Buscar dentro de este batiburrillo

martes, 25 de diciembre de 2012

Navidad...

Llegan estas fechas "tan entrañables" que tienen un común denominador; el arrejuntamiento de los miembros del clan familiar en torno a hogar, consumiendo los alimentos recolectados a lo largo del año en un festín proteico, grasuzo y pantagruélico, necesario para combatir el fuego. Y todo se hace por lo que se hace, por tradición.

Una tradición que no es cristiana. Es sedentarista desde los tiempos en que el ser humano comenzó a cultivar, a crear hogares estables y a vivir controlando un territorio, en lugar de atravesarlo. Más o menos, esto comenzó en Mesopotamia y luego se traslado a Europa, hace unos 12.000 años, siglo arriba o abajo. Que luego se adorne de mil maneras y se le llame, desde que tenemos tradición escrita, culto a Sol Invictus, a Marduk o a Horus, da igual. Eso es el revestimiento. Los mitos son eso, mitos creados por el hombre. Algunos triunfan y se les da categoría de "religión". Hoy convivimos con un mito convertido en religión, el cristianismo.

Lo curioso es cómo la historia es la misma en cuanto a sus factores. A sus hechos concretos. El buen historiador marxista hablaría de infraestructura. Yo simplemente hablo de repetición, de farsa constante. Generación tras generación, como en una versión larga del "teléfono escacharrado", transmitimos falsedades útiles en principio para un fin concreto pero que luego han ido adaptándose y modificándose. Los memes, o los memos, puede ser. A veces, cuando una generación se corta abruptamente por la muerte en guerras o epidemias, se ve claramente la creación de una nueva falsedad. La adopción de la cultura de los vencedores, la creación de una nueva... somos animalicos sociales. Necesitamos mentiras que lubriquen nuestro entorno.

Yo aborrezco la Navidad, lo que significa y lo que es, para muchos. Para mí, individualmente, es recuerdo de discusiones familiares, de tristezas, de dolores de cabeza, de malas noticias, de muertes crueles, de obligaciones que no deseaba tomar ni respetar. Mi iconoclastia puede datarse en comienzo allá por los años 80, con siquiera 8 o 9 o 10 años, cuando decidí llevarme una figura de un Belén. Luego adopté la costumbre de que fuera un romano, una manía como otra cualquiera, o de poner al soldado romano apuntando al niño en el pesebre. También la de mangar una bolita de adorno de árbol, o tantas otras que tuvieron efímero comportamiento. No hice de ello una tradición. Los días de comilona me encerraba en mi cuarto, donde leía o escuchaba música, y salía justo para cenar, comer, pasar un rato y luego huir de nuevo. El momento de fin, de conclusión, era en el año nuevo. Con mi hermano, salíamos al balcón de casa y saludábamos al año entrante con un grito de las entrañas, desde las tripas, aullando con mucha fuerza. Liberábamos tensión. Después venía el día de año nuevo, donde solía darme un paseo entre los despojos de la fiesta. Tuve como tradición unos cuantos años quedar con un amigo y ver una película, elegida por uno u otro alternativamente, hasta que comenzamos a quedar con más gente en sus casas. Una mejora. Lo prefería a salir a una fiesta absurda, innecesaria, molesta y frustrante. Otros años los pasé leyendo un buen libro en la cama, elegido para el momento. Éste, me parece, lo pasaré en mi casa, con mi mujer, tranquilos, y quizá con visita de algún amigo.

Aborrezco éstas fechas. Fechas de colonias y solidaridad en la televisión. De felicitaciones que prefiero hacer el resto del año. De comidas, alcohol, excesos y abandono. Ligereza calculada, libertad vigilada.

Un saludo,

sábado, 22 de diciembre de 2012

Querido político mío...

... estoy preocupado. Mucho. Realmente, mucho. Desde hace tiempo, te observo, en el Congreso de los Diputados, oculto en el Senado, aislado en la Asamblea de Madrid. Te veo en la televisión, leo tus declaraciones en medios impresos e internet. Escucho lo que dices, en la radio. Suelo informarme de lo que suelen dejar informar los medios. Y me preocupa.

Tu valoración es baja, la media no supera el aprobado. En un colegio, estarías repitiendo curso. Y quizá por eso haces esas reformas en educación. Pero la peor parte la llevas en la calle. Tienes gente protestando todos los días. Frente al Congreso. Frente a los Ministerios. Frente a la Asamblea y Consejerías. Hay convocatorias de huelga, manifestaciones, pitadas, pancartas. La calle está incendiada. Y lo peor es que, aunque se dirijan en su mayoría contra el político que gobierna (sueles ser del PP) ninguno lo hace por confianza hacia los otros (sean del PSOE o de cualquier otro partido).

Se supone que estás para representarnos a los ciudadanos. Que te hemos delegado un voto, en unas elecciones, para realizar un programa político que, sinceramente, tú sabes que nos leemos muy poquitos. Vives de las declaraciones brillantes del momento, algunas inventadas, otras pensadas. Lo que expones en folletos y programas no tienen el valor de un contrato o de un folleto de la CNMV. No cotizáis en Bolsa, lo hacéis en la urna. Y cuando ésta os da el voto... olvidáis, si tenéis la mayoría, durante cuatro años, a quienes os cedieron temporalmente su representación. Te recuerdo que la Constitución (a la que sueles aludir con pomposa gravedad cuando te interesa) dice en su artículo 1.2, que "la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del estado". Esto es, no eres un poder en tí mismo, lo eres porque hemos decidido que lo seas.

Pero, ah, el gran problema... tú sueles ir en una lista. Salvo los primeros nombres, famosos, conocidos, publicitados, tú puedes ser un apellido tapado en una lista que no sabías si saldría. Puede que hayas entrado de chiripa, tras años de esfuerzo en una localidad concreta, moviéndote aquí y allá, prometiendo, zalamero, todo tipo de apoyos a éste o aquel, o presentándote como el adalid de unos y otros. Es casi seguro que has bregado en el partido, buscando el apoyo del partido, afirmándote dentro del partido. Y has olvidado que no eres un miembro de un partido, sin más. Eres un político. Un representante de un colectivo más amplio. Los ciudadanos.

Por eso algunos se acuerdan de otra cosa que dice en la Constitución (la Biblia que agitáis de cuando en cuando) en su artículo 67.2, y es que "Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo." Si eres un diputado, o un senador, no tienes por qué votar lo que dicta tu partido. Sí, es cierto, llegaste ahí por esa razón. Pero te votaron ciudadanos. Sin su voto, no eres miembro de esos parlamentos. Recuérdalo.

Claro que me puedes responder, "si logro entrar y encima con mayoría absoluta, tranquilo; ya me aseguro el futuro. Dejaré en manos de amigos y empresarios varios los mejores negocios y asuntos, y luego ellos me recibirán con los brazos abiertos." Es posible que sí, que te sepas esa parte de la Iliada. El caballo de Troya. Pero entonces, amigo político... no eres un político.

La ciudadanía está viendo cómo hay colectivos enfadados, claramente hostiles, contra los gobiernos en los que formas parte. Y está pensando en cómo, tras varias décadas, se ha dejado secuestrar. Ojo, no eres tú el primero. Empezó con un tal Suárez, siguió con su breve sucesor, Calvo-Sotelo, y llegó la "década" de González. Después, uno de los más odiados, Aznar, y tras él, Zapatero, aun más odiado. Ahora está Rajoy. El ciudadano que dedica unos minutos a pensar, se queda perplejo. Abre los ojos, las orejas y la boca con un "¡Oh!" exclamativo, refunfuñando un "¿cómo llegamos a ésto?". Y sabe la respuesta, lo sabe bien. Pero hay un factor que os ayuda mucho. Nuestra falta de cultura. En todos los sentidos.

Sí, siempre habrá grupos críticos, incluso muy respondones. Pero son facilmente evidenciables. Si son muchos, podéis hacer como el otro día Ignacio González, presidente no electo de la Comunidad de Madrid, con ayuda de la Delegada del Gobierno, Cristina Cifuentes; llevar una manifestación a favor de la Sanidad pública y en contra de los planes privatizadores por calles y recodos alejados de la Asamblea donde impostábais un teatro democrático. Sin embargo, eso no impidió que varios cientos, un par de miles, quizá, llegáramos a la misma y pudiéramos corear gritos en contra de vuestro juego. Y nos vísteis, fuísteis a ver a esa muchedumbre, esa masa negra que puede derivar en oclocracia según vosotros. Si sabéis lo que significa el término. Pero lo lográsteis; apenas trascendió. Los miles de médicos, enfermeras, sanitarios y no sanitarios, pacientes y ciudadanos que formaban parte de aquella manifestación, quedaron perplejos al sentirse criminalizados por la policía. Fue curioso.

Porque tenéis a la policía y demás Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado (qué bien suena, así dicho...) bajo vuestro control. Y aseguráis que es para proteger el normal funcionamiento de las instituciones. Vaya, si es que muchos ciudanos van a gritaros de pura impotencia, porque no saben ya qué cauce es el adecuado. No respondéis a periodistas (cada día más sumisos y serviles) ni tampoco proporcionáis datos concretos (valga el ejemplo de Lasquetty, incapaz en 50 días de decir cómo ahorra dinero su plan para la Sanidad, salvo cuando le han obligado un puñado de médicos que se han leído la ingente cantidad de BOCM y documentos públicos para espantarse...) y mucho menos admitís los gritos colectivos, prefiriendo el silencio, para vosotros mayoritario y aprobatorio, de quienes no saben, no tienen tiempo o tienen miedo o incapacidad para protestar.

Querido político mío; no creo que lleguéis todos juntos al medio millón en España, chupando del bote, como afirman unos cuantos. No, no salen las cuentas, entre parlamentos y demás. No llegáis a cien mil. Y muchos ni siquiera cobran en ayuntamientos, donde ejercen como un verdadero Zoon Politikon de los de Aristóteles (griegos... ya sé, ya sé, molestan). Pero mi duda, mi gran duda, es si llamarte siquiera "político".

Un político, según la RAE, "interviene en las cosas del gobierno y negocios del Estado." Eso lo hacemos todos, como indica en otra acepción, ejerciendo la "actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo." Por tanto, político, eres ciudadano, y como ciudadano, si llegaste aquí, te darás cuenta de la implicación que eso tiene. 

Así pues, querido ciudadano mío...

martes, 4 de diciembre de 2012

El fin de una edad.

Ayer miraba con ojos tristes el Puente de Toledo. Hacía frío, y la roca porosa seguía siendo áspera y sucia. El cielo gris, la superficie alisada con placas y los escasos árboles, esqueléticos, parecían servir de marco para la puerta de la muerte. En otoño, casi invierno, esto es habitual.

Cumplí 36 años no hace mucho. Una edad que, a los 20, se me antojaba casi de anciano. Recuerdo a los que comenzaban la treintena como si fueran mitos. Casados, con hijos, trabajo, hipoteca, coche... "no quiero eso", pensaba. Pero quería casi todo eso. Mientras, jugaba. Jugaba mucho. Jugaba a estudiar, a ser adulto, a hacerme mayor y a creer en la madurez. Jugaba a crear mis redes sociales, de la forma vieja, sin internet, con un teléfono fijo en casa, horas de llamada y horas en las que la ausencia se entendía natural. Jugaba mucho, y aprendí a conocer a los demás jugadores.

Un juego que siempre me ha gustado es el del rol. Llevo más de un cuarto de siglo practicándolo, y como buen aficionado, sigo jugando con defectos, fallos y vicios. También me pasa con el baloncesto, coincidente en el tiempo de práctica. Jugar requiere amigos, y los amigos, afinidad. Yo tenía muchos conocidos a los que llamaba sin reparo alguno amigos, y amigos a los que aun no conocía. El tiempo siempre destila, pero entonces uno bebe a grandes tragos.

En aquellos años, uno podía levantarse a las 11 de la mañana, holgazanear, perder el tiempo. Podía ir o no ir a las clases de la Universidad, podía salir de paseo, perderse entre calles y visitar tiendas sin ánimo, ni dinero, para comprar. Todo era flexible. Se veía a un tipo trajeado, aspirante a yuppie, corriendo con frenética desesperación, y uno se reía. Era lejano, un universo paralelo. Todo tenía atractivo, sí, pero también uno creía saber las líneas que no hay que cruzar.

En aquellos años, las noches eran interminables, y dormir era innecesario, pero no soñar. Siempre soñábamos. Algunos más que otros, otros menos de lo debido. Todos los días eran de descubrimiento, o, mejor aun, de dilapidar las horas a manos llenas, como ricos sin tasa. El tiempo no tenía fin. Las horas eran infinitas. La luz siempre brillaba y la sonrisa vivía instalada en el rostro. El pasado maquilla también aquellas caras, pero éramos jóvenes, conscientemente inconscientes, hijos de una clase media acomodada con maneras de revolucionarios de todo tipo; conservadores, hedonistas, radicales de izquierda o transeúntes.

Poco a poco, esas luces se han ido apagando. Incluso en los días de verano, largos y morosos, todo discurre más deprisa. Es como aquel ejecutivo vestido a la moda de los 90, maletín y melenita, puños y chaquetas vistosas. Sigue corriendo, incapaz de tener un minuto. Los hombres de gris se lo han quedado todo. Y el tiempo, ese valioso don, ese recurso mayor, se ha convertido en un bien tasado, limitado. Horarios, fechas, límites, preparativos... agendas, preavisos, alarmas... ya no existe el placer de la improvisación, de tocar un timbre y visitar a un amigo recién despertado de su siesta. Ya no hay decisión de última hora que conduce a horas largas sin dormir y conversaciones interminables, fogosas, arrebatadas. 

Ahora solamente queda la apatía, la desgana, la pereza. El deber que agota y genera esos sentimientos. Es el fin de una edad, de una idea, de una rebelión. La del tiempo. Y ahora... se siente la madurez, pero entendida como dolor, como umbral del destino. Olisqueando el aire, percibimos la extinción, la muerte. Y olvidamos las canciones del pasado pensando en las tallas en piedra del futuro. El presente... se hace lento, maquinal, tedioso. La edad es un corte, un límite falso e inexacto. Pero es.

No debería costar tomar aire y cerrar los ojos y sentirse de nuevo como entonces. Pero requiere tiempo para olvidar el tiempo y ganas de tener ganas. Pide ilusión, pide soñar, pide equivocarse y no sentir vergüenza o miedo. El fin de toda edad no es más que el comienzo de otra. Y todo fluye igual, todo continúa, constante, agua siempre fresca de arroyo vírgen.

Quiero beber hasta saciarme, pues nunca me hartaré.

Un saludo,

domingo, 18 de noviembre de 2012

Observando.

Jordi Évole tiene la rara cualidad de mostrar la realidad casi de manera socrática. Preguntando, como si no supiera nada (esto es, como muchos de sus espectadores) y obteniendo respuestas que alarman por su sencillez.

"Salvados" lleva ya unos años haciendo crítica completa a la España actual. Hoy domingo nos habla del oligopolio de las grandes eléctricas y petroleras, y otros días mostró los escándalos financieros (impagable la entrevista a Gay de Liébana) políticos varios, de infraestructuras, de las televisiones públicas, los ataques a los controladores aéreos, los funcionamientos de la policía, el ejército o la iglesia en España... ha tocado todos los temas y de todos ha entresacado un pedazo de la España de hoy. Y da miedo.

No tiene tanta audiencia. En un día bueno, tiene un 10% de la tele del domingo. Eso quiere decir que el 90% restante de los que ven la tele ese día prefieren series, dramas, chorradas de todo tipo o lo que sea. No. No es un Pepito Grillo multitudinario. Es como los documentales de La2, que todos ven, pero nadie recuerda. Salvo los convencidos.

Pero al menos, observa y muestra. Sobre todo, conduce al entrevistado a revelar la verdad. A decir lo que nunca se dice. A confirmar lo que intuimos pero no tienen cojones de decirnos a la cara. Y como parece un programa humorístico, creen que pierde fuerza así la revelación. Y puede que tengan razón. Ese 90% de audiencia en otros sitios lo demuestra. España, país de encogimiento de hombros y visita al evento festivo de turno.

La política parece agotarnos a todos y no interesar a nadie. Pero es falso. Todos, siempre, hacemos política. Por acción o inacción. Y hacemos política porque somos un zóon politikón, como dijo Aristóteles. Un animal público.

Hace poco he participado, más tibia que acaloradamente, en un tema de especial trascendencia. La privatización de la Sanidad en la Comunidad de Madrid. El anteproyecto de ley que ha publicitado el Gobierno interino de González, con objeto de ser aprobada en los Presupuestos, es la piqueta final de derribo de todo un sistema que lleva sufriendo los embates y fisuras propios de un sistema acosado por los especuladores. Es sencillo; la Sanidad no da beneficios económicos. Por tanto, es pública por la necesidad de dar beneficios sociales. Pero sí dan beneficios la construcción desaforada de centros hospitalarios y de salud y la gestión ratera de los mismos, pagados con fondos públicos (algo similar a los colegios concertados, otro tema escandaloso aceptado en España como si nada) que se obtienen de todos para beneficio de unos pocos. Más de 20 hospitales de los 30 que hay en Madrid estamos llevando a cabo protestas en la calle, encierros, manifestaciones como la de hoy y acciones como las futuras jornadas de huelga que se llevarán a cabo. La Princesa es el emblema de la lucha (al menos, así quiere venderse en medios como El País) pero la realidad es que la lucha es por la pervivencia de un cimiento del Estado de Bienestar. La salud.

Bien, mañana me iré una semana fuera. Cuando regrese, tengo miedo de encontrarme lo que ya preveo. Despidos masivos (puede que hasta 8.000 profesionales, unos 500 en mi centro) recortes mayores en forma de aumento de horas (de 37,5 actuales a 40) o eliminación de complementos, aumento de pacientes a tratar con menos personal... y todo en un entorno hostil de empresas privadas que escatimarán en reactivos, vendas, material sanitario y otras necesidades básicas para un buen servicio. Hay una fuerte corriente desde hace años donde "privatización" parece significar "mejora en la calidad", cuando significa, simple y llanamente, "empeoramiento de la calidad, bajar los costes para aumentar los beneficios".

No, no se confundan. Privatizar un sector clave es destruirlo. Es eliminar el beneficio social de todos, a cambio de ceder un beneficio económico a unos pocos. Y los mismos que gestionan lo público, son quienes lo están haciendo.

Tampoco se confundan. La ley que permitía la privatización de hospitales y centros sanitarios la aprobó Joaquín Leguina. Del PSOE. No he dicho socialista. Del PSOE.

Observando, como hace Jordi Évole, puede uno darse cuenta de todas las cosas que nos rodean. El entramado oligárquico en España de pocas familias, empresas y personalidades que gobiernan un estado de las cosas cerrado a cal y canto. El uso de voces y términos pervirtiendo su significado real (libertad, público, competencia, esfuerzo...) cuando no directamente modificándolo. La gran estafa de una maquinaria donde da miedo tocar alguna pieza porque, si se hace, todo puede caerse y ser luego complejo rearmar un mecano. Falso. Los seres humanos llevamos, desde el sedentarismo, hace ya unos 12.000 años, jugando con las piezas. No es difícil. Lo complejo es mantener lo que funciona y reparar lo que no, sustituyendo, eliminando o mejorándolo.

Miro, y, a pesar de intuir, saber incluso, estas pequeñas verdades, el 90% seguirá encogiéndose de hombros, mirando a otro lado y buscando el espectáculo más cercano en el que evadirse. Y ellos harán entonces política. Por inacción.

El mundo es de ellos. Da miedo pensar en el modo de sacudir sus conciencias...

Un saludo,

domingo, 28 de octubre de 2012

Enmudecer

Posiblemente, cuando uno no tiene palabras para describir un pensamiento, es que no hay pensamiento real. En esos casos, si es honesto, enmudece. Calla. Si por el contrario no es honesto, puede hablar, usar todo tipo de verbos, sustantivos y adjetivos, en un afan de, quién sabe, mentir, o, quién sabe, aproximarse a tal o cual idea. Hay más deshonestos que honestos. 

Somos hijos de una cultura, y dentro de ella, de un sistema de valores. Esos valores nos indican qué situamos más alto en la pirámide y qué consideramos menos importante. Jerarquizamos. Los valores son susceptibles de cambio. Hoy podemos considerar la vida poco importante, y mañana defenderla a ultranza desde posiciones a cual más radical. Ayer podemos creer en el egoísmo, motor indiscutible de la riqueza, y hoy denostarlo absolutamente. Los valores no son inmutables. Tampoco la cultura.

Dentro de la cultura, hay que prestar especial atención al vehículo que la transmite. El lenguaje. Éste, con sus múltiples diferencias regionales, producto de una larguísima evolución de los sonidos y su transcripción, tiene sin embargo una importancia fundamental. La tiene porque el lenguaje es limitado. No siempre hay palabras exactas para expresar una idea. El pensamiento abstracto requiere, como he dicho al inicio, de su descripción. Si no, no existe. Y si ya el lenguaje es limitado, sumado ésto a la capacidad más o menos amplia, o no, del que lo usa, pueden imaginar cuánto se pierde por el camino y las confusiones generadas. Vaya, Platón estaría encantado. Yo, no.

Así pues, hay que buscar, dentro del lenguaje, que ya nos limita, la forma de expresar la idea, zarandeada por los valores que conforman nuestra cultura, y, por último, encima, la capacidad receptiva de quienes han de escuchar esa idea y, ojalá, comprenderla. Toda una proeza.

La cultura, por tanto, es un bien de intercambio que se adultera más que un kilo de cocaín antes de su puesta en venta.

Siempre he pensado que la cultura es un absoluto que trasciende territorios, desconoce fronteras imaginarias, de las marcadas por el hombre, y, encima, no tiene un lenguaje único. Sí, es cierto que los humanos, según lo que aprendimos, sabemos usar éste o aquel sonido, y otros no. Habilidad de especie. El lenguaje es pluriforme. Su contenido, aun más.

Quizá soy atrevido. Pero tengo que decirlo. Mi cultura no es mi tierra. Es lo que he captado, lo que he comprendido y lo que no. Son las películas de Estados Unidos, de Gran Bretaña, de Canadá, de Francia, de Alemania, de Egipto, de Japón, de Rusia, de la India, de Italia, de Grecia o Portugal. Son los escritos de Baroja, de Muñoz Molina, de Gramsci, de Chandler, de Lovecraft, de Nabokov, de Conrad, de Simon Leys, de Luciano de Samosata, de decenas de autores, ensayistas, historiadores, narradores de todo tipo. Mi cultura es la música que disfruto, escocesa, irlandesa, turca, árabe, klezmer; decenas de grupos de diferentes lugares. Es aquello que pude aprehender, por estar en un idioma que domino o al menos, con esfuerzo, entiendo en parte. Y mi cultura es el bagaje interior, la posibilidad de recurrir a los lugares donde ampliarlo, o donde reformarla. Es un patrimonio intangible, a veces absurdo, otras innecesario, las más anecdótico. Mi cultura es mi herencia, la que yo he querido recibir, no la legada por otros obligadamente. Mi lenguaje es parte de mi cultura, y si ésta no está atada a un territorio...

He decidido ser de muchos sitios, y sería de más si pudiera. No me importaría vivir en diferentes ciudades, en otros países, en lugares distantes. También aprecio vivir cerca de las personas a las que quiero. Lo único que nos impide ser de cualquier lugar es nuestro miedo.

Miedo a ser más de lo que nos dicen que somos. Porque es la imagen que otros forjan de nosotros lo que suele mostrársenos como real. Y es una grotesca falsedad, como las que describía Valle-Inclán sobre los espejos deformantes del callejón del Gato. No nos vemos en los demás, vemos lo que ellos nos dicen que ven. Para vernos a nosotros mismos, no hace falta más que un espejo y honestidad.

Naces por accidente, pero eres de donde decidas ser.

Y por eso, ahora mismo, cuando me pregunten sobre algunas cuestiones de actualidad, estoy pensando que, por mi parte, lo más honesto y menos ofensivo es, simplemente, callar, pero no enmudecer.

Eso, quizá, más adelante y por otras cuestiones.

Un saludo,





lunes, 1 de octubre de 2012

Estancamiento.

Hoy es una de esas tardes en las que me encuentro bastante pocho. Un dedo fisurado, un catarro que va creciendo, y las noticias que siguen siendo absolutamente negativas. ¿Qué va pasar con Cataluña? Me importa mucho menos que el futuro de nuestra sociedad. ¿Quiénes liderarán las listas en las elecciones gallegas, vascas o catalanas? Me importa mucho menos que la necesidad de cambiar todo el sistema político actual.

Rajoy hablaba de una mayoría silenciosa. Yo prefiero hablar de una mayoría estancada, indiferente y de espaldas a la sociedad en la que está inserta. Preocupados de nosotros mismos, ajenos a los problemas de futuro, estancados en una vida que nunca comenzó, y nunca dejará de terminar.

Esa mayoría es la que permite que nos gobiernen aquellos que nos prefieren de espaldas a la verdadera política. Porque la política es algo que hacemos todos, uno a uno, juntos desde siempre. Hacemos política cuando tomamos una elección, cualquiera que sea, ya que las elecciones que tomamos son también ejemplos para otros, y una actitud es tan importante como un hecho. Esa mayoría, ahora mismo, es la que permite que nuestro país esté estancado.

En otras épocas, se buscó sacudir esa indiferencia, esa abulia, mediante la violencia. Sin embargo, a día de hoy, dicho recurso se ve perjudicado por la visión negativa de la misma se tiene. Así pues, como cualquier movimiento de corte socialista, comunista o de izquierdas en general, se encuentra también totalmente desacreditado, hallamos el signo de nuestros tiempos actuales; el estancamiento.

Las manifestaciones de estos días demuestran que hay una cantidad de gente molesta, indignada, harta. Pero no se articula una alternativa. No se ve. Anguita con su plataforma cívica es un endeble intento de estructurar, bajo su bien construída argumentación, esa alternativa. UPyD es, como fue Ciutadans en su momento, otro intento de cambiar el sistema desde dentro, pero demasiado lento. Y no hay más, salvo decenas o cientos de grupos variados sin alternativa real. 15M, DRY, etc... 

Es curioso, y ya lo dije cuando el 15M, que digan tantos tantas cosas sensatas. Pero ninguno de los que emiten tiene el poder. Hay un desfase total entre los detentadores del poder REAL y los deseosos de hacer que éste cambie. Una de las eternas luchas en la Historia...

Y creo que eso se debe a la inmovilidad y miedo de la mayoría social. Uno por uno, pueden decir cosas sensatas. En grupo, en masa, se diluyen y pierden forma. Y son arcilla entre quienes conocen y controlan los resortes del poder. El verdadero PODER.

Así pues, gracias a esa masa informe, estamos todos estancados. Oh, sí, una piedra en el estanque genera ondas, pero éstas se mueren en orillas quietas, absortas en la más absoluta nada...

Un saludo,

miércoles, 26 de septiembre de 2012

ACTUALIZO. Tomar el Congreso... ¿y luego?

Hoy he dado con el puto quid de la cuestión.

En 1931, por usar paralelismos, hubieron de celebrarse varios miles de huelgas (no de un día o dos horitas... que somos gilipollas. De DÍAS y SEMANAS de duración) y varios miles de enfrentamientos urbanos con centenares de muertos durante los últimos 30 años para que el poder efectivo cambiara de manos.

Los republicanos llevaban unidos desde 1909 con la conjunción republicano-socialista, y se confirmó con el Pacto de San Sebastián de 1930. En él estaban primeros espadas como Lerroux, Azaña, Maura, Indalecio Prieto, el hermano de Ortega y Gasset, Gregorio Marañón... y en el ejército estaban hasta los cojones del Rey Alfonso XIII, que es donde estaba gran parte del poder, y los partidos dinásticos estaban ya a millas distanciados de los súbditos... esos son los tipos que hablaron de CÓMO OCUPAR LOS MINISTERIOS y controlarlos, de cómo gestionar el tránsito de Monarquía a República, de cómo sentar las bases de modernización de la economía y las leyes, la sociedad y todo eso. Y llevaban AÑOS preparándose para ello . Se encontraron con que las elecciones municipales les dieron una legitimidad inesperada, aunque irreal, y tomaron el toro por los cuernos. Aun se me pone la piel de gallina cuando leo las crónicas de Plá sobre cómo uno de estos pollos, Miguel Maura para más señas, entra en el Ministerio de Gobernación con Azaña, que va tembloroso, saluda al Guardia Civil que hace vigilancia, sube al despacho del subsecretario y toma posesión del mismo echando a tipo fuera, mientras luego va llamando a los gobernadores civiles para decirles que eso, oiga, esto es la República, Re-pú-bli-ca...

¿Se imagina alguien a alguna personalidad actual haciendo eso? "Hala Cosidó, pírate que tus monos se han pasado el otro día en el Congreso", por ejemplo. LOS COJONES.

Rosa Díez es una arribista que quiere llegar metiendo cositas que oye y escucha, algunas legítimas, otras burradas sin parangón. IU vive en su diatriba interna, diciendo que es del pueblo pero debe ser Biarritz o Mónaco, su pueblo... y del resto, partidos dinásticos de la II Restauración. Todos.

¿QUÉ PUTAS ALTERNATIVAS ESTAMOS CONSTRUYENDO?

Ninguna.

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Los medios son arteros. Ayer decían que había violentos, hoy reconocen algunos que había policía infiltrada. ¡Qué sorpresa! desde Fouché para acá, más de 200 años haciendo lo mismo. ¡Si había anarquistas tan infiltrados, que sus jefes eran Comisarios!

Y qué decir de Alberto Casillas, camarero de profesión, de toda la vida, se le ve. Primero aparecía en algún medio como un honrado empresario hostelero que pedía a la policía sacara de su establecimiento a los malvados manifestantes. Ahora resulta que no, que les protegía de las hostias.

Que la manifestación sigue sin gustarme...

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En suma. ¿Y luego? El estancamiento actual no se supera moviéndose por que sí. Se supera moviéndose hacia un objetivo. Y es jodido, esto. Podemos ir haciendo movimientos, pero es como un pollo sin cabeza. Y no veo cabezas... 

No veo ninguna cabeza.

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Termino. La población sigue indiferente, seguirá indiferente (si nadie toca internet, la tele, el fúrgol y alguna otra cosa más, así seguirá...) y se mantendrá indiferente. Con ellos juegan cuando hablan de la "mayoría silenciosa" que no se manifiesta y que, por arte de birlibirloque, si no lo hace apoya lo que hace el gobierno que provoca las manifestaciones. Leguleyos, siempre dando la carga de la prueba a otros, los muy vagos.

Al final, Franco era un genio. Él no se metió en política. ¿Para qué? Con mandar es suficiente...

Saludos,

Tomar el Congreso... ¿por qué no?

El problema es de fondo, no solamente de forma.

Hoy, otra pataleta de varios miles de cabreados ha mostrado la realidad. Que no tienen, tenemos, poder.

El poder se tiene de diferentes maneras, pero suelen reducirse a dos. El poder de ejercer una fuerza violenta y apabullante; el poder de manejar las estructuras de convivencia a conveniencia. En ambos casos, el poder tiene detrás el mismo combustible. Dinero.

De las pulsiones humanas, el poder es la más interesante. Es abstracto, en teoría, y concreto pero no siempre visible, en la realidad. Es una quimera compleja de cuantificar. Es adictivo, como demuestra la Historia. Los manifestantes de hoy han mostrado un atisbo de esa pulsión, retazos de deseo. Pero la realidad es tozuda. No tienen el poder. Ningún poder.

¿Quién lo tiene, realmente?

Buena pregunta. El poder hoy día está cortado en pedacitos, y el real, como el dinero, es escaso y repartido, mientras que el imaginado, como la deuda, está en manos de todos, pero tan devaluado que no sirve de nada, pues es parecido a esas varitas mágicas cuyas partes hay que juntar para que funcione de nuevo. Imaginen ahora miles de millones de cachitos...

El poder, la autoridad, decía Corto Maltés que se tiene... hasta que se ejerce. Bueno, pues ya hemos traspasado esa puerta. Se ejerce y se sigue teniendo, pues ahora se le da una profundidad basta y enmarañada, con redes donde caemos todos como moscas estúpidas esperando a la araña de turno para devorarnos.

¿Qué hacer, pues?

Quizá, y la respuesta es mala, reivindicar el poder en bruto. O el poder bruto. El de la fuerza y la violencia. Frente al oro, el acero. Frente al billete, las balas. Claro que, y la Historia es así de puta, eso llevará a cualquier situación de autoritarismo.

¿Merece la pena involucionar a esa posición?

Quizá, y la respuesta es igual de mala, quizá sí. A lo largo de la Historia hemos probado en sucesión, muchas veces dilatados los cambios en el tiempo, los pasos para lograr avances. Y después se han perdido, ahogados en minucias o reacciones. Quizá, y solo quizá, haya que aprender de nuevo lo que es una Tiranía, pero no de las benignas, ni de las ilustradas. Tiranía. Luego, buscar con ello el impulso de reconocer cuáles son los valores siempre necesarios, destilarlos de nuevo y aquilatarlos con sabiduría para generaciones posteriores. Y con el impulso, obtenido con tantos pasos atras, dar el definitivo salto a una sociedad donde imperen mecanismos que impidan volver a llegar a estas situaciones.

No cabe la solución en un blog tan personal, escéptico y prescindible, y menos en la época de los 144 caracteres. Pero me da absolutamente igual, porque opinar es barato y, casi casi, una obligación.

Y ahora, si me disculpan, seguiré soñando con la sangre que debiera haber sido derramada en su día, pero dirigida gracias a la magia de los inventos literarios...

Un saludo,

martes, 25 de septiembre de 2012

Roma

Mil sensaciones sacuden mi tiempo. Regreso a Roma por tercera vez en un viaje diferente. Acompaño a mi mujer con relajación, sin la urgencia de ver los lugares marcados en las guías como imprescindibles. Así, nada más llegar, somnolientos y bajo una lluvia intermitente pero copiosa, nos vamos a Termini y entramos en el Museo Massimo alla Terme. Impresionante. Vagamos por las salas, zambulléndonos en el pasado romano, entre vestigios de mosaicos, esculturas y pinturas realizadas para hacer felices a sus dueños. Una expresión de placer y sorpresa va haciéndose normal en nuestro rostro, y al salir decidimos ir caminando al Mercado de Trajano.

El segundo día estoy solo y me voy a la Villa Giulia, la sede del museo etrusco. Comparte salas con la Villa Poniatowska. Voy en tranvia, pasando por la via Regina Margherita, disfrutando de la visión de edificios de finales del siglo XIX e inicios de XX de colores cremosos, pocas plantas, con singulares remates de torre en algunos de ellos, en las esquinas. En el museo, me impresiona la calidad y cantidad de las piezas expuestas, así como el entorno. Tanto es así que dedico casi 5 horas a su visita. Después, extasiado, pero contento, bajo caminando hasta la piazza del Popolo. Es un regreso a la triste realidad adoquinada sin árboles ni matorrales, ni verde frescor de hojas, hiedra y parras. El fascismo debe ser algo así, convertir las plazas en lugares inhóspitos si no es para empaquetar a los individuos indistinguiblemente unos de otros... sigo bajando hasta llegar al monumento de Vittorio Emmanuele, por la via del Corso, tristemente igual a cualquier calle comercial, con los mismos grupos de peatones y conductores de cualquier ciudad. En la plaza del Campidoglio, recobro el aliento para luego ir caminando hasta el gheto judio. En la comida, comparto mesa al lado de un tipo con la bandera israelí en su mechero. Al lado, un tipo curioso, de chaqueta o camisa con cremallera de cuadros verdes, botas de los ochenta, y una kippa tejida de lana, además de una venda en el brazo derecho, faja, y gafas de sol, examina varios objetos propios, no sé si mercancía o no. La gente se saluda amigablemente. Después de comer, me pierdo por las callejuelas del Campo di Fiore, hasta llegar al Mausoleo de Adriano. Allí, con Cris, decidimos visitarlo, sorprendidos de la estructura más que de la apropiación papal, ni la primera ni la última en esta ciudad. Ya de noche, caminamos de vuelta al hotel.

El tercer día visitamos el Palazzo Altemps, tras un agradable paseo entre las calles adyacentes al museo y la Piazza Navona. El museo está bien, algo inferior a lo esperado por nuestras expectativas, pero siempre interesante. Decidimos luego perdernos andando, caminar por calles irregulares y disfrutar de las sensaciones. Enredaderas, flores, plantas colgando de fachadas de bellos colores cremosos... retornamos al hotel, donde nos cambiamos para ir a la visita programada de la Villa Farnesina, en el Trastévere. Allí, contrario a mi costumbre, accedo a la visita guiada (no hay más remedio) y quedo pasmado y gratamente sorprendido del detalle y buen hacer de la guía. Es una gozada aprender de la historia de la ciudad con ella y, también, de la Villa. Tras eso, ya tarde, nos vamos a cenar a un local pintoresco del Trastévere, amenizados con música local y en un patio rodeados de antorchas y enredaderas. ¡Cuánto del Mediterráneo hay en aquel lugar! Excepto la comensal que comparte mesa con nosotros, una lituana extravagante que nos cuenta el miedo de su país a la penetración rusa... lo que parece una cuestión xenófoba sobre la migración, se convierte en una conversación interesante sobre la visión que del sur tienen otros lugares.

El cuartodía está enteramente dedicado al Vaticano y a dos buenos amigos, que, con el padre de uno de ellos y su hijo, compartimos las salas, especialmente la etrusca, donde accedo por fin. Después, tras los museos, rapiña considerable de los papas, la masificación infame y nada agradable del a capilla Sixtina, el horroroso almacén de arte religioso contemporáneo, el exceso de turistas y mesas de venta por todo el Vaticano (entiendo la repugnancia de Lutero, sin lugar a dudas, por aquel mercantilismo de la fe) salimos a la calle y caminamos un rato, para ver algo más de Roma al otro lado del río. Saludamos de nuevo a los gatos, dueños de los templos de Largo Argentina, y pasamos un rato en las plazas anejas al Vaticano, verdaderos vertederos de gente miserable y sin muchas esperanzas que, en un alarde ironía, vagabundean entre miserias mientras la plaza ni les abraza ni les acoge. Nos vamos a cenar al restaurante de Navona Notte, esperando que, por un milagro, siga abierto. Y está. Nos acoge la misma persona que ya nos atendió hace años. Su gorra roja, las gafas, la nariz prominente, la costumbre de canturrear, la felicidad en el habla y el trato, la calma pero constancia con que nos sirven nuestro plato de pasta con marisco mientras disfrutamos de una frasca de vino casero... eso redime cualquier fealdad vista antes.

El quinto día es el último. Y como tal, toca despedirse de la ciudad. A Cris, liberada de sus obligaciones, le apetece una visita, y a mí otra. Coincidimos en las Termas de Caracalla, eso sí, donde llegamos tras un paseo desde el hotel que incluye el descubrimiento de las puertas originales de la Curia senatoral en... una iglesia barroca, pomposa y excesiva como es San Juan de Letrán. Andando, pasamos por las murallas y el parque donde están las Termas, y allí, con calma, hacemos una visita impresionados de los muros aun erguidos, la riqueza y el gusto para dar, a la gente, en proporción, felicidad. Descubro, además, antes de entrar, una palestra moderna, o lo que es un campo de atletismo, y constato una vez más cómo el ser humano arraiga costumbres y es muy perezoso; el uso dado a un espacio se mantiene por siglos y siglos, sin más razón que... el peso del tiempo. Después de ver las Termas, salimos hasta el Circo, donde retomamos, con el Palatino a nuestra izquierda, el arco de Constantino, el Anfiteatro Flavio y la eterna avenida de Mussolini que cercena como una cicatriz horrenda los Foros. Caminamos hasta el Capitolio y allí nos separamos; ella para visitar el museo del Palazzo Doria Pamphilj en la vía del Corso, yo para revisitar los Museos Capitolinos. Y tras unas horas, termina el viaje... salimos nostálgicos, cansados, agotados pero felices. Roma, una vez más, como siempre, es una ciudad eterna en todos los sentidos.

El aeropuerto mata nuestra felicidad, esperamos, esperamos y nos cansamos. La fila amorfa que conduce al avión augura un vuelo con gente gritona y molesta, incluyendo intentos de colarse de algunos. Vuelvo a descubrir la eterna pasión española de quejarse de todo y todos, pero no hacer nada al respecto. Yo sí lo hago, no puedo remediarlo, ganándome miradas entre admiradas y de rechazo. En el avión, ya sentados, tenemos justo delante la primera clase y, en el asiento frente al mío, un imbécil de primera clase. Durante el vuelo no deja de jugar con su respaldo, molestando, de hacer comentarios suficientemente elevados en el tono como para no escuchar sus tópicos y diatribas prefabricadas, y el remate llega al aterrizar. Con chulería consciente, enciende su móvil, cantando éste la canción de inicio a todo volumen, y atrae a uno de los azafatos, un italiano. Le reconviene para que apague el móvil, a lo que el otro se niega, pero insiste y no se va de ahí hasta lograrlo. El idiota, avergonzado, se venga sacando ¡un mechero! con el que juega a espaldas del azafato, que ha ido a abroncar a otro pasajero que está abriendo ya los maleteros antes que el avión pare. Al volver, el idiota para y calla, aunque intenta vengarse en su compañero de viaje que ya pasa de él.

Al salir, no puedo resistirme. Me despido de Italia dando las gracias a ese azafato que ha hecho cumplir una norma, con calma, sin aspavientos innecesarios, ni gritos. No. Solamente con presencia. Lo que nos falta en España.

El regreso ha sido muy duro...

Un saludo,

domingo, 19 de agosto de 2012

Aguanten la respiración.

Agosto aburre al más preparado. Junto a las noticias intrascendentes se cuelan algunas más bien inquietantes. ¿El vencimiento del crédito español en octubre y el más que probable rescate de septiembre? Guindos acusa al BCE. ¿Assange y el esperpento de la embajada? Garzón es un corrupto alentado por la "progresía" (término despectivo usado por las derechas más recalcitrantes para denigrar la izquierda, ya se sabe, la guerra de palabras) y unido a Rubalcaba por una trama que dejó echo unos zorros a Interior y España. Y así con todo, liga de fúrgol incluida. Los incendios, deprisa y corriendo. Puntillas encima del mantel de mierda que van disponiendo para el regreso triunfal.

Así, veo mucha gente practicando el arte de la zambullida y aguante sin respirar bajo el agua. Toman aire, se sumergen, esperan, y, cuando no pueden más, emergen. Y todo sigue igual de tenebrosamente lúcido, bajo el sol de agosto.

Nadie puede aguantar hasta septiembre. Alguna vez se cuela algo. Noticias minúsculas, marginales. Los medicamentos excluidos, el precio de atención a "sin papeles" ("Los" me parece otra de esas cosificaciones excluyentes, "eso" vs "nosotros") el trazado de las vías de tren justo por zonas quemadas del litoral... Y los pertinentes ataques y contraataques de unos y otros debajo del perenne "no pasa nada, todo controlado", del ausente gobierno.

Aguanten la respiración. Los peajes no son nada comparados al nuevo IVA e impuestos indirectos. Los medicamentos y los excluidos son minucias cuando lleguen problemas sociales de verdad, no experimentos como el de Sánchez Gordillo. Y el neocolonialismo que se nos impondrá será un poco mejor que el chino en África, Asia y Latinoamérica. Un poco, porque tenemos trazas y recuerdos de contestación, a pesar del intento confuciano y cristiano de quietud y aceptación de la servidumbre. Veremos si alguien sabe agitar el rescoldo o, simplemente, optaremos por meter la cabeza bajo el agua esperando que todo pase. O nos ahoguemos.

Un saludo,