Buscar dentro de este batiburrillo

martes, 8 de diciembre de 2015

La guerra de la bici.

Desde hace un año, más o menos, desde que me mudé al interior del círculo infernal de la M30, uso mi bicicleta para ir y volver del curro. Más concretamente, volver. La ida es un poco de pedaleo hasta la Renfe, cercanías y luego un par de kilómetros a las 8 de la mañana de pedaleo suave hasta el curro. Llego despejado, las piernas estiradas, el cuerpo despierto y cierta placidez. Luego, al terminar la jornada, quito el candado y me lanzo con la bici a casa, unos 12 kilómetros que, si quiero ir rápido, hago por la Castellana-Recoletos-Prado-Atocha-Acacias, apenas 30 minutos, o si tengo tiempo, por un lateral, ya sea por Agustín de Foxá, Padre Damián, callejeo, Serrano, Cibeles, Retiro, Moyano y Acacias, o por el otro, Miguel Ángel, Almagro, Hortaleza, Sol, Plaza Mayor, Latina, Puerta de Toledo, Olmos, o Viaducto, San Francisco y Olmos. Si me toca ir a algún sitio, no tengo problemas, Bravo Murillo para bajar al Clínico o la FJD, por ejemplo. La cosa es que uso la bici. Me gusta. Según mi runkeeper, que tengo conectado a ciclogreen, este año 2015 he ahorrado unos 200 euros, unos 250 kg de CO2 al ambiente y he gastado unas 30000 calorías. Que recupero rápido, eh. Unos 1000 kilómetros en bici, aparte de la Renfe. Uso dos, mi querida Dahon Speed P8 (una plegable muy versátil) y una orbea de montaña que adquirí en septiembre (con cuadro fuerte para la silla del niño). Hasta 2014, yo usaba mi coche para ir al trabajo. Unos 30 kilómetros de ida y tantos de vuelta, casi 1 hora de viaje, entre atasco, aparcamiento y demás. En transporte público era 1 hora y 30 minutos. Trataba de alternar, pero con un niño pequeño, esa media hora era imprescindible muchas veces. Intenté ir con compañeros al curro, pero no tenía ninguno con ganas o cerca. Acabé muy desquiciado de coche, coche, coche.

¿Por qué estos datos? En este año, apenas sí he tenido incidentes con los demás vehículos. Una señora que giró a la derecha, cortándome el carril y casi atropellándome, por no poner intermitente. Alguna vez que los autobuses convergen de tal forma que parecen los barcos de Venecia en la persecución de lancha motora en "Indiana Jones y la última cruzada". Un par de veces que abren puertas sin mirar los aparcados (resuelto sencillamente, yendo por el centro de la calzada...) y más recientemente, un taxista que me cortó un paso y luego me amenazó de muerte, aunque salió pitando cuando le dije que era abogado y quería grabar sus amenazas para denunciarle (se pasó el semáforo en rojo...) No suelo tener incidentes con vehículos graves. Sí con algunos peatones. Un grupo nutrido que cruzaba cerca de las piscinas del Canoe, que tenían semáforo en rojo y que pasaron de mis timbrazos y voces. Un chaval con móvil que casi derribo porque cruzó en rojo sin mirar en Atocha. Y el error más gordo, haber ido por Fuencarral, Montera y Carretas, peatonales, con pocos peatones pero yo montado (ahora ya no voy por allí en bici, o desmonto o lo evito) Lo cierto es que, en todos los casos, con educación y buenas maneras, no hay problema. Pero hay distracciones y falta de educación, sí.

Hablaré de vehículos a motor. Las motos, por ejemplo, tienen la santa manía de pasar al lado de una bici a 30 o 50 por hora sin apenas dejar medio metro de separación. Se nota, señores moteros. Se nota. En las detenciones de paso de cebra para vehículos de dos ruedas, te miran con asco, condescendencia, sorpresa, e incluso se cruzan para ponerse delante atravesándose. Son muy agresivas. Incluso he recibido comentarios o gestos despectivos de los que paso, claro. En las detenciones, taponan los pasillos entre coches y no te dejan pasar bien, aunque ya lo tengo controlado y sé zigzaguear sin morir en el intento. En fin, las motos suelen ser más agresivas, despectivas y molestas que los coches. Pero no por ello, los coches dejan de ser molestos. Dejando de lado que, en Madrid, cuando miro, la media es de 1 ocupante por coche, 2 máximo, y que en días concretos (viernes a las 15h, por ejemplo) parecen ocupados por psicópatas rayanos en la necesidad de asesinar con sus dientes a otros, y que en muchas ocasiones son personas que toman el coche para un trayecto que bien podrían hacer en metro o autobús, suelen ser agresivos. Desde el que te pita, el que pasa al lado diciéndote de todo, los queridos taxistas que te odian profundamente, las furgonetas que llevan curritos que se ríen de tí o los de autoescuela que suelen respetar más que nadie, hasta los muchos que medio respetan las normas, aunque el tema intermitentes y velocidad adecuada no lo tengan controlado. Y los autobuses y camiones, otro tema... es como ver pelear a una sardina contra un cachalote. Divertido.

Los vehículos a motor han mejorado en Madrid. Se han pacificado. Resignado, más bien, a ver tanta bicicleta. Pero toca el turno a las bicis. Desde que hago los trayectos mencionados, veo bicis, sí. Muchas. Quizá puedo contar unas 40 o 50 diferentes al día. Un poco de agua en el océano del vehículo a motor. Pero es algo. Sin embargo, y es lo que me preocupa, en comparación, de esas 40 o 50, la mitad son verdaderos sobrados. No diré "ecofascistas", que me lo han llamado a mí también, pero algo así. 

Suelen ser personas con equipación full o de calle, da igual. Suelen llevar carretera, montaña o BiciMad. Suelen llegar al semáforo y saltárselo en cuanto pueden (yo, los peatonales, lo hago, y algunos, si son seguros, también) y lo peor de todo, suelen caracolear el tráfico y, de pronto, sin señal ni preaviso, saltar a la acera. Tal cual. Mediana de la Castellana a calzada, así. Chimpún. Toman por sorpresa tanto a vehículos como peatones. O de pronto pasan un paso de cebra rápidos, montados, obviando que eso es peligroso también. Y señalizar... como algunos coches, lo justo y da gracias. Yo también, los viernes, sobre todo, si hay aglomeración (especialmente, antes de Colón) me voy a la mediana, pero parando en un paso de cebra, desmontando, cruzándolo y luego montando en plan paseo. Y el regreso, cuando es seguro al semáforo en rojo. No soy santo, soy superviviente. Pero lo otro raya a veces la locura. Y es mala educación.

He leído debates, comentarios, trifulcas... abomino del "bike power" que se considera moralmente superior por usar bici. Abomino del que actúa como un prosélito fanático, aquí con bicis, en otro lado con una Biblia. Abomino del flipado que se cree inmortal por llevar bici (otro día hablo de monopatines, patinetes y patines, que son telita) y que te echa discursos o se cree con derecho a hacer lo que quiera. Abomino de todo eso. Y me resigno, a mi pesar, a vernos condenados a tener en un día cualquiera de estos un seguro, una matrícula, un impuesto para circular. Va a suceder. Nos van a institucionalizar, y con razón. Es cierto, reducirá el número, de las 50 que veo pasarán a 25. Y faltará otra cosa; carriles de verdad o educación vial. ¿Compartir calzada? Claro. Pero de verdad... Y entre medias, como siempre, en los claroscuros del debate, unos te posicionarán en un polo y otros en el otro, cuando ambos se derriten ante la luz de la verdad (poesía barata OFF)

La bici está en guerra. Porque, como siempre en nuestro país, nada entra con alegría, suavemente, sin ruido ni molestias. Exacerbados los ánimos de unos y otros, nada camina por un camino plácido, siempre por los dientes de sierra oxidados de nuestro cerebro hispano. La bici es un medio imbatible en cortas distancias en la ciudad, y más ahora que empieza a existir el motor auxiliar eléctrico. Los coches y la industria es un sistema devastador, tanto de recursos como de medio ambiente, y de salud, por supuesto. Las enfermedades respiratorias de ahora no tienen parangón. Lo veo todos los días. Contaminación pura. Me remito a otra entrada anterior. Quien justifique el "mi coche, mi libertad", no es consciente, no quiere serlo o simplemente es malvado. Es útil, claro que sí, pero, pudiendo usar otros medios menos contaminantes, colectivos, públicos, habiendo capacidad de elegir opciones menos malas, recibe para mí un calificativo. Egoísta el más suave. El coche acomoda, pero también atrofia la mente (y el cuerpo por la contaminación). La utilidad no elimina lo perjudicial. Pero mientras la bici siga en su aura de beatitud sin mácula, falsa y ridícula, la guerra seguirá, numéricamente, perdida. Moralmente, mientras siga en sus trece de "pues hago lo que quiero", también. Quizá todos los que pedaleamos deberíamos reflexionar. La educación se da con ejemplos, también. 

De todos modos, no me hago ilusiones. "¿Valen excusas, mi capitán?", decía mi madre cuando me inventaba cien para no hacer algo que debía, que sabía, en mi fuero interno, que tenía que hacer. Me frustraba, airaba y quejaba, trasladaba a otros la ira y les acusaba de lo que yo, claramente, sabía era culpable. Excusas. Siempre excusas. Somos españoles.

Un saludo,

lunes, 7 de diciembre de 2015

¿Qué uniría a la humanidad?

De sobras es conocido, gracias al cine y la literatura, que lo único que uniría a un sapiens de diferente pigmentación y latitud sería una invasión alienígena. Tal como suena. Desde "V" lo hemos visto (aunque ahí era un trasunto del nazismo) pasando por "Independence day" o tal. Quizá, para mí, la más interesante de las novelas sobre el tema son las de "In the balance" de Harry Turtledove, porque logran un efecto sorprendente; empatía hacia el invasor... 

Sin hacer muchos espoilers de esos (o dicho en mal castellano, desvelar la trama, ser un chotas, bocazas) diré que el argumento es el de (casi) siempre. Una flota alienígena llega a los aledaños del planeta Tierra en el año 1942. Eso es, plena guerra mundial. Y empiezan mal, pues lanzan varios pepinazos nucleares contra la atmósfera pensando que aquí ya hay internet y esas cosas. Después invaden y se llevan la sorpresa. Los alemanes están tan endurecidos que un enemigo más no les importa. Los rusos sufren la de Dios. Los japoneses siguen luchando contra todos. Y los americanos reciben la del pulpo. Curiosamente, los beneficiados son los judíos, como suena. En los campos de Polonia, reciben a los alienígenas como salvadores (lógico...) y les ayudan contra los nazis y soviéticos en su programa de colonización del planeta. Oiga, yo también lo haría...

Así que ni con esas todo el mundo se une. "Mars Attacks" ya demostraba la estupidez que podría aflorar en una invasión alienígena gamberra. Y, no sé por qué, pero siempre he sospechado que habría colaboracionistas al más puro estilo "V" y tal. Que somos especie, pero no idiotas. Así pues... ¿qué uniría a la humanidad?

Quizá nada. Es la triste realidad. Somos partículas desagregadas de un todo que hemos fragmentado gracias a la cultura, venciendo a la biología. Somos entes individuales egoístas y llenos de celo por lo inmediato, nunca por lo que sea futuro. ¡Futuro! El lugar donde pagarán nuestros nietos nuestra deuda con el planeta...

De esta manera, me pregunto... ¿sabemos ya a quién votaremos en las elecciones? Ni con debates o teletiendas lo decidimos, al final es la glándula segregadora la que decide. Porque no nos une nada. O quizá sí. Pero aún no lo hemos descubierto...

Un saludo,

sábado, 5 de diciembre de 2015

Contaminación.

Cualquiera que viva en una ciudad moderna sabe lo que es. Una boina de color parduzco y picor en la garganta, mucosidad irritada y ojos llorones. Asma. Toses dignas de un dispensario para tuberculosos. Pero se asume como algo normal. Como las muertes por tabaco o las muertes por accidente de tráfico. O esas de un rayo que te da y te electrocuta.

Quizá el asumirlo como algo normal no sea tan normal. Quizá sea una propaganda de una industria que vive de alimentarse de esto. Extraer petróleo (los países árabes, Venezuela, EEUU, Rusia, ¿les suena? Sí, conflicto moderno geopolítico del copón...) para refinarlo y venderlo (barriles al alza, a la baja, crisis políticas si a unos como la OPEP en el '73 se les pone...) y alimentar esa vasta locura que llaman "parque móvil". Quizá vasta locura porque se planteó, desde los años 50 en EEUU como el triunfo icónico del capitalismo o "american way of life". Cigarrillos anunciados en grandes carteles de la ruta 66 que te hacían sonreír justo antes de pillar mal la curva y estamparte contra el cactus que crecía en medio de unas rocas. Y vasta porque se exportó a todo el mundo. "Mi coche, mi libertad". Libertad. La libertad es consumir de todo... y ser consumido por todo. Quizá esa sea la mayor contaminación de todas. La ideológica, tan bien imbuida que creemos natural.

El mundo es finito. Lo creamos o no. Y que 600 millones de occidentales, más unos 100 de rusos, más ahora casi 1000 de chinos, más 500 millones del resto consumamos petróleo, carbón en las fábricas que alimentan la electricidad que permite mover fábricas donde millones trabajan a destajo (¿ese es el proletariado?) que producen millones de productos que consumen millones en el mundo tras transportarse en miles de barcos con miles de contenedores por los mares aceitosos y llenos de plástico hasta los puertos arruinados de decenas de países, es, en suma, lo que mantiene la máquina del capitalismo en funcionamiento. Produce, consume, tira. Entre medias, en los engranajes, no somos más que otra pequeña pieza que puede morir de cáncer de pulmón por fumar o inhalar el fétido aire que está contaminado por nuestro sueño de consumir.

Churchill tuvo una idea revolucionaria, que fue equipar a los temibles barcos de la Royal Navy con motores alimentados por derivados de petróleo. Adiós al carbón. Hola a los conflictos nuevos del futuro. Irán, Irak, el Golfo... y con eso, y la nueva y grande revolución financiera (acuña 1 billete que luego moveremos ese billete tan rápido que parecerá que hay 10000) creamos nuestro mundo. Y la contaminación.

En Madrid hay un protocolo que nunca se activó por quienes lo crearon (el PP y su inefable alcaldesa, Ana Botella) pero que el nuevo gobierno de Carmena ha usado y, de paso, tras multas europeas, actualizado (ahora, los medidores ya no están en parques verdes aislados... gran lugar para medir la contaminación real). Es curioso, pero he conocido gente a la que eso ha escocido, y por diferentes razones. Que si el trabajo, que si las visitas, que si mi libertad de moverme... libertad... ¿capitalismo?

Desde que me mudé a mi nuevo hogar tuve la suerte de poder combinar el tren con la bicicleta. Suerte, de verdad, porque no todo el mundo tiene esa opción, salvo si vives y trabajas en la ciudad. O cerca y bien comunicado. Cuando he hecho comentarios acerca de lo bien que sienta (son 12 kilómetros de regreso, que despejan, y aunque sean casi todos cuesta abajo, permiten hacer un ejercicio moderado que se siente) he tenido respuestas muy radicales, producto, supongo, de la mala conciencia o la soberbia creencia de que menoscaba la libertad ajena. Yo no creo que la imposición sea la mejor política, pero sí que es la que, a corto plazo, funciona, y puede crear luego costumbre que dure más tiempo (si no, vean el plácido franquismo qué sociedad nos ha legado 40 años después...) y si se acompaña de educación, pedagogía, ejemplo, pues mejor que mejor. Una quimera. Pero desde luego, tras un año pedaleando por Madrid (y lo hago por cierta conciencia, por ahorro, por deporte, y porque llego antes a mi casa que usando otros medios de transporte, incluído coche) he tenido reacciones de todo tipo. Me han llamado muchas cosas, incluso me han deseado la muerte (un taxista, no hace mucho, en plena Castellana) pero no por ello me siento ni mártir ni con ganas de esconderme.

Cada uno que haga lo que crea conveniente, pero que luego, si no llueve en Madrid, no piense eso de que la contaminación es culpa del clima seco. Clima que, por cierto, nos estamos cargando y nos da igual. Y, desde luego, no me siento ya beligerante con depende qué personas, pues esos tiempos en los que yo creía que podría razonar, convencer con argumentos, dialogar, discutir un tema, ya han pasado. Me quedo con una de mis últimas discusiones, con una de mis compañeras "señoras qué" de 55 años en el trabajo. "¿Que apostatas? Pues eres idiota, la verdad, eso es una tontería". Mi respuesta fue simple. "Se trata de respeto. Cree en lo que quieras, pero no taches mis ideas de estúpidas porque puedes recibir la misma consideración hacia las tuyas". Sin saber qué responder, quedó en un "pues me parece una tontería y punto".

Y punto... en fin, mientras las urgencias se sigan llenando de niños que tienen pulmones tocados, a mi hijo le tenga que poner aerosoles, y vea multitud de casos, en mi mismo hospital por ejemplo (han crecido en los últimos años espectacularmente...) seguiré pensando lo mismo. Tu coche, bien. ¿Y nuestra libertad de respirar aire sano?
Un saludo,

jueves, 26 de noviembre de 2015

Franquista o antifranquista.

Tenemos el eterno debate, el que nunca muere. Franco, sí, es malo, pero olvidáos ya de él. O Franco, sí, es muy malo, muy muy malo, no podemos olvidarnos de él. 

Tanto unos como otros juegan con el recuerdo y en el camino la Historia y la verdad histórica lloran como una niña. Se crean dos bandos (juas juas juas) y se pegan dialécticamente; que si la República llevó a la Guerra Civil, que si Franco intentó salvar a España de una República malvada... 

Ya lo he dicho muchas veces. Somos idiotas. Hablamos de la Guerra Civil (la de 1936-39) como si fuera la única. En el siglo XIX hubo más, 3 o 4, más revueltas, más revoluciones, más algaradas, más guerras y pérdidas coloniales. En 1936 España no estaba aún en el siglo XX. Éramos como esos jeques que empuñan AK-47 y gritan "Allah Akbar!" cual guerrero del siglo XV. Vivíamos en un extraño siglo XIX aún envuelto en brumas de nostalgia y melancolía mientras que el resto de Europa iba a otro paso. La República trató de forzar el paso, usando políticas probadas en la Francia revolucionaria (reparto de tierras, mejora de la educación, secularización de la vida civil, fomento de obra pública para empujar la economía...) pero eso es como si un hombre de hoy se marcha a Raqqa a charlar de derechos de las mujeres. Y el ejército era todavía una amalgama de oficiales (muchos, muchísimos, tantos que nuestro ejército estaba hipertrofiado con cabezas de manera que había un general por 20 soldados o así) que vivían inmersos en esa nostalgia y melancolía que falsean la memoria. Y encima, con guerras en África que les convirtieron poco menos que en carniceros sin cabeza.

Así pues, Franco o no Franco. Francamente, querida, me importa un pepino, podría decir. Yo nací un año exacto después de la muerte del dictador (que no murió cuando Primo ni Durruti) y por tanto podría decir que yo no he vivido el franquismo. Falso. Lo vivo, lo vives, lo vivimos aún. Vivimos una sociedad tallada durante 40 años que no ha muerto 40 años después.

De todos los resultados de aquello, puedo asumir argumentos de las dos partes. Que hay que mirar adelante y tratar de no morir de pasado. Pero claro, eso se puede si todo se resolviera. Si no quedaran asesinos del tardofranquismo impunes y por la calle. Si no existieran miles enterrados en cunetas sin saberse dónde. Si no hubiera recordatorios en forma de calles flagrantes (no son tantas, pero las que hay...) y si la izquierda no siguiera jugando el papel de virgen inmaculada y limpia de pecado (en 1934 no intentaron una sublevación, no...)

Así pues, si eres franquista, mis respetos por tu vacío craneal a juego con tu estética seguramente bertinesca y rancia. Si eres antifranquista, mis respetos por tu acriticismo sin preguntas ni fisuras. Y si eres cualquier otra cosa, por ejemplo mujer, pelirroja y zurda, con ojos verdes, llámame sin que se entere mi esposa...

Un saludo,

lunes, 23 de noviembre de 2015

Confusiones

En los últimos años me siento muy sabio. Como si comprendiera todo, encajaran las piezas y tuviera un cuadro claro aunque inmenso. Es mentira, hay muchos huecos y hay piezas encajadas a golpes, pero eso da igual. Hoy hablaré de una gran confusión entre dos palabras. Justicia y venganza.

De siempre la humanidad ha buscado venganza. ¿Y por qué no? Si yo tenía un precioso bifaz afilado y el homo neandertalensis ese me lo quitaba, no pensaba en hacerme uno nuevo, si no en machacar su prognático cráneo con un canto rodado del río. Era MÍ bifaz, cojones de bisonte. Ya con Hammurabi se llegó a codificar eso claramente, hace unos 5000 años. "Que usted mata una cabra al vecino, él le toma tres. Que usted se folla a su propia hija, largo de la ciudad, pederasta incestuoso. Que su hijo le levanta la mano, se la corta". Eficaz, ¿no? Pero ya lo llamaban de pronto de otra manera. "Justicia". Sutil concepto nuevo y diferente del de "venganza". Ya no era un simple "me jodes, te jodo vivo". Era algo más. "Oye, si todos joden así, parecerá una peli de Tarantino, un poco de por favor..."

Vale que la "Justicia" ha sido puñetera siempre. Porque lo tiene que ser. Los que manejan el cotarro, los que mandan, los de arriba, los putos amos, los de siempre, lleven chistera o celada y grebas, fumen puro o masquen cordero asado, siempre, han sabido que la venganza calma al tonto y la justicia pone en peligro su posición. Por eso la "Justicia" es una mujer vendada y con una balanza. La espada, más fálica, es para adornar. El poderoso, normalmente hombre, sabe follársela y además a lo "50 sombras", que así, vendadita, no sabe quién le peta la "Iustitia".

Ya he dicho mil veces que me quedo como filosofía política aquel diálogo de "Los profesionales", donde, ya no recuerdo si contemplando el ataque de un tren gubernamental mexicano por los "coloraos" (ahí hablan de justicia o venganza, según se mire...), o antes, dice Burt Lancaster aquello de:

"Tal vez sólo haya una revolución, desde siempre. La de los buenos contra los malos. La pregunta es... ¿quienes son los buenos?"

¿Quiénes son los buenos? Quizá aplicando el "cui bono" podemos ver quiénes no son los buenos. Pero es relativo. Quizá viendo qué nombres pueblan las lápidas (si da para pagar una) se sepa también quiénes pudieron ser los buenos. O quizá no hay buenos. Solamente malos y menos malos. Por eso, si queremos justicia, ¿hay que dejarla en manos de los menos malos? ¿sería Robespierre un ejemplo de "el menos malo entre los malos"?

Seamos sinceros. Todos queremos venganza. Cuando algo nos pasa, no pedimos justicia, pedimos venganza. Por eso existen los padrinos de las mafias y los políticos con o sin escaño. Si un tipo nos pifia un día, no queremos devolvérsela en justicia, queremos que trague triple mierda por ello y de paso coja un cáncer. Si nos roban la cartera, únicamente nos falta inscribir una tableta de plomo con maldiciones gitanas como hacían los romanos. No pedimos justicia. Cuando el padre de turno en la tele clama por el asesinato y violación, no sé en qué orden, de una de sus hijas, no pide 20 años de cárcel sin revisión por buena conducta y sin privilegios ni tele. Pide que emasculen al que la violó y mató y si es posible, le manden de putita a una cárcel panameña con una diana en el culo. ¿Creemos en la justicia? Pues no.

Me dirá alguien que cree en la ley. Je, je, je je je. Me río a lo Ernest Borgnine en "Grupo Salvaje". La ley, de nuevo, es el intrincado lazo que envuelve la justicia, perdón, la venganza, siempre atado por los de arriba, los que mandan, los de siempre. La burocracia, como bien sabía Stalin, es la llave de todo. Bueno, Stalin, Beria, Fouché y cualquiera con dos dedos de frente. Maneja los papeles y nadie querrá salir en ellos, dejándote hacer lo que tú quieras. "¿Qué le dijo al juez para que cambiara el jurado?" pregunta Andy García a un Kevin Kostner resabiado de "Los intocables de Elliot Ness". "Que su nombre estaba en el libro (de sobornos de Capone)". Torcer la ley para hacer justicia. O algo así.

En fin. Esa es la confusión de que quería hablar hoy. Y luego, que cada uno piense en ello, desde la actualidad francosiriana a su vecino que le roba el wi-fi. ¿Aún diferencia justicia de venganza? ¿existe la justicia?

Un saludo,


domingo, 15 de noviembre de 2015

Religión de paz.

Es frecuente escuchar, cuando hay un atentado donde alguno de los autores grita lo de "Alá es grande", que eso es aislado, no representa al milmillonario mundo de los que profesan el Islam y que ésta es una "religión de paz".

Bueno, lo mismo se dice del Cristianismo y del Judaísmo. Y si se lee un poco lo que escribieron los iluminados que iban al dictado de su divinidad, verán que encadenan proclamas a la masacre genocida con llamamientos a poner otra mejilla. Vamos, un sin Dios. Ninguna es tan religión de paz como de guerra. Todas son lo mismo, excusas para configurar un mundo social determinado.

Desde que leí a Marvin Harris no tengo respeto a religión alguna, ni creencia, ni nada. Algo que Harari terminó de rematar cuando dejó claro que todo invento humano (religión, derechos humanos, democracia) es eso, invento sin más. Invento que parasita mentes. Y las palabras, otro invento, son meros instrumento de fuerzas más reales que pretenden objetivos más reales. Reduciendo, triunfar, sobrevivir, prevalecer. Y no se gana con palabras, si no con hechos. Estaba muy bien decir en 1944 que los Aliados luchaban por la democracia (con la URSS al lado, democracia que molaba mazo a Churchill) y la libertad y todo eso, pero lo cierto que sin tanques ni ametralladoras que derribaran a los alemanes y aliados no valía para nada. Por cierto, los nazis (salió, salió, el tema nazi salió, en el tercer párrafo...) creo que invadieron algunos países, incluyendo los bálticos, en nombre de la libertad. "Sí sí, venimos a liberaros de tío Iosef, pero vamos, que id poniendo en fila a los judíos y comisarios políticos que a esos los primeros". Aunque ahora que pienso, antisemitas polacos o letones había a puñados. Un, letón o lituano, mató a casi 100 judíos a garrotazos con la sonrisa cómplice y aplauso de la población. Hay fotos...

Eh, me desvío. Palabras vs hechos. Pues nada, el viernes 13, como en una mala producción de serie B americana, varios tipos con Kalashnikov (primera pregunta, ¿de dónde sacaron las armas y municiones? ¿y los explosivos? ¿y cómo los entraron en París? Aunque el tráfico de armas es como el de drogas, hay mucho más de lo que nos creemos, es la pasta... segunda pregunta, ¿y la pasta?) se dedicaron a sembrar pánico y terror en las calles y una sala de conciertos, al parecer, de la que más éxito tenía en la ciudad. Más de 100 muertos y más de 100 heridos, miedo, desinformación (que si el pasaporte sirio, que si había más, que si el tren descarrilado...) y objetivo cumplido. Hechos. ¿Palabras? Aquí estáis leyendo algunas más.

Ninguna religión es de paz. Quede claro. Ni ideología. Todo es impuesto, no razonado. Ya sea rápidamente por la sangre vertida, o lentamente por el tiempo de la aceptación o resignación. Por eso me echaré un par de risas cuando me digan que "el Islam es religión de paz y eso no nos representa". Claro, y ni todos los vascos eran ETA (anda, en el 5º párrafo... qué tarde llega) ni todos los catalanes independentistas aunque hablen que no les entiendan algunos castellanoparlantes. El Islam no es religión de paz, es religión y punto. Y como toda religión e ideología, busca prevalecer por medio de violencia, la que sea, ya coercitiva (qué bien les viene a los países del petróleo golferas, digo, del Golfo pérsico) ya amenazante ya real. Que aquí también tuvimos hasta no ha mucho esa religión de paz llamada nacional-catolicismo donde los capellanes hacían de comisarios políticos y sociales. Y había palizas, oiga... 

Yo no acuso de violento asesino o psicópata al creyente, crea en lo que crea (cristianismo, islamismo, democracia...) pero sí me queda claro que su búsqueda de sustento intelectual para no convertir su estancia en la vida (real) en una nihilista sinrazón (sin Dios) está siempre en un frágil equilibrio. El de saber que la razón machaca todo parámetro de la fe, que es, al fin y al cabo, amígdala bombeando sentimientos. Y que las creencias, al final, generan un marco apetitoso para sacar al redentor que todos llevamos dentro, como un cuñado en cena de familia, siempre repleto de respuestas a todo. Aunque ni siquiera se haya hecho las preguntas.

Tampoco voy a decir que mi postura es la mejor, esa del hedonista ético que a la carta escoge sus valores, descreído de creencia alguna. Porque también tiene afectación social, aunque no maneje Kalashnikov o arma similar (no sabía dónde comprarla y ningún gobierno con mi "ideología" me provee con dinero o recursos que me lo permitan...)

En fin. Hoy he rebuscado en algunas suras (versículos del Corán, vaya) y sigo pensando lo mismo. Qué batiburrillo. Ahí puedes interpretar lo que quieras, aunque en general induce a ser un psicópata. Seguro que más de un musulmán lo lee como los indios ahora "Mein Kampf", como un libro de autoayuda. Qué cosas.

Un saludo,

martes, 27 de octubre de 2015

La compuerta.

Un extraño bullicio de ideas se agolpan en mi mente. O cabezota. Lo jodido del asunto es que no pueden salir, ni siquiera tamizadas, porque una compuerta amplia retiene todo. A cambio, se ha abierto una esclusa diferente, un canal que no conocía y se ha ido construyendo estos últimos años. Dice algo así como "Paternidad".

Es jodido, en serio. Tengo una idea. Y de pronto, ésta se difumina, vibra como un mal holograma en una peli de Ci-Fi B. Puede que esa idea ramifique y fertilice otras, pero no. Suele fosilizarse y crear una espina rígida incapaz de crecer, pero difícil de romperse. Se convierte en un proyecto más. Abandonado o aparcado, según se quiera tener esperanza en él. A esa idea le siguen más ideas, y más, y parecería que cultivo un vergel paradisíaco en mi sesera, lo que no es verdad. Tengo, simplemente, una presa que retiene tanto y tanto que no sé cuánto aguantará.

Por eso, de cuando en cuando, la compuerta no puede más y se activan los automáticos de la desazón y la sinrazón. Filtra, salen cosas, ideas, palabras, frases e incluso párrafos completos. En ocasiones puedo apuntar todo eso, como quien cuenta las gotas de agua que fluyen desparramándose en el salto de la presa, pero las más, se vierten al vacío y se mezclan con el charco del fondo, con el afluente lateral o el río general. Y se pierden para siempre en el mar de la indiferencia y el océano del olvido. Qué poético. Pero qué cierto, joder.

No culpo a nadie de eso. Cuando comencé mi vida laboral, siguiente paso en la institucionalización de todo individuo en nuestros días que quiere tener un cierto "éxito", comencé a embalsar. Embalsé mi deseo de hacer una carrera de Historia. Embalsé los relatos y las palabras que enladrillaban su fachada. Embalsé las ganas de rebelarme cada mañana al sonido del despertador, de contestar a las hirientes falsedades que proclaman todos en su ánimo robótico de hacer sociedad. Embalsé sueños variados. Y, de pronto, un día, las esclusas dejaron salir arroyos o torrenteras. Y salió un libro. Y salió la decepción y realidad de la carrera. Y salió la rebelión de baja intensidad, la respuesta sonriente pero afilada. Salieron muchos sueños. Uno se convirtió en realidad. Se llama Daniel.

No culpo a mi hijo de mi estado actual de embalsamiento. Trabajo, hijo... y una relación que se ha convertido en contractual pero llena de amores y deseos cubiertos por ropa de bebé, cunas, chupetes, biberones y colchas con dibujos animados. La presa acumula cada vez más y más agua, pero hay fugas de la conciencia, o de la inconsciencia, que permiten que aguante y no haya grietas. O eso creo. Quizá porque la compuerta sigue funcionando, a veces en forma de entrada en este blog, a veces en forma de relato, a veces en forma de historias de rol (maldigo a los creadores de La Llamada de Cthulhu, carajo...) o personajes y trasfondos e historias. A veces, simplemente, de noche, soñando.

Y menos mal que aún puedo leer todos los días algo. Si un día quisieran encarcelarme, lo tendría crudo. No podría hacerme un ajedrez o tallar figuritas. Quizá tampoco hacer música. Y solamente me podría quedar, como a Sade y otros grafomaníacos, que alguien me pasara papel y boli o lápiz para recrear historias ya leídas o inventar otras nuevas, so pena de volverme tan loco que acabaría dibujando letras con mis heces. Algo que, por otro lado, quizá no está lejos de lo que ya sucede...

Un saludo,

lunes, 28 de septiembre de 2015

Alejandro Carneiro y Enrique Santamaría

Las dos personas que encabezan la entrada son especiales. Primero, porque junto a un gran Roberto Pastrana y otro corrector, Paco Gómez, han sido el entramado básico de la magnífica revista Stilus, en la que hice algunas colaboraciones lamentables. Roberto fue el que aglutinó los esfuerzos (aún lo hace) y permitió a estos grandes escribir sobre temas que aún continúan en Tabula (para fortuna de lectores como yo) y que no suelen tener cabida en otras revistas demasiado canónicas.

Pero también lo son, en segundo lugar, porque son autores de libros. A Alejandro le conozco desde hace casi 15 años, desde cierta reunión de flipados novorromanos en Mérida, donde ya me conquistó en persona como lo había hecho en la pantalla de los egroups de entonces. Otra vez le he vuelto a ver en persona, pero menos de lo que querría. La nuestra es de esas relaciones a distancia de click y pantalla de por medio. Tiene Alejandro relatos, cuentos, que son muy especiales, repletos de fantasía que bebe de sus tradiciones, y no me refiero únicamente a las gallegas. Desborda, cuando leo algo suyo siento que toda la paleta de colores, casi de forma barroca, se despliega generosamente ante mi vista. Como todo aquel con un estilo personal, puede gustar o no. Pero no le pueden negar el desbordamiento de la gris realidad, al menos... ni su fascinante conocimiento del mundo antiguo (como el de Paco o Roberto, otros dos pozos de sabidurías nunca secos)

Tiene Alejandro varios relatos y una novela que he leído, "Cuentos de Artifex" y "Tempus Vesanicum", y ahora una nueva, "Los gomorritas", en recámara. No os lo perdáis...

De Enrique puedo decir que ha sido para mí una sorpresa. Acabo de empezar su primer libro, "Publio Vitelio Longo y la fábrica de dinero", de resonancias muy actuales, pero novela histórica. Enrique también ha sido parte de ese entramado de Stilus, y por tanto, persona de valor y capacidad. Por ello, cuando supe que presentaba novela en la Feria del Libro, traté de ir... pero a mi pesar, esto de la paternidad, reduce a una sexta parte los planes que uno cree que puede cumplir (no hablemos de los que sueña cumplir...) así que me tuve que "conformar" con comprar el libro un día y comenzarlo, tranquilamente, en casa. Una sorpresa. Y grata. No es pesado. No es didáctico o dictatorial, a veces entremezclo ambos términos en cierta novela "histórica". Es interesante, y tengo ganas, sin duda, de acabarlo calmadamente y escribir a su autor para comentarlo.

Stilus es una época especial. El trabajo personal de Roberto, su esfuerzo, su calidad, logró aunar algunos de los mejores momentos de algunas de las peores personas que conozco. Peores por su comportamiento, por su hipocresía o falta de empatía. Pero que en esa revista escribieran tantos y tantos, y algunos, como Alejandro o Enrique, tengan después estas novelas, me satisface tanto que no quiero olvidar el semillero donde les conocí. Esos puntos de encuentro de tertulias para ellos cuatro, que aún continúa en Tabula, que aún tengo el placer de mantener de cuando en cuando con alguno de ellos, son un gusto del que relamerse y pensar que no todo tiempo es tiempo perdido.

Gracias, Alejandro, y gracias, Enrique, por vuestras historias. Que no sean las últimas y la fertilidad os sea propicia... más que nada, por egoísmo propio de lector.

Un saludo,

lunes, 14 de septiembre de 2015

La mordaza del pan.

Fiestas de Aranda. Aparte de encontrar todo tipo de tipos interesantes, de mezcolanzas en lo tradicional y moderno, de pasear al crío, visitar a la familia, comer riñones a la brasa (manjar divino en El Lagar...) o dejar que la hierba me cosquillee los pies en la finca de mi suegro, tengo un rato adulto, con el pequeño dormido en custodia de su abuelo, para charlar con el marido de una amiga de mi mujer.

Seré breve. Trabaja en una empresa que tiene un monopolio en Castilla y León, y que decidió, para mantener sus beneficios, pingües, se dice, o de pingüinos (por los trajes de boda, supongo) que el 20% de rebaja que le imponía la Junta en sus tarifas "públicas" lo iba a compensar con un 20% de reducción en los salarios de sus empleados. Así, a lo crudo. Lógicamente aquello encabronó a los empleados. Les unió. Hubo gente con miedo que recordaba lo mal que va todo y cómo se aprovechan ciertas empresas, y que mejor callados ganando algo que no en el paro y jodidos. Pero muchos no. Él fue uno de ellos. Hablaron, primero, pidiendo que la cosa se negociara en condiciones (el convenio expiraba y, ¡ay! con estas reformas, dejaba mano libre al empresario, que todos sabemos es un benefactor de la humanidad y el empleado que tiene a su cargo) pero no funcionó. "Quiero mantener mi yate", imagino que pensaría uno de los del lado encorbatado. Sindicatos al ruedo, pues. En una villa así, todo se sabe. Y pronto en la panadería donde compran esa magnífica torta de aceite le señalaban pensando, por lo muy bajini o bajuno, eso de "rojo..." Pero es que era esa torta la que se jugaba. Y la de su mujer y su hijo y tal. Nada. Movilización, huelga, información, paros... hasta que deciden, casi de manera final y sin más alternativa (salvo, quizá, la que conocen mis compatriotas leoneses y asturianos, que te meten clavos, tornillos y pólvora en un tubo hierro y te lo lanzan, sin más, mineros y astillados ellos... pero eso ya no es "cool") encerrarse a modo de protesta en un edificio público de la Junta para exigir un convenio más justo y que no sea lo de siempre, esto es, que el beneficio sea a costa de. Que siempre es. Ahí viene lo bueno. Un par de días antes entró la famosa "Ley mordaza" en vigor. Entrar en edificio público y alterar su funcionamiento sin permiso (¡esta es genial, sin permiso! total, un edificio público no es de todos, es de... espera... me he perdido) miles de euros de multa, incluyendo prisión y señalados en la calle. No les denuncian los sindicatos, si no la Guardia Civil, de oficio, porque "alguien" les manda allí (siempre hay alguien que manda cumplir órdenes y luego están quienes las cumplen... pero de quienes las incumplen... otro pan del que hablar en otro momento) y les piden que salgan y eso. Los sindicatos (que existen, oiga) deciden torear el bicho y les meten en una sala de uso sindical que así no molestan ni perturban el normal funcionamiento del edificio público (queda mal que el diputado salga con sus corbatas a juego con sus correas, digo, cinturones, o como sea en alemán, y vea a tantos desharrapados que usan la nueva alpargata, las deportivas sucias hechas en China) pero claro, descafeinando la protesta. Pero oye, la cosa sale adelante. Un político de IU (el único de su formación) toca las narices en la formación de la nueva Junta, y los podemitas e incluso los PSOE (que alguno recordó la O, o no, la P de publicidad) apoyan a los encerrados, piden solución y... tachán. Llega. Convenio más justo, salarios más dignos, y final feliz.

Los cojones. De los delegados sindicales, dos ya amenazados de despido (que es que eso de protestar es muy feo) y otros currelas significados, ídem de lo mismo. Malos tiempos para el sindicalismo, una crisis (real, ficticia, qué más da) se lleva todo por delante, hasta el placer de comprar el pan que come y que, si no compra, un día dejarán de hacer por falta de consumidores. Y claro, uno se sorprende, cabecea al escuchar, se traga varias palabrotas y luego piensa lo mismo, a lo Reverte (juro que no me he inspirado en su estilo para esta entrada...) que es eso de "cuanto hijo de puta, y qué poca munición tengo".

Un saludo,

martes, 1 de septiembre de 2015

Matrimonios ejemplares

Retomo el blog para hablar de algunas series. "The Americans" y "House of Cards". Sin olvidarse de "Matrimonio con hijos". ¿Por qué? Admiro los matrimonios que componen las dos primeras, especialmente "The Americans". 

La premisa es sencilla. Agentes especiales de la KGB en suelo americano, años 80. Tienen 2 hijos, un niño y niña. Infiltrados a más no poder. Llevan una agencia de viajes, tienen casa en Washington con jardín y esas cosas, viven al lado de un agente del FBI (Stan... será coña, pero no lo es, como "American Dad") y, sobre todo... ¡hacen el desayuno todas las mañanas! ¡controlan los deberes de sus hijos! ¡les llevan a extraescolares! Y en medio, roban planos secretos, sabotean, espían, matan... Su matrimonio tiene altibajos, claro que sí, pero más por la forma de educar o afrontar retos con sus hijos que por las misiones que comparten. Y son tan condenadamente competentes que me hacen sentir filfa. A mí poner un lavavajillas me cuesta horrores. Ellos en ese rato han matado a un diplomático francés y se han desecho del cuerpo. Si me pongo a colgar lámparas, tardo horas. En ese tiempo han robado un par de secretos de los EEUU sobre submarinos o sobre la Guerra de las Galaxias. Y caen bien...

Luego tenemos "House of cards". Es otro tema. Sin hijos (aunque los hijos tienen una influencia muy profunda en la serie, más de lo que parece...) son el matrimonio-sociedad perfectos, o casi. Complementan, trabajan como una empresa, logran... y se quieren. Fríos en apariencia, pero no tanto. Perfectos también. Joder, y a mi mujer y a mí nos cuesta a veces horrores coordinar agendas para irnos de cena... y ellos entre tanto han logrado la paz en Oriente Medio y un par de acuerdos con los rusos e israelíes.

La realidad se parece más a "Matrimonio con hijos". Aunque no seamos una "white-trash" tan clara, es lo más veraz. Las comedias, como siempre, muestran desde la ficción la verdadera cara de las cosas.

En fin. Estoy deseando ver cómo afrontan los retos en la nueva temporada los Jennings. Ver cómo hacen las cosas (he aprendido un par o tres de trucos en la crianza de hijos que me gustan... estos comunistas... :D ) y, sobre todo, babear de lo bien que lo hacen siempre. Y aunque yo sea más bien un Al, y mi mujer tire a Claire Dunphy, seguiremos admirados de la habilidad de esos dos para cumplir sus misiones. Y algunas arriesgadas, como hablar con su hija mayor... 

Un saludo,