Buscar dentro de este batiburrillo

martes, 21 de marzo de 2017

"Las puertitas del Sr. López"

Adoro a Carlos Trillo y Horacio Altuna. Mi hermano compraba sus recopilaciones de Toutain, creo, esos cómics que se me asocian a Zona84, Cimoc, etc. "Las puertitas..." son historietas del Sr. López, así, a secas, sin nombre. Un funcionario barrigudo, cincuentón, calvo, timorato, casado con una mujer que le maltrata, igual que le hacen en el trabajo, en la vida diaria... 

López tiene una peculiaridad. Cuando le humillan o está incómodo, puede escaparse por una puerta (del baño, normalmente) a una realidad paralela, una fantasía donde puede enfrentarse (o sufrir) la humillación e incomodidad que le impulsó a abrir dicha puerta. Hay moraleja, siempre, claro que sí. Y es amarga. Dura. Porque López siempre elige lo mismo. La frustración. De hecho, hay una historieta especialmente dura, en la que tras portarse "mal" López (dar una patada donde no debe, arrancar una flor, burlarse de la autoridad, robar pan, piropear a una moza, no ir a trabajar y pasa el día al sol...) se le hace un juicio por parte de "La sociedad", en el que se le dan dos alternativas en forma de puertas. Una azarosa, difícil, dura, llena de riesgos; "Libertad". Otra cómoda, sencilla, sin sobresaltos. "El Molde". Y López elige... claro, vaya pregunta.

El ser humano es social. Le cuesta la soledad. La soledad, creo, es un privilegio de unos pocos, de aquellos que pueden vivir junto a sí mismos sin suicidarse. Es dura, porque no puedes atribuir a otros tus errores. Sabes que son tuyos. Es difícil, porque careces de ayuda inmediata, empática, de esa que nos cuesta dar pero damos. Puede separar, pero también hacer más pura la experiencia de la compañía. Sólo cuando estamos realmente solos sabemos quienes somos. Aceptarnos, con nuestros errores, es complicado. Preferimos las loas y elogios de los demás. El refrendo en la conversación a una opinión de la que dudaríamos mucho en privado. El asentimiento y la aceptación. La controversia para afianzarnos. Preferimos, siempre, una persona a nuestro lado con una voz que acalle la interior, la silencie.

Las puertitas suelen confundirse. Siempre ha sido así. Nos engañamos, pensamos que "El molde" es la libertad hecha elección, o que la "Libertad" es un molde más lleno de clichés y estereotipos. Nada es sencillo. Todo contiene esas partes de culpa e inocencia, de bondad y maldad, de un poco de aquí y allá. Vivir con ello en soledad es todavía más difícil, pues ser juez de uno mismo es lo peor que puede pasarnos. Si hemos sido sinceros con nosotros mismos. Oh, y lo somos, aunque nos queramos mentir.

En cualquier caso, yo tengo claro que quiero conservar esos cómics o tebeos para mis hijos. Por una razón; fue una educación en mi vida. Muy amplia. Quiero que aprendan a ver tantos caminos como sea posible. Que puedan optar a ellos, o al menos ser capaces de tomar unos u otros. Quiero que aprendan, yerren, acierten, vivan. Y si eligen hacerlo en libertad y son felices, seré tan feliz como si eligen hacerlo en El Molde y también son felices. Pero de verdad. Y siempre con una cuestión clave; poder volver a elegir entre las alternativas que se les presente o ellos mismos construyan...

Un saludo,

miércoles, 8 de febrero de 2017

Ripley, bandera a seguir...

No cuento nada nuevo. Ripley es un icono del cine donde una mujer es heroína, fuerte, sin necesidad de atizar mamporros, y además de las primeras en una peli de Ci-Fi, sin necesidad de ser princesa de Marte o Barbarella sexual. Ella era... Ripley. Pero quizá hay una reflexión que he perdido en las películas (me quedo en la segunda, el resto... puagh) y es la de la maternidad y el mundo de hoy.

Vivo rodeado de madres y padres. Es mi entorno ahora, claro. También de quienes no lo son por decisión o impedimento. Y de quienes han usado técnicas de todo tipo, desde las clásicas que la biología permite hasta las más avanzadas que incluyen dilema moral o legal. Me puedo permitir el lujo de decir, entonces, que para mí Ripley, el personajazo de Sigourney Weaver, es un icono del feminismo y de la maternidad consciente. Me explico.

En la primera película (sí, desvelo cosas de la trama, así que si no quieres leer, déjalo, y si sigues, no me insultes en inglés...) es una oficial, teniente, profesional, inteligente y empática. La lucha contra el Alien, cuando atraviesa las costillas del fallecido John Hurt, es feroz y ella organiza como mejor puede el asunto, siendo al final la única que escapa de aquella trampa. Diré como curiosidad que, en ese momento, la idea del Alien es que podía poner huevos él mismo para que el parásito o "abrazacaras" pudiera seguir reproduciendo a la "criatura perfecta". Pensad en ello. Un contacto violento, inesperado, obligado (nada menos que una especie de violación facial, de tu rostro e identidad) que deposita en tu interior un ser que te rompe las costillas al nacer y acaba contigo, si no te usa de nido para más seres... sí, un hijo. Un hijo nada deseado, añado yo. Ripley huye de eso, una joven muchacha (entonces no sabemos nada de su vida, si está casada con hijos o qué) que no quiere complicaciones y que además ¡tiene un gato! (Jonesy, que hizo un blog y luego un libro donde narraba todo desde su visión gatuna) y es una exitosa currante en su compañía con ánimos de ascender... venga, embarazos no deseados, hijos no queridos, puñetas avariciosas en el trabajo... ¿Lo pillas, lo pillas, lo pillas? :P

En la segunda, por el contrario, sabemos que Ripley tenía una hija (aunque apenas sale, sabemos el nombre, Amanda) y que la ha perdido tras estar criogenizada a la deriva años y años. Una especie de alegoría de la vejez, la congelación de su capacidad de procrear, perdida porque su hija... ya murió. Y no podrá tener más. ¿Cuántas veces han pasado mujeres por una FIV y similares sin resultado, desesperadas, pagando pastizales? ¿Cuántas empresas ya sugieren congelar el óvulo para embarazos posteriores? ¿Y ovodonaciones? (Pienso en el huevo del "abrazacaras"...) La cosa es que se verá envuelta de nuevo en la aventura contra esos xenomorfos, en la colonia minera que ¡sorpresa! excava codiciosamente en donde ellos fueron a ver la señal alienígena... y allí hallará otra forma de maternidad, sorpresivamente. La adopción. Porque lo de Newt es una adopción en toda regla ("Newt", ¿"nueva"?). Ya sabemos que Ripley no quería quedarse embarazada sin consentimiento porque tenía una hija, pero la había perdido por el paso del tiempo cruel que impone el trabajo estelar (aunque no se hubiera quedado en la cápsula de salvamento, tanto viaje espacial habría dislocado el tiempo entre ella y su hija) había hecho que pasara toda una vida sin ella. Por eso la empatía ante la huérfana, destrozada por los mismos motivos que ella, por esa locura ciega y destructora del universo nada ordenado, nada cosmológico. Y de ahí el gran enfrentamiento entre dos madres, dos formas de ver la maternidad, la crianza, la vida... cuando se encuentra con la Reina y le suelta aquella frase mítica, sujetando en brazos a Newt, como una madre hace con sus crías más de una vez. Y la Reina no está haciendo nada mal, en realidad. Es su modelo... otro tema que podría estudiarse laaaargo y tendido (pero no rociados de su sangre ácida, porfa). Añadir que el pobre Hicks acaba mal. Es, más que un padre, un compañero ajeno, incapaz de seguir el ritmo, sumiso a Ripley y su buen criterio. Vamos, que Ripley cria con más facilidad ella sola que acompañada... y salva la situación, se lleva  a Newt a (lo que debería ser) un final prometedor. Fin.

Alien 3 y Alien 4, más esa mierda de Prometheus, no entran en el análisis, lo siento. Lo básico, para mí, es ese proceso consciente de Ripley como evolución o cambio en la mujer buscando algo concreto, la maternidad, la hija (son niñas ambas, Amanda y Newt, curiosamente) y el intento de hacer... una familia. Y esto en los años 70 y 80, oye. 

En fin, una reflexioncilla absurda. Pero me apetecía mucho hacerla...

Una madre... cuánto cuesta cargar a la niña (no sé si tanto como el rifle)
Un saludo,

lunes, 6 de febrero de 2017

Papá y mamá y los demás.

Mi hijo tiene esa sana costumbre de no decir "papás", si no mamá-papá o papá-mamá, y no porque le hayamos imbuido un espíritu no sexista igualitario contrario al heterocentrismo patriarcal étnico blanco europeísta y cuantos más "-ismos" o "-istas" quieran los otros requeteresufijar... no. Lo dice. Como dice "me como el aire" y responde que "porque sabe a aire". Le peta. Le brota. Le es.

Tener hijos es una experiencia. Y aquí podría sacar un listado de adjetivos digno de un manual de escritura, pasando por estilos como el lovecraftiano (horrendo, tenebroso, abismal, tétrico, sombrío, ominoso...) o el ausente de Baroja, incluyendo quizá el irónico de Graham Greene. Tenerlos es una experiencia dura, agotadora, que implica muchas renuncias, muchas calibraciones en la persona (sentimientos, pensamientos) y un estado físico de asco. Y va por edades. Me refiero a las del vástago. Al inicio, cuando es dependiente, tenemos un tamagotchi o una mascota. Comer, cagar y dormir. Transportar y sonreír. Soportar agudos lloros que penetran en lo más profundo del cerebro como un taladro fino y muy, muy largo. Y lo que él come es lo que tú te quitas, pues no hay tiempo. Lo que él duerme es lo que tú duermes. Lo que él caga es... en fin. Se vive esclavo de su tiempo, sus necesidades, sus problemas. 

Todo eso empeora. Si la mascota es sencilla (yo puse el momento de superación respecto de mi gato en el año y poco) un niño, no. Empiezan los bailes. Los juegos. Los aprendizajes. Las enfermedades. Los miedos y las ansiedades. Si no hubiera leído a Lovecraft, no podría verbalizar el horror cósmico que me invade cuando tiene 39 de fiebre, llora y no sabes qué más hacer, esperando en una antesala del médico rodeado de otros padres mal vestidos, ojerosos, cansados. Empiezas a comprender cómo hay tantos que venden su alma al Diablo, cuántos suspiran por la ayuda de abuelos, hermanos, vecinos o gente que pasaba por ahí. Un rostro de madre o de padre es un rostro desesperado en esos casos. De pronto, nos damos cuenta de que hemos abierto una sima en el pecho y en ella caben ansiedades sin fin. El miedo, el miedo puro, el terror más primario, se apodera de nosotros. ¿Y si no come? ¿Y si no duerme? ¿Y si enferma y...? ¿Y si tiene tal o cual problema cuando...? El amor mamífero, irracional, visceral, se hace presente. Intelectualizarlo cuesta. Vivirlo es una amargura imposible de explicar porque no salen las palabras entre lloro y moco.

Los niños son un sumidero de energía, dinero, tiempo y expectativas. Por eso, cuando leo a madres que están, cada vez más, siendo claras y rotundas al respecto, me asombra la estigmatización, el descalabro que se les hace en redes y conversaciones. Normalmente son madres más tardías, que han conocido la vida en todo su espectro, que han vivido, viajado, trabajan y tienen una red social amplia. Son madres que han decidido serlo. Pero que estaban avisadas. No eran como las nuestras, aquellas cuya penalización por follar era ser madres toda la vida y construían así una cultura, un universo a partir de esa aventura. No. Son madres que, en suma, quieren advertir, ser claras, honestas, con sensatez, de qué es eso de ser madre. Y padre. Seamos sinceros; si yo digo a mis cuarenta tacos que "ser padre es un coñazo muchos ratos", me ganaré la mirada aprobatoria de todos los machos y el suspiro ajeno de las hembras. Nadie me reprochará decirlo, pues mi rol es el de proveedor, sustentador, coordenada moral y ética o algo así. Pero si lo hacen ellas, habrá avalancha de piedras, tirones de pelo y gritos contra su desnaturalización como madre, cuidadora, afectuosa, dedicada. Bravo por la cultura... cuánto equívoco.

Ser papá o mamá ES un coñazo. No vas casi al cine. No sales de cenas chulas. No viajas en condiciones de aventura y diversión. No conoces más que a otros padres y madres, mayormente. No lees tanto. No escuchas tanta música. Duermes poco. Comes mal. Apenas te cuidas. Descuidas aficiones y amigos de época pretérita. Reduces tu ámbito de movilidad a un barrio, unas calles. Los museos, si no tienen actividades infantiles, acaban siendo un sueño. Reconoces en los rostros ajenos miradas compasivas acompañadas de falsas palabras de ánimo. Te desprecian y te eluden. Vives, de pronto, sin recordar que antes de padre eras persona. Y todo esto es, también, relativamente cierto.

Ser papá o mamá ES una (increíble) experiencia. Redescubres sentimientos puros. Comes como un niño. Viajas a lugares por los que habrías suspirado antes. Conoces a gente muy interesante, sean o no padres y madres. Lees cuando puedes sacando más jugo del tiempo invertido. Escuchas música intentando que sea aceptada por tus hijos, pero pruebas cosas nuevas. Duermes a trompicones, sí, pero cuando duermes... comes lo que comes justificándote en tus hijos. Te dejas de emperifollar y sale el "yo" más natural y bello. Sabes sacar partido del tiempo libre para disfrutarlo más provechosamente con tus amigos de verdad. Descubres lugares en los que no te fijabas. En los museos ya no vas tachando, si no concentrado en obras que de verdad importen. Te la bufa la compasión y condescencia ajena, de hecho, se convierte en indicador para cribar. Vives siendo otra cosa, una persona y un padre. Y todo esto es, claro, relativamente cierto.

Yo no me atrevería a decir a nadie cómo debe gestionar su paternidad. O su maternidad. Igual que me parece una falta de respeto a la intimidad eso de "¿Para cuándo tienes un hijo?" o "¿Y para cuándo el otro?", entre otras lindezas, me parece flipante quienes se posicionan a juzgar cómo hacen qué respecto a esto. Gestión de rabietas, de conflictos, de horarios, de todo, eso no es algo que me permita dejar a otros juzgar. No. Se acepta ayuda, se celebra poder desahogarse de cuando en cuando, recibir consejos. ¿Pero juicios? Creo que escuchar a las madres arrepentidas, como si fueran testigos de la Mafia susurrando en un sistema de protección, no es la mejor manera. Todo el mundo se equivoca. Incluyendo a las madres. Y los padres. Pero durante la crianza es algo tan único, que el error se queda como parte del aprendizaje. Y es... especial.

Como digo, es peor si es una mujer. Y normalmente son otras mujeres las más rabiosas. Quienes han establecido el tope o cielo de su felicidad en tener hijos. Quienes han limitado su existencia a la, según ellas, mayor experiencia que podrán tener, ser madres. ¿Y los logros profesionales, vitales, los orgasmos, los placeres, los inadvertidos momentos mágicos de un día? ¿Todo eso queda ninguneado por el carnet de "madre"? Lo siento, pero no lo acepto. El feminismo quizá tenga mucho que decir al respecto. Yo, desde luego, digo con simpleza. Si quieres ser madre, perfecto. Si no, vale. Si lo eres o no lo eres, no define quién eres. E igual que nos quejamos de falsos amigos, trabajos asquerosos o situaciones incómodas, ¿no podemos quejarnos de lo que la paternidad y la maternidad hacen en nuestras vidas, nuestros cuerpos y nuestros sentimientos? Y también, claro, decir cuánto nos gusta, qué nos hace sentir bien, felices, satisfechos, resplandecientes de orgullo cuando nuestros enanos hacen algo que... Dioses. Nos sacan tantas sonrisas como ganas de tirarlos por las ventanas... y es ÚNICO. Tomemos todo con ligereza, que si no, la losa pesa.

En fin. Yo seguiré diciendo ¡JÉHÓVÁ! cuando me pete. Y apunten bien sus piedras, que yo ya devuelvo con bala... ;)

Un saludo,

martes, 31 de enero de 2017

"Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía"

Ignorancia. No recurriré a la RAE. Todos sabemos (salvo los muy ignorantes, los que realmente saben qué es la ignorancia, según ellos) qué puede llegar a significar. Es el espacio vacío donde cabe toda la curiosidad del mundo. Muchos la eluden diciendo que ya está solventada. Esos son los verdaderos ignorantes.

De más joven tenía la presunción del conocimiento sólido y verdadero. Creía firmemente en que poseía la verdad, la de verdad, y el resto andaba equivocado, caminando entre grises nada concluyentes. El error se diluyó pronto. Aunque aparentaba contundencia en mis argumentaciones, dudaba, sabía que era una postura, incluso impostura. En mi interior ya sabía la verdad; aquello no era siempre la verdad. Todo queda en la duda, en el incierto, en el quizá. Únicamente hay una verdad absoluta, pensaba. La muerte.

¿Seguro?

No me meteré en los apasionantes futuros que se predicen siempre, siendo Harari el último profeta y series como "Black Mirror" y su fantástico "San Junípero", ejemplos de la amortalidad. En si somos simulaciones o realidades, en si podemos pervivir como antaño decían los filósofos axiales mediante transmigración de almas, reencarnaciones o similares. No sé. No me preocupa, la verdad. He decidido adoptar una postura medio epicúrea medio escéptica. Nada de turbaciones al respecto. Nada de dudar si hay más allá. Por tanto, dejo a mi filosofía resuelto ese problema con una decisión. Sin embargo, ¿significa que no puedan existir alternativas?

Todos tememos a la muerte. Todos vivimos atemorizados por la muerte. Eso conlleva la extraña carrera que hacemos día a día por darle sentido a nuestras vidas. Acumulación material o espiritual, de riquezas o de sentimientos. Intentos por cambiar cosas que luego revierten. Lucha, boqueo, desesperación, grito. Quizá, si embrazamos la muerte como un escudo contra la vida, no nos damos cuenta de todo lo que la vida tiene. Tiene placeres. Tiene disfrutes. Tiene gozo. Para ello, claro, tenemos que dejar de temer a la muerte. Pensar que cada segundo contado con nuestros sistemas es un segundo valioso, vivo, floreciente. Oh, claro, malgastamos muchos en vivir al ritmo ordenado por manos muertas, por sistemas que pesan como losas y nadie ya sabe o quiere cambiar. Seamos sinceros. Tememos la muerte pero el aburrimiento llega antes...

Un ejemplo. Yo tengo una experiencia vital en la que he podido disfrutar de películas de muchos tipos. Pongamos los musicales o las de capa y espada. En los años 40 y 50, Jolibú hizo muchas, algunas verdaderas obras maestras. He podido ver unas cuantas. En ellas, los protagonistas se esforzaban, luchaban por aprender a manejar bien y mostrar una esgrima efectiva en pantalla, en ejecutar bailes, pasos y cabriolas de mucha calidad. Se vivía con intensidad, se amaba, odiaba, follaba y peleaba con intensidad, sabiendo que un mal accidente podía llevarte a la tumba. Se aceptaba. En mi experiencia vital he ido viendo cómo esa aceptación de la muerte ha ido diluyéndose en una creencia tan mortal como la muerte, pues condena en vida a la tumba. La de la falsa inmortalidad. Y así, tenemos que no hace falta bailar, esgrimir, cantar o actuar con tanto ahínco, tras quizá haberse prostituido en una fiesta de las que daban las estrellas de mil maneras diferentes. Todo es más desganado. De un hambriento Gene Kelly llegamos a un anodino Ryan Gosling. 

Yo tengo ya 40 años y veo que muchos de mi generación se consideran veinteañeros. No es malo en sí, y es cierto en parte (la alimentación, el ejercicio, la mejor calidad de vida, en suma) pero es también una peligrosa falacia. Creerse de otra edad altera la percepción de uno mismo y de lo que se puede hacer. Por eso, abogo por aceptar las limitaciones y convertirlas en retos. Epicureismo. Y escepticismo, que luego me abronca el fantasma digital del Gato de Carneiro... (que sigue inspirando tanto... ;) )

Bien, parece que marro el título de la entrada en bitácora, pero no. La vida es aprendizaje. Y mientras aprendemos y, quizá, caemos en los tópicos (abrazar una religión moribundos, entrar en crisis de mediana edad, cambiar para aspirar frenéticos a resolver lo que habíamos postergado tanto y no, no puedo usar el término anglo de "procrastrination"...) es posible que personas ávidas, hambrientas de conocimiento y conocedores de su ignorancia, de nuestra ignorancia, hallen respuestas que nos asombren. Y entonces, quizá podré, como siempre usa un buen amigo mío, esa línea de Chéspir y su Hamleto que encabeza el título. O no.

Mientras tanto, seguiré ese viejo dicho de "aprovecha el día" que incluye disfrutar de los momentos, ser un poco hedonista, un poco rebelde, un poco alegre, un poco preocupado, un poco de todo. Y si hay reencarnación o transmigración de almas, sé lo que me pido al que organiza los viajes... pero... ¡a ti no te lo voy a decir! :)

Un saludo,

domingo, 29 de enero de 2017

Oposiciones.

El 1 de febrero haré 9 años desde que tomé posesión de la plaza pública que gané en un concurso-oposición. Lo hice tras unos años de estudio, abandonando un empleo que tenía en una gran empresa (tenía contrato indefinido y algunos beneficios, sí) y bajo las miradas algo escépticas o irónicas de más de una persona. Desde 2003 a 2008, estudié y ocupé algunas plazas de interino, en diferentes administraciones (Universidad, General del Estado y Comunidad) aprendiendo labores similares a las de la empresa privada y también las peculiaridades de cada lugar concreto.

Sí, hay muchos (seguro que más de un lector) que inmediatamente me ha encasillado en su prejuicio de "bah, otro funcionario vago de mierda". Sí, soy personal público. Pero desde luego, no me considero vago. El estudio que tuve que realizar para obtener mi plaza, por miserable que sea, me costó años de esfuerzo, dinero invertido en academias y libracos, horas de encierro en mi casa o la biblioteca olvidando que hacía sol o llovía o hacía frío en la calle, así como amistades, eventos, amigos, e incluso relaciones, que preterí para obtener esa plaza. Eso fue un sacrificio. No fue como la carrera o el Máster, donde a fin de cuentas si suspendes puedes repetir un examen e incluso abandonar y empezar otra carrera, o enquistarte años y años en ella y sacarla en nueve o diez, sin que nadie te mire especialmente mal. No. Fue dedicar una parte importante de mi intelecto a una labor que pocos conocen y casi nadie comprende, salvo cuando se dedica a ella de verdad.

Opositar.

Reconozco de partida algo. Opositar no es aprender una serie de labores concretas que te permitan ejercitar un trabajo en condiciones de profesionalidad. No. Es un filtro para acceder a las posibles labores que mejor se ajusten a tu perfil en unas condiciones favorables. Opositar es memorizar leyes que es posible no tengan impacto directo en tu labor diaria. Opositar es aprender conceptos que en la práctica se hacen de manera muy diferente. Opositar es demostrar que puedes vencer el filtro que otros antes han dispuesto para ti. Opositar es, simplemente, aprender unos arcanos místicos para superar una liturgia creada de antemano por quienes ya superaron la anterior.

Pero es también un proceso de conocimiento que va más allá de la memorización y del aprendizaje de los trucos. Es un proceso de conciencia. Entender qué es eso de "lo público". Entender qué son los conceptos de muchos pensadores que se traducen en lenguajes intrincados, barrocos, de burocracia que pretende encapsular comportamientos humanos. Es comprender.

Durante un par de años, me dejé las pestañas. Luego, de pronto, vinieron los frutos. No obtuve nada por regalo o condescencia, aunque, como en todo, hubo una cuota de azar. Azar que busqué torcer a mi favor.

Y dentro de esa cosa llamada "lo público", puedo decir algo. No somos "privilegiados", al mismo nivel que los nobles del XVIII. No somos una "casta". No hemos accedido por graciosas dádivas (eso es para definir más bien al personal eventual y los directivos a dedo...) ni somos beneficiarios cual sanguijuelas del "verdadero" trabajo de otros. Somos, simplemente, empleados.

Normalmente, ya no respondo ni tuerzo el gesto cuanto alguien me suelta lo de "qué morro, qué bien vivís los funcionarios, cuántas vacaciones por no dar palo al agua, qué cara tenéis" y otras estupideces similares. He conocido la empresa privada, como digo, y en ella existen los mismos individuos que se pasan por el forro su trabajo y viven a costa de parasitar a otros, de adular, mentir, halagar, escamotear y demás. He conocido a los que no paraban en el trabajo mediante inventos y artificios. He visto a los que hacían trampas de manera fenomenal. Quizá desde los Recursos Humanos que he ocupado tantos años es más sencillo encontrarse con eso, pero lo he visto. Y por eso, me sonrío por la estupidez de quienes emiten juicios huecos, faltos del conocimiento preciso, aunque sea de segunda mano, y normalmente guiados por un sentimiento muy clásico; envidia.

Yo siempre he respondido lo mismo. ¿Tienes envidia de mis derechos? Reclama para tu persona y trabajo los mismos derechos. Del sueldo casi nadie me envidia, eso sí. Por eso, simplemente, si ya me tocan las narices, diré una palabra.

Oposita.

Un saludo,

martes, 10 de enero de 2017

Retos.

El año nuevo llega, aunque no nieva, y todos tienen su lista de retos, objetivos y sueños a alcanzar. Ilusos...

Yo aprendí hace mucho que los mejores sueños son los que se acaban viviendo, pero sobre todo, los que se disfrutan en el proceso de búsqueda. Que los mejores sueños nunca igualan la realidad, por suerte. Por eso son sueños, porque idealizamos sin conocer todos los ángulos y variables de los mismos. También vale para las pesadillas, aquellos sueños que creíamos prístinos pero escondían en su esencia la materia del terror nocturno, contornos borrosos y difuminados donde moran esos monstruos que alimentamos con nuestra ignorancia. Porque desconocer es criarlos...

Nadie es objetivo, y por eso los objetivos son siempre imposibles de lograr. "Gimnasio", "Novia", "Hijo", "Casa", "Coche", "Viaje", "Trabajo", "Novela"... cualquier objetivo es un deseo, a veces propio, muchas veces impuesto por nuestro entorno. Un objetivo debería ser siempre el mismo; ser feliz. Y ese nunca nadie lo expone así, en abstracto. Lo materializa en objetos que deben proporcionar la felicidad, o experiencias que, por su propia definición, hasta que no se experimentan no sabemos qué son en realidad. Podemos prever, recrear anteriores, pero nunca lograremos saber qué es el futuro. Por definición, también. El futuro no existe; se convierte en presente efímero e inasible para pasar al pasado, antes de darnos cuenta. No existimos más que entre el presente y el dúctil pasado. El tiempo... otro sueño.

Así pues, la vida en sí misma es un reto. Llenarla de significados y significantes, simbolismos, redes, hilos que entretejan nuestra existencia junto a otras, sacando de la liada madeja algún momento feliz. Y no hablo de parcas, prefiero pensar que el Cosmos (me encanta el término...) tiene gatos divinos que juegan con nuestras madejas, impulsando hilos y sentimientos que desconocíamos o teníamos arrumbados en el cajón de "para ser felices más adelante". Vivir cada día es un reto. Pero sabe el lector que yo siempre hablo de derrotas, de virajes y tránsitos, de caminos y mares, océanos y senderos. Nadie sabe realmente qué pasará en el camino, porque el final del mismo sí es una gran verdad que queremos evitar. Y la plenitud son momentos, aislados, coleccionados, almacenados en memorias y luego maleados.

El reto es vivir, pero VIVIR. Y el único impedimento (aparte de enfermedades, volcanes, guerras, empleos aburridos, gente tóxica, contaminación, crisis económicas, hipotecas varias, asesinatos violentos, mala programación de TV, libros aburridos, música chunga, películas infumables, conversaciones aburridas, gobiernos del PP y grupos de WhatsApp, entre otras cosas) somos... nosotros.

Ah, y nada de hacer "retos virales" de cubos de hielo y mierdas por el estilo. Esa comodidad de activismo a golpe de clic es muy propia de estos tiempos de autoexposición egótica en redes... ¿Alguien salió de casa y se fue a echar una mano a alguien en donde lo necesitara, por ejemplo... a un vecino? Pues yo tampoco...

Un saludo,

sábado, 31 de diciembre de 2016

Felicidad tenebrosa.

Algo que no tiene que ver, "Fouché, el genio tenebroso" de Zweig... me gusta la palabra. "Tenebroso". La emparento con sombras, tinieblas, miedo... la bruna brumosa tarde umbría... es la "br" lo que le da la pauta, la "br" de temblor, de castañeo, de desasosiego, de escalofrío. 

¿Puede ser así la felicidad? Rotundamente, sí. Una felicidad en tinieblas, perversa, sombría y oculta. Una felicidad agazapada entre oscuros hielos, sin derretirlos. La felicidad que no se muestra, pero existe...

Yo tengo una rara concepción de la felicidad. La considero algo así como "todo encaja". Ves el mundo y sus piezas y sientes orden cósmico, aunque sea caos sideral. Es más, sabes que es caos sideral. Pero la sonrisa, igual que la de Drácula cuando le invitan a pasar a la casa, ya sea en el rostro de Bela Lugosi, Christopher Lee o Gary Oldman, está. Puesta. "Salí de casa, con la sonrisa puesta..." ¿Ven? qué caos, qué mezcla...

Este año, como todos, han muerto muchos. Leonard Cohen me ha afectado más que el Nobel de Bob Dylan. Debbie Reynolds más que Carrie Fisher. A Prince y George Michael no les tenía trabajados en mi oído, pero duelen. Y he tenido una rara sensación. Lloramos, enterramos y olvidamos. Y yo no olvido... siento que acumulo en los columbarios de mi mente más máscaras de cera que rostros vivos.

Toda vida es absurda sin su muerte. No nos lancemos, sin muerte, la vida es un sinsentido mayor de lo que ya es. Sin muerte, sin "LA MUERTE", sea la de Pratchett o la de Bergman, Woody Allen no tiene gracia. Ni nada. Cuando llega el momento, alguien te hace balance, resumen (maldita necesidad) y califica según valores que no tienen valor alguno. Qué pérdida de tiempo... si es un músico, uno recuerda instantáneamente aquella vez que descubrió la letra o la música y la bailó en un lugar, su cuarto adolescente o la FNAC. Y los sueños que provocaron, ese extraño despertar, esa rara felicidad que preludiaba la realidad. Y tararea de pronto notando con ojos abiertos y nuca rígida la cercanía de la muerte. Por eso, Kubrick, que era un cabrón, hacía cantar a Alex aquella maravillosa "Singin' in the rain" retrotrayendo al espectador a un momento emocional tan opuesto y dispar... la felicidad de Gene Kelly convertida en felicidad de Alex asesino... seguro que uno escucha a George Michael y siente esa cercanía, cuando una canción suya fue hit hormonal un día... y es bueno. Es felicidad. Perseguida por tinieblas, pero felicidad...

Los romanos celebraban la muerte y la resurrección del mundo de manera rural. Estacional. Así copió el cristianismo. A día de hoy, con el cambio climático y días de diciembre que parecen veranillo de San Miguel, quizá la religión se acogote sola por la extrañeza de ir en mangas de camisa entre sol y cielo azul, en lugar de nieve y niebla. Pero tiene algo malo. Perderemos sensación de muerte. Porque sin muerte, la vida, digo, reitero, no tiene valor (más allá del poco que tiene y nuestros genes conceden mintiéndonos hormonalmente)

Y regreso... yo estoy feliz. Asquerosa, indecentemente feliz. Me da igual el cambio de año. Me da igual el año. Aborrezco los miles de wassaps que se envían y las felicitaciones de cambio de año cuando al día siguiente es... al día siguiente. Ponemos la barrera, mojón de Jano bifronte, para idealizar un cambio. Un cambio que no es cierto. ¿Qué cambio puede haber? Somos impulsos, motivación difusa, sentimientos aherrojados a duras penas por civilizaciones que los matan... ahí parezco un defensor de las tesis de Robert E. Howard, civilización que es muerte de lo primario, lo real, lo interior... un Conan que dice lo que quiere y hace lo que desea... un Solomon Kane en perpetuo conflicto por lo que debe y lo que es...  ¿Saben qué? Estoy feliz porque puedo estarlo. Bajo capas sombrías. Sobre tierras duras.

Así que puedo decir, creo, que tendré, espero, quizá en resumen, o... Bien, este año. Y el siguiente. No me paro a contar números. No me detengo a contar nada. Al final, todos los años, toda la vida, todo el tiempo del mundo, que sabemos es limitado, y a la vez, dilatado.

Un saludo,

viernes, 23 de diciembre de 2016

Repasos. ¿Qué tipo de repasos?

Si me pongo tontorrón, que es fácil, me pondría a glosar el año 2016 en cuanto a hechos personales. Pero no. Eso es una tontería. ¿Debo limitarme al marco temporal, ficticio, de eso que llamamos año, 366 días, etc? Me niego. Pero sí diré que he hecho algunos descubrimientos.

El primero, que se puede leer, y mucho, siendo padre, trabajando y estando cansado. En una rápida cuenta, saco de media 1h y 30' al día (otra tontería, creer que el tiempo de lectura es tiempo de calidad, cuando a veces es tiempo robado, un marco absurdo que no dice nada del contenido) entre viajes en tren, desayunos solitarios y momentos variados. Estoy deseando que eso crezca, como mi enano, para sentarnos en el sofá, tocándonos los pies, o superpuestos, bajo una manta, no mirándonos, si no inmersos en nuestros libros, cada uno el suyo. Un día lo conseguiré...

El segundo, que se puede publicar un libro y... que nada cambie. Bueno, en realidad ya pasó antes. Con el primer libro, "Sangre de hermanos" (que se vende más ahora que al inicio, qué cosas) tuve el reflejo ególagra adolescente y creí que sería un trampolín, una catapulta, una lanzadera de Cabo Cañaveral a la fama y todas esas sandeces. El segundo, "Relatos de un peatón sin aire", me dejó calmado. Iba con editorial, que es como lo de antes pero despreocupándome. Y aún no sé ni cuánto ni cómo he vendido (me figuro que más bien poco) pero vivo sin ningún tipo de problema. El tercero, no sé cuándo ni cómo llegará. ¿Serán relatos de esos que entran y salen del cajón, que leo, escribo, borro, releo, reviso, corrijo, tiro o alabo? ¿O quizá alguna de las malditas novelas que perturban a veces mi imaginación? Ni idea. Me importa poco. La fantasía no tiene por qué vivir plasmada en palabras impresas. Vive en nosotros, si queremos, si deseamos soñar. Y es tan sencillo...

El tercero, que todo pasa. Todo. Lo bueno y lo malo. Y lo bueno deja poso igual que lo malo se olvida pronto. Mi gato, mi cálido gato, está bien, entero, después de meses de idas y venidas. Ya no recuerdo los maullidos iniciales, el golpe, la sangre y la herida. No. Sólo me quedo con su ronroneo suave, sus bigotes largos, su morro húmedo y sus patas blandas. Mi gato. Las urgencias, los deseos insatisfechos, los miedos, las penumbras donde acechan monstruos de esos que no tienen forma, me importan ya menos. Todo pasa. Maldito Heráclito. Ya no hace falta leer casi nada más tras él. Ese río suyo es perfecto como explicación del mundo.

Y hay más, claro que sí. Pero esos, como he dicho, los repasaré yo, para mi goce personal. Y los que deba compartir con quien deba, en privado. Que las bitácoras no recogen todas las derrotas del navegante, a veces...

De todos modos, el año no terminó ni empezó el siguiente, así que... lo dejaré aquí. Disfrutad del calendario festivo, los muaks muaks, las felices fiestas, el solsticio, las Saturnalias, la Navidad, la  mitologia del paso ante Jano del año nuevo y todo eso. Y de las luces y las mentiras, siendo las primeras que nos ciegan y las segundas que, casi siempre, delimitan la verdad, sea la que sea. 

Un saludo,

lunes, 5 de diciembre de 2016

"Ay, las cosas que hago por amor"

Jaime Lannister, medio desnudo salvo por un camisón medieval, follándose a su hermana Cersei en un torreón algo derruido de los Stark. Todos tenéis esta imágen (si no has leído o visto "Juego de Tronos", no pasa nada; es al inicio... y si te enfadas por el descubrimiento, no es mi problema) y sabéis qué viene a continuación. "The things I do for love". Una frase que condensa muchas cosas, aparte de un empujón aparentemente sin preocupación y que provoca un enfrentamiento épico.

Hacemos tantas cosas por eso que llamamos amor, que no nos paramos a pensar en ellas. Mentimos, ocultamos, engañamos, seducimos, tergiversamos y recolocamos. Viendo hoy "The Crown" me ha venido esa frase a la cabeza, cuando el Duque de Windsor (un David...) contempla nostálgico la ceremonia de coronación de Isabel II, su sobrina, mientras un invitado grosero pregunta "eh, y a todo eso renunciaste tú, ¿por qué?" y él mira a Wallys Simpson y cabecea, duda, hasta que ella le responde. "Por amor". Y él calla. Otra mentira sobre mentira.

Mentimos por amor. Engañamos por amor. Porque el amor es una palabra que hemos inventado para describir una situación que no comprendemos del todo. Alguien (nuestro padre, nuestro hermano, nuestro hijo, nuestra pareja) nos provoca una sensación extraña, diferente a la que otros nos generan. Y tratamos de encasillarla, como Aristóteles, en una categoría que nos permita avanzar y no morir en el intento de clasificación. Eso es amor, eso amistad, aquello vecindad, lo de ahí casual encuentro y lo de allá odio. A ese le queremos para conversar, a este para ver películas, a aquella para follar, a la de allí, para soñar. Ese será el padre de mis hijos, ese será el amigo íntimo, aquel el deudor de nuestras confesiones, aquella la receptora de nuestros cotilleos. Hay muchas personas, y muchas relaciones, y no es unívoca la categoría (se entrelaza, puede ser la misma persona, o varias...) como tampoco es único el individuo que somos. Somos muchos, somos legión, y creemos que las voces en nuestro interior están calladas cuando en realidad forman un coro ensordecedor que nos atemoriza. No soy, somos. Y muchas veces, ni siquiera sabemos qué.

Mentimos por amor, sí. Porque creemos en la felicidad. Mentimos como me mintió mi hermano aquel día, con una sonrisa. "Nuestro hermano está bien, un accidente". Y mientras, estaban amortajándolo. Mentimos por cariño. "No, hijo, no me iré lejos, es... temporal". Y mi madre vivió casi medio año separada de mi padre y de mí. En su momento, no pude comprender la magnitud de esas mentiras. Duró la incomprensión en el primer caso instantes. En el segundo, sentí odio, luego entendimiento y, ahora, admiración. Mentimos por amistad. "Es un buen chico, lo habrá hecho sin querer". Y en realidad, quería. Mentimos, en definitiva, porque es la manera de evitar que los actos trasciendan las palabras y les demos otra denominación que conduzca a la violencia. No queremos, no deseamos llamar crudamente a las cosas por el nombre que más se acerca (aunque cada vez más creo menos en la precisión del lenguaje; lo siento, Wittgenstein...) y preferimos el relato, la ilusión. La mentira, en definitiva.

Nos mentimos por amor. Hemos creado una sociedad donde hemos puesto el amor y la libertad, el individuo y otras sandeces como santos de un nuevo altar. El humanismo, el hombre como medida y fin de todas las cosas. Creemos de pronto en los amantes de Verona como el epítome del amor puro y cortés, que lleva como a Marco Antonio y Cleopatra al suicidio perdiendo imperios. Creemos en esa libertad de los individuos para forjar destinos (siempre me casa esa palabra con desatinos... no sé por qué) y liderar caminos. Creemos en la libertad de elección cuando es nuestro cuerpo, para nada individual, el que decide y luego nos vende, como buen publicista, que la idea era nuestra. Creemos en mentiras y la del amor es la mentira suprema. No es la economía, estúpido. Es la bioquímica.

Nos mentimos respecto del amor. Lo llamamos amor y en realidad es una pléyade de sentimientos diferentes. Puede ser cariño destilado con los años, puede ser arrebato pasional, puede ser necesidad física, urgencia intelectual. Puede ser dependencia, económica, sentimental o puramente visceral. Pueden ser tantas cosas que lo reducimos a "amor". Son sentidos, sentimientos, chispazos y tormentas eléctricas. Son necesidades, son temblores del yonki. "Amo las carreras". Tanto que soy capaz de estrellarme como Ayrton Senna. "Amo la caza". Hasta el punto de fallecer de pie pegando tiros. "Amo el juego". De tal manera que pierdo hacienda, nombre y familia (algo que ya pasó en mi familia). "Amo..." lo que usted elija, sagaz lector. Sabes que es mentira. Es la pasión de la bioquímica.

¿Qué queda cuando las conexiones no rinden más? El entorno, la sociedad, el relato cultural al que nos hemos suscrito. Y la mentira. Pero sobre todo, saber que la literatura es el mayor fondo humano de la mentira. Desde Ulises, las mejores historias son de mentirosos, ilusionistas, titiriteros de la realidad. ¿Alonso Quijano, qué es si no un mentiroso que se miente por amor a las novelas de caballería? ¿Es alguien Falstaff? ¿Creeríamos en un Cyrano? ¿Por qué nos gusta tanto Di Caprio como Lobo de Wall Street o cualquier otro estafador? Porque mienten.

Quizá la mayor belleza es encontrar verdad en la mentira. Un día, de pronto, examinar nuestras historias, relatos, experiencias, sentimientos, y encontrar que había una parte de engaño, ilusión, un manto sedoso tejido con palabras e imágenes que nuestro querido cerebro manipuló mientras dormíamos. Y, repentinamente, apartar ese camisón y descubrir que bajo él no habita una piel joven, tersa y resplandeciente de carnalidad sensual, si no la verdad. La edad. La realidad. La muerte. Porque si la vida es mentira, la única verdad que permanece es, simplemente, la muerte. Y entonces, como el más cuerdo sabe, hay que reír, estruendosamente, a carcajadas, perdiendo el sentido, arrebatándose a la lógica, que es otra mentira. Hay que saludar la vida con la sonrisa del que sabe que, mañana, incluso hoy, ahora, puede morir.

Eso es lo que quizá sí podemos hacer por amor. Saber...

Un saludo,

sábado, 26 de noviembre de 2016

Se murió Fidel, dicen que mataron a Rita...

La prensa esta semana ha tenido (y tendrá) carnaza. Los que ya leemos de corrido y sin señas, sonriéndonos despectivamente por lo bajini, tomamos con precaución titulares y contenidos. No, yo ya no leo en profundidad ni El País, ni El Mundo, ni El Diario, ni el ABC, ni La Razón, Libertad Digital, La Vanguardia o Público. Ninguno de estos diarios (en versión digital) me aporta mucho. El País dejó de ser interesante hace muchos años. El Mundo es un vaivén de locos. El Diario, un panfleto, aunque más es Público. ABC o La Razón, delirios en forma de libelo. Y LD... añadan una S en medio y tendrán su significado. La Vanguardia me gusta por temas catalanes, es curioso. Y hay más, pero de cuando en cuando. Lo cierto es que la prensa es, dicho en castizo, una puta mierda. Que leo por informarme de lo que no informan, de paso...

Lo cierto es que tienen, como digo, carnaza. La muerte de Rita Barberá el martes, la de Fidel Castro hoy sábado. La primera ha generado un baile de declaraciones que rivalizaban en ser más y más esperpénticas. Y unos y otros han jugado a hacer el imbécil, incluso cuando unos han reivindicado su ofendido derecho a ser dignos (Podemos y mi fagocitada IU) y otros han cargado contra todos los demás, prensa y público incluidos, siendo más populistas que Graco o Alcibíades. Y en el interín, me ha pillado metido en lectura de Harari, el último libro, "Homo Deus", y un capítulo muy, muy interesante. ¿Cuál es la chispa humana, lo que nos hace superiores a los demás mamíferos y resto de animales?

El autor, de momento, incide en el tema de la cooperación. Pone un ejemplo muy al quite; Ceaucescu y la caída en 1989. También atrae a Federico de Prusia y una frase magnífica; "Mírelos, Mariscal. 60000 soldados armados hasta los dientes, unos asesinos que nos odian, más fuertes y rabiosos, y sin embargo todos tiemblan en nuestra presencia, mientras que nosotros no tenemos razones para temerles". Lo que importa es la cooperación. Las simbologías, los mitos compartidos, las creencias comunes, las ideas aceptadas... que Ceaucescu gobernara con la Securitate, el Partido Comunista, el Ejército y el apoyo de Moscú se explica fácilmente. Que lo haga cualquier gobernante, también; porque ahí da en el clavo Harari. Una élite que gobierne lo debe hacer IMPIDIENDO que el resto de sapiens se organice creando redes de poder alternativas que sustituyan la de esa élite. No dejar que haya sindicatos (o dejándolos tan desgastados, podridos y vilipendiados que nadie crea en su poder) agrupaciones sociales (criminalizarlas es sencillo, miren si no el sino del anarquismo en España) o cualquier otra red que no esté infiltrada, controlada y redirigida por los siervos de esa élite. Es, en toda su crudeza, un análisis materialista del mundo.

Rita gobernó Valencia porque tenía esas redes. Los gobernantes saben qué hacer, más desde que Nicolás Maquiavelo les dejó hasta un manual nada ingenuo titulado "El Príncipe", que debería leerse en toda escuela aunque solamente fuera para reconocer a los muchos príncipes del mundo que ostentan su poder sin el título. Rita perdió apoyos cuando esas redes dejaron de apoyarla. Y se murió, yo aún sospecho si de manera natural o natural que se muera siendo investigada y afectando en ello a su "querido" partido. Fidel ha muerto manteniendo esas redes, mediante su familia y otros sistemas, incluso tras la caída del comunismo de Moscú (lo cual es muy interesante... ¿por qué Ceaucescu cayó rápidamente y sin embargo Fidel no? Quizá Fidel aprendió la lección de las "democracias capitalistas", que es esa de "permite, controlando"...) y eso me recuerda que Franco, Franco, Franco, también murió en su cama, manteniendo el control a pesar de que nunca se metió en política (él ERA política en estado puro...)


El poder... esa cosa tan interesante... pero más lo es lo de la cooperación, pues un Fidel, una Rita, un Franco, no están en el mismo sin esa famosa cooperación. Y la cooperación se da porque hay algún beneficio o perjuicio, reales o imaginarios...

Un saludo,