ya sabemos si considera que “desde siempre” ahí, aquí, en ese territorio del que hablamos, ha sido o no parte sin más de “su” país. Pasemos a otra.

¿Siempre se ha hablado la misma lengua en ese territorio?

Si considera que es así, “de siempre”, nueva trampa. Seguramente hayan existido docenas de lenguas conviviendo, pugnando por prevalecer. Incluso cuando piensa que no debe nada a “la otra” lengua, es seguro que comparten cientos de palabras, raíces, ideas, conceptos y otros temas, y que algunos los han modificado no una, si no miles de veces, según el uso. ¿La misma lengua? ¡Si su padre y su madre usan expresiones que a lo mejor ni ellos comprenden!

Ya sabemos si considera que “desde siempre” ahí, aquí, en ese territorio del que hablamos, se ha hablado la misma lengua en todo “su” país. Vamos por otra.

¿Cree que el color del pelo, la piel, los ojos, la forma de la nariz, una característica concreta de sus dedos o piernas, algo en su cuerpo, es definitorio de su etnia, pueblo, incluso ¡atrevimiento! Raza?

Si dice que sí, pues vaya, no conoce entonces la cantidad de accidentes biológicos sujetos a evolucióm a que ha llegado su cuerpo para ser el que es. Un gen aquí, un cromosoma allá, quítame de ahí una enfermedad o una mutación… mezcle, tenga diferentes ambientes (frío, calor, soleado, sombrío, rural, urbano, montañés, litoral…) para que se expresen diferentes, coma de una u otra manera (¿mucha carne, mucho pescado, muchas verduras, lácteos sí, no, cereales?) y su cuerpo es… el que es. Un pueblo es una indefinición que se supone arraigado a un territorio y a una lengua. Vaya, dos conceptos vistos antes que vemos son… lo que son. Por tanto, tenemos que, estadísticamente (la ciencia de lo posible y lo imposible, de la mentira hecha verdad y las verdades ocultas en las mentiras) puede ser que tenga tal o cual rasgo físico porque… el azar es lo que tiene.

Y si entonces el territorio, el lenguaje, la etnicidad, son como vemos, cuestiones que históricamente, lingüísticamente, biológicamente, dependen de variables que han variado con el tiempo, ¿qué nos queda?

Comprender que los nacionalismos son inventos.

Pero si ha respondido a las tres preguntas básicas con afirmaciones, entonces es usted un nacionalista. Me da igual si español, castellano, catalán, vasco, andaluz, gallego, ceutí, de La Mancha o calzando borceguíes. Es nacionalista. Y un mentecato, pero esto es ya mi opinión personal. Porque vive un artificio inventado por otros, para perpetuar oligarquías, para favorecer ambiciones ajenas. Su tierra es el accidente donde nació usted, sin buscarlo. Su lengua es lo que hablen en casa y en su alrededor, variando la lengua con más vitalidad de la que cree, usando la que más sencillo sea usar para comunicarse. Y su etnicidad, incluso, ¡Raza! es resultado de miles de variables diferentes combinadas con gran aparato de azar.

Español, catalán, vasco, carabanchelero… son categorizaciones propias del prejuicio aristotélico, urdidas para ocultar la verdad. Que es usted un estúpido ser humano, concretamente, si hemos de categorizar, un Homo Sapiens Sapiens, heredero de miles de años de evolución en los que, curiosamente, el nacionalismo no es ni la milésima parte de la centésima fracción de microsegundo que tenemos de historia viva.

Pero, ¡ay! Se ha olvidado usted de eso. O quizá nunca se lo enseñaron. Interesadamente… y mientras, envuélvase en trapos de colores, en himnos bellos e inventados, en ficciones históricas e ilusas promesas. La verdad seguirá estando ahí dentro, que no fuera. Dentro de su sesera. Si la usa.

Eso sí, mientras, podremos tergiversar otros conceptos. Libertad, derecho, soberanía, unión-desunión, y ya tal. Lo cierto es que, mientras usted lame las palabras y conceptos, otros endulzan o amargan las mismas según sus intereses, que no los suyos. Los de clase. ¡Ah, que hay clases! Pues desde que nos sedentarizamos, oiga… y ya van más de 10.000 años. Eso ya sí que es un parpadeo veloz.

Un guiño,

sábado, 14 de septiembre de 2013

Hope springs eternal

Me gusta Capercaillie. Desde los días en que descubrí a este grupo y otros muchos en el programa de Ramón Trecet. El tipo ese que daba sermones en Diálogos3, comentaba básket NBA en los 80 y ponía música buena, mucha de ella, del Sello Resistencia, el de su esposa. Capercaillie era una ventana más al folkrock celta que me molaba tanto, y encima es de los pocos grupos a cuyo concierto en directo he ido. Y he ido a muy pocos directos.

Hay una canción que me encanta, la que da título a ésta entrada. Buscadla, leedla y comprended porqué.

La traigo a colación porque hoy estoy ya un poco hastiado del asunto Cataluña. Ya puestos, del asunto España y del asunto "tú contra mí o viceversa".

Francamente, querida, me importa un pepino rancio. Lo de la independencia. O no. Y la integridad territorial, ni te narro. Aquí los tontos pelean por la raya en la era, pero se olvidan de quienes la poseen. Y eso es lo que han logrado. Enfrentar a estúpidos contra idiotas, mezclándolos con imbéciles y tontos de capirote.

Pero miento, no me deja de preocupar. En el sentido de que, cuando Cataluña estornuda, es que España tiene fiebre desde hace tiempo. Somos el enfermo de Europa (siempre hay uno...) y llevamos en cama, creyéndonos sanos, lustros. Algunos ponen fecha a la caída, 1978. Otros antes, incluso, con un período de convalecencia jodida. Yo paso de dar fechas, que la Historia es una perra muy cabrona y dura. Asustaríamos a los niños en horario infantil.

Cuando Cataluña estornuda, el resto se saca el pañuelo para tapar el ruido y los mocos. Pero copón, los mocos están ahí, la fiebre consume la sesera y el estornudo se oye en Letonia. "¡Jesús!" o "¡Salud!" dependiendo de si es usted conservador o progresista. Vaya, otra vez delimitando campos. Y la cosa es que se prefiere eludir la realidad. "Nah, un catarrillo. En tres días, con píldoras Constitucionales, como nuevo". Los cojones. "Eh, pero es que solamente veo la nariz roja, el resto del cuerpo no ha manifestado síntomas". Claro, los pulmones van que te cagas, el corazón late de fábula y el cerebro tiene las sinapsis echando chispas. No te jode. Y aquí recuerdo el poema de Quevedo y el agujero del culo. Búsquenlo, que yo estoy vago y San Google es el mejor escriba irlandés que conozco.

La cosa es que las fronteras, las banderas, el hecho diferencial (joder, somos diferentes en costumbres, pero macho, pertenecemos a la misma especie, Homo Stúpidus Antecessor del Europeus Post Revolutionarius) el que aquí seas Pepe y allí Pep o Pepiño, o Pehpeh, tanto me da, y todo un corto etcétera de gilipolleces, me traen al pairo. Eso mismo. Bullshit, que diría el británico. Crap. Shit. Tontunas de la hora chanante.

A mí lo que me importa de esto es que, a lo mejor, cuando Cataluña sacó el trapo rojigualda para sonarse el moco de la fiebre (o la Senyera, no sé, a lo mejor me lío, no me peguéis... soy daltónico para las banderas y las veo todas igual... estúpidas) el resto reaccionó incorrectamente. En lugar de "Eh, es verdad, Esto (sea lo que sea Esto) apesta, hiede, está podrido tron" se dice "Ni de Blas Ordovás, cabrones, aquí todos juntos sin rechistar, y si alguien se pira de mi fiesta, antes le tengo que dejar yo salir, que eché llave a la puerta. ¿Os gusta? Modelo CE 1978, pero los alemanes de arriba me la cambian en un plis plas. Ordovás". Es como aquella peli de Buñuel, "El ángel exterminador". Copón, (ESPOILER!!!) nadie puede largarse de la fiesta y deriva en algo peor que surrealista.

Ahora en serio, que me ha entrado una vena macarra-revertiana que te rilas (muy suya la expresión de chulasco) y quiero ser algo más formal.

Yo quiero ser un ciudadano. Y quiero una socialdemocracia de verdad que busque asegurar los pilares de una sociedad estable, rica, acomodada, la mejor posible que se ha conocido. La de la Sanidad, la Educación, las Pensiones, los servicios Públicos esenciales... la que busca equilibrar las desigualdades mediante políticas de redistribución y reparto solidario, que no benéfico y caritativo. Una sociedad que ha demostrado dar los mejores años a Europa y los países que tomaron dicho modelo. Yo no quiero ser súbdito de una monarquía impuesta por una dictadura y que presuntamente es democrática, cuando es simplemente parlamentaria y bipartidista, cerrada, oligárquica en lo político y lo económico. Quiero que me pregunten, pero no cada 4 años. Quiero elegir a mis representantes y cantarles las cuarenta no cada 4 años, si no cuando toque. Sea el día antes de las elecciones o el siguiente al "No me cambiará el poder". Quiero sensatez, el "middle-ground" de los anglosajones, el llegar a acuerdos para todos y no la sección fanática y hooliganesca de mi tribu. Quiero superar la Historia de un país que, como dice Stephen Dedalus, trato de olvidar cada mañana. Quiero un futuro, cojones, un futuro. Para todos.

Así que Cataluña estornuda, los más idiotas miran la nariz enrojecida o el soplamocos de colores, y seguimos eludiendo lo que cualquier doctor (de la Pública, of course) preguntaría.

¿Ha fumado usted mucho? ¿ha cometido excesos? Porque tiene el cuerpo escombro, una ruina, ni Manara le redibuja algo mejor, oiga... 

Esto es lo que tenemos ahora. Eso, y una primavera que, espero, retorne eternamente tras el otoño, el invierno, y el peor verano de nuestro descontento abúlico.

Of clearing all the scum...

Un saludo,

martes, 10 de septiembre de 2013

Y de la Trinidad al serial barato...

Yo crecí con dos trilogías mágicas; "Star Wars" e "Indiana Jones". En ambas hay una coincidencia especialmente interesante. Harrison Ford. Carpintero antes que actor. ¿Necesito ser más explícito?

Steven Spielberg era el tetragramatron de aquellas historias, junto con un George Lucas que sonaba a profeta. Era hundirse en la butaca y saber que estábamos viajando. 

Hubo esperas, y en otros casos, como el mío, acortadas por la edad. Yo me pimplé la trilogía de "Star Wars" de seguido, gracias a reposiciones a las que me llevó mi hermano. Luego, cuando el estreno de "La última cruzada", me había visto las dos anteriores, en vídeo y en reestreno (sí, cuando había...) varias veces. Repetí, de hecho, en el extinto Cine España, la tercera. Y en los dos casos, las dos trilogías, que cerraré piramidalmente con una película que vale para triangular, "Blade Runner", sentí lo mismo. La conclusión de historias magníficas, narraciones mágicas, aventuras sin igual. Inicio y fin de algo irrepetible.

Pero claro, yo era niño, luego adolescente y, ahora, maduro de cuerpo y aun adolescente de mente. O demente, según quien me trate. No sabía que existía una "Industria". ¿"Industrial Light & Magic"? Eso.

Y entonces crecí, las trilogías se aposentaron como algo mítico, cerrado, que permitía soñar continuaciones y derivaciones. Soñarlas. La perfección de la irrealidad. Lo que no existe es siempre lo perfecto. Y Lucas y Spielberg decidieron que querían más. Pasta. Dinero.

Caímos. Yo no respeto la "nueva trilogía" de Star Wars. Para mí es un engendro episódico, aburrido, del que salvo los diez o veinte últimos minutos de cada película. Ni qué decir del superyayo de Indiana Jones, hablando de Gordon Childe con un motero de los cincuenta presunto sucesor. Más maduro de cuerpo, siendo como digo adolescente mental, aquello sentó como una traición. Y lo es...

Las películas de Kubrick tenían una estructura de pico. Como el famoso de la Paramount. El protagonista ascendía a un clímax y, la otra mitad, era descenso al infierno anticlimático. Bien podría Kubrick rodar un documental sobre esas trilogías + "Blade Runner". De cómo pasaron de ser míticas a seriales baratos y vergonzosos. De cómo quieren hacer un remake de "Blade Runner", añadir una segunda trilogía postiza a "Star Wars" o sacar una quinta de "Indiana Jones". Y uno siente, en lo profundo de su ser adolescente, la muerte de esa infancia, de esa magia, de esa virtud casi religiosa.

Como siempre, los sueños fueron alcahueteados por un buen puñado de dólares...

Un saludo,