domingo, 20 de diciembre de 2020
Púlpitos y pulpitos a la brasa.
jueves, 10 de diciembre de 2020
Es la pasta, capullo.
Todo es dinero. Nos movemos por dinero (o sus equivalentes) y hacemos por un interés lo que hacemos. El interés puede ser lucrativo o no (me atrevo a decir que siempre) y el altruismo y esas memeces se convierten en un barniz sobre la cruda madera sin desbastar. A veces, pocas, raras, alguien prefiere otros valores o cuestiones al dinero. Admiración, reconocimiento, alegría, satisfacción... en la pirámide de Maslow, que se mueve según las personas y culturas (el baile entre la mitad y la cumbre es constante) algunas personas prefieren otras cuestiones que, normalmente, se califican de "éticas". Y ya sabe todo el mundo lo que siento al escuchar hablar de ética, me viene a la mente el monólogo inaugural del mafioso italiano en "Muerte entre las flores".
Como ejemplos; muchos países africanos y la India, entre otros, han pedido mediante la ONU que se hagan públicas las patentes de las vacunas contra el Covid19 y, así, no palmar los estimados 4.000 millones de dólares que supondría vacunar a su población. Me imagino que los Moderna, Pfizer y demás estarán mirando a la cotización en Bolsa (donde, por cierto, ha entrado en el mercado de futuros el agua... ¡¡EL AGUA!!) y ni saben dónde cae África porque no es rentable. En la UE los gobiernos comprarán millones de dosis, con nuestro dinero (hay que recordarlo) lo que es una manera de decir "acatamos el juego capitalista.". No queda otra. Los desarrollos más lentos de vacunas, que saldrán en 2-3 años como pronto, sin tanta inversión (ni pública ni privada, en España, en algunos casos, dirigidas por jubilados, que no son como otros de los que hablaré en el siguiente párrafo) serán gratuitos, porque, yo qué sé, hicieron el juramento Hipocrático y se lo creen.
Mientras, aquí tenemos a un jubilado (sí, ese, claro que lo iba a mencionar) emérito y tal, que quiere regresar por Navidad a su vieja casa y, para eso, ha "regularizado" su situación con Hacienda. Una nadería, de todo lo que tiene, porque ha pagado, creo, unos 700.000 euros de regularización. Lo que uno gana trabajando en pocos meses. Pero silencio (la mejor defensa) y poco ruido (que queda desacreditado por lo anterior) demostrando que nada cae por falta de ética o valores. Cae porque deja de ser aceptado por otros y, como dijo Josep Plá en sus impresiones del fin de Alfonso XIII, cuando la gente cree que eso deja de mover duros y pesetas, busca otra máquina. República o lo que toque.
Por supuesto, no pueden faltar los divorcios (si lo sabré yo...) y tenemos ahí el del Brexit. GB no quiere irse sin más, quiere irse con el mejor reparto posible. "Déjame a mí esto, esto y esto, y para ti esto otro. No me toques mis fundamentos financieros, pero dejo de darte lo que te daba, que amor no era..." y claro... una dubitativa UE que está mirando de reojo a los pesados de Hungría y Polonia (qué cáncer interno, dioses) y el reparto del Plan Marsh..., digo, Merkel o Von der Leyen o quien toque para el nombre, pues como que dice "bah, si ni estáis en el continente...". Pero es un divorcio que se ha alargado no por el fin del amor, si no por el reparto de la pasta. El negocio conjunto que acabó.
Por otro lado, el PSOE, el partido que va cada día a paso más firme a la nada (aunque no va solo) juega a recolocar piezas siguiendo intereses de todos. ¿Tenemos cientos de inmigrantes ilegales llegados a Canarias? Avión y a soltarles por Andalucía, que siempre hacen falta temporeros y allí se confundirán. Y de paso, dejamos problemas a una CCAA que ya no es nuestra. Cuestión de pasta, que no de ética. Como la mercadería congresil de hacer una comisión para investigar la Kitchen y al ya defenestrado Rajoy... sin traerse a Casado, que a lo mejor sí accede a negociar la renovación del Poder Judicial así, con ese gesto de "Crea una comisión para ocultar el problema, no arreglarlo". Pero eso es el poder, donde dinero y relevancia a veces se confunden... la ética... para el mafioso italiano arriba referenciado.
Todo es dinero, pasta, recursos, interés. Reconocerlo es mostrarse insensible, el malo de la peli, el peor de todos. Pero cuando a eso se une la ética (y aquí se retuerce todo) podemos verlo de otra manera. A lo mejor la indiferencia de las empresas a la petición de África permite que éstas puedan invertir en esa investigación con solvencia, porque necesitan dinero, recursos, negocio. A lo mejor el gesto del jubilado emérito es una manera de pedir perdón y cumplir con la ley, sin necesidad de ello. Quizá el PSOE esté dando oportunidades laborales a esos pobres inmigrantes que han pasado por mafias y peligros por buscar una vida mejor. Quizá...
Decía otro mafioso, Capone, no sé si él o atribuido, lo de "con una palabra amable y una pistola llegas más lejos que sólo con una palabra amable". Y por eso, en estos días en que la violencia no se justifica con nada, el ajuste fino de los estados para evitarla es un arte. Y, sin embargo, es que ellos tienen su monopolio... y lo pagamos todos.
Un saludo,
viernes, 13 de noviembre de 2020
¿Qué dice tu Izquierda?
Vamos, vamos. Ser de Izquierdas siempre ha tenido un marchamo de molonidad, de ser guay, de estar en la vanguardia, lo progresista, la sonrisa luminosa de quien es solidario, empático, luchador por los derechos de los pobres y decepcionados, el currela, el explotado, el colonizado, el...
Pero no. Ser de Izquierdas ya no es lo mismo. ¿A quién se defiende? ¿A un currela sea de donde sea, o al currela euskaldún explotado por los capitalistas españoles fachas? ¿A la mujer, venga de donde venga, o la bella dona catalana que sufre el acoso de los machistas españolones? ¿A los niños para que sean bien educados, o a los enanos andaluces que deben aprenderse el himno de Blas Infante y comprender las grandezas robadas de la España centralista? Lleva tiempo complicándose, precisamente, por las etiquetas, los adjetivos, las diferenciaciones que logran poner luz en esas minorías que antes tenían menos visibilidad y que ahora parecen las únicas visibles.
La semana pasada, tras echar una partida de "Polis" con mi amigo Sergio (terraza, al aire fresco, mascarilla, gel antes y después de poner el tablero y las fichas...) vino mi amigo Emilio y comimos juntos charlando. De educación sexual (tienen hijas adolescentes) y el tema del "sexo no binario", y cómo se educa ahora. Recordamos nuestro pasado (cintas VHS y revistas...) y cómo aprendimos de manera fragmentaria y por diferentes vías. Del control parental, móviles antes de tiempo, el porno como ciencia ficción que puede ser peligrosa sin educación, y de eso, "sexo no binario". El lenguaje. Hablamos y coincidíamos en que el lenguaje es siempre la base de todo cambio. Y cómo el lenguaje cambiante, con intención de imponerse según un cierto "buenismo" o ensalzamiento de minorías (individuales, incluso) por identidades, estaba siendo tan caótico, tan extravagante y estrambótico, que nos sentíamos superados. Y surgió un término que ya llevo tiempo escuchando; la izquierda líquida. Había ya relaciones líquidas, de esas que fluyen pero no permanecen, pero aplicado a la izquierda, a una ideología política, aterra.
Ayer charlé con un amigo cuyo nombre no diré. Un catalán en Barcelona con cierta edad. Y estaba hasta las narices de cómo la izquierda ha ido desviándose en una órbita cada vez más excéntrica. Apoyando cosas que ahora parecen aberrantes. ¿ETA mata guardias civiles? "Algo habrán hecho..." ¿CiU y PNV quieren más autonomía? "Claro, por mejorar educación y servicios sin centralismo avasallador..." y seguíamos con esos equívocos, constatando que no, que las autonomías se han convertido en centros de poder financiados que no buscan mejorar la vida del ciudadano, si no perpetuarse. Sin más. ¿País Vasco? PNV. ¿Cataluña? CiU y derivados. ¿Andalucía? PSOE. ¿Madrid? PP. ¿Ha mejorado la vida de sus ciudadanos? Pues sanitariamente, quizá. Educativamente, no.
Recuerdo perfectamente mi primera votación. Mi padre, acérrimo defensor del PSOE (fuera González el Señor X o no, hubiera corrupción en Interior o en Andalucía todo fuera una falsedad...) me dijo claramente que no podía votar a otros porque quería su pensión. Defendía lo suyo. Lógico. Uno no vota sólo por ideología. Lo hace por interés, y la ilusión de creer que sus representantes defenderán sus intereses (que normalmente son oponerse a los de otros, cosas de la política) aunque luego decepcionen. Yo en aquella hice una cosa que he repetido muchos años; ver los programas y comparar. Como si aquello fuera una realidad ("Haremos esto y aquello") y fuera a suceder. Iluso.
Las izquierdas que he ido conociendo desde mi edad adolescente a la adulta, han sido muchas y variadas. La abertxale nunca la comprendí. Ese marchamo de lucha armada contra el fascismo... Vale, con Franco comprensible, pero, ¿luego? Esas escisiones, esos abandonos... "A Yoyes se la pringaron por ser valiente", decía mi madre. Y añadía un día, certera ella, "Con Franco no podíamos hablar sin miedo, todo miedo, a ver quién te escuchaba, cómo, si te denunciaban, si te daban dos hostias por rojo... Pues con ETA lo mismo, pero de otro lado". Totalitarismos con pistola. Si cambias el uniforme gris con porra y mostacho y el tricornio por la coleta y pendiente y ropa de montaña con pasamontañas, tienes lo mismo. Y luego las izquierdas nacionalistas de otros lados, tampoco. "Por la opresión de las minorías". Ostias. Como digo, en la conversación con Sergio y Emilio, listamos y nos salía que cada persona podría constituir una minoría en sí misma. Como si la identidad lo fuera todo.
Las izquierdas hace tiempo que no tienen ni un bastión moral ni otro ideológico. Son así, líquidas. ¿Que toca defender a muerte a las personas transexuales? Venga, aunque las feministas más radicales digan que eso es el caballo de Troya y diluye su lucha. ¿Que las mujeres son una minoría a bonificar en todos los sentidos? Bueno, las hay con una renta y con otra renta... Y el victimismo recuerda al victoriano concepto de dama desmayada. ¿Que un currela de un sitio tiene más derechos que otro, porque no es igual Valladolid que Bilbao? Ejem. Y así con todo. A cualquier cosa, como diría aquel, le llaman izquierda...
Así que, dado que la fragmentación de la izquierda es ya superior a la de los Frentes Populares de Judea, Uniones y demás, y es ridícula, defendiendo cosas más absurdas de las que los Monty Python, Faemino y Cansado o Mortadelo y Filemón defenderían, pues nada. Queda lo de siempre. Escuchar para obedecer, no para luego usar los engranajes del cerebro y decidir si eso es una estupidez supina o una idea brillante. Porque la crítica está mal vista, es demodé. Hay que hacer caso al gurú del momento; si aquí no hay un racismo institucionalizado social y políticamente como en EEUU, da igual, hay que hacer bandera de un BLM local. Si aquí no derribamos una o dos estatuas del "genocida" Colón o un señoro blanco cualquiera (blanco porque las esculturas, si estaban pigmentadas, perdieron con los siglos sus colores, y si son posteriores, son neoclasicismos en mármol clarito) no somos gente con conciencia. Por los dioses (uno solo es apelar a una intransigencia con los demás cultos) que alguien piense en les gallines, guajines...
Cada día que pasa, soy más defensor de Michel Onfray y sus microrrevoluciones. Actuar en tu entorno, intentar mejorar la vida de tu inmediato alrededor. Un hedonismo ético, una visión que parece la hiperespecializada que denunció Ortega y Gasset, la pareja española esa. Una forma de ver la vida preocupado más por si lo cercano, lo que al final siempre importa (lo de la "humanidad" suele quedar tan abstracto, ¿verdad?) está bien. Simple. Pero qué difícil es no tener los ojos en el aquí y el mañana al tiempo... Y en el ayer. Necesitamos ser Beholders...
Mientras, que nadie llore si le dejan de llamar "izquierdista" y demás. El pack antiguo (camiseta del Che, música antropológica, palestino, pantalones montaña, decir que si Marx y el comunismo nop, etc) se actualiza como los móviles con chorradas cada vez más frecuentes. Yo, al menos, ya no sé qué dice mi izquierda. Ni me importa mucho, la verdad. Mejor que no nos dicten sin más.
Un saludo,
lunes, 12 de octubre de 2020
Rey o República.
Los que están siempre defendiendo al Rey, Felipe VI o el anterior ya olvidado, siempre tienen un argumento estrella; no es un profesional de la política (entendido como un cleptócrata consumado eso de ser un político) y cuesta menos que un presidente republicano. Ese es el argumento "económico". Luego están los demás. Que si la historia, que si la tradición, que si lo carca... Oye, genial. Un minúsculo, pequeño, tontísimo detalle; un Rey es alguien que asciende al puesto de manera hereditaria (o por dedazo de un dictador, o, perdón, un señor algo autócrata) y no hay manera (al menos, tal y como se concibe constitucionalmente) de quitarle de ahí. El olvidado robó, para sí y su familia (que atrajo a los cleptómanos no profesionales como los Urdangarines...) y ahora vive en su excelente olvido con un "quitadme lo bailao", dicho con esa nonchalantería y campechanía que exhiben desde que los borbones son borbones en España. De alguna manera, la sensación que tengo es que hicieron de España su colonia (en Francia quedaban unas pocas décadas para la Gillete de cuerpo entero) y nos quitaron la opción de evolucionar con los Austrias (más sosos, pero más profesionales) a algo más, no sé, molón. Porque la historia de España desde los borbones es... joder. ¿Cómo decirlo? Nefasta. En muchas cosas.
Pero claro. Tienes luego a los que están siempre defendiendo una República y sacan como bandera la tricolor de la II, con todo lo que implica su compra. Que si moral de perdedor digno, que si intento efímero de ilusión, que si aquello molaba... Oye, una república burguesa apiolada por los reaccionarios (el trío calavera de altar-trono-ejército) y los revolucionarios (¿me da turno para mi revolución, porfa?) y con los del medio peor que el ejército romano en Cannas, pues... Como que no. Ni saben qué quieren. Qué proyecto de República, qué maneras (federal, unitaria, centralista, atomizada, cantonal los miércoles, asociada...) y qué todo. Entonces piensas en Estanislao Figueras y dices "cómo no iba a estar el tipo hasta los cojones de todos nosotros..."
Un saludo,
viernes, 10 de julio de 2020
Censura, censurador, que tu vida es muy dura.
lunes, 4 de mayo de 2020
La cuarentena de los diez mil días.
Las pestes saneaban la población. Quedaban de pronto abiertos muchos caminos que antes copaban personas mayores, cargos que morían, gente importante que debía ser reemplazada. Y en el caos se buscaba siempre un cambio, aunque fuera mínimo, de las condiciones de vida. Las costumbres sociales variaban un tiempo, y los poderes se relajaban ante la vida que permanecía, en ese instinto gregario de la humanidad por pervivir sabiendo que, sin los demás, es imposible la supervivencia.
La famosa gripe de 1918, la mal llamada "española" (porque la prensa habló libremente de ella y, claro, todos aprovecharon para cargar contra España, país atrasado y deliciosamente enemigo de todos desde hacía tanto) mató más gente que los obuses de la recién terminada Gran Guerra. Y la mortandad mundial favoreció el avance de luchas que antes habían estado detenidas; el sufragio femenino, las repúblicas frente a las monarquías autoritarias, la relajación de las costumbres ante el sexo y las relaciones, la liberación de la mujer en muchos ámbitos, el triunfo de muchas luchas sociales y laborales... Millones de muertos abrían el camino a esos experimentos. Igual pasaría con otra peste, la de los fascismos que llevaron a la segunda Gran Guerra. Acabada esta, muchos países, con Gran Bretaña a la cabeza, se volcaron en eso que llamaban "Estado del Bienestar", donde la educación y, sobre todo, la sanidad, estaban a la mano de cualquiera. Es decir, entre las ruinas de un desastre, siempre se puede construir algo nuevo, mejor incluso.
El covid19 no es la gran tragedia, ni de lejos, del siglo XXI. Sí ha sido una global, viralizada por todos los países. Todos han reaccionado con esa cuarentena que ha puesto, sin distinción, a todos y cada uno de los ciudadanos o súbditos o esclavos de las naciones en sus casas, confinados. Una cuarentena que ha sido infinitamente menos dura que las de los marineros que retornaban de Asia o las Indias. Ha habido pan horneado de manera casera, recetas, postres, y gracias a la electricidad e internet, infinitos accesos al ocio. El peor de los escenarios, con familias sin recursos, una sola habitación para seis y pizza de desayuno, comida y cena, son sin embargo el mejor comparado con cualquiera de los que se vivían hace apenas 100 años. Una peste con más nombre que efectividad ha sido contenida por una sociedad que aún no sabe la magnitud de lo que le viene encima.
Intuyo que habrá muchas más pandemias, ahora que el planeta está exhausto a pesar del breve paréntesis que nos hemos dado de mutuo acuerdo. Su recuperación será mínima, comparado con lo que se viene en las próximas décadas. Al presionar y destruir cada vez más lo poco que queda no urbanizado o transformado por el hombre (no dejo de recordar Trantor, aquel planeta capital de metal sin luz natural...) abrimos puertas a nuevas enfermedades y plagas que, no, no son castigos divinos ni del viejo cabrón de Yahvé ni de la Madre Tierra. Es simplemente la vida, la evolución. Tenemos delante, de nuevo, el desastre o la redención. O el camino intermedio. Harari habla de un cambio de paradigma en cuanto a la energía con la que obtener y procesar los recursos. Quizá, hasta que la tengamos, o la refinemos, podríamos pensar en recetas que mantuvieran la cuarentena sobre la sobreexplotación de nuestro planeta. Porque es el único sitio en el que seguimos confinados, sin posibilidad (hasta ahora) de abandonarlo. Quizá recetas donde los combustibles que contaminan y degeneran nuestro entorno se reduzcan hasta quedar de una manera tan marginal como la afición a los toros en España. Quizá recetas donde los nuevos empleos no supongan una carrera estresante hacia una meta inalcanzable de eternos beneficios que son humo e ilusión, y que dejan más escoria que oro. Quizá un nuevo paradigma de menor consumo, más pensado, menos impulsivo, de más calidad que vaya por tanto acompañado de mayor valor. Quizá, en la cuarentena del hogar, hemos pensado, filosofado y recurrido a memes, vídeos y otras píldoras de inmediatez (estaría bien una encuesta sobre si ha aumentado la lectura de libros estos días... pero no creo que se haga) que nos han abierto la mente a reflexiones arrinconadas que no queríamos desempolvar. Quizá muchas cosas puedan pasar, y no todas buenas. Quizá nos venga un modelo de Estado autoritario que impone su autoridad con mentiras. Quizá nos estemos engañando y esto sean los últimos suspiros de un humanismo democrático que muta, como los virus, en humanismo autoritario por la gracia del virus y el miedo que apareja. Quizá ya estemos en ese escenario perfecto donde se combinan Orwell y Huxley, que a fin de cuentas, son Hobbes con otra tecnología. Quizá el pesimismo y el optimismo sean legítimos porque, como la pelota de tenis en "Match point", no sabemos aún dónde caerá.
Nos quedan unos diez mil días de cuarentena, en realidad. De la que, cuando salgamos, o quizá no, descubramos que no hay normalidad, ni nueva ni vieja. Sólo vida. Cambiante, desasosegante, atractiva. Lo bueno, siempre, es que podemos soñar. Y, quizá, un día, cumplir esos sueños.
Un saludo,
viernes, 17 de abril de 2020
Niños, perros y epidemias.
Lo primero de todo que me encendió, una vez establecido el Estado de Alarma y la escalada en el conocimiento que íbamos teniendo del virus (que sigue siendo fragmentario) fue la comparación de "los perros tienen más derechos que los niños" (o niñes, si es usted asturiano, aunque sería más apropiado guajes) que es falaz y completamente ridícula. Pero para entender el enfado, hay que empezar desde el inicio.
El Estado de Alarma confinó a millones de niños y adolescentes con sus padres una semana antes de que éstos pudieran empezar a teletrabajar, a tener permisos retribuidos o no o, directamente, caer en un ERTE o despido. Y, de pronto, todos los progenitores chocaron con una realidad de plomo; ¿voy a estar con mis hijos TANTO tiempo en casa?". Ante semejante escenario, las huidas, crujir de dientes y enfados por una situación difícil de manejar (Sin colegio o guardería para ocupar a nuestros hijos esas largas horas de jornada laboral y gimnasio o cervecitas, por favor) muchos destilaron la frustración haciendo lo clásico; comparar y hablar de injusticia. Que nadie pensaba en los niños ("Los Simpson", qué visionarios...) y en sus muchos derechos (ya sabemos, como es una sociedad "Adultocéntrica", otro terminarajo que no acabo de asimilar, los niños son invisibles, y por supuesto que no tienen deber alguno...) que les estábamos coartando. Las formas impersonales me apasionan. Sirven para derivar responsabilidades. Cuando mis hijos rompen algo y dicen "se ha roto", rápidamente rehago su frase y digo que "lo has roto, dí
Como digo, tras pintar el escenario con brocha gorda, pongamos la tramoya. Un Estado de Alarma que prohíbe salir a los niños, sí. Porque suelen ser asintomáticos, vectores de contagio muy potentes y un riesgo general para la salud de todos. Quien tenga un poco de cabeza y haya tenido a sus vástagos en la guardería y luego el colegio, sabrá que los primeros años pillan todo tipo de enfermedades que les entrena el sistema inmunitario, pero nos las pasan mutadas a peor, muchas veces. Y las cogen porque los niños juegan, experimentan, y eso implica rebozarse, tirarse al suelo, tocar todo, lamer todo, chuparse los dedos que han tocado todo, morderse, besarse, escupirse, abrazarse, tocarse todo el rato. Pedirles que se queden quietos y con las manos en los bolsillos no suele dar resultados hasta que cumplen ya 6-7 años, y un rato corto. Por eso se cerraron colegios, escuelas infantiles, parques y cualquier otro lugar donde los niños pudieran ejercer esa labor de expansión del contagio. Seamos claros, se han convertido en un peligro real y claro. Porque suelen ser asintomáticos, porque son niños (tocar, chupar, ensuciarse) y porque los adultos no hemos hecho una labor de comprensión del problema.
Así llegamos a la comparación de derechos entre perros y niños (o niñes y canes, si queremos ser incorrectos y repipis con el lenguaje, o guajines y perrus, yeque) y la falsa premisa de "los perros (y sus dueños por extensión) tienen más derechos que los niños, que unos son animales, mascotas, y otros son el futuro y el tesoro más preciado de nuestra sociedad". Y es una falsa premisa porque se parte de una presunta injusticia que es, simplemente, constatación de un hecho; la necesidad de evitar la propagación de un virus que mata. Se llama empatía.
Los niños no son el mal, pero me da que es más la rabia de los padres por aguantar lo que no aguantan el resto del año lo que impulsa las peticiones de salida del confinamiento que otra cosa. Porque durante el año les estabulamos en la escuela, en las extraescolares, en casa del vecino, con los tíos, con amigos, en cumpleaños de los que salimos huyendo, en campamentos de verano, etc. Y eso, si sumamos las horas, dejan en neto poquitas horas con ellos, de las de verdad. Horas que solemos rellenar con actividades que nos gustan y queremos que ellos hagan también, adaptándoles a nuestros gustos y no escuchando ninguno de los suyos. Que sí, es cierto que, si les dejamos, estarían 24 horas viendo la tele y el resto del tiempo haciendo burradas varias. Pero a ver, como siempre, hay términos medios. Y requieren algo simple. Verles, escucharles y conducirles, con respeto y firmeza, por donde les pueda ir mejor. Y eso requiere atención, abrir un espacio en el cerebro para ellos, un espacio que no usaremos para otras cosas y que, hasta ahora, rellenaban educadores, entrenadores y monitores.
Seamos claros, a mí, si alguien me pía que pobres nenes o criaturas (anda, mira, he evitado lo del lenguaje de género con una forma neutra...) y que somos adultocéntricos y niñófobos, giro los ojitos y pienso que, en realidad, está deseando perderles un buen rato de vista. Comprensible. Los divorcios se dan tras el verano y haber pasado con la pareja muchos días juntos ("¿Tú eres así?") pero no hay divorcios de los hijos, como bien analizó Orna Donath en "Madres arrepentidas". Sólo vías de escape. Y estos días, el alcohol gana a los bollos, creo...
En fin. Que la única epidemia que nunca cesará es la misma. Peor que el Covid19, que la peste, que mil enfermedades. Y sabemos la respuesta. Es la epidemia causante de comparar perros con niños.
Un saludo,
lunes, 16 de marzo de 2020
El Rey de Amarillo
El coronavirus, la Peste del siglo XXI, o al menos, elevado a esa categoría, ha creado una curiosa tormenta perfecta. Es lo más aterrador que van a vivir algunas generaciones. En mi caso, sigue siendo la caída del muro de Berlín y alguna cosa más, como el golpe de estado que paró Yeltsin o las escenas de la guerra de Yugoslavia, lo que más me marcó. Ni siquiera las Torres Gemelas (me pillaron en Escocia y nos enteramos de noche) o la muerte agónica de Juan Pablo II me impactaron. Para mí, lo anterior sí me creó la sensación de inestabilidad, de que el mundo cambiaba (los manuales de geografía del colegio a la universidad cambiaron muchísimo en pocos años) más de lo que uno controlaba y que aquí las cosas eran temporales.
Pero nos hemos puesto de pronto frente a una realidad. Que vamos muy deprisa. Como si el mundo exigiera de nosotros la misma velocidad que un correo electrónico o un mensaje instantáneo en el móvil, o una publicación de Red Social que inmediatamente debe tener impacto y reacciones. Todo parece que debe ser para antes de un chasquido de dedos, y lo que tarda un poco más se mira mal. No es la calidad, es la rapidez y la cantidad. Toneladas voluminosas de experiencias y yaes, inmediatez. Sin ánimo de vanagloriarme, ya describí eso en la introducción de mi libro de relatos, hace años. Me aterraba la velocidad, y me sigue aterrando.
Hoy, de pronto, espejismos que creíamos o queríamos creer sólidos nos devuelven la imagen más deformada que ni Valle-Inclán imaginó. No existe el teletrabajo cuando tienes niños en casa. Y por tanto, no existe la conciliación. Y además, los cuidados no son fáciles de dar y producir, según esa verborrea del capitalismo positivista. Los pilares de nuestras sociedades no los conforman los militares ni los políticos ni los clérigos ni el rey y su casa. Lo conforman cajeras de supermercados (en vías de extinción con esa manía de dejarnos engañar y autoservirnos) o camioneros, o repartidores, o dueños de colmados, o personal del transporte público, o personal de centros de mayores y tercera edad, o los héroes de esta historia, la delgada línea blanca de sanitarios (médicos, enfermeras, técnicos, auxiliares) que al margen de si la sanidad pública está bien o mal o peor aún, se baten el cobre día a día incluso tras haber gritado hace meses que esto iba a pasar. Y cuando las maestras y profesores ya no están para educar o entretener, según percepción, a nuestros vástagos, y los sanitarios no pueden cuidar nuestras dolencias habituales, caemos en la cuenta de cuánto valen. Usando un término rancio que alguno calificará de colonialista opresor, diré que un Potosí.
No tenemos conciliación. Los cuidados los intentamos endosar a otros u otras porque son un engorro. Seguimos cultivando el espejismo de actividades que producen dinero pero nada más (nótese la ironía) y olvidamos que la vida, esta, no otra, es finita y acaba.
No, no abogo por el nihilismo más absoluto, ese extremo del péndulo que más de uno aducirá. No. Pero sí por parar. Por olvidarnos después de esta crisis de los móviles y teléfonos que ahora conectan, aunque no suplen la cercanía física. Por caminar más despacio y pasar de comprar objetos que prometen experiencias, olvidando que las experiencias llegan, no se compran. Por valorar el tiempo limitado que realmente tenemos para nosotros y los que amamos, los que queremos y valoramos, e intentar hacer ese esfuerzo que nunca hacemos por mil y una excusas que parecen servir para adocenarnos en un atracón de series de Netflix o similar sin quedar con quienes queremos o debemos dar una oportunidad. Por el amor. Por ese abismo insondable de terrores inimaginables que es lanzarse al vacío sin red y tras dos piruetas mortales que es el amor, el amor sin límite ni tasa ni objeciones, porque es un sí sin más, un sí rotundo, un sí que aunque contenga un pero es un no espero porque muero. Si algo ha despertado, y está aletargado, latente, pulsando entre episodio y episodio de televisión basura y mediocre, es el ansia por morder la fruta nada prohibida de vivir.
La humanidad como especie sale de casi todo. Esto es una pequeña piedrecita en el camino que no es tan grave como otras anteriores. Una china molesta con la que caminaremos unos meses. Pero si aguijonea la conciencia y nos devuelve el alma densa y porosa que hemos relegado al trastero, junto a la bici que compramos y no usamos ni un día para disfrutar, bienvenida sea. El dolor, siempre, es antesala del mayor de los placeres. O algo así.
Así que dejemos al Rey de Amarillo que se enseñoree solitario en aquella Carcosa que antes tuvo vida, felicidad, risas y amor. Le durará poco la superposición de ese plano al nuestro. Luego, simplemente... Vivir.
Un saludo,