Buscar dentro de este batiburrillo

sábado, 1 de junio de 2013

Optimismo, hartazgo e incertidumbre

Paseo últimamente por estas aceras del sentimiento y la reflexión. Pero no solo por ellas, aunque son las que más transito.

Sí, ya lo sabéis, voy a ser padre. Pero el embarazo, que no es la época más dichosa de una mujer (a la mía, seguramente, el anuncio de que le adjudicarían su plaza en propiedad, sería lo más de lo más...) tampoco lo es en el caso de un hombre. Vives bajo estadísticas, percentiles, sustos, y, sobre todo, incertidumbre. 

La mía es si el feto será bebé y el bebé, niño.No me voy a poner tiquismiquis. Ya es un ser vivo. Está formándose, creciendo. Aunque no tanto. Un poco de incertidumbre sobre su peso, si será una enfermedad, si algo hemos hecho mal... y el miedo nada agradable de pensar que pueda tener alguna discapacidad, física o intelectual. Uno espera que su hijo mejore, perfeccione a sus padres. Legítimo, pero iluso.

Pero soy optimista. Me siento bien. Aunque he tenido un rebote en mi peso, producto del abandono nervioso de la dieta (magistral, Inma... quien quiera, se la recomiendo, es lo mejor... :)) y mi caída en algunos hábitos propios del intranquilo, no estoy mal. Cojo la bici tres días por semana, recorro más de 20 kilómetros en cada jornada, pues me bajo antes o subo más tarde al tren, y brujuleo por aquí y por allá. También continúo el baloncesto, y ya siento la musculatura como más firme y potente. Vaya, a mis 36 años, mejor que a los 21... qué triste, señor, qué triste... sin gafas, con diente nuevo, rodilla protegida (gracias a la bici) y sensación de estar en plenitud (falsa, aparente, pero sensación a fin de cuentas) de mis capacidades. Y el futuro entonces se ve como algo asequible, no remoto e inalcanzable. Me siento capaz de todo.

¿Todo? Pues no... porque llega el hartazgo. Harto de trabajar, en un trabajo monótono, gris, que no saca lo mejor de mí ni harto de vino. Harto de pamemas y tonterías sociales obligatorias, sintiendo que ya no me importa un carajo decir, como antes, lo que pienso, pero conscientemente. Harto de ver el mundo a mi alrededor, en lo político, enfangado, asquerosamente pringoso, lleno de mierda. Harto de desear guillotina, matanzas depurativas y saneamientos que dejarían a Robespierre como un pobre budista ciego. Harto de desear que la justicia sea cierta, llámenla Karma o Iustitia o Carmencita Carmelaria. Harto de tanto y tanto, que no podría listarlo aquí sin aburrir y provocar la náusea.

En esas tres coordenadas me muevo, más o menos. Prevalecen, espero, las endorfinas deportivas generadas que alimentan mi optimismo, arrinconan la incertunmbre y silencian el hartazgo. Pero está ahí, todo, siempre. Y quien tiene gato en casa, sabe lo que es ser atacado por un depredador agazapado. Hay sensación de peligro. Aunque mi gato es, en gran medida, un peluche peludo con patas de algodón...

Un saludo,


domingo, 19 de mayo de 2013

Mentiras fundamentales

Cuando tenía 7 u 8 años, un niño de clase, japonés, nos invitó a varios otros niños de clase a su cumpleaños. Vivía en mi barrio, y estaba ese año, solamente. El padre era español, la madre, japonesa. Nervioso, pregunté qué debíamos hacer, porque, claro, a esas edades, uno cree saber cuando simplemente oye, escucha y se queda con nociones. "Descalzarse al entrar, inclinarse, juntar las manos, saludar, guiñar los ojos", dijeron. Alguna cosa más.

Al llegar, llevaba mi regalo envuelto (por mi madre, claro) y ya estaba desatándome los cordones cuando me dijeron que no hacía falta. Extrañado, nervioso, torpe, hice ademán de inclinarme, juntando las manos y dejando caer el regalo, pero eso provocó alguna risa del padre. Me até los cordones, entré con el resto y traté de integrarme, pero, como todos los niños inquietos, curiosos y poco dados a lo social, esto es, a la mentira clarividente, pregunté, miope, mucho sobre Japón, sobre las costumbres, empezando por los tópicos de samurais y esas cosas. ¡Qué poco sabía! Y qué poco sé, claro está. La fiesta discurrió de manera algo inquieta. Nuestro compañero de clase sonreía mucho, pero con ojos fríos. La madre era muy similar, pero retirada y controlando todo. No era como la mía, presente y controlando todo, también. El padre era gracioso, jugamos, probamos algunas cosas (hoy día dudo de si comí ya sushi en esa fiesta, pero no lo recuerdo) y tocó ir yéndose.

Como siempre que iba a las casas de otros niños, no quería irme. Tenían juguetes, muebles, cosas que en la mía no había. Y es que mi casa era, para mí, oscura y sobria. Suelo de terrazo negro con figuras blancas donde veía hombres barbudos, perros, guerreros, mujeres... las demás eran, siempre, luminosas, ordenadas, grandes, llenas de cosas... la cuestión es que le habíamos dado todos nuestros regalos al niño japonés, por su cumpleaños, y esperamos que, tras cantarle el cumpleaños feliz (el mejor momento, el de ver los trozos de tarta y calibrar cuál te tocaría) abriría uno a uno los regalos y veríamos cuál le había gustado más. No los abrió. Ninguno. Y pregunté por qué. Sonrió, nervioso. Insistí, varias veces, pero noté que no le gustaba, ni a él ni a su madre, la pregunta. El padre, seguro que hábilmente, nos distrajo con juegos y demás.

Y ya me iba. Antes de salir, volví a preguntar, molesto, curioso, tozudo. ¿Por qué no abres al menos mi regalo, a ver si te gusta? Amablemente, pero con firmeza, siguieron sonriendo, negándose a responder, y aceleraron mi salida.

Cuando iba a entrar en la universidad, un día me hice con "El crisantemo y la espada". Un libro de Ruth Benedict, socióloga estadounidense que elaboró una especie de manual turístico de corte sociológico para las tropas de ocupación en el Japón de 1945. Lo leí, ávido de conocimiento. Sí, había visto algunas películas de Kurosawa, conocía a Mizoguchi, Ozu, despuntaba Kitano... pero realmente, no tenía ni idea de la cultura de Japón. Bueno, igual que ahora. Una cuestión me llamó mucho la atención; la costumbre de no abrir regalos frente a quien los trae, para evitar que el invitado perciba si el regalo no le ha gustado al anfitrión. Sonrisas, sí, pero ocultando lo que el rostro puede desvelar. Y algo se iluminó en mí. Recordé a aquel muchacho, nervioso, a su madre, y al padre distrayéndome. Y me pregunté si el regalo le gustó, si incluso llegué a preguntarle de nuevo, en clase, si lo había abierto. No recuerdo qué regalo hice. No recuerdo haber preguntado nada, ni tampoco más cosas de aquel niño. Se fue, no hubo más cumpleaños así y todo pasó. Hasta la lectura del libro, hasta que tuve ese gesto muy occidental de iluminación en mi cara, como si asistiera a la revelación epifánica fundamental de mi vida. Que no lo fue.

Ni ahora tampoco. Pero aquello reafirma algo que es verdad. Verdad de cimiento. Las mentiras fundamentan las verdades que creemos conocer. La mentira concilia nuestro entorno, lo cohesiona. Y la verdad es que conocemos bien esa mentira, pero actuamos como si no fuera así. Es como aquel relato de "¡Marciano, vete a casa!", de Fredric Brown. Y según crecemos, dejamos de ser tozudos, preguntones, curiosos. Pasamos a ser precavidos, atentos, prudentes en el trato. Olvidamos la frescura de la niñez y concentramos nuestro rostro, las manos, los labios y, sobre todo, los ojos, en participar de ese juego. El de las mentiras fundamentales.

Que son muchas, tantas como verdades eludimos aceptar.

Un saludo,

miércoles, 24 de abril de 2013

Lo que es y lo que debiera ser



Estamos tan acostumbrados a que las cosas “sean como siempre han sido”, que muchas veces no nos planteamos que puedan ser de otra manera. O incluso, que fueron, de hecho, de otra manera.


Ejemplo, “el ser humano es avaricioso y siempre robará a la mínima oportunidad”. Comprender algo así, dentro de la naturaleza humana, no invalida la propuesta de que “controlado y supervisado, el ser humano retiene su avaricia y no tratará de robar constantemente”. Por ejemplo.

Con la República pasa algo parecido. “Las dos repúblicas que ha tenido España, acabaron en caos, pronunciamiento militar y guerra”. El corolario parece ser que una tercera terminará igual. Sin más análisis. También está el otro argumento, el de “El advenimiento de una III República resolverá todos los males de España”. Sin más, así, mágicamente. Pero veamos algunas cosas que podrían hacer pensar en un cambio real, progresivo.

El diputado o senador, es un sirviente público a respetar en todo momento, y no debemos molestarle en su casa o en el Congreso o Senado, ya sea gritándole, amenazándole o intimidándole. Cada cuatro años votamos y le elegimos o no, y son las urnas, no los jueces, las que le validan”. Bien, desgranando el argumento, lo que debiera ser es, más bien, que “El diputado es un sirviente público a respetar, pero también es un ciudadano que ha optado libremente por representar a otros ciudadanos. Si actúa de manera contraria al interés de sus electores, éstos tienen derecho, dentro del respeto a la ley y sin violencia, a exigirle el cumplimiento de las promesas que hizo. Y siempre serán los jueces y mecanismos institucionales de control los que determinarán si ha cometido o no delito durante su mandato.”

Elegir a uno u otro político es lo mismo, todos roban, así que tenemos lo que nos merecemos”. Tampoco es así. Merecemos lo que votamos, pero votamos listas cerradas, no a políticos concretos que representan a un electorado concreto. Tenemos una ley (la Ley D’hont, del Régimen Electoral General) que obliga a elegir una lista cerrada de diputados (no de senadores, que, por inercia, suelen salir elegidos de los mismos partidos que se votan al Congreso, por considerar el Senado una cámara inútil) en lugar de elegir libremente a nuestros representantes directos, como electores. Por tanto, tenemos lo que nos hacen merecer una serie de individuos que han decidido hacer más y más indirecta la representatividad de los ciudadanos y, por tanto, su control efectivo y real. Y así nos cuelan constantemente a amigos que quedan aforados y protegidos de todo mal, para seguir robando y repartiendo el botín entre esos mismos amigos. “Elegir a uno y otro político no es lo mismo; quienes roban, deben ser juzgados, y no los merecemos ni pueden ser candidatos posteriormente”.

Izquierdas y derechas son lo mismo, y más en nuestros días donde no tiene sentido hablar de ideologías, pues éstas han muerto”. Expresar que “no hay ideologías” es una de las mayores falacias de los tiempos modernos, pero también ocurrió en el pasado. Proclamar la muerte de las ideologías es, realmente, tratar de imponer una muy específica, asociada, normalmente, pero no exclusivamente, a las derechas. Existen y existirán ideologías de izquierdas y derechas, progresistas y conservadores. La dicotomía es real, ineluctable; luego matizada por las personas, claro está. Pero no son lo mismo, no eluden la realidad; la lucha de clases existe, desde hace miles de años, renombrada, matizada, retocada. Pero existe. Y si hay una dialéctica, hay un debate. Y si hay debate, hay un movimiento. Y entonces no es lo mismo una que otra.

La III República que yo anhelo, no es la idealización de un pasado, la revancha o la imaginación sin más. Es el marco del cambio, de la madurez de un pueblo de súbditos, el español, que debe ya trascender su borreguil y mansa vida para convertirse en algo tan complejo, y tan simple, como en ciudadanos. Con sus deberes, sus derechos, sus opciones y sus capacidades. La III República que yo anhelo no busca recuperar una u otra bandera, si no valores. Educación, Sanidad, pilares del bienestar social y público; un sistema político representativo y proporcional, una separación de poderes real, un Estado laico y neutral... La creación de oportunidades para participar en igualdad de condiciones (que no en igualdad de recompensas) y premiar el mérito, el esfuerzo y la capacidad, no la mediocridad, el engaño y el amiguismo. La III República que anhelo es, simplemente, el marco para darle un futuro mejor a nuestros hijos, a nuestros mayores y a todos en general, estemos o no de acuerdo con ellos.

Y claro, en ella, deberíamos caber todos con lo que puede ser, no con lo que, resignados, decimos que es. Porque entre lo que es y lo que debiera ser, no hay más que una estrecha separación. La certeza de que puede ser.

Un saludo,
 

sábado, 20 de abril de 2013

En bicicleta

Tras muchos años, y ahora viviendo en Alcorcón, me encuentro con que trabajo lejos de mi casa. Concretamente, a 28 kilómetros de distancia; a 21 estaciones de metro; a 13 estaciones de tren. En coche, 45 minutos; en metro, 1h y 15 minutos; en tren, unos 45 minutos. Y os preguntaréis, ¿qué sistema es el mejor?

He probado todo. Coche, metro, tren... el coche es indudablemente más cómodo, más rápido, pero a cambio tienes el agobio del atasco en la A5 y la M30 tanto a la ida como, algunos días, a la vuelta. Llegas estresado, cansado, harto de mirar por la ventanilla para ver un coche, una persona... y gastas gasolina, consumes, contaminas...

El metro tiene la ventaja de que, si lo haces bien, vas sentado todo el trayecto; leyendo, oyendo música... si tienes la suerte de que no hay un imbécil con su música a todo volumen, si te has sentado de manera que los de tus lados no están dándote golpecitos o sudando y oliendo a puercos...

La renfe va mejor, aunque hay que combinarla. Y tengo la combinación perfecta. Bici-Renfe-Bici. A la ida, es imbatible. Salgo a la misma hora, un poco de pedaleo (apenas 1'5 km) y subes al tren. Bajo en Atocha, cambio hasta Chamartín, y en el camino con música, leyendo, dormitando... en Chamartín, bajo de nuevo, otro poco pedaleo (apenas 2 km) y entro en el curro fresco, sereno, despierto, con ganas. Un cambio brutal. Que sube más aun cuando regreso a mi casa; salida del hospital y hasta Atocha, unos 10 km. Mucho es cuesta abajo, je je je, hago trampas, aunque algún repecho se coge. Y el cambio es brutal... Atocha, tren en 20 minutos a Alcorcón, me bajo en la estación anterior a la de ida y hago unos 3'5 km más, despejado, contento. Llegar a casa y ducharme, y todo el día ya feliz... Un poco de ejercicio hecho, mucha menos contaminación, comodidad y disfrute de ver la ciudad (llegar al Retiro y pasear por dentro con la bici... no quiero pensar cuando pongan las casetas de la Feria... voy a llegar a mi casa a las mil y ciento... :))

Yo soy vago. Y reconozco que en los 5 años que he ido al Puerta de Hierro, ni me preocupé de pensar en la bici, porque estaba muy mal comunicado (se encuentra en medio de... nada... rodeado de carreteras, M50, M40, M500 algo...) tanto para transporte público como para la bici. Un erial, en todos los sentidos. Y tardaba 10-15 minutos con el coche, de puerta a puerta. Cómodo, sí. He perdido un montón de tiempo, pues ahora me despierto 45 minutos antes y tardo otros 45 minutos más a la ida y a la vuelta... total, más de dos horas. Pero, ¡ay! las mañas... como en el trabajo, dormito en la Renfe, leo y escucho música, y hago ejercicio. No, no he perdido un montón de tiempo, al final lo he reinvertido mucho mejor que antes... :)

Quien vive en Madrid y puede, sabe que la bici es un poco incordio; tráfico apestoso, coches, nulidad de carril bici, infraestructuras pensadas sólo para vehículo de motor, terrazas y peatones invadiendo los escasos carriles bici que hay, cuestas infames... y llegar al trabajo sudado no es posible en muchos sitios. Yo ahora mismo hago esto de manera muy cómoda, creo. Y espero seguir haciéndolo tras el verano y el nacimiento de mi hijo... con suerte, a lo mejor puedo comprarme la sillita para niño de bici y recogerle de la guardería en enero, y, así, hacer como Emilio, mi referente pedalurbano; ser el papi guay madurito e interesante... :P

Solo decir que, si se puede, mejor en bici. El cuerpo lo agradece

Un saludo,

viernes, 29 de marzo de 2013

Desparejos

Recoger calcetines es como hilar pensamientos. Siempre queda alguno suelto, sin pareja. Como esta entrada.

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Más guerra civil, como siempre. Fosa común, fosa natural, cadáveres de fusilados, y... lo de siempre. Calles en Madrid con nombres de Generales golpistas, comentarios de todo tipo en muchos sitios del tipo "eso no es importante". Y un vídeo de Juan Carlos, Borbón para más señas, ensalzando a Franco, Franco, Franco. Nada nuevo.

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Relatos. Algunos interesantes, otros no tanto. Escritos y leídos, claro. Uno me gusta más que otro. Uno es un divertimento y el otro un ejercicio. Ambos son divertimentos. No divertidos, si no juegos. Y más, pero se amontonan sin saber cuál merece ser escrito. ¿Y para qué? Existencialismo de escritor, no falla. Escepticismo. Voy plenamente surtido.

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Novela. Lenta, embarrada como sus protagonistas. No avanza. ¿Y qué será? ¿Un fresco costumbrista? ¿qué tono tiene? ¿por qué así y no asá? ¿o de otra manera? Me mata. Tengo claras muchas cosas, pero es como si me costara profundizar en algunas de ellas, por miedo a... ¿quedarme atrapado? ¿no salir a tiempo de ese pozo donde uno se asfixia? Siempre igual. Pero seguiré con ella. El plazo de julio de 2014 no es realista. Nunca lo ha sido. Pero viene bien. Y si no llego, no llego.

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Lecturas. Barbara Tuchman es un hallazgo. Pero hay otras, claro. Libros sobre el Carlismo, sobre la Primera Guerra Mundial (en España, algo tan alejado... sucedió a unos cientos de kilómetros, a veces, incluso, apenas a diez, pero no nos dimos por enterados; "No me hable usted de la guerra", tan castizo, tan propio...) sobre el Ejército, la Guardia Civil, sobre personajes de la Restauración... cambié a los romanos por Romanones. Vaya pieza. Entre tanto, sigo descubriendo lecturas del taller. Eloy Tizón, Natalia Guinzburg, Ana María Shua...

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Cine. "Los últimos días", otro intento de Ci-Fi española de catástrofes. Con "Fin", ya van dos curiosidades. Ambas hablando más o menos de lo mismo. Puro carácter mediterráneo de amor al prójimo. "El fin de los días", al menos, es interesante. Y el otro día, "Parker", con Oscar. Me pasó como con todas las malas películas, quería revisar el remake de Mel Gibson. O volver a Lee Marvin. Y con ese, tres nombres. Parker-Porter-Walker. Y me vuelve a la cabeza esa gran película, "Los profesionales", con diálogos lapidarios, muy buenos e intensos... si ya está todo dicho, todo. Volviendo a "Los últimos días", se queda en ese casi, a puntito, entre las yemas, que escapa y frustra. En más de un momento. Pero es más que meritoria. Un poco de "El incidente" que no me gustaba, un poco de relatos de apocalipsis de Valdemar... 

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Embarazo. Aun no tenemos nombre. Me cuestan los nombres. Lo llevo mal. Es como los nombres de los personajes. Por eso a veces me tienta la primera persona impersonal, donde el lector se deja llevar pensando que es a él (o ella) a quien sucede todo... sin preguntarse más. Un "Elige tu propia aventura". El nombre... descartando algunos claramente, otros se van decantando, quedando ahí, a la espera. Adrián o Daniel. El primero de resonancias altoimperiales, Hadriano. O el casco de los infantes franceses en la PGM. El segundo, hebreo, divino. "La justicia de Dios". Luego están Jorge, Jaime... los nombres... complicados. Hoy, de todos modos, es el primer día que voy retomando conciencia de la futura paternidad. Que es complicado, mi mente ha estado compartimentada con muchas puertas abiertas, y alguna, ya, por fin, se va cerrando...

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Trabajo. Una puerta cerrada, otra abierta. Me voy del Puerta de Hierro y empiezo otra vez en La Paz. 5 años en un hospital, tiren de la cadena, no me llevo más que trienios y algunas buenas relaciones con buenas personas. Fin. Inicio. Veremos dónde, cómo, cuándo... ¿volveré a los RR.HH. de mis desamores? ¿me endosarán en una consulta? ¿estaré por la mañana, por la tarde o por la noche? ¿podré comprarme una bici plegable eléctrica para desafiar el tráfico en la Castellana? No, que mi mujer, si no lo hace un coche, me mata... el lunes 1 de abril, otro comienzo. Una puerta abierta, otra cerrada. Trabajo. Agh.

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Amistad. Sigo con el horóscopo, ¿no? Pues... hay cosas que cambian, otras que cambiarán, inevitable, y algunas que no entiendo por qué han cambiado. "No sos vos, soy yo", podría ser en algun caso concreto. En todo caso, el mundo no es tan complejo. Con algunos me divierto, me gusta charlar, me gusta hacer deporte, jugar al rol o juegos de mesa o al Mus... pero hay cosas que... tsk tsk tsk. Tolerancia, comprensión, empatía. Esos dones de la naturaleza humana tan despreciados. "Se prevén cambios en su estado, amigo". Veremos.

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Preocupaciones. Las he listado, ¿no? O sí. No sé. Tengo más, claro. Dinero, incertidumbres, capacidad. A veces, me duele la cabeza. Otras, el estómago. O el vientre. A veces deseo esa ruptura radical, violenta, abrupta, que sobreviene en toda o casi toda generación, dando un tajo hondo a la realidad, mostrando los nervios y tendones seccionados del falso cuerpo que mitificamos como "realidad". Pero no... la expectación que hace brillar los ojos a un loco puede tratarse. No curarse, tratarse. Y que otro ser humano comprenda, en lo profundo de sí mismo, a otro... es terrible.

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Kilos. Adoro a mi dietista. Inma, si me lees... eres la mejor. Yo en cambio no. Me he dejado arrastrar de nuevo al remolino de ansiedad e incertidumbre, donde sublimo mi falta de control con la ingesta de alimentos poco adecuados. A ver si en abril retomo de verdad, de la buena, según nuevo horario y nuevas actividades, lo que me hace mejor. Ahora mismo, estoy 7-8 kilos por encima de mis deseos, aunque sigo a 13-14 del punto de partida. Algo es algo.

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Termino, ya he volcado mis necesidades, ya he terminado por hoy. Lo que no escribo aquí, es porque trato de redactarlo en otro lado. En mis relatos, ejercicios necesarios. En la novela, sin título. En alguna historia suelta o borrador, o proyecto de. Fin.

Un saludo,

miércoles, 27 de febrero de 2013

Nosotros y ellos.

Siempre ha ido de lo mismo. Desde que nos sedentarizamos hace dos instantes (12.000 años, mes arriba o mes abajo) jerarquizamos, estratificamos, creamos escalones, niveles. Estatus social. Y la brecha es esa. Nosotros y ellos.

Nosotros podemos ser muchos. Ellos, no tantos. Sin embargo, ellos viven más, son más guapos, altos, mejor alimentados, mejor educados. Tienen mejores oportunidades, claro. Nosotros tenemos el número. Ellos, la calidad. Nosotros, la esperanza. Ellos, la certeza.

Hace brevísimos momentos, unos 200 años, día arriba o abajo, una sociedad donde nosotros éramos muchos, hambrientos y desesperados, decidió gritar "¡Basta!". Tenían detrás algunas cabezas pensantes de llos, incómodos ante su propia situación privilegiada. Eso no impidió que se cortaran muchas cabezas, de ellos y de nosotros. De todos los que olieran a reacción, a peligro, a estancamiento. A mantenimiento del status quo. Rompieron las reglas, pero en el camino, crearon algunas nuevas. Y de paso, las renombraron. Y cayeron en los mismos errores, claro. Generaron una nueva categoría para ellos. Nosotros siempre somos iguales, y estúpidos; se nos desliza la victoria entre los dedos.

Después de zarandeos varios, hace nada, ayer mismo, unos 100 años, otra sociedad donde nosotros estábamos hartos, en medio de una guerra donde servíamos de carne de ametralladora mientras ellos degustaban caviar, se levantó. Esta vez, las cabezas pensantes venían sobre todo de entre nosotros, no tanto de ellos. Y experimentaron, logrando impresionantes resultados, así como atroces verdades.

Hoy, nosotros no sabemos que somos nosotros. Ellos sí, saben quiénes son y quiénes somos. Lo saben. No tienen miedo. Su sonrisa perenne en el rostro es la falsa amabilidad del patrón, del señor, de quien puede mostrarse amable porque luego usará los métodos que desee. Ellos siempre han sabido quiénes son, porque lo viven en casa, en sus colegios, en sus universidades, en sus círculos. Externamente, nosotros orbitamos, curiosos, envidiosos, asomándonos a un mundo que no es nuestro, que anhelamos y respetamos. El respeto y el anhelo es su victoria, la de ellos. Disfrutamos del morbo en las revistas de grandes fotos y colores, pensando que les conocemos. Ellos se dejan. Disfrutamos cuando caen, cuando yerran, cuando se equivocan. Ellos saben gestionarlo. Nosotros, en cambio, no podemos aspirar al ascenso. Si lo hacemos, su Sol, el de ellos, nos derrite las alas. No caben advenedizos en el Paraíso.

Ser uno de ellos o uno de nosotros, depende de una pregunta sencilla: "¿Quién soy?"

Si es uno de los nuestros, y se engaña, siempre será de ellos. Nunca de nosotros.

Un saludo,

viernes, 11 de enero de 2013

Interludio. Artículo 578 del CP.

"El enaltecimiento o la justificación por cualquier medio de expresión pública o difusión de los delitos comprendidos en los artículos 571 a 577 de este Código o de quienes hayan participado en su ejecución, o la realización de actos que entrañen descrédito, menosprecio o humillación de las víctimas de los delitos terroristas o de sus familiares se castigará con la pena de prisión de uno a dos años. El Juez también podrá acordar en la sentencia, durante el período de tiempo que el mismo señale, alguna o algunas de las prohibiciones previstas en el artículo 57 de este Código."

¿Y esto, a qué viene? Bueno, se celebran 2 años (más o menos) desde el anuncio de ETA de que dejaba las armas, y que no tenemos asesinatos de esos mafiosos desde hace más tiempo. También que muchas personas no tienen que mirar bajo sus coches o a los lados y a la espalda cuando salen a la calle. Y que los empresarios no sufren extorsiones y no hay algaradas callejeras ni tampoco declaraciones esperpénticas. Pero... un momento... lo último no es cierto. Algaradas y declaraciones esperpénticas no faltan, de hecho, vamos sobrados.

Leyendo a ciertos autores, uno descubre que la URSS era un contrapeso para el capitalismo voraz y salvaje que hoy campa por el mundo sin coto ni limitación. De hecho, la URSS hizo por la socialdemocracia más de lo que ésta quiere reconocer. El hecho de que la URSS tuviera armas nucleares, un ejército fuerte, entrenado y dispuesto, y la férrea dictadura que controlaba todo el modelo, hacía que muchos países, para evitar caer en la tensión entre la URSS y los EEUU, hicieran una especie de "tercera vía" (no la de Blair, que era un callejón sin salida...) en la que los socialistas lograban modelos de Estado de bienestar mejores que el de la URSS con el bien material del modelo capitalista de mercado (controlado y dirigido, eso sí). Los años 50 a 80 se demostró que podían existir sociedades de consumo con bienestar social. Hasta que la URSS desapareció. 

Al caer, al derrumbarse, no solamente cayó una dictadura atroz, criminal y todos esos epítetos que ahora carga su historia. Cayó una barrera, un muro. Un espectro de miedo en la nuca de los gobernantes de países que debían contentar a sus poblaciones para así mitigar las simpatías por la URSS. Vivir con esa sombra en la espalda hizo que muchos políticos se contuvieran en sus deseos rapaces de desmantelar el Estado y venderlo en porciones a cualquiera, siempre, además, con el dinero público como garantía de dicho negocio (todo lo contrario de un libre mercado... pues eso es un mercado dirigido a beneficiar a unos pocos con los ingresos y bienes de una gran mayoría...) pero la caída de la URSS terminó con ese miedo. Tímidamente, algunos radicales (Reagan, Thatcher) fueron abriendo la senda en los 80 que luego, en los 90, transitarían ya sin pánico (algo de titubeo al inicio, cierto reparo, prudencia) hasta llegar en la nueva década al actual estado de las cosas. Sin coto, sin limitación, sin miedo...

Las algaradas, revueltas, manifestaciones, huelgas, expresiones populares de ira y frustración por lo que los gobernantes hacen provocan resultados inquietantes. Los primeros, las declaraciones esperpénticas que muestran cuan alejados de la realidad viven los gestores de lo público, aun cuando se sientan legitimados por sistemas políticos que, hoy, están demostrando su verdadera faz. Sin miedo, sin reparo, descaradamente, hacen y desahacen con el agravante de haber logrado reducir, por el miedo, a la ciudadanía que dicen representar.

"In the past our politicians offered us dreams of a better world. Now they promise to protect us from nightmares."

Pesadillas que ellos fomentan. No habrá pensiones. No habrá Sanidad. La educación se hundirá. No habrá empleo. No habrá seguridad. No tendremos nada. Y lo hacen, lo pueden hacer, porque, como pasó en EEUU, no tienen miedo de mirar por encima de sus hombros y de lado. No hay una URSS a la que temer. No hay un recelo, un temor. La ciudadanía, en sí misma, no inspira nada de miedo. Es un ente amorfo, manejable, manipulable, dirigible. Que protesten un poco, asi se desahogan. Que griten, así quedarán afónicos. Que corran luego frente a la policía, que no se acerquen a los centros de poder, que rindan tributo a quienes mandan, por medio de los bancos, sus lacayos gestores del dinero. El ciudadano ya no tiene derechos, no es ya el hombre que surgió sobre la sangre del Terror en Francia. Es, simplemente, un pagador del bienestar... de otros.

Desde hace días, escucho frases, palabras y argumentos que me aterrorizan, también. Me sorprendo cabeceando, aturdido, ante gentes y personas de diversos ámbitos, deseando... expresando ideas... visualizando cosas... que, si las describiera aquí, merecerían la aplicación de este artículo del Código Penal. 

Su Código. Sus reglas. Nuestro miedo. Su victoria.

Un saludo,

miércoles, 2 de enero de 2013

9 sombras de un político español (II)

Sigamos la utopía.

Después de dar la campanada, el gobernante que nos tenía acostumbrado a un discurso predecible, monótono y cargante, tuvo que ser retirado de los micrófonos con rapidez. Sabía que se había ganado un castigo impresionante, sin lugar a dudas. Sus palabras habían conmocionado a los patrones que le financiaban. ¡Pero cómo te atreves! decía uno muy rico, dedicado a la ropa. ¡Estás loco! dijo otro, puesto en grandes superficies. ¡Esto es inaudito! dijo el dueño de un banco. Todos ellos se reunieron en consejo apresurado, dejando de lado a los subdelegados propios. Tenían que verse las caras...

Mientras, nuestro gobernante ya disfruta de su primer castigo en la intimidad. Pero otros gobernantes, de repente, sienten una especie de quemazón, de picor incontenible. Y una de ellas, de palabra controlada y popular, hábil y lábil al tiempo, decide ponerse en los micrófonos. Majetes, os vais a enterar...

- Convoco ésta rueda de prensa para informaros a todos de lo que hay. Y lo que hay es un desprestigio increíble de las instituciones, de los representantes y de nuestras maneras de hacer. Yo, aunque parezca retirada, no lo estoy, sigo con preocupación los acontecimientos. Y me pregunto, como hizo Kennedy, que aunque fuera un demócrata tenía frases buenas, ¿qué puedo hacer yo por mi país, no mi país por mí? Por eso me he plantao aquí delante...

Teatralmente, con gestos calculados, de pronto todo se va al garete. Nada, hasta el discurso controladamente incendiario se desparrama y se va al carajo.

- Porque es verdad, es cierto. Los políticos estamos amamandurriaos. Llevamos mucho tiempo chupando del bote, del bote que rellenáis vosotros, la clase media, o bueno, eso es lo que os gusta llamaros, porque sois chusma a fin de cuentas. Chusma que paga y vota. No os disteis cuenta, en vuestro afan por ser libres y con derechos y tal, que renunciasteis a ellos hace treinta años o más... nos los cedisteis, como unas Preferentes, de por vida a unos partidos y sindicatos y organizaciones que gestionan todo para vosotros, pero sin vosotros. ¿Conocéis algún político honesto, franco, real, que haya llegado a un puesto relevante sin ayuda de su Partido? Porque aquí el truco es que el Partido lo es todo, y sin él, no eres nadie... incluso yo, majetes, tengo que estar en un Partido o si no me como los palos de golf. Tú, dáme agua que me quedo seca... (bebe con elegancia populista) Así que os lo digo, ¡fuera ya esas tonterías! A partir de ahora, voy a presentarme por libre, y con un programa sencillo; fin de listas cerradas, de elegir a 150 personas que no conocéis de nada y que votáis porque fulano tiene ojos azules, dijo una frase afortunada o es un chistoso. ¡Al carajo! Voy a hacer una reforma de recorte de los de verdad... leyes que sobran, a cascoporro, y aplicar las que sí funcionan con sentido común. Y cuando esté en el Parlamento, ya veré si el regional o el nacional, aplicaré esas reformas y al día siguiente, todos a votar de nuevo en referéndum, que creo que es una herramienta muy chula. Refrendo de lo que hagamos, o no. Así no seremos desviadores de la voluntad pública, si no transmisores reales de la misma. Eso sí, luego apechugad... a mí no me importaría aplicar lo que digo de verdad, no lo que oculto, como mi sucesor, el interino, je je je, no veáis, qué disgustos me está dando, el tío... pero a lo que vamos. Listas abiertas. Ningún tipo de imposición o mandato imperativo. El que quiera representar a sus ciudadanos, que se lo curre, y desde luego, subvenciones mínimas. Eso sí, la tele y tal, la pública, la que no me gusta, a actuar con igualdad. Nada de "10 minutos unos y 1 minuto otro", nada, todos el mismo tiempo y espacio. Vais a ver qué divertido...

El becario de un gran periódico está mordiendo el lápiz, flipado. El cámara ya no rueda. Una chica con micro se ha quedado pasmada. Están los cuatro gatos contratados por una ETT de noticias, porque el resto, no sabe qué hacer... y entonces, la política remata:

- Majetes, a ver si os enteráis. Si éstos os han hecho la cama por la espalda, dadle la espalda vosotros a ellos y haced las cosas de otra manera. A ver, lo dicho, "no esperéis que otros hagan lo que os corresponde a vosotros"...

- Fin de la segunda sombra -

martes, 1 de enero de 2013

10 sombras de un político español... (I)

Como ahora el sadomaso para mamás está de moda, voy a hacer mi propio plagio. Sadomaso ciudadano para políticos maduritos...

Imaginen el despacho de un gobernante. No digamos nombres. Viste traje y corbata. Tiene que salir a dar una rueda de prensa. Se lee los papeles de sus asesores (tiene medio centenar) y decide que lo que va a leer son chorradas, lugares comunes impuestos por otros. Pero vamos a ver, ¿quién manda aquí? Y se serena, recordando la verdad. Macho, es el juego. Impostamos la democracia y luego ejercemos la representación de la plutocracia que realmente gobierna. No la jodas, llegaste hasta aquí y no hay tu tía. Estas medidas son como son, y hay que adoptarlas. Si no, te vas a enterar...

Con paso firme, sale fuera, se ajusta la chaqueta, los puños, los botones. Y comienza.

- Buenas tardes. Las medias que tenemos aquí provienen de una necesidad sin igual en la historia de España. Por eso, déjenme decirles que no está en mi ánimo imponerlas. De hecho... de hecho, ¡éstas medidas no son las que vamos a llevar a cabo! No, señor. Ustedes nos votaron por un programa que, séanme honestos, ni se habían leído. Tienen cuatro o cinco frasecitas colgando de los oídos y el resto es pura afición futbolera. Pero no les voy a sacar los colores. Una de las medidas estrella de mi gobierno era la de perseguir el fraude. Mi plan resulta ser una tontería. Permitir que los defraudadores tengan la capacidad de perdonar los pecados con un miserable "Ego te absolvo" del Estado. Pues no. Tienen razón. El dinero es dinero. Y si uno no es español, no es patriota, no ama a su país, pues que le jodan. Y muchos evasores son de este estilo. Así que vamos a duplicar las inspecciones fiscales y de evasión. Vamos a apretar a los evasores. Contrataremos a más personal, les daremos incentivos, una organización autónoma cuyo único objetivo sea el de hacer aflorar y pagar los casi 70.000 millones de euros en fraude que hay en España. En tres meses, si este dinero no está de vuelta a las arcas públicas, haremos tal modificación de la legislación que se va a cagar la perra. Y ya que estamos con legislación... ¿no creen que tenemos mucha superflua? Sí, yo también lo imaginaba... pero esperen, que esta es una de las medidas. Una. Merkel se va a tener que persignar. Y Hollande que se apriete los machos, el pavisoso. Van a ver. En cuanto aparezcan los inspectores con las cuentas bien hechas y la pareja de la Guardia Civil, se van a enterar los defraudadores. Con ese dinero... je, con ese dinero empezaremos a hacer cuentas de otra manera.

Boquiabiertos, los periodistas se miran entre sí. No, no puede ser, este hombre ha fumado algo... oye, llama al periódico, que esto no sé si... ah, que ha salido en directo en la tele... ¿no será en Telemadrid? es que así nos ahorramos el disgusto. Ah, que no... pues nada, vamos a tener que dar la noticia... no sé a nuestros jefes si les molará ésto... aunque claro, este tipo tiene poder, ¿no? es el gobernante y todo eso...

- Fin de la primera sombra -

lunes, 31 de diciembre de 2012

¡Fuera caretas!

Pues así de claro. Ni feliz año nuevo ni hostias. ¡A la mierda! ¡Que las cosas cambien de una vez! 

A ver si el año nuevo trae lo que necesitamos de verdad; cambio. Cambio que no nos puede seguir siendo dado por otros, dejando que la inercia nos coma vivos. La inercia y la estancia en la inopia, inopinadamente, inicuamente. Un cambio. ¡Cambio! 

Que los políticos se quiten las caretas, aunque tan importante o más que eso, que los ciudadanos veamos las caras de éstos DE VERDAD. Que nos atrevamos a mirar. A ver. A escuchar. A entender. No a quedarnos en la superficie, cómodamente instalados en nuestra estulticia material.

¡Que haya cambios! No puede ser que el año que empieza, o continúa, o acaba, sea un constante sangrado de todos para lograr mejorar al enfermo. ¡La sangría como método curativo! en el siglo XVIII aun podía creerse en ello, pero varias revoluciones después, me parece que hay que ser muy estúpido o ser complaciente para creerlo...

¡Que entendamos de una vez de qué va todo esto! Porque el nombre "Crisis" está ya en crisis. No, no puede ser, no podemos creer que es así constantemente. Tenemos que entender qué falla, qué está estancado, como un charco sucio e infecto donde crecen los bichos y el paludismo y otras enfermedades. No, no es posible que sigamos eligiendo la ignorancia, pretendiendo eludir siempre la responsabilidad de conocer la verdad. ¡Responsabilidad!

El año puede comenzar con un paso atrás de quienes lo cerraron protestando. Puede parecer que hay recule, huida, abandono. ¡Ni de lejos! Hemos tanteado, probado fragmentariamente, intentado de manera aislada fórmulas de protesta, de solución. Lamerse las heridas de la triste realidad (un estado alejado de sus ciudadanos, protegido por sus fuerzas y cuerpos de seguridad, y la seguridad de su fuerza, así como la inseguridad de su sinrazón...) no debe ser trabajo para mucho tiempo. ¡Cambio!

¡Jóvenes bárbaros de hoy, abandonad los televisores e Internet! ¡Quemad las consolas! ¡Tirad los móviles! ¡Levantad el velo de la realidad, una puta sifílitica, descarnada y roída, y morreadla, comprended sus pústulas, sus grietas, sus bilis! ¡Folláos a los que os sodomizan, dad por el culo a quienes os rompen el vuestro! ¡Que el miedo no lo tengáis vosotros! ¡Que lo tengan quienes os están fallando, follando y destrozando! ¡Si mienten, echadle huevos! ¡Si hacen lo que no deben, oponeos! ¿Y cómo? ¡SABÉIS CÓMO!

Si no buscáis el cambio, si aceptáis la situación, si preferís vivir cómodamente instalados en la desasosegante pero agradable conformidad, si queréis gritar, hablar y dar palique pero no mover las manos, los pies y el cuerpo, entonces... ¡QUE OS JODAN!

Y diréis, ¡tú qué! Yo estoy harto de gritar, de usar palabras, de abrir la boca como un pez y boquear en el silencio. Por eso, porque no puedo hacer nada de lo que pienso solo, necesito ver movimiento. Necesito ver una riada de gente yendo a los lugares que siempre apunté con mi dedo. Si veo esa masa, individual, colectivamente consciente, entonces caminaré, iré por el mismo sitio. Y recordad; el agua siempre pasa. Hasta la roca más dura se disuelve. Con ese agua o, mayormente, con dinamita.

No esperéis a que otros resuelvan vuestros problemas, pues son VUESTROS PROBLEMAS. No los de ellos...

¡CAMBIO!