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miércoles, 3 de enero de 2018

Fobias.

Todos tenemos alguna, reconocida, oculta o latente. En mi caso, pasé años sin reconocer que me aborrecen los caballos. Lo siento por los equinos, no puedo estar a su lado tranquilo. Siento pánico, necesidad de irme y algún sudor. Puedo ver "Bojack Horseman" pero no estar al lado de uno montado o suelto. Me da menos miedo un toro, aunque le respete. No es racional, aunque alguien piense que tengo algún episodio de infancia reprimido o similar. No lo sé. Tengo una foto que demuestra que monté un poni, al menos una vez.

María Elvira Roca Barea ha escrito un libro titulado "Imperiofobia y la Leyenda Negra", un ensayo best-seller sobre las reacciones que provocaron imperios como Roma, Rusia o EEUU, centrándose más, al final, en España y su Leyenda Negra (que no requiere epíteto para situarla, por cierto) y tratando de entender ese odio a los imperios (lo califica de un tipo de racismo con soporte intelectual y además bien visto) y las consecuencias. Desde la primera página (prólogo de Arcadi Espada) uno ya sabe qué ideología tiene o parece tener la autora. Y no muestra miedo en decirlo, pues queda claro que la subjetividad afecta al estudio de la Historia. Porque, como disciplina sobre la humanidad, está contaminada de eso. Humanidad.

Yo he leído el ensayo seminal de Julián Juderías hace ya tiempo. Me gustó. Está escrito con un tono de risa vengativa hacia las potencias de Francia, Gran Bretaña o Alemania en el momento de la Gran Guerra. "Esos países que tan civilizadamente se han lanzado a la masacre y no como nosotros, neutrales..." algo así recuerdo que decía, destilando veneno contra ellos en la tinta. Un lenguaje de época, grandilocuente, mezclando hechos con pasión. La autora desde luego ha recobrado esa porción de estilo, me parece. Me gusta leer todo tipo de ensayo histórico y, si es posible, sobre temas controvertidos que me atraigan. La Leyenda Negra es uno de ellos, por cómo cae pesada encima de los españoles y el resto de países, sirviendo de coordenada para calibrar mediante prejuicios la actitud hacia el otro. Un ejemplo. En marzo de 2017, de viaje por el Muro de Adriano, coincidí con un tipo, Andy, representante en Europa de Konami, unos 50 años, con quien mantuve una conversación de casi dos horas de todo un poco y donde pude observar su percepción (británico culto, anglicano, padre de familia, viajante) sobre España. Me llamó la atención cómo, tras debatir sobre diversos temas (la Armada y la contraArmada, la Inquisición y las persecuciones religiosas, el exterminio deliberado o accidental de los indígenas americanos...) había mucha actualidad y presente en nuestras relaciones, lastradas por hechos que se ven diferentes según la construcción del relato hecho. Y la simpatía personal abrió el camino a la aceptación de la crítica ("Isabel I sobrevivió en el trono de milagro, María Estuardo recibió una propaganda feroz y falsa, igual que Felipe II") y el diálogo completo, constructivo. Pero son casos aislados. En Holanda y Bélgica he visto muestras de esa hispanofobia, producto de la propaganda que no cesa. En Londres, trabajando, también. Los sucios y vagos hispanos que no trabajan y hacen pillaje, degenerados. En Berlín, en Viena... incluso en las amistosas Lisboa o Roma. En Francia es muy claro el complejo. Viajar abre la mente porque ser visto desde fuera hace que te preguntes, a la manera de Camba, cuáles son las maneras de ser español.

En estos días inciertos de 2018 donde aún no sabemos si la virtual república catalana será real o quedará en el mercado de las bitcoins, sigo viendo las fobias que avivan muchos, de uno y otro lado. Y reconozco que hay fobias que son, puramente, prejuicio racista. Yo he expresado alguna vez mi fobia al sur de España, o más claramente, a lo que habita bajo la discontinua línea que zigzagea desde Oporto, León, Madrid, Zaragoza y Tarragona, y limita con ese sur imaginario. Es una fobia producto de muchos prejuicios y caracteres. También tengo fobia, adquirida, a Nápoles. Mucha. Pero son fobias transitorias. Si viajo a esos lugares del sur suelo encontrarme a gusto. Igual que a disgusto en algunos lugares al norte de dicha línea. Porque los lugares, los territorios, son pamplinas, estupideces, por más que impriman huella en sus habitantes. Son las personas que los habitan quienes me caen bien o mal. Igual que sus ideas las comparto o no, aunque luego sus actitudes y formas de actuar puedan ser discordantes o acordes a mi percepción de lo que me parece agradable o correcto. Las fobias son así. Irracionales. E irracionales son nuestros planteamientos, todos, puesto que parten del prejuicio, del desconocimiento, de la composición falsa. Pero cuando las fobias se atizan como hechos reales, propaganda (invento protestante, qué bien lo define Roca Barea...) buscando con ello un resultado que viaja al racismo y a la xenofobia violenta, buscando el aniquilamiento, sea físico o espiritual, del otro, pues... me jode. Porque se ha cruzado la única línea que considero inviolable. La de acabar con el otro por el mero hecho de ser eso, otro.

Ser español es un accidente, como lo es ser francés, alemán o etíope. De hecho, ser de Madrid o Carabanchel, de Lyon o el distrito 14 de París, de Berlín o de Brunswik, ser Afar o Mursi, son puñeteros accidentes. Ser un ser humano es un accidente cósmico, irracional, sin plan alguno en ello. Ser, a secas, es fortuna. Suerte. Ser y pensar. Ser y disfrutar conscientemente de ser. Ser negro es un hecho que se remonta a un par de millones de años, creo, mientras que ser blanco es algo accidental de los últimos 15000 años o así. Tener ojos claros u oscuros es riqueza genética, como pelo liso o rizado. Una vez asumido que somos accidentales, contingentes y no necesarios (como decían en el pueblo de "Amanece que no es poco") la vida se ve de otra manera, más tranquilamente. Los grandes monolitos que establecemos como hitos pierden su magnitud y hasta las estrellas nos parecen amigables. Por eso, las fobias, aunque normales, aunque impresas en nuestra genética, ceden ante la observación real, calmada, ajena.

Los caballos me parecen fascinantes. Pero no quiero tocarlos. Sé que su piel es atractiva y el pelo cepillado, precioso. Me parece una experiencia montarles y cabalgar. Si es la mitad de divertido que ir en bici, querría probarlo. Pero no por ello dejo de tenerles fobia. Porque, como he dicho, es irracional, incontrolable, aunque comprendiéndola, sé que lo llevo mejor, porque no dejo que me domine. Quizá, si todos jugáramos a ese juego, a comprender nuestras fobias, se atenuarían tanto que no nos daríamos cuenta de que las tenemos. No sé si em comprenen...

Una salutació,

martes, 5 de diciembre de 2017

Western, feminismos y opiniones varias.

Alcancé a ver "Godless" por un comentario de alguna plataforma social sobre que era un "western feminista". Me vi la miniserie (siete capítulos) y descubrí una serie que retoza sobre los clásicos elementos del western, sí. Espacios abiertos, enfoques fordianos (la puerta, la eterna puerta...) diligencias, forajidos implacables, tabernas, prostitutas de corazón noble, agentes de la ley esforzados, el choque de civilización y tierras salvajes o no tanto, indios... y mujeres. Es una serie muy interesante (los títulos de crédito tienen elementos copiados de "True Detective", que también bebe, como casi todo, del western) con personajes que entran en la categoría de "mola" y momentos épicos, como debe ser. Pero el feminismo...

Leo la columna de El Diario, panfleto como tantos otros (incluyo en la categoría, algunos con tipología de libelo, a El País, El Mundo, ABC, Público, La Razón, Libertad Digital, La Vanguardia, etcétera...) un artículo sobre dicho western. Y un dato me llama la atención, algo que me ha parecido  una tontería. A mí. Explico por qué.

Dice el artículo que se vendió como "western feminista" y luego tuvieron que girar todo precipitadamente en el último episodio. Bueno, en realidad, el último es el corolario de la persecución que se inicia en el primero. Y el duelo tiene el sentido que tiene (a pesar de que me sobran balas y forajidos) y es lo que es... más no puedo decir sin desvelar la trama. Es coherente, y respeta el tono y estilo que se ha dado a sí mismo desde el primer episodio, aunque tenga algunas debilidades a lo largo de las casi 7 horas.

Me resulta curioso en el artículo que se haga un análisis de la presencia femenina por el número de líneas de diálogo que dicen unos y otras. Al parecer, 3/4 partes de los diálogos los dicen hombres. Y así, de manera "científica", queda claro que no son las protagonistas. Vaya. Bueno. En las películas de John Ford no sé qué porcentaje tenían hombres y mujeres, pero yo no sé cerrar los ojos, imaginar un western o película suya y no ver a una mujer, su presencia, tan dura como el pedernal y más poderosa que un James Stewart, un John Wayne o un Henry Fonda. Porque ver a Maureen O'Hara, Katharine Hepburn, Vera Miles, Natalie Wood, Elizabeth Allen o las "siete magníficas" de su última película, por citar a las más conocidas (hay muchas más... y desde el mudo, que Ford hizo más de 100 películas...) es una gozada. Es sentir ese contrapunto, silencioso, que no silenciado, fuerte, potente, claro y certero. No tienen más líneas de diálogo, no aparecen más minutos en pantalla, estoy seguro de que cobraban menos, estoy convencido de que se intentaba dar al público un florero (pero a ver, ¿qué florero es ese de Maureen O'Hara mostrando a John Wayne cómo de testaruda es una irlandesa, que tiene que llevársela a azotes por el campo en una secuencia que hoy sería vista como la apología del maltrato más Technicolor de la historia del cine? O... ¿qué florero muestra Elizabeth Allen en "La taberna del irlandés", donde pasa de recatada y modosa bostoniana a mujer que toma las riendas sin ningún problema, en una muestra de "empoderamiento" que ya quisieran muchos hoy día? y son algunos pequeños ejemplos...) pero realmente, ellas, y John Ford lo sabía, se comían la pantalla. No existía hogar, no existía civilización sin las mujeres, y John Ford lo exponía. Y eran sufridas, sí, porque la violencia era el recurso natural, salvo en aquellos hombres extraños que no la ejercían contra ellas y por tanto, destacaban especialmente. Y reitero, sus porcentajes de diálogo eran, estoy seguro, muy inferiores a los de los hombres.

¿A qué viene la diatriba? A que en el cine importa lo que se muestra más que lo que se dice. Incluso aunque seas Lubitsch o Billy Wilder, o Woody Allen (seguro que es otro apestado ya...) y el diálogo sea necesario, ese diálogo ingenioso, chespiriano y heredero de las "Screwball Comedy" o el cine negro de los 30 y 40. Mostrar es, en el cine, lo más esencial, porque muchas veces, y ¡atención, revelación! lo que un personaje dice y lo que el espectador ve pueden ser dos cosas totalmente contradictorias. Y da para mucho esa contradicción. Un ejemplo más, esa magnífica historia mítica que desmitifica, de John Ford; "El hombre que mató a Liberty Valance". Que vale como puede valer "Rashomon" de Kurosawa, para ver que el relato no es plano. Porque hay diferentes puntos de vista.

Un espectador puede, en su buena voluntad, ver la serie y contar las líneas de diálogo que interpretan unos y otras. Y decidir que no es feminista como anunciaban, porque 3/4 partes las realizan actores, y la trama principal está llevada por los hombres. Me parece una manera muy ruinosa y poco dedicada de ver cine, televisión o cualquier otra cosa, estar contando así, pero lo respeto. Por mi parte, no me parece un western feminista, no. Pero no porque los diálogos o la trama se queden en los actores. No es feminista porque no necesita serlo, aunque se etiquete así para vender más "a la moda". Es una aventura. Es Western. Es una buena manera de revitalizar un género que nunca muere. Y Michelle Dockery, Merritt Wever o Callie Dunne, por poner a tres de las actrices principales, realizan un papel muy certero y que engancha desde el principio.

En suma, otro debate acerca de si se puede etiquetar todo para lograr un fin concreto. Vender más.

El artículo en cuestión.

Un saludo,

martes, 21 de noviembre de 2017

¿Pero qué cojones está sucediendo?

Me imagino que más de uno se hace esa pregunta. Yo he huido del Facebook y apenas participo en Twitter o redes cualesquiera (salvo chats privados de WhatsApp y visto lo visto, más bien poco y de manera más humorística) porque me siento abrumado. Hasta los cojones, diría aquel. 

En el mundo moderno (y hace 2000 años también) uno siempre la sensación de que se le escapa algo. O falta información o esta es excesiva y provoca ruidos. Sobre el asunto de Cataluña, me he visto de pronto superado. Independentismo, nacionalismo (de ambos lados) o el llamado "constitucionalismo" o "unionismo". Emociones. Mi opinión debería ser clara. Pero se da golpes con cada nueva afirmación o comentario o información que leo. Opinión también. Y me parece que la mía queda tan abollada e incierta que me cuesta emitir una.

Hay una guerra de propaganda brutal, por todas partes. No la había notado tan virulenta desde que tengo conciencia. Desconexión emocional lograda por mi parte, contemplo obnubilado relatos de tantas partes como agendas hay. Hechos que parecen claros de pronto son controvertidos, inexactos o malinterpretados. No hay verdad. Hay un objeto que, contemplado desde mi fantasiosa epoché, destella o muestra suciedad en tantas de sus facetas que ni sé qué objeto estoy contemplando.

Esa desorientación se hace más aguda cuando las etiquetas libran la batalla. "Las izquierdas". Los que, emocionalmente, son mis "buenos", me parecen absolutamente perdidos. Zombies. La izquierda debe apoyar el independentismo catalán aunque éste no sea absolutamente nacionalista porque es un modelo de revolución nuevo (¿Nuevo? ¿En serio?) que va a terminar con el sistema corrupto de la II restauración postfranquista. Y otro que dice que la izquierda no puede ser nacionalista nunca (dogma incansable) porque el nacionalismo es todo lo contrario que la izquierda (jerarquía vs horizontalidad, por ejemplo) así que "las izquierdas" son, ahora mismo... ¿Qué? ¿Quiénes?

El relato de Cataluña lo están manejando muy bien los partidarios de la independencia, sea por  los motivos que sean. La muchachada (y no muchachada) está viviendo una efervescencia revolucionaria como la de un Mayo del 68 o un París de la Comuna, sin fusiles, sin prusianos o adoquines, pero reconvirtiendo esos hechos en símbolos con la policía nacional o la guardia civil como enemigos y representantes de un Estado represor. ¿Dónde empieza la defensa de la Constitución y dónde empieza el Estado que reprime? ¿Se unen, tienen caminos paralelos, entrecruzados, divergentes? En mi reflexión sobre el relato de Cataluña vuelvo a perderme en paralelismos y sonrío ante la "Revolución de las Sonrisas" que ya no sé si es de los que saben algo y no lo comparten o del resto ante los que dicen saber algo pero no saben nada.

Puede que mis fallos de entendimiento vengan de la desconexión emocional que he alcanzado, como dije, y no me zambulla intensamente en los remolinos sensitivos que pueden estar agitando el pantanoso debate, limitándome a contemplar la superficie oleaginosa y cambiante de ese inmenso pantano. Puede ser eso, o también mi incapacidad para extraer, separar, revisar y unir los datos que llegan día tras día por tantos y diversos medios. Al final es cuestión de aceptar un relato o no, de creértelo o no, de permitir que avance una historia cuyos protagonistas generan empatía o no, donde suceden giros de trama creíbles o no. La suspensión de la incredulidad que pedía Hitchcock y que dejaba paso a la lógica emocional y dramática de la historia que narraba en imágenes.

¿Se puede no aceptar el relato de una Cataluña oprimida en la España postfranquista y represora que busca su libertad con paciencia y en paz, tanto como el relato de una España potente que sufre el acoso indigno de una panda de insolidarios egoístas y criminales que rompen con esa potencia? ¿Se puede no estar de acuerdo con que se mande la policía a la expresión, sea charada o entusiasta, de una votación por la independencia, y de que la violencia ejercida además de un error se ha magnificado en exceso? ¿Se puede estar en desacuerdo con Rajoy y su gobierno y con Puigdemont y su govern? ¿Se puede estar en desacuerdo con los supremacistas que piden sólo catalán y los que sólo piden castellano? ¿Se puede no estar de acuerdo con que España es un estado de fascistas y que tampoco son fascistas los que buscan la imposición de un estado en Cataluña? ¿Se puede? ¿Puedo?

Si puedo, entonces tengo libertad de expresión, un derecho fundamental, aunque hoy día no sirva para nada, porque la libertad de expresarte no dignifica la expresión ni obliga a escucharte a nadie. Simplemente, sigo preguntándome... ¿Pero qué cojones está sucediendo?

Un saludo a todos,

viernes, 3 de noviembre de 2017

Hogar.

El día 31 de octubre de 2017 fue la primera noche que pasé en mi vieja casa, la casa de mis padres, de mi familia, el hogar en que viví 32 años hasta que me independicé en 2008 y me marché. Hasta 2017 he vivido en compañía de Cristina, con quien me casé en 2011, y de quien ahora me he separado para divorciarme. En el camino, 7 años en Alcorcón, 2 en Madrid, viviendo juntos, dos hipotecas y dos hijos. Y un gato. Ese balance, en crudo, no expresa los sentimientos y emociones, como cuando nació mi primer hijo y le sostuve en brazos como algo nuevo, extraño, un cuerpo ajeno al propio pero completamente propio en todo sentido. No muestra los momentos de tensión, de descubrimiento, del día a día donde evolucionaba, crecía, mostraba su personalidad y la influencia de nuestra crianza. No habla de los momentos de duda, de crispación, de duelo, de dolor, de miedo, de inquietud. Nuestro gato, mi gato, cayó en 2016 por la ventana de la casa, cinco pisos hasta el patio, salvándose milagrosamente, aunque herido. Lo pasé muy mal, me hizo rememorar el dolor de la pérdida, transmitido por mis padres tras sentirlo respecto a mis dos hermanos. Y mi hijo mayor se hirió varias veces, caídas, golpes, sangre, gritos de dolor, aullidos que queman la piel y penetran hasta los nervios haciéndolos hervir. El mundo se ha tornado carne palpitante, sensible, doliente. Emociones puras, sentimientos sin doblez, perspectivas sencillas.

En 2017 tomé la decisión de separarme. Arreglé mi casa, la casa donde nací y viví con mis hermanos y mis padres mientras los iba perdiendo. Mi hermano mayor, Carlos, un modelo y un enigma. El siguiente, Félix, un caso perdido según todos, extrañamente blando en mi memoria. Luego mi madre. Después mi padre. Las marchas, huidas, gritos, portazos, abrazos de reconciliación y frases de enseñanza, refranes que no lo eran y sabidurías manadas de silencios o palabras en cascada. Las resistencias a la realidad, a los cambios, a las novedades, o su búsqueda impulsiva, creyendo en ello hallar soluciones, respuestas. La vida es un continuo transitar por falsas certezas y sombras de certidumbre. Arreglé la casa, como digo, y el martes 31 de octubre pasé mi primera noche en ella.

Al contrario de lo que temía, ningún fantasma me acosó, ningún recuerdo pendiente de resolver me hizo mella y atrapó mi sueño. Dormí como nunca, cansado de la excitación del nuevo hogar, mi hogar, nuestro hogar, el nuevo hogar de mis hijos y mío. El día siguiente hice la presentación, afrontando el examen más exigente que recuerdo, más nervioso que ante un final de carrera. Estuvieron mis hijos conmigo. El mayor durmió en su nueva casa, despertó conmigo, me abrazó, me besó, me quiso, me habló, sentí la cercanía de su piel, de su cuerpecito, de su voz, de su mirada anhelante, repleta de cariño, de inteligencia, de amor. De futuros posibles sin escribir, por escribir, por desear. Y tras un día intenso, rutinas, colegios, parques, tareas varias, le dejé en su otra casa, la de su madre. Y volví a la mía.

Me volqué en varias tareas. Me distraje viendo series. Limpié, ordené, arreglé, planifiqué, pensé. Y entonces entré en su habitación. Vacía, los juguetes aún sin recoger en la alfombra, el vacío de su ausencia, el eco apagado de su voz, sus palabras, su sonrisa, su cariño. Toqué la cama donde reposó mi hija, dormida plácidamente, ausente, creciendo entre leche materna y abrazos, voces cálidas y pequeños paseos. Y me sentí solo. Como nunca.

Perder a mis familiares me debería haber preparado. Esto es una separación temporal. Apenas hay 1400 metros de distancia, un cuarto de hora andando, cinco minutos en bicicleta. Un río entre medias, ese río frontera de mi infancia, adolescencia, juventud y vida adulta que separaba el barrio del anhelo, del sueño, de la aspiración que situaba en el otro lado. El río que delimitaba tantas cosas y cuyo cruce suponía incursionar en la novedad, la excitación del explorador que holla tierras promisorias. Ahora al otro lado se encuentran dos tesoros, dos nada ocultos, que ningún pirata lograría intercambiarme por miles de gemas o el tesoro del galeón español más rico del océano. Dos personitas que son mi prioridad, coordenadas y deseo mayor. Al otro lado del río se encuentran de nuevo mis deseos, aspiraciones y anhelos.

Mi hermano, el que me queda, Ángel, ese bruto sabio que sintetiza la poliédrica realidad, me advirtió. Vivir en soledad no es fácil, no todo el mundo está preparado para ello. Nunca. Hay que ser consciente que algunos saben y pueden y, otros, no. No sé qué tipo soy aún. Sé que sin mis hijos mi vida sería infinitamente más triste, gris y opaca. No son excusa de nada. Con ellos he escrito, leído y hecho mis primeras pequeñas obras. Tras ellos, junto a ellos, seguiré haciéndolo. No escribo casi nada desde inicios de año, apenas leo, pero mi ingenio, el que tenga, lo invierto en cuentos, historias, relatos y distracciones para el mayor e ideas para que pueda recibirlas la pequeña. Mi mejor obra no existe aún, ni siquiera puedo decir que sean ellos, porque fue en común, una labor compartida y que seguiré compartiendo con su madre, aunque no la quiera, aunque no sienta el amor del que dudé y he certificado que desapareció hace tiempo. El afecto de adultos es extraño. Se compone de miles de pequeñas cosas, pero lo puedo reducir a complicidad, pasión y compromiso. Queda el compromiso. Y es el compromiso más importante que he adquirido jamás, por encima de hipotecas, deudas, libros por escribir o éxitos cualesquiera. Cambio mil premios por la mirada anhelante y sonrisa de mi hijo al contarle una historia, embelesado y perdido en mis palabras entonadas para hacerla más viva. Trueco cualquier nuevo aparato electrónico por un juguete con el que verle disfrutar, sean mis enanos pintados hace 25 años o un pequeño muñeco de plástico. ..

Y es extraño, pero en mi casa nueva que es vieja se superponen todas. Veo el mismo suelo de cerámica negra y nubes blancas a las que asignaba formas, caras, imágenes. Allá el viejo filósofo, en el baño los patitos caminando tras la madre, en la cocina la vieja de nariz ganchuda, en la terraza las trincheras de mis soldaditos de plástico. Veo el mismo mueble donde había de todo, herramientas, clavos, tornillos, cartas, libros, manteles, fotos, toallas, licores que probé a escondidas, la televisión que no podía ver salvo cuando me dejaban. Sigo en la misma penumbra que siempre he sentido (toda la vida me ha parecido una casa oscura, aunque ahora luce iluminada como nunca; quizá ensombrecida por las tragedias...) a pesar de disfrutar de iluminación LED. Aún evito mecánicamente puertas, huecos, trozos de pared que ya no existen. Miro en dirección distinta a pesar de saber que no estoy mirando a la acostumbrada. Siento, veo, percibo, y todo se superpone, se mezcla, aunque la realidad que mis ojos me muestran sea otra. La que he configurado, la que he modificado para lograr un sueño.

Un hogar. Un hogar parcialmente vacío, preparado como un mausoleo sin vida que torna hogar cuando él está en la casa, emanando más calidez que cualquier estufa, radiador o chimenea. Mi hijo llena con su presencia cualquier espacio en el que esté, y sé que más pronto que tarde lo hará igual mi hija. Ellos, en realidad, y no las paredes de esta casa, son mi hogar. Siempre. Y en él moraré hasta que ellos me dejen.

Llegar a estas palabras me ha costado mucho. Es un punto de partida, un cruce de caminos o un final, no se sabe. Me da igual. Mañana les veré. Y siempre que pueda, quiero verles. El amor que siento hacia ellos es tan superior que lo envuelve todo. He tomado mis decisiones. Sé por qué. Ahora falta que, en este primer día de más de diez mil, de muchos más, aprenda a seguir el consejo de mi hermano y sepa hacer de mi soledad un motor provechoso. Cuando vaya liberando mi mente como desembalaba cajas, cuando ordene y sitúe todo en su sitio, sabré que no he hecho más que una porción del camino. Como siempre. Como es.

No tengo más patrimonio que mi tiempo, y eso, todo, derrochando o gastando sin tasa, será de ellos. Junto al don de la risa y la certeza de que el mundo está loco, podré seguir haciendo de la soledad una aliada.


Un saludo,

martes, 31 de octubre de 2017

República, republiqueta, publicanos y republicanos varios...

Una nación es un estado de ánimo. Puramente. Un estado que se constituye en Estado cuando se van creando las situaciones que lo cimentan. En 1931, tras las municipales, muchos republicanos de pro fueron a tomar los despachos ocupados por monárquicos según se iba sabiendo que Alfonso XIII se había ido. Lo cuenta muy bien y de manera divertida un catalán en Madrid llamado Josep Pla (que hoy será calificado de facha por más de uno, aunque a mí me parece, simplemente, un buen escritor) narrando cómo poco a poco se desmorona un estado anterior para dar paso a otro que irrumpe con chulería, gracejo y casticismo. Realmente, la II República española triunfa porque es abril, primavera, el pueblo se divierte y hay detrás muchas fuerzas que desean esa república en toda España. Un estado de ánimo que se convierte en Estado.

Horacio Altuna tiene cómics brutales. Hay uno, en concreto, "Ficcionario", donde su protagonista, Beto Benedetti, un inmigrante latino en una gran urbe tipo NY, vive las distopías imaginadas por Altuna. En un episodio, "Special Forces", Beto se topa con un viejo amigo que es ahora miembro del ejército, un macarra chulo y bastardo de pro. Una de las frases que más se me quedó marcada, no sé si por los acontecimientos de estas semanas, era aquella de "¿A quién manda El Poder cuando hay dos republiquetas indecisas sobre a qué bloque apoyar?". El Poder. Y las republiquetas, esa manera despectiva de minimizar un Estado, me parecía impresionante. Un estado, sea el que sea, puede reducirse a expectativa o ilusión si no tiene arraigo de poder. Poder que viene de lo que viene. El impuesto.

Los publicanos eran aborrecidos en la antigua cuenca mediterránea por ser aves rapaces que sangraban y desmembraban con sus exacciones a los habitantes de las zonas controladas por Roma. Su cargo, vendido en subasta (pujaban aportando el dinero que luego suponían iban a recaudar, y por eso luego recaudaban más para obtener beneficios...) aparece incluso en el Nuevo Testamento como símbolo de hijoputismo absoluto. Mateo el evangelista fue primero publicano y luego... converso. Pero ejercían una función básica; recaudar. Sin dinero no mantienes nada. Si no mantienes nada... todo es entelequia.

En España hemos tenido dos Repúblicas como sistema de gobierno. El 11 de febrero de 1873 y el 14 de abril de 1931 se declararon, y ambas intentaron ser solución a conflictos sociales y económicos varios. La de 1873, respuesta a los generales golpistas monárquicos, la abdicación de la última solución monárquica foránea (Amadeo de Saboya) las guerras carlistas y las luchas de Cuba, entre otras. Muchos frentes que la destrozaron, y acabó, como dijo uno de sus presidentes, Estanislao Figueras (catalán) en un "señores, estoy hasta los cojones de todos nosotros". La de 1931, menos sorprendente pero más rápida y plagada de ilusiones, nació en medio del Fascismo, el Nazismo y el Comunismo, donde las democracias eran vistas como algo endeble. Tarde, y con tensiones internas de los africanistas y los sectores de siempre (Iglesia católica, nobleza terrateniente y conservadores de todo cuño más carcundios que nadie) contra los intentos de modernización de una endeble línea de pensadores modernos y progresistas y las tensiones revolucionarias de una masa que no quería represión policial del ejército si no cambios de inmediato. Murió varias veces, política y militarmente en diferentes años, y quedó su halo hasta 1975, esperando que éste fuera suficiente para resucitar, pero no. Quedó como reliquia inmaculada y aspiración de pasado más que de futuro. Y...

Yo siempre me he considerado republicano. Una forma de gobierno abierta, amplia, que sea racional y permita el control de las corrupciones, obligue a la separación de poderes para que el contrapeso haga reflexionar a los gobernantes elegidos, un sistema que colme las aspiraciones de la mayoría y sea sensible con las de las minorías, tratando de buscar encajes que permitan, a fin de cuentas, lo básico. Una vida feliz. Lo dice la constitución de los EEUU, y son palabras, pero las palabras se hacen realidad con los hechos. Hechos que requieren valentía y coraje. Hechos que sólo suceden cuando, aunque parezca de perogrullo, se hacen.

Durante mis años de vida he pensado que, quizá, vería una III República. No sabía qué podía desencadenarla. Al inicio, pensaba en lo utópico, una educada ciudadanía que votaría y exigiría a sus representantes la reforma de la CE de 1978, un instrumento así reformista. Viendo la verdad del funcionamiento de la política, descubrí términos más chabacanos después, como el chalaneo de cargos y otras menudencias de reptiles. Sopesé que sólo la violencia valdría, viendo el estado de corrupción y despilfarro aflorado tras la crisis de 2008. Me entusiasmé pensando que Podemos era la vanguardia de la primera utopía, la ciudadanía educada. Me decepcioné (como antes con el PSOE, con IU...) y caí en un estado en el que lo personal ha sido crudamente lo más importante. Me trajo al pairo que hubiera o no una República. Y hete aquí que, la semana pasada, de pasada, entre acontecimientos que darían mucho material a Valle-Inclán y a Berlanga, se proclamó una en Cataluña.

¿República o republiqueta? Yo tengo mis ideas al respecto. Si prescindo de mi "españolidad" (¿Qué es, a fin de cuentas? ¿Qué me convierte en español, aparte de accidentes geográficos y poco más?) contemplo con susto y curiosidad todo lo que está pasando. Percibo la ilusión, ese estado mental que aún no ha derivado en un Estado propio. Percibo el enfado, el cabreo, los mil motivos que han movido a esto y a muchos para apoyar a los mismos que antes les daban ostias (los Mossos) o les ninguneaban en servicios sociales (CiU, hoy PdCat y demás) pensando que, traspasada la puerta de la independencia, de la República soñada, anhelada, lograrían el Edén de pan y leche. O no. Al margen de los motivos de muchos y de algunos pocos para impulsarlo (no creo en el idealismo; estoy convencido de que incluso Robespierre tendría alguna motivación más práctica que la revolucionaria...) me planteo muchas dudas y muchas incertidumbres. ¿Es preámbulo de una III República en España? ¿Es una secesión que costará sangre? ¿Nos parece una opereta porque tenemos ese estado mental que el Estado nos ha modelado? ¿Llegará a algo que, principalmente, haga feliz a la gente?

He perdido las cejas leyendo, viendo, escuchando y conversando con muchas personas de diferente pelaje y sensibilidad. Me ha sorprendido la altísima carga emocional que este asunto conlleva (lógico, por otra parte, porque ninguna independencia o secesión, como se le quiera denominar desde el punto de vista que convenga, se hace con números fríos, realidades y pragmatismos) y la virulencia de carga contra tantos y tantos, convulsión que ha tensado tantas relaciones. Me cuesta elegir bando. Lo digo así de claro. No sé, no puedo, no quiero. Ni la calabaza ni la sandalia de Brian, aquel pobre peatón del mar Muerto que se veía perseguido por todos. Quizá sea cobardía o falta de carácter, pero prefiero pensar que es porque siempre, siempre, me sigo haciendo la misma pregunta que se hacía Burt Lancaster en "Los profesionales". "Quizá sólo exista una revolución desde el principio. La de los buenos contra los malos. La pregunta es... ¿Quiénes son los buenos?"

Y yo no sé qué contestar...

Un saludo, y si me dispara alguien, que sea en la cabeza.

lunes, 16 de octubre de 2017

Clamando en el desierto.

Disfrutemos de espectáculos circenses y malabarismos. Trileros, saltimbanquis e iluminados. Nos hipnotizan con sus palabras y mientras escamotean cubriéndose la realidad. Hurtan usando los pechos de los más fervorosos creyentes, que se disponen frente a ellos. No hablo sólo de políticos, sí de quienes gestionan, tienen y usan su poder. Que son unos cuantos.

Galicia arde. El Segura está seco. La sequía y desertificación de España avanza. Los recursos hídricos menguan al tiempo que suben las ventas de vehículos. La urbanización del modelo de vida extrae las últimas posibilidades de un territorio, un planeta, que sufre cambio climático. Pero en lugar de unirnos en pos de un futuro mejor que nos afecta por más que pongamos fronteras, hablamos de poner fronteras y demostrar ser mejores que el vecino.

Las historias post apocalípticas de los años 80 implicaban bombas nucleares que dejaban el mundo convertido en páramo. Nos hemos olvidado. Después fueron monstruos, invasiones alienígenas, y algunas de desastres naturales. Pero al final la mano del hombre se quedaba atrás, retrasada. El Antropoceno no existe en la posverdad (pamema, paparrucha, mentira a secas) y lo estamos viviendo, para bien y sobre todo, para mal.

Somos nosotros los que estamos arruinando nuestro futuro. Emisiones. Talas. Contaminación. Estilo de vida. Nada nuevo. Los romanos ya contaminaron con plomo, arrasaron mediante sus minas, removiendo tierras, fértiles lugares. Talaron. Quemaron. Y tardamos unos cuantos cientos de años en recuperar...

Hay incluso una página que lo describe. No, de Ecologistas no...

http://www.mapama.gob.es/es/desarrollo-rural/temas/politica-forestal/desertificacion-restauracion-forestal/lucha-contra-la-desertificacion/lch_espana.aspx



Indica bien claras las causas:

* Clima semiárido en grandes zonas, sequías estacionales, extrema variabilidad de las lluvias y lluvias súbitas de gran intensidad.

* Suelos pobres con marcada tendencia a la erosión.

* Relieve desigual, con laderas escarpadas y paisajes muy diversificados.

* Pérdidas de la cubierta forestal a causa de repetidos incendios de bosques.

* Crisis en la agricultura tradicional, con el consiguiente abandono de tierras y deterioro del suelo y de las estructuras de conservación del agua.

* Ocasional explotación insostenible de los recursos hídricos subterráneos, contaminación química y salinización de acuíferos.

* Concentración de la actividad económica en las zonas costeras como resultado del crecimiento urbano, las actividades industriales, el turismo y la agricultura de regadío, lo cual ejerce una intensa presión sobre los recursos naturales del litoral.

La última, en especial, aunque situada al final y mezclada, es realmente lo que está sucediendo y causa de las otras. La mano del hombre...

Siempre vuelvo a Discépolo. Un trocito de su letra, de "Cambalache", que es muy profético en este mes de octubre tan caluroso...

"Dale nomás, dale que vá, / Que allá en el horno nos vamos a encontrar."

Un saludo,

jueves, 12 de octubre de 2017

La sacrosanta Constitución Española de 1978.

Antes de comenzar, yo ya he hablado de muchas maneras sobre la CE de 1978. Conozco el texto por tres vías. Leerlo en el colegio, que lo enseñaban (en Ética, sobre todo) estudiarlo en la carrera (con Ignacio Astarloa, que aunque político del PP, daba clases en la Carlos III de Getafe, y un par de clases extraordinarias y sorpresa con un "pater", Gregorio Peces-Barba) y especialmente machacarla en las oposiciones (sí, ahí es donde se disecciona de manera diferente)

La CE de 1978 es imperfecta. Como todas. No es un texto redondo. Pero hay una peculiaridad sobre el mismo que es relevante; desde el día uno, muchos de sus preceptos se han conculcado, se han torcido o reventado, y ha sido con la complacencia de quienes la redactaron y sus sucesores. Vista gorda o mirar a otro lado, qué más da. Así, cositas que parecen sin importancia se han revelado importantes. ¿Que los diputados y senadores no estarán "ligados a mandato imperativo" (Art. 67.2)? Pues sí lo están, mediante la disciplina de partido. ¿Que primero declaramos que la nación está unida sin solución de disolución (Art. 2), pero que existe autonomía? Pero... ¿Qué es nación? ¿El pueblo español del que emanan los poderes del Estado (Art. 1.3)? Y eso qué significa, ¿Que los ciudadanos (Art. 9.1 y 9.2, o la Sección II del Capítulo II del Título Primero) son entonces la fuente del poder y por tanto ellos constituyen la Nación, independientemente del territorio? Pero... eso choca con la realidad. Los ciudadanos, ¿cuándo hacen que sus poderes "emanen"? En las elecciones (Art. 23) que son... cada cuatro años. (Art. 68.4 y 69.6)

Así que tenemos que nuestra soberanía nacional se cede en unas elecciones cada cuatro años a unos representantes que no están ligados a mandato imperativo y... ah. Error. Sí lo están. A un partido. A su línea. Y esos partidos a su vez están forzados por los lobbies y grupos de presión que corresponda en cada momento. Con lo que, por el camino, hemos perdido la representación. El diputado que elegimos por Cuenca en realidad ni sabemos quién es. Es el partido. No el diputado. Ni el senador. De hecho, ni siquiera hace falta que esté en esa circunscripción (como los "cuneros" de la I Restauración) ni que la represente ni que se plantee siquiera pensar en sus necesidades. Desconexión total. 

Claro que hay más vías para lograr que el ciudadano participe. La ILP (Iniciativa Legislativa Popular) que está en el Art. 87.3. Medio millón de firmas. Pero en materias muy limitadas. Porque, ¿no lo había dicho? En el periplo de ceder la soberanía nacional a nuestros representantes, ni siquiera ellos hacen leyes. Las hacen los grupos de partido, y mayormente, el Gobierno. Así, el Ejecutivo se hace con el poder Legislativo. Supongo que a esta hora Montesquieu está rabiando en su tumba. Y no digamos el Judicial de los altos tribunales (Supremo y Constitucional) donde Gobierno y partidos cortan. Pero me estoy yendo. Las ILP serían una forma de participación más directa, ¿no?. A ver, veamos cuántos Decretos Legislativos se han aprobado de los presentados y cuántos de ILP. 

ILP: 142 presentadas. 1 aprobada. En casi 40 años...

https://es.wikipedia.org/wiki/Iniciativa_legislativa_popular_en_Espa%C3%B1a

Decreto Ley. 73 aprobados de 143 proyectos de ley. En la anterior legislatura...

https://politica.elpais.com/politica/2015/08/19/actualidad/1440011805_580128.html

Vale, descartado entonces que el ciudadano pueda votar. Pero... ¡Eh! Seguramente, en las decisiones importantes se hace un... REFERÉNDUM. La palabra más usada estos últimos meses. Esta forma de participación (Art. 92.1) parece importante. La propia redacción de "Las decisiones políticas de especial trascendencia..." ya lo indica, pero entonces topamos con... "podrán". PODRÁN. Esto es, el Presidente PODRÁ convocarlo. Desde 1978, ¿Cuántos?

3. 

https://es.wikipedia.org/wiki/Referendos_en_Espa%C3%B1a

3 veces, que incluyen el de aprobación de la propia CE de 1978 (obligado por el Artículo 167.3 y 168.3) y por tanto era insalvable. Los otros dos, la entrada en la OTAN y la aceptación de la Constitución Europea (que nadie habrá leído...)

Por ello, el ciudadano de a pie, puede preguntarse. ¿Qué me queda para participar? Las elecciones municipales y autonómicas, los referendos de sus Estatutos en cada comunidad... y poco más. 

Cuando desde el 15M se empezó a hablar de II Restauración, yo aplaudí. Es lo que llevo pensando desde que tengo conocimiento de nuestra Sacrosanta CE de 1978. La Transición (también "sacrosanta") fue en realidad la copia de un modelo que funcionó más o menos bien desde 1874 a 1931. Sin descartar sus tensiones (Guerra Carlista, desastre de 1898, huelga revolucionaria de 1917, Marruecos en 1909 y 1923...) el modelo funcionó por la connivencia de poderes. Militar (como policía interna) Eclesiástica (como educadora principal) y Económica (como motor e impulso y control de los súbditos). Hoy día eso no ha variado tanto, a pesar de las libertades concedidas (que no ganadas...) y de la práctica copia del modelo autonomista de la CE de 1931 (que, por cierto, y tal y como me reconoció el propio Ignacio Astarloa, no había sido derogada formalmente por ninguna cámara legítimamente elegida, si no inter armas...) donde además se intentó una integración de los modelos nacionalistas en un marco amplio. ¿Error? En la indefinición del modelo constitucional, se buscó un presidencialismo de hecho que no de derecho, un reparto de competencias que satisficiera a todos pero también creara sensación de poder, y un modelo de ciudadano que no viera sus derechos muy recalcados ("De los principios rectores de la política económica y social", Capítulo III del Título I, donde hay "poderes públicos" pero no realmente derecho alguno...) y que se dejara guiar por el intrincado laberinto de leyes que España, con profusión, genera. Chapó. Tenemos todo atado. 

La CE de 1978 es imperfecta pero también porque se ha buscado su imperfección erosionándola desde dentro. No es inamovible (recordemos cuántas reformas ha habido y cómo se han llevado a cabo...) ni tampoco insustituible. No es más que una redacción o contrato legal de ciudadanos, algo que, como decía Thomas Jefferson, cada generación tiene derecho a revisar. En más de 40 años, el inmovilismo y la inercia la han dejado obsoleta. Por mal uso o desuso, por uso torticero o por abuso. Y hoy, si estamos donde estamos, es porque los ciudadanos han perdido la confianza en ella. Nunca fue un texto sagrado, pero ahora mismo, ni siquiera es un texto que genere confianza.

Animo a todos a leerla una vez, que seguro está en el estante, al lado de "Don Quijote", otro libro que todos poseemos pero prácticamente nadie lee. Quizá se sorprenda. Quizá se asuste. Quizá se enfade. Pero seguro que podrá encontrar (yo no he hablado ni de una centésima parte...) cosas que le sorprenda al lector. Y quizá, la próxima vez que haya un "Rodea el Congreso", se plantee llevarla en la mano, como el "Libro Rojo" de Mao, y diga algo así como... 

"Eh, que aquí pone..."

Aunque me da que es tarde. Como siempre. Marca España. O Hispánica. 

Un enlace para recordarla...

Un saludo,

martes, 10 de octubre de 2017

Autobombo y promoción.

Aborrezco mucho eso de tirar de redes sociales para promocionarme. Bueno, de redes de cualquier tipo, te acabas enredando en una falsa sensación de amor colectivo que no existe, y cayendo en peleas que tampoco tienen sentido alguno. Alguna vez lo he dicho, no sé hasta dónde se está vendiendo el producto (libro, película, música) y desde dónde o cuándo el autor. Es una especie de prostitución.

De todos modos, y por eso de que no es únicamente mi libro el que se vende, lo promociono aquí (y os pido que lo difundáis) porque forma parte de un pack interesante de Ebrolis. Seguro que disfrutáis de los demás libros tanto como yo he disfrutado con alguno de ellos... :)

Aquí podéis comprar el pack


Un saludo,

martes, 26 de septiembre de 2017

El estado de las cosas (o de la gente)

Parto de varias premisas.

Odio el nacionalismo. No me aporta nada una ideología excluyente, racista, prepotente, miope, orgullosa y vanidosa. No me gusta. En el siglo XXI no le veo valor alguno. 

Odio las simplificaciones. Me da igual que me acusen de plasta escribiendo o hablando. Necesito desarrollar mucho los temas porque, si no, se quedan escuálidos.

Odio las verdades (o mentiras) absolutas. Todo es una parcialidad, basada en percepción, en punto de vista, en subjetividad. No hay visión objetiva, si no completa de varias subjetivas, tratando de armar una visión lo más completa (y aun así, incompleta) de un hecho o tema concreto.

Cataluña y España. Estados, naciones, historia, rebelión, legitimidad, razones. 

Hasta el siglo XVIII, con el advenimiento de la revolución en Francia (aunque ya antes experimentos ha habido...) cambia el panorama político. Y aporto el dato esencial; no penséis en derechos, ideales o demás mandangas. Poderes. Clases sociales. Dinero. Ejercicios del poder. Quién crea un relato que ampare el ejercicio de su poder. Entonces se usa la historia (alcahueteando sus contenidos) para justificar esto o aquello. Territorio, lengua, racialidad. Unidad. Es la forma de uniformizar para heterogeneizar (el sueño de todo gobernante) mediante el ciudadano, libre e igual en derechos y obligaciones al resto (en teoría). La revolución francesa logra el sueño húmedo de todos los reyes; la conscripción obligatoria, de buen grado (por el ideal) de todos. Ni la Unidad de Armas ni los intentos de muchos reyes lograrán esto antes. La guerra ha comenzado. 

El siglo XIX es un hervidero de pruebas. Muchos se dan cuenta de que la Nación es como el Reino pero cambiando las caras de quienes gobiernan. Hay reacción, intentos de romper ésta y progresistas que buscan la igualdad mediante la desaparición de las clases... utopías que serán en un futuro distopías. O no. Entre medias, los verdaderos señores del tiempo y el espacio, como siempre, se adaptan. ¿Que hay que lograr una República porque los dineros fluyen mejor? ¿Que es mejor la Monarquía porque si no pierdo mi patrimonio? Acción o reacción. Quizá el único momento de la historia en el que unos radicales convencidos, minoría, logran su objetivo a pesar de millones, es en la Revolución rusa. El momento en que las oligarquías palman a espuertas y las nuevas no se conforman con solidez, pues hay un nuevo poder, que decide quién vive y quién muere tenga lo que tenga.

Llegamos al XX. Ni lo menciono. El XXI, tras la caída de esa anomalía llamada Unión Soviética, es el de la progresiva unificación. Ya lo he dicho, se quiere uniformidad, hetereogeneidad, simplicidad. La globalización logrará eso. Todos tendremos un móvil, internet, acceso a las mismas tonterías y las mismas franquicias en cada ciudad mediana. ¿Importa el idioma en un momento que, quizá, con un Google translator en la oreja se hará innecesario aprender otra lengua? ¿Realmente molesta el color de la piel cuando interactuamos a través de pantallas? (Lector, no sabes si soy negro, mulato, cobrizo, blanco, pálido, tostado o moreno...) ¿Influye la procedencia si sé qué debo decir o hacer respecto a tal o cual programa o algoritmo informático? Seremos igual de necesarios y prescindibles. O... no.

Vamos al tema catalán.

Las derechas en España siempre han sabido robar y prevaricar apelando al patriotismo. PP y CiU, hoy PdCat, lo han hecho con maestría. No significa que PSOE y otras formaciones de izquierdas no hayan hecho lo mismo apelando al idealismo y utilitarismo. Es el poder. Su ejercicio. Pero en el caso de Cataluña, hay un desarrollo claro. Se ha avivado el nacionalismo para hacer patria y se ha juntado al independentismo. Pero son cosas diferentes.

CiU siempre ejerció la presión de usar el sentimiento nacional de los catalanes para exigir mejoras económicas para su partido y su red clientelar (no para la ciudadanía) y por ello siempre logró más de lo que esperaba. Pero sucede que un día sus casos de corrupción le llevaron a huir hacia delante. Igual que el PP huye por donde puede, CiU canalizó un sentimiento antiPP y por tanto antiespañol (entiéndase en términos nacionalistas, esto es, excluyentes, miopes, fragmentarios y salazmente falsos) y encaminó hacia donde podía ir; la independencia. Los independentistas, al margen de si son más o menos nacionalistas, vieron la oportunidad. Y así están ERC y la CUP de pronto pilotando o dirigiendo a CiU. Compañeros de viaje por diferentes motivos; unos porque huyen del proceso penal por corrupción (CiU) otros por nacionalismo de izquierdas (ERC) y otros por independentismo de izquierdas anticapitalista (CUP). Todos comparten una misma visión; fuera de España, y luego nos pelearemos.

Se ha utilizado el sentimiento inculcado en escuelas y entornos (más constante y activo que en otras partes de España, pero no por ello el adoctrinamiento no se ha dado en todos los rincones de España...) como humus para desarrollar ese camino. ¿Es ilegítimo? No más que cualquier otra decisión de los poderes que han gobernado en todas partes de España. Partidismo, sectarismo y diferenciación es importante para desviar a los ciudadanos (si aún se les puede denominar así) de los problemas que realmente no solventan los poderes políticos por que su agenda política es otra. No ha ayudado que a los catalanes se les odie en casi toda España (atizado este odio por sentimientos futboleros, el idioma y la sensación de quién es mejor o peor, algo que se inculca en cualquier sitio, desde el barrio más pequeño de Cádiz a la masía más pegada a los Pirineos) y nadie haya hecho por moderar eso. Los catalanes no son mejores que el resto de los españoles, ni los españoles son mejores que los catalanes. Cada individuo es una simple persona que vive como puede. La abstracción identitaria, una máscara o anteojera. Y el idioma hablado, que puede verse como barrera, es simplemente la herramienta cotidiana de muchos. ¿Que hay miles de adolescentes que no saben hablar bien el castellano en Cataluña? Vayan a infinidad de lugares de España, no cito ninguno por no cabrear a nadie en concreto, y el problema es el mismo. Pero la realidad es que, mientras en Cataluña se ha mantenido, porque se usa, el catalán (y ahora a cabrear a los vascos y sus vascuences inventados, como el Batúa) en el resto de España muchos localismos, dejes y demás se han pasado por simple deriva del castellano, se han entendido como lenguas españolas y se han tratado con igualdad aunque un señor de El Ferrol charlando con un señor de Cartagena en castellano tienen todas las papeletas de entenderse igual de bien que un esquimal y un brasileño... muchas señas, sonrisas torpes y nerviosas y chapurreos.

El odio a catalanes en España se ha cultivado, bien por activa o bien por pasiva, mediante el fútbol, mediante conversaciones de bares, mediante actos políticos, mediante mil pequeñas cosas. El odio a lo español, entendido como el franquismo, la II Restauración y su CE de 1978 (la Transición) que dejó pervivir muchas cuestiones sin resolver y otras muchas tonterías (de nuevo el fútbol, conversaciones de bares, actos políticos, mil pequeñas cosas) también se ha cultivado. El resultado es que nadie quiere escuchar a nadie, armados todos de verdades puras e inalienables, empezando por una clase dirigente que o no sabe resolver esto o no quiere porque es más beneficiosa la crisis nacionalista que resolver los problemas diarios de la gente.

Cierto es que los independentistas se han sumado a los nacionalistas porque ven un posible proyecto, una utopía o distopía, según se mire. Y los que no son independentistas ni nacionalistas están huecos de proyecto, ya que nadie rellena el llamado "España" salvo con topicazos y lugares comunes. Hay independentistas no nacionalistas, muchos, más de lo que se cree. Y muchos que ven en este movimiento una revolución para sacudir el Estado y a España. Una vez más, la conciencia de cambio viene de Cataluña, guste o no, con más fuerza que en otras partes. Y ningún político ha sabido hacer de esto una corriente útil, ni siquiera Pablo Iglesias y su Podemos desnortado y fragmentado, peor equipado que los hombres de Pancho Villa. Nos encontramos en un momento de altavoces simplones y ojos abiertos, estupefactos e hipnotizados mientras vemos un acantilado acercarse a nuestros pies y nos preguntamos quién conduce. Porque nosotros, no. Ni siquiera las masas entusiastas de Cataluña conducen. Sólo son los peones de la partida más gorda que juegan otros con ellos.

El estado de las cosas y de la gente es penoso. Así, en bruto. No escucho, ni leo, voces pertinentes, moderadas, claras, inteligentes. Las que hay, o se ahogan en un "aquí conmigo o allí contra mí" o se callan porque no quieren ser señaladas por el poder que haya de surgir. ¿Que es una revolución? Tengo mis dudas, pues carece de los cánones clásicos de violencia y caos propios. Revuelta no es. Proceso, como lo llaman, sí. Eso lo tengo claro. No sé si es un plan o un surfear sobre la cresta del tsunami...

Personalmente, he visto tensadas las relaciones de amistad y afabilidad que tengo con mucha gente allí y en otras partes. Personalmente, creo que se podía haber pactado un referéndum dentro de la CE de 1978, un marco jurídico valiente donde hacer Foro de lo que se está cultivando en las calles. Personalmente, creo que la crisis de Estado que vivimos está siendo más larga de lo debido y no sólo por la situación internacional, si no porque da miedo a no estar alineado con los demás, en un alarde de mediocridad y cobardía que me confirma mi frustración por éste país, sea el que sea. Personalmente, diría que es una cuestión económica, en términos marxistas, de luchas de clases, de pelea por los recursos, de ricos contra pobres, como siempre, pero seguro que suena anticuado... aunque real. Personalmente, diría que todo parece que se va a la mierda, pero conociendo la adaptabilidad del homo sapiens, pienso que no, evolucionará, simplemente, ya sea mediante acción o reacción.

Personalmente, estoy, como dijo Pi i Margall, hasta los cojones de todos nosotros.

Un saludo,

jueves, 31 de agosto de 2017

Agendas políticas.

Mi percepción es que el mundo funciona por chapuza. No sé si por colisiones físicas de hadrones o sapiens, incontroladas a pesar de que creamos conocer sus caminos, pero claramente, las relaciones humanas son tan flexibles, volubles y cambiables que no hay un control pleno sobre ellas. Quizá ahí se encuentra el libre albedrío, en la esencia del caos, no lo sé. Pero también sé que existe gente que cree poder controlar parte de esas colisiones y lograr un resultado más o menos similar a lo que esperaban.

Resumo un poco. Sin ponerme histórico, Cataluña lleva unos 150 años (como las Vascongadas o algunas más recientes, León, Asturias, Baleares, Andalucía o la Cartagena cantonal) hablando de ser independiente y largarse de aquel constructo llamado España. Algunos lo retrotraen a la guerra de sucesión, casi 300 años, y más incluso otros a épocas pretéritas, no sé, aquel Wilfredo el Belloso o el Conde Berenguer. Tanto me da. Igual que el mito de construcción de España se asienta en creer que hubo una línea de reyes Godos y luego reyezuelos cristianos que echaron al pérfido mahometano para construir un país de color rosa, cada nacionalismo hace lo propio con la Historia, la prostituye y la alcahuetea para ver cuánto rédito logra. Mi percepción, pues, es que igual de mentira es la construcción nacional de España que la de Cataluña o la de Pedralbes del monte.

Pero claro, entonces vienen las agendas políticas. En el mundo anglosajón es un término muy en uso, en boga, y consiste en aplicar una idea política clara mediante medios poco claros. Difusos, podría decirse. Incluso cínicos o hipócritas, si no directamente torticeros y retorcidamente falsos. Nada nuevo, de nuevo. En nuestra geografía (me abstengo de decir de momento “España” por eso de que aún me intento aclarar de qué lado estoy…) nos encontramos una agenda que dicen va de construir un país mejor, entre todos, esforzándonos mucho y logrando los mejores servicios sociales y de bienestar para… ya no sé de qué país hablo, porque todos chacharean con lo mismo. Sean sinceros. ¿Se creen ustedes algo? Igual se ponga en una Constitución vetusta de 1978 que en otra nonata que provoca apelaciones al TC.

En Cataluña se produce una extraña circunstancia que en el resto de España no percibo. No viajo tanto, pero la sensación que tengo es de siesta perenne en casi todos los lares de la geografía (vaya, y ya he dicho “España”… unos que se ofendieron se sentirán aliviados y otros se ofenderán ahora… no daré una a derechas ni a izquierdas, qué torpe) y sin embargo de viveza y ganas en aquella otra tierra, la catalana. O quizá sólo sea Barcelona y aledaños que contagia al resto. No sé. Tener un idioma propio que hablan varios millones es un aliciente, da sensación de comunidad (a pesar de que, como en Castilla, si traspasas ciertos valles o pueblos a lo mejor se tiene sensación no de compartir lengua si no de haber encontrado una comunidad magiar indescifrable…) y de unión, de pertenencia, de punto de vista cultural y social, de valores. Quizá sea propaganda y en Cataluña se haga más ruido al respecto que, no sé, Cantabria o Navarra. En todo caso, sí es cierto que hay gente haciendo, moviéndose, creando banderas e himnos, generando la parafernalia que arrope sus ideas y actuando como si de veras fueran un Estado nacional que debe salirse de otro Estado nacional. Rápidamente, todos vendrán a decir “balcanización” y otras cosas similares, aparte de “¡Artículo 155 y Ejército!” como si fuera aquel episodio de los Simpson de “¡Seguro dental!”. Y mil cosas más. Pero lo cierto es que, los hechos son, en Cataluña hay algo que se mueve y en resto de España o las Españas o la geografía nuestra (incluyendo el casillero de las Canarias) hay… reacción. Cuando no simple siesta producto de la pereza mental.

Agendas políticas. Las he visto muy activas desde los atentados de Barcelona y Cambrils (igual que siempre las he visto, desde los 80, con el terrorismo, un tema que galvaniza al poder para ejercerlo aún más profundamente) y multitud de debates, elucubraciones, afirmaciones y respuestas, todas ellas desde la agenda política de cada cual. Unos y otros, aquellos y estos, los suyos y los nuestros, incluso los que paseaban por allí (no sólo por las Ramblas) han participado de alguna manera. Desde su punto de vista, su agenda política, reitero. Y la pregunta del millón es… ¿quién lleva razón? ¿Los que acusan al gobierno de Rajoy y del PP y los poderes fácticos y al Rey y quien más pillen del tema de haber orquestado o al menos dejado que pasaran los atentados para lograr que el “proces” se ahogara en otro tema más importante y así dejara de molestar? ¿Los que acusan al gobierno de Puigdemont y socios y a Colau y los progres y los neos y los demás de haberse llevado una hostia fulminante de un terrorismo por culpa de la dejadez de sus gestiones públicas pero de paso demostrar que son un Estado de facto por lo bien que lo han gestionado y a ver si ya se independizan y tal? ¿Los habituados a conspiraciones que mezclan wahabismo yijadismo club Bilderberg CNI y un señor de Moratalaz que seguro hizo de Paesa por el camino? ¿Quiénes afirman que la humanidad pierde y los musulmanes más? ¿Quiénes creen que los musulmanes tienen un grave problema por no separar religión de legislación y no tener valores realmente humanistas? ¿Las que piensan que es un acto más del heteropatriarcado machista insensible y capitalista que nos comemos todos con patatas? ¿Aquellos que creen que todo se va a la mierda y nada nos puede detener? Yo pienso que todos tienen un punto de razón. Algo llevarán. Porque nadie lo sabe todo. Y menos aún, todo cómo ha salido y se ha hecho, mucho menos cómo se ha pensado y planificado (si es que se planifica algo…)

No invoco una sana epoché, que debería estar, ni siquiera para lograr también una más sana aún ataraxia que nos dejara de tonterías varias. Pienso, únicamente, que lo de Barcelona y Cambrils, reducido al mínimo, me queda así. Unos tipos planearon un atentado de bajo coste (furgonetas, cuchillos, bombonas de gas… igual a lo que usa Arabia Saudí en Yemen o Rusia en Siria o EEUU en Irak, vaya…) porque pensaron que era una buena idea (idealistas… siempre creen que es una buena idea matar por sus ideas…) y merecía la pena. Que se ampararan en el Islam o una interpretación del mismo (hoy día, lo más cercano al nazismo que conozco, por aquello de plantear genocidios y discriminaciones y tal…) no es anecdótico, pero casi. Que luego decenas de grupos e individuos con una agenda política hayan sacado su tajada, es absolutamente cierto. Sobre sangre (ajena, a ser posible) se edifican los imperios… y a ti te encontré en la calle, como decían “Siniestro Total”.

Qué mezcla para una novela de misterio, intriga, política y violencia. Islam, terror, independentismo, un estado en crisis, un mundo en guerra, mossos y guardias civiles… o no. Qué mezcla para el mismo esperpento de siempre, que en España (en nuestra geografía, vaya) conocemos bien y más desde que el ínclito Valle (-Inclán) lo describió tan bien. Qué mezcla para afirmar que en las presuntas lucideces de todos los que saben a ciencia cierta qué ha pasado, pasó y pasará hay un punto de soberbia producto de la creencia, que no el saber, en qué está pasando o debería pasar. Qué merengue, que diría Discépolo.

Me reafirmo en que las ideas, creencias y demás, para mí no son objeto de respeto. Misma idiotez me parece el mito de España como el de Cataluña o el País Vasco o Pretalaterra de Monforte. Mito, porque la Historia, en clave marxista, esto es, económica, deja claro que siempre es la misma cosa; quién tiene y quién no, y cómo desde casi siempre, aun cuando parece lo contrario, son los que manejan los que gestionan y los que no, quienes ponen el pecho y paran las hostias. Ya puede parecernos bella la Revolución Francesa (otro mito) o terrible la Revolución Rusa (otro mito) que al final, y en eso no digo nada nuevo, es cuestión de quién logra hacerse con el poder real o tan real como crean los demás…

Pero eso es otra historia, y no merece la pena que sea tantas veces contada como nunca escuchada. A fin de cuentas, el autoengaño es necesario para que nuestra especie continúe en marcha… “¡Hasta la extinción!”. Si es que, cuánta sabiduría hay en “Siniestro total”, más si se escuchaba en bares de Oporto a punto de cerrar y con alguna cerveza calentando el buche… o quizá no. Quién sabe. Quizá todo este texto es, simplemente… mi agenda política.


Un saludo,