Buscar dentro de este batiburrillo

sábado, 14 de septiembre de 2013

Hope springs eternal

Me gusta Capercaillie. Desde los días en que descubrí a este grupo y otros muchos en el programa de Ramón Trecet. El tipo ese que daba sermones en Diálogos3, comentaba básket NBA en los 80 y ponía música buena, mucha de ella, del Sello Resistencia, el de su esposa. Capercaillie era una ventana más al folkrock celta que me molaba tanto, y encima es de los pocos grupos a cuyo concierto en directo he ido. Y he ido a muy pocos directos.

Hay una canción que me encanta, la que da título a ésta entrada. Buscadla, leedla y comprended porqué.

La traigo a colación porque hoy estoy ya un poco hastiado del asunto Cataluña. Ya puestos, del asunto España y del asunto "tú contra mí o viceversa".

Francamente, querida, me importa un pepino rancio. Lo de la independencia. O no. Y la integridad territorial, ni te narro. Aquí los tontos pelean por la raya en la era, pero se olvidan de quienes la poseen. Y eso es lo que han logrado. Enfrentar a estúpidos contra idiotas, mezclándolos con imbéciles y tontos de capirote.

Pero miento, no me deja de preocupar. En el sentido de que, cuando Cataluña estornuda, es que España tiene fiebre desde hace tiempo. Somos el enfermo de Europa (siempre hay uno...) y llevamos en cama, creyéndonos sanos, lustros. Algunos ponen fecha a la caída, 1978. Otros antes, incluso, con un período de convalecencia jodida. Yo paso de dar fechas, que la Historia es una perra muy cabrona y dura. Asustaríamos a los niños en horario infantil.

Cuando Cataluña estornuda, el resto se saca el pañuelo para tapar el ruido y los mocos. Pero copón, los mocos están ahí, la fiebre consume la sesera y el estornudo se oye en Letonia. "¡Jesús!" o "¡Salud!" dependiendo de si es usted conservador o progresista. Vaya, otra vez delimitando campos. Y la cosa es que se prefiere eludir la realidad. "Nah, un catarrillo. En tres días, con píldoras Constitucionales, como nuevo". Los cojones. "Eh, pero es que solamente veo la nariz roja, el resto del cuerpo no ha manifestado síntomas". Claro, los pulmones van que te cagas, el corazón late de fábula y el cerebro tiene las sinapsis echando chispas. No te jode. Y aquí recuerdo el poema de Quevedo y el agujero del culo. Búsquenlo, que yo estoy vago y San Google es el mejor escriba irlandés que conozco.

La cosa es que las fronteras, las banderas, el hecho diferencial (joder, somos diferentes en costumbres, pero macho, pertenecemos a la misma especie, Homo Stúpidus Antecessor del Europeus Post Revolutionarius) el que aquí seas Pepe y allí Pep o Pepiño, o Pehpeh, tanto me da, y todo un corto etcétera de gilipolleces, me traen al pairo. Eso mismo. Bullshit, que diría el británico. Crap. Shit. Tontunas de la hora chanante.

A mí lo que me importa de esto es que, a lo mejor, cuando Cataluña sacó el trapo rojigualda para sonarse el moco de la fiebre (o la Senyera, no sé, a lo mejor me lío, no me peguéis... soy daltónico para las banderas y las veo todas igual... estúpidas) el resto reaccionó incorrectamente. En lugar de "Eh, es verdad, Esto (sea lo que sea Esto) apesta, hiede, está podrido tron" se dice "Ni de Blas Ordovás, cabrones, aquí todos juntos sin rechistar, y si alguien se pira de mi fiesta, antes le tengo que dejar yo salir, que eché llave a la puerta. ¿Os gusta? Modelo CE 1978, pero los alemanes de arriba me la cambian en un plis plas. Ordovás". Es como aquella peli de Buñuel, "El ángel exterminador". Copón, (ESPOILER!!!) nadie puede largarse de la fiesta y deriva en algo peor que surrealista.

Ahora en serio, que me ha entrado una vena macarra-revertiana que te rilas (muy suya la expresión de chulasco) y quiero ser algo más formal.

Yo quiero ser un ciudadano. Y quiero una socialdemocracia de verdad que busque asegurar los pilares de una sociedad estable, rica, acomodada, la mejor posible que se ha conocido. La de la Sanidad, la Educación, las Pensiones, los servicios Públicos esenciales... la que busca equilibrar las desigualdades mediante políticas de redistribución y reparto solidario, que no benéfico y caritativo. Una sociedad que ha demostrado dar los mejores años a Europa y los países que tomaron dicho modelo. Yo no quiero ser súbdito de una monarquía impuesta por una dictadura y que presuntamente es democrática, cuando es simplemente parlamentaria y bipartidista, cerrada, oligárquica en lo político y lo económico. Quiero que me pregunten, pero no cada 4 años. Quiero elegir a mis representantes y cantarles las cuarenta no cada 4 años, si no cuando toque. Sea el día antes de las elecciones o el siguiente al "No me cambiará el poder". Quiero sensatez, el "middle-ground" de los anglosajones, el llegar a acuerdos para todos y no la sección fanática y hooliganesca de mi tribu. Quiero superar la Historia de un país que, como dice Stephen Dedalus, trato de olvidar cada mañana. Quiero un futuro, cojones, un futuro. Para todos.

Así que Cataluña estornuda, los más idiotas miran la nariz enrojecida o el soplamocos de colores, y seguimos eludiendo lo que cualquier doctor (de la Pública, of course) preguntaría.

¿Ha fumado usted mucho? ¿ha cometido excesos? Porque tiene el cuerpo escombro, una ruina, ni Manara le redibuja algo mejor, oiga... 

Esto es lo que tenemos ahora. Eso, y una primavera que, espero, retorne eternamente tras el otoño, el invierno, y el peor verano de nuestro descontento abúlico.

Of clearing all the scum...

Un saludo,

martes, 10 de septiembre de 2013

Y de la Trinidad al serial barato...

Yo crecí con dos trilogías mágicas; "Star Wars" e "Indiana Jones". En ambas hay una coincidencia especialmente interesante. Harrison Ford. Carpintero antes que actor. ¿Necesito ser más explícito?

Steven Spielberg era el tetragramatron de aquellas historias, junto con un George Lucas que sonaba a profeta. Era hundirse en la butaca y saber que estábamos viajando. 

Hubo esperas, y en otros casos, como el mío, acortadas por la edad. Yo me pimplé la trilogía de "Star Wars" de seguido, gracias a reposiciones a las que me llevó mi hermano. Luego, cuando el estreno de "La última cruzada", me había visto las dos anteriores, en vídeo y en reestreno (sí, cuando había...) varias veces. Repetí, de hecho, en el extinto Cine España, la tercera. Y en los dos casos, las dos trilogías, que cerraré piramidalmente con una película que vale para triangular, "Blade Runner", sentí lo mismo. La conclusión de historias magníficas, narraciones mágicas, aventuras sin igual. Inicio y fin de algo irrepetible.

Pero claro, yo era niño, luego adolescente y, ahora, maduro de cuerpo y aun adolescente de mente. O demente, según quien me trate. No sabía que existía una "Industria". ¿"Industrial Light & Magic"? Eso.

Y entonces crecí, las trilogías se aposentaron como algo mítico, cerrado, que permitía soñar continuaciones y derivaciones. Soñarlas. La perfección de la irrealidad. Lo que no existe es siempre lo perfecto. Y Lucas y Spielberg decidieron que querían más. Pasta. Dinero.

Caímos. Yo no respeto la "nueva trilogía" de Star Wars. Para mí es un engendro episódico, aburrido, del que salvo los diez o veinte últimos minutos de cada película. Ni qué decir del superyayo de Indiana Jones, hablando de Gordon Childe con un motero de los cincuenta presunto sucesor. Más maduro de cuerpo, siendo como digo adolescente mental, aquello sentó como una traición. Y lo es...

Las películas de Kubrick tenían una estructura de pico. Como el famoso de la Paramount. El protagonista ascendía a un clímax y, la otra mitad, era descenso al infierno anticlimático. Bien podría Kubrick rodar un documental sobre esas trilogías + "Blade Runner". De cómo pasaron de ser míticas a seriales baratos y vergonzosos. De cómo quieren hacer un remake de "Blade Runner", añadir una segunda trilogía postiza a "Star Wars" o sacar una quinta de "Indiana Jones". Y uno siente, en lo profundo de su ser adolescente, la muerte de esa infancia, de esa magia, de esa virtud casi religiosa.

Como siempre, los sueños fueron alcahueteados por un buen puñado de dólares...

Un saludo,

martes, 13 de agosto de 2013

¿Eres padre? sufrirás... ¿y por qué, cojones, por qué?

Llevo un mes flipando con ciertas personas a mi alrededor. Saben que soy padre, y, quitando comentarios de gente que no conozco de nada, sobre si es mi hijo o no (cuando lo saco a pasear solo) u otras impertinencias, es en el trabajo donde más harto estoy acabando de determinados comentarios y actitudes. No únicamente en el trabajo, también entre personas de mi vecindario, pero sobre todo, allí.

Tengo por compañeras a unas 40 mujeres de unos 55 años de media (sí, solamente hay otros 3 hombres y más o menos la misma media) y, por supuesto, todas madres. Todas. Y es inevitable, en los trabajos, compartir un rato de asueto, ya en la máquina del café, ya en el pasillo, al entrar o salir, yendo al desayuno, o en la inevitable tarde que en su infinita sabiduría los políticos nos impusieron porque somos "vagos", donde hay que comer en la oficina.

Es curioso que, desde que soy padre (bueno, y antes cuando sabían que iba a serlo) me mortifica todo el mundo con un "Ufff... la que te espera... uff... y ahora va bien, pero luego... uff... las vas a pasar canutas... uff... duerme ahora porque luego... uff..." y tengo ese "ufff" clavado. En la columna vertebral, no sé exactamente dónde. Y claro, no puedo evitar responder, en algún momento en el que renuncio a toda corrección social... ¡¡Y entonces para qué tuviste hijos!!

Parto de la base que la madre sufre al inicio más que el padre. Mucho más. Interminables jornadas de lactancia (si esa es la decisión tomada) que hacen de la madre una esclava lechera al servicio de su hijo. Que duerme peor, come peor, apenas sí tiene tiempo para sí misma, y está constantemente agotada. Lo sé bien. Y cuando comento algo así, de pronto, las miradas convergen en mí y hay un silencio seguido de ese "Ufff"... no estallo por decoro.

Sí, seguro que pasaré tardes/noches en Urgencias por un simple moquillo mal quitado. Sí, seguro que me arrancaré los oídos cuando llore por un cólico sin parar horas y horas. Sí, seguro que iré al trabajo ojeroso, macilento y despistado por una mala noche. Sí, mil cosas más. Sí. Pero en lugar de asustar, amedrentar, mortificarme con estas cosas, ¿nadie cuenta los buenos momentos?

Mi hijo, Daniel, apenas tiene ahora 2 meses. Es un cachorro, un animalillo, una cría. Pero cuando me mira, cuando gira la cabeza, cuando duerme sobre mi pecho, cuando le veo practicar muecas de todo tipo que preludian una sonrisa, cuando hace ruiditos, cuando se tira un pedo, ya siento algo. Siento la probabilidad, el futuro, la esperanza, el largo camino que va a recorrer y que, por más que yo lo intente, no será para nada mi camino, ni el de ningún otro. Será el suyo. La responsabilidad que he adquirido es relativa; sí, darle cobijo, alimento y cariño, una educación, unas herramientas para desenvolverse. Pero la mayor de todas, la vida, es suya. Y eso es tremendo. Es abisal. Hay un futuro, hay un mundo de infinitas posibilidades que irán estrangulándose año a año, hay promesa. Hay esperanza. Y de eso, nadie habla. Nadie. Todo son quejas, mocos, fiebres, llantos, malas palabras, gestos... porque, intuyo, muchos piensan que si su hijo no hace exactamente lo que esperan de él, se sentirán agotados. Si se mueve a la derecha en lugar de a la izquierda, sentirán frustración y la corrección les agotará. Si dice "dada" en lugar de "papa", crispados tratarán de que diga bien la palabra con horas de exhaustiva repetición. Y... entonces, una labor que yo pienso es más gratificante, se convierte en alienante, granítica, pesada.

Me equivocaré, seguro. Pero estoy harto, cansado del "ufff..." y de muchas otras cosas. Que si tener un hijo solo es más agotador que dos, porque con dos se entretienen uno al otro. Ah, vale, y ya puestos, ¿por qué no atar al niño a la cama, por comodidad paterna? ¿y ponerle tapones en el culo para que cague cuando queramos nosotros? ¿o incluso un chip prodigioso manejado con nuestro iPad?...

Si me ves en la calle, no me digas "Uff". No me cuentes lo peor de esto de ser padre. No me jodas con la cantinela de dramas, trifulcas, putadas y desesperaciones. Las intuyo, las conozco porque yo también fui niño. Y, de verdad, ¿hay algo peor que una noche sin dormir? ¿que un plato sin terminar? Se me ocurren cien cosas en un relámpago. En lugar de eso, cuéntame cómo fue la primera sonrisa. Cómo la primera sílaba que parecía una palabra corta. Cómo la primera vez que sostuvo la cabeza y te miró. Cómo el coger y soltar algo con sus manos. El primer día de guarde o de cole, miedos, ansia y nervios, y luego descubrir que los niños saben adaptarse más que nosotros a todo. Los redescubrimientos que haces con tu hijo. El placer oculto y culpable de comerte los restos de su bollo y sentir que eres como él otra vez.

Pequeño, inocente, lleno de futuro. Eso merece algo diferente al "Ufff". Quizá, no sé, algo tipo... "¡Guau! vas a flipar con eso de ser padre. Sí, se sufre... pero las recompensas son... y no es solamente biología, tío. Es más. Mucho más."

Y, desde luego, quien tiene hijos puede no querer más. Quien no los tiene, puede no desearlos  o no poder tenerlos. Y cada uno es diferente. Cada uno puede albergar propósitos dispares. Un hijo que sea mejor que él, o peor y manejable, o un futuro genocida líder mundial. 

Yo tengo esperanzas... pero no las voy a contar. Son, como mi pequeño, pueriles. Y por tanto, muy serias.

Un saludo,

viernes, 9 de agosto de 2013

Sentado en mi hamaca, viendo el hongo nuclear...

¡Dong! Un poste golpea la campana.
¡Dong! En Hiroshima, donde cada 6 de agosto rememoran, con un trasfondo de mar limpio y un edificio ruinoso superviviente, el lanzamiento de la primera bomba atómica.
¡Dong! Mientras, en Fukushima, el mar recibe vertidos radioactivos. Está lejos, casi en la otra punta de la gran isla de Japón.

¡Dong! En los años 70, Supertramp saca un disco llamado "Crisis? What Crisis?". Lo más llamativo, la portada.
¡Dong! Un tipo sentado en su silla plegable playera, con toalla, sombrilla y cóctel, en bañador. De fondo, fábricas echando humo, vertederos, suciedad, grúas, piedras ennegrecidas de petróleo.
¡Dong! El fulano lleva gafas de sol, cruza las manos sobre la tripa, blanca. 

¡Ping! Entonces veo reflejadas en sus gafas un hongo nuclear. El de Hiroshima, puede ser. O Nagasaki, que nunca lo mencionan tanto. O las pruebas nucleares del Pacífico. Tanto da.
¡Pong! Es nuevo, diferente, etéreo. Sale desde los bancos y expande su radioactividad por doquier, a casas, pisos, chalets, urbanizaciones, ciudades, comarcas...
¡Ping! Lo conforman sustancias del tamaño de un guisante machacado, como la niebla londinense de río, como un puré de patatas mal pasado. Y parecen monedas...
¡Pong! Una vez que ha recorrido mundo, queda suspendido en el aire, flotando con maligna pesadez. Y abajo, sentado en mi hamaca, tras haber visto el hongo nuclear, espero. Esperamos. Esperan.

¡Ding-Dong! No sabía que la muerte había cambiado la guadaña por un smartphone, y la túnica raida por un Adolfo Domínguez negro y corbata de seda. Yo seguiré siendo de bermuda y chancla...

Un saludo,

viernes, 12 de julio de 2013

Golpes de calor

Día a día, sufro calorinas. Golpes de calor de esos que dejan tieso. Uno me dio en todo el ojo, el lunes, dejándome casi tuerto. Dos horas sin visión, y aun ahora, sigo borroso. El ojito derecho. El de los conservadores y un tal Dios. La cosa es que me ha obligado a forzar el izquierdo. El de la rodilla chascada, la que da título a la bitácora de este peatón de la historia, marino de secano sin barco. Y con el izquierdo leo y leo y veo y veo y... parpadeo.

La gran mayoría de la gente ya no vive en España. Vive en "Indignación permanente". Pero es como un sueño reiterado que he tenido durante muchos años; en él, un monstruo horrible me persigue, por las calles de mi barrio, acechándome, asustándome. Y de pronto, cuando lo encontraba, yo gritaba asustado, un grito agudo, al inicio, un "¡Ah!" gigantesco y picudo. Que iba decayendo, junto a mi cara larga, en un "Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah" cada vez más largo y lánguido, sostenido y atonal. Así estamos hoy, por lo que mi ojo izquierdo ve. Abúlicos, como Baroja diría.

En el mercadito compro fruta y verdura, pescado, carne y pollo. Comercio tradicional, de gente que se levanta a las 4 de la mañana para ir a MercaMadrid y pillar los productos más frescos, de más calidad, de mejor tipo. No los que te vende un gitanillo por la calle sin licencia y con gritos. No, ricos, buenos, y encima a buen precio. Tomate que sabe a tomate. Lechuga con sabor de lechuga. Y esas cosas. Y allí, con el ojo derecho a la virulé, escucho y comentamos. Y la gente, a pesar del calor, se enciende. Aunque es verbal. Hay queja. De cada uno, lo suyo. Que si cuando las huelgas del pequeño comercio, eran dos Pepes en la calle. Que aquí cada uno va a la suya y el problema es de tan arriba, que los de abajo no pueden ni saben atajarlo. Pero claro, me digo yo, entonces, ¿quiénes somos los de abajo? ¿una alfombra de medio pelo?

Los golpes de calor siguen. En mi Comunidad de vecinos, hay gente que se cuela a las 10 de la noche en la piscina, cuando ésta cierra a las 9. Y deben hacer ruido y por eso los vecinos que tienen casa al lado de la piscina se quejan. Lo comentan con el presi y, en lugar de comprensión o arreglo, se genera un debate donde se termina con un "ir al presi con el cuento es de chotas, y maleducados además. Vivid y dejar vivir, coño, que un chapuzón de noche no amarga a nadie". Y se monta. Los que pasan de todo, para quienes el "vive y deja vivir" es la forma suave de decir, tan española, "sé tú corrupto hoy, que si lo soy yo mañana, no te habré denunciado y tú a mí tampoco lo harás". El pilla-pilla, que denunciamos de los moros, esos moros marroquíes tan traicioneros y fulleros, pero que tienen el mismo ADN. 

Escucho a un chico que es representante del sindicato de estudiantes, en una comisión del Congreso (semivacía, con un presidente bigotudo y mayor y una señora de mediana edad pensando en los juegos de su iPhone) donde pega caña a todos, y es reprendido por dirigirse "de manera despectiva y sin usar el Usted" por parte de ese presidente, tan preocupado del honor, la imagen, la vergüenza. ¡Qué español! Aun usando el "Ustedes", es reprendido de nuevo por hacerlo contra personas no presentes ¡si no van, no puede usted cargar tintas contra ellas!. Ah, pero, ¿son de educación y no van a la comisión? Saben que no sirve de nada, claro...

Media España pendiente del Bretón y su caso cantado, pero las noticias son, en un 75%, sobre quién tiene más cuentas en Suiza con dinero público estafado. Y el gobierno, mientras, hace como el perro de mi cuñada con mi gato; no le mira a los ojos, pensando que así desaparecerá, por puro miedo, táctica cobarde donde las haya.

Parpadeo el ojito derecho y me caen lágrimas, siento los latiguillos de sangre en el blanco del globo alrededor de mi iris inflamado, y el escozor, que me produce rabia, como cuando tienes arena en los ojos, esa exasperación que anuda la garganta y chirría los dientes, me hace sentir necesidad de golpear, de apretar los puños como mi pequeño hijo, con fuerza, dejando blancos los dedos, y gritar de frustración, de dolor. Pero el golpe de calor es tal, que, a poco, se me olvida. Y el ojo izquierdo piensa, al final, que un día él también puede recibir un golpe similar. Y los dos ojos ven mejor que uno, dicen. Con más profundidad.

No sé por qué, pero hay un tercer ojo que tiene otra opinión al respecto.

Un saludo,

domingo, 23 de junio de 2013

Queremos empezar con la Tercera República

Pero antes, queremos terminar con la Segunda Restauración. Es el viejo cuento. Tus padres no se mueren, y no cobras la herencia. Pero la herencia se la están gastando en putas, alcohol y viajes innecesarios. Tienes miedo de que la caja esté vacía cuando llegues tú al poder, y piensas que, a lo mejor, acelerando su enfermedad, para que termine antes, es incluso misericordioso, es...

Ayer paseaba por la Plaza de Oriente, frente al palacio borbón que usó por última vez un Franco, Franco, Franco viviendo sus greatest hits. Recordaba la anécdota de otro Franco, Ramón, que no tiró bombas al palacio (a mano, cómo era entonces la tecnología...) porque vio a unos niños jugando en la plaza, y claro... también en las imágenes del pueblo madrileño, castizo, chulapo, analfabeto, rijoso, cachondo, poblando la plaza. Y en lo parecido que es a los turistas agolpados ante un guiñol o un arpista new age en la plaza. Al final, son símbolos...

No termina, no. Y el corte se nos hace incierto. No hay nadie que represente ese cambio. No hay pactos de San Sebastián, ni tampoco coaliciones, ni personalidades que digan claramente "eh, a la Tercera República". No. Hay desconcierto, fractura, pasotismo, estancamiento. Hay lo de siempre, abulia, indiferencia. Quizá sea cuestión de símbolos. Como el palacio de Oriente fue antes, o la bandera. La dichosa bandera...

Los republicanos de pro reivindican la tricolor. Roja, amarilla y morada o carmesí o violeta o azul oscura. No tengo bastoncillos suficientes para diferenciar. El color me da igual. Para unos representa una República de izquierdas, violenta, caótica. Para otros, una República de progreso, cambio y felicidad. A mí, me la pela. Ninguna bandera me pone en pie, ni mucho menos me trae ideas asociadas. Ni la tricolor francesa. 

Quizá, y solamente quizá, si tanto molesta a los republicanos de izquierdas y de derechas (que los hay, muchos...) una u otra bandera, deberían juntarse y crear una nueva. Una en la que quepan todos los colores. Una en la que sea pragmática la unión, no la desunión estúpida. No sé, rojo amarillo y rojo con un escudo de la república sedente y corona mural, así de paso ponemos una romana. O simplemente, una bandera con color ladrillo y granito en diferentes tonos. O la blanca con un montón de logos patrocinadores del país. De verdad, es que la bandera, los colores, me dan igual.

Algunos queremos empezar con la Tercera República española. Un sistema de gobierno donde se controlen las ansias y defectos de los políticos que han de representarnos. Que tenga justicia separada de los demás poderes, también separados. Un Congreso o Senado que controle la acción del gobierno, no que sea palmero irredento del mismo. Que legisle, ejecute y gobierne con verdadera eficiencia, sin malgastar los escasos recursos que tenemos. Que mire al futuro, para que, en suma, se gestionen nuestras sociedades de manera que podamos ser, mínimamente, felices. Tener las condiciones para ello, al menos.

No sé, si hubiera una personalidad fuerte, pública, que no se escudara en "mejor no lo digo públicamente, no doy el salto, que puedo perder mis negocios..." y proclamara claramente, "ESTOY A FAVOR DE LA TERCERA REPÚBLICA", a lo mejor, solamente a lo mejor, podríamos empezar. Y se sabe que los comienzos se dan porque algo ha terminado. Si no ha terminado, es porque está ahí, enquistado, supurando, robando energía...

Y la bandera... 

Un saludo,

lunes, 17 de junio de 2013

Final de la Segunda Restauración - Postcanovismo.

En los colegios e institutos, a los niños, se les enseña Historia siempre de la misma manera; por fechas. En el 711 nos invaden los musulmanes, y dura esto hasta 1492, en que se les larga de la península y de paso se descubre América. En 1588, la Armada Invencible se la pega contra Inglaterra, y empezamos un declive lento y poderoso hasta que, en 1700, palma el último Austria y llegan los Borbones, guerra de Sucesión mediante, al poder en 1713 con el tratado de Utrecht, aunque no pacifican todo hasta 1715. Y así vamos entonces enlazando períodos; reinado de Felipe V, de 1700 a 1746; Luis I "el breve", luego Fernando VI, 1746-1759, Carlos III, 1759-1788. Y paramos. Si dividen la historia en ciclos (Antigüedad, hasta que cae Roma en el 478, Medievo, hasta que cae Bizancio en 1453, Moderna, hasta que cae la Bastilla y alguna cabeza en 1789, y Contemporánea, desde ese momento hasta ahora, más o menos) es para simular que compartimentamos claramente los actos, ideas, sucesos y personajes involucrados en cada período, con afán archivero, de prejuicio (ya ves qué tendrá que ver un mongol con un caballero templario, o un maya con un musulmán...) donde parece que la Historia es, sobre todo, europea, pero no. No lo es. Y retomo entonces en el baile de fechas, con rapidez, lo que es el siglo XIX español.

Muerto Carlos III, llega Carlos IV, y entonces comienzan los líos en Borboland. Que si ahora Fernando VII es el legítimo, pero estas tropas napoleónicas ponen a José I... que si Fernando VII llega pero hay una constitución hecha en Cádiz bajo las bombas y fusiladas, en 1812... que si ahora trienio liberal sin Inquisición, pero ahora vuelve... y el colofón que ayudará a las tres guerras civiles durante el XIX, que si una mujer en el trono o mi hermano que es un Stannis Baratheon... y claro. Lío a la vista. Primero una revolución "gloriosa" en 1868, y ahora probamos un gobierno, luego una monarquía con un extranjero (Amadeo de Saboya flipaba...) y después, a falta de más experimentos, una Primera República. Terminada a golpe de estado (algo muy español) y derivada tras una pequeña dictadura militar en la llamada Restauración Borbónica. Y ahí me detengo; es el año 1875 y un Borbón vuelve al poder. 

Alfonso XII, asistido por Cánovas y Sagasta, deciden montar un sistema de alternancia en el poder de los partidos Liberal y Conservador, pactado salga lo que salga en las urnas, que a fin de cuentas, estaban llenos de los votos ignorantes y dirigidos de los caciques del sistema. Con este modelo, Alfonso XII reina hasta 1885, que muere, y deja como regente a su esposa María Cristina hasta que Alfonso XIII llega al poder en 1902, un niño militar y juguetón. Todo va bien; se viven tiempos "constitucionales", la alternancia funciona, todo el mundo que debe enriquecerse lo hace... pero, ¡ay! la corrupción y el sistema que la favorece va declinando, y los partidos nacionalistas de nuevo cuño (vascos, catalanes, etc) se presentan con ánimo de salirse de un sistema que no les favorece tanto. Y llega 1923, con un General de grandes bigotes y tantos huevos como escaso cerebro.

El desastre de Annual de 1921 sacará los trapos sucios, a borbotones, y encima, en Rusia, ha sucedido otra Revolución que lleva desde 1917 dando a todos por saco. Que es como la Francesa, pero como más eficiente, y moliente, porque aquí se mata que da gusto. Y Alfonso XIII siente miedo y recurre a la moda del momento; un gobierno fascista. Si a Italia le va bien con Musso, ¿por qué no en España algo así, con un General (típico español) capaz?a

Desde 1923 y hasta 1930, Primo de Rivera atará en corto todos los desmanes de la patria, sujetando la revolución y el separatismo, controlando a los revoltosos, llevando el país por la senda de... bueno, lo mismo de siempre. Y hete aquí que unos intelectuales, unos políticos, unas cuantas personas capaces, comprometidas y sin mucha mácula, se encuentran en San Sebastián en 1930 y deciden terminar con ese período de restauración borbónica. En 1931, con unas municipales, ya ves tú, unas elecciones locales, se proclama la Segunda República.

De 1931 a 1939, momento en que efectivamente desaparece del mapa (aunque en 1936 ya estaba casi liquidada...) tenemos en España un ensayo más democrático, más similar al de países europeos, y americanos, de representación civil, de política ciudadana, de todo un poco. Pero esto es España... y un general, como siempre, monta un golpe de estado que deviene en guerra civil. Que no podíamos pasar un siglo sin tenerla, ya que el XIX tuvimos nada menos que tres y algunas cotas de diversa intensidad.

De 1939 a 1975, entonces, tendremos, según la ideología de cada, un régimen apacible o un sistema violento y despreciable. En todo caso, al estudiante le interesa llegar a éste punto. En 1975 fallece Francisco Franco, Caudillo (nada que ver con los Führer o Conducator o Duces de corte fascista y tal...) y regresa al trono, vacío nominalmente, un Borbón. Que ya había hecho prácticas como buen becario, pero ahora es investido Rey por la Gracia de... la Transición.

¡La Transición! esa sacrosanta experiencia que puede fecharse de 1975 a 1978, momento de aprobación de una Constitución de 169 artículos, disposiciones varias y variopintas, que regirá la Democracia, nombre oficial de la Segunda Restauración Borbónica.

Si la primera duró, más o menos, según los libros de texto, de 1875 a 1923, o hasta 1930 o 31, según otros, la segunda ha durado de 1975 a... 

Y en eso estamos, lector. En ponerle fecha a la Segunda Restauración Borbónica. Pero si has leído hasta aquí, ¿no te dan miedo algunos paralelismos? O la ausencia de algunos rasgos... 

Claro que, como peatón de la Historia que soy, no me creo eso de que un corte de fechas en un libro de texto signifique que las personas de ese momento histórico dejen de ser quienes son y se conviertan en otra cosa. Eso lo dejo para libros de autoayuda o ficción total, no sé, como la Biblia.

Un saludo,

jueves, 6 de junio de 2013

Nada es sólido, todo es dúctil y maleable...

En química, en el cole o el insti, se decía que un elemento era "dúctil y maleable" cuando se podía manipular sin que se rompiera. Metales, en general, que ya podían ser luego "tenaces" o "blandos". Toda una calificación. Lo maleable, lo manipulable, era a primera vista algo que se suponía sólido (¿no lo es un metal, brillante, duro en apariencia, firme?) y eso ya da pistas de qué es el ser humano.

Antonio Muñoz Molina ha escrito un ensayo titulado "Todo lo que era sólido". Tras leérmelo, siento el regusto de leer ecos de Zweig y "El mundo de ayer, memorias de un europeo". Una melancolía y una añoranza, un recuerdo y un pasmo ante determinados eventos. Muchas veces, uno siente, pasado el momento, que comprende ese momento, pero en el instante mismo vive perplejo, atolondrado, descentrado. Ante la eterna discusión de acción o pensamiento, tan unamuniana, tan clásica, muchos intelectuales como Muñoz Molina o Zweig, se dan cuenta, más tarde que pronto, de que algo no hicieron o hicieron lo que querían pero no lo que debían. Vamos, igual que muchos ciudadanos. Que suelen lamentarse después.

Yo agradezco un ensayo como el de Muñoz Molina. Pone crítica a una realidad. Me recuerda un poco al pensamiento del historiador Tony Judt. Moderada socialdemocracia, una sensación de "tercera vía" entre los extremismos de la izquierda y los clásicos de la derecha. Pero es cierto que, en muchas ocasiones, uno no deja de preguntarse qué es mejor. Si la construcción lenta, pausada, llena de contratiempos y de retrocesos, de obstáculos de ciertas clases, o la construcción acelerada, violenta, que procede de la precedida violencia destructora y genera miedos, control, vigilancia. Uno, yo, no deja de preguntarse si no es posible, si no sería posible tener un Tirano griego, clásico, ilustrado, clarividente político que supiera lo que nos viene bien a todos, que construyera ciudadanía y luego, en un arranque digno del mítico Cincinato, se largara a su casa y dejara al resto actuar con la conciencia de haber aprendido una lección. O un Robespierre al que luego decapitar. Aunque seguramente no se aprendería esa lección.

No existe solidez en el hombre. No hay tenacidad inquebrantable ni blandura que no resista algún embate. No hay nada que el hombre no pueda construir tan rápido, en términos de especie, que no pueda destruir igual de rápido o mucho más, en segundos. Cuando me declaro misántropo, aunque atípico, es porque, como especie, somos un verdadero problema. Y ya me gustaría que probáramos el temple por, no sé, una invasión alienígena, como en los libros de Turtledove, que demostrara si podemos o no entender nuestro mundo de otra manera. Pero la realidad es que somos una charca pestilente que, cuando se agita, aflora miasmas y olores, aunque también algún bicho elegante y bello. Y uno no sabe por qué, no entiende, no comprende, pero el fuego, como siempre, aparece purificador, limpio... claro que puedo estar influido por la Inquisición, tanto como por R'hllor...

En estos tiempos, nada se toma en serio .O al menos, yo no puedo. Estoy plenamente imbuido de anaideia. Y el relativismo es un lujo en tiempos de libertad...

En fin. 

Un saludo,

sábado, 1 de junio de 2013

Optimismo, hartazgo e incertidumbre

Paseo últimamente por estas aceras del sentimiento y la reflexión. Pero no solo por ellas, aunque son las que más transito.

Sí, ya lo sabéis, voy a ser padre. Pero el embarazo, que no es la época más dichosa de una mujer (a la mía, seguramente, el anuncio de que le adjudicarían su plaza en propiedad, sería lo más de lo más...) tampoco lo es en el caso de un hombre. Vives bajo estadísticas, percentiles, sustos, y, sobre todo, incertidumbre. 

La mía es si el feto será bebé y el bebé, niño.No me voy a poner tiquismiquis. Ya es un ser vivo. Está formándose, creciendo. Aunque no tanto. Un poco de incertidumbre sobre su peso, si será una enfermedad, si algo hemos hecho mal... y el miedo nada agradable de pensar que pueda tener alguna discapacidad, física o intelectual. Uno espera que su hijo mejore, perfeccione a sus padres. Legítimo, pero iluso.

Pero soy optimista. Me siento bien. Aunque he tenido un rebote en mi peso, producto del abandono nervioso de la dieta (magistral, Inma... quien quiera, se la recomiendo, es lo mejor... :)) y mi caída en algunos hábitos propios del intranquilo, no estoy mal. Cojo la bici tres días por semana, recorro más de 20 kilómetros en cada jornada, pues me bajo antes o subo más tarde al tren, y brujuleo por aquí y por allá. También continúo el baloncesto, y ya siento la musculatura como más firme y potente. Vaya, a mis 36 años, mejor que a los 21... qué triste, señor, qué triste... sin gafas, con diente nuevo, rodilla protegida (gracias a la bici) y sensación de estar en plenitud (falsa, aparente, pero sensación a fin de cuentas) de mis capacidades. Y el futuro entonces se ve como algo asequible, no remoto e inalcanzable. Me siento capaz de todo.

¿Todo? Pues no... porque llega el hartazgo. Harto de trabajar, en un trabajo monótono, gris, que no saca lo mejor de mí ni harto de vino. Harto de pamemas y tonterías sociales obligatorias, sintiendo que ya no me importa un carajo decir, como antes, lo que pienso, pero conscientemente. Harto de ver el mundo a mi alrededor, en lo político, enfangado, asquerosamente pringoso, lleno de mierda. Harto de desear guillotina, matanzas depurativas y saneamientos que dejarían a Robespierre como un pobre budista ciego. Harto de desear que la justicia sea cierta, llámenla Karma o Iustitia o Carmencita Carmelaria. Harto de tanto y tanto, que no podría listarlo aquí sin aburrir y provocar la náusea.

En esas tres coordenadas me muevo, más o menos. Prevalecen, espero, las endorfinas deportivas generadas que alimentan mi optimismo, arrinconan la incertunmbre y silencian el hartazgo. Pero está ahí, todo, siempre. Y quien tiene gato en casa, sabe lo que es ser atacado por un depredador agazapado. Hay sensación de peligro. Aunque mi gato es, en gran medida, un peluche peludo con patas de algodón...

Un saludo,


domingo, 19 de mayo de 2013

Mentiras fundamentales

Cuando tenía 7 u 8 años, un niño de clase, japonés, nos invitó a varios otros niños de clase a su cumpleaños. Vivía en mi barrio, y estaba ese año, solamente. El padre era español, la madre, japonesa. Nervioso, pregunté qué debíamos hacer, porque, claro, a esas edades, uno cree saber cuando simplemente oye, escucha y se queda con nociones. "Descalzarse al entrar, inclinarse, juntar las manos, saludar, guiñar los ojos", dijeron. Alguna cosa más.

Al llegar, llevaba mi regalo envuelto (por mi madre, claro) y ya estaba desatándome los cordones cuando me dijeron que no hacía falta. Extrañado, nervioso, torpe, hice ademán de inclinarme, juntando las manos y dejando caer el regalo, pero eso provocó alguna risa del padre. Me até los cordones, entré con el resto y traté de integrarme, pero, como todos los niños inquietos, curiosos y poco dados a lo social, esto es, a la mentira clarividente, pregunté, miope, mucho sobre Japón, sobre las costumbres, empezando por los tópicos de samurais y esas cosas. ¡Qué poco sabía! Y qué poco sé, claro está. La fiesta discurrió de manera algo inquieta. Nuestro compañero de clase sonreía mucho, pero con ojos fríos. La madre era muy similar, pero retirada y controlando todo. No era como la mía, presente y controlando todo, también. El padre era gracioso, jugamos, probamos algunas cosas (hoy día dudo de si comí ya sushi en esa fiesta, pero no lo recuerdo) y tocó ir yéndose.

Como siempre que iba a las casas de otros niños, no quería irme. Tenían juguetes, muebles, cosas que en la mía no había. Y es que mi casa era, para mí, oscura y sobria. Suelo de terrazo negro con figuras blancas donde veía hombres barbudos, perros, guerreros, mujeres... las demás eran, siempre, luminosas, ordenadas, grandes, llenas de cosas... la cuestión es que le habíamos dado todos nuestros regalos al niño japonés, por su cumpleaños, y esperamos que, tras cantarle el cumpleaños feliz (el mejor momento, el de ver los trozos de tarta y calibrar cuál te tocaría) abriría uno a uno los regalos y veríamos cuál le había gustado más. No los abrió. Ninguno. Y pregunté por qué. Sonrió, nervioso. Insistí, varias veces, pero noté que no le gustaba, ni a él ni a su madre, la pregunta. El padre, seguro que hábilmente, nos distrajo con juegos y demás.

Y ya me iba. Antes de salir, volví a preguntar, molesto, curioso, tozudo. ¿Por qué no abres al menos mi regalo, a ver si te gusta? Amablemente, pero con firmeza, siguieron sonriendo, negándose a responder, y aceleraron mi salida.

Cuando iba a entrar en la universidad, un día me hice con "El crisantemo y la espada". Un libro de Ruth Benedict, socióloga estadounidense que elaboró una especie de manual turístico de corte sociológico para las tropas de ocupación en el Japón de 1945. Lo leí, ávido de conocimiento. Sí, había visto algunas películas de Kurosawa, conocía a Mizoguchi, Ozu, despuntaba Kitano... pero realmente, no tenía ni idea de la cultura de Japón. Bueno, igual que ahora. Una cuestión me llamó mucho la atención; la costumbre de no abrir regalos frente a quien los trae, para evitar que el invitado perciba si el regalo no le ha gustado al anfitrión. Sonrisas, sí, pero ocultando lo que el rostro puede desvelar. Y algo se iluminó en mí. Recordé a aquel muchacho, nervioso, a su madre, y al padre distrayéndome. Y me pregunté si el regalo le gustó, si incluso llegué a preguntarle de nuevo, en clase, si lo había abierto. No recuerdo qué regalo hice. No recuerdo haber preguntado nada, ni tampoco más cosas de aquel niño. Se fue, no hubo más cumpleaños así y todo pasó. Hasta la lectura del libro, hasta que tuve ese gesto muy occidental de iluminación en mi cara, como si asistiera a la revelación epifánica fundamental de mi vida. Que no lo fue.

Ni ahora tampoco. Pero aquello reafirma algo que es verdad. Verdad de cimiento. Las mentiras fundamentan las verdades que creemos conocer. La mentira concilia nuestro entorno, lo cohesiona. Y la verdad es que conocemos bien esa mentira, pero actuamos como si no fuera así. Es como aquel relato de "¡Marciano, vete a casa!", de Fredric Brown. Y según crecemos, dejamos de ser tozudos, preguntones, curiosos. Pasamos a ser precavidos, atentos, prudentes en el trato. Olvidamos la frescura de la niñez y concentramos nuestro rostro, las manos, los labios y, sobre todo, los ojos, en participar de ese juego. El de las mentiras fundamentales.

Que son muchas, tantas como verdades eludimos aceptar.

Un saludo,