Buscar dentro de este batiburrillo

viernes, 18 de abril de 2008

Sicalíptico...

El palabro se las trae, pero lo uso muy a cuento. La sensualidad, la líbido exaltada, lo lujurioso, el sexo, a fin de cuentas... tema magnífico, siempre, en todo momento.

Lo confieso, me encanta "Cuestión de sexo", una serie española. Y aun digo más, me siento bien tratado al verla. Es real, una mezcla malvada de veracidad y estupidez. Muchas veces, los personajes son imbéciles, motivados por impulsos y por clichés o estererotipos. Y también sus actitudes. Pero hay algo que demuestra el porqué; el sexo.

Todo lleva al sexo... trasunto biológico que sirve para perpetuar la especie. Si no diera gustillo, si no sintiéramos placer alguno, ¿para qué molestarnos? y todo lo que eso conlleva, de tal manera que, aunque no lo reconozcamos, el sexo es una de las tres o cuatro cosas importantes de la vida. A veces es de las que más importancia tiene.

Me encanta el término título de éste mensaje. Lo paladeo con gusto, porque trae resonancias de apocalipsis, de destrucción incontrolada, de terremotos brutales. Es una palabra que me atrae más que "orgasmo", por ejemplo. Significa, en última instancia, la capacidad demoledora en nuestras vidas del sexo.

Nuestra especie no sobrevive por su teconología, ni tampoco por condiciones controladas por nadie. Sobrevive porque casi todos, desde el pobre que no tiene para condones y está machacado por mandamientos absurdos de su religión, hasta el rico, ateo, poderoso y en la cima, todos, quieren ser muchas veces como el título directo de un libro de relatos de Bukowski, "La máquina de follar"

Y nadie puede negarlo, nos atrae la parte más maliciosa... logrado el objetivo de acostarse con una persona, rápidamente se fantasea. Y antes también. Cuernos, tríos, intercambios de pareja, experimentos con el mismo sexo, grupos, todo tipo de posturas... y muchas otras cosas que, de escribirlas, ni llegarían a la mitad del salvajismo erótico, lascivo, pervertido, brutal, de gente como Apollinaire y sus "Once mil vergas", por poner un ejemplo...

Porque somos seres sicalípticos... aunque nos dé miedo reconocerlo. Lo difícil, muchas veces, además de lograr que las plegarias sean atendidas, es sobrevivir a las consecuencias... o no.

Un saludo,

jueves, 3 de abril de 2008

Tempestades en el abismo

Siempre me han encantado las imágenes poderosas, fuertes, que puedan transmitir sentimientos de manera infalible. He pensado que el título es en sí mismo lo suficientemente decimonónico y a la vez potente como para hacer sentir las trepidantes olas, el crujido del mar y el trueno, el agua salada y su espuma batiendo rocas y jugando entre los farallones y arrecifes, mientras los gritos se ahogan y un gran agujero se traga el mundo conocido entre mar y aire...

Dejémonos de ñoñerías. Lo que el título refleja es mi peculiar estado de ánimo. Tensado, como una cuerda; frágil, como un hilo. Me siento caminando alrededor de ese abismo, un abismo extraño, al que hace años renuncié a explorar una vez más. Pero parece que la vida sigue siendo cuestión de azar, de acontecimientos, de locuras. Y hace poco parece que mi vista se volvió a posar en el abismo, en su negra y atractiva sima sin fondo, en aquella pantalla donde proyectar nuestras indecisiones, nuestras debilidades, nuestros sueños y nuestros anhelos. El abismo recibió mis preguntas, mis dudas, mis gritos, y su contestación fue, de momento, la nada.

Ahora mismo, si trato de trazar un plano vital de mi vida, una especie de esquema o juego de coordenadas en el que situarme, no sabría decir bien dónde estoy. Una extraña encrucijada (¿no lo es siempre todo momento de la vida en el que hay más de una opción?) en la cual puedo tomar caminos diferentes, sendas que conducen a una vida ignota, todas ellas, pero en las que puedo prever algunas cosas. Mi experiencia aliada con la imaginación me dice qué caminos no debo transitar, pero también mis impulsos me chillan para tomar esos caminos, por espinosos y dulces al tiempo que puedan ser. Siento, siempre, dolor, punzadas de dolor y oleadas de sentimientos que no logran nublar del todo mis sentidos y mi razón, si es que hay una. Y eso sin duda es complicado. De pronto, he abierto muchos ojos, más de los que tengo, y veo cosas que no estaban ahí, o sí pero las eludía, o directamente ignoraba su existencia. Y ver, siempre, duele y es peligroso.

Decía un personaje de Umberto Eco, en "El nombre de la Rosa", que la risa era el mayor de los pecados, el peor de los sentimientos, pues se pierde todo respeto, incluyendo el debido a un dios cualquiera (en ese caso, el judeocristiano) Yo soy un tipo de reír, demasiado, y sabiendo lo que sé, cada día mis risas son más locas, más desquiciadas, propias de un tipo desasosegado. Muecas de medio lado, sonrisas burlonas, socarronas, de superioridad, displicentes, genuinamente agradables, musicales, chirriantes... río, río demasiado. Río porque las demás alternativas son las de la cordura (¿o es la locura?) que acepta lo evitable.

Me estremezco, porque sé que quien siente dolor, puede sentir placer, y quien siente odio, puede amar sin problemas. Me estremezco porque vuelvo a sentir muchas cosas, como si tras un tiempo aterido en una cueva fría, dormitando tras la tormenta, alguien encendiera una hoguera y calentara mis miembros paralizados mediante friegas enérgicas. Tiemblo pensando en la tormenta, en cómo estalla, despedazando barcos, y a hombres y otros animales. Siento desazón, porque luego quedan restos de astilladas maderas flotando, cadáveres en el agua, voces apagadas para siempre, algún sonido quejumbroso y extraño, y una calma, una tranquilidad, que es irreal, porque es la calma posterior a la destrucción.

Puede que sepa sortear el abismo, pero la pregunta es... ¿quiero?

Un saludo,

miércoles, 2 de abril de 2008

Hace algunos años...

Hace algunos años, me planteé cuál era mi futuro, mis opciones para vivir una vida más feliz, más cómoda, más agradable. Decidí opositar y tratar de ser funcionario, puesto que mi intención era trabajar en un ambiante relajado, donde sabes que no te pueden despedir, ganando un sueldo fijo, que siempre cobrarás, y teniendo una cantidad de tiempo nada despreciable para realizar lo que apetezca luego. Tras un periplo nada envidiable, con extraños movimientos que han retorcido hasta la lógica de mis iniciales aspiraciones, he llegado a poseer algo parecido, una plaza que es mía. Y entonces he mirado alrededor y he seguido con mi intención de obtener una plaza mejor. Entonces es cuando he caído en la cuenta.

Quería una vida más agradable, más cómoda, más feliz. Seguir estudiando ahora, cuando aun no me he ido de casa, cuando la persona a la que quiero la veo cada vez menos, cuando justo se me ofrece un mundo de oportunidades más amplio, era una locura. Ahora mismo, mi cuerpo, mi sentir general, me pedía otras cosas. Un destello de rebeldía que tenía aletargado vuelve a brillar, un momento de energía, un pequeño humo avisando del volcán que llegué a ser y ahora mismo no soy. La sangre vuelve a fluir alegre, los músculos vuelven a moverse con ganas, las mañanas son de otra manera, mi esencia de mal jugador que puede apostarlo todo, arriesgarlo todo, perderlo todo y volver a empezar (aunque con trampa; siempre lo he hecho sin consecuencias, o al menos, sin grandes consecuencias) intenta regresar, y en general, siento una necesidad absoluta de borrar la apatía, la rutina, los malos hábitos adquiridos durante el período de estudio mediante los mayores recursos que creo nunca he tenido; la imaginación y la improvisación.

Siempre he sido asistemático, intuitivo, irracionalmente lógico y capaz de hacer un camino tortuoso para llegar al mismo sitio, disfrutando del viaje más que de la meta. Ahora mismo, sé que esa faceta de mi ser, o más bien ese ser que soy, puesto que somos siempre más de lo que mostramos, ocultamos menos de lo que somos, y somos más de lo que pensamos, vuelve a estar, a despertar y a llamarme. Quiero desorden en mi vida, pero con mi gusto por el orden personalizado. Quiero improvisación, sorpresas, conociendo de antemano que las disfrutaré. Quiero en todo caso revivir emociones que por viejas, son siempre nuevas. Quiero disfrutar de mi vida como si no hubiera mañana, y sabiendo que hay, ver el amanecer con la misma ilusión que emoción al contemplar un crepúsculo. Quiero volver a gritar, rabiosamente feliz por la reverberación del grito en mi garganta. Quiero correr explosivamente para quedar sofocado, saltar sin tasa, agitar mis manos sin motivo, hablar hasta cansarme, reír siempre, no medir si hiero ni preocuparme si me han querido herir, poder repartir mis besos, mis abrazos, mis caricias sin que haya ahorro en todo ello. Quiero volver a ser salvajemente alegre, como un animal, inmensamente capaz de no detenerme en mi propia felicidad y que de ésta puedan tomar otros porciones capaces de saciar a un sensual Anacreonte. Y todo lo que quiero, no quiero detenerme para tenerlo.

Pienso en este mensaje como un grito de rabia. Siempre he hablado mucho, siempre más de la cuenta, pero nunca he dicho nada que no estuviera sintiendo, que no pensando. Y nunca he pensado mucho lo que he dicho por temor a ocultar lo que en bruto se dice, escamoteando entonces mis intenciones, falseando mis palabras, mintiéndome a mí primero y al resto después. Y mi vida no está construida sobre reservas de ningún tipo, porque los límites, las murallas, los frenos, los valladares, me angostan, me incitan a sortearlos, a vencerlos o a derribarlos.

Hace algunos años, dormí todo aquello que ahora regresa. Y como Hipólito resucitado, vuelve igual de violento y airado para retomar su puesto en mi ser. Es como abrir una presa largo tiempo contenida por un burócrata aburrido sin más tarea que medir la presión del agua sobre el muro, y que de pronto es asaltado por una bandada de gamberros, punkis, ácratas, muchachos salvajes de pies desnudos y locos de toda laya que abren con furia la compuerta. El burócrata ha pasado tanto tiempo abúlico que se une a ellos en la tarea, aunque eso no impide que el agua retome el cauce, un cauce que ya ha sido esculpido en el tiempo, pues nada más permanece ocioso porque nosotros lo estemos.

En ese río quiero llevar de navegación a una persona, principalmente, pero tengo claro que mi barca es amplia, los remos, de fuerte madera, y la vela, a merced de la inconstancia de los vientos, del azar que domina toda vida y nunca, jamás, someteremos. Y así ha de ser.

Un saludo,

sábado, 29 de marzo de 2008

Extraños sentimientos

Retomo la escritura de opiniones tras un largo período de ensayo una vez más frustrado, puesto que ni he sabido por dónde iba con la escritura de esos "relatos" ni tampoco me han servido para lo que quería originalmente, esto es, práctica de escritura, práctica obligada para ganar un hábito y para lograr unos fines. También lo hago porque al final, como siempre, me gusta más opinar, costumbre española extendida tanto o más que la siesta, y con los mismos beneficios personales, los de sentirse después relajado y satisfecho de uno mismo. Pero creo que mi insatisfacción por muchos y diversos temas no se va a curar de golpe aporreando un teclado como mero juntaletras que soy...

Lo primero de todo, estoy llegando a un punto irracional y nada lógico (¿debía serlo?) en el que creo que definitivamente es mejor dejar de escribir. Es un sentimiento, un sentimiento claro, que me dice al oído, en bajito y con sorna, muchas maldades y verdades entremezcladas. La primera, nunca he dedicado tiempo a practicar como debiera. Siempre empiezo gran cantidad de cosas con fuerza casi explosiva, las cosas, y después... se van deshinchando con el tiempo, perdiendo energía, quedando abandonadas con desinterés por mi parte. Si bien es cierto que escribir no ha sido una actividad empezada y abandonada a los pocos meses, sí lo es que nunca la he proseguido con constancia, tratando de mantener una coherente práctica, creando un hábito, buscando mejorar y escribir, escribir y escribir. Chandler y Hammet, por ejemplo, lo hacían por obligación, todos los días unas 1.000 o 1.200 palabras, no recuerdo la cifra exacta, pero da igual; para ellos el papel era como una cadena de montaje donde ensamblaban sus historias. Y siempre lograban, por pura práctica, relatos mucho mejores que otros "inspirados". Mi actividad ha sido como un río que ya partía con caudal escaso, y las sequías y veranos lo han dejado peor que el Manzanares en Madrid. Al menos ese río tiene esperanza, aunque no me refiera a la "lideresa"...

La segunda, muchas veces he dejado que lo práctico gobernara mi vida. Y dicho así parece paradójico o incluso sarcástico. Ni mucho menos. Lo lamento porque he perdido aquel punto de mi juventud en el que experimentaba sin miedo todo tipo de cuestiones, físicas o, más bien, intelectuales. De ahí queda un cierto eclecticismo, una falta de rigor formalista, un tanto de desorden y maraña de ideas de cuya confusión a veces nacían cosas interesantes. El haber regido mi vida por cuestiones prosaicas, por necesidades imperativas, ha cercenado muchos intentos, vanos seguramente, de lograr algo. Escribir por puro gusto ya no es una posibilidad, porque hay demasiadas cuestiones en mi mente como para tomar en serio cualquier tipo de libro. Leo todo y encuentro formalismo, irrealidad, falta de honestidad en esa lectura... ahora mismo, cualquier libro de "escapismo" ya no logra el efecto que antes tenía, el de someterme a la imaginación del autor y entrar en un mundo mágico, onírico, falso, inventado, absolutamente irreal. Pero por el contrario, la literatura "práctica" tampoco me atrapa. No quiero datos, no quiero funciones, no quiero dogmas ni tampoco sistemas. En la frontera de ambas, suelo quedarme con híbridos que no me llenan pero al menos palían mi incapacidad de volver a disfrutar de lo que es el mundo de los sueños. Porque quizá, para eso, para soñar, hay que ser inconsciente, incapaz de ver el mundo tal como es, y dejarse tragar por un marasmo de locura...

Un psicólogo lo llamaría frustración artística, quizá. O que me siento viejo sin dejar de ser ni siquiera joven. Quizá muchas cosas me hallan condicionado, quizá me falte el valor necesario para saltar desde la roca al precipicio peligroso pero tan atractivo de una vida sin reservas, sin pasos atrás, sin resguardos y refugios. Me he acostumbrado a cosas cómodas, seguras, tranquilas. Y al dormir la sangre, al circular más lenta, he aliviado muchos dolores, pero no he llegado a esa bendita epoché escéptica. Ni al epicureismo de un amigo mío. Ni a nada similar. Las recetas tampoco me valen, porque me río de todo y lo hago porque veo siempre la parte ridícula, la parte absurda, la parte de la que uno puede reirse siempre. El exceso de seriedad, la falta de humor, tantas y tantas cosas de las que puedo reirme. Es una bendición que se convierte en maldición cuando no encuentras certezas absolutas a las que agarrarte (y de las cuales no burlarte) y descubres entonces unas pocas, unas muy limitadas. Sentimientos, volátiles, difusos, como el amor o cierta amistad. Y la misma ayuda se convierte en problema, estando uno siempre sobre una cresta afilada de la que caerse es peligroso, pero también es cortante al paso.

No estoy plenamente satisfecho de mi vida. Hay algunas cuestiones que me hacen sentir mal. Como el tiempo cambiante, de sol, lluvia, vientos, frío, calor y apacibles mañanas, así me siento. Mi corazón tiembla, muchas veces, y mi mente arrolla con sus pensamientos muchos de mis días.

Hay una cosa, una única cosa, que me ancla al mundo sin traba alguna. A ella le dedico mi confusión y confesión, puesto que aun no comprendo cómo puede ser que me halla encontrado, me ame desde entonces y, después de conocerme, como nadie lo ha hecho, me siga amando. Y en el fondo, sigo siendo un romántico enamorado del amor...

Para Cris.

lunes, 18 de febrero de 2008

Primer relato (Blog 1)

Víctor se ha levantado con acidez en el estómago. Siente la presión de la cena y el exceso cometido al realizar tan larga vigilia con los amigos. Amigos de la juventud, amigos mantenidos durante años. Muchos de ellos han cambiado de casa, se han casado, tienen hijos, incluso alguno ya ha llegado al paso del divorcio, la pensión para los hijos, aunque menos que en otras épocas, porque ambos trabajaban. Pero anoche ha sido especial; Juanjo, del que nadie sabía nada desde hace años, ha vuelto a la ciudad. Había desaparecido de la vida de todos hacía mucho tiempo, y de pronto, sin avisar, se presenta en la casa de Beatriz. Ésta le recibe sorprendida en su casa, con su marido, Alberto, y le encuentra apenas cambiado, si bien con más ojeras, la ropa desgastada y con flecos, rota en partes, polvorienta, su macuto abultando tanto que apenas se ve la espalda, la cara cubierta de barba, el pelo largísimo, el cuerpo delgado, espigado y casi huesudo, y las manos encallecidas y en el dorso con cicatrices. Alberto nunca fue muy amigo de Juanjo, nunca apreció a este hombre de vida presuntamente ordenada, pulcro, limpio, serio, que un día desapareció de su trabajo, luego de su casa, y finalmente, tras no tener nadie noticias suyas, aparece sucio, maloliente y con ojos brillantes en el quicio de su piso, un piso del que paga hipoteca, que amuebló al gusto de Ikea y que exhibe ante sus amigos con orgullo. Juanjo no habla, no pide entrar, no hace ademán alguno. Está quieto, hierático sobre la alfombra sin mostrar intención de pasar. Beatriz le mira, le toma del brazo con cariño y, los ojos húmedos, le atrae para sí para abrazarle e invitarle a pasar. Juanjo mira, con ojos vivos, asustados en un inicio, de pronto hundidos en el cansancio del que se siente regresado al hogar, a Alberto, al marido receloso, al marido mezquino, al marido que ella nunca debió tener. Pero Juanjo pasa al hogar, y Beatriz, en seguida, le despoja de su mochila, de sus cosas, le limpia la frente con un pañuelo, notando las arrugas y el instintivo retraso de su cabeza cuando ella acerca la mano, y le convence, con reticencias suyas y de Alberto, para desvestirse en el cuarto de ambos y darse una ducha, no un baño moroso que podría dormirle, si no una ducha relajante, dejando caer el agua sobre su piel morena y encostrada.

Así que Víctor le vio anoche, sorprendido. La barba más arreglada, el pelo menos sucio, pero las manos llenas de marcas del tiempo, del uso prolongado, las arrugas en la frente y los ojos con bolsas azuladas, la mirada huidiza, sorprendida, recelando todo lo que se le acerca. Juanjo mira a todas partes como un animal acosado, y Víctor se da cuenta de eso. Él recuerda cuando eran jóvenes, cuando salían de farra por la ciudad, cuando Juanjo era el más listo, el más espabilado, el primero en acercarse a una mujer y el primero en irse con ellas de los bares. Recuerda sus sueños, sus conversaciones; tener éxito en la empresa, en la vida, tener una gran casa, un coche nuevo, adquirir lo que por entonces era novedad, un teléfono móvil, disfrutar de las mujeres, en suma, vivir de la manera que debe vivir una persona con éxito. Víctor reía, melancólico, anoche, recordando estos momentos. El pasado, siempre presente, nos ladea la cabeza y nos hace mirar con nostalgia tiempos distorsionados, rehechos por una memoria siempre selectiva. Víctor quería simplemente vivir, viajar, leer, conocer gente, y ahora está divorciado, viviendo en una casa compartida con un estudiante de oposiciones, una muchacha que gana apenas el sueldo mínimo y un hijo de papá envejecido con más de cuarenta años, dueño del piso. Su ex mujer se fue de la ciudad con sus dos ex hijas, y son ex porque el nuevo novio o ya marido de ella las ha adoptado tanto como suyas que ya no reconocen en Víctor al padre, al antiguo marido de su madre. Su vida es un vacío labrado en el hueco de ilusiones débiles…

Tiene mala cara, piensa Víctor. Se quedó hasta demasiado tarde; mucho sueño, en su empresa, donde cada día entra con el temor de que sea el último, pero con la esperanza de despedirse, de irse, de comenzar una vida nueva. Pero algo prendió en su corazón, en el cuerpo. Siente el hormigueo cuando Juanjo, que apenas habló, sostenido por Beatriz en las charlas, defendido incluso cuando su marido, aquel Alberto tan egoísta y miope de sentimientos, libó su desprecio contra él tratándole de vagabundo, de absurdo bohemio, de loco, en definitiva. Y Juanjo, hablando con Víctor, susurró, habló primero despacio, como una máquina largo tiempo apagada que necesita de un cierto calentamiento para regresar al movimiento de antaño; Juanjo le fue contando poco a poco los días de su marcha, de su extraña desaparición, de su misteriosa huída de un mundo al que decía pertenecer y del que, realmente, huyó. Víctor le ha escuchado, le ha oído decir palabras olvidadas, aletargadas en su alma, ecos de viejos sonidos. Víctor, de pronto, ha sentido volver a su cuerpo la vitalidad de días pasados, y, sobre todo, ha sentido algo embotado; rebeldía.

Pero tiene acidez en el estómago. El piso hay que pagarlo. Comer no es gratis. Tiene una pensión que pasar a su ex mujer y las que fueron un día sus hijas. El coche está en el taller. Lleva meses sin acostarse con una mujer, sin pagar, claro. Y los años pesan, aunque él sea más bien delgado. La realidad es una losa, y su estómago dolorido no ayuda a levantarla. Al menos, intenta no quedar sofocado bajo su peso.

(Continuará)

jueves, 7 de febrero de 2008

De cómo una sociedad se va desmoronando

No he podido evitar hoy leer los periódicos (digitales) y encontrarme con noticias tan absurdas como que Rajoy trataría de integrar los velos musulmanes en la vida pública (una de arena; la de cal, el contrato y examen de inmigrantes....) o que el arzobispo de Canterbury (de la Iglesia Anglicana) quiere que se metan aspectos de la "Sharia" o "ley del Corán" en la legislación británica para "fomentar la cohesión". Esto es, una revisión del cristianismo (a la que nos tienen acostumbrados los protestantes o, en el caso británico, los nacionalistas) para fortalecerlo y no perder comba.

Absurdas, me parecen. Así de claro. Tratar de dar más espacio a las religiones en la vida pública no es respeto ni tampoco pluralidad; es simplemente dar cuotas de poder sectario en un estado público a minorías que no respetan a otras minorías. Así de sencillo. Puestos a hacerlo tan mal (el verdadero asunto está en los guiños que hacen a los "mulsumanes radicales", simplemente hijos de puta con ganas de matar, como cualquier mafioso tipo ETA, para que justamente no maten...) pues lo próximo sería permitir la circuncisión para los judíos, etíopes coptos y demás grupos; la ablación; el maltrato a la mujer; tapar a las mujeres (esto no es exclusivo del cristianismo; en Europa lo estábamos logrando erradicar, ese machismo profundo, y ahora se ve esta vía como una forma indirecta de recobrarlo) o también, si nos ponemos duros, sacrificar al primogénito a Baal (total, seguro que alguno aun cree en los dioses fenicios, o también los germanos; a los condenados a muerte, meterlos en jaulas de mimbre y o quemarlos o dárselos a los cuervos...)

Todo esto es indicio de cómo una sociedad no tiene civismo, no tiene una sólida formación que separe la religión, TODA RELIGIÓN, de la esfera pública. Es caer en la trampa de "conceder" algo a cambio de una posible calma... así es cómo se empiezan a desmoronar las sociedades. Unos abren el paso a las minorías, las calamitosas, las dan poder para erosionar la vida pública y, cuando nos quedemos dar cuentas, un nuevo tipo de totalitarismo se ha adueñado de todo. Da igual el origen, el final es el mismo; el control de unos pocos sobre muchos, el final de toda idea de libertad (la libertad en sí es más compleja) y, en resumidas cuentas, el regreso a la barbarie de la que mucho nos cuesta salir, a pesar de la tecnología y a pesar de muchas otras cuestiones que nos hacen pensar que somos muy "modernos".

Dejemos que entren, abramos las endebles puertas a estas cuestiones, y mañana nos encontraremos con un rosario, postrados hacia la Meca o Roma, da igual, tapando a nuestras mujeres y haciendo todo tipo de atrocidades en nombre de cualquier diosecillo cabrón, psicópata, criminal y totalitario que, a fin de cuentas, no es más que el reflejo más podrido de seres humanos deshumanizados.

Un saludo,

En el torbellino

De pronto uno se siente lanzado al centro de la arena, con sangre y gritos, y le dejan unos útiles para enfrentarse a los demás. En instantes, reacciona, físicamente, devolviendo golpes, evitando los que le lanzan y atacando él mismo. El cuerpo manda, la Physis y no el Psyche. Pero en la arena virtual de la vida, suele tomar el control, aunque lo pague el cuerpo, esa mente maravillosa regalo de la evolución y el azar de la naturaleza.

Ahora mismo, analizo mi situación, cerrando los ojos, y me doy cuenta de la fortuna que poseo y de los peligros que la acechan. Tengo tiempo, aunque sea cansado, aunque con obligaciones rutinarias, aun con tareas desagradables. Tengo tiempo, el mayor tesoro de cualquier ser humano. El dinero no lo compra, lo hace más confortable y más cálido. La salud permite que lo disfrutemos. Pero sin tiempo, el hombre, consciente de su mortalidad, no es nada.

Veo que muchas personas pierden su tiempo (como yo mismo) en cuetiones que cada cual calificaría de inútiles. Yo muchas veces dejo que pase y se esfume, lánguido, como un recuerdo lejano de una tarde de sábado agradable. A veces, tras una larga siesta de la que despierto con una sensación cavernosa en mi cabeza, no lamento lo dormido, si no lo poco soñado. Y tumbado, sentado, yaciendo en un prado, dejándome acariciar por el sol o el viento, dejo que mi tiempo también se pierda.

El torbellino al que nos quieren lanzar, el maelstrom infame aniquilador de todo, está siempre aguardando. Busca mediante engaños, como los hombres grises de "Momo", robarnos todo el tiempo. El único, el verdadero activo del ser humano en la tierra.

No juzgaré a los que, según algunos dicen, pierden el tiempo. Yo lo pierdo, pero lo pierdo porque es mío, porque es mi posesión más preciada y sé su valor. Y también lo distribuyo y uso a mi gusto, aunque me quieran obligar a malgastarlo. Nunca he soportado las presiones para darle uno u otro uso. Por eso, gran parte de mi vida, ha sido, y espero que será, caminar siempre al borde del torbellino, evitándolo, evitando ese pozo, ese agujero negro inmundo que es el vivir atado a obligaciones que no hemos buscado. El trabajo, entre las peores.

De momento, un tercio de mi vida está esclavizado por el mal de Adán y Eva (si es que podemos llamar así a los monos que pasearon por una tierra que un día se congelaba y al siguiente ardía, durante cientos de miles de años) pero me queda el resto para, ante todo, soñar. Despierto o dormido. Ya he dado un paso... veremos si logro dar el más importante; no trabajar en lo que me da dinero, si no lograr dinero de lo que me gusta hacer.

Un saludo,

lunes, 4 de febrero de 2008

Los obispos perseguido(re)s

Curiosamente, a mí siempre me ha parecido una palabra cercana, casi homófona, a "Avispas". Claro que sí, porque ambos pican, dejan veneno, son llamativos pero sobre todo, a todos nos gustaría, cuando pican y hacen daño, darles un manotazo y espachurrarlos dejándolos hechos una piltrafa.

Yo soy persona atea. Pero normalmente, cuando no hay ninguna cuestión similar a la de las últimas imbecilidades que el clero español ha rebuznado, soy simplemente agnóstico, o más llano, pasota. Pero ahora mismo, el ateismo no me abandona. Es que ellos se empeñan en hacérmelo más fijo. Y lo peor, que cada vez más, logran que vaya acompañado de un anticlericalismo similar al que España ha vivido durante los últimos 200 años.

Quemar iglesias, matar curas y destruir imágenes no es algo ya moderno, ni siquiera bien visto por los más progres que, como mucho, hacen chistes fáciles como "La iglesia que más ilumina es la que arde bien" o simplemente cobran sus nóminas mientras son republicanos de provincias que juegan al mus en tertulia y despotrican pensando mientras si el euribor, la gasolina y los placeres subirán más este año o no. Pero es increible; el victimismo recalcitrante (yo, si fuera psicólogo, calificaría a los eclesiásticos de "pasivos-agresivos") del que hacen gala estos individuos logra inflamarme de decimonónica rabia contra ellos. Me empuja a pensar que merecen la persecución que absurdamente proclaman sufrir; me agravia, me hierve la sangre, me hace sentir indigno un país. En suma, logra que me vuelva muy violento.

Y lo peor es que ellos responden así. No hay argumentación válida. Es su moral, su ética, su percepción de la vida y la muerte. Todo lo demás es contrario a su autoritarismo. Y claro, los primeros en aparecer como víctimas son también los primeros en achacar a los demás sus propias deficiencias; ¿falta de respeto? de los demás ¿socavamiento de la democracia? los otros ¿lo injusto, lo mezquino, lo malvado? naturalmente, otros.

Me encantaría verles perseguidos. A los eclesiásticos que creen pueden usar el "poder temporal de dios" en la Tierra para manipular y modificar los logros de los ciudadanos. Me encantaría verles en la picota que sacralizaban, en los muros donde daban el requiescat, en las horcas donde miraban el paquete del muerto, en las jaulas donde metían a sus condenados para interrogarles, en los circos romanos (¡qué gran bien social se hacía entonces!) en los campos de concentración que ellos preferían ignorar, en todos aquellos lugares de muerte (las torturas bendecidas, los asesinatos justificados, los crímenes tapados...) donde ellos preferían hacer la vista gorda y verlos, a ellos, a todos ellos, desaparecer.

Pero la víctima no debe emular al criminal. Por eso, ante la voz quejumbrosa, ante el cínico sentimiento de persecución de esos cuervos negros, de esos carroñeros vestidos de oropel, de estos mercenarios del conservadurismo rancio y contrario al ser humano, diré que lo mejor es hacer algo sencillo.

Ignorarlos.

Un saludo,

jueves, 31 de enero de 2008

Vienen cambios...

La vida es eterno devenir, o eso pensaban algunos griegos. Tambien constante cambio, dicho de manera más clara. O no, según el filósofo que consultemos. En general, yo creo que la vida se debate entre el cambio y la calma, entre el movimiento y la quietud. Yo ahora estoy inmerso en la fase de movimiento.

Mañana inicio un nuevo trabajo, que teóricamente es para toda la vida. Esto es, soy funcionario de carrera, o más específicamente, estatutario fijo. Pero no contento con éste cambio, también estoy buscando un nuevo coche, dado que el mío ya está dejándome de dar alegrías para darme solamente disgustos en forma de averías. Y para rizar el rizo, antes del verano, espero, cambiaré también de casa.

Tres ces que son las de muchas personas; curro, coche y casa. Todo al cambiar de década (estoy en los treinta) y manteniendo lo único que me va dando alegrías continuadas, a veces, incluso, grandes alegrías. Ella sabe a qué me refiero...

Los cambios estresan. Los cambios modifican comportamientos, hábitos, rutinas. Siendo como soy persona inquieta, nunca he tenido una estabilidad salvo ciertas atípicas, y si bien tengo algunas cuestiones asentadas, no las considero eternas e inmutables. Todo cambia, nada permanece, salvo la muerte... y la nada en que no existimos antes de nacer, incluso, antes de ser.

Accidentes aristotélicos, ondas concéntricas de una piedra tirada al estanque quieto y corrupto... cambios, inmutabilidad falsa, quietud incierta, todo se modifica, todo varía, nada permanece. Y la esencia de aquello que queda, suele ser siempre ligera, imperceptiblemente diferente. Nunca un segundo es igual al anterior, a pesar del tic-tac del reloj y la mosca que se da contra el cristal en tediosas mañanas de lunes. Yo, simplemente, afronto algunos cambios de consumo, de adquisición, que me cambiarán en cuanto a comodidad para la vida, creo, y poco más. Y quién sabe si éstos cambios, como suele ser, no serán base de estabilidad y por tanto inicio de otros después...

Un saludo,

miércoles, 23 de enero de 2008

Todos odiamos algo

Voy en Metro y descubro que los viejos macarrillas de los años 80 que iban con un "loro" sobre la chepa, un mamotreto de radio, han cambiado por inmigrantes de cara orgullosa, estética yanki y desafío en la mirada con móviles de última generación que escupen a las siete de la mañana o a cualquier hora bachata tan inmunda como aquella otra música de los macarrones de la movida.

Y el Metro depara otras conductas interesantes. Gente que no se lava, gente que no cede el asiento, gente que escucha conversaciones ajenas, gente que se comporta como monos... el Metro como submundo madrileño en el que se revuelve la hez de cierta sociedad maleducada.

Pero salgo a la calle. ¿Qué vemos? Gente que no respeta el paso de cebra y cruza por donde quiere, coches que no paran ante el paso de cebra, ni el semáforo, personas que escupen o tiran papeles, colillas, envoltorios, cualquier cosa al suelo. Golpes al pasar por aglomeraciones, y lo peor de Madrid y casi cualquier ciudad de España; las colas.

No existe idea de cola en España. Existe el pensamiento de que ponerse en una fila es momentáneo, provisional, porque puedes tener a un conocido delante, o delante de nosotros puede abrirse un mostrador o sitio al que correr antes que los demás, o si es distraido el de delante, sortearlo y colarte... y el colmo de los colmos, el pedir "la vez" para luego irse a otro sitio y coleccionar "veces" en otras filas, sobre todo del mercado. Muy castizo, eso. Entiendo que una persona mayor en un lugar donde puede sentarse solicite la vez para descansar, pero no así en el mercado y otros lugares.

Y del tráfico... decir que Nápoles es la única ciudad que condensa mi horror al automóvil. Que aparte, por lo visto, está Pekín, o China en general. Pero es cierto que, siendo otros lugares peores, en España se conduce, generalmente, mal. Pero con esa mezcla de victimismo y macarrería del sujeto que busca pícaramente avanzar diez metros más que el otro... para toparse con un semáforo. Un vendedor de coches me ha comentado que él los llama, a cierto tipo de conductores, los "azufrados". Van oliendo a azufre... con razón. Los encabronados son otra raza; los maleducados, la más numerosa; los machistas, algunos ya silenciosos o silenciados (pero no educados) mayoría en la carretera. El coche, personalmente, es para mí como el microondas o la lavadora, un electrodoméstico más. Pero para muchos otros, por desgracia, es prueba de virilidad o logro vital...

El país del "pilla-pilla", expresión que copio de mi hermano, del que con picardías trata de ponerse por encima de los demás, es éste. Tampoco me voy a poner a denigrarnos colectivamente, porque fuera hay otros muchos vicios y defectos comunes. Pero sí es cierto que todos odiamos algo; yo, personalmente, odio entre otras cosas las que describo.

Un saludo,