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viernes, 11 de septiembre de 2009

Respeto, autoridad y policía

Lugar: Pozuelo. Motivo: un botellón que deriva en batalla campal. Resultado: decenas de comentarios de periolistillos, políticos, figuras y otras hierbas. Resultado verdadero: Nada.

Se invoca de pronto el respeto, se habla de pérdida de valores, de remedios de autoridad para recobrar ésta e imponer el respeto, y, para rematar, los padres atentos que apenas saben de sus hijos ("Está durmiendo, Comisario, ¿cómo va a estar detenido?", dijo uno) y apenas aparecen por casa, denuncian "excesiva respuesta policial".

Claro. Si yo agredo a un madero, le robo la pipa, les tiro botellazos o piedrolos, les insulto y río en su puta cara, pues no tienen derecho, faltaría más, a cargar contra mí y mis compis, que lo estamos pasando en grande, "más grande que la Revolución Francesa, tío", dice uno en uno de los youtubes colgados y cobardemente descolgados. Ni tienen derecho, si me trincan, a pelarme a hostias, aunque me defienda yo primero y oponga "resistencia" a la "autoridad", ¡fachas! una panda de cerdos, es lo que son... mis derechos constitucionales prevalecen ante cualquier intención de salvaguardar el orden...

Respecto al respeto se ha perdido hace tiempo, sí. La fórmula de eliminar el tuteo está bien, crea una barrera que luego los esforzados sabrán sortear. O no, porque puede retraer a más de uno. Aunque lo último lo dudo. La culpa, no es de la Sociedad, es de los padres que la conforman, de los profesores que hace tiempo están solos y han renunciado, salvo casos aislados, a hacer una guerra que ya no les compete; ellos educan en materias, no en valores. Y de los políticos, que no existen para ésto. Es impopular... el respeto se gana de muchas maneras, pero se pierde con facilidad pasmosa. Y no es malo en sí mismo, es la esencia de la competitividad. Pero no la del desprecio que se manifiesta ahora. A mí, por ejemplo, me resulta más gratificante el respeto de los rivales que el de los amigos, que son los que simplemente te cuentan la verdad. El primero, parafraseando a un personaje de Corto Maltés, produce la fecundidad del diálogo mudo entre los contrarios.

La autoridad ya está perdida. Malgastada por el autoritarismo que nos impuso un tal Franco. De nuevo, como dicen en Corto Maltés, la autoridad existe hasta que se debe imponer. Es mejor dialogar, sí, pero no siempre. "Señores violentos, disuélvanse. O les tiramos caramelitos con valium". La autoridad se debe labrar con cuidado, para que esté en el tejido social de manera imperceptible, conociendo las causas de quebrarla, pero no por ello se debe impedir poder romperla, de muchas maneras...

Sortear los márgenes de la autoridad está bien, pero no despreciar y faltar al respeto a los demás. Entonces todo pierde valor, y esa es la verdadera desvalorización, el no reconocer qué vale qué, y así todo lo demás es válido. Esos chavales que ahora tiran piedras a la poli en Pozuelo, pueden ser los futuros brokers que denieguen un crédito a quien lo necesita, mientras desfalcan cuentas de pensiones para irse a Marbella, a comprar políticos corruptos, y tomar mojitos con ellos mientras planean nuevas y magníficas ideas... y habrán dado los 400 golpes, o alguno más, y se sentirán orgullosos. Y luego se quejarán, con menos pelo y más barriga, de que los jóvenes de su tiempo son gamberros sin valores como ellos... ¿o no?

¿Mano dura? No, ni mucho menos, pero desde luego no ésta falta de manos...

Un saludo,

miércoles, 9 de septiembre de 2009

¿Por qué tenía que ser Scariolo?

Eslovenia. Con Pepu o Aíto esperaría afrontar el partido lleno de tranquilidad, con el crédito de jugadores solventes y asentados en sistemas sencillos, eficaces y bien digeridos, moviendo bien el balón, creando muchas oportunidades para todos, corriendo contraataques por el central y los laterales, reboteando con inteligencia, cerrando en defensa a cara de perro, y, sobre todo, divirtiéndose jugando y, por ende, divirtiéndonos a todos los que recuperamos la ilusión desde 1999 y más firmemente desde 2006. Pero a la Selección la dirige Sergio Scariolo...

El partido comienza...

(Pausa para verlo)

Y ya acabó.

Emoción, sí, pero por no caer eliminados... ¡qué diferencia de aquel España-Argentina del Mundial donde sentía emoción no por caer eliminados, si no por poder luchar por la medalla! viendo el partido, muchos fantasmas. Comparar es malo. España de nuevo, lenta, atenazada, perdida. Marc Gasol de pronto parece Manos de mantequilla Jackson, un apelativo común en la cancha de mi viejo barrio. Y Ricky era el nuevo Jordi, por Jordan, por lo chupón... mucho abuso sobre Rudy, Pau y Felipe, inconmensurable. Y han ganado, sí, perdiendo rentas de 15 puntos, pudiendo asegurarse el primer puesto de grupo, sí, teniendo que sufrir una prórroga, sí... pero hay un nuevo problema añadido.

El respeto arbitral. No puedo dejar de observar que en estos tres partidos, a España se le trata con mucho asco, con altanería, con chulería. Parece que seamos de pronto novatos de alevín, y eso molesta. Los pasos de Lorbek para meter a Eslovenia en la prórroga han sido de espanto. Los palos, más bien, hachazos, que han recibido todos, empujones, hostias malintencionadas y otras lindezas, no han recibido el más mínimo interés arbitral. No suelo quejarme del arbitraje, porque yo mismo pité varios años en muchas categorías, viví muchos partidos, buenos, malos, regulares, y sé qué es estar en una cancha donde los jugadores suelen sacarte una cabeza y tener algo más de músculo que tú. Pero no puedo dejar de flipar con el arbitraje en Polonia; es como si hubiera una consigna; si la meten al tercer intento no hay faltas, y si quejan, técnica. Que se jodan. Que se lo ganen. Por ser campeones del Mundo, sub del último europeo o sub con olor a campeones olímpicos, no tienen galones para exigirnos, los putos españoles. Y en esto quizá juega algún papel la inefable FEB dirigida por el cacique local que todos conocemos, ese tipo de dirigente que va desde la SGAE hasta las Federaciones de Municipios o Presidencias de Escalera donde es un ineficaz gestor que apenas sabe de lo que tiene entre manos. Y es que el respeto se gana ante los rivales en la cancha, pero con los estamentos organizativos, como el arbitral, desde los despachos. Y de eso vamos escasos...

No insinúo nada. Opino. Mala elección de entrenador, mala gestión del éxito deportivo en pro de una búsqueda mercantilista que no ha lugar... muchas cosas pienso que se hacen mal. Pero, ey...

Es España.

Al menos, la del BA-LON-CES-TOOOO... hasta que la maten del todo y la entierren. Y qué peor sepulturero que el hombre con más gomina y menos ideas del basket... ¿por qué tenía que ser él?

Un saludo,

martes, 8 de septiembre de 2009

Jornada de reflexión

Debería haber sido un partido para restañar las heridas, una afirmación personal de algunos jugadores y un momento para repasar qué fallaba. No ha sido así, más bien, ha sido la demostración de que estamos en el mal camino. De hecho, durante varios minutos, hemos estado ya de camino de vuelta a España. Sin nada.

El "Angolazo" ha planeado en la memoria. De pronto, muchos malos recuerdos afloraron. Y la defensa volvía a ser blanda. El primer cuarto no, fuerte, intenso, con algunos huecos, pero parecía la defensa normal de la España de mejores recuerdos. Luego, de pronto, ha vuelto a decaer... y el ataque. Mala noticia que Navarro esté desacertado. Que Marc Gasol prefiera doblar un pase a tirar. Que a Felipe no le respeten. Que Ricky o Raül estén desorientados. Y que Mumbrú siga paseando a veces por allí como quien no sabe qué hacer. Pero estaba Rudy, lesionado. Y por supuesto Pau Gasol, inmenso. Y Claver ejerciendo de escudero de lujo, formando en ocasiones pareja con Marc y dando destellos de alegría, de esa que ya no tiene España desde que Scariolo... mejor no continúo.

O sí, para eso me desahogo.

La defensa y el ataque es un "haz lo que quieras". No es la libertad dentro de sistemas que daban Pepu o Aíto. No es esa capacidad flexible de dejar a los jugadores que leyeran el partido. Vale, no está Calderón, pero a veces Raül parece que no lo lee bien o no le dejan, y Ricky de pronto está inmaduro. Cabezas, casi inexistente, porque su tarea, defensiva y de controlar, enfriar el partido, no está siendo acompañada por nadie. Pero el problema es que el entrenador no está leyendo el partido bien. Zonas cuando te están acribillando, individuales que te cambian como si fuera minibasket, y poco más. No hay repertorio. Lo siento, Scariolo no me gusta. Nada de nada.

El mayor consuelo, que deportivamente está bien humillar a esos piratas del mar Caribe, a los insustanciales ingleses. Aunque cuando he visto a una pareja rolliza, blancuzca, animar como si fuera el fin del mundo a Gran Bretaña, sintiendo que estaban humillándonos a nosotros, he sentido vergüenza. De un seleccionador que no sabe entrenar y no sabe dirigir partidos. De un presidente de una Federación que ha sido muy torpe gestionando el triunfo del Mundial y el despido de un gran entrenador. De un país, España, donde lo bueno no parece que pueda durar, puesto que la ineficacia, el error, la incompetencia, son los productos del orgullo, del catetismo y de la soberbia nacional.

Hemos ganado, sí, y seguimos en el Europeo, vale, pero parafraseando a Michael Moore, tíos, ¿qué habéis hecho con mi país?

Somos la Ñ... de tantas uñas como nos comemos innecesariamente.

Un saludo,

Rostros

Primer partido de la selección de baloncesto. Malos presagios, al inicio, viendo las caras de los jugadores. Cierta extrañeza, algo desubicados todos. Inicio del partido, y Serbia se pone seria, defendiendo a cara de perro, recordando aquellos días de gloria de Yugoslavia. España, por el contrario, desconcentrada, inquieta, ajena.

Pronto el partido tomó un cariz nada imprevisible. España jugaba mal, como si no jugara con su estilo. De hecho, como la España perdida de los años 90, aquellos donde todo era gris. Hasta el 99. Y 10 años después, estamos de pronto con un recordatorio de esos días, cuando había complejos, pájaras, defensas con miles de huecos, pases nulos, cada uno haciendo su guerra... sistema de Scariolo, nulo. ¿Defensas? daba igual que hiciera individual, zona con ajustes, zona e individual, presión al base toda cancha... era como pasearse por un campo de tiro tras usarlo. Huecos y cráteres por donde se colaban los jugadores serbios con facilidad. Ellos estaban serios, concentrados, defendiendo fuerte, bajando el culo, como se dice, corriendo rápidos y efectivos el contraataque, sin necesidad de intimidar pero apabullando. Como la España de Pepu, la España de Aíto... pero no la España de Scariolo.

Muchos pueden pensar que odio a Scariolo. No, simplemente, comparo. Pepu, inmenso. Aíto, un dios en la tierra del baloncesto. El primero pereció por culpa del éxito mediático mal gestionado, por, entre otros, la FEB. El segundo, porque no quería quemarse y entrenar siempre, como basketholico que es. Pero si me dan a elegir...

Serbia jugó mejor. Jugó con ganas de ganar, defendiendo con ganas y demostrando que, con calma, se puede ser mejor. Corriendo.

Las caras eran un poema, como se suele decir. Rostros decaídos, brazos a todo lo largo del cuerpo, en el costado. Miradas gachas, huidizas, vacuas. Y entre esos jugadores desmotivados, desconcertados, desubicados, el rostro aparentemente sereno, orgulloso pero hueco, de Scariolo.

Mal forma de encarar el Eurobasket...

Un saludo,

lunes, 7 de septiembre de 2009

Annie Leibovitz y Andreita

Pasé el sábado por la tarde en la exposición de fotografía de Annie Leibovitz, disfrutando de algunas de sus fotos y los comentarios de las mismas. Me impresionó alguna como la de un saltador de natación que aparece suspendido en el aire, casi arrebatado a los cielos, rompiendo la lógica de la gravedad. También un par de fotos sencillas, una bicicleta sangrienta, que había dejado un surco rojo en el empedrado de Sarajevo, o la de los pies y manos ensangrentados en un cuartucho de Ruanda, tras una matanza. Sin duda, disfruté con los retratos, incluido el de “Los supervillanos” o el equipo de George W. Bush. O el de Isabel II, tétrico, evocador de tiempos anteriores, melancólico y feroz. También las naturalezas inquietantes, como la de ciertos árboles blancos. Y desde luego me encantó el estilo en ciertas fotos, no todas, donde se muestra tanto lo que se quiere enseñar, perfecto, como aquello que no se quiere mostrar, la realidad, juntando todo en un juego de cierto realismo sucio y preciosista, a un tiempo. Pero algo no me gustó…

No me gustó la relación con Susan Sontag fotografiada hasta la misma muerte de ella. No, ciertamente, me sentí como un entrometido en un asunto privado que no me interesaba. Y sin embargo, ahí estaban las fotos. Públicas, jugando con el morbo, mostrando la intimidad como si fuera arte. Había una foto que sí, me encantó, la de Sontag frente a Petra. Oprimida por las rocas del cañón que debe atravesar hasta la fachada, era una alegoría, una magnífica historia. Olvidando la parte íntima.

Salí de la exposición cuando cerraban, pensando en el conjunto de las fotos vistas. Me quedaba seguro con varias, pero no con todas, especialmente las íntimas. Y así estaba yo rumiando cuando un grupo de personas que también habían visitado la exposición fumaba y charlaba a sus puertas, pero no de las fotografías. Comentaban algo de un sitio llamado “Ambiciones” y una tal “Andreita”. Y por la forma de hablar sobre ellos, entendí que se trataba de algo personal, de un problema que tenían con alguien que iba por ahí insultándoles o haciendo putadas. Decidí apagar el oído y quedarme sentado leyendo un poco más sobre Leibovitz, pero la discusión crecía en intensidad y se acaloraba, con algunos férreos defensores de no se quién y otros de otras partes. Empecé a incomodarme y, cuando me quise dar cuenta, hablaban de todo ello basándose en no se qué programa visto en la televisión la noche anterior. Llegué entonces a la conclusión de que no veía suficiente televisión y de que no estaban hablando de su vida privada, si no de las vidas privadas de otras personas…

Entiendo la necesidad de saber, del cotilleo, dicho mal y pronto, de las personas. Información, curiosidad, para así saber a qué atenerse o mostrarse ante los demás como alguien capaz, sabio, inteligente, aunque no sea más que un cotilla. Estar informado es útil, importante, pero tanto como eso es el saber discriminar la información. Igual que los comisarios de la exposición de Leibovitz no filtraron y consideraron importante la vida íntima de Annie y Susan (Ya puedo tutearlas…) sucede con los medios que venden la supuesta vida privada de supuestos famosos. Y somos nosotros, al final, quienes decidimos qué queremos ver y escuchar. Yo, por de pronto, no me intereso nada por las vidas privadas de Andreita, Susan Sontag o Annie Leibovitz. Pero sí por algunas fotos de la última…

Un saludo,

sábado, 5 de septiembre de 2009

Son mis rodillas

Pienso en mis rodillas y en la madre que parió a todos los humanos. Literalmente, en aquel homínido residente en África y su extraña manía de andar erguida y de azuzar al prójimo (o prójimos) para moverse en busca de mejores lugares para comer. O visitar. Pienso en el largo camino que recorrieron, pasando por oriente próximo o allá entre el Tigris y el Éufrates, donde muchos se quedaron y de paso miraron al cielo, a las estrellas, y luego otros siguieron camino hasta lugares tan alejados entre sí como el actual Vigo y la ciudad de Cicely, Alaska. Hace decenas de miles de años, ellos se rompieron las rodillas, las costillas, todas las articulaciones, dejándose la vida y evolucionando, consciente o inconscientemente, hasta hoy día, hasta mi persona, miembro de esa especie única que ha terminado con rivales como el Neardental y quién sabe qué más, quedándose hace poco menos de 15.000 años como dueña y señora del planeta… la especie del homo sapiens.

Es curioso; ya no hay tanta diversidad genética, y en los países industriales, ricos, predadores de las riquezas naturales de otros países, el homo sapiens es como quien dice una masa de gelatina fofa cuyo hábitat natural es el sofá del salón y la cama con TV en la cómoda. Por eso nos va como nos va… fofos, asmáticos, con decenas de nuevas enfermedades que van minando la salud poco a poco, incapaces de valernos por nosotros mismos en el campo, pues somos ya miopes la mayor parte, con un sistema de razonamiento lógico que implica abrelatas, neveras, cocinas de inducción, hidromasaje en la ducha y, por supuesto, vehículos… poco a poco, hemos dejado que el mundo se pervierta, degenere y muera a nuestro alrededor. Y es mi rodilla la que me lo grita…

Leo ahora que, tras miles de años estando ahí, el Ártico está a punto de quedarse en agua y poco más. Por el 2030, más o menos. Ya perdimos el estrecho que une Asia con América, que será de Bering, pero seguramente el que lo descubrió y cruzó, con las rodillas cargadas de peso, tenía otro nombre. Igual que las parejas que fueron a Europa desde África, pasando por Asia, y se fueron quedando por el camino, con sus rodillas cansadas… ni qué contar los que, desde Asia o América, decidieron que caminar les había cansado mucho y, en barcos y canoas, colonizaron Oceanía antes que el hombre blanco, anglosajón, protestante y presidiario. Todos los continentes, menos el Ártico y el Antártico, si se les quiere considerar así, han sido colonizados por el hombre, por el homo, por el que ha quedado como tirano de todo esto… menos el Ártico. Y lo que no se conquista, se destruye.

Con los años, todo el mundo se va jodiendo las rodillas. El peso, el uso… es una articulación delicada. Aunque se cuide. Y me doy cuenta que he llegado antes al momento de la reflexión, por la que se inició ésta bitácora, antes por mis rodillas, por mi rodilla izquierda, primero, que siempre me duele, y ahora por la derecha… y es sencilla, y encima, nada original. El mundo es una porquería, en el 506 y en el 2000 también… antes y después y, sobre todo, durante. No nos damos cuenta, pero lo hacemos siempre, todo, de asco.

Un saludo,

viernes, 28 de agosto de 2009

La ética del fracaso

Sin duda, el mayor fracaso que tenemos en nuestra vida, inasible para muchos, es el de la muerte. Dejar interrumpidas todas las actividades, sueños, ilusiones, todas las capacidades...

Un amigo mío cumplía años ayer. Medio en broma, hemos comentado el tema de la inmortalidad. Y he recordado la historia de Borges sobre aquel hombre que quería ser Inmortal y después quiso recuperar su mortalidad, como se dice en el relato:

"La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales"

Pero al hilo del asunto, él deseando lo inalcanzable, la inmortalidad (queda un tipo real, el recuerdo en otros, pero es un tipo de inmortalidad sucedánea, puesto que es la muerte segura y el recuerdo, dudoso, y además, como con la Historia, reescrito siempre...) y yo defendiendo la belleza de la mortalidad, me ha surgido una pregunta. ¿Estamos preparados para el fracaso, comenzando por el mayor de todos, el único insalvable, el de la muerte?

Creo que no. Ilusos, consideramos que somos capaces de vencer los obstáculos, de superar las pruebas, de maquinar soluciones a todos los problemas. Es cierto en parte. No siempre lo logramos, y el fracaso nos puede convertir en muchas cosas. En mezquinos, en cobardes, en retraídos, en obsesivos, en pobres hombres sin felicidad. Porque mi descubrimiento, nada nuevo, es que lo que nos salva de todo el fracaso es la felicidad.

Tengo un trabajo que no me aporta nada, pero una rica vida fuera del mismo. Tengo la suerte de sentir amor por una mujer desde hace años, y por extraño que parezca, siento en ella la misma roca firme y a la par despeñada a la que asirme, tanto para hundirme en oscuras aguas como para nadar en océanos claros. Tengo también la suerte de contar con amigos de distintas clases, a pesar de la criba del tiempo, tan certera, que ha dejado en la cuneta a otros muchos. Tengo la suerte de tener un hermano al que temo, pero respeto y adoro, aunque él a lo mejor no lo sepa... y de tener aun un padre, aunque me vaya acostumbrando poco a poco a la futura ausencia. Tengo, en suma, felicidad en muchos lugares, en pequeños sitios, escondida como el alcohol que guarda un borracho, expectante en rincones insospechados. Tengo la felicidad de la ignorancia que conoce la sabiduría y no se mezcla en sus marañas insalvables.

Y esto lo traigo a colación porque uno de los argumentos de mi amigo Andrés es que, si fuera inmortal, podría disfrutar de todo, aprendiendo todo, conociendo todo, logrando, en suma, el sueño absurdo de la totalidad. Absurdo porque, viviendo con una física, que no es teórica, pero tiene su base, sé que el mundo es muy poliédrico, y aunque uno fuera inmortal, nunca estaría en todos los lugares en todos los momentos al mismo instante para ver todo desde todos los posibles ángulos y lugares... y entonces, así, seguiría conociendo únicamente de manera parcial la realidad, siendo ésta, siempre, como decían mis adorados escépticos primeros, algo incognoscible, imposible de aprehender...

En el fracaso al que nos lleva reconocer ésto hay que entonces plantear una ética. Si no queremos ser un Sísifo cargando con el fracaso, tenemos que liberarnos de la roca, dejando que caiga siempre, sin obligación alguna de cargarla. No hay dioses que nos castiguen, a pesar de que aceptemos castigos absurdos. Ni caer en la obsesión, en el miedo, la cobardía, la mezquindad, el retraimiento, la infelicidad en suma. Del fracaso siempre logramos las mejores lecciones, más que de las victorias. Y como he dicho, el primero de todos los fracasos, el que hace la vida sublime, es saber que, inexorablemente, morimos.

"¡Ética!", gritaba Caspar, en "Muerte entre las flores"...

Un saludo,

domingo, 23 de agosto de 2009

Levante ruidoso y chabacano

He estado de vacaciones en Alicante, casi 15 días. Fruto de los cuales he estado en la molesta arena de la soleada playa, bañándome en un Mediterráneo cada vez más sucio y contaminado, pero de aguas agradables en ciertos días. Aunque yo soy más de piscina. En esos días, he tenido la oportunidad de volver a experimentar, más que otros años, la calidad cívica propia de éste lugar y momento de la costa.

Primero, el poco aprecio a las propiedades ajenas. Tres veces he encontrado que mi coche ha estado bien aparcado, pero tres veces he visto cómo un prepotente con todoterreno urbano (un psicólogo lo definiría claramente…), un señor de edad madura con sentimientos vacacionales acentuados y un niñato pisaverde de novia chulesca han decidido que yo no tengo por qué poder entrar en mi coche. Así de sencillo. Habiendo capacidad para aparcar bien, en distintas plazas, ellos han decidido que su entrada es más importante que la mía. Hasta el punto que han llegado a abrir con evidente mala hostia sus puertas rascando las mías. Naturalmente, ni cuento la multitud de coches que no respetan las paradas, stops o semáforos en rojo, con el peligro consiguiente. Educación vial, cero.

Segundo, el poco aprecio por la cultura y el dinero que nos cuesta a todos, ya sea yendo al cine o al teatro. En el cine, he tenido que soportar largas conversaciones de niñatos, de señores de cierta edad, de imbéciles que ni sabían a qué sala iban, molestando, hablando alto, haciendo ruidos y pasando de las llamadas de atención. Peor en el teatro, donde tuve que aguantar una organización chapucera, provinciana y de poco lustre para ver una obra magnífica, "Fuenteovejuna", de Lope de Vega, ahora bajo la férula del impuesto revolucionario de la SGAE. Ahí el público ya fue lamentable en todos los aspectos. Gente entrando y saliendo iniciada la obra, entorpeciendo la visión y audición del texto, incluso gritando a los actores para que éstos elevaran aun más la voz, aunque eso era casi de corrala coetánea. La compañía, magnífica. El público, digno de un Casino local. No obstante, el público fue acorde a la obra del viernes, "El reino de la tierra". Ambos, mutuamente mediocres.

Y el final viene de noche, aunque también algo hay por las mañanas. De noche, los niñatos y niñatas (¡Biba la igualdad en el lenguaje, que es sexista, machista y engorda!) dedicándose a pedorrear con sus motos a las 3 de la mañana, haciendo alardes de control, esos que suelen acabar con cuellos rotos y otras heridas, o apedreando casetas de Protección Civil, coches de los aparcamientos u otras gamberradas sonoras. En el agua, igual, los socorristas no son más que accesorios curiosos para muchos de ellos, que viven a tope sobre sus mocarros y vómitos de la noche anterior.

Acaso aguanto menos, gruño más y soy más intemperante. Pero lo cierto es que me siendo, como todos antes y después de mí, en la última generación equilibrada, la que sabía distinguir entre rebeldía gratuita, infantil berrinche, y la que produce cambios positivos en la autoridad, cuando ésta no es autoritaria, sana y necesaria. Quizá sea el mismo problema de siempre para que el que siempre doy la misma solución. Una educación, no en maneras o formas, eso va después; en el contenido. El continente, cada cual lo forje, labre y esculpe a su gusto.

Un saludo,

viernes, 21 de agosto de 2009

Llegar a viejo

Son mis primeras vacaciones en las que no voy a ver a mi padre en muchos días. Desde que me he ido a vivir solo, es cierto que le veo mucho menos. Pero no evito pensar en algo sencillo, en cómo seré yo cuando alcance, si llego, su edad.

Tiene casi ochenta años. No, no tiene salud de hierro, pero sí una resistencia envidiable. Ha superado tres cánceres, vive con medio pulmón menos, atado dos terceras partes del día a una máquina de oxígeno. Tiene dolores de continuo, achaques de la edad y otros de sus enfermedades, sobre todo, el agobio existencial de no poder respirar. Encima, vive atormentado y deprimido por nuestra historia familiar; perder dos hijos y luego a tu esposa no es nada agradable. Vivir en la época que él ha vivido, tampoco ayuda. Cuando un hombre no podía llorar, ni ver a un psicólogo, ni desahogarse sin caer en la tentación de la autocompasión. Cuando trabajaba por construir un futuro para sus hijos, no para él mismo. Cuando no había vacaciones, no había derechos, no había libertades, aunque, ¿para qué las podría querer, estando como estaba deslomado por su familia?

Mi madre, una mujer de la que admiro muchas cosas, también compartió con él esas penalidades. Ella ha muerto antes, pero no lo hizo doliéndose de todo en la vida. Con sus obsesiones, sí, sus manías, también, sus dolores, pues era diabética, sus rencillas y sus penas. Si mi padre ha sido esforzado, ella no quedaba a la zaga, y su inteligencia, sin haber estudiado, por no poder, no iba por detrás de la constancia de él.

La recuerdo, y le tengo a él. Pienso en sus vidas, en lo que me han contado, en la memoria que me han dejado. Poca, fragmentada, a veces manipulada por el tiempo y la subjetividad. Recuerdos… todo ello murió con mi madre, aunque una parte quedó asociada a mí, a las conversaciones con ella, desde el tiempo en que escucharla era “un coñazo” hasta el momento en que de pronto admití que me hablaba una voz experimentada, corrida, llena de vida.

A él le tengo, pero es un doloroso memorial viviente. He aprendido cosas con él, y he descubierto algunas que me han impresionado. Sí, todos han tenido amores de juventud, como ellos dos. Pero escuchar a tu padre reverdecer pasiones con sonrojo incluido es impagable. O cómo cruzó la frontera y fue detenido. O sus andanzas de posguerra.

Lo reconozco, me dan miedo. Miedo porque saber sus vidas me hace parte de un secreto vital que me atemoriza compartir. Miedo porque ser depositario de ese conocimiento me aturde y lastra. Nunca podré ser cronista de sus vidas, pero tampoco me lo han pedido. Y me guardaré sus secretos conmigo, en mi memoria, haciéndoles un hueco en la misma y haciéndolos míos. Cuando llegue, si llego, a viejo, a su edad… ¿soportaré igualmente los dolores del cuerpo y del tiempo? Es difícil llegar a viejo…

Mi madre no puede oírme, porque no está en ningún sitio ya más que en mi memoria y las de otros. Mi padre… me cuesta ser paciente con él. Y espero poder serlo más, porque él lo merece.

¿Qué era aquello? Ah, sí. Vive feliz, haciendo felices a los que te rodean. ¡Qué fácil debiera ser!

Un saludo,

martes, 18 de agosto de 2009

Frente al mar

Escribir frente a una playa tiene algo de místico. Uno se sienta y contempla las luces de faros o barcos lejanos navegando en la oscuridad, una negrura infinita donde las estrellas apenas dan algo de luz, y siente, con la pequeñez de un individuo urbanita, que hay misterios más allá de la noche, cosas hurtadas al saber, pero no a la imaginación. Puede uno imaginar de todo, cualquier cosa; historias de contrabandistas, gente de puerto, tatuada, malcarada, con los ojos caídos y resabiados. O también historias de amor en la playa, parejas dulcemente arrulladas por el mar, acariciadas las plantas de los pies por olas rumorosas sobre su lecho de arena fina. Incluso ser prosaicos y pensar en pescadores deslomados, en estibadores con el espinazo roto de cargar, o en marineros de barcos de bandera y tripulación multinacional, con una única patria, el mar. Uno recuerda incluso la novela de “El pirata” de Conrad, de ese revolucionario confinado a la costa, rencoroso del pasado, hundido en miserias propias de la edad. Uno piensa en qué extraño país es el mar, sea el Mediterráneo, ya casi un lago, sea un océano como el Atlántico, separador de continentes. Un país de apátridas, una nación de excluidos. En el agua, nada es firme salvo uno mismo, nada se queda quieto salvo que uno mismo lo fije, con reglas y normas estrictas, las propias de la supervivencia. Sé que hay una ética propia en el mar, unas leyes internas casi inamovibles desde que el hombre vació un tronco y se echó a navegar. Sé que hay también un sueño, un deseo, el mismo del cosmonauta que abandona la orilla de su planeta para surcar un espacio infinito, repleto de misterios abisales, un ansia de conocer, de buscar, de encontrar. Y sé que el mar no es para todos, aunque pueda ser de todos. El mar, el océano, los ríos, los lagos, incluso los charcos. Tiene su propio lenguaje, rico, amplio, generoso como los frutos de la pesca. Y con todo ello, códigos, lenguajes, costumbres, habitantes, entonces, ¿no estamos ante un extraño país?

Yo soy de tierra firme, soy un urbanita que apenas sí estuvo un día en algún ferry, como quien toma el autobús. Soy alguien que apenas sí ha remado, que desconoce el ritmo de los vientos y de las corrientes. Soy alguien que sabe del mar por lo leído, por lo visto, nada más. Pero no puedo por ello dejar de admirarme y sentirme parte, aunque sea simplemente honorífica, intrusa siempre, de esa gran nación, de ese país inmenso, que bien podría haber cambiado el nombre de nuestro planeta llamándolo, más que Tierra, planeta Agua.

Un saludo,