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martes, 31 de enero de 2017

"Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía"

Ignorancia. No recurriré a la RAE. Todos sabemos (salvo los muy ignorantes, los que realmente saben qué es la ignorancia, según ellos) qué puede llegar a significar. Es el espacio vacío donde cabe toda la curiosidad del mundo. Muchos la eluden diciendo que ya está solventada. Esos son los verdaderos ignorantes.

De más joven tenía la presunción del conocimiento sólido y verdadero. Creía firmemente en que poseía la verdad, la de verdad, y el resto andaba equivocado, caminando entre grises nada concluyentes. El error se diluyó pronto. Aunque aparentaba contundencia en mis argumentaciones, dudaba, sabía que era una postura, incluso impostura. En mi interior ya sabía la verdad; aquello no era siempre la verdad. Todo queda en la duda, en el incierto, en el quizá. Únicamente hay una verdad absoluta, pensaba. La muerte.

¿Seguro?

No me meteré en los apasionantes futuros que se predicen siempre, siendo Harari el último profeta y series como "Black Mirror" y su fantástico "San Junípero", ejemplos de la amortalidad. En si somos simulaciones o realidades, en si podemos pervivir como antaño decían los filósofos axiales mediante transmigración de almas, reencarnaciones o similares. No sé. No me preocupa, la verdad. He decidido adoptar una postura medio epicúrea medio escéptica. Nada de turbaciones al respecto. Nada de dudar si hay más allá. Por tanto, dejo a mi filosofía resuelto ese problema con una decisión. Sin embargo, ¿significa que no puedan existir alternativas?

Todos tememos a la muerte. Todos vivimos atemorizados por la muerte. Eso conlleva la extraña carrera que hacemos día a día por darle sentido a nuestras vidas. Acumulación material o espiritual, de riquezas o de sentimientos. Intentos por cambiar cosas que luego revierten. Lucha, boqueo, desesperación, grito. Quizá, si embrazamos la muerte como un escudo contra la vida, no nos damos cuenta de todo lo que la vida tiene. Tiene placeres. Tiene disfrutes. Tiene gozo. Para ello, claro, tenemos que dejar de temer a la muerte. Pensar que cada segundo contado con nuestros sistemas es un segundo valioso, vivo, floreciente. Oh, claro, malgastamos muchos en vivir al ritmo ordenado por manos muertas, por sistemas que pesan como losas y nadie ya sabe o quiere cambiar. Seamos sinceros. Tememos la muerte pero el aburrimiento llega antes...

Un ejemplo. Yo tengo una experiencia vital en la que he podido disfrutar de películas de muchos tipos. Pongamos los musicales o las de capa y espada. En los años 40 y 50, Jolibú hizo muchas, algunas verdaderas obras maestras. He podido ver unas cuantas. En ellas, los protagonistas se esforzaban, luchaban por aprender a manejar bien y mostrar una esgrima efectiva en pantalla, en ejecutar bailes, pasos y cabriolas de mucha calidad. Se vivía con intensidad, se amaba, odiaba, follaba y peleaba con intensidad, sabiendo que un mal accidente podía llevarte a la tumba. Se aceptaba. En mi experiencia vital he ido viendo cómo esa aceptación de la muerte ha ido diluyéndose en una creencia tan mortal como la muerte, pues condena en vida a la tumba. La de la falsa inmortalidad. Y así, tenemos que no hace falta bailar, esgrimir, cantar o actuar con tanto ahínco, tras quizá haberse prostituido en una fiesta de las que daban las estrellas de mil maneras diferentes. Todo es más desganado. De un hambriento Gene Kelly llegamos a un anodino Ryan Gosling. 

Yo tengo ya 40 años y veo que muchos de mi generación se consideran veinteañeros. No es malo en sí, y es cierto en parte (la alimentación, el ejercicio, la mejor calidad de vida, en suma) pero es también una peligrosa falacia. Creerse de otra edad altera la percepción de uno mismo y de lo que se puede hacer. Por eso, abogo por aceptar las limitaciones y convertirlas en retos. Epicureismo. Y escepticismo, que luego me abronca el fantasma digital del Gato de Carneiro... (que sigue inspirando tanto... ;) )

Bien, parece que marro el título de la entrada en bitácora, pero no. La vida es aprendizaje. Y mientras aprendemos y, quizá, caemos en los tópicos (abrazar una religión moribundos, entrar en crisis de mediana edad, cambiar para aspirar frenéticos a resolver lo que habíamos postergado tanto y no, no puedo usar el término anglo de "procrastrination"...) es posible que personas ávidas, hambrientas de conocimiento y conocedores de su ignorancia, de nuestra ignorancia, hallen respuestas que nos asombren. Y entonces, quizá podré, como siempre usa un buen amigo mío, esa línea de Chéspir y su Hamleto que encabeza el título. O no.

Mientras tanto, seguiré ese viejo dicho de "aprovecha el día" que incluye disfrutar de los momentos, ser un poco hedonista, un poco rebelde, un poco alegre, un poco preocupado, un poco de todo. Y si hay reencarnación o transmigración de almas, sé lo que me pido al que organiza los viajes... pero... ¡a ti no te lo voy a decir! :)

Un saludo,

domingo, 29 de enero de 2017

Oposiciones.

El 1 de febrero haré 9 años desde que tomé posesión de la plaza pública que gané en un concurso-oposición. Lo hice tras unos años de estudio, abandonando un empleo que tenía en una gran empresa (tenía contrato indefinido y algunos beneficios, sí) y bajo las miradas algo escépticas o irónicas de más de una persona. Desde 2003 a 2008, estudié y ocupé algunas plazas de interino, en diferentes administraciones (Universidad, General del Estado y Comunidad) aprendiendo labores similares a las de la empresa privada y también las peculiaridades de cada lugar concreto.

Sí, hay muchos (seguro que más de un lector) que inmediatamente me ha encasillado en su prejuicio de "bah, otro funcionario vago de mierda". Sí, soy personal público. Pero desde luego, no me considero vago. El estudio que tuve que realizar para obtener mi plaza, por miserable que sea, me costó años de esfuerzo, dinero invertido en academias y libracos, horas de encierro en mi casa o la biblioteca olvidando que hacía sol o llovía o hacía frío en la calle, así como amistades, eventos, amigos, e incluso relaciones, que preterí para obtener esa plaza. Eso fue un sacrificio. No fue como la carrera o el Máster, donde a fin de cuentas si suspendes puedes repetir un examen e incluso abandonar y empezar otra carrera, o enquistarte años y años en ella y sacarla en nueve o diez, sin que nadie te mire especialmente mal. No. Fue dedicar una parte importante de mi intelecto a una labor que pocos conocen y casi nadie comprende, salvo cuando se dedica a ella de verdad.

Opositar.

Reconozco de partida algo. Opositar no es aprender una serie de labores concretas que te permitan ejercitar un trabajo en condiciones de profesionalidad. No. Es un filtro para acceder a las posibles labores que mejor se ajusten a tu perfil en unas condiciones favorables. Opositar es memorizar leyes que es posible no tengan impacto directo en tu labor diaria. Opositar es aprender conceptos que en la práctica se hacen de manera muy diferente. Opositar es demostrar que puedes vencer el filtro que otros antes han dispuesto para ti. Opositar es, simplemente, aprender unos arcanos místicos para superar una liturgia creada de antemano por quienes ya superaron la anterior.

Pero es también un proceso de conocimiento que va más allá de la memorización y del aprendizaje de los trucos. Es un proceso de conciencia. Entender qué es eso de "lo público". Entender qué son los conceptos de muchos pensadores que se traducen en lenguajes intrincados, barrocos, de burocracia que pretende encapsular comportamientos humanos. Es comprender.

Durante un par de años, me dejé las pestañas. Luego, de pronto, vinieron los frutos. No obtuve nada por regalo o condescencia, aunque, como en todo, hubo una cuota de azar. Azar que busqué torcer a mi favor.

Y dentro de esa cosa llamada "lo público", puedo decir algo. No somos "privilegiados", al mismo nivel que los nobles del XVIII. No somos una "casta". No hemos accedido por graciosas dádivas (eso es para definir más bien al personal eventual y los directivos a dedo...) ni somos beneficiarios cual sanguijuelas del "verdadero" trabajo de otros. Somos, simplemente, empleados.

Normalmente, ya no respondo ni tuerzo el gesto cuanto alguien me suelta lo de "qué morro, qué bien vivís los funcionarios, cuántas vacaciones por no dar palo al agua, qué cara tenéis" y otras estupideces similares. He conocido la empresa privada, como digo, y en ella existen los mismos individuos que se pasan por el forro su trabajo y viven a costa de parasitar a otros, de adular, mentir, halagar, escamotear y demás. He conocido a los que no paraban en el trabajo mediante inventos y artificios. He visto a los que hacían trampas de manera fenomenal. Quizá desde los Recursos Humanos que he ocupado tantos años es más sencillo encontrarse con eso, pero lo he visto. Y por eso, me sonrío por la estupidez de quienes emiten juicios huecos, faltos del conocimiento preciso, aunque sea de segunda mano, y normalmente guiados por un sentimiento muy clásico; envidia.

Yo siempre he respondido lo mismo. ¿Tienes envidia de mis derechos? Reclama para tu persona y trabajo los mismos derechos. Del sueldo casi nadie me envidia, eso sí. Por eso, simplemente, si ya me tocan las narices, diré una palabra.

Oposita.

Un saludo,

martes, 10 de enero de 2017

Retos.

El año nuevo llega, aunque no nieva, y todos tienen su lista de retos, objetivos y sueños a alcanzar. Ilusos...

Yo aprendí hace mucho que los mejores sueños son los que se acaban viviendo, pero sobre todo, los que se disfrutan en el proceso de búsqueda. Que los mejores sueños nunca igualan la realidad, por suerte. Por eso son sueños, porque idealizamos sin conocer todos los ángulos y variables de los mismos. También vale para las pesadillas, aquellos sueños que creíamos prístinos pero escondían en su esencia la materia del terror nocturno, contornos borrosos y difuminados donde moran esos monstruos que alimentamos con nuestra ignorancia. Porque desconocer es criarlos...

Nadie es objetivo, y por eso los objetivos son siempre imposibles de lograr. "Gimnasio", "Novia", "Hijo", "Casa", "Coche", "Viaje", "Trabajo", "Novela"... cualquier objetivo es un deseo, a veces propio, muchas veces impuesto por nuestro entorno. Un objetivo debería ser siempre el mismo; ser feliz. Y ese nunca nadie lo expone así, en abstracto. Lo materializa en objetos que deben proporcionar la felicidad, o experiencias que, por su propia definición, hasta que no se experimentan no sabemos qué son en realidad. Podemos prever, recrear anteriores, pero nunca lograremos saber qué es el futuro. Por definición, también. El futuro no existe; se convierte en presente efímero e inasible para pasar al pasado, antes de darnos cuenta. No existimos más que entre el presente y el dúctil pasado. El tiempo... otro sueño.

Así pues, la vida en sí misma es un reto. Llenarla de significados y significantes, simbolismos, redes, hilos que entretejan nuestra existencia junto a otras, sacando de la liada madeja algún momento feliz. Y no hablo de parcas, prefiero pensar que el Cosmos (me encanta el término...) tiene gatos divinos que juegan con nuestras madejas, impulsando hilos y sentimientos que desconocíamos o teníamos arrumbados en el cajón de "para ser felices más adelante". Vivir cada día es un reto. Pero sabe el lector que yo siempre hablo de derrotas, de virajes y tránsitos, de caminos y mares, océanos y senderos. Nadie sabe realmente qué pasará en el camino, porque el final del mismo sí es una gran verdad que queremos evitar. Y la plenitud son momentos, aislados, coleccionados, almacenados en memorias y luego maleados.

El reto es vivir, pero VIVIR. Y el único impedimento (aparte de enfermedades, volcanes, guerras, empleos aburridos, gente tóxica, contaminación, crisis económicas, hipotecas varias, asesinatos violentos, mala programación de TV, libros aburridos, música chunga, películas infumables, conversaciones aburridas, gobiernos del PP y grupos de WhatsApp, entre otras cosas) somos... nosotros.

Ah, y nada de hacer "retos virales" de cubos de hielo y mierdas por el estilo. Esa comodidad de activismo a golpe de clic es muy propia de estos tiempos de autoexposición egótica en redes... ¿Alguien salió de casa y se fue a echar una mano a alguien en donde lo necesitara, por ejemplo... a un vecino? Pues yo tampoco...

Un saludo,

sábado, 31 de diciembre de 2016

Felicidad tenebrosa.

Algo que no tiene que ver, "Fouché, el genio tenebroso" de Zweig... me gusta la palabra. "Tenebroso". La emparento con sombras, tinieblas, miedo... la bruna brumosa tarde umbría... es la "br" lo que le da la pauta, la "br" de temblor, de castañeo, de desasosiego, de escalofrío. 

¿Puede ser así la felicidad? Rotundamente, sí. Una felicidad en tinieblas, perversa, sombría y oculta. Una felicidad agazapada entre oscuros hielos, sin derretirlos. La felicidad que no se muestra, pero existe...

Yo tengo una rara concepción de la felicidad. La considero algo así como "todo encaja". Ves el mundo y sus piezas y sientes orden cósmico, aunque sea caos sideral. Es más, sabes que es caos sideral. Pero la sonrisa, igual que la de Drácula cuando le invitan a pasar a la casa, ya sea en el rostro de Bela Lugosi, Christopher Lee o Gary Oldman, está. Puesta. "Salí de casa, con la sonrisa puesta..." ¿Ven? qué caos, qué mezcla...

Este año, como todos, han muerto muchos. Leonard Cohen me ha afectado más que el Nobel de Bob Dylan. Debbie Reynolds más que Carrie Fisher. A Prince y George Michael no les tenía trabajados en mi oído, pero duelen. Y he tenido una rara sensación. Lloramos, enterramos y olvidamos. Y yo no olvido... siento que acumulo en los columbarios de mi mente más máscaras de cera que rostros vivos.

Toda vida es absurda sin su muerte. No nos lancemos, sin muerte, la vida es un sinsentido mayor de lo que ya es. Sin muerte, sin "LA MUERTE", sea la de Pratchett o la de Bergman, Woody Allen no tiene gracia. Ni nada. Cuando llega el momento, alguien te hace balance, resumen (maldita necesidad) y califica según valores que no tienen valor alguno. Qué pérdida de tiempo... si es un músico, uno recuerda instantáneamente aquella vez que descubrió la letra o la música y la bailó en un lugar, su cuarto adolescente o la FNAC. Y los sueños que provocaron, ese extraño despertar, esa rara felicidad que preludiaba la realidad. Y tararea de pronto notando con ojos abiertos y nuca rígida la cercanía de la muerte. Por eso, Kubrick, que era un cabrón, hacía cantar a Alex aquella maravillosa "Singin' in the rain" retrotrayendo al espectador a un momento emocional tan opuesto y dispar... la felicidad de Gene Kelly convertida en felicidad de Alex asesino... seguro que uno escucha a George Michael y siente esa cercanía, cuando una canción suya fue hit hormonal un día... y es bueno. Es felicidad. Perseguida por tinieblas, pero felicidad...

Los romanos celebraban la muerte y la resurrección del mundo de manera rural. Estacional. Así copió el cristianismo. A día de hoy, con el cambio climático y días de diciembre que parecen veranillo de San Miguel, quizá la religión se acogote sola por la extrañeza de ir en mangas de camisa entre sol y cielo azul, en lugar de nieve y niebla. Pero tiene algo malo. Perderemos sensación de muerte. Porque sin muerte, la vida, digo, reitero, no tiene valor (más allá del poco que tiene y nuestros genes conceden mintiéndonos hormonalmente)

Y regreso... yo estoy feliz. Asquerosa, indecentemente feliz. Me da igual el cambio de año. Me da igual el año. Aborrezco los miles de wassaps que se envían y las felicitaciones de cambio de año cuando al día siguiente es... al día siguiente. Ponemos la barrera, mojón de Jano bifronte, para idealizar un cambio. Un cambio que no es cierto. ¿Qué cambio puede haber? Somos impulsos, motivación difusa, sentimientos aherrojados a duras penas por civilizaciones que los matan... ahí parezco un defensor de las tesis de Robert E. Howard, civilización que es muerte de lo primario, lo real, lo interior... un Conan que dice lo que quiere y hace lo que desea... un Solomon Kane en perpetuo conflicto por lo que debe y lo que es...  ¿Saben qué? Estoy feliz porque puedo estarlo. Bajo capas sombrías. Sobre tierras duras.

Así que puedo decir, creo, que tendré, espero, quizá en resumen, o... Bien, este año. Y el siguiente. No me paro a contar números. No me detengo a contar nada. Al final, todos los años, toda la vida, todo el tiempo del mundo, que sabemos es limitado, y a la vez, dilatado.

Un saludo,

viernes, 23 de diciembre de 2016

Repasos. ¿Qué tipo de repasos?

Si me pongo tontorrón, que es fácil, me pondría a glosar el año 2016 en cuanto a hechos personales. Pero no. Eso es una tontería. ¿Debo limitarme al marco temporal, ficticio, de eso que llamamos año, 366 días, etc? Me niego. Pero sí diré que he hecho algunos descubrimientos.

El primero, que se puede leer, y mucho, siendo padre, trabajando y estando cansado. En una rápida cuenta, saco de media 1h y 30' al día (otra tontería, creer que el tiempo de lectura es tiempo de calidad, cuando a veces es tiempo robado, un marco absurdo que no dice nada del contenido) entre viajes en tren, desayunos solitarios y momentos variados. Estoy deseando que eso crezca, como mi enano, para sentarnos en el sofá, tocándonos los pies, o superpuestos, bajo una manta, no mirándonos, si no inmersos en nuestros libros, cada uno el suyo. Un día lo conseguiré...

El segundo, que se puede publicar un libro y... que nada cambie. Bueno, en realidad ya pasó antes. Con el primer libro, "Sangre de hermanos" (que se vende más ahora que al inicio, qué cosas) tuve el reflejo ególagra adolescente y creí que sería un trampolín, una catapulta, una lanzadera de Cabo Cañaveral a la fama y todas esas sandeces. El segundo, "Relatos de un peatón sin aire", me dejó calmado. Iba con editorial, que es como lo de antes pero despreocupándome. Y aún no sé ni cuánto ni cómo he vendido (me figuro que más bien poco) pero vivo sin ningún tipo de problema. El tercero, no sé cuándo ni cómo llegará. ¿Serán relatos de esos que entran y salen del cajón, que leo, escribo, borro, releo, reviso, corrijo, tiro o alabo? ¿O quizá alguna de las malditas novelas que perturban a veces mi imaginación? Ni idea. Me importa poco. La fantasía no tiene por qué vivir plasmada en palabras impresas. Vive en nosotros, si queremos, si deseamos soñar. Y es tan sencillo...

El tercero, que todo pasa. Todo. Lo bueno y lo malo. Y lo bueno deja poso igual que lo malo se olvida pronto. Mi gato, mi cálido gato, está bien, entero, después de meses de idas y venidas. Ya no recuerdo los maullidos iniciales, el golpe, la sangre y la herida. No. Sólo me quedo con su ronroneo suave, sus bigotes largos, su morro húmedo y sus patas blandas. Mi gato. Las urgencias, los deseos insatisfechos, los miedos, las penumbras donde acechan monstruos de esos que no tienen forma, me importan ya menos. Todo pasa. Maldito Heráclito. Ya no hace falta leer casi nada más tras él. Ese río suyo es perfecto como explicación del mundo.

Y hay más, claro que sí. Pero esos, como he dicho, los repasaré yo, para mi goce personal. Y los que deba compartir con quien deba, en privado. Que las bitácoras no recogen todas las derrotas del navegante, a veces...

De todos modos, el año no terminó ni empezó el siguiente, así que... lo dejaré aquí. Disfrutad del calendario festivo, los muaks muaks, las felices fiestas, el solsticio, las Saturnalias, la Navidad, la  mitologia del paso ante Jano del año nuevo y todo eso. Y de las luces y las mentiras, siendo las primeras que nos ciegan y las segundas que, casi siempre, delimitan la verdad, sea la que sea. 

Un saludo,

lunes, 5 de diciembre de 2016

"Ay, las cosas que hago por amor"

Jaime Lannister, medio desnudo salvo por un camisón medieval, follándose a su hermana Cersei en un torreón algo derruido de los Stark. Todos tenéis esta imágen (si no has leído o visto "Juego de Tronos", no pasa nada; es al inicio... y si te enfadas por el descubrimiento, no es mi problema) y sabéis qué viene a continuación. "The things I do for love". Una frase que condensa muchas cosas, aparte de un empujón aparentemente sin preocupación y que provoca un enfrentamiento épico.

Hacemos tantas cosas por eso que llamamos amor, que no nos paramos a pensar en ellas. Mentimos, ocultamos, engañamos, seducimos, tergiversamos y recolocamos. Viendo hoy "The Crown" me ha venido esa frase a la cabeza, cuando el Duque de Windsor (un David...) contempla nostálgico la ceremonia de coronación de Isabel II, su sobrina, mientras un invitado grosero pregunta "eh, y a todo eso renunciaste tú, ¿por qué?" y él mira a Wallys Simpson y cabecea, duda, hasta que ella le responde. "Por amor". Y él calla. Otra mentira sobre mentira.

Mentimos por amor. Engañamos por amor. Porque el amor es una palabra que hemos inventado para describir una situación que no comprendemos del todo. Alguien (nuestro padre, nuestro hermano, nuestro hijo, nuestra pareja) nos provoca una sensación extraña, diferente a la que otros nos generan. Y tratamos de encasillarla, como Aristóteles, en una categoría que nos permita avanzar y no morir en el intento de clasificación. Eso es amor, eso amistad, aquello vecindad, lo de ahí casual encuentro y lo de allá odio. A ese le queremos para conversar, a este para ver películas, a aquella para follar, a la de allí, para soñar. Ese será el padre de mis hijos, ese será el amigo íntimo, aquel el deudor de nuestras confesiones, aquella la receptora de nuestros cotilleos. Hay muchas personas, y muchas relaciones, y no es unívoca la categoría (se entrelaza, puede ser la misma persona, o varias...) como tampoco es único el individuo que somos. Somos muchos, somos legión, y creemos que las voces en nuestro interior están calladas cuando en realidad forman un coro ensordecedor que nos atemoriza. No soy, somos. Y muchas veces, ni siquiera sabemos qué.

Mentimos por amor, sí. Porque creemos en la felicidad. Mentimos como me mintió mi hermano aquel día, con una sonrisa. "Nuestro hermano está bien, un accidente". Y mientras, estaban amortajándolo. Mentimos por cariño. "No, hijo, no me iré lejos, es... temporal". Y mi madre vivió casi medio año separada de mi padre y de mí. En su momento, no pude comprender la magnitud de esas mentiras. Duró la incomprensión en el primer caso instantes. En el segundo, sentí odio, luego entendimiento y, ahora, admiración. Mentimos por amistad. "Es un buen chico, lo habrá hecho sin querer". Y en realidad, quería. Mentimos, en definitiva, porque es la manera de evitar que los actos trasciendan las palabras y les demos otra denominación que conduzca a la violencia. No queremos, no deseamos llamar crudamente a las cosas por el nombre que más se acerca (aunque cada vez más creo menos en la precisión del lenguaje; lo siento, Wittgenstein...) y preferimos el relato, la ilusión. La mentira, en definitiva.

Nos mentimos por amor. Hemos creado una sociedad donde hemos puesto el amor y la libertad, el individuo y otras sandeces como santos de un nuevo altar. El humanismo, el hombre como medida y fin de todas las cosas. Creemos de pronto en los amantes de Verona como el epítome del amor puro y cortés, que lleva como a Marco Antonio y Cleopatra al suicidio perdiendo imperios. Creemos en esa libertad de los individuos para forjar destinos (siempre me casa esa palabra con desatinos... no sé por qué) y liderar caminos. Creemos en la libertad de elección cuando es nuestro cuerpo, para nada individual, el que decide y luego nos vende, como buen publicista, que la idea era nuestra. Creemos en mentiras y la del amor es la mentira suprema. No es la economía, estúpido. Es la bioquímica.

Nos mentimos respecto del amor. Lo llamamos amor y en realidad es una pléyade de sentimientos diferentes. Puede ser cariño destilado con los años, puede ser arrebato pasional, puede ser necesidad física, urgencia intelectual. Puede ser dependencia, económica, sentimental o puramente visceral. Pueden ser tantas cosas que lo reducimos a "amor". Son sentidos, sentimientos, chispazos y tormentas eléctricas. Son necesidades, son temblores del yonki. "Amo las carreras". Tanto que soy capaz de estrellarme como Ayrton Senna. "Amo la caza". Hasta el punto de fallecer de pie pegando tiros. "Amo el juego". De tal manera que pierdo hacienda, nombre y familia (algo que ya pasó en mi familia). "Amo..." lo que usted elija, sagaz lector. Sabes que es mentira. Es la pasión de la bioquímica.

¿Qué queda cuando las conexiones no rinden más? El entorno, la sociedad, el relato cultural al que nos hemos suscrito. Y la mentira. Pero sobre todo, saber que la literatura es el mayor fondo humano de la mentira. Desde Ulises, las mejores historias son de mentirosos, ilusionistas, titiriteros de la realidad. ¿Alonso Quijano, qué es si no un mentiroso que se miente por amor a las novelas de caballería? ¿Es alguien Falstaff? ¿Creeríamos en un Cyrano? ¿Por qué nos gusta tanto Di Caprio como Lobo de Wall Street o cualquier otro estafador? Porque mienten.

Quizá la mayor belleza es encontrar verdad en la mentira. Un día, de pronto, examinar nuestras historias, relatos, experiencias, sentimientos, y encontrar que había una parte de engaño, ilusión, un manto sedoso tejido con palabras e imágenes que nuestro querido cerebro manipuló mientras dormíamos. Y, repentinamente, apartar ese camisón y descubrir que bajo él no habita una piel joven, tersa y resplandeciente de carnalidad sensual, si no la verdad. La edad. La realidad. La muerte. Porque si la vida es mentira, la única verdad que permanece es, simplemente, la muerte. Y entonces, como el más cuerdo sabe, hay que reír, estruendosamente, a carcajadas, perdiendo el sentido, arrebatándose a la lógica, que es otra mentira. Hay que saludar la vida con la sonrisa del que sabe que, mañana, incluso hoy, ahora, puede morir.

Eso es lo que quizá sí podemos hacer por amor. Saber...

Un saludo,

sábado, 26 de noviembre de 2016

Se murió Fidel, dicen que mataron a Rita...

La prensa esta semana ha tenido (y tendrá) carnaza. Los que ya leemos de corrido y sin señas, sonriéndonos despectivamente por lo bajini, tomamos con precaución titulares y contenidos. No, yo ya no leo en profundidad ni El País, ni El Mundo, ni El Diario, ni el ABC, ni La Razón, Libertad Digital, La Vanguardia o Público. Ninguno de estos diarios (en versión digital) me aporta mucho. El País dejó de ser interesante hace muchos años. El Mundo es un vaivén de locos. El Diario, un panfleto, aunque más es Público. ABC o La Razón, delirios en forma de libelo. Y LD... añadan una S en medio y tendrán su significado. La Vanguardia me gusta por temas catalanes, es curioso. Y hay más, pero de cuando en cuando. Lo cierto es que la prensa es, dicho en castizo, una puta mierda. Que leo por informarme de lo que no informan, de paso...

Lo cierto es que tienen, como digo, carnaza. La muerte de Rita Barberá el martes, la de Fidel Castro hoy sábado. La primera ha generado un baile de declaraciones que rivalizaban en ser más y más esperpénticas. Y unos y otros han jugado a hacer el imbécil, incluso cuando unos han reivindicado su ofendido derecho a ser dignos (Podemos y mi fagocitada IU) y otros han cargado contra todos los demás, prensa y público incluidos, siendo más populistas que Graco o Alcibíades. Y en el interín, me ha pillado metido en lectura de Harari, el último libro, "Homo Deus", y un capítulo muy, muy interesante. ¿Cuál es la chispa humana, lo que nos hace superiores a los demás mamíferos y resto de animales?

El autor, de momento, incide en el tema de la cooperación. Pone un ejemplo muy al quite; Ceaucescu y la caída en 1989. También atrae a Federico de Prusia y una frase magnífica; "Mírelos, Mariscal. 60000 soldados armados hasta los dientes, unos asesinos que nos odian, más fuertes y rabiosos, y sin embargo todos tiemblan en nuestra presencia, mientras que nosotros no tenemos razones para temerles". Lo que importa es la cooperación. Las simbologías, los mitos compartidos, las creencias comunes, las ideas aceptadas... que Ceaucescu gobernara con la Securitate, el Partido Comunista, el Ejército y el apoyo de Moscú se explica fácilmente. Que lo haga cualquier gobernante, también; porque ahí da en el clavo Harari. Una élite que gobierne lo debe hacer IMPIDIENDO que el resto de sapiens se organice creando redes de poder alternativas que sustituyan la de esa élite. No dejar que haya sindicatos (o dejándolos tan desgastados, podridos y vilipendiados que nadie crea en su poder) agrupaciones sociales (criminalizarlas es sencillo, miren si no el sino del anarquismo en España) o cualquier otra red que no esté infiltrada, controlada y redirigida por los siervos de esa élite. Es, en toda su crudeza, un análisis materialista del mundo.

Rita gobernó Valencia porque tenía esas redes. Los gobernantes saben qué hacer, más desde que Nicolás Maquiavelo les dejó hasta un manual nada ingenuo titulado "El Príncipe", que debería leerse en toda escuela aunque solamente fuera para reconocer a los muchos príncipes del mundo que ostentan su poder sin el título. Rita perdió apoyos cuando esas redes dejaron de apoyarla. Y se murió, yo aún sospecho si de manera natural o natural que se muera siendo investigada y afectando en ello a su "querido" partido. Fidel ha muerto manteniendo esas redes, mediante su familia y otros sistemas, incluso tras la caída del comunismo de Moscú (lo cual es muy interesante... ¿por qué Ceaucescu cayó rápidamente y sin embargo Fidel no? Quizá Fidel aprendió la lección de las "democracias capitalistas", que es esa de "permite, controlando"...) y eso me recuerda que Franco, Franco, Franco, también murió en su cama, manteniendo el control a pesar de que nunca se metió en política (él ERA política en estado puro...)


El poder... esa cosa tan interesante... pero más lo es lo de la cooperación, pues un Fidel, una Rita, un Franco, no están en el mismo sin esa famosa cooperación. Y la cooperación se da porque hay algún beneficio o perjuicio, reales o imaginarios...

Un saludo,

martes, 22 de noviembre de 2016

Asideros.

Mi hermano escala mucho. Es una de sus muchas pasiones deportivas. Ha visitado al menos tres continentes para subir a varias cumbres, respondiendo a aquella pregunta de "¿Y por qué? - Porque está ahí". En la escala, es importante el amarre, el asidero. No se puede dar un paso sin estar seguro, porque el riesgo conlleva muy probablemente la muerte. Yo creo que en la escalada todo influye, pero hay un punto esencial; identificar correctamente los asideros.

De niño yo estaba perdido. Mis referentes no eran tales. Mi padre pasaba las horas que no trabajaba o dormía en el bar, echando la partida. Mi madre trabajaba, trabajaba, y trabajaba un poco más en la casa. Siempre estaba atareada. Mis hermanos, hasta donde yo recuerdo (a partir de una cierta edad, 9 o 10, recuerdo más en detalle) paraban poco en casa. Sé que me llevaban mucho con ellos, al cine, al parque... eran quienes, junto a mi madre, más me criaban. De muy niño recuerdo que en mi casa había un referente, por muchas cosas. Mi hermano Carlos. Rebelde, soñador, impulsivo, sanguíneo, atrevido. Cuando volvía de sus viajes, incluyendo lugares exóticos para mí como Suiza y la India, me traía algún regalo, y eso era mágico. Todos queremos regalos. Yo quería ser aventurero (quería ser muchas cosas, todas olvidadas a los pocos minutos) y él era un referente. Se murió. Mi hermano el segundo no lo era. También murió. El referente pasó a mi tercer hermano. Sigue siéndolo. Él sabe que lo es. Lo sabía entonces cuando, tragando de todo, se hizo cargo en gran medida de mi educación, de la que ahora exhibo. Juzgue el lector si ha hecho buena labor o no... 

Naturalmente, no es el único. Él ha conformado un asidero. Con los agarraderos tienes agarradas, claro. Peleas, insultos, gritos, violencias varias. Es cuando uno no sabe expresarse o no sabe escuchar. Y se es tozudo y orgulloso, claro. Pero siempre ha seguido ahí, firme, y si en algún momento he de tomarlo, sé que s firme, sólido, cálido al tacto aunque de lejos parezca liso y frío como una lámina de piedra lijada.

Otro asidero voluble lo conformó mi grupo de amigos del colegio. Hubo varios, a los que perdí la pista, ya por desidia o pelea. Antes de esa edad que digo, ya en 5º de EGB los conocí y casi a todos los mantengo, excepto los que menciono. De ellos, decir que me enseñaron, cada uno, cosas pequeñas, diferentes, especiales, pero que calaron fuerte y hondo. De pronto fueron formándose asideros. En uno, en otro. Me cuesta mencionarlos, pero incluso los que fueron resbaladizos y traicioneros, o quedaron lejos, fueron esenciales. Me enseñaron qué caminos no hay que tomar para subir a esa cima. Los asideros parecían seguros en sus casos, pero no lo eran. En cambio, los que parecían discretos, innecesarios por fáciles, tampoco. Resultaron los más firmes. Los mejores. Puede que se oculten con timidez, humildad, incluso falsa, por inmerecida, modestia. Es curioso; pasé al instituto (a dos, de hecho) y a la universidad, luego aquel Máster para trabajar, a empleos... pero nunca hallé a nadie que pudiera siguiera igualar a mis amigos, a mis asideros. En hombres no hallé amistad. En mujeres siempre buscaba sensualidad, sexualidad y placer, a fin de cuentas. Mi amistad con mujeres empezó tarde. Pero no pude cambiar o añadir fácilmente nuevos amigos. Añadí algunos, sí, que durante un tiempo me parecieron tan buenos como los de siempre, aunque luego fueran un fiasco. Otros permanecen. En todo caso, la amistad, la que mantengo hoy, con esos hombres y mujeres, es un asidero firme, duro, al que siempre agradezco que tenga clavos y cuerdas y refugios incluso. Sin ellos...

Me quedan más. Uno es ella. La mujer con la que llevo tantos años. Madre de mi hijo. A veces olvidamos que tuvimos un inicio de pasión (como todos) en el que el cuerpo se rebeló y electrocutó toda convención, creación y artificio social. Después ha sido una rodada sin par. Un día tras otro, sin pensar en el siguiente, sin hacer planes. Un día más, pensamos. Un día más. Hasta hoy. Ha sido más que asidero refugio, esas cuevas cálidas con un fuego esperando. Alguien con quien llorar. Con quien abrazarse. Con quien sentirse en comunión. Cierto que la maternidad y la paternidad modifican muchas cosas. Nos enerva, deja exhaustos, sin energías, más proclives a la respuesta escueta, seca, incluso cortante. El agotamiento es norma. Sin embargo, ese refugio, esa colección de asideros, permanece, y parece inmortal. Aunque sepamos que es, simplemente, un día más.

Hay también pequeños asideros, a veces diminutos pero que, si uno sabe ponerse bien, puede seguir trepando. Pero ese secreto, que no es tal, me lo guardo para mí, por una vez. 

Alguno dirá "¿y tu trabajo? ¿acaso no es el asidero más importante?". No. El trabajo me da dinero. Me permite vivir. He conocido a mucha gente interesante pero a mucha más que no me interesaba lo más mínimo, como ya me pasara en el instituto o la universidad. Es un medio. Me paga las cuerdas, los clavos, el equipo de escalada (lo que no me paga, lo comparto o pido prestado, la vida no se compra...) pero nada más. Y ha sido así desde que firmé mi primer contrato y después desde mi primer nombramiento. Ahora, si me preguntan por mi otro trabajo, el que no puedo llamar así porque entonces lo rebajaría, ese sí, es un asidero de lo más importante. Aquí está la prueba. Si no escribo, si no pongo palabras en un papel o una pantalla, al menos una, cada día, siento que mi cerebro ha malgastado el día. Que mis manos han perdido el tiempo (bueno, en realidad, en muchas ocasiones, no lo pierden, al contrario... lo disfrutan...) y he dejado morir horas del reloj cruelmente. Sí, como si se suicidaran desesperadas al verme perderlas así, complaciente, hedonista, irritantemente hedonista...

Si se pone una buena banda sonora a todo esto, y uno sonríe, la subida a la cima, apoyado en esos buenos asideros, es una gozada. Porque, aunque a mi hermano le gusta hacer cumbre, contemplar como un emperador los dominios a sus pies, satisfecho del esfuerzo, yo soy más del esfuerzo de subida, y prefiero que no se acabe. No veo otra cumbre que mi vida, y esa quiero escalarla hasta que me muera. O, al menos, lo intentaré...

Un saludo,

jueves, 17 de noviembre de 2016

Vida de barrio.

Hoy me he levantado algo costumbrista. Sí, como un Baroja crudo suavizado por Pérez Galdós. O un Cansinos Assens tras charlar con Josefina Aldecoa, si eso fuera posible, sobre este nuestro país. O como David a secas, astracanado en gregerías. El mundo es absurdo, eso ya lo sabemos todos aunque tratemos de dotarlo de sentido. Y suerte...

Digo costumbrista porque hago una vida de barrio muy peculiar pero a la vez absolutamente agradable. No es la vida de barrio de mi niñez, macarra, entre agujas de yonkis y pistas de básket donde arrancaban los aros día sí y día también cuando no había peleas a piedra y palo. No es esa vida de ir a jugar al bar al Double Dragon y gastar monedas de cinco duros con cuidado de que la partida durara mucho, o entrar en los billares de mayores, vestidos de cuero y humo de cigarro, amenazantes y atractivos. No. Tampoco la de salir de noche y perderse por lugares imposibles (incluyendo saltar tapias de cementerio para comprobar si los muertos siguen quietos en sus mausoleos) Es otra vida. Tras varios años de "exilio" en Alcorcón (relativo, pues sirvió para muchas cosas y todas buenas) en aquella urbanización cerrada y barrio inexistente, he vuelto a Madrid, he cruzado el río (igual que de niño, yendo a ver a Sergio, Emilio o Igor, en ese orden o en orden inverso) y ahora vivo en otro sitio que es especial.

Es especial por muchas cosas. El ritmo ha cambiado. Quizá sean mis ojos y mis piernas los que han variado el ritmo, da igual. Ya sabéis, el observador que cambia el objeto observado. El ritmo, digo, es pausado, tranquilo. A pesar de mi tendencia al grito, al movimieno espasmódico y brusco, he encontrado aquí una calma y una vida que me eludían demasiado tiempo. Y felicidad. Incluso en un comienzo tenso y duro (el día de mudanza ingresaron a mi hijo, y las cajas se acumularon en un bosque muerto de cartón, relleno de objetos durante semanas, incluso meses...) hice ya algo que me encanta; salir a pasear. Fui con mi amiga Pili, y de pronto sentí felicidad, la primera vez. Salir, pasear, disfrutar, volver a ver los edificios de noche jugando a adivinar qué historias guardan en las ventanas sin luz y cuáles en las que tienen luz, perderse por calles, por rincones, por lugares de pronto nuevos... 

En dos años he disfrutado de viejos conocidos y hecho algunos nuevos amigos. Y he descubierto que las charlas de parque son muy divertidas, más que las de bar, sin duda. La edad, la intensidad de los momentos y la necesidad de ser breve ante el cuidado de hijos hace que uno sea más directo. Como hablar en un lenguaje que no es el materno, eres más claro y honesto. He descubierto que puedo ser breve. Conciso. Aunque nadie lo crea, sobre todo mi buen amigo Jordi, el gongorismo ha muerto. ¡Viva el barojismo! :D

He dado muchos paseos. He ido andando, en bus, en metro, en bicicleta, a sitios donde antes solía acabar yendo en el maldito coche. He redescubierto la ciudad de mi adolescencia y juventud, los rincones, los edificios de ladrillo naranja o sucios, los cortes neoclásicos, el famoso y afamado Madrid de los Austrias (donde hay una casa de balcón que mira al viaducto, de frontón triangular sobre columnas finas, terrazo y pinta de ser muy cara y en la que viviría una de las muchas vidas que no he vivido...) y los secretos en forma de jardines, de pequeños parterres, rincones, viejos y nuevos, esculturas imprevistas, fachadas espectaculares arrumbadas fuera del circuito turístico, aceras de ladrillos espigados o baldosas muy pulidas de tantos pasos que han soportado... he disfrutado de la compañía de muchos y buenos amigos. Rafa y las partidas de los jueves que son excusas para charlar. Algunas de rol con los mismos de siempre. Piscinas tras el escuás (oscuás, qué dolor) y debates como los de antaño. Cenas en tascas, bares o restaurantes del barrio. Cervezas. Reencuentros con Igor, con Emilio, con Sergio, con Santi. Comidas con Julio (sí, comer es un acto social, único, especial... me encanta comer, soy comedor compulsivo, tanto como el contacto físico; necesito abrazar la carne y comerme las miradas, necesito pegarme a quienes aprecio y quiero, sentirles... aunque huyan despavoridos o les incomode mi afamado abrazo del oso y mis besos interminables :P ) y descubrimientos como esos que digo de parque. Madres de todo tipo, corajudas, divertidas, agradables, simpáticas, agobiadas, especiales, y niños que juegan, descubren, exploran, investigan, se divierten, lloran, se caen, pegan, les pegan, saltan, ríen, patalean, corren... he ido descubriendo el barrio, poco a poco, situando los nuevos lugares que a veces eran viejos. La biblioteca de (¡sorpresa!) Pïo Baroja, donde presuntamente estudiaba y acababa leyendo cómics, y ahora es lugar de visita semanal, es un ancla echada al pasado. Algún bar como el Coppola (fritanga, cerveza, pósters de sus películas) para cultivar la nostalgia. El DÍA, primer supermercado que tenía aquella infame Sky Cola o picoteos de patata y otros repletos de E-tetúasaber... el parquecito donde pedaleábamos y ahora es el camino a la heladería de los viernes en el buen tiempo. El parque de Arganzuela que ha extirpado la fuente elíptica objeto de una apuesta... los paseos se llenan de nostalgia, de pasado, pero también de futuro y color. Mi hijo descubre, juega en los mismos sitios, pisa una arena removida miles de veces pero siempre idéntica. Mi sonrisa vaga, pasea y ríe, y me siento, como digo, feliz.

Esa es la cuestión. Estoy feliz. No siento la cacareada crisis de los 40. No siento la extraña punzada del desasosiego todo el tiempo (por otros motivos, sí, pero la ansiedad es así, no respeta el raciocinio que la alimenta) y sí una felicidad que se resume en algo básico. Aceptación. Acepto mi vida. Mi entorno. Mi persona. Y gracias a eso acepto lo que sucede, lo que viene o vendrá, viviendo día a día. Creo que me mudé no a un nuevo barrio, si no a mi barrio, aquel que he ido construyendo año tras año y no tiene forma de edificio de ladrillo o piedra. Es el barrio de uno, el interior, donde sabe qué colmado vende la mejor conserva o qué frutería trae lo mejor de la temporada. El barrio interno donde uno conoce cada calle, cada callejón, giro, codo, recta, cuesta y rincón. El de los caminos inexplorados y las luces distantes. El lugar donde se siente uno a sí mismo, con uno mismo.

La vida de barrio es agradable. Madrugar, no. Trabajar, menos. Y siempre, tras las sonrisas, los rostros apacibles, las miradas llenas de felicidad, pueden esconderse dramas, miedos, historias terribles o deseos y pulsiones malévolos. Pero eso es ficción. La realidad es mucho mejor por una cuestión básica; es real. Pasa. Y pasa porque llegamos, buscamos, encontramos, a veces sin ir, sin explorar, sin querer hallar nada. Pero es.

Y entre árboles y ramas, donde la luz de otoño incide, partida por hojas a punto de caerse, paseo, paseo. Últimamente, con ganas de silbar, de poner las manos en los bolsillos o a las espaldas y sonreír, de mirar todo con indulgencia, de maravillarme de la belleza que se esconde en cada lugar, cada rincón de ese barrio. He perdido ya definitivamente la gravedad, la pomposidad (salvo si es para burlarme de ella) y la losa de la pregunta aquella. ¿Por qué?

Para ser felices.

Un abrazo,

lunes, 14 de noviembre de 2016

Crisis? What Crisis? SUPERTRAMP!

Alguna vez he dicho que me encanta, me impacta esa carátula del disco de un grupo llamado Supertramp! (que hoy podríamos traducir como las supertrompetas del fin del mundo, según algunos medios) donde se ve a un tipo tomando el sol con sombrilla en su tumbona, rodeado de residuos y chimeneas, bajo una sombrilla amarilla muy hortera, el periódico y un cóctel en la mesita de plástico. Es magnífica. Es brutal. Es la epítome del siglo XX y del XXI, si me apuran, ese hedonismo brutal y completo. Al carajo todo. A la mierda. Mientras tenga mi espacio bajo el sol donde disfrutar y tal. Chapó.

Voy a ser sincero. El mundo se fue a la mierda el día que los sapiens lo colonizamos. Tal cual. El día que nuestros instintos fueron lapidados por la cultura. La cultura... siento, en ocasiones, ese pálpito fascista de Millán-Astray y pienso en usar un revólver mágico que atine en toda diana. Pero la cultura es otro producto, otra creación humana. Una creación que en ocasiones da alegrías, en muchas otras desvela haciendo que persigamos un significado que no tiene o está muy lejos de ser tal. Pero da para conversar y eso es bueno, pues hablar hace feliz al que emite esos sonidos articulados y reconocibles, y a veces, también, al que los debe escuchar. Entonces, quizá, la cultura no sea tan mala, y los instintos atrapados bajo su losa liviana de ideas abstractas puede que estén mejor ahí... o no.

La verdad, las mejores conversaciones que he tenido versan sobre cultura, sexo y muerte. Justo hace unos días tuve una que combinó las tres. Rafa, mi buen amigo Rafa, ese rentista favorecido por la fortuna y una inteligencia (no excesiva, pero más que suficiente) que cultiva con esmero, me recibió en su casa con una indignación mesiánica. ¡El cine que llamamos "clásico de obras maestras" es una pamema! Vamos, que le había jodido revisar "Caballero sin espada" y nos puso a Santi y a mí algunas secuencias e imágenes, indignado, cabreado. Y con razón. Pero, eh, oye... así es la cultura. Cultura es tanto "2001" como el silbido del afilador en la calle. No mezclo en la vitrina irrespetuosa del cambalache, es la verdad. Cultura es hacer cosas. Cosas que nos hagan felices. Rellenar el tiempo que falta hasta la muerte, ese otro tema que tratamos (yo, como César, lo tengo claro; muerte rápida, dolor muy breve, inmediato) con cultura. Libros, discos, pelis, eso es lo que realmente importa. Y todo lo demás al carajo. ¡SupertrUmp!

Y el sexo... sexo. Sexo. Qué decir de ese tiempo indefinido en el que somos humedad, carne, piel, sensibilidad placentera y locura de gemidos, gritos y orgasmos. Ese tiempo indefinido en el que jugamos con la expectativa, las horas previas o posteriores de imágenes que encarcelan de pronto la realidad y nos regala un instante largo de felicidad completa. De adolescente recuerdo aquello de "eso da para paja", una manera basta de indicar que había sido relevante, potente, una imagen o sensación tan fuerte que había que reproducirla en nuestro cerebro una y otra vez como las películas que hipnotizan. Y da igual qué de para paja... puede ser una frase, un libro, una película, una situación rocambolesca o inaudita. El sexo, eso que impregna todo desde que nacemos (cuando no sabemos qué es, pero está ahí) hasta que morimos (gritando, igual que en un orgasmo, eso de "¡Dios, Dios!") es puro placer, puro juego, entrega, pasión, melaza, recreación, saboreo, baile, locura, todo. La cultura, a su lado, es un pálido reflejo de lo que los cuerpos, en solitario o hasta números inimaginables, pueden hacer. Yo siempre he dicho que las películas que más me han impactado son las del cabrón de Lars von Trier. "Los idiotas", una de sus fantasías Dogma, me sorprendió cuando de pronto, sin esperarlo, pero por pura coherencia con la historia que presenciaba, se ponían a follar. Tal cual, reproducido en cámara, húmedas penetraciones, besos, miradas perdidas, fricción de genitales, de manos en el cuerpo. Me quedé boquiabierto. No fue la primera vez. Más películas, no sólo del provocador Trier, han mostrado eso. Cultura y sexo. No es porno, es realidad (el porno es la Ci-Fi del sexo; nadie se lo cree, pero apenas atrapa en realidad las fantasías del masturbador... es una pálida aproximación, aunque las películas amateur, morbosas, de gente que lo hace sin saber que les miran o que les miran sin saber que pagan por ello porque robaron el vídeo son las mejores, para mí, las más cercanas a esa realidad que nadie graba... como un parto; un parto, en el cine, y doy la razón a Rafa, otra vez, no lo he visto aún de verdad. Bueno, ni en la realidad, llegué tarde... vaya digresión...)

Sexo. Cultura. Muerte. Si uno vive en eso, la plenitud de su vida es la que es. Póngale usted música, que la vida siempre mejora con una banda sonora que resulte molona, llena de ritmo. Follar, leer, morir. Follar, ver cosas, morir. Vivir. 

La gente siempre ha hecho esas cosas. No cambiará con nada, salvo la extinción masiva. Algo que, por cierto, Rafa apoya. Yo, con eso de ser padre, he aparcado mi misantropía para aceptar a más seres humanos en mi confianza. No tanto. Sigo creyendo que sobra un 95%, pero el tema números es tramposo. A algunos y algunas sí salvaría de extinciones, y suerte que tengo de que existan. A otros les he salvado con mi memoria, y algún día tengo que dedicarles lo que les debo. Mis padres... aunque, como siempre, lo que no recuerde me lo inventaré. Como digo, ellos son mi entorno de toalla en la mugre, los compañeros de cóctel en la sed ajena, a quienes resguardaría bajo la sombrilla amarilla, tan amplia como pudiera hacerla, con quienes me recostaría o cedería la tumbona. A vosotros. Y vosotras (por si  hay guardianes del género en el lenguaje que quieren tocarme mis preciados cojones, aunque la prelación ya dará para ello) 

Crisis... una gran tienda de cómics. Una palabra que no significa nada más que "lo de antes ya no funciona igual, hay que cambiar o reparar". Un término falso. Una mentira más. Siempre estamos en crisis. O sea, es la normalidad. Y ésta tampoco existe. Y si sigo, acabaré en el solipsismo, así que termino aquí ésta reflexión de corrido que me ha salido por pura necesidad. La de expresar, la de decir, no sé si la de mentir. 

Todos a bailar...

Un saludo,