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lunes, 25 de mayo de 2015

¿Quién ha ganado en la Comunidad de Madrid?

Muchos estarán aplaudiendo los resultados de Carmena en el ayuntamiento de Madrid, felices por haber (piensan) sacado a Aguirre de la alcaldía por la mínima. Muchos hacen peinetas a sus exabruptos y salidas de tono, ocurrencias y volares. Muchos piensan que ha sido una victoria. Yo veo una derrota.

¿Cuánto se gestiona en el ayuntamiento de Madrid? ¿cuánto en la Comunidad de Madrid? Ahí va el juego. Hemos perdido, señores. Las izquierdas han perdido (ni menciono a IU, más que nunca, insignia de la Izquierda Hundida) pues en la Comunidad gobernará previsiblemente Cifuentes. Y eso lo ha logrado en gran parte Aguirre.

No sean bobos. Aguirre ha hecho buena a Cifuentes. Muchos han visto que esta mujer era moderada, progresista y mejor en todo comparada con Aguirre. Mientras muchos estarán señalando la salida de la política a Aguirre, ésta estará preparando la estrategia para las Generales. ¿No lo creen? El PP no lo ha hecho mal. Ha aguantado muy bien en el punto neurálgico. La Comunidad seguirá gestionando esos dos puntales de un estado de bienestar; Educación y Sanidad. ¿Recuerdan quién impuso las listas regionales del PP a Cifuentes? Esperanza Aguirre.

Y ahora, de nuevo la pregunta... ¿Quién ha ganado realmente?

Un saludo,

lunes, 18 de mayo de 2015

Nada que decir.

Hay días así. No tienes nada importante que decir. Callas. Te muerdes la lengua y miras a los lados con ojos nerviosos. Escuchas a alguien comentar cualquier situación de actualidad y te encuentras sin palabras. Porque están todas dichas. Al menos, en tu cabeza. O por otros en otro momento. De pronto, la expresión oral queda inane, sin eficacia. Callas.

Yo no tengo mucho que decir, últimamente, aunque digo muchas cosas. El sonido de mi voz es como la letra escrita para un grafómano. Embriaga... aunque esté hueco. Y entonces alguien cuenta algo y te da la sensación, esa comezón rara, de que no te importa un rábano. Que realmente no hay nada de importancia tras sus palabras, sus problemas, sus inquietudes. Escuchas y desechas. Entre las orejas pasan palabras sin que ninguna deje siquiera un velo de presencia. Ningún rastro. Porque has escuchado todo, ya. O eso parece.

Ante tal panorama... ¿qué? Y entonces viene. El deseo. Ese torrente nunca embalsado. Si dejas en soledad que la gota agriete la presa, parte y quiebra la retención y cae. Primero como un chorro que humedece el cemento. De gris a oscuro. Luego como saltos de agua espumosa. Y repentinamente, como una furia que rompe bloques y los arrastra, en un grito infinito y áspero, mojado de pasión y fuerza. Ruge como la fiera que es, como el salvaje nunca embalsamado, como el poder de la vida y el deseo que es. Y arrasa todo...

Tras la torrentera, el curso del río. De nuevo. Y un prudente ingenio para retenerleo. Ilusamente. Y la creencia en que somos civilizados. El agua vuelve a estancarse. El rumor del viento mece ondas otra vez en su superficie. Y es posible que un niño, con una piedra, jugando, vuelva a agitar las aguas de manera que, todo lo dicho, vano, vuelva a tener significado real. Naturalmente, un niño o una niña que ríe. Pues su risa colorea los huecos de las palabras vacías. Su mirada fresca, su emoción pura, su naturalidad hace que, de nuevo, como siempre, las palabras tengan otra vez sentido. Y ante eso, no tengo nada que añadir...

Un saludo,

lunes, 20 de abril de 2015

El Ministerio del Tiempo.

Venga, a palo seco. Hablaré de esta serie con logotipo masónico y reacciones de todo tipo. Porque me da la gana.

Me gusta. O al menos, me ha gustado, aunque ha ido de expectación y algo que podría ser más, a menos. Empezó siendo algo que debería ser más humorístico y se ha tomado demasiado en serio a sí mismo. El primer capítulo estaba lleno de referencias, chistes y humor cultural. El último empieza a ser demasiado trascendente. Entre medias, un triunfo desmedido (como siempre en España, algo que demuestra cuan grande es el páramo cultural que tenemos, que en seguida destaca un producto como éste) que no sé si benefició o perjudicó a la serie.

Puntos a favor tiene. Los actores que interpretan a Amelia y a Alonso son muy buenos. El segundo es un experimentado de las tablas, y en la voz se nota. La primera es una actriz de recorrido. Yo no la recordaba de "Crematorio", una de las mejores series españolas que he visto. Sobre Rodolfo Sancho... sí, le he visto en las malogradas "Valdemar" y "No habrá paz para los malvados". Pero dice poco de él que no le recuerde en absoluto. Que en esta serie sea de Carabanchel le redime un poco. Del resto del reparto, nunca he soportado a Cayetana Guillén Cuervo, pero en fin... todos los demás me parecen solventes y a medida, gente con mucho recorrido en la televisión, y eso ayuda. Pero si en algo sube la media es en los guiones y las situaciones. A un friki lo de ver un equipo médico curando al Empecinado en 1808 tampoco le mata, pero encontrarse con el gran Miguel Rellán dándole al portátil en las oficinas lisboetas de la Gran Armada, pues es atractivo, como vacilarle a Lope siendo de Carabanchel. O tener a Velázquez haciendo retratos robot también engancha. Y sin duda, los chistes de funcionarios, algunos llenos de tópicos, sí, pero otros tan reales como la santa Administración. Y si la serie hubiera transitado ese camino, el de engarzar personajes históricos, situaciones chocantes, humor inteligente con homenajes (esa "Torre de los 7 jorobados" que sirve para el Ministerio...) y una cierta gamberrada, habría sido casi perfecta. Perfecta, no, solamente conozco dos o tres series así...

Y vienen los negativos. Que hay y muchos, pero normalmente exigimos más a lo que queremos por la razón aquella que daba un refrán de mi madre, "Quien bien te quiere te hará llorar... y quien mal, reír".

Tomarse en serio. Un grave error. Como digo, el piloto establecía un juego, un juego de reglas básicas. "No preguntes cómo se viaja, es así y punto. Esto es un ministerio con todo lo que conlleva, moscosos incluidos. Hay unos malos, que quieren cambiar el tiempo por beneficio ¿propio? y nosotros lo evitamos..." estas premisas, que si se aceptan, funcionan, se dinamitan en el episodio 1 y en el 2 ya de inmediato. Y encima, una pregunta que uno se hace, queda en el aire... pero vamos a ver, con lo mierdosa que es nuestra historia en tantas ocasiones... ¿por qué no variarla? Amelia Folch es crítica y en alguna ocasión lo dice, Alonso de Entrerríos tiene una mezcolanza de sentimientos en eso, y es un personajazo (el mejor de la serie, para mi gusto) pero Julián Martinez, como su nombre, es insustancial, queda flojo y un "Bah, total..." Entonces es cuando uno piensa en que Lola Mendieta tiene razón, y, como casi siempre, el malo (que apenas sale, que apenas es, que apenas se desarrolla) interesa mucho más, y como interesa más, quedas frustrado por su ausencia. Y su incongruencia.

Porque lo peor de éste Ministerio es, precisamente, lo que busca. No cambiar el pasado. Y lo cambia, lo cambia constantemente, para que siga igual. Si un día contrataran a un Pablo Iglesias, me juego a que terminamos como en un episodio de Frederick Freak, con dinosaurios nazis devorando humanos en holocaustos de los Mitos... al menos, según la imaginación del guionista.

Personalmente, creo que tiene mucho, mucho para ser una gran serie. Pero si es menos seria, si no se mete tanto en esos barullos emocionales y temporales que prometen pero uno se teme que terminarán mal, con un Deus Ex Machina tipo un Serrano despertando de una pesadilla... quizá no es tarde para redefinir las reglas, el "contrato de imaginación" que todo creador suscribe con sus lector-espectador. Aunque me temo que puede serlo. Es el signo de los tiempos; y de nuestro país. Quizá por eso me gusta la serie. Porque es amargamente un significado en sí misma... quiera o no quiera.

Ah, espero impaciente la segunda temporada. No lo dude nadie.

Un saludo,

miércoles, 15 de abril de 2015

lunes, 16 de marzo de 2015

Maldito instante.

Tengo mañanas que me levanto místico y absurdo, como todo lo que tenga que ver con la espiritualidad. Hoy es una de esas. Leo una noticia en El País, sobre que este año habrá más óbitos que nacimientos (así, óbitos, más culto imposible... y yo pensando en los hovitos de Indiana Jones) y que nos estamos envejeciendo y la Sanidad convirtiendo en una máquina, industria, mecanismo y todo término vinculado al futurismo de Marinetti. ¡El sueño descarnado de la razón!

El tema viene a lo de que pasamos de los paliativos y nos morimos con dolor y ensañamiento de los médicos. ¡Vaya novedad! "Matasanos, carniceros, curanderos..." anda que no lleva la humanidad esa poniéndoles nombres. Cirujano-barbero es mi favorito. ¿Qué va a ser, barba hipster y le arranco un brazo gangrenado, señor? Lo cierto es que la medicina es la ciencia empírica más chula. O cura o muere, y casi nunca se sabe bien por qué, es como la economía, explica el crack del 29 unos 50 años después. Ejem, ciencia... pero yo venía a hablar de otra cosa, del misticismo de la vida.

Ahí donde la vemos la vida es absurda. Muchos lo saben y se han reído de ella y de nosotros, porque estaban lúcidos (¿homenaje o parodia? decide tú, lector...) y reconocían que un día todo este mar de sonido y color, de luz y trémulo sentir terminaría con dolor. Toma ya. Poesía, chúpate esa. Decía quizá Homero (¿O era Conan?) que "nacemos en sangre, vivimos en sangre y morimos en sangre". Un anuncio de morcillas, la verdad. Pero es verdad que sentimos más dolor y padecimientos del que queremos recordar. De niños olvidamos, de jóvenes triunfamos por las hormonas, y de más adultos nos jodemos. Al llegar la hora, resulta que todo duele más, sobre todo el tiempo, porque pasó tanto que olvidamos o recreamos el olvido en nuevos recuerdos más falsos que los gemidos de una actriz porno. Plis plas. Naces bla-bla-bla y mueres. 

Las distintas religiones buscan soluciones. Desde la ruedica del budismo a la resurrección del cristianismo, pasando por las entradas a mundos místicos o abducciones de alienígenas. Venga, quien no sepa ya que la muerte es eso, fin de todo, que levante la mano y abandone toda esperanza.

Lo cierto es que una cosa, una sola, queda. El instante. El recuerdo vivo, fuerte, atenazando como una garrapata la memoria. Algo. Eso que nos marcó y no olvidamos. Eso que quisimos olvidar y no podemos. Eso que nos hace sonreír cada mañana o llorar al atardecer. Si al final somos seres irracionales que se creen el futurismo... Ese recuerdo es el que nos impulsa. Es fuerte, es un acicate a los genes, a la intensidad de nuestras hormonas. Cada uno atesora sus instantes, uno, varios o muchos. Y con ellos dibuja su perfil. Lo colorea con imaginación y después lo ofrece a los demás. Ese maldito instante inaprensible.

Recuerdo perfectamente escuchar a Carlos Gardel en mi casa el día que murió mi madre. La mentira que me contó mi hermano cuando falleció mi hermano el mayor. Los espaguetti que no se comió mi hermano el segundo el día antes de morir. Cómo me apartó la mano, aún con fuerza, mi padre cuando intentaba limpiar su boca, horas antes de morirse. Pero también recuerdo el primer beso enamorado. Y la primera vez que miré a los ojos de mi mujer. O el momento en que contemplé aquella criatura viscosa, gris y ensangrentada, que era mi hijo, reptando por el vientre de su madre. Y muchos más momentos y cosas e instantes. Pero sobre todo recuerdo lo que he imaginado. Porque la vida es tan absurda que a veces necesitamos imaginarla para comprenderla.

Quédate un instante, seguro que esa frase la habrás oído alguna vez. Y es cierto. Quédate, pero con el instante. El que sea. Luego, podrás morir. Total, sabes que la vida es eso.

Un saludo,

miércoles, 11 de marzo de 2015

Lúcida derrota.

Dejadme haraganear en ambos palabros. Lúcido es aquello iluminado, consciente, conocedor, claro de razonamiento y expresión. Un adjetivo muy positivo. Representa visiones de color, vivo, agradable. Entonces, ¿puede juntarse con la derrota? Dejadme holgar en los dos palabros. La derrota marinera, la derrota o destino, el trazar un camino un rumbo, un objetivo. De pronto, la derrota no suena tan mal. Un destino bueno, reluciente. Pero, ¡ay!, la lucidez se acerca mucho a la acidez, no sé si de estómago o de mente. Pues cuando se es lúcido se ve el mundo como es. El pobre Quijano dándose cuenta que no es Quijote, postrado y diría que maldiciendo por esa cordura recobrada y más insana que el sueño. Porque el lúcido contempla la derrota, la que conocemos, la mala. Eso de perder. Y quien conoce historia de España es un lúcido derrotista. Siente la proximidad de algo bueno y enseguida, ¡zasca! la eterna derrota. Por eso se desencanta, se hace ácido, reprime con cinismo cualquier ilusión.

Es curioso cómo en la educación cultural española no hay un término medio. O eres un optimista que cree que todo está de puta madre, o un pesimista incorregible que piensa que todo está de puta pena. No hay término medio. Aristóteles está gafado. O tenemos los peores políticos del universo, o tenemos... ah, espera, eso siempre es hipócrita. Si decimos lo contrario, digo. Pero sucede con lo demás. Cada aspecto, cada detalle. Sea en vida pública, claro, en la privada... seguimos la estela hidalga. Pero, me pregunto, ¿qué nos sucede? ¿dónde y cómo dejamos que la felicidad brille por su extraña ausencia?

Tengo que decir que soy un Stephen Dedalus que aborrece gran parte de su historia por pesadillesca. "Ese mal sueño del que aún no me he despertado". Siempre tenemos los mismos componentes. Parece que encarrilamos a un buen sendero, ahí, ahí, casi está, mira mira, vamos por buen camino y... ¡tortazo! No falla. A toda esperanza de cinco minutos contraponemos la oscuridad de diez años. Tenemos una rara tendencia reaccionaria a la razón, la felicidad y el progreso entendido como camino a dicha felicidad. No sabemos. O sabemos siendo sádicos. Quizá algo de los toros, mire usted. Aquí nos descojonamos más que nadie de las caídas, los accidentes y las fatalidades. Tenemos una capacidad para el humor negro y brutal que no encuentro en otras partes. O que quizá no lo he buscado tanto. Pero siempre, siempre, tenemos esa lúcida derrota. El extraño destino de un país que no sabía que lo era.

Este blog es misántropo. O algo así. Como su autor.  Un tipo absurdo. Pero es que, cuanto más leo de nosotros, de nuestros antepasados, más me gusta mi gato. Un amigo mío lo denomina así; "españolako". Adjetivo despectivo. Pero no sé, oiga, ni Unamuno nos salva de esta rara disquisición...

Un saludo,

jueves, 26 de febrero de 2015

Agh, soy un hombre.

Dígase con el tono Jack Lemmon en "Some like it hot". Y ya sabéis la respuesta; "Nadie es perfecto". ¿A qué la reflexión? Por este artículo de mi profesora de escritura creativa, Silvia Nanclares. Que me ha encantado y tiene más razón que un santo. Perdón, una santa. O a saint, que en inglés no parece tener género, como siempre los muy degenerados...

La pregunta que me veo obligado a hacerme es, ¿y qué hago con mi masculinidad? O, primero de todo, ¿qué es eso? Me han criado, educado y tratado como a un hombre. O algo así, porque yo solía ser gordito y con gafas (lo primero a rachas, lo segundo ya no) y por tanto tenía ese estatus raro entre los hombres de "Mmmmm... dudoso". Los años y las lecturas me han enseñado que sí, tenemos un mundo patriarcal, más o menos desde que los indoeuropeos bajaron de las montañas rudamente y dijeron que su dios se follaba a la diosa madre sí o también. Y dentro del folleteo venía también la sumisión. Agáchate, maldita. ¿Ven? Western, el género por excelencia de hombres. Perdón, HOMBRES. John Wayne, Clint Eastwood, Charlton Heston... Joder, pero luego ves todo John Ford y piensas "copón, ahí quien lleva los pantalones, aguantan carros y carretas más que los blanquitos y son más duras que el pedernal son ELLAS. Ellas son las heroínas". Pero sigue siendo el epítome de masculinidad igual que el musical lo es del gayerismo o la femineidad. O algo así. Y no respondo, ¿qué hago y qué es eso de mi masculinidad?

Soy hombre, no puedo evitarlo igual que no puedo evitar haber nacido en Carabanchel. Biológicamente he ido aprendiendo qué es eso. Socialmente también. Emocionalmente, aún sigo en el lío. Y cuando sale el tema de feminismo-machismo, pienso que los extremos son... extremos. Un amigo mío siempre me califica de "la mujer de tu relación", respecto a mi esposa. Claro, ella es la que hace jornadas de curro largo y yo soy el funcionario que dispone antes de su tiempo. Ella gana más que yo. Ella se esfuerza más que yo. Intento hablar todo con ella, acordarlo todo, negociarlo todo, como haría con un amigo o un conocido. Trato de llevar equilibradamente con ella todas las cargas, pero ni con esas acierto muchas veces. En ocasiones, silenciosamente, con ese punto de sacrificio mudo que exhiben muchas mujeres, prefiere apartar un problema que no sé ni que existe y resolverlo ella misma. ¿He dado ahí un paso atrás o me lo han dado?

Yo quiero ver muchas veces el mundo desde los ojos de una mujer. Mi madre quería que yo hubiera nacido como tal, y tenía hasta nombre, Sara. Pero salí el cuarto menor de cuatro hombres. Y mi percepción de las mujeres se labró viendo a ésta, dura, trabajadora, parlanchina y vivaracha, inteligente sin estudios y más astuta que los consejeros de Bankia. Me enseñó algo básico, a respetar cosas que no comprendía. Como mi hermano, claro. Mi relación con las mujeres comenzó buscando el equilibrio entre un raro amor cortés y casi medieval fantástico, y la depredación sexual del carnívoro ansioso. Aún hoy... 

Otra mujer que conocí, de la que puedo decir que me inquieta pero no atrae, me comentaba que los hombres vivimos este tiempo desconcertados por la pérdida del poder, y casi asegurando que nuestro reblandecimiento había fortalecido la resolución femenina. Vamos, que nos culpaba por dejar que ellas fueran más emancipadas. Libres. Mejor la sumisión y la estupidez que fomentan las sombras esas de Grey. Pero lo cierto es que algo hay. Incertidumbre en lugar de certidumbre total. Cuestionamiento. Miedo. Y eso empuja a negociar, siempre el mejor paso a la igualdad, pues quienes negocian se saben iguales. 

Me gustaría tener la capacidad empática absoluta de ver a través de los ojos de una mujer. Pero biológicamente no puedo. Me siento más afín a un hombre. Y tampoco. Me siento a veces ajeno a tantos hombres... quizá el problema es que pienso en género y en sexo. Será que soy un degenerado anglófilo... Pero mientras tanto, sí que creo que seguimos ignorantes de la capacidad heróica femenina que no tiene por qué darse a la sombra del hombre de turno. No es ser una superheroína que da tortas musculosas. No es ser un espejo deforme de ellos. Quizá es algo sutil, indefinido, propio, similar a las protagonistas de los Primeros 100 de la trilogía marciana de Kim Stanley Robinson. Una especie de Hiroko... una historia de matriarcado muy interesante. 

Yo qué sé. Muchas mañanas me cuesta ser yo mismo... no digamos ya ser un hombre. Un mensch que le decía su vecino a Jack Lemmon en "The apartament". Si al final, todo termina circular y cómicamente en un mismo dios. Billy Wilder... 

Un saludo,

martes, 24 de febrero de 2015

Un miedo

Quizá ya lo he confesado antes. Tengo pánico a quedarme en la calle. No es quedarme en la calle en sí. Es la invisibilidad, el convertirme en un objeto mugriento odiado por todos. En un zalamero y empalagoso mendigo que aprecia las monedas con sonrisas sin dientes, o en un hombre o mujer de sonrisa casi estúpida. Tengo pánico a dormir al raso, bajo quicios de portales o dentro de cajeros. Del desprecio, de la indiferencia, del dolor por saberme excluido. Tengo horror a ser algo que nunca recobrará su ser. 

Es un miedo común, dirán, que no todos se plantean. Pero en la sociedad que el sapiens ha montado, existen estos hombres. Mendigos, pobres, pedigüeños, vagabundos... dad el nombre que deseéis. Excluidos. Este miedo lo sigo teniendo, aún hoy. Más hoy. Porque quien está así, royendo la acera, ha perdido muchas cosas, casi todas, pero la más importante; a sí mismo.

Cojo el tren cada mañana. Y regreso pronto, sobre las tres y algo. Un día pude observar un hecho extraño. De Chamartín a Recoletos, dos mendigos pidiendo en los vagones. Uno mudo, dejando papelitos con una foto donde sostenía un niño de unos 12-15 meses. Dejaba los panfletos, recorría el vagón, los recogía (casi siempre sin nada) y se marchaba sin decir nada. El otro de Recoletos a Atocha. Éste cantando su canción de miseria y circunstancias. Debo decir algo. Vestían normal. Incluso el segundo tenía mejores zapatos que yo. No significa nada, pero me llama la atención. No son ya desharrapados. Visten como cualquiera. Ambos, sin embargo, eran como profesionales de la mendicidad. Tono e inflexión casi automática, en voz y  gestos. No podía creerlos, pero sus historias podían ser reales. ¿Por qué no?

Entonces entró el tercero. Un hombre de casi cincuenta, pero aparentaba ser más joven, treinta y muchos o cuarenta y pocos. Bandolera. Voz temblorona. De Recoletos a Atocha, no hay tanto trayecto. El segundo mendigo, que estaba acurrucado en un rincón del vagón contando monedas y mirando un móvil, cuando le vio se levantó discretamente y marchó a las puertas. El tercero habló. Mala cabeza, peores decisiones, perder el taller de su padre (un taller mecánico) y arruinarse la vida él y los empleados que tenía. Su familia... de pronto comenzó la migración, todos a bajarse en Atocha. El hombre se hundió. "Sé que no quieren escucharme, seguro que tampoco llegan a fin de mes, y no quieren historias como la mía." Empezó a murmurar, avergonzado. Humillado. Era real. Yo me bajé en Atocha, pues debía cambiar de tren. Y allí le dejé, lleno de hastío, pensando qué hacía allí, seguramente pensando que se podía topar con algún conocido de otra vida cuando su sonrisa no parecía tan desesperada. ¿Y qué pasaría? Un diálogo imaginado, circunstancial, comprensivo entre dos o tres paradas hasta despedirse con apuro y sin ofrecer realmente nada salvo algunas palabras. ¡Pero palabras de ánimo! Quizá tan sustanciales como un bocadillo, dos euros o una botella de agua. Sentí punzadas de dolor y curiosidad. ¿Cómo perdiste el taller? ¿Qué te sucedió? ¿Quiénes te dieron la espalda? ¿Tenías a alguien?

Hoy he vuelto del trabajo también en Renfe. Pero esta vez la protagonista era una mujer. No sé, unos treinta o cuarenta. Dicen que la calle envejece prematuramente. Vestida bien. Y en un tono ácido, perdido, desesperanzado, ha contado parte de su historia. Era maestra infantil, decía, y sin trabajo y a punto de ser desahuciada. Y casi que nos regañaba porque de antemano no la ayudaríamos, ni siquiera la miraríamos a la cara regalando, quién sabe, un instante de luz, de reconocimiento y visibilidad. Ella no existía.

Tengo miedo. De que al no ver, nos hagamos también invisibles nosotros. Indiferentes a todo. El hombre moderno escamotea su responsabilidad con miles de excusas, todas válidas. ¿Quién soy yo para hacer nada¿ ¿Qué tengo para paliar su desgracia? ¿Cómo podría dar algo más? ¿No puede otro hacerse cargo? ¿Lo tendrá merecido, o incluso me engaña? Y así muchas más...

Un saludo,