Buscar dentro de este batiburrillo

viernes, 15 de febrero de 2019

Juicios.

En la vida nos sometemos a muchos juicios ajenos. Y no dependemos de una legislación férrea, objetiva y clara. No, dependemos de prejuicios, de emociones y de interpretaciones subjetivas. Es la triste realidad.

El actual juicio a los políticos encarcelados por todo el proces nos demuestra de nuevo cómo se pueden retorcer las palabras. Por ambas partes. Porque, sin entrar a fondo en las consideraciones jurídicas, ambas partes han defendido la prístina y positiva Democracia como un tantra beatífico, para así lograr un objetivo que erosionaba un sistema que, sí, tiene mucho de democracia, pero también de ausencia.

Técnicamente, los políticos y activistas encarcelados han caído, en mi opinión, en al menos los posibles delitos de desobediencia y malversación. Sedición, quizá. Rebelión, ni de coña. Asociación criminal, bueno, si entra el PP en la terna me valdría. La cuestión, la clave, es que se ha trasladado de Cataluña a Madrid el juicio para evitar que un tribunal allí politizado (por las derechas catalanas) ejerza más poder que un tribunal aquí politizado (por las derechas nacionales). Un ejemplo de cómo y por qué vivimos en un teatrillo de trifulcas entre poderes, uno consolidado que es atacado y otro medio consolidado que es atacante. Porque no nos engañemos; esto va de poderes.

El poder lo define todo. Incluyendo el juicio que está llevándose a cabo. El poder, esa inmanencia que transmigra de alma a alma (de Franco a Juan Carlos I, por ejemplo) se sostiene por una vasta (y casi siempre, basta) red clientelar que soporta y ayuda a los rostros conocidos del público gestionado. Votantes, los llaman. Semilleros. Cada día, menos relevantes. O que nos hacen sentir irrelevantes. Me pierdo, pero vuelvo a ello con un ejemplo; hay juegos de mesa que explican la realidad política mejor que los artículos de muchos periódicos, y uno, muy y mucho español, es "Ladrillazo". Un juego sencillo que consiste en sacar adelante promociones urbanísticas y cobrar sobres (ni siquiera euros, ni millones o millardos, no; sobres) ganando el que más obtenga y ponga a buen recaudo en, no sé, Gibraltar, Panamá, Andorra...

El juego (de poder) se define por cartas que permiten jugar los proyectos. Primero, tenemos que jugar las de territorios (recalificables) y las de ciudadanos (que junto a los territorios, sirven de apoyos a las que vienen luego). Después, con ellas, podemos bajar políticos y constructores. Que tienen la posibilidad de, además de construir proyectos, hacer mamandurrias y chanchullos de todo tipo. Un ejemplo; la carta de Juan Carlos I permite robar un proyecto a otro jugador, y las de algunos políticos como Esperanza Aguirre, robar políticos "tránsfugas" (¿Quién se acuerda aún del "Tamayazo"?) a tu mesa de juego. Y gana el que más sobres obtiene, al final. En el juego, tenemos a políticos de todo tipo que pueden esconder sobres o evadirlos. Y hacer de todo, todo tipo de cosas. Nunca, en mi vida, ni con el "República de Roma" (Un juego que recomiendo siempre para conocer los entresijos de mi admirada potencia) había visto ludificar una realidad tan bien.

Y aquí hilo con una gran verdad; todos jugamos. Todos somos jugadores. Y todos caemos en la misma tentación, la de hacer trampas. Lo que pasa, claro, es que si nadie nos fuerza a seguir las reglas (recuerde, oh lector, aquellas tardes de Monopoly donde jugabas con amigos o familia y tentábais el cambio de algunas reglas, o nadie se leía bien las reglas, o había "reglas caseras" o reglas propias, y, al final, entre el azar, las cartas y algo de acaloramiento, ganaba uno y el resto se quejaba... Salvo el más purista que se las había leído bien, las reglas de ese papel doblado en dos, y quedaba arrinconado como "el pesado") pues todos acabamos haciendo el pillo. Y de esa pillería muchos viven, envueltos en banderas que expresan símbolos, alardeando de defender "Democracias" que son construcciones tan irreales como las Naciones, defendiendo, según ellos, a la Gente o el Pueblo que, honestamente, les importa un pito. Y el juicio que hago hoy, yo, del juicio que está dándose en una Sala controlada por unos jueces elegidos por políticos que juzgan a otros políticos y activistas, es que es un teatrillo de pantomima donde se han mezclado papeles que sí están en las reglas, como debe ser, y otros que se han exacerbado y sacado de quicio porque, qué casualidad, usan esas "reglas caseras". Que no gustan al otro familiar que fue a jugar... Y que se lamenta por sus "reglas caseras" no aceptadas.

Luchas de poder, siempre. Pero, oigan, cada vez lo tengo más claro; ludificar. Ludificar. Repetid conmigo (tiene un tono similar a Lucifer que me mola, y es latín, leñe) LU-DI-FI-CAR. La vida es juego. Juego de poderes. Y son, como en los juegos, ficticios. La lástima es que se juegan a veces cosas demasiado reales, como pensiones públicas, sanidades públicas, educaciones públicas, ayudas de dependencia públicas, mejoras públicas de la vida... Eso que, parece, no vemos nunca en ninguna bandera. ¿O deberíamos?

Un saludo,

martes, 12 de febrero de 2019

Perezas.

Me apellido Pérez. Y a veces he escuchado la frase de "¡What a Pérez tengo hoy!", sobre todo de una persona muy especial. Qué verdad. Soy perezoso. Un oso Pérez. No ratón, no. Perezoso. Y con el transcurrir del tiempo, más aún. Debe ser una evolución natural del cuerpo humano. Malgastar recursos en tontunas me desgasta y, por tanto, reservo energías. Una de las cosas que más pereza me da últimamente es el manoseado enfrentamiento Cataluña vs España. ¡Qué pereza, joder, qué pereza!

No es que me desentienda. Que también. Es que me resulta sorprendente. Sí, ser perezoso no resta capacidad de sorpresa. Me sorprende la emoción, entusiasmo y energías volcadas en temas que, a mí, personalmente, me resultan huecos. Y si me piden posicionarme, tras una ristra de objeciones y peros, de críticas a la estulticia y a la pesadez, diré que, si alguien formulara la pregunta de "¿Cataluña puede ser una república independiente del Reino de España?" apoyaría que se hiciera. Y ojo, incido en el verbo. "Poder" no es querer. No siempre todo se logra ni consigue con el anhelo. También apoyaría el "¿España puede ser una república democrática y moderna?". Pero ya van dos quimeras.

Digo quimeras porque somos (todos) un país especialmente crítico con nosotros mismos en todo. Y cuando nos dejamos llevar por el orgullo, nos ponemos muy tontos. Y después solemos caer de nuevo en la sima cómoda de la ignorancia, del dejarse llevar y vivir. Y vaya, al final somos eso. Un país que malgasta energías en quimeras de cuando en cuando, y de cuando en cuando con estallidos de violencia intensos, aunque llevemos décadas más o menos tranquilos y sin ánimo de pillar un fusil y matar (exceptuando los asesinatos de ETA, FRAP, GRAPO y otras siglas o sin siglas). Será que tenemos más miedo a perder el Wi-Fi y la conexión 4G que el derecho a la huelga o a un salario mínimo digno, qué sé yo.

Voy a caer en tópicos. Qué pereza tener que explicar que lo de la "Unidad de España" o "El derecho a la independencia" son construcciones, relatos, falsedades que usamos para esconder el andamiaje real que conturba nuestra existencia. Vivimos además un mundo que no es el de hace ni dos décadas. Y no somos conscientes, porque muchos hemos fijado el ánimo y el espíritu en momentos anteriores, momentos diferentes. No sabemos ir al ritmo del río que todo lo traga y desmorona. El del tiempo, digo. Los torrentes arrastran y depositan nuevos sedimentos, trazan otros cauces, recortan colinas, derriban rocas que creíamos firmes. Y nos creemos que es la meada de un niño, a veces, porque queremos seguir viendo el mismo río y las mismas cosas. Pues no. Me da pereza explicar que en lo de Cataluña confluyen decenas de causas que nadie se ha parado a desmenuzar o mirar con detenimiento para buscar soluciones convenientes, y que enseguida se ha echado el muy castizo capote de torero agitando banderas rojigualdas contra otras rojiamarillas. Vaya, la Unidad, el Separatismo, la Unidad, el Separatismo...

Si algo me hace sentir "español" es, simplemente, la sensación de comunidad. Y oiga, hace mucho, muchísimo tiempo que ser "español" me resulta un accidente y una abstracción tan difuminada como ser "europeo". O "madrileño". O yo qué sé. El mundo siempre ha sido amplio, ancho, enorme, inabarcable en una vida. Y la comunidad de uno son aquellas personas que son amigos, sus amigos, sus pares, afines, cercanos. La comunidad son aquellos que tienden una mano y ayudan en momentos de necesidad, que te preguntan cómo estás y ponen de su parte para ayudarte. Comunidad limitada, claro. Ayudas a quienes conoces. Un amigo mío, que espero a estas alturas siga siéndolo a pesar de la distancia, me decía que en Cataluña se sentían huérfanos y abandonados por las izquierdas del resto de España. Y lo entiendo. Igual que entiendo a muchos que se llaman de izquierdas y han vivido con mucho mosqueo todo lo de Cataluña. Siempre intento ponerme (a veces fracaso) en el lugar de los otros. Por eso, hoy, con el comienzo del juicio, me pongo en el lugar de muchos de sus participantes, y, ¿qué siento? Todos indignados y frustrados, y con ganas de vindicación. Pero fuera de ese ruido creciente de teatro fragoroso, hay una mayoría, una gran mayoría, que por pereza, me temo, no sienten nada. Solamente distancia.

Cuando me dicen que la sanidad pública se está desmoronando (que pasa, lentamente) o que la educación pública está cada vez menos financiada (que ocurre, más rápidamente de lo que creemos) o que el país envejece en todos los sentidos (personas e infraestructuras) y que las perspectivas de futuro para la mayoría son poco halagüeñas, desconfío del que me saque rápidamente una banderita que dice solucionarlo todo. Me da igual que lleve lazo amarillo y sea estelada o que sea rojigualda y porte pulsera similar. Me da pereza que enarbole el discurso de la unión o el de la separación como soluciones. Porque la realidad es que hay un tablero de juego, muchas piezas y... Manos para moverlas. ¿Dónde las hemos movido o dejado que nos las muevan, quizá, por pereza?

Pues así estoy. Perezoso. Distante. Sin ganas de pelea. Porque, y ahí radica mi pereza, nadie ya enarbola un relato (más bello que cualquier bandera) que incluya las cosas que realmente me preocupan hoy, a mí y para mis hijos y para lo que considero mi comunidad. No hay ideas. No hay proyectos. Y me quedo con el punk; No Future.

En fin, puede que mi pereza sea producto del cinismo (filosófico, que todo hay que explicarlo), que algunos  calificarán de hipocresía y, otros, de relativismo. No sé. Pirrón de Elis me dice hoy que... "Suspende el juicio". Válido para interpretaciones de todo tipo, e incluso para películas de todo género.

Qué pereza todo, voto a tal, pels déus...

martes, 5 de febrero de 2019

Blas de Lezo y otros olvidos.

En 2005, un historiador colombiano llamado Pablo Victoria publicó un libro llamado "El día que España derrotó a Inglaterra", donde narraba la defensa de Cartagena de Indias por parte de Blas de Lezo frente a la flota del almirante Vernon. En mi caso, debo decir que me gustó el libro, porque añadía información a una inscripción que pude leer en una catedral cercana a Cambridge y que me generó mucha incertidumbre. "Aquí yace el almirante Edward Vernon, que conquistó todo lo conquistable de la América española". Una inscripción que no comprendía, máxime por las fechas (siglo XVIII) y la integridad que aún existía del Imperio español en manos borbónicas durante ese siglo. Así que el libro de Pablo Victoria resultó un hallazgo interesante y una reivindicación de uno de esos personajes que, habitualmente, enterramos en las cloacas de la memoria histórica.

Blas de Lezo quedó en el tintero hasta que hace unos años empezó a cobrar fuerza simbólica en las redes sociales. De pronto, se quería erigir una estatua suya mediante suscripción popular. De pronto, en las redes se quería "trolear" a los británicos votando su nombre para un buque inglés (y cerca estuvo...). De pronto, Blas de Lezo estaba hasta en la sopa, se haría un cómic, se escribió mucho sobre él, la gente le decía conocer como si fuera de la familia y muchos ámbitos concretos buscaron apropiarse de su imagen, su símbolo. Ámbitos de derecha, rancia, moderna, de conservadurismo, de nostalgia (¿Cómo se pudo pasar por alto su figura en los años de Cifesa y Juan de Orduña?) pero también de profesionales de la historia, de amantes de la misma, que ideologías aparte, proponían una rehabilitación de la memoria (toda ella) sin complejo ni vergüenzas. Hasta que, de pronto, un partido que ha dado su campanada recientemente abrió la boca para criticar (seña de identidad de cualquier buen derechista en España) al cine español, que todos sabemos está subvencionando las farras y fiestas de cuatro progres trasnochados y viciosos. Y un guionista, pillado en medio, sin mucho miramiento, cometió el error de responder con un adjetivo, además, pedante. "Demediado", calificó (sí, correctamente) a Blas de Lezo. También hubo quienes respondieron de otra manera. "Si se hiciera, sería con sus luces y sombras", o "Sufrió el olvido del Estado, como siempre". Pero lo primero fue lo que los (algunos) medios destacaron. Una boutade ignorante y tan infantil como la trampa tendida.

¿Importa al espectador medio actual la historia de Blas de Lezo? Pues no lo sé. ¿Importa la del Mariscal Antonio Gutiérrez de Otero, un natural de Aranda de Duero que derrotó dos veces a los británicos (Malvinas y Canarias) y que fue el artífice de que Nelson perdiera su brazo y no tomara las islas? Nelson tiene su columna inmensa frente al British Museum, mientras que Otero posee un busto sencillo frente a la iglesia de San Juan en Aranda. ¿Importan tantas y tantas historias perdidas, olvidadas, arrumbadas? Pues depende de quienes las rescaten, amen y deseen poner de nuevo en circulación, como siempre, por motivos de todo tipo. Homenaje, oportunismo, reivindicación, política...

La historia de España es rica en acontecimientos, en personajes y en sucesos de los que no hemos vuelto a hablar. Muchos, como en el confesionario, se quedan tras el susurro en los oídos del confesor, sea éste historiador o aficionado. Estamos contaminados, como no podía ser de otro modo, de un clima que se desarrolló durante décadas, sobre todo las últimas, en que España era una gloria maltratada por los envidiosos de fuera, donde el ejército era villano para el pueblo pero depositario de grandezas pasadas que no podía emular. Estamos influenciados por visiones que algunos recopilan en la llamada Leyenda Negra (nos han hablado de ella desde Julián Juderías hasta María Elvira Roca, pasando por Joseph Pérez) y en un sistema educativo donde la historia pasó de ser alcahueta de una ideología de glorias pasadas a una recopilación desnudada y aburrida de datos y fechas y nombres hilados por acontecimientos no muy explicados. Tenemos una historia, larga, intensa, divertida a veces, cruel, rica y plena. Así que, si hubiera dinero (que no lo hay) para una película de esas que llamamos "Históricas", me da lo mismo que la hagan sobre Lezo, sobre Otero, sobre Malaspina o Carrasco. Pero mientras se busca financiación y la gente se lanza a escribir guiones al gusto de quienes les retan, yo recomendaré, por cercano, por muchos motivos, un documental de mi amigo Rafael Nieto, "Historia política de una Carabela", donde se pueden rastrear algunos de los rasgos de nuestro querido país...


(Enlace)

https://www.youtube.com/watch?v=KJ7GtceJhug&vl=es

Disfrútenlo. Con poco dinero, se pueden hacer maravillas...

Un saludo,

domingo, 27 de enero de 2019

Terrores.

Cuando tenía veintipocos, recuerdo una conversación con un nuevo amigo, un viejoven, como lo llamaríamos. En ella salió (siempre sale) al hilo de la muerte de mi madre, la inevitable experiencia de haber perdido a mis dos hermanos mayores de manera seguida cuando yo tenía unos diez años. Recuerdo que no me regodeaba en la pérdida (sí, muchos saborean el mal trago y lo hacen pasar por dulce para enjuagarse mejor el espíritu dolido) y me sorprendía recordando lo poco que recordaba de ellos pero lo mucho que recordaba por medio de mi madre. Y aquel viejoven me dijo la frase, una frase que ponía palabras a emociones y sensaciones. "Perder a una madre es terrible, pero para un padre, perder a sus hijos es lo peor". Mi padre ya había dicho, en las pocas ocasiones en que lo verbalizó, que un padre nunca debía sobrevivir a sus hijos. Un drama común en toda época y lugar, creo, y acorde a la realidad de nuestra biología. Nuestra descendencia continúa sin nosotros, eso debe hacer. O eso debe ser.

Hasta que no he sido padre y consciente de cómo viraban en la práctica mis preocupaciones y miedos, no he podido comprender en toda su extensión el terror que vivieron los míos tras perder a sus dos hijos. Terrores que son inmensos, que no cesan, que acucian con preguntas de todo tipo donde la culpabilidad propia se alimenta de la duda, el miedo, la imposibilidad de aceptar que, muchas veces, no somos responsables ni de nuestro destino ni del de nadie. Somos partícipes, actores, pero siempre secundarios o menos importantes incluso que la tramoya de la vida. Menos cuando sentimos el dolor de la pérdida. Yo no paso un día sin sentir miedo por los míos. Miedo a todo, caídas, desapariciones tras la esquina de una calle, carreras que pueden acabar en accidente, etc. Y se mitiga con el consabido "los niños son de goma", pero eso es un alivio homeopático tan eficaz como el beso de madre (o padre) en las heridas. Por eso, hoy, puedo decir que entiendo, comprendo, como hijo que fui de padres que perdieron a sus hijos y como padre que soy que sabe lo que eso conlleva, cómo están los padres de Julen y Oliver.

Les carcomerá el dolor, el desasosiego, la culpabilidad. La sensación de rebobinar cada momento previo, cada paso, cada instante anterior, preguntándose qué hicieron mal, qué pudieron cambiar, qué peligros no vieron, por qué el destino actuó así contra ellos. Se lo preguntarán y no es algo que hayan empezado a hacer momentos después de la fatídica caída de Julen a aquel pozo. Se lo llevarán haciendo de antes, de cuando sufrieron aquella muerte súbita de su hijo en la playa. Y no es una revisión que cese, salvo que la detengas con algún tipo de distracción. Y ni con esas. No. Decir que están devastados, rotos, quebrados por todas partes es un cliché que no alcanza ni una milésima parte de la distancia real a cómo se encuentran. Yo he visto reacciones de todo tipo. He vivido en mis carnes las reacciones. He visto cómo se pueden comportar las personas ante una tragedia así. Y cómo influye en los demás, en su alrededor. En la extraña aura de miedo, de supervivencia, de dolor que se genera.

No sé cómo son sus padres. En qué hallan consuelo. Si tienen enfermedades que se agravarán o estallarán ahora. Si son, como comúnmente queremos ver a los demás, buenos o malos. No lo sé. Sé que, en cualquier caso, seguirán viviendo en aquel vídeo, en sus sonidos y detalles, e imaginarán más, otros mucho más, para completar una historia que llenará de agonía y dolor sus vidas. Me encantaría contar qué fórmula existe para sobrellevar eso, pero la realidad es que no la conozco. Y me gustaría decir que tienen el apoyo de todo el mundo. En gran parte es cierto. El mío, al menos, lo tienen. 

Ojalá que puedan dejar de rebobinar esa película, y que sus imágenes sean otras, más felices, más bellas, con emociones más cálidas y hermosas. Se lo deseo con todo el cariño del mundo. 

Un abrazo,

lunes, 21 de enero de 2019

Reediciones.

Pues sí. Estoy de reedición. De los relatos aquellos de "un peatón sin aire". Los que publiqué con una editorial, Newsline, que me dio la oportunidad de verlos impresos en papel. El resultado no nos satisfizo a ninguna de las dos partes. Y una vez hablado, recuperé los derechos un poco antes de lo previsto y, bueno, los he reeditado.

En el Tao dicen una cosa curiosa. "Haz tu tarea, después retírate. He aquí la única senda hacia la serenidad". Y no puedo estar más de acuerdo. Haz, deja. Aferrarse no sirve para nada. Porque no te aferras tú, te pesa aquello que hiciste. Sin olvido, sin remordimientos. 

Mis relatos quedaron hechos, los presenté y me retiré. Fueron días de sorpresa, de curiosidad. Por lo que sé, más de uno y de diez y más de veinte, los leyeron. O los compraron, no sé bien. Algunas personas me lo dijeron, sorprendidas, admiradas, curiosas. Gustaron, pero yo traté de olvidarlos, de retirarme. No lo logré del todo. Han vuelto, tras mucho tiempo, casi tres años, y he tenido que leerlos, releerlos y enfrentarme no sólo al texto, también al recuerdo de los momentos en que los escribía. Y esa arqueología emocional plagada de sinestesias, de memorias asociadas a sentimientos muy concretos, ha sido como asomarse al abismo de siempre, el del pasado. Pero cosa curiosa, lo he hecho con un desapego interesante. 

Hay relatos que me gustan más que otros. Algunos me gustaron porque eran resultado de un momento emocional concreto, estaban enmarcados en un clima muy específico. Uno en concreto, el de los terroristas, sigue gustándome porque combina varios factores con los que he gamberreado. ETA, los atentados de marzo, mi barrio y mi infancia. Y es que odio las vacas sagradas, los intocables y los cordones que impiden educadamente el acceso. En un tiempo como es ahora donde todos los muros son de gelatina, los límites acuosos y los fundamentos de barro, lo mío puede sonar vulgar, corriente y habitual. Y eso significa que he de hacer más esfuerzos por identificar aquellos ídolos sobre los que me gusta hacer chistes y reír...

Tampoco me considero un tipo chistoso, la verdad, y mi humor es más bien escaso y peculiar. Como el de todo el mundo, claro. Pero la risa, ¡ay, la risa! Es fundamental. Sin risa no hay inteligencia, sin inteligencia no hay diversión, sin diversión, todo es aburrido, gris y un camino muy feo hasta la inevitable muerte. Vaya, no sé si el Tao recoge algo de esto, pero oye, seguro.

En fin, que con todo lo dicho, añadir que el impulso de reeditarlos y ponerlos en Amazon (¿Y por qué, si ya estaban con una editorial y tal? Se preguntará alguien) proviene de un sentimiento de necesidad respecto de tenerlo todo cerca, controlado, agrupado, clasificado. Y también, lo reconozco, como un homenaje a una persona muy querida, mucho. Mucho. Ella lo sabe, porque he reeditado todo observando una piedra concreta y pensando en mi barrio, en una avenida y en un momento muy especial.

Espero, personas lectoras, que disfrutéis mis "Relatos de un peatón sin aire", si aún no los habéis leído. Y si ya los leíste, ahora valen la mitad. ¿No es un aliciente?




Un saludo,

jueves, 8 de noviembre de 2018

Fin de ciclo.

Hay momentos en que hay un final de ciclo. Los reconocemos siempre porque suelen ser puntos de inflexión, cambios importantes, marcas en la trayectoria vital. Hitos. Un cumpleaños, una boda o nacimiento, un matrimonio, el primer trabajo, la primera pareja... También los que consideramos negativos. Una muerte, un divorcio, un despido, un revés en algo que nos resultaba particularmente importante.

Yo estoy inmerso en varios ciclos y sus finales. El más grave, la muerte de mi suegro. Sigo en otros, como mi divorcio. Y se suma uno más, la jubilación de la que ha sido mi jefa directa durante los últimos cinco años.

Los ciclos son eso, temporales. Empiezan, duran y terminan. Solemos llevar mal los cambios, pero como especie, nos adaptamos rápidamente a ellos. La edad ralentiza la capacidad de adaptación, pero es relativo. Si uno posee la flexibilidad y mantiene la curiosidad, puede adaptarse, hacer del cambio parte de su vida, integrarlo. A fin de cuentas, en el gran ciclo que es la vida (nacimiento, vida, muerte) ésta es un constante cambio, el río de Parménides que fluye y no nos permite bañarnos dos veces en la misma agua. Hay multitud de frases y reflexiones al respecto ("la vida es lo que te pasa mientras la planificas", "agua pasada no mueve molinos") que reflejan la realidad de nuestra especie. Somos finitos. Somos un momento. Y el momento puede disfrutarse, sufrirse o dejarlo pasar.

Los finales de ciclo suelen augurar inicios de otros. A veces no somos conscientes. Inmersos en el baño, no solemos reconocer las olas que crecen o amainan, los vientos que soplan o terminan, y por eso, en el aspecto gregario de nuestra especie, tendemos a agruparnos con los demás, la masa, el miedo a quedar atrás, la sensación de no perder comba. Quienes son refractarios a la multitud suelen ser más solitarios, más reflexivos, menos sumisos. Yo soy hidrofóbico en ese sentido. Las gotas hacen charcos y ríos, rellenan lagos y mares, pero siempre rehuyo el curso natural, el cauce, aunque lo siga, a veces dentro del agua, muchas veces en la orilla. No me importa mojarme, pero odio acabar calado y no reconocer mi propia piel.

Epicuro buscaba en su filosofía evitar los cuatro miedos más comunes. A los dioses (¿Quién les teme ya?) a la muerte ("Cuando se presenta, nosotros ya no somos") al dolor (breve o largo, la intensidad y el tiempo no lo es todo ni determina el todo) y al fracaso (la valoración externa siempre es falsa, siempre importa más el equilibrio personal). La búsqueda de placeres, tanto los más simples como los más complejos, debe ser siempre satisfactoria, pues la mesura en algunos nos deja en mejor condición que la abundancia que puede ahogarnos. Y la amistad... Ese es el mayor de los placeres, el compartir, gozar, disfrutar de la compañía de quienes apreciamos, queremos y amamos. Nuestro recuerdo, añado, pervive en ellos como una guía moral y fuente de satisfacción. El gozo, el ejercitar la curiosidad y saber, el compartirlo todo...

Los cínicos y los escépticos aportan más cosas para una buena vida donde los ciclos empiezan, duran y terminan. Siempre he pensado que deberíamos olvidarnos de la moderna psicología y otros intentos de ciencia que no es, y volver a los clásicos, siempre, de manera recurrente. A fin de cuentas, el cerebro era el mismo, las emociones, las grandes vivencias y temores, también. Epicuro, Sexto Empírico, Diógenes... Incluso los canónicos Platón y Aristóteles nos siguen ofreciendo consuelo, respuestas, reflexión y sabiduría. La ataraxia, tan querida de los epicúreos, escépticos mediante su epojé, y estoicos (estos últimos, quizá un poco más tristes para mi gusto y demasiado serios y de mala vida) es un modo de vida que no pasa de moda. Así, los ciclos siempre nos parecen lo que son en realidad; momentos pasados, disfrutados, que no volverán, pero dejan espacio para muchos otros.

Conversar, jugar, reír, escuchar música, tener buena compañía, ejercitarnos, disfrutar del sexo y la sensualidad... Qué maravillosas luces antes de volver al apagón.

Yo he disfrutado de la compañía de una jefa que echaré de menos. No lo puedo decir siempre, en el mundo laboral, y lo digo aquí, ahora, alegre y contento de haber tenido la oportunidad de su compañía. Y no puedo menos que decir, también, que le estoy agradecido por muchas cosas buenas.

Un saludo,

lunes, 15 de octubre de 2018

Grados de separación.

Llevo bastante tiempo leyendo de refilón numerosas noticias referidas al cambio climático. Ya no es que se convierta en un asunto de hippies, progres y ecologistas trasnochados. No. Es un asunto de TODA la humanidad. Y somos unos inconscientes.

En los años 80, ser niño significaba vivir con el miedo de la bomba atómica y la destrucción mutua entre la URSS y los EEUU. El hecho de que viéramos qué había pasado en Hiroshima y Nagasaki era una manera fehaciente de saber que era real. Las bombas podían volar y matarnos, y hacer del mundo un erial Mad Max postapocalíptico y mutante. Lo sabíamos todos. Y por eso había movilizaciones contra la OTAN, peticiones por la paz, etc. Todo se fue al garete en los años 90.

Desde los 90, el auge del yuppismo aniquiló al hippismo. Entonces molaba el traje corbata y gafas de sol y el móvil que incipiente aparecía. Pero la conciencia del ser humano viene de muchas voces... Y algunos seguían hablando de la Amazonía talada, del África neocolonizada, y de la China que se lanzaba a la carrera de hacerse fábrica del mundo. Un coche todoterreno era el símbolo del bienestar total, grande, ostentoso, caro. Y los jeques, ejemplo de molonidad dorada.

Y de pronto, algunos, empezaron a ver que el mundo YA se estaba yendo al guano. En el nuevo siglo, Al Gore encabezó, tras perder las elecciones contra Bush hijo, una cruzada, usando su jet privado, para alertar del mal uso de combustibles fósiles. El cambio climático, como la destrucción mutua garantizada, se introdujo en nuestro lenguaje y pensamiento con detractores y defensores. Pero con una salvedad; de la guerra nuclear tenemos constancia (dos bombazos y decenas de miles de muertos al instante, efectos décadas después, pruebas y ensayos que dejaron un fondo de Bikini digno de mutantes como Bob Esponja, etc) y del cambio climático, no queremos ver las que existen...

Hace poco se ha analizado lo que sucedería si sube 2 grados la temperatura global. 2 grados. En nuestra casa, subir la calefacción o bajar el aire esa cantidad representa el bienestar o cierta incomodidad. En el mundo, directamente, que sobrevivamos. No que vivamos, no. SOBREVIVIR.

Es aterrador. Más que nunca.

El enlace:

https://www.popsci.com/what-happens-if-earth-gets-2-degrees-warmer?src=SOC&dom=fb#page-2

Un saludo,

jueves, 20 de septiembre de 2018

Me cago en los Dioses.

Así, en plural. Me cago en esa Diosa que busca la castración de sus fieles, cercenando sus órganos sexuales para así exigirles la más completa obediencia y matando en hecatombe toros para apaciguarla por sus celos enfurecidos. Me cago en ese Dios que tenía doce discípulos y caminó sobre las aguas, celebrando como maestro infantil de un templo ceremonias en honor a su madre Isis. Me vale cagarme en Mitra o en Horus, que coinciden en lo anterior. Me cago en ese Dios que provocó la matanza de miles de inocentes por un tirano, pensando que así acabaría con él de infante, y por tanto protegería su poder, y hablo del hijo de Devaki y el carpintero. Me cago en el Dios hijo de Nana, que fue crucificado contra un árbol (como tantos otros) y resucitó al tercer día de enterrado, considerando que era su deber salvar a la Humanidad. Me cago en ese Dios que entraba en burro a ciudades importantes, como procesión magna, y convirtió el agua en vino, resucitando (otro más) y dando alimento divino a sus seguidores, que aunque Dionisio era, Baco fue en Roma. Me cago en ese Dios que adoraban pastores y montañeses y tribus del desierto, creyendo que les traería la salvación en forma de justicia y pan, siempre hombre, siempre Attis, Mitra, Horus, Dionisio, Krisna... 

Un día, la humanidad se miró y vio que no era como los demás animales. Y asustada, creó potencias y divinidades que explicaran su capacidad y diferencia. La religión nació junto a ese miedo, y del miedo, alimentada, se convirtió en poder y control mediante la religión, aliada con los gobernantes. Oh, sí, hubo titanes, héroes, semidioses (hijos de humanos y dioses...) y gente excepcional (como por ejemplo Mitrídates, el Ungido, que nació bajo la égida de una estrella, que huyó de niño porque querían matarle...) pero se quería, requería que todos creyeran en Dioses, y luego, algunos, celosos por su posición en medio de imperios más poderosos, en su único Dios celoso, estúpido y cruel. Creer en sí no es malo. Calma los miedos. Atenúa el nihilismo de la conciencia temporal y la tanatofobia que podemos llegar a sufrir. Es un ejercicio que proporciona cautela a las emociones, las modera y reorienta. Pero si lo hacemos nosotros. Si nos conducen, nos llevan y nos manejan, deja de ser provechoso en lo personal para convertirse en (otra) herramienta de control de los que son más listos y quieren el poder sobre los demás. Cuando me cago en los Dioses, en realidad me estoy ciscando en los que les mentan para controlarme. Sea un señor con túnica que le tapa la cabeza el pliegue de su toga al ofrendar, o con un cirio de madera etrusco o con coronas. Señores, en general, pero también señoras.

Willy Toledo no me gusta como actor, me parece ramplón, sencillo y sin mucha gracia. Tampoco como activista. Pero está sufriendo algo con lo que simpatizo; el tema de la "blasfemia". Y no puedo decir esa palabra sin recordar el énfasis de los Monty Python en "La vida de Brian". Es tan, tan ridícula... ¿Ofender los sentimientos religiosos? La religión no es un sentimiento. Lo es la espiritualidad nacida del miedo y la soledad cósmica, como lo es la felicidad de compartir fiestas con amigos o la ira de sentirse contrariado. Y eso no es un delito, que yo sepa, aunque impulse a cometer algunos.

En suma, amig@s, si estas expresiones os ofenden, no es mi problema. Porque parece que, si decimos la palabra "Dios", sólo hay uno, cuando en realidad, y este mensaje es una muy pobre lista, hay cientos, cientos que pueden solicitar de sus devotos la misma ira contrariada. E igual de imaginaria y absurda.

Un saludo,

martes, 10 de julio de 2018

El sentido de la escritura.

Hace tanto que no escribo una entrada aquí, en el escaparate público, que me siento hasta oxidado. Pero es normal. Lo que escribo lo hago estos meses en privado, en la intimidad de un ordenador nunca propiedad mía, en la tensa calma de la siguiente actividad a realizar (¿A qué sitio puedo llevar hoy a los niños? ¿Con quién? ¿Cabrán los dos? ¿Calor, comida, agua, actividad prevista? ¿He terminado los registros que me pidieron? ¿Están las facturas contabilizadas? ¿Me he dejado la caldera encendida? ¿He hecho la compra? ¿Cómo va el mes?) es teclear las palabras que conforman varias historias muy diferentes. Tanto, que me inquieta no mantener el muro divisorio que las aísla, dejando así que fluyan ideas, imágenes, términos o sentidos que no corresponden.

Desde niño he visto en las palabras una puerta. Cada palabra, al denominar la realidad o inventar una nueva, era un picaporte, la manija que uno tira hacia abajo con indolencia infantil o miedo reverencial. Cada palabra, además, se unía a otras para crear espacios, imágenes, lugares y escenarios que se abrían en ese hueco trasero del cerebro donde proyectamos el cine de la literatura. Y se rellenaba con más palabras, palabras que expresaban emociones, sentimientos, deseos, frustraciones, objetivos, ilusiones de personajes que me parecían siempre reales, más reales que los que me han rodeado toda mi vida. Un poco falso esto, porque en realidad los personajes de novela me parecen más sencillos de comprender que los reales. Los reales mutan, son volubles, varían a cada instante, no reaccionan como se espera. Son desasosegantes. Pero también algunos de la literatura. Incluso de la histórica, que uno cree ya conocer (por creer saber el final) y acaba luego sorprendido. 

Palabras como ladrillos, como rocas, como sillares. Y algunas tan pesadas y horrorosas como la piedra más voluminosa. He sufrido libros, lecturas obligadas, los "must" que quizá no debieron serlo en el momento en que se impusieron. Tengo la vergüenza de reconocer que hay libros (no mencionaré sus nombres) que me repelen, aunque se consideren obras maestras. Y que hay otros que me fascinan, por más que no se recomiende su lectura. Leer es un proceso tan complejo, al inicio, como pasear por un campo de minas. Igual que la vida. Aunque, también es verdad, más beneficioso; te puede estallar una mina en la vida real y amputarte, o matarte, pero un libro no hace sino restar ganas, nunca amputa la imaginación.

Para mí, el sentido de la escritura ha variado con los años. Lo he dicho más de una vez. De mis pinitos periodístico-crematísticos (una "gacetilla" hecha con 9 o 10 años, donde copiaba la guía de televisión -una necesidad-, noticias generales y las que consideraba importantes del barrio, como que habían repintado una valla o que en el bar de la esquina estaba ¡el Double Dragon!) pasé a escribir algunas historias, siempre con "musa". La primera que recuerdo elaborada, más o menos, con 13 o 14 años, era un relato pastiche copiado de los de Lovecraft, dedicada a una muchacha. Luego, algunas más, poesías ripiosas y aburridas. Y a partir de los 17 o así, en aquel año de transición entre instituto y universidad (me tomé un año sabático, sí; permitido por mis padres, subvencionado por mis clases de inglés a chavales más torpes que yo y que convertí en una fiesta de despertar tarde todos los días, acostarme a las mil, pasearme Madrid, visitar la Filmoteca decenas de veces con Rafa, sacar libros de las bibliotecas y devorarme lo que me apetecía, "quemando" autores, y tratar, cómo no, de ligar...) comencé a escribir impulsado por la creencia de que yo, en el fondo, era un genio. Como el bueno de Joyce y su "Retrato del artista adolescente". O tantos otros que luego encontraría en novelas de gente como Baroja o libros de memorias como el magnífico de Cansinos Assens. Y supe que no era un genio. Sólo un crío creído que no creía en sí mismo.

Me frustré a los veintipocos, tras acabar la carrera. Lo que había escrito no me entusiasmaba, me parecía vacío, retórico, aburrido. No tenía chispa. Y además, no era serio, sólo una afición más de las muchas que cultivaba (baloncesto, rol, cine, romanos, esas frikadas) por lo que, de alguna manera, me dejé influenciar por el entorno y también me dejé fracasar, esto es, ni intentarlo. ¿Para qué, si era malo y lo sabía?

Pasaron los años. Pero siempre había un comezón, una picadura en el cuello o en el brazo que me inoculaba algo, tinta venenosa, supongo. Había imágenes, frases, construcciones que me parecían bellas, perfectas, y a veces lograba anotarlas en algún lado para, después, descartarlas por ser fragmentos de algo que no existía porque era incapaz de concebirlo. Imaginen un arqueólogo que haya frisos, capiteles, relieves, ladrillos sueltos o rotos, y es incapaz de reconstruir el templo que ha hallado porque ni sabe a qué dioses va dedicado ni cómo rellenar los huecos que el material destruido ha dejado. Yo era un aprendiz, seguía siendo un crío que no conocía el camino de la madurez (¿y para qué?) y aquello, seamos sinceros, no reportaba nada en lo material. Aunque el cosquilleo se mantenía. ¿Cómo lo sublimaba? Siendo "práctico" y escribiendo partidas de rol que, en muchos casos, eran más mi libro que una partida y que obligaba a los jugadores a ser cautivos oyentes de mis relatos...

Y entonces pasó. Me decidí. Tenía dos libros escondidos en el cajón. Uno horrendo que terminé borrando y tirando. Otro que, bueno, no me avergonzaba tanto aunque se pareciera demasiado a cierta película de Edward Norton (y juro y juraré que lo escribí antes...) y necesitaba algo nuevo. Abandoné la carrera que había empezado para hacer "algo útil" (Historia en la UNED,,,) y que había tomado para seguir haciendo "algo útil" tras opositar (nadie sabe lo coñazo que es...) y me decidí a un curso de escritura en Fuentetaja. El más útil, de verdad, con una profesora de lo más adecuada. Silvia Nanclares. Ella dispuso semillas de muchas cosas que ahora, tras regar lenta y esporádicamente, van dando frutos. Entonces se me ocurrió; una ucronía. Me apasionan. Y escribí "Sangre de hermanos".

Sí, lo mandé a algunas editoriales. Ninguna lo quiso. Algunas incluso me dijeron que gracias, pero no, gracias. Ninguna hizo la valoración del libro. Me lancé por otro camino. Como Rafa, me autopubliqué. Un rollo. Una inversión de la que no esperaba recuperar nada. Y vaya, sí cubrí gastos, e incluso a día de hoy sigue vendiéndose (todos los meses vendo veinte ejemplares más de lo que esperaba...) en Amazon. Bueno, entonces, pensé, no escribo tan mal. De ahí me contactó una editorial que no era editorial pero quería serlo, y que resultó ser una empresa ad maiorem dei gloria de... Bueno. No lo diré. Mis relatos gustaron. Se publicaron. No se vendieron o, al menos, no se vendieron como esperaba. Aunque sí los leyó bastante gente, por lo que sé. Algunas personas, de hecho, me descubrieron ahí como alguien diferente a quien esperaban que yo fuera.

¿Me importa el éxito? Bueno, como a todo ser humano, sí. Pero no es mi meta. ¿Me importa el dinero? Si tengo suficiente para vivir y que vivan mis hijos, sí, pero no es la finalidad. ¿Me importa el reconocimiento? Pues sí, aunque me da vergüenza que me digan cosas buenas, acostumbrado toda la vida a recibir críticas devastadoras y negativas o la indiferencia. ¿Qué quiero? Pues ahí está el sentido de la escritura para mí. Lo que yo quiero es...

Escribir.

Un saludo,

miércoles, 6 de junio de 2018

El derecho a la felicidad.

En la constitución de EEUU dice, en su declaración y tal, esto:

Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad."

La búsqueda de la felicidad... Nada menos. Pero aunque tome otras de sus verdades como no ciertas (no somos creados iguales ni dotados por un Creador, aunque con el lenguaje de la época, poco se podían atrever a otras explicaciones) ésta la considero esencial. No natural, ni evidente. Esencial.

Desde que nacemos la inclinación de todos es la de hacer, la de ser, de manera que sintamos felicidad. Ese estado vaporoso que envuelve la realidad y la dota de un sentido, aunque dure poco. La felicidad es una cuestión muy seria. Se ha reivindicado siempre, incluso se ha jugado con ella en novelas (la risa en "El nombre de la rosa") y se ha ensayado desde Aristóteles y Platón sobre ella. Pero, curiosamente, la hemos convertido en un objetivo cada vez más difícil de lograr, elusivo por propia convicción. Porque maneras de ser felices hay muchas, aunque compartimos algunas en común la especie.

Dan Gilbert publicó hace tiempo un libro que resumía en cuatro cosas la verdadera  fuente de felicidad. Sexo, charlas, música y ejercicio. Y es cierto. 

El sexo nos proporciona placer durante una larga temporada de nuestra vida adulta. Se magnifica a veces, y otras se glorifica, pero también se estigmatiza o minimiza su importancia, que es mucha. Pero el buen sexo con alguien a quien se quiere es incalculable. No hay duda alguna. Deseo e inteligencia combinados provocan los mejores orgasmos. Y un orgasmo, o pequeña muerte, es la mejor manera de celebrar la vida.

Las charlas son también necesarias. Hablar y escuchar. Hablar para ordenarse uno mismo, sus pensamientos, emociones, dudas y visiones. Desahogarse es esencial y ahorra psicólogos. En las "charlas" incluiría sin pensarlo los libros, siempre, y películas también. Son diálogos los primeros reales, donde escuchas las voces de quienes escribieron, describieron situaciones y emociones o momentos e ideas que te alimentan, te aportan calorías intelectuales y emocionales. Y escuchar, porque no es sólo hablar y ser egoísta. Escuchar a los demás, encontrarles y encontrarte en sus palabras. Y las risas que se logran así son infinitas. 

La música es otro ámbito que yo, desgraciadamente, he tratado poco y mal. Nunca he aprendido a tocar instrumento alguno ni a bailar. Soy diestro de ambos pies y tengo un oído tapiando al otro. He crecido escuchando música de estilos heterogéneos, aunque he acabado cayendo en la circular y laberíntica del folk celta irlandés, escocés y también escandinavo. Me gustan también cantautores como Sabina o Hilario Camacho o el cachondo de Krahe. La triada de "La Mandrágora", sí. A veces he puesto música según mi estado de ánimo o lo he cambiado según la música que he puesto. A veces he logrado trances y otras explosiones simples de alegría o de furia. Me gusta la clásica. Me gusta más de lo que reconozco la popera, por días y estilos. Descubro siempre y siempre sé que la música es, junto a la palabra, una de las maneras más universales de comunicación.

Y el ejercicio... Aquí también tengo mis taras. Lo llevo de vuelta al sexo, porque descubrí el ejercicio físico tras la imposición de mi hermano (sí, una imposición que lastró, más que ayudó, a que le tomara gusto) como manera de practicar un mejor sexo. Cuando he estado en condiciones físicas buenas (recuerdo mis 75 kilos en el metro ochenta como un momento de gloria, a los 21 años, jugando al baloncesto todos los días y casi logrando hacer algún mate) he disfrutado de lo lindo, liberando las -inas (serotonina, dopamina y endorfinas) y logrando un estado feliz. Que se truncó al romperme la rodilla. Y que se cronificó en una relación de resta que me llevó a abandonar el deporte y llegar a ser un obeso de cuidado que llegó a los 100 kilos sin despeinarse. El ejercicio es esencial. Practicarlo con mesura, sin obligación, pero sabiendo lo que aporta. Las personas que conozco no son deportistas profesionales (aunque alguno hay) pero sí saben de su importancia. Correr (lo odio) nadar (lo llevo fatal) montar en bici (cada día lo hago) practicar un deporte (llevo sin jugar baloncesto demasiado) o hacer otros ejercicios es esencial. Y puedes conocer gente, escuchar música y, después, tener buen sexo.

El derecho a ser feliz es barato. Si logras tener un techo y comida, que implica en nuestra sociedad un trabajo, y equilibrar las obligaciones de todas las actividades, se puede. Y, desde luego, la felicidad no es baladí. No es un asunto que se deba postergar o eludir pensando en cosas "más serias" que creemos otorgan la felicidad (¿una casa más grande con piscina, un coche, un empleo bien pagado?). Desde mi separación he sido más feliz y mi hijo primero, y mi hija después, lo sienten, lo perciben, lo reciben. En el camino de la vida, ese paseo que incluye charlas, música, ejercicio y, quizá, sexo, es mejor ir andando dentro de la horquilla de pasos acompasados, similares, y no ir ni con la lengua fuera persiguiendo a nadie, ni retrasando tanto el paso que te sientes atrapado en fango. El ritmo es importante, y por eso, según con quién lo compartas, esencial. 

No he leído nunca un libro de autoayuda. Me encanta la filosofía (aunque hoy mismo hay leído un vapuleo a Nietzsche que me ha sacudido) y la literatura y el ensayo. En los libros, en la historia, en los pensamientos, encuentro lo que busco. No he buscado nunca un empleo mejor pagado con ahínco, olvidando mis principios, si no tiempo, tiempo para lo anterior. No me considero ni menos serio o maduro que cualquier otro, pero sí, si me preguntan, diré que he encontrado las palabras y he perdido el miedo (tras haberlo cultivado) a usarlas. 

Todos tenemos derecho a la felicidad, reza la constitución de EEUU. Sí. Y con esta afirmación, termino la entrada. No hay mucho más que decir.

Un saludo,