Buscar dentro de este batiburrillo

miércoles, 11 de mayo de 2016

Ansiedades.

Llevo haciendo de padre casi tres años. En ese tiempo, que me parece expandido hasta el infinito (tanto que, como mi amigo Emilio, empiezo a no recordar una vida sin niño... bueno, no tanto. Recuerdo...) he vivido con intensidad muchas cosas. Desde mi miedo en la etapa del embarazo, donde la falta de conocimiento, de visibilidad, me generaba una tensión brutal, hasta que empezó a demostrar que es un ser inteligente y, sobre todo, simpático. Sí, mi hijo es simpático. Peor. Es mi clon. Soy yo con sus años. El mismo potencial de lo que he acabado siendo. Supongo que es una tendencia habitual, ver en los hijos las características de los padres. Una fatalidad subjetiva, porque en realidad él es... él mismo. Pero reconozco rasgos. Su querencia por abrazar, tocar, correr sin mirar, dar besos, buscar el tacto, la calidez de la piel. Hasta quizá extremos molestos para el que lo "sufre". Reconozco su rebeldía, su tendencia a negarse a hacer lo que le mandan (aunque termina siendo muy obediente, más de lo que parece. Es un poco aquella rebeldía controlada...) y su persistencia y curiosidad por las cosas. Reconozco su gamberrismo, buscando siempre aquel acto que haga risas pero al límite del enfado, aquel en que te llevas las manos a la cabeza, abres la boca con una "Oh" muda y ojos cual faros iluminados. Reconozco su sensibilidad ante dolores ajenos, ante accidentes, ante lloros o heridas. Reconozco esas cosas y me aterra. Pues de alguna manera entro en el barranco de la ansiedad, estrecho, puntiagudo y sin luces, que me dice "ten cuidado; puede terminarse". Puede morir.

Sí, lo he dicho. Tengo miedo a que se muera. Un miedo normal, creo. Pero el mío está cimentado en la realidad más absoluta de dos padres que perdieron a dos hijos. Algo que hace 100 años era tan normal que nadie tenía siquiera un nombre pensado para un posible síndrome (quizá ahora, el más cercano, sea el de "niño de reemplazo") pero que ahora, en nuestra sociedad tan de "Hijos de los hombres" donde la natalidad (occidental) ha caído estrepitosamente, se acentúa por la escasez de lo que era un bien y ahora es un artículo de lujo. Pero es así. Tengo miedo. Y el miedo, ese barranco que me aprieta en un abrazo afilado de ansiedades expresadas en rocas picudas a cada paso que doy dentro de él, es real. A veces no respiro, o respiro fuerte. A veces me altero y noto el corazón a mil revoluciones. A veces grito, enrojezco, me atraganto, sollozo. A veces expreso con furia lo que es puro miedo. ¿Y qué es la furia si no miedo y ansiedad, desconocimiento del futuro? Tengo miedo a que le atropelle un coche. A que se caiga y tenga secuelas. A que un tipo le rapte y le haga lo peor imaginable. A que sufra un cáncer o enfermedad de esas infantiles que siempre nos parecen tan prematuras. A que... no, seguir la lista interminable no es más que espolear mi imaginación. Y mi ansiedad.

Mi ansiedad. Cuando cayó mi gato de un quinto piso, esa ansiedad se tradujo en un miedo brutal. Hay un cómic, "El último recreo", de Carlos Trillo y Horacio Altuna, donde unas viñetas muestran un bebé estampado en el suelo. Es del año 1984. Ya en esa viñeta del bebé está el dramatismo del niño Aylan, colocado adrede por la policía turca con ánimo de soliviantar ánimos. Es el mismo encuadre. El mismo dramatismo. Y cuando cayó mi gato, lo primero que hice fue pensar en mi hijo así. De pronto, aquello que parecía ficción, simple entretenimiento que sí, removía intelectualmente, pero no emocionalmente, cobra nueva dimensión. Y todo regurgita del pasado, una espesa baba moquea frente a mi razón y cubre viscosa mi agilidad cada vez menor. Me siento anquilosado, queratinoso, cubiertas las vísceras de caparazones crudos y musgosos. Entre las junturas, sin embargo, aguijonean espasmos de realidad. Ansiedad.

La ansiedad es un mecanismo defensivo de supervivencia. Prever un mal futuro prepara para enfrentarse a él. Así que quizá sepa cómo enfrentarme a un apocalipsis zombi, quién sabe. Pero cuando la ansiedad no es por uno mismo (que existe, pero derivada; mi miedo es no estar, o estar en malas condiciones, de manera que mi hijo sufra las consecuencias) si no por un vástago, un descendiente, una astilla del palo curtido por los años y la intemperie, ésta es infinita, ilimitada en las formas que toma. De hecho, el horror cósmico ante la indefinición monstruosa de Lovecraft, esa pequeñez del hombre y su menudencia, queda pequeño ante la retahíla de formas informes que ésta logra consumar.

Me he desahogado. Lo reconozco. Peor sería dejar que me consumiera internamente, reventando las escasas fibras sensibles que aún tengo. Y, sin embargo, lo tengo claro. La ansiedad nunca remite. Incertidumbre e imaginación, conocimientos parciales, ojos abiertos. El expresionismo, la extrañeza existencial, el fatalismo, de pronto, dejan de ser arte y son parte. Creo, tras esta entrada en la bitácora donde calculo mis derrotas, que necesito recuperar un sol de abril, de mayo, un cielo azul sobre Marte, una cabalgada en la hierba un hermoso día de junio, una épica victoria sobre mis enemigos. ¿Qué enemigos?

Todos...

Un saludo,

miércoles, 30 de marzo de 2016

Risas de ser español

Termino de ver el último episodio de "El ministerio del tiempo", con sus gags de funcionarios y sus viajes temporales a épocas de la historia de España que resultan muy amenos y hasta instructivos. Es buena serie, a pesar de... a pesar de ser española, me dirá alguno. A pesar de su maltrato como todo lo que tiene calidad y proyección. Que los guionistas (uno fallecido) sean de Carabanchel puede que ayude. En nuestro barrio fuimos siempre muy macarras, muy echados p'alante, muy castizos pero a lo bruto. Y si teníamos imaginación, además, éramos imparables.

El último episodio es emocionante. Al menos, a mí me lo parece. Cuando visité el museo del ejército en Toledo (o "museo de algo que lleva uniformes y cacharros que aunque matan no lo diremos para no ofender a nadie", diría...) me sorprendió el rayadillo, el uniforme de la época. Y las condiciones deplorables de todos, tropa y demás. Y cuando leía para documentarme, con vistas a la ucronía que escribí, era brutal encontrarse entre quienes escribían y leían una conciencia malditista de ser español. Falta de medios, siempre. Si un capitán comía paté francés en tostadas saladas belgas, sus soldados apenas comían garbanzos con gusano. Si un teniente de rica familia tenía las botas y el fusil limpios, era porque pagaba en cigarrillos a siervos, no soldados, para ello. Y si un comandante tenía chalet en Melilla, lo había construido de gratis una compañía para él, abastecido con el almacén del ejército. Corrupción, ADN. 

Pero digo, es emocionante. Ver lo bien que reproduce a esos hombres jodidos, puteados, de todas partes, analfabetos, peatones de la historia de España que iban, pegaban tiros, luchaban, sudaban, enfermaban y eran defenestrados mientras capullos de traje y corbata pensaban en la nueva comisión a pillar, es brutal. Brutal ver una manifestación de la PAH y a un veterano de Flandes defendiendo a la anciana (con motivación sicalíptica, va, pero está ahí) y ver cómo siempre nos pasa igual, anarquistas sin fuerza física, aunque sí moral, siendo jodidos por los que tienen ausencia de moral y exceso de fuerzas. Y ver a los últimos de Filipinas, esos tipos que llegaron sin pena ni gloria a una España que los repudiaba por ser recordatorios de todos los males que les habían causado, es emocionante. Y bien trazado, qué cojones que diría aquel.

Ser español parece que consiste en echarse unas risas. De que casi nombren a un buque de la Royal Navy como a uno de nuestros mejores marinos, reivindicado por un colombiano, ese Blas de Lezo que aún no sabemos símbolo de qué es (unos rápidamente le abanderan para su causa y otros le ignoran, como siempre, pero nadie pondera) y que ha provocado una hilarante respuesta de vergüenza por los británicos, eliminándole rápidamente de las votaciones para no sentirse humillados. Ser español parece ser eso, olvidar el pasado o recordarlo con sarcasmo, risas negras y ojos en blanco. Ser español da risa porque nos reímos, pero al mismo tiempo exigimos seriedad, lo que provoca aún más hilaridad...

No voy a dar el mítin de "apoyemos el producto ESPAÑOL" en plan que hay que ver la serie y mandar cartas y bla bla bla. ¿Para qué? De las consecuencias positivas que tiene la educación y la globalización es que puedes encontrar lo mejor en todas partes, sea aquí o allí o en medio. Pero mi corazoncito titila con esta serie. Me asoma lagrimita. No sé, siento que no es ese cine triunfalista y acartonado de la Cifesa o las pelis donde el héroe es de granito sólido y una cruz en el pecho. No es ese lenguaje grandilocuente y plomizo que abotarga los oídos. No es esa cultura es otra, es nueva, es diferente, no mejor, si no nuestra, de ahora, de éste momento. Y por eso merece la pena. Porque es nuestra. Es la manera de reivindicar nuestros mitos, nuestras epopeyas, nuestras leyendas. Quizá, y esto lo digo con la boca chica pero lleno de orgullo, la manera de un carabanchelero que supo hallar en las salas recreativas tapizadas de crujiente cáscara de cacahuete y humo de tabaco negro esa visión nueva, esa mirada diferente. Cada generación tiene la suya, ahora tenemos la nuestra. 

Y ya que estoy, si alguien escribe sobre el general Gutiérrez de Otero y Santayana yo quiero leerlo, que sigo diciendo merece una novela. Arandino de secano y terminar siendo el artífice de dejar manco a Nelson en Tenerife... coño, eso es otra epopeya. Que el tío jodió a los ingleses en varios sitios... seguro que diciendo, en algún momento, "anda y que os den morcilla". De Aranda, claro. :P

Un saludo,

jueves, 24 de marzo de 2016

¿Merece la pena ser aceptado?

El ser humano tiene una necesidad (salvo casos específicos diagnosticados) de formar parte de una sociedad. Comienza en la familia, el pilar inicial donde se apoyan y de donde bebe todo. Sigue en los pares, amigos, compañeros de estudios y juegos, y se expande después con más o menos extensión. Siempre hay una sociedad, un grupo, una colectividad en la que hay normas, objetivos, jerarquías, costumbres. Da igual que creemos por accidente una como en "El señor de las moscas" o la diseñemos a lo "Un mundo feliz". Importa poco. Nuestra vida consiste en cómo interactuamos con los demás y cómo nos ven.

¿O no es así? Quiero decir, si alguien me califica de machista, de racista, de homófobo, o de feminista, de multicultural, de gayfriendly, o de buenista o de facha, de insolidario o despegado, de radical o moderado, ¿lo soy? Recurramos a Aristóteles. No. Es el prejuicio, esa categorización que simplifica procesos mentales y ahorra esfuerzos. El ser humano está concebido para economizar esfuerzos en todo excepto en aquello que más le entusiasma, donde es capaz de extenuarse al borde de la muerte. Mi hermano es incapaz de dejar el deporte por duro que sea y lesionado esté. Le proporciona una felicidad superior a las lesiones. Yo soy capaz de racionar mis esfuerzos en muchas áreas, excepto algunas concretas. La cuestión es que no somos lo que otros nos dicen que somos. El reflejo puede ayudar a comprender, pero no a categorizar en piedra y eternamente un rasgo de carácter.

Psicología y sociología han tratado estos temas con más profusión. Lo cierto es que, en la sociología, me impresiona siempre que leo sobre tal o cual cultura o sociedad las normas, diferentes, que acatan sus miembros. Sin discusión sopena de acabar siendo parias, desterrados, exiliados.Hay normas de todo tipo. Y la condensación más férrea es, siempre, la religión. Ésta, tome el nombre que tome, contenga las creencias y dogmas que contenga, es el verdadero código de derecho social más claro y asentado.

En Bruselas, en Londres, en algunas ciudades francesas, hay barrios completamente musulmanes, pequeños guetos modernos donde ni la policía entra (por aquello del respeto, cara a la galería, y no meterse en líos, en realidad) y donde se ha desarrollado una vida completamente diferente al resto de la ciudad e incluso la nación. Dirán, claro, como los quinquis de Carabanchel o los pijos de Chamberí. Bueno, la diferencia es que en algún momento un quinqui de Carabanchel podría pasearse por Chamberí y al revés, y salvo por la ropa, nada parecería tan raro. Compartíamos un sustrato cultural muy similar, tamizado por la clase y la riqueza. En estos nuevos guetos, sin embargo, se larva un rencor a quienes han dado su acogida, sean británicos, belgas o franceses. Y curiosamente, la culpa no está en lejanos desiertos afganos o remotas cuevas paquistaníes, ni siquiera en disputados campos de Irak. No, está en Arabia Saudí y su simpleza interpretativa, efectiva, eso sí, del Islam.

Imaginen que Hitler hubiera mantenido un nazismo controlado, callado, sin expansión militar territorial clásica. Que hubiera pagado (que lo hizo) a partidos y asociaciones en EEUU, Gran Bretaña, Francia... que hubiera dejado que ellos hicieran proselitismo, durante 20 o 30 años. Y que, de pronto, un día, manteniendo su liderazgo férreo, los hubiera convertido en quinta columna tan efectiva que no hubieran necesitado armas. Simplemente, mediante la expansión demográfica y el posicionamiento, hubieran nazificado Europa y EEUU en pocos lustros. Suena a ucronía similar al argumento de "Sumisión" de Houellebecq, pero imagínenlo. O no. Está pasando.

El problema de esto es que la izquierda dogmática y pública, como siempre, ha claudicado en el debate, dejando que la derecha más extrema se lo apropiara. El problema es que hablar de inmigración o peor, integración, concienciación ciudadana, de aquellos que profesan una ideología como el Islam, parece propio de abyectos fascistas. El problema, por tanto, es que hay una anestesia en el debate que impide cotejar, obtener resultados positivos. Y la falsa placidez, de cuando en cuando sacudida por bombas esporádicas, no ceja en su ceguera. Algunos, como Pérez-Reverte, continúan su soniquete de Pedro y el Lobo advirtiendo mucho tiempo ya de la caída del Imperio romano. Otros se llevan las manos a la cabeza, pero la mayoría calla y cierra los ojos.

Y la pregunta inicial, ¿cómo responderla? ¿merece la pena ser aceptado en una sociedad que te ignora como al resto, si no te conviertes en pieza productora? Puede ser, porque entonces eres aceptado en otra interior que, como siempre, un día, estallará cual organismo vivo contaminando al resto del cuerpo, devorándolo y dando lugar a uno nuevo. Siempre fue así. Recuerden el cristianismo, heredero del Imperio romano. En su día fue considerado (en términos modernos) subversivo, terrorista, contrario al Estado. Y luego se convirtió en Estado. Los primeros en esa lucha serán los menos recordados (siempre lo digo, el que primero pasa la puerta recibe el espadazo, los siguientes portan su cadáver como escudo y hacen el negocio) pero serán los más aceptados... 

No pasa nada. Hemos erosionado tanto las identidades que ni siquiera un retorno dogmático y urgente al cristianismo como bandera de unión funcionaría. Erosionado y enriquecido con otras, claro está. Pero el individualismo de hoy es el divide et imperas de antaño. Uno a uno, caeremos, poco a poco, primero por compasión, luego por comprensión, después por aceptación, finalmente... por sumisión.

O quizá me equivoque y brote otra cosa diferente y nueva que no conocemos aún. O no. 

Un saludo,

lunes, 22 de febrero de 2016

Aquel siglo olvidado.

De cuando en cuando, aunque últimamente demasiado espaciadas, tengo conversaciones muy ricas e interesantes con Rafa. Él se irá en breve a Italia, a trabajar en una beca postdoctoral o algo así, y aprovechamos una ocasión, el preestreno de la de los Coen para que yo saliera de mi encierro e hiciera vida en la calle. Un poco, al menos. A la vuelta de la película, que me decepcionó, aunque es de los Coen y eso significa que algo queda de interés, charlamos, primero comiendo croquetas y luego caminando tranquilos y tomando de postre un rico helado de chocolate. Como era cuesta abajo, mi cansancio se atemperó, y de hecho mi ánimo inyectó algo de adrenalina a mis piernas vagas y a mi cuerpo perezoso.

Hablamos de todo, pero de pronto nos fuimos por Cervantes, Galdós y el siglo XIX español. Y nos encontramos discutiendo sobre lo olvidado que está, su literatura e historia. Pensando fríamente en que es un siglo tremebundo, donde pasó de todo, y muchas cosas de mucho interés. Quise refutar una aseveración de Rafa, que no matizó en ese instante, de que nuestra modernidad se forjó en aquellos días, que más atrás no hay en la historia nuestra nada tan determinante, pero dejé de lado el argumentario socioeconómico. Tocaba literatura y algo de política.

Galdós. Rafa enumeró sus virtudes, su capacidad de descripción certera, sus diálogos realistas y vivos, su acierto en la traza psicológica de los personajes (el tema de los sueños me sorprendió) y de paso denostó un poco a Buñuel, que pensaba está sobrevalorado, aunque yo no opino así. De Galdós yo salté a Blasco Ibáñez, que me encanta, no solamente por su prosa rica y veloz, si no también esos diálogos chispeantes y esas situaciones que muestra. Me encanta la novela histórica y recordé la de "El papa del mar", claro está. Salió Pío Baroja, aunque algo posterior, muy imbricado en ese siglo, que no entiendo sin los Episodios de Galdós y las Memorias de un hombre de acción de Baroja. Hubo espacio para Cervantes, que yo tengo demasiado olvidado (sí, leí "El Quijote" hace 20 años y lo tengo abandonado. Un pecado...) y su riqueza y absoluto. Vimos que la literatura española, en todo caso, estaba olvidada, perdida, ninguneada. Todo país tiene una literatura nacional y algunos la tratan como un tesoro. En España es un ataúd que se exhuma en algunas Universidades.

Y tuvimos algo de política. Desde el inevitable turnismo de Cánovas y Sagasta de la I Restauración hasta los desastres del siglo. Un siglo que empezaba hundiendo la flota en Trafalgar, metiendo varios años de guerra contra los franceses y el afrancesamiento, continuando con una monarquía triste y sin futuro, pronunciamientos, la primera guerra carlista y la pérdida de las colonias americanas, todo en menos de 30 años. Un desastre. Para mí, más que el de Cuba. Pero es cierto que aquello fijó nuestro modo de entendernos. De pensar "en español". Nada es fundacional ni original, siempre podemos ir atrás y hallar algo idéntico, pero en el caso del XIX, el olvido al que le somete la cultura política se puede deber a que seguimos reflejados en el deforme espejo del callejón del gato y lo que vemos no gusta.

La conversación terminó porque nos pelábamos de frío y había necesidades fisiológicas que la calle no solventa, si uno es decente o no lleva papel y quiere salvar miradas de reproche. Subí feliz, más de la conversación que de la película, alimentado de croquetas y oreja, un mosto (alcohol, 0) y un helado, pero sobre todo, de una conversación que me espoleó la curiosidad, el interés, recobró en mí un cierto estado de ánimo. Pues estas conversaciones son las que considero nutrientes puros para la conciencia. Lo del alma, lo dejo a los que dejé.

Gracias, Rafa, por recordarme un siglo olvidado. El tiempo es tan relativo...

Un saludo,

sábado, 13 de febrero de 2016

Mi ateismo.

12 de febrero de 2016. Recibo una carta en mi buzón del Arzobispado. Tras casi 20 años, es la contestación que esperaba. Ya no pertenezco a la Iglesia Católica tras mi "acto formal". Antes hubo otros intentos. El primero acabó con una conversación surrealista telefónica en la que el secretario del Arzobispo (Rouco Varela) me acabó diciendo, prácticamente como aquel robot taxista a Schwarzenegger en "Desafío total", aquello de "denúncianos, gilipollas". Antes apareció la ética, la estética, la filosofía, la moral, la historicidad, la renuncia, el librepensamiento, el ateísmo, la libertad, charangas resumidas en un "no te vas, Ordovás". El segundo intento fue más discreto. Dos cartas, dos respuestas donde "tomaban nota", pero nada más. Y el tercero ha sido más efectivo. He seguido los pasos de algunos sitios de internet y, desde noviembre hasta ahora (más por mi dejadez y estado físico que otra cosa) ha sido exitoso. Hoy puedo decir que he apostatado.

Pero... ¿y por qué?

Mi ateismo comenzó pronto. Al morir mi hermano, yo no quería tener nada que ver con Dios, su Iglesia ni nada de eso. La muerte del segundo me sacó del juego. Únicamente hice la comunión (je...) por el soborno, como a los delfines. Y puedo decir, sin problema, que a la catequesis fui el primer y el último día, nada más. Dejé claro al cura que eso "no era lo mío". Era un deseo familiar. Y había regalo. El cura lo comprendió, igual que entendió, en una conversación que tuve con él en sus dependencias de la Iglesia, que yo no creía ni podía tener fe. Lo entendió. Después de un año, creo que le mandaron de "misiones".

¿Por qué mi ateísmo? Mi extracción social, mi entorno, nada me predisponía a una religiosidad de ningún tipo, salvo la supersticiosa. Sí, tenía una tía ex-monja. Sí, mi madre respetaba a los curas como emanación de un poder más bien terrenal (años de dictadura) y hasta tenía amistad con alguno (le faltaba el boticario y el alcalde para un mus en el Casino) pero... sí, algunos amigos iban a misa. Pero no creía. Me parecía ridículo creer en algo que simplemente no sentía con ningún sentido, y menos aún racionalmente. Empecé siendo como casi todo ateo, un furibundo apologeta del ateísmo. 

Mis amigos pronto acabaron hasta los cojones de mí. Lógico, si era más prosélito que la secta. Me moderé. Pasé por fases agnósticas, pero seguía evitando entrar en recintos sagrados según la secta católica salvo para visita turística. No me levantaba si iba a un evento típico (boda, comunión, bautizo) e incluso hice de alguna iglesia mi zona de repaso de exámenes. Es tan silencioso el templo... más que la biblioteca. Leí, me reafirmé, compré argumentos intelectuales... y pasé. Hasta que decidí el paso. 

Aún recuerdo el estupor de mi familia. No me lo impidieron (no eran de impedir, más bien de dejar hacer y que me estampase con la realidad) pero temieron por las consecuencias. Más que cuando me declaré objetor de conciencia. El miedo a un poder muy terrenal. E hice mi primer intento. Nulo. Patético. Me enfurecí y regresé al ateísmo militante. 

Es un coñazo. Argumentar de sentimientos y fe es una pérdida de tiempo. Quien cree, cree, sea en Jesús o Pablo Iglesias. No hay argumentación racional que valga. Malgasté saliva, tuve enfados, escuché barbaridades y solté sin dudarlo muchas. Y me calmé de nuevo. Decidí que la mejor manera de abandonar la secta y su influencia, incluso en mi entorno, era ignorando su existencia y vivir mi vida sin su barrera. 

Me casé por lo civil. No he bautizado a mi hijo (esa será su decisión cuando crezca... como ponerse o no pendientes) y tampoco asistí, si podía evitarlo, a actos religiosos, salvo si era para quedarme sentado sin tanta genuflexión y respuesta militar y por respeto a las personas involucradas. En una boda, la de mis buenos amigos Pili y Emilio, tuvieron la deferencia de dejarme leerles un texto dedicado a ellos, pero claramente separado de la ceremonia religiosa. Siempre recuerdo con ironía que fue la primera vez que he visto a un montón de personas en una iglesia aplaudiendo a un ateo. Y no la incendié ni eran turba mitrailleur.

La religión católica, ese sustrato que está ahí, no ha sido eliminada del todo de mi cuerpo como no eliminamos todos los parásitos ni las toxinas, por más ejercicio que hagamos. Convivo con ello, pero distanciado. No creo en el pecado. No creo en castigos ni recompensas por una moral más que difusa. No creo en su poder. Y con no creer, gané. Ese es mi ateísmo. Sencillo.

La apostasía es un acto formal, indoloro y sencillo. Es como ganar un trámite administrativo a un ente público. Que, por cierto, tengo varios en curso. Es reivindicarme un tanto. Ya no trato de ser incendiario como Nietzsche. Simplemente, vivo.

De todo se sale. Para el Islam, un ateo es lo peor, pues ni siquiera es del "Libro" como un hebreo o un cristiano. En fin, guardaré mis pulgares para cuando me cuelguen en su Al-Andalus soñado, pero más cuidaré mis dedos corazones. Ese signo es tan universal, que me valdrá como despedida si lo preciso así.

Ah, la carta. Me temo que no volveré con la secta, sus senos no son nada turgentes. Aún lo son los de las ménades, mucho más atractivos y deliciosos...



Un saludo,

lunes, 8 de febrero de 2016

Censuras.

Hay gente que confunde la sátira con la defensa de actos en los que no necesariamente creen los sátiros. Que en su día atropellaron a Buñuel por sus películas, en las que hallaban blasfemias contra la secta católica (y sabía don Luis más de religión que algunos de sus críticos...) o que quemaran libros porque decían cosas inquietantemente contrarias a sus dogmas (da igual la religión, nazi o islámica) En los últimos años, digamos cuarenta, hay un dogma de fe tipificado en el BOE, llamado "enaltecimiento del terrorismo" o algo así. Que viene a ser una forma de quemar palabras o atropellar actos. Digámoslo claro; uno puede decir de un político de un partido que "le pegaría un tiro" pero no sacar un estúpido cartel cuya gracia no está en buen contexto (niños... niños...) o incluso insultar racistamente pero no mentar las bascas de la vasca.

Hay una censura peor, la que nos practicamos a nosotros mismos. El sueño húmedo del Gran Inquisidor, que es eliminar de raiz el pensamiento pecaminoso. Reconocerlo y extirparlo. Nunca lo dirás porque no puedes pensarlo. Suele ser la que sufren aquellos que apelan al buen o mal gusto para definir ciertas cosas...

Que alguien se sienta insultado por mencionar a un grupo de hijos de puta que han matado casi a 1000 personas, convertido en mafia local, y que pertenezca por tanto a alguno de los círculos de las víctimas, lo entiendo. Lo que no comprendo es que esa sensibilidad exacerbada constriña a los demás a la hora de pergeñar sátiras, burlas o lo que haga falta. Irene Villa fue muy consecuente con lo que pasó en su momento con un tal Zapata (no el mexicano) y quitó hierro a una tontería de uso político. Pero las cosas se van de madre... ya a finales del siglo XIX pagaban el pato los anarquistas, que eran de donde venían los asesinos de Cánovas y Humberto de Italia. Claro, si matas reyes, presidentes o similares (y ojo, asesinatos espectaculares pero erróneos en todo sentido) te conviertes en el coco. Por eso, acusar de anarquista a alguien a inicios del XX era lo peor de lo puto peor. Eso no ha cambiado demasiado. Hoy todo eso es ETA. El mismo insulto por el mismo delito.

Lo de los titiriteros me parece penoso. Un espectáculo para niños no va de eso. Pero claro, hay adoctrinamientos gruesos y otros finos. La secta católica sabe de eso bien. Y cuando se puso el grito en el cielo porque se inculpaba a una marioneta con una gracieta como "Gora Alka-ETA" (igual que se ponían bombas de Orsini en las casas de los anarquistas no violentos que pagaban el pato por los que sí lo eran) algunos tiraron de manual (el 578 del Código Penal, creo) sin pensar en la pregunta que todos se hacen. ¿De qué va esto?

Hace poco vimos "El negociador", de Borja Cobeaga. Según lo que se ha hecho (que puede seguir adelante o terminar como con El Jueves, un poco de asustar al personal para que dejen de hacer lo que hacen, esto es, pensar) esa película debería ir al juzgado y ser prueba contra todo su equipo de rodaje. Recuerdo la película "Munich", cuando el comando ilegal israelí ocupa un piso junto a miembros de ETA, que dadas las circunstancias, quedan bien en la misma. Spielberg por suerte no es español... No sé, la lista puede ser larga, muy larga. Y es que, como siempre, desde Jonathan Swift (ahora le reivindican, cuando pasó el tiempo en que sus humorísticos dardos dieron en la diana, hoy muerta) hasta los titiriteros estos, el ser humano hace sátira todo lo que puede de la situación que vive. Porque el humor es eso, humor. No un "Mein Kampf" redactado para un propósito seriamente definido. Y, sin embargo, seguimos jugando a censurar...

ETA da mucho juego, después de muerta, como el cerdo. Se aprovecha todo de ella. Como pasaba con el anarquismo (aún hoy, sigue ayudando en algunos momentos) es la bandera para atacar a unos idiotas (los titiriteros, los responsables del ayuntamiento que permitieron que eso se les colara) mediante muchos otros idiotas (medios de prensa, televisión, penales...) que se pegan entre todos por un mal chiste. Y es que no es nuevo. Cu-Cut. Búsquenlo, encuéntrenlo y vean que España... es esto. Censura.

Un saludo,

miércoles, 27 de enero de 2016

También hay días buenos.

De hecho, todos los días lo son, si sigues vivo. Con esa premisa, lo demás suena menos negativo, ¿verdad? Aunque los existencialistas y su rama más radical, los extincionalistas, dirían que estar vivo en sí mismo no es una cosa buena, ni siquiera una virtud (Thomas Ligotti seguro que les suena...) aunque lo que nos define es, ahora mismo, ser conscientes. O inconscientes, cachos de carne con ojos y algún sentido, pero algo es algo.

Hoy es un buen día. Ayer también lo fue. Cerrando las compuertas de lo doloroso, respiré un poco más aliviado, y como dirían en "La vida de Brian", y mi mujer también. Qué pequeñas cosas, que los ajenos pueden comprender cuando ejercen la empatía, pueden llegar a ser una vicisitud dolorosa. Qué grandes cosas nos regalan sin embargo esas pequeñeces. 

Reflexionando estos días (y preparando testamento, que siempre es menester dejar, como buen romano, las cosas legales bien establecidas) me he dado cuenta de cómo vivo. Sí, ha sido un año, o dos, muy duros. La crianza de un niño exige mucho de los padres. La implicación no es únicamente racional (¡ojalá!) si no, sobre todo, emocional. Uno se entristece por cosas pueriles, e igualmente se alegra por otras del mismo calibre. Uno experimenta sentimientos aumentados, agrandados por la pequeñez pero intensidad vital de quien los estimula. Agota. Mucho. Y produce sonrisas. Pero agota. Me pilla algo mayor, la verdad. Luego pienso en mis padres. Para cuando yo tenía algo de razón, con 9 o 10 años, ellos ya estaban casi por los 60. Pienso qué edad tendrá Dani cuando yo cumpla 50. Maldita adolescencia... sobre otros temas, como el trabajo, no he tenido necesidad de reflexionar. Es lo mismo, siempre. Ha sido siempre lo mismo. Igual. Respecto a las demás cosas que sí importan, vivo ajeno pero excitado a la literatura. Pronto, sí, sale mi nuevo libro de relatos. ¡Qué lejos queda ya! Es como otro hijo dado a la calle, a que viva su vida, y alguna que otra vez me tocará explicar sus trastadas. Inevitable. Pero no hay nada nuevo en camino, o al menos, nada a lo que esté dedicando el tiempo y esfuerzos necesarios. No los tengo. Y sobre otros temas... cada día lamento más mi aislamiento social impuesto por estas cosas que me pasan. Enfermedades y tal. De política, como dije, renuncio en 2016 a hablar en las redes sociales. Para qué.

Pero es un día bueno. Un simple ronroneo fuerte, agradecido, de mi gato, cuando le he puesto en el regazo, sintiéndolo cómo ajustaba su cuerpo, sus patas malheridas, su cabecita protegida en el collar isabelino, ha sido suficiente para sentirlo. Un simple gesto físico, emocional, mamífero, animal. Somos animales con un poco de conciencia, y por eso la vida, siempre, es buena. Si sigues vivo. Aunque muchos se quejen o piensen que eso no es un valor en sí mismo.

Si no lo es, cada uno le dota del suyo. Porque la vida es azar, no teleología. La vida es un suceso imprevisto. Que una estrella estallara y dispersara su materia por el universo, permitiendo a ésta formar parte de otros compuestos para levantar un trozo de carne con patas y ojos, hambre y necesidad, y de pronto, ahora, conciencia, es azar. No es nada más que eso. Y el terror cósmico que uno pueda sentir al reflexionar sobre ello se desvanece, al menos en mi caso, con un simple ronroneo. Aunque llamen de un seguro de defunción por teléfono para estropearte el día.

Sí, también hay días buenos. Diría que prácticamente todos.

Un saludo,

sábado, 23 de enero de 2016

Hay días malos.

Claro, todos tenemos uno. Yo tuve uno el viernes. Muy malo.

Comenzó como comienzan todos esos días. Como los demás. Recuperándome de mis cosas, despidiendo a mi mujer e hijo que se iban cada uno a sus tareas, incluso agitando la patita de mi gato para despedirles, en una humanización de mascota típica en la familia. Después, cerré el salón y abrí la ventana para ventilar. Es lo clásico, para evitar que nuestro gato salte y pueda caerse, a pesar de ser un equilibrista. Abrí las de las demás habitaciones, ya que en esos alféizares suele subirse sin problema, al menos, en el año que llevamos aquí viviendo. Bien es cierto que mi mujer siempre tiene miedo, y lo pasa mal cuando le ve pasar del poyete de la cocina al de la habitación contigua. En fin. Me fui al baño, tras una caricia suave y le dejé correteando por la casa.

Entonces sonó el "clac" que cambia el día. Es un instante. En un momento dado, de pronto, la realidad se instala pesada, mortífera y clara. Le escuché maullar. Pero no era el maullido lejano. El oído se entrena para reconocer diferentes sonidos. El maullido de hambre, de jugueteo, de enfado. El lloro de mi hijo, asustado, enfadado, simulado. Éste era otro diferente. Salí del baño, corrí a la ventana. En el patio, caído sobre su barriga peluda, estaba mi gato. Cinco pisos.

Empezó la carrera frenética. Llaves, móvil. Una vecina ya en la puerta, a ver si había alguien. Bajamos, corriendo a los porteros para abrir las ventanas del patio interior. Un vecino ya lo había visto e iba con una mantita a recogerle para llevarle al veterinario de urgencias. Entre todos me ayudaron, pues de tembloroso que estaba, no podía reaccionar. Uno, amable, envuelto Remo en su manta, sangrando, lo subió a mi casa para que pudiera vestirme y tomar su transportín. Sangrando, dejando huellas de su caída, el morro, llorando lágrimas rojas, las patas mojadas y quizá rotas, la mandíbula desencajada... asustado. Le metí, vestí cualquier cosa, y tras hablar con el veterinario, a urgencias en taxi.

Llegué a tiempo, parece. Le hicieron pruebas, esas cosas que uno espera de la sanidad (aunque aquí con un "firme un presupuesto para tener radiografías, ecografías, análisis, etc" ¿se imaginan? "pague por adelantado, por favor") y le ingresaron. Me despedí de él. Estaba asustado, consciente, respirando calmado en su transportín. 

El día había cambiado. De pronto, el accidente que recordaba era el que me mintió mi hermano sobre otro hermano. "Ha tenido un accidente de coche. Perdió una pierna." Eso escuché, mirando raro a mi hermano que me había ido a buscar al colegio más risueño de lo acostumbrado. En casa descubrí la verdad con un sólo vistazo. Mi madre lloraba. Vecinos agolpados. Mi padre serio, callado. Un accidente. El imprevisto, imposible. Mi hermano venía desde Suiza a celebrar su cumpleaños con nosotros. Gerona, 1985. Un camión, alguien se duerme, frontal. Mi padre viajando en avión a reconocer los restos, traerlos, velarlos en casa. Algo hizo "clac" ese día. Empezó en la salida del colegio Perú, cuando me recogió mi hermano, mi otro hermano.

Un salto. Me imagino a Remo en la camilla, tumbado, sedado. Esa sonrisa de gato que no saben quitarse. El sonido de su mandíbula al chasquear la lengua. Y recuerdo otro día, otro hermano. Dos años después. En el hospital Doce de Octubre. Una habitación en lo alto de aquel monstruo de hormigón donde fuman todos y las habitaciones tienen cinco o seis familias que se turnan en cuidarse unos a otros pacientes en una solidaridad de camilla. Mi hermano come espaguetis con tomate, algo que me vuelve loco. Me ofrece. Pero mi madre lo evita, más asustada de lo normal, y no porque yo esté gordito (lo estoy) si no porque... algo hace "clac", de nuevo. Al salir, pregunto un poco a mi madre, que evita todas las preguntas con la misma sonrisa que mi hermano cuando me recogió en el colegio. Es la sonrisa de la mentira. Lo sé ya. La reconozco muy bien. Morirá al poco. No me dejan ir al entierro por más que lo pido. 

Mucho tiempo después. Mi familia es lo que es. Mi madre, mi padre, mi hermano. Mi único hermano ya. Psicólogos infantiles de los que únicamente me interesan las figuras de playmobil que me dejan para jugar y los tentes. Gritos combinados con afecto desmedido. Caras enrojecidas, venas hinchadas, silencios de mi padre con esporádicos estallidos. Un día, mi padre está en la cama, en pijama. No ha ido a trabajar. Pregunto, sin tapujos. ¿Va a morir? No. Será mi madre. Y antes, el "clac" viene con la sonrisa. La misma, siempre. De mi padre, un día. Les pillo ocultando papeles bajo la lavadora. Mi padre y mi madre llevan tiempo juntándose, separándose, juntándose, separándose. Pero ese día están juntos. Sonriendo. Demasiado. Lo sé entonces. Me resigno. Ya sé que resignarme es la respuesta más cómoda. Pero... ¿qué puedo hacer? Si alguien ha de morir...

Mi madre muere tras varios días en coma. Pienso en ella entubada, pienso en mi gato entubado. Pienso en dos cuerpos cálidos, mamíferos, palpitantes, enfriándose, endureciéndose. Pienso en las despedidas. De mi hermano el mayor, ninguna. De mi hermano el segundo, absurda. De mi madre, algo digno de Berlanga. Le incineramos. Esparcimos sus cenizas en la sierra, un día ventoso y lleno de nieve de inicios de junio, cuando ya existe el euro. Lo hacemos mi hermano y yo.

Con mi padre, el "clac" ya no suena. Es constante. Nada sutil. Un pulmón, la vejiga, carcinomas, caídas, rostro enjuto, enflaquecido, dolorido por la vida y el sufrimiento, la depresión callada, la dureza minada por el tiempo y los disgustos. Todos los días suena, discreto, bajito, como mi rodilla operada. "Clac, clac, clac..." El día que muere me puedo despedir unas horas antes. Creo que no me escuchó. Apartó con el brazo, fuerte hasta el final, a una enfermera que quería hacerle curas. No sonrió. Llevaba años respirando dentro de una bolsa de asfixia. Y se fue. Tranquilo. Dejando todo resuelto.

Ayer fue un día malo. Hoy también. Un gato es un gato. Pero ha hecho que aflore todo esto, ha sonado "clac" y han salido como los espíritus del Arca de la Alianza, dispuestos a cebarse conmigo. Albergo una mansión construída en el dolor, la resignación, la pérdida y el recuerdo. Casi siempre, está en alquiler, vacía, esperando inquilino. Pero hoy me he vuelto a dar cuenta de que soy su inquilino principal, quiera o no quiera. Mi gato conoció a mi padre. Mi hijo conoce a mi gato. No puedo evitar que esa conexión me vuelva loco. Tengo miedo, mucho miedo, de que mi hijo escuche el "clac" en algún momento, mientras le muestro esa sonrisa mentirosa. Pero también sé que ocurrirá. La realidad es así.

Un saludo,

lunes, 18 de enero de 2016

Llegaron.

Hoy han llegado mis 10 ejemplares para repartir entre familia y amigos. Están asignados, claro. En el caso de mis betalectores, uno para cada punto de vista que me ayuda a comprender si lo que he escrito merece la pena, es mejorable o directamente descartable. Son buenos lectores. Y cada uno tiene un enfoque rico, diferente y amplio que me ayuda a crecer. Gracias, Emilio, Fani, Igor, Rafa y Santi. Otro que lo es, pero que es familia, es mi hermano Ángel, completamente más áspero, duro, incisivo, crítico e insobornable que cualquiera de ellos. Toda mi vida he crecido gracias, no a la sombra, de esa crítica. Es la que me ha enseñado mucho, y también, por qué no reconocerlo, a ignorar esa crítica cuando a mi pereza le conviene. Gracias, Ángel. De verdad. :)

Son 500 ejemplares en papel, tacto agradable, portada inteligente, pícara. También estarán en Amazon, aunque quizá su precio no es el que yo hubiera decidido, pero aquí el contrato editorial manda. En febrero, supongo, tocará empezar la presentación, nada solemne ni amplio, a fin de cuentas, soy un tipo que escribe de vez en cuando y empieza en una editorial nueva, como es Newsline. Dinero, poco; riqueza, escasa. Pero esto se hace por aquello que dijo en "Los descubridores" un hombre impresionante, Daniel J. Boorstin. "El foro público de la obra impresa mejora el producto". Y es que mis amigos, familiares, conocidos, son todos gente estupenda, pero (salvo mi hermano) carecen de la distancia apropiada para despegarse de mí y leer lo que leen sin prejuicios. Aunque me confiesan (puede ser verdad o no) que lo logran, que se olvidan de mi voz, de mi presencia. Si eso es cierto, he dado el primer paso con éxito, que en mis relatos se narren historias sin mí.

De todas formas, olvido un crítico inasequible, inteligente, agudo, alerta. Él sabe. Como el de Carneiro, reconoce. Y hoy me ha sorprendido... se ha rascado con la solapa de cartón de la caja. Eso es que le daba gustito. Ya es algo.