Buscar dentro de este batiburrillo

miércoles, 27 de febrero de 2013

Nosotros y ellos.

Siempre ha ido de lo mismo. Desde que nos sedentarizamos hace dos instantes (12.000 años, mes arriba o mes abajo) jerarquizamos, estratificamos, creamos escalones, niveles. Estatus social. Y la brecha es esa. Nosotros y ellos.

Nosotros podemos ser muchos. Ellos, no tantos. Sin embargo, ellos viven más, son más guapos, altos, mejor alimentados, mejor educados. Tienen mejores oportunidades, claro. Nosotros tenemos el número. Ellos, la calidad. Nosotros, la esperanza. Ellos, la certeza.

Hace brevísimos momentos, unos 200 años, día arriba o abajo, una sociedad donde nosotros éramos muchos, hambrientos y desesperados, decidió gritar "¡Basta!". Tenían detrás algunas cabezas pensantes de llos, incómodos ante su propia situación privilegiada. Eso no impidió que se cortaran muchas cabezas, de ellos y de nosotros. De todos los que olieran a reacción, a peligro, a estancamiento. A mantenimiento del status quo. Rompieron las reglas, pero en el camino, crearon algunas nuevas. Y de paso, las renombraron. Y cayeron en los mismos errores, claro. Generaron una nueva categoría para ellos. Nosotros siempre somos iguales, y estúpidos; se nos desliza la victoria entre los dedos.

Después de zarandeos varios, hace nada, ayer mismo, unos 100 años, otra sociedad donde nosotros estábamos hartos, en medio de una guerra donde servíamos de carne de ametralladora mientras ellos degustaban caviar, se levantó. Esta vez, las cabezas pensantes venían sobre todo de entre nosotros, no tanto de ellos. Y experimentaron, logrando impresionantes resultados, así como atroces verdades.

Hoy, nosotros no sabemos que somos nosotros. Ellos sí, saben quiénes son y quiénes somos. Lo saben. No tienen miedo. Su sonrisa perenne en el rostro es la falsa amabilidad del patrón, del señor, de quien puede mostrarse amable porque luego usará los métodos que desee. Ellos siempre han sabido quiénes son, porque lo viven en casa, en sus colegios, en sus universidades, en sus círculos. Externamente, nosotros orbitamos, curiosos, envidiosos, asomándonos a un mundo que no es nuestro, que anhelamos y respetamos. El respeto y el anhelo es su victoria, la de ellos. Disfrutamos del morbo en las revistas de grandes fotos y colores, pensando que les conocemos. Ellos se dejan. Disfrutamos cuando caen, cuando yerran, cuando se equivocan. Ellos saben gestionarlo. Nosotros, en cambio, no podemos aspirar al ascenso. Si lo hacemos, su Sol, el de ellos, nos derrite las alas. No caben advenedizos en el Paraíso.

Ser uno de ellos o uno de nosotros, depende de una pregunta sencilla: "¿Quién soy?"

Si es uno de los nuestros, y se engaña, siempre será de ellos. Nunca de nosotros.

Un saludo,

viernes, 11 de enero de 2013

Interludio. Artículo 578 del CP.

"El enaltecimiento o la justificación por cualquier medio de expresión pública o difusión de los delitos comprendidos en los artículos 571 a 577 de este Código o de quienes hayan participado en su ejecución, o la realización de actos que entrañen descrédito, menosprecio o humillación de las víctimas de los delitos terroristas o de sus familiares se castigará con la pena de prisión de uno a dos años. El Juez también podrá acordar en la sentencia, durante el período de tiempo que el mismo señale, alguna o algunas de las prohibiciones previstas en el artículo 57 de este Código."

¿Y esto, a qué viene? Bueno, se celebran 2 años (más o menos) desde el anuncio de ETA de que dejaba las armas, y que no tenemos asesinatos de esos mafiosos desde hace más tiempo. También que muchas personas no tienen que mirar bajo sus coches o a los lados y a la espalda cuando salen a la calle. Y que los empresarios no sufren extorsiones y no hay algaradas callejeras ni tampoco declaraciones esperpénticas. Pero... un momento... lo último no es cierto. Algaradas y declaraciones esperpénticas no faltan, de hecho, vamos sobrados.

Leyendo a ciertos autores, uno descubre que la URSS era un contrapeso para el capitalismo voraz y salvaje que hoy campa por el mundo sin coto ni limitación. De hecho, la URSS hizo por la socialdemocracia más de lo que ésta quiere reconocer. El hecho de que la URSS tuviera armas nucleares, un ejército fuerte, entrenado y dispuesto, y la férrea dictadura que controlaba todo el modelo, hacía que muchos países, para evitar caer en la tensión entre la URSS y los EEUU, hicieran una especie de "tercera vía" (no la de Blair, que era un callejón sin salida...) en la que los socialistas lograban modelos de Estado de bienestar mejores que el de la URSS con el bien material del modelo capitalista de mercado (controlado y dirigido, eso sí). Los años 50 a 80 se demostró que podían existir sociedades de consumo con bienestar social. Hasta que la URSS desapareció. 

Al caer, al derrumbarse, no solamente cayó una dictadura atroz, criminal y todos esos epítetos que ahora carga su historia. Cayó una barrera, un muro. Un espectro de miedo en la nuca de los gobernantes de países que debían contentar a sus poblaciones para así mitigar las simpatías por la URSS. Vivir con esa sombra en la espalda hizo que muchos políticos se contuvieran en sus deseos rapaces de desmantelar el Estado y venderlo en porciones a cualquiera, siempre, además, con el dinero público como garantía de dicho negocio (todo lo contrario de un libre mercado... pues eso es un mercado dirigido a beneficiar a unos pocos con los ingresos y bienes de una gran mayoría...) pero la caída de la URSS terminó con ese miedo. Tímidamente, algunos radicales (Reagan, Thatcher) fueron abriendo la senda en los 80 que luego, en los 90, transitarían ya sin pánico (algo de titubeo al inicio, cierto reparo, prudencia) hasta llegar en la nueva década al actual estado de las cosas. Sin coto, sin limitación, sin miedo...

Las algaradas, revueltas, manifestaciones, huelgas, expresiones populares de ira y frustración por lo que los gobernantes hacen provocan resultados inquietantes. Los primeros, las declaraciones esperpénticas que muestran cuan alejados de la realidad viven los gestores de lo público, aun cuando se sientan legitimados por sistemas políticos que, hoy, están demostrando su verdadera faz. Sin miedo, sin reparo, descaradamente, hacen y desahacen con el agravante de haber logrado reducir, por el miedo, a la ciudadanía que dicen representar.

"In the past our politicians offered us dreams of a better world. Now they promise to protect us from nightmares."

Pesadillas que ellos fomentan. No habrá pensiones. No habrá Sanidad. La educación se hundirá. No habrá empleo. No habrá seguridad. No tendremos nada. Y lo hacen, lo pueden hacer, porque, como pasó en EEUU, no tienen miedo de mirar por encima de sus hombros y de lado. No hay una URSS a la que temer. No hay un recelo, un temor. La ciudadanía, en sí misma, no inspira nada de miedo. Es un ente amorfo, manejable, manipulable, dirigible. Que protesten un poco, asi se desahogan. Que griten, así quedarán afónicos. Que corran luego frente a la policía, que no se acerquen a los centros de poder, que rindan tributo a quienes mandan, por medio de los bancos, sus lacayos gestores del dinero. El ciudadano ya no tiene derechos, no es ya el hombre que surgió sobre la sangre del Terror en Francia. Es, simplemente, un pagador del bienestar... de otros.

Desde hace días, escucho frases, palabras y argumentos que me aterrorizan, también. Me sorprendo cabeceando, aturdido, ante gentes y personas de diversos ámbitos, deseando... expresando ideas... visualizando cosas... que, si las describiera aquí, merecerían la aplicación de este artículo del Código Penal. 

Su Código. Sus reglas. Nuestro miedo. Su victoria.

Un saludo,

miércoles, 2 de enero de 2013

9 sombras de un político español (II)

Sigamos la utopía.

Después de dar la campanada, el gobernante que nos tenía acostumbrado a un discurso predecible, monótono y cargante, tuvo que ser retirado de los micrófonos con rapidez. Sabía que se había ganado un castigo impresionante, sin lugar a dudas. Sus palabras habían conmocionado a los patrones que le financiaban. ¡Pero cómo te atreves! decía uno muy rico, dedicado a la ropa. ¡Estás loco! dijo otro, puesto en grandes superficies. ¡Esto es inaudito! dijo el dueño de un banco. Todos ellos se reunieron en consejo apresurado, dejando de lado a los subdelegados propios. Tenían que verse las caras...

Mientras, nuestro gobernante ya disfruta de su primer castigo en la intimidad. Pero otros gobernantes, de repente, sienten una especie de quemazón, de picor incontenible. Y una de ellas, de palabra controlada y popular, hábil y lábil al tiempo, decide ponerse en los micrófonos. Majetes, os vais a enterar...

- Convoco ésta rueda de prensa para informaros a todos de lo que hay. Y lo que hay es un desprestigio increíble de las instituciones, de los representantes y de nuestras maneras de hacer. Yo, aunque parezca retirada, no lo estoy, sigo con preocupación los acontecimientos. Y me pregunto, como hizo Kennedy, que aunque fuera un demócrata tenía frases buenas, ¿qué puedo hacer yo por mi país, no mi país por mí? Por eso me he plantao aquí delante...

Teatralmente, con gestos calculados, de pronto todo se va al garete. Nada, hasta el discurso controladamente incendiario se desparrama y se va al carajo.

- Porque es verdad, es cierto. Los políticos estamos amamandurriaos. Llevamos mucho tiempo chupando del bote, del bote que rellenáis vosotros, la clase media, o bueno, eso es lo que os gusta llamaros, porque sois chusma a fin de cuentas. Chusma que paga y vota. No os disteis cuenta, en vuestro afan por ser libres y con derechos y tal, que renunciasteis a ellos hace treinta años o más... nos los cedisteis, como unas Preferentes, de por vida a unos partidos y sindicatos y organizaciones que gestionan todo para vosotros, pero sin vosotros. ¿Conocéis algún político honesto, franco, real, que haya llegado a un puesto relevante sin ayuda de su Partido? Porque aquí el truco es que el Partido lo es todo, y sin él, no eres nadie... incluso yo, majetes, tengo que estar en un Partido o si no me como los palos de golf. Tú, dáme agua que me quedo seca... (bebe con elegancia populista) Así que os lo digo, ¡fuera ya esas tonterías! A partir de ahora, voy a presentarme por libre, y con un programa sencillo; fin de listas cerradas, de elegir a 150 personas que no conocéis de nada y que votáis porque fulano tiene ojos azules, dijo una frase afortunada o es un chistoso. ¡Al carajo! Voy a hacer una reforma de recorte de los de verdad... leyes que sobran, a cascoporro, y aplicar las que sí funcionan con sentido común. Y cuando esté en el Parlamento, ya veré si el regional o el nacional, aplicaré esas reformas y al día siguiente, todos a votar de nuevo en referéndum, que creo que es una herramienta muy chula. Refrendo de lo que hagamos, o no. Así no seremos desviadores de la voluntad pública, si no transmisores reales de la misma. Eso sí, luego apechugad... a mí no me importaría aplicar lo que digo de verdad, no lo que oculto, como mi sucesor, el interino, je je je, no veáis, qué disgustos me está dando, el tío... pero a lo que vamos. Listas abiertas. Ningún tipo de imposición o mandato imperativo. El que quiera representar a sus ciudadanos, que se lo curre, y desde luego, subvenciones mínimas. Eso sí, la tele y tal, la pública, la que no me gusta, a actuar con igualdad. Nada de "10 minutos unos y 1 minuto otro", nada, todos el mismo tiempo y espacio. Vais a ver qué divertido...

El becario de un gran periódico está mordiendo el lápiz, flipado. El cámara ya no rueda. Una chica con micro se ha quedado pasmada. Están los cuatro gatos contratados por una ETT de noticias, porque el resto, no sabe qué hacer... y entonces, la política remata:

- Majetes, a ver si os enteráis. Si éstos os han hecho la cama por la espalda, dadle la espalda vosotros a ellos y haced las cosas de otra manera. A ver, lo dicho, "no esperéis que otros hagan lo que os corresponde a vosotros"...

- Fin de la segunda sombra -

martes, 1 de enero de 2013

10 sombras de un político español... (I)

Como ahora el sadomaso para mamás está de moda, voy a hacer mi propio plagio. Sadomaso ciudadano para políticos maduritos...

Imaginen el despacho de un gobernante. No digamos nombres. Viste traje y corbata. Tiene que salir a dar una rueda de prensa. Se lee los papeles de sus asesores (tiene medio centenar) y decide que lo que va a leer son chorradas, lugares comunes impuestos por otros. Pero vamos a ver, ¿quién manda aquí? Y se serena, recordando la verdad. Macho, es el juego. Impostamos la democracia y luego ejercemos la representación de la plutocracia que realmente gobierna. No la jodas, llegaste hasta aquí y no hay tu tía. Estas medidas son como son, y hay que adoptarlas. Si no, te vas a enterar...

Con paso firme, sale fuera, se ajusta la chaqueta, los puños, los botones. Y comienza.

- Buenas tardes. Las medias que tenemos aquí provienen de una necesidad sin igual en la historia de España. Por eso, déjenme decirles que no está en mi ánimo imponerlas. De hecho... de hecho, ¡éstas medidas no son las que vamos a llevar a cabo! No, señor. Ustedes nos votaron por un programa que, séanme honestos, ni se habían leído. Tienen cuatro o cinco frasecitas colgando de los oídos y el resto es pura afición futbolera. Pero no les voy a sacar los colores. Una de las medidas estrella de mi gobierno era la de perseguir el fraude. Mi plan resulta ser una tontería. Permitir que los defraudadores tengan la capacidad de perdonar los pecados con un miserable "Ego te absolvo" del Estado. Pues no. Tienen razón. El dinero es dinero. Y si uno no es español, no es patriota, no ama a su país, pues que le jodan. Y muchos evasores son de este estilo. Así que vamos a duplicar las inspecciones fiscales y de evasión. Vamos a apretar a los evasores. Contrataremos a más personal, les daremos incentivos, una organización autónoma cuyo único objetivo sea el de hacer aflorar y pagar los casi 70.000 millones de euros en fraude que hay en España. En tres meses, si este dinero no está de vuelta a las arcas públicas, haremos tal modificación de la legislación que se va a cagar la perra. Y ya que estamos con legislación... ¿no creen que tenemos mucha superflua? Sí, yo también lo imaginaba... pero esperen, que esta es una de las medidas. Una. Merkel se va a tener que persignar. Y Hollande que se apriete los machos, el pavisoso. Van a ver. En cuanto aparezcan los inspectores con las cuentas bien hechas y la pareja de la Guardia Civil, se van a enterar los defraudadores. Con ese dinero... je, con ese dinero empezaremos a hacer cuentas de otra manera.

Boquiabiertos, los periodistas se miran entre sí. No, no puede ser, este hombre ha fumado algo... oye, llama al periódico, que esto no sé si... ah, que ha salido en directo en la tele... ¿no será en Telemadrid? es que así nos ahorramos el disgusto. Ah, que no... pues nada, vamos a tener que dar la noticia... no sé a nuestros jefes si les molará ésto... aunque claro, este tipo tiene poder, ¿no? es el gobernante y todo eso...

- Fin de la primera sombra -

lunes, 31 de diciembre de 2012

¡Fuera caretas!

Pues así de claro. Ni feliz año nuevo ni hostias. ¡A la mierda! ¡Que las cosas cambien de una vez! 

A ver si el año nuevo trae lo que necesitamos de verdad; cambio. Cambio que no nos puede seguir siendo dado por otros, dejando que la inercia nos coma vivos. La inercia y la estancia en la inopia, inopinadamente, inicuamente. Un cambio. ¡Cambio! 

Que los políticos se quiten las caretas, aunque tan importante o más que eso, que los ciudadanos veamos las caras de éstos DE VERDAD. Que nos atrevamos a mirar. A ver. A escuchar. A entender. No a quedarnos en la superficie, cómodamente instalados en nuestra estulticia material.

¡Que haya cambios! No puede ser que el año que empieza, o continúa, o acaba, sea un constante sangrado de todos para lograr mejorar al enfermo. ¡La sangría como método curativo! en el siglo XVIII aun podía creerse en ello, pero varias revoluciones después, me parece que hay que ser muy estúpido o ser complaciente para creerlo...

¡Que entendamos de una vez de qué va todo esto! Porque el nombre "Crisis" está ya en crisis. No, no puede ser, no podemos creer que es así constantemente. Tenemos que entender qué falla, qué está estancado, como un charco sucio e infecto donde crecen los bichos y el paludismo y otras enfermedades. No, no es posible que sigamos eligiendo la ignorancia, pretendiendo eludir siempre la responsabilidad de conocer la verdad. ¡Responsabilidad!

El año puede comenzar con un paso atrás de quienes lo cerraron protestando. Puede parecer que hay recule, huida, abandono. ¡Ni de lejos! Hemos tanteado, probado fragmentariamente, intentado de manera aislada fórmulas de protesta, de solución. Lamerse las heridas de la triste realidad (un estado alejado de sus ciudadanos, protegido por sus fuerzas y cuerpos de seguridad, y la seguridad de su fuerza, así como la inseguridad de su sinrazón...) no debe ser trabajo para mucho tiempo. ¡Cambio!

¡Jóvenes bárbaros de hoy, abandonad los televisores e Internet! ¡Quemad las consolas! ¡Tirad los móviles! ¡Levantad el velo de la realidad, una puta sifílitica, descarnada y roída, y morreadla, comprended sus pústulas, sus grietas, sus bilis! ¡Folláos a los que os sodomizan, dad por el culo a quienes os rompen el vuestro! ¡Que el miedo no lo tengáis vosotros! ¡Que lo tengan quienes os están fallando, follando y destrozando! ¡Si mienten, echadle huevos! ¡Si hacen lo que no deben, oponeos! ¿Y cómo? ¡SABÉIS CÓMO!

Si no buscáis el cambio, si aceptáis la situación, si preferís vivir cómodamente instalados en la desasosegante pero agradable conformidad, si queréis gritar, hablar y dar palique pero no mover las manos, los pies y el cuerpo, entonces... ¡QUE OS JODAN!

Y diréis, ¡tú qué! Yo estoy harto de gritar, de usar palabras, de abrir la boca como un pez y boquear en el silencio. Por eso, porque no puedo hacer nada de lo que pienso solo, necesito ver movimiento. Necesito ver una riada de gente yendo a los lugares que siempre apunté con mi dedo. Si veo esa masa, individual, colectivamente consciente, entonces caminaré, iré por el mismo sitio. Y recordad; el agua siempre pasa. Hasta la roca más dura se disuelve. Con ese agua o, mayormente, con dinamita.

No esperéis a que otros resuelvan vuestros problemas, pues son VUESTROS PROBLEMAS. No los de ellos...

¡CAMBIO!

martes, 25 de diciembre de 2012

Navidad...

Llegan estas fechas "tan entrañables" que tienen un común denominador; el arrejuntamiento de los miembros del clan familiar en torno a hogar, consumiendo los alimentos recolectados a lo largo del año en un festín proteico, grasuzo y pantagruélico, necesario para combatir el fuego. Y todo se hace por lo que se hace, por tradición.

Una tradición que no es cristiana. Es sedentarista desde los tiempos en que el ser humano comenzó a cultivar, a crear hogares estables y a vivir controlando un territorio, en lugar de atravesarlo. Más o menos, esto comenzó en Mesopotamia y luego se traslado a Europa, hace unos 12.000 años, siglo arriba o abajo. Que luego se adorne de mil maneras y se le llame, desde que tenemos tradición escrita, culto a Sol Invictus, a Marduk o a Horus, da igual. Eso es el revestimiento. Los mitos son eso, mitos creados por el hombre. Algunos triunfan y se les da categoría de "religión". Hoy convivimos con un mito convertido en religión, el cristianismo.

Lo curioso es cómo la historia es la misma en cuanto a sus factores. A sus hechos concretos. El buen historiador marxista hablaría de infraestructura. Yo simplemente hablo de repetición, de farsa constante. Generación tras generación, como en una versión larga del "teléfono escacharrado", transmitimos falsedades útiles en principio para un fin concreto pero que luego han ido adaptándose y modificándose. Los memes, o los memos, puede ser. A veces, cuando una generación se corta abruptamente por la muerte en guerras o epidemias, se ve claramente la creación de una nueva falsedad. La adopción de la cultura de los vencedores, la creación de una nueva... somos animalicos sociales. Necesitamos mentiras que lubriquen nuestro entorno.

Yo aborrezco la Navidad, lo que significa y lo que es, para muchos. Para mí, individualmente, es recuerdo de discusiones familiares, de tristezas, de dolores de cabeza, de malas noticias, de muertes crueles, de obligaciones que no deseaba tomar ni respetar. Mi iconoclastia puede datarse en comienzo allá por los años 80, con siquiera 8 o 9 o 10 años, cuando decidí llevarme una figura de un Belén. Luego adopté la costumbre de que fuera un romano, una manía como otra cualquiera, o de poner al soldado romano apuntando al niño en el pesebre. También la de mangar una bolita de adorno de árbol, o tantas otras que tuvieron efímero comportamiento. No hice de ello una tradición. Los días de comilona me encerraba en mi cuarto, donde leía o escuchaba música, y salía justo para cenar, comer, pasar un rato y luego huir de nuevo. El momento de fin, de conclusión, era en el año nuevo. Con mi hermano, salíamos al balcón de casa y saludábamos al año entrante con un grito de las entrañas, desde las tripas, aullando con mucha fuerza. Liberábamos tensión. Después venía el día de año nuevo, donde solía darme un paseo entre los despojos de la fiesta. Tuve como tradición unos cuantos años quedar con un amigo y ver una película, elegida por uno u otro alternativamente, hasta que comenzamos a quedar con más gente en sus casas. Una mejora. Lo prefería a salir a una fiesta absurda, innecesaria, molesta y frustrante. Otros años los pasé leyendo un buen libro en la cama, elegido para el momento. Éste, me parece, lo pasaré en mi casa, con mi mujer, tranquilos, y quizá con visita de algún amigo.

Aborrezco éstas fechas. Fechas de colonias y solidaridad en la televisión. De felicitaciones que prefiero hacer el resto del año. De comidas, alcohol, excesos y abandono. Ligereza calculada, libertad vigilada.

Un saludo,

sábado, 22 de diciembre de 2012

Querido político mío...

... estoy preocupado. Mucho. Realmente, mucho. Desde hace tiempo, te observo, en el Congreso de los Diputados, oculto en el Senado, aislado en la Asamblea de Madrid. Te veo en la televisión, leo tus declaraciones en medios impresos e internet. Escucho lo que dices, en la radio. Suelo informarme de lo que suelen dejar informar los medios. Y me preocupa.

Tu valoración es baja, la media no supera el aprobado. En un colegio, estarías repitiendo curso. Y quizá por eso haces esas reformas en educación. Pero la peor parte la llevas en la calle. Tienes gente protestando todos los días. Frente al Congreso. Frente a los Ministerios. Frente a la Asamblea y Consejerías. Hay convocatorias de huelga, manifestaciones, pitadas, pancartas. La calle está incendiada. Y lo peor es que, aunque se dirijan en su mayoría contra el político que gobierna (sueles ser del PP) ninguno lo hace por confianza hacia los otros (sean del PSOE o de cualquier otro partido).

Se supone que estás para representarnos a los ciudadanos. Que te hemos delegado un voto, en unas elecciones, para realizar un programa político que, sinceramente, tú sabes que nos leemos muy poquitos. Vives de las declaraciones brillantes del momento, algunas inventadas, otras pensadas. Lo que expones en folletos y programas no tienen el valor de un contrato o de un folleto de la CNMV. No cotizáis en Bolsa, lo hacéis en la urna. Y cuando ésta os da el voto... olvidáis, si tenéis la mayoría, durante cuatro años, a quienes os cedieron temporalmente su representación. Te recuerdo que la Constitución (a la que sueles aludir con pomposa gravedad cuando te interesa) dice en su artículo 1.2, que "la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del estado". Esto es, no eres un poder en tí mismo, lo eres porque hemos decidido que lo seas.

Pero, ah, el gran problema... tú sueles ir en una lista. Salvo los primeros nombres, famosos, conocidos, publicitados, tú puedes ser un apellido tapado en una lista que no sabías si saldría. Puede que hayas entrado de chiripa, tras años de esfuerzo en una localidad concreta, moviéndote aquí y allá, prometiendo, zalamero, todo tipo de apoyos a éste o aquel, o presentándote como el adalid de unos y otros. Es casi seguro que has bregado en el partido, buscando el apoyo del partido, afirmándote dentro del partido. Y has olvidado que no eres un miembro de un partido, sin más. Eres un político. Un representante de un colectivo más amplio. Los ciudadanos.

Por eso algunos se acuerdan de otra cosa que dice en la Constitución (la Biblia que agitáis de cuando en cuando) en su artículo 67.2, y es que "Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo." Si eres un diputado, o un senador, no tienes por qué votar lo que dicta tu partido. Sí, es cierto, llegaste ahí por esa razón. Pero te votaron ciudadanos. Sin su voto, no eres miembro de esos parlamentos. Recuérdalo.

Claro que me puedes responder, "si logro entrar y encima con mayoría absoluta, tranquilo; ya me aseguro el futuro. Dejaré en manos de amigos y empresarios varios los mejores negocios y asuntos, y luego ellos me recibirán con los brazos abiertos." Es posible que sí, que te sepas esa parte de la Iliada. El caballo de Troya. Pero entonces, amigo político... no eres un político.

La ciudadanía está viendo cómo hay colectivos enfadados, claramente hostiles, contra los gobiernos en los que formas parte. Y está pensando en cómo, tras varias décadas, se ha dejado secuestrar. Ojo, no eres tú el primero. Empezó con un tal Suárez, siguió con su breve sucesor, Calvo-Sotelo, y llegó la "década" de González. Después, uno de los más odiados, Aznar, y tras él, Zapatero, aun más odiado. Ahora está Rajoy. El ciudadano que dedica unos minutos a pensar, se queda perplejo. Abre los ojos, las orejas y la boca con un "¡Oh!" exclamativo, refunfuñando un "¿cómo llegamos a ésto?". Y sabe la respuesta, lo sabe bien. Pero hay un factor que os ayuda mucho. Nuestra falta de cultura. En todos los sentidos.

Sí, siempre habrá grupos críticos, incluso muy respondones. Pero son facilmente evidenciables. Si son muchos, podéis hacer como el otro día Ignacio González, presidente no electo de la Comunidad de Madrid, con ayuda de la Delegada del Gobierno, Cristina Cifuentes; llevar una manifestación a favor de la Sanidad pública y en contra de los planes privatizadores por calles y recodos alejados de la Asamblea donde impostábais un teatro democrático. Sin embargo, eso no impidió que varios cientos, un par de miles, quizá, llegáramos a la misma y pudiéramos corear gritos en contra de vuestro juego. Y nos vísteis, fuísteis a ver a esa muchedumbre, esa masa negra que puede derivar en oclocracia según vosotros. Si sabéis lo que significa el término. Pero lo lográsteis; apenas trascendió. Los miles de médicos, enfermeras, sanitarios y no sanitarios, pacientes y ciudadanos que formaban parte de aquella manifestación, quedaron perplejos al sentirse criminalizados por la policía. Fue curioso.

Porque tenéis a la policía y demás Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado (qué bien suena, así dicho...) bajo vuestro control. Y aseguráis que es para proteger el normal funcionamiento de las instituciones. Vaya, si es que muchos ciudanos van a gritaros de pura impotencia, porque no saben ya qué cauce es el adecuado. No respondéis a periodistas (cada día más sumisos y serviles) ni tampoco proporcionáis datos concretos (valga el ejemplo de Lasquetty, incapaz en 50 días de decir cómo ahorra dinero su plan para la Sanidad, salvo cuando le han obligado un puñado de médicos que se han leído la ingente cantidad de BOCM y documentos públicos para espantarse...) y mucho menos admitís los gritos colectivos, prefiriendo el silencio, para vosotros mayoritario y aprobatorio, de quienes no saben, no tienen tiempo o tienen miedo o incapacidad para protestar.

Querido político mío; no creo que lleguéis todos juntos al medio millón en España, chupando del bote, como afirman unos cuantos. No, no salen las cuentas, entre parlamentos y demás. No llegáis a cien mil. Y muchos ni siquiera cobran en ayuntamientos, donde ejercen como un verdadero Zoon Politikon de los de Aristóteles (griegos... ya sé, ya sé, molestan). Pero mi duda, mi gran duda, es si llamarte siquiera "político".

Un político, según la RAE, "interviene en las cosas del gobierno y negocios del Estado." Eso lo hacemos todos, como indica en otra acepción, ejerciendo la "actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo." Por tanto, político, eres ciudadano, y como ciudadano, si llegaste aquí, te darás cuenta de la implicación que eso tiene. 

Así pues, querido ciudadano mío...

martes, 4 de diciembre de 2012

El fin de una edad.

Ayer miraba con ojos tristes el Puente de Toledo. Hacía frío, y la roca porosa seguía siendo áspera y sucia. El cielo gris, la superficie alisada con placas y los escasos árboles, esqueléticos, parecían servir de marco para la puerta de la muerte. En otoño, casi invierno, esto es habitual.

Cumplí 36 años no hace mucho. Una edad que, a los 20, se me antojaba casi de anciano. Recuerdo a los que comenzaban la treintena como si fueran mitos. Casados, con hijos, trabajo, hipoteca, coche... "no quiero eso", pensaba. Pero quería casi todo eso. Mientras, jugaba. Jugaba mucho. Jugaba a estudiar, a ser adulto, a hacerme mayor y a creer en la madurez. Jugaba a crear mis redes sociales, de la forma vieja, sin internet, con un teléfono fijo en casa, horas de llamada y horas en las que la ausencia se entendía natural. Jugaba mucho, y aprendí a conocer a los demás jugadores.

Un juego que siempre me ha gustado es el del rol. Llevo más de un cuarto de siglo practicándolo, y como buen aficionado, sigo jugando con defectos, fallos y vicios. También me pasa con el baloncesto, coincidente en el tiempo de práctica. Jugar requiere amigos, y los amigos, afinidad. Yo tenía muchos conocidos a los que llamaba sin reparo alguno amigos, y amigos a los que aun no conocía. El tiempo siempre destila, pero entonces uno bebe a grandes tragos.

En aquellos años, uno podía levantarse a las 11 de la mañana, holgazanear, perder el tiempo. Podía ir o no ir a las clases de la Universidad, podía salir de paseo, perderse entre calles y visitar tiendas sin ánimo, ni dinero, para comprar. Todo era flexible. Se veía a un tipo trajeado, aspirante a yuppie, corriendo con frenética desesperación, y uno se reía. Era lejano, un universo paralelo. Todo tenía atractivo, sí, pero también uno creía saber las líneas que no hay que cruzar.

En aquellos años, las noches eran interminables, y dormir era innecesario, pero no soñar. Siempre soñábamos. Algunos más que otros, otros menos de lo debido. Todos los días eran de descubrimiento, o, mejor aun, de dilapidar las horas a manos llenas, como ricos sin tasa. El tiempo no tenía fin. Las horas eran infinitas. La luz siempre brillaba y la sonrisa vivía instalada en el rostro. El pasado maquilla también aquellas caras, pero éramos jóvenes, conscientemente inconscientes, hijos de una clase media acomodada con maneras de revolucionarios de todo tipo; conservadores, hedonistas, radicales de izquierda o transeúntes.

Poco a poco, esas luces se han ido apagando. Incluso en los días de verano, largos y morosos, todo discurre más deprisa. Es como aquel ejecutivo vestido a la moda de los 90, maletín y melenita, puños y chaquetas vistosas. Sigue corriendo, incapaz de tener un minuto. Los hombres de gris se lo han quedado todo. Y el tiempo, ese valioso don, ese recurso mayor, se ha convertido en un bien tasado, limitado. Horarios, fechas, límites, preparativos... agendas, preavisos, alarmas... ya no existe el placer de la improvisación, de tocar un timbre y visitar a un amigo recién despertado de su siesta. Ya no hay decisión de última hora que conduce a horas largas sin dormir y conversaciones interminables, fogosas, arrebatadas. 

Ahora solamente queda la apatía, la desgana, la pereza. El deber que agota y genera esos sentimientos. Es el fin de una edad, de una idea, de una rebelión. La del tiempo. Y ahora... se siente la madurez, pero entendida como dolor, como umbral del destino. Olisqueando el aire, percibimos la extinción, la muerte. Y olvidamos las canciones del pasado pensando en las tallas en piedra del futuro. El presente... se hace lento, maquinal, tedioso. La edad es un corte, un límite falso e inexacto. Pero es.

No debería costar tomar aire y cerrar los ojos y sentirse de nuevo como entonces. Pero requiere tiempo para olvidar el tiempo y ganas de tener ganas. Pide ilusión, pide soñar, pide equivocarse y no sentir vergüenza o miedo. El fin de toda edad no es más que el comienzo de otra. Y todo fluye igual, todo continúa, constante, agua siempre fresca de arroyo vírgen.

Quiero beber hasta saciarme, pues nunca me hartaré.

Un saludo,

domingo, 18 de noviembre de 2012

Observando.

Jordi Évole tiene la rara cualidad de mostrar la realidad casi de manera socrática. Preguntando, como si no supiera nada (esto es, como muchos de sus espectadores) y obteniendo respuestas que alarman por su sencillez.

"Salvados" lleva ya unos años haciendo crítica completa a la España actual. Hoy domingo nos habla del oligopolio de las grandes eléctricas y petroleras, y otros días mostró los escándalos financieros (impagable la entrevista a Gay de Liébana) políticos varios, de infraestructuras, de las televisiones públicas, los ataques a los controladores aéreos, los funcionamientos de la policía, el ejército o la iglesia en España... ha tocado todos los temas y de todos ha entresacado un pedazo de la España de hoy. Y da miedo.

No tiene tanta audiencia. En un día bueno, tiene un 10% de la tele del domingo. Eso quiere decir que el 90% restante de los que ven la tele ese día prefieren series, dramas, chorradas de todo tipo o lo que sea. No. No es un Pepito Grillo multitudinario. Es como los documentales de La2, que todos ven, pero nadie recuerda. Salvo los convencidos.

Pero al menos, observa y muestra. Sobre todo, conduce al entrevistado a revelar la verdad. A decir lo que nunca se dice. A confirmar lo que intuimos pero no tienen cojones de decirnos a la cara. Y como parece un programa humorístico, creen que pierde fuerza así la revelación. Y puede que tengan razón. Ese 90% de audiencia en otros sitios lo demuestra. España, país de encogimiento de hombros y visita al evento festivo de turno.

La política parece agotarnos a todos y no interesar a nadie. Pero es falso. Todos, siempre, hacemos política. Por acción o inacción. Y hacemos política porque somos un zóon politikón, como dijo Aristóteles. Un animal público.

Hace poco he participado, más tibia que acaloradamente, en un tema de especial trascendencia. La privatización de la Sanidad en la Comunidad de Madrid. El anteproyecto de ley que ha publicitado el Gobierno interino de González, con objeto de ser aprobada en los Presupuestos, es la piqueta final de derribo de todo un sistema que lleva sufriendo los embates y fisuras propios de un sistema acosado por los especuladores. Es sencillo; la Sanidad no da beneficios económicos. Por tanto, es pública por la necesidad de dar beneficios sociales. Pero sí dan beneficios la construcción desaforada de centros hospitalarios y de salud y la gestión ratera de los mismos, pagados con fondos públicos (algo similar a los colegios concertados, otro tema escandaloso aceptado en España como si nada) que se obtienen de todos para beneficio de unos pocos. Más de 20 hospitales de los 30 que hay en Madrid estamos llevando a cabo protestas en la calle, encierros, manifestaciones como la de hoy y acciones como las futuras jornadas de huelga que se llevarán a cabo. La Princesa es el emblema de la lucha (al menos, así quiere venderse en medios como El País) pero la realidad es que la lucha es por la pervivencia de un cimiento del Estado de Bienestar. La salud.

Bien, mañana me iré una semana fuera. Cuando regrese, tengo miedo de encontrarme lo que ya preveo. Despidos masivos (puede que hasta 8.000 profesionales, unos 500 en mi centro) recortes mayores en forma de aumento de horas (de 37,5 actuales a 40) o eliminación de complementos, aumento de pacientes a tratar con menos personal... y todo en un entorno hostil de empresas privadas que escatimarán en reactivos, vendas, material sanitario y otras necesidades básicas para un buen servicio. Hay una fuerte corriente desde hace años donde "privatización" parece significar "mejora en la calidad", cuando significa, simple y llanamente, "empeoramiento de la calidad, bajar los costes para aumentar los beneficios".

No, no se confundan. Privatizar un sector clave es destruirlo. Es eliminar el beneficio social de todos, a cambio de ceder un beneficio económico a unos pocos. Y los mismos que gestionan lo público, son quienes lo están haciendo.

Tampoco se confundan. La ley que permitía la privatización de hospitales y centros sanitarios la aprobó Joaquín Leguina. Del PSOE. No he dicho socialista. Del PSOE.

Observando, como hace Jordi Évole, puede uno darse cuenta de todas las cosas que nos rodean. El entramado oligárquico en España de pocas familias, empresas y personalidades que gobiernan un estado de las cosas cerrado a cal y canto. El uso de voces y términos pervirtiendo su significado real (libertad, público, competencia, esfuerzo...) cuando no directamente modificándolo. La gran estafa de una maquinaria donde da miedo tocar alguna pieza porque, si se hace, todo puede caerse y ser luego complejo rearmar un mecano. Falso. Los seres humanos llevamos, desde el sedentarismo, hace ya unos 12.000 años, jugando con las piezas. No es difícil. Lo complejo es mantener lo que funciona y reparar lo que no, sustituyendo, eliminando o mejorándolo.

Miro, y, a pesar de intuir, saber incluso, estas pequeñas verdades, el 90% seguirá encogiéndose de hombros, mirando a otro lado y buscando el espectáculo más cercano en el que evadirse. Y ellos harán entonces política. Por inacción.

El mundo es de ellos. Da miedo pensar en el modo de sacudir sus conciencias...

Un saludo,

domingo, 28 de octubre de 2012

Enmudecer

Posiblemente, cuando uno no tiene palabras para describir un pensamiento, es que no hay pensamiento real. En esos casos, si es honesto, enmudece. Calla. Si por el contrario no es honesto, puede hablar, usar todo tipo de verbos, sustantivos y adjetivos, en un afan de, quién sabe, mentir, o, quién sabe, aproximarse a tal o cual idea. Hay más deshonestos que honestos. 

Somos hijos de una cultura, y dentro de ella, de un sistema de valores. Esos valores nos indican qué situamos más alto en la pirámide y qué consideramos menos importante. Jerarquizamos. Los valores son susceptibles de cambio. Hoy podemos considerar la vida poco importante, y mañana defenderla a ultranza desde posiciones a cual más radical. Ayer podemos creer en el egoísmo, motor indiscutible de la riqueza, y hoy denostarlo absolutamente. Los valores no son inmutables. Tampoco la cultura.

Dentro de la cultura, hay que prestar especial atención al vehículo que la transmite. El lenguaje. Éste, con sus múltiples diferencias regionales, producto de una larguísima evolución de los sonidos y su transcripción, tiene sin embargo una importancia fundamental. La tiene porque el lenguaje es limitado. No siempre hay palabras exactas para expresar una idea. El pensamiento abstracto requiere, como he dicho al inicio, de su descripción. Si no, no existe. Y si ya el lenguaje es limitado, sumado ésto a la capacidad más o menos amplia, o no, del que lo usa, pueden imaginar cuánto se pierde por el camino y las confusiones generadas. Vaya, Platón estaría encantado. Yo, no.

Así pues, hay que buscar, dentro del lenguaje, que ya nos limita, la forma de expresar la idea, zarandeada por los valores que conforman nuestra cultura, y, por último, encima, la capacidad receptiva de quienes han de escuchar esa idea y, ojalá, comprenderla. Toda una proeza.

La cultura, por tanto, es un bien de intercambio que se adultera más que un kilo de cocaín antes de su puesta en venta.

Siempre he pensado que la cultura es un absoluto que trasciende territorios, desconoce fronteras imaginarias, de las marcadas por el hombre, y, encima, no tiene un lenguaje único. Sí, es cierto que los humanos, según lo que aprendimos, sabemos usar éste o aquel sonido, y otros no. Habilidad de especie. El lenguaje es pluriforme. Su contenido, aun más.

Quizá soy atrevido. Pero tengo que decirlo. Mi cultura no es mi tierra. Es lo que he captado, lo que he comprendido y lo que no. Son las películas de Estados Unidos, de Gran Bretaña, de Canadá, de Francia, de Alemania, de Egipto, de Japón, de Rusia, de la India, de Italia, de Grecia o Portugal. Son los escritos de Baroja, de Muñoz Molina, de Gramsci, de Chandler, de Lovecraft, de Nabokov, de Conrad, de Simon Leys, de Luciano de Samosata, de decenas de autores, ensayistas, historiadores, narradores de todo tipo. Mi cultura es la música que disfruto, escocesa, irlandesa, turca, árabe, klezmer; decenas de grupos de diferentes lugares. Es aquello que pude aprehender, por estar en un idioma que domino o al menos, con esfuerzo, entiendo en parte. Y mi cultura es el bagaje interior, la posibilidad de recurrir a los lugares donde ampliarlo, o donde reformarla. Es un patrimonio intangible, a veces absurdo, otras innecesario, las más anecdótico. Mi cultura es mi herencia, la que yo he querido recibir, no la legada por otros obligadamente. Mi lenguaje es parte de mi cultura, y si ésta no está atada a un territorio...

He decidido ser de muchos sitios, y sería de más si pudiera. No me importaría vivir en diferentes ciudades, en otros países, en lugares distantes. También aprecio vivir cerca de las personas a las que quiero. Lo único que nos impide ser de cualquier lugar es nuestro miedo.

Miedo a ser más de lo que nos dicen que somos. Porque es la imagen que otros forjan de nosotros lo que suele mostrársenos como real. Y es una grotesca falsedad, como las que describía Valle-Inclán sobre los espejos deformantes del callejón del Gato. No nos vemos en los demás, vemos lo que ellos nos dicen que ven. Para vernos a nosotros mismos, no hace falta más que un espejo y honestidad.

Naces por accidente, pero eres de donde decidas ser.

Y por eso, ahora mismo, cuando me pregunten sobre algunas cuestiones de actualidad, estoy pensando que, por mi parte, lo más honesto y menos ofensivo es, simplemente, callar, pero no enmudecer.

Eso, quizá, más adelante y por otras cuestiones.

Un saludo,