martes, 6 de mayo de 2008
El viejo arte de mentir
Me hace gracia, en nuestros días, que los católicos, al menos una gran parte de ellos, no sean calificados como Freaks al igual que muchos jugadores de rol que viven mundos imaginarios con orcos, duendes, dragones y dioses varios. Que comenten una encíclica igual de entusiasmados que si hablaran en un club de lectura del último libro superventas. Y sobre todo, que cierren la conversación, el pedazo que escucho, con un "Y querría estudiar más teología, porque a veces me siento apabullado y perdido entre esas obras maestras".
Diré lo que pienso; la teología es una forma pervertida de la lógica para justificar la falsedad de la religión. Y es más, un instrumento más en el viejo arte de mentir, de manipular, de tergiversar con medios fraudulentos esa legítima búsqueda de la verdad que todo ser humano, ilustrado o no, siente en su interior.
Cuando pienso en los años que se malgastan tratando de dilucidar con argumentos espurios si existe o no existe un ser al que llaman de mil maneras (Jehová, Allah, Dios a secas...) me pregunto, jocosamente, en qué se diferencian de los miles de chavales que compran módulos de juegos de rol, con una historia coherente, cuidadosamente escrita y preparada, en la que se analizan hechos y acontecimientos notoriamente falsos o falsificados, y luego se dedican a jugar esos roles pensando que son reales... Don Quijote ya fue un jugador de rol, y su locura, aparente, descubre la verdadera alienación que se guarda tras esa palabra, donde se encierra un viejo arte, el de mentir. La teología.
¿Y de la filosofía, habrá algo que podamos salvar siendo muy honestos?
Un saludo,
lunes, 5 de mayo de 2008
El final de un sueño.
Pepu se va. Estaba en la grada, serio, como siempre, junto a Aito. Dos monstruos. La Federación ahora se queja de que "no era el momento ni la forma adecuada" de hacer pública la dimisión. ¿Cómo, entonces, en qué mejor marco que ese, para resaltar aun más la diferencia, la crítica tácita escondida en hacerlo público en un campo repleto de aficionados extranjeros, sin vips, sin pisaverdes y petimetres que de Baloncesto no saben ni cuántos juegan? ¿Dónde mejor que en el escenario en el cual España pudo ser campeona y no lo fue, por los buitres de la prensa, esos periodistas que ensalzan igual que arrastran, en un cainita ejercicio propio de nuestro país y otros similares? ¿En qué otro lugar, donde el drama se representó, por una parte, con muchos de los mejores jugadores que hemos tenido en el deporte más bello que conozco, y por otra, por aquellos que esperaban, sin tener ni puñetera idea, palizas a los rivales por diferencias de 20 y 30 puntos, siempre algún mate de Rudy en alley-op, pabellones llenos, victorias sin más esfuerzo que el de sentarse con las pipas y la cerveza en los espacios cómodos y habilitados para figurar o encendiendo la televisión?
El CSKA y el Maccabi lucharon una guerra que no va con nosotros, por lo que se ve. Por eso tenemos tantos jugadores muy buenos fuera de España. Por eso los que se quedan luchan tanto. Por eso la afición, exigüa, pero de calidad, minoritaria, pero entendida, escasa, pero fiel, llora en silencio y se lamenta tanto. Por eso somos elite, y lo digo con toda la consecuencia. El fútbol es comprensible con media neurona. El Baloncesto exige atención y cierta inteligencia. Y en este país, en España, hemos dado la vuelta por encontrar lo ramplón, lo facilón, lo simple. Por eso Rusia ganó el torneo, porque fue la que mejor aguantó. Por eso España no lo tendrá facil en Pekín, por que habrá gentuza que no entiende de Baloncesto pero pontificará como si supieran de toda la vida de qué va eso de pasar un campo en menos de 8 segundos. Por eso ya tengo la vista puesta en el recuerdo, en Rudy con la red de collar, en Pau con las muletas, llorando, en Jiménez tranquilo, preguntando a Pepu que cómo estaba en el podio. Por eso resuena en mis oídos el grito cabal, sincero, crítico y batallador de Pepu, aquel "BA-LON-CES-TOO" que todos aplaudimos un día en Madrid, en la Plaza de Castilla. Porque se está acabando una época, o por lo menos, no se ha iniciado una que muchos, esperanzados, presentíamos.
El CSKA es un equipo de talonario. Y el Maccabi. El Tau no le echó todo el coraje que debería, arrugándose antes de tiempo. Del Montepaschi no comento porque apenas he visto. Y la última diferencia; nada más terminado el partido, un buen partido, los periodistas consideraron que ya era demasiado y que ni había que hablar del partido, con repeticiones, con la proclamación del MVP, con algún comentario más. Se cortó inmisericordemente para anunciar, ¡Oh, Dioses, Magna noticia, imprescindible para todo el Universo! la victoria del Real Madrid de fútbol y la liga que ha ganado. Que por cierto, según me comentan algunos aficionados, no la ha ganado por ser mejor, si no por ser el menos malo. Como siempre, últimamente, en fútbol.
Pepu se irá. Garbajosa no jugará, casi seguro. Pau, si llega lejos con los Lakers (y parece que así será) dudo que pueda estar para los Olímpicos. Otros jugadores están con situaciones diferentes a las de hace un par de años.
¡Qué lejos queda ya, en la memoria de algunos, aquellos días en que España, a pesar de España, hizo historia!
Un saludo,
martes, 29 de abril de 2008
El día en que el Mundo terminó
Sea la causa que sea, se plantea el fin del mundo como el fin del hombre como especie, como grupo, no como individuo. Siempre, en los planteamientos dichos, sobrevive alguien. No hay película, libro o historia que muestre un planeta completamente barrido de seres humanos. No, hay siempre alguien, que con ingenio, perseverancia, orgullo y suerte, sobrevive y mantiene intacta su humanidad, su capacidad de emocionarse con Bach, de entusiasmarse con el ajedrez, de ver películas y leer grandes obras al tiempo que suele matar a los invasores o combatir la soledad. Y ese alguien es la esperanza, hasta que muere y todos lloramos... aunque con cierta esperanza, pues luego siempre resulta que no era el único...
Falso. Imaginemos un planeta vacío. Sin seres humanos. No hay nadie. Ningún miembro de nuestra especie. Se escapa a la comprensión del ser humano el pensar que no haya ni un solo ser humano, porque no podría verlo... ¡él sería el único en ver ese vacío! No pensar como un ser humano, no razonar ni sentir como un hombre, no ver, no escuchar, no palpar, no gustar, no olfatear nada... ¿puede eso realmente ocurrir?
De momento, una hambruna parece que se viene encima de aquellos a los que el capitalismo ha marcado como débiles. El falso darwinismo económico de hoy día (quien no tiene perece, y quien tiene o lo controla, prevalece) se está convirtiendo en moneda común. Moneda falsa. O no.
Malthus comentó, brutalmente, que el ser humano no podía expandirse sin más por el mundo, pues agotaría los recursos y, esquilmado el planeta, no habría nada con que sostener a las siguientes generaciones. Y por ello creía en la muerte masiva como un modo de corregir esa tendencia. Hambrunas, epidemias, guerras, catástrofes, todos medios de regulación poblacional que permitían a otros vivir... mejor.
Lo que no sé si Malthus llegó a pensar es en el hecho de que, biológicamente, somos una especie más, no La Especie... que quizá somos ese virus que proclama friamente el famoso agente Smith de "Matrix", un virus que ha infectado el planeta. Que el ser humano no es tan importante... y sin embargo, pensar eso, como ser humano, es difícil. Menos aun aceptarlo.
El Mundo, como lo conocemos, puede acabarse. Por muchos motivos. El problema es que no sabemos, o no queremos, hallar el medio para que podamos habitarlo sin incomodarnos unos a otros, y mucho menos sin arrasar a los compañeros de viajes que llevan eones conviviendo con nosotros y, casi siempre, dándonos alimento, cobijo y muchos otros recursos.
Quizá sea hora de desempolvar viejas teorías, actualizándolas, y pensar en términos anticapitalistas... pero no por ello dogmáticos. ¿Seremos capaces?
Yo creo que no.
Un saludo,
viernes, 25 de abril de 2008
El mundo en blanco y negro
No me pregunto ya por el sentido de la vida. Tras los años que mi buen amigo Rafa llamaba "de aprendizaje" (viene a cuento, y aquí será una digresión necesaria, porque no va tan lejos el tema, puesto que nuestra conversación versaba sobre mi hartazgo aparante al no encontrar nueva literatura, o cualquier tipo de libro, que me sorprendiera, que supusiera una brecha clara en mi vida, como lo fueron en su día los libros de Nietzsche, Poe, Lovecraft, Baroja o Lem, o libros de divulgación, o ciencia, o ensayo, o materias similares que hace tiempo no me cuentan realmente cuestiones novedosas, rompedoras, fogosamente modernas... y ese hartazgo lo mesuraba así Rafa, calificando aquella época, en la que sí encontraba libros así, "de aprendizaje"... lo cual o me lleva a un cinismo temprano o simplemente a una mala búsqueda, un estado de ánimo apático o nada más y nada menos que a una consunción de ese ciclo vital del que hablo... o no tanto) ya no me pregunto por ese sentido. Mi vida tiene todos los sentidos que yo le otorgue. Y ni las filosofías tramposas del orientalismo más inmovilista e inútil (ahora tan de moda, por desgracia) ni tampoco las trampas de una sociedad de consumo capitalista me llevan a olvidarme de dicha pregunta. No, el sentido de la vida es un sinsentido y la única respuesta es la que cada uno le dé. Lo que al final hace que tenga múltiples respuestas, y no todas ellas equivocadas... ni tampoco acertadas.
Si no es el sentido de la vida, ¿qué es lo que me hace meditar y compartir esa reflexión con los cuatro gatos que leen este blog? Pues quizá la materia misma de la vida, ese barro informe al que insuflamos vida o damos muerte (lo sé, esto es muy bíblico...) o más bien, esos asuntillos diarios que nos dan qué pensar.
Primero de todo, he sabido esta semana de otras dos personas que no tienen miedo. Y no lo tienen por diferentes motivos. Uno no tiene miedo por diversas razones, pero la revelación (epifanía, por seguir la trama religiosa) le llegó tras un viaje y su vida, simplemente, cambió. Dejó de tener miedo, de estresarse, de agobiarse, de pagar ciertos peajes (no todos) y de vivir por tanto sin futuro, porque el presente le conducía al pasado y éste a una negrura en el tiempo... el otro, no tiene miedo porque ya la vida le ha hecho temer muchas cosas, entre otras, la muerte, que sabe cerca, y eso le da igual. El miedo es el sentimiento clave. Miedo a no encontrar trabajo, y en el trabajo, a conservarlo, y conservándolo, a estar mal en el mismo, y después de eso, ¿qué? Miedo a que la persona que quieres, te deje, y dejándote, estés solo, y estando solo, ¿qué? miedo a envejecer, y envejeciendo, prematuramente además, a perder toda la vitalidad de otras épocas, y perdiéndola, ¿qué? miedo a morir, miedo a vivir, miedo a tantas y tantas cosas, que finalmente, todo, es miedo.
El mundo suele tener colores, al menos, nuestros ojos reciben la información que procesa el cerebro y después convierte en esas maravillosas imágenes con colores, formas, movimientos... pero con los ojos cerrados no vemos colores, los imaginamos, y sí en cambio muchas cosas en blanco y negro. En blanco, aquello que nos hace feliz, esa vasta alegría que es tan amplia y plena como una pradera verde, tan grande como un desierto o una llanura helada... en negro, los terrores, el pánico, la tensión y el agobio por mil pequeñas cosas o por algunas grandes cosas... el color, entonces, se lo damos nosotros.
El mundo es un tablero de ajedrez, con sus 64 escaques en blanco y negro. Tenemos todo en ese tablero; sumisión, poder, sexo, atrevimiento, elegancia, fuerza... y también podemos perderlo todo. El jugador le pone color al tablero, a esos escaques de dos colores básicos, sencillos, claros y definitivos. El color es lo que hace del mundo un lugar más bello, entendiendo belleza como camino a la felicidad. Y ese color se lo damos nosotros.
Gracias, Punset.
Un saludo,
lunes, 21 de abril de 2008
Temiendo el bicentenario
De todos modos, es absurdo y curioso. Un país que pasó de puntillas sobre el desastre de Trafalgar (algo deleznable) y que ha olvidado episodios como el de Blas de Lezo dando cera a los ingleses en Cartagena (de Indias) en el XVIII, lo ilógico es que siga pasando de puntillas o incluso tapándose la nariz ante los acontecimientos que blasonaron la historia. Y lo digo con todo el sentido, porque España, o lo que fuera o pareciera, ha sido un referente, hasta el punto que hastía la propaganda negra de la izquierda y la propaganda rosísima de la derecha. ¿Acaso no podemos saber qué fuimos, qué somos y qué podremos ser, sin más? Complejo se me antoja...
En breve, como digo, celebraremos que la chusma callejera, los chulos y chisperos, las putas, los que pasaban por ahí y otros cuantos más, algunos con ideales, otros con mala leche, destriparan merecidamente a un ejército invasor que llegó a Madrid y se pasó tres pueblos, que iba prepotente y recibió una pequeña paliza, que nos traía la Ilustración, la modernidad, la Revolución y otras lindezas y recibió un sonoro bofetón de los carcas, los modernos, los masones, los ilustrados, los curas, los realistas, los aprovechados y, en general, todos, unidos absurdamente por lo único que puede unir a los españoles; el enemigo común que nos viene a decir cómo debemos vivir (aunque sea para mejor)
Porque es así de lamentable. España ha tenido figuras políticas desastrosas a las que se encumbra inmerecidamente o se trata demasiado bien, pero luego los competentes, incluso genios, se les ha puesto en la picota y a joderles. También es cierto que no todo es tan bello si hubiera sido de otra manera, ni tampoco hay tanta hez, pero es cierto que España ha malgastado oportunidades, cuando las tuvo, y no ha sabido crearlas, cuando las pudo.
Que somos lo que somos no es inevitable. Que es cierto, en parte. Y ahora mismo lo que temo, como hace años me pasó en carne viva, es que se malinterprete al ver a un tipo con casaca, fusil y chacó, de los Voluntarios de Madrid (un grupo de recreación histórica militar) desfilar, como si fuera un facha, un reaccionario, un fascista, en vez de ser lo que es; alguien que intenta revivir la historia como fue, como era, porque es así como se aprende; y entenderemos quizá más de donde viene el pacifismo (que a veces es causa de violencias inauditas) y porqué algunos lucharon, dejaron su vida y pelearon. Porque un tipo de hoy no vive como aquellos madrileños de hace 200 años, aunque comparte muchas cosas.
En ésta época en la que ya no interesa que haya ideales, o se manipulan los de antaño, sería bonito que, aparte de gente grosera pero franca como Arturo Pérez-Reverte, salieran en defensa de ciertos valores universales, como la unión, la fraternidad, el espíritu de lucha por un ideal, el sacrificio o el valor, sin por ello tergiversar, retorcer, manipular o mentir acerca de lo que sucedió. Y que la educación, un valor absoluto, volviera a tener presencia, no ser una ausencia interesada.
¿Será por todo ésto que temo el bicentenario? ¿Acaso porque se celebrarán chuscos carnavales y chirigotas, pantomimas, bailes de disfraces y demás tramoya sin entender qué hay detrás?
En fin, triste matar al mensajero (los franceses) pero no por ello dejo de estar orgulloso de lo que hicieron. Así de contradictorio es el ser humano...
Un saludo,
viernes, 18 de abril de 2008
Sicalíptico...
Lo confieso, me encanta "Cuestión de sexo", una serie española. Y aun digo más, me siento bien tratado al verla. Es real, una mezcla malvada de veracidad y estupidez. Muchas veces, los personajes son imbéciles, motivados por impulsos y por clichés o estererotipos. Y también sus actitudes. Pero hay algo que demuestra el porqué; el sexo.
Todo lleva al sexo... trasunto biológico que sirve para perpetuar la especie. Si no diera gustillo, si no sintiéramos placer alguno, ¿para qué molestarnos? y todo lo que eso conlleva, de tal manera que, aunque no lo reconozcamos, el sexo es una de las tres o cuatro cosas importantes de la vida. A veces es de las que más importancia tiene.
Me encanta el término título de éste mensaje. Lo paladeo con gusto, porque trae resonancias de apocalipsis, de destrucción incontrolada, de terremotos brutales. Es una palabra que me atrae más que "orgasmo", por ejemplo. Significa, en última instancia, la capacidad demoledora en nuestras vidas del sexo.
Nuestra especie no sobrevive por su teconología, ni tampoco por condiciones controladas por nadie. Sobrevive porque casi todos, desde el pobre que no tiene para condones y está machacado por mandamientos absurdos de su religión, hasta el rico, ateo, poderoso y en la cima, todos, quieren ser muchas veces como el título directo de un libro de relatos de Bukowski, "La máquina de follar"
Y nadie puede negarlo, nos atrae la parte más maliciosa... logrado el objetivo de acostarse con una persona, rápidamente se fantasea. Y antes también. Cuernos, tríos, intercambios de pareja, experimentos con el mismo sexo, grupos, todo tipo de posturas... y muchas otras cosas que, de escribirlas, ni llegarían a la mitad del salvajismo erótico, lascivo, pervertido, brutal, de gente como Apollinaire y sus "Once mil vergas", por poner un ejemplo...
Porque somos seres sicalípticos... aunque nos dé miedo reconocerlo. Lo difícil, muchas veces, además de lograr que las plegarias sean atendidas, es sobrevivir a las consecuencias... o no.
Un saludo,
jueves, 3 de abril de 2008
Tempestades en el abismo
Dejémonos de ñoñerías. Lo que el título refleja es mi peculiar estado de ánimo. Tensado, como una cuerda; frágil, como un hilo. Me siento caminando alrededor de ese abismo, un abismo extraño, al que hace años renuncié a explorar una vez más. Pero parece que la vida sigue siendo cuestión de azar, de acontecimientos, de locuras. Y hace poco parece que mi vista se volvió a posar en el abismo, en su negra y atractiva sima sin fondo, en aquella pantalla donde proyectar nuestras indecisiones, nuestras debilidades, nuestros sueños y nuestros anhelos. El abismo recibió mis preguntas, mis dudas, mis gritos, y su contestación fue, de momento, la nada.
Ahora mismo, si trato de trazar un plano vital de mi vida, una especie de esquema o juego de coordenadas en el que situarme, no sabría decir bien dónde estoy. Una extraña encrucijada (¿no lo es siempre todo momento de la vida en el que hay más de una opción?) en la cual puedo tomar caminos diferentes, sendas que conducen a una vida ignota, todas ellas, pero en las que puedo prever algunas cosas. Mi experiencia aliada con la imaginación me dice qué caminos no debo transitar, pero también mis impulsos me chillan para tomar esos caminos, por espinosos y dulces al tiempo que puedan ser. Siento, siempre, dolor, punzadas de dolor y oleadas de sentimientos que no logran nublar del todo mis sentidos y mi razón, si es que hay una. Y eso sin duda es complicado. De pronto, he abierto muchos ojos, más de los que tengo, y veo cosas que no estaban ahí, o sí pero las eludía, o directamente ignoraba su existencia. Y ver, siempre, duele y es peligroso.
Decía un personaje de Umberto Eco, en "El nombre de la Rosa", que la risa era el mayor de los pecados, el peor de los sentimientos, pues se pierde todo respeto, incluyendo el debido a un dios cualquiera (en ese caso, el judeocristiano) Yo soy un tipo de reír, demasiado, y sabiendo lo que sé, cada día mis risas son más locas, más desquiciadas, propias de un tipo desasosegado. Muecas de medio lado, sonrisas burlonas, socarronas, de superioridad, displicentes, genuinamente agradables, musicales, chirriantes... río, río demasiado. Río porque las demás alternativas son las de la cordura (¿o es la locura?) que acepta lo evitable.
Me estremezco, porque sé que quien siente dolor, puede sentir placer, y quien siente odio, puede amar sin problemas. Me estremezco porque vuelvo a sentir muchas cosas, como si tras un tiempo aterido en una cueva fría, dormitando tras la tormenta, alguien encendiera una hoguera y calentara mis miembros paralizados mediante friegas enérgicas. Tiemblo pensando en la tormenta, en cómo estalla, despedazando barcos, y a hombres y otros animales. Siento desazón, porque luego quedan restos de astilladas maderas flotando, cadáveres en el agua, voces apagadas para siempre, algún sonido quejumbroso y extraño, y una calma, una tranquilidad, que es irreal, porque es la calma posterior a la destrucción.
Puede que sepa sortear el abismo, pero la pregunta es... ¿quiero?
Un saludo,
miércoles, 2 de abril de 2008
Hace algunos años...
Quería una vida más agradable, más cómoda, más feliz. Seguir estudiando ahora, cuando aun no me he ido de casa, cuando la persona a la que quiero la veo cada vez menos, cuando justo se me ofrece un mundo de oportunidades más amplio, era una locura. Ahora mismo, mi cuerpo, mi sentir general, me pedía otras cosas. Un destello de rebeldía que tenía aletargado vuelve a brillar, un momento de energía, un pequeño humo avisando del volcán que llegué a ser y ahora mismo no soy. La sangre vuelve a fluir alegre, los músculos vuelven a moverse con ganas, las mañanas son de otra manera, mi esencia de mal jugador que puede apostarlo todo, arriesgarlo todo, perderlo todo y volver a empezar (aunque con trampa; siempre lo he hecho sin consecuencias, o al menos, sin grandes consecuencias) intenta regresar, y en general, siento una necesidad absoluta de borrar la apatía, la rutina, los malos hábitos adquiridos durante el período de estudio mediante los mayores recursos que creo nunca he tenido; la imaginación y la improvisación.
Siempre he sido asistemático, intuitivo, irracionalmente lógico y capaz de hacer un camino tortuoso para llegar al mismo sitio, disfrutando del viaje más que de la meta. Ahora mismo, sé que esa faceta de mi ser, o más bien ese ser que soy, puesto que somos siempre más de lo que mostramos, ocultamos menos de lo que somos, y somos más de lo que pensamos, vuelve a estar, a despertar y a llamarme. Quiero desorden en mi vida, pero con mi gusto por el orden personalizado. Quiero improvisación, sorpresas, conociendo de antemano que las disfrutaré. Quiero en todo caso revivir emociones que por viejas, son siempre nuevas. Quiero disfrutar de mi vida como si no hubiera mañana, y sabiendo que hay, ver el amanecer con la misma ilusión que emoción al contemplar un crepúsculo. Quiero volver a gritar, rabiosamente feliz por la reverberación del grito en mi garganta. Quiero correr explosivamente para quedar sofocado, saltar sin tasa, agitar mis manos sin motivo, hablar hasta cansarme, reír siempre, no medir si hiero ni preocuparme si me han querido herir, poder repartir mis besos, mis abrazos, mis caricias sin que haya ahorro en todo ello. Quiero volver a ser salvajemente alegre, como un animal, inmensamente capaz de no detenerme en mi propia felicidad y que de ésta puedan tomar otros porciones capaces de saciar a un sensual Anacreonte. Y todo lo que quiero, no quiero detenerme para tenerlo.
Pienso en este mensaje como un grito de rabia. Siempre he hablado mucho, siempre más de la cuenta, pero nunca he dicho nada que no estuviera sintiendo, que no pensando. Y nunca he pensado mucho lo que he dicho por temor a ocultar lo que en bruto se dice, escamoteando entonces mis intenciones, falseando mis palabras, mintiéndome a mí primero y al resto después. Y mi vida no está construida sobre reservas de ningún tipo, porque los límites, las murallas, los frenos, los valladares, me angostan, me incitan a sortearlos, a vencerlos o a derribarlos.
Hace algunos años, dormí todo aquello que ahora regresa. Y como Hipólito resucitado, vuelve igual de violento y airado para retomar su puesto en mi ser. Es como abrir una presa largo tiempo contenida por un burócrata aburrido sin más tarea que medir la presión del agua sobre el muro, y que de pronto es asaltado por una bandada de gamberros, punkis, ácratas, muchachos salvajes de pies desnudos y locos de toda laya que abren con furia la compuerta. El burócrata ha pasado tanto tiempo abúlico que se une a ellos en la tarea, aunque eso no impide que el agua retome el cauce, un cauce que ya ha sido esculpido en el tiempo, pues nada más permanece ocioso porque nosotros lo estemos.
En ese río quiero llevar de navegación a una persona, principalmente, pero tengo claro que mi barca es amplia, los remos, de fuerte madera, y la vela, a merced de la inconstancia de los vientos, del azar que domina toda vida y nunca, jamás, someteremos. Y así ha de ser.
Un saludo,
sábado, 29 de marzo de 2008
Extraños sentimientos
Lo primero de todo, estoy llegando a un punto irracional y nada lógico (¿debía serlo?) en el que creo que definitivamente es mejor dejar de escribir. Es un sentimiento, un sentimiento claro, que me dice al oído, en bajito y con sorna, muchas maldades y verdades entremezcladas. La primera, nunca he dedicado tiempo a practicar como debiera. Siempre empiezo gran cantidad de cosas con fuerza casi explosiva, las cosas, y después... se van deshinchando con el tiempo, perdiendo energía, quedando abandonadas con desinterés por mi parte. Si bien es cierto que escribir no ha sido una actividad empezada y abandonada a los pocos meses, sí lo es que nunca la he proseguido con constancia, tratando de mantener una coherente práctica, creando un hábito, buscando mejorar y escribir, escribir y escribir. Chandler y Hammet, por ejemplo, lo hacían por obligación, todos los días unas 1.000 o 1.200 palabras, no recuerdo la cifra exacta, pero da igual; para ellos el papel era como una cadena de montaje donde ensamblaban sus historias. Y siempre lograban, por pura práctica, relatos mucho mejores que otros "inspirados". Mi actividad ha sido como un río que ya partía con caudal escaso, y las sequías y veranos lo han dejado peor que el Manzanares en Madrid. Al menos ese río tiene esperanza, aunque no me refiera a la "lideresa"...
La segunda, muchas veces he dejado que lo práctico gobernara mi vida. Y dicho así parece paradójico o incluso sarcástico. Ni mucho menos. Lo lamento porque he perdido aquel punto de mi juventud en el que experimentaba sin miedo todo tipo de cuestiones, físicas o, más bien, intelectuales. De ahí queda un cierto eclecticismo, una falta de rigor formalista, un tanto de desorden y maraña de ideas de cuya confusión a veces nacían cosas interesantes. El haber regido mi vida por cuestiones prosaicas, por necesidades imperativas, ha cercenado muchos intentos, vanos seguramente, de lograr algo. Escribir por puro gusto ya no es una posibilidad, porque hay demasiadas cuestiones en mi mente como para tomar en serio cualquier tipo de libro. Leo todo y encuentro formalismo, irrealidad, falta de honestidad en esa lectura... ahora mismo, cualquier libro de "escapismo" ya no logra el efecto que antes tenía, el de someterme a la imaginación del autor y entrar en un mundo mágico, onírico, falso, inventado, absolutamente irreal. Pero por el contrario, la literatura "práctica" tampoco me atrapa. No quiero datos, no quiero funciones, no quiero dogmas ni tampoco sistemas. En la frontera de ambas, suelo quedarme con híbridos que no me llenan pero al menos palían mi incapacidad de volver a disfrutar de lo que es el mundo de los sueños. Porque quizá, para eso, para soñar, hay que ser inconsciente, incapaz de ver el mundo tal como es, y dejarse tragar por un marasmo de locura...
Un psicólogo lo llamaría frustración artística, quizá. O que me siento viejo sin dejar de ser ni siquiera joven. Quizá muchas cosas me hallan condicionado, quizá me falte el valor necesario para saltar desde la roca al precipicio peligroso pero tan atractivo de una vida sin reservas, sin pasos atrás, sin resguardos y refugios. Me he acostumbrado a cosas cómodas, seguras, tranquilas. Y al dormir la sangre, al circular más lenta, he aliviado muchos dolores, pero no he llegado a esa bendita epoché escéptica. Ni al epicureismo de un amigo mío. Ni a nada similar. Las recetas tampoco me valen, porque me río de todo y lo hago porque veo siempre la parte ridícula, la parte absurda, la parte de la que uno puede reirse siempre. El exceso de seriedad, la falta de humor, tantas y tantas cosas de las que puedo reirme. Es una bendición que se convierte en maldición cuando no encuentras certezas absolutas a las que agarrarte (y de las cuales no burlarte) y descubres entonces unas pocas, unas muy limitadas. Sentimientos, volátiles, difusos, como el amor o cierta amistad. Y la misma ayuda se convierte en problema, estando uno siempre sobre una cresta afilada de la que caerse es peligroso, pero también es cortante al paso.
No estoy plenamente satisfecho de mi vida. Hay algunas cuestiones que me hacen sentir mal. Como el tiempo cambiante, de sol, lluvia, vientos, frío, calor y apacibles mañanas, así me siento. Mi corazón tiembla, muchas veces, y mi mente arrolla con sus pensamientos muchos de mis días.
Hay una cosa, una única cosa, que me ancla al mundo sin traba alguna. A ella le dedico mi confusión y confesión, puesto que aun no comprendo cómo puede ser que me halla encontrado, me ame desde entonces y, después de conocerme, como nadie lo ha hecho, me siga amando. Y en el fondo, sigo siendo un romántico enamorado del amor...
Para Cris.
lunes, 18 de febrero de 2008
Primer relato (Blog 1)
Víctor se ha levantado con acidez en el estómago. Siente la presión de la cena y el exceso cometido al realizar tan larga vigilia con los amigos. Amigos de la juventud, amigos mantenidos durante años. Muchos de ellos han cambiado de casa, se han casado, tienen hijos, incluso alguno ya ha llegado al paso del divorcio, la pensión para los hijos, aunque menos que en otras épocas, porque ambos trabajaban. Pero anoche ha sido especial; Juanjo, del que nadie sabía nada desde hace años, ha vuelto a la ciudad. Había desaparecido de la vida de todos hacía mucho tiempo, y de pronto, sin avisar, se presenta en la casa de Beatriz. Ésta le recibe sorprendida en su casa, con su marido, Alberto, y le encuentra apenas cambiado, si bien con más ojeras, la ropa desgastada y con flecos, rota en partes, polvorienta, su macuto abultando tanto que apenas se ve la espalda, la cara cubierta de barba, el pelo largísimo, el cuerpo delgado, espigado y casi huesudo, y las manos encallecidas y en el dorso con cicatrices. Alberto nunca fue muy amigo de Juanjo, nunca apreció a este hombre de vida presuntamente ordenada, pulcro, limpio, serio, que un día desapareció de su trabajo, luego de su casa, y finalmente, tras no tener nadie noticias suyas, aparece sucio, maloliente y con ojos brillantes en el quicio de su piso, un piso del que paga hipoteca, que amuebló al gusto de Ikea y que exhibe ante sus amigos con orgullo. Juanjo no habla, no pide entrar, no hace ademán alguno. Está quieto, hierático sobre la alfombra sin mostrar intención de pasar. Beatriz le mira, le toma del brazo con cariño y, los ojos húmedos, le atrae para sí para abrazarle e invitarle a pasar. Juanjo mira, con ojos vivos, asustados en un inicio, de pronto hundidos en el cansancio del que se siente regresado al hogar, a Alberto, al marido receloso, al marido mezquino, al marido que ella nunca debió tener. Pero Juanjo pasa al hogar, y Beatriz, en seguida, le despoja de su mochila, de sus cosas, le limpia la frente con un pañuelo, notando las arrugas y el instintivo retraso de su cabeza cuando ella acerca la mano, y le convence, con reticencias suyas y de Alberto, para desvestirse en el cuarto de ambos y darse una ducha, no un baño moroso que podría dormirle, si no una ducha relajante, dejando caer el agua sobre su piel morena y encostrada.