Buscar dentro de este batiburrillo

martes, 25 de septiembre de 2012

Roma

Mil sensaciones sacuden mi tiempo. Regreso a Roma por tercera vez en un viaje diferente. Acompaño a mi mujer con relajación, sin la urgencia de ver los lugares marcados en las guías como imprescindibles. Así, nada más llegar, somnolientos y bajo una lluvia intermitente pero copiosa, nos vamos a Termini y entramos en el Museo Massimo alla Terme. Impresionante. Vagamos por las salas, zambulléndonos en el pasado romano, entre vestigios de mosaicos, esculturas y pinturas realizadas para hacer felices a sus dueños. Una expresión de placer y sorpresa va haciéndose normal en nuestro rostro, y al salir decidimos ir caminando al Mercado de Trajano.

El segundo día estoy solo y me voy a la Villa Giulia, la sede del museo etrusco. Comparte salas con la Villa Poniatowska. Voy en tranvia, pasando por la via Regina Margherita, disfrutando de la visión de edificios de finales del siglo XIX e inicios de XX de colores cremosos, pocas plantas, con singulares remates de torre en algunos de ellos, en las esquinas. En el museo, me impresiona la calidad y cantidad de las piezas expuestas, así como el entorno. Tanto es así que dedico casi 5 horas a su visita. Después, extasiado, pero contento, bajo caminando hasta la piazza del Popolo. Es un regreso a la triste realidad adoquinada sin árboles ni matorrales, ni verde frescor de hojas, hiedra y parras. El fascismo debe ser algo así, convertir las plazas en lugares inhóspitos si no es para empaquetar a los individuos indistinguiblemente unos de otros... sigo bajando hasta llegar al monumento de Vittorio Emmanuele, por la via del Corso, tristemente igual a cualquier calle comercial, con los mismos grupos de peatones y conductores de cualquier ciudad. En la plaza del Campidoglio, recobro el aliento para luego ir caminando hasta el gheto judio. En la comida, comparto mesa al lado de un tipo con la bandera israelí en su mechero. Al lado, un tipo curioso, de chaqueta o camisa con cremallera de cuadros verdes, botas de los ochenta, y una kippa tejida de lana, además de una venda en el brazo derecho, faja, y gafas de sol, examina varios objetos propios, no sé si mercancía o no. La gente se saluda amigablemente. Después de comer, me pierdo por las callejuelas del Campo di Fiore, hasta llegar al Mausoleo de Adriano. Allí, con Cris, decidimos visitarlo, sorprendidos de la estructura más que de la apropiación papal, ni la primera ni la última en esta ciudad. Ya de noche, caminamos de vuelta al hotel.

El tercer día visitamos el Palazzo Altemps, tras un agradable paseo entre las calles adyacentes al museo y la Piazza Navona. El museo está bien, algo inferior a lo esperado por nuestras expectativas, pero siempre interesante. Decidimos luego perdernos andando, caminar por calles irregulares y disfrutar de las sensaciones. Enredaderas, flores, plantas colgando de fachadas de bellos colores cremosos... retornamos al hotel, donde nos cambiamos para ir a la visita programada de la Villa Farnesina, en el Trastévere. Allí, contrario a mi costumbre, accedo a la visita guiada (no hay más remedio) y quedo pasmado y gratamente sorprendido del detalle y buen hacer de la guía. Es una gozada aprender de la historia de la ciudad con ella y, también, de la Villa. Tras eso, ya tarde, nos vamos a cenar a un local pintoresco del Trastévere, amenizados con música local y en un patio rodeados de antorchas y enredaderas. ¡Cuánto del Mediterráneo hay en aquel lugar! Excepto la comensal que comparte mesa con nosotros, una lituana extravagante que nos cuenta el miedo de su país a la penetración rusa... lo que parece una cuestión xenófoba sobre la migración, se convierte en una conversación interesante sobre la visión que del sur tienen otros lugares.

El cuartodía está enteramente dedicado al Vaticano y a dos buenos amigos, que, con el padre de uno de ellos y su hijo, compartimos las salas, especialmente la etrusca, donde accedo por fin. Después, tras los museos, rapiña considerable de los papas, la masificación infame y nada agradable del a capilla Sixtina, el horroroso almacén de arte religioso contemporáneo, el exceso de turistas y mesas de venta por todo el Vaticano (entiendo la repugnancia de Lutero, sin lugar a dudas, por aquel mercantilismo de la fe) salimos a la calle y caminamos un rato, para ver algo más de Roma al otro lado del río. Saludamos de nuevo a los gatos, dueños de los templos de Largo Argentina, y pasamos un rato en las plazas anejas al Vaticano, verdaderos vertederos de gente miserable y sin muchas esperanzas que, en un alarde ironía, vagabundean entre miserias mientras la plaza ni les abraza ni les acoge. Nos vamos a cenar al restaurante de Navona Notte, esperando que, por un milagro, siga abierto. Y está. Nos acoge la misma persona que ya nos atendió hace años. Su gorra roja, las gafas, la nariz prominente, la costumbre de canturrear, la felicidad en el habla y el trato, la calma pero constancia con que nos sirven nuestro plato de pasta con marisco mientras disfrutamos de una frasca de vino casero... eso redime cualquier fealdad vista antes.

El quinto día es el último. Y como tal, toca despedirse de la ciudad. A Cris, liberada de sus obligaciones, le apetece una visita, y a mí otra. Coincidimos en las Termas de Caracalla, eso sí, donde llegamos tras un paseo desde el hotel que incluye el descubrimiento de las puertas originales de la Curia senatoral en... una iglesia barroca, pomposa y excesiva como es San Juan de Letrán. Andando, pasamos por las murallas y el parque donde están las Termas, y allí, con calma, hacemos una visita impresionados de los muros aun erguidos, la riqueza y el gusto para dar, a la gente, en proporción, felicidad. Descubro, además, antes de entrar, una palestra moderna, o lo que es un campo de atletismo, y constato una vez más cómo el ser humano arraiga costumbres y es muy perezoso; el uso dado a un espacio se mantiene por siglos y siglos, sin más razón que... el peso del tiempo. Después de ver las Termas, salimos hasta el Circo, donde retomamos, con el Palatino a nuestra izquierda, el arco de Constantino, el Anfiteatro Flavio y la eterna avenida de Mussolini que cercena como una cicatriz horrenda los Foros. Caminamos hasta el Capitolio y allí nos separamos; ella para visitar el museo del Palazzo Doria Pamphilj en la vía del Corso, yo para revisitar los Museos Capitolinos. Y tras unas horas, termina el viaje... salimos nostálgicos, cansados, agotados pero felices. Roma, una vez más, como siempre, es una ciudad eterna en todos los sentidos.

El aeropuerto mata nuestra felicidad, esperamos, esperamos y nos cansamos. La fila amorfa que conduce al avión augura un vuelo con gente gritona y molesta, incluyendo intentos de colarse de algunos. Vuelvo a descubrir la eterna pasión española de quejarse de todo y todos, pero no hacer nada al respecto. Yo sí lo hago, no puedo remediarlo, ganándome miradas entre admiradas y de rechazo. En el avión, ya sentados, tenemos justo delante la primera clase y, en el asiento frente al mío, un imbécil de primera clase. Durante el vuelo no deja de jugar con su respaldo, molestando, de hacer comentarios suficientemente elevados en el tono como para no escuchar sus tópicos y diatribas prefabricadas, y el remate llega al aterrizar. Con chulería consciente, enciende su móvil, cantando éste la canción de inicio a todo volumen, y atrae a uno de los azafatos, un italiano. Le reconviene para que apague el móvil, a lo que el otro se niega, pero insiste y no se va de ahí hasta lograrlo. El idiota, avergonzado, se venga sacando ¡un mechero! con el que juega a espaldas del azafato, que ha ido a abroncar a otro pasajero que está abriendo ya los maleteros antes que el avión pare. Al volver, el idiota para y calla, aunque intenta vengarse en su compañero de viaje que ya pasa de él.

Al salir, no puedo resistirme. Me despido de Italia dando las gracias a ese azafato que ha hecho cumplir una norma, con calma, sin aspavientos innecesarios, ni gritos. No. Solamente con presencia. Lo que nos falta en España.

El regreso ha sido muy duro...

Un saludo,

domingo, 19 de agosto de 2012

Aguanten la respiración.

Agosto aburre al más preparado. Junto a las noticias intrascendentes se cuelan algunas más bien inquietantes. ¿El vencimiento del crédito español en octubre y el más que probable rescate de septiembre? Guindos acusa al BCE. ¿Assange y el esperpento de la embajada? Garzón es un corrupto alentado por la "progresía" (término despectivo usado por las derechas más recalcitrantes para denigrar la izquierda, ya se sabe, la guerra de palabras) y unido a Rubalcaba por una trama que dejó echo unos zorros a Interior y España. Y así con todo, liga de fúrgol incluida. Los incendios, deprisa y corriendo. Puntillas encima del mantel de mierda que van disponiendo para el regreso triunfal.

Así, veo mucha gente practicando el arte de la zambullida y aguante sin respirar bajo el agua. Toman aire, se sumergen, esperan, y, cuando no pueden más, emergen. Y todo sigue igual de tenebrosamente lúcido, bajo el sol de agosto.

Nadie puede aguantar hasta septiembre. Alguna vez se cuela algo. Noticias minúsculas, marginales. Los medicamentos excluidos, el precio de atención a "sin papeles" ("Los" me parece otra de esas cosificaciones excluyentes, "eso" vs "nosotros") el trazado de las vías de tren justo por zonas quemadas del litoral... Y los pertinentes ataques y contraataques de unos y otros debajo del perenne "no pasa nada, todo controlado", del ausente gobierno.

Aguanten la respiración. Los peajes no son nada comparados al nuevo IVA e impuestos indirectos. Los medicamentos y los excluidos son minucias cuando lleguen problemas sociales de verdad, no experimentos como el de Sánchez Gordillo. Y el neocolonialismo que se nos impondrá será un poco mejor que el chino en África, Asia y Latinoamérica. Un poco, porque tenemos trazas y recuerdos de contestación, a pesar del intento confuciano y cristiano de quietud y aceptación de la servidumbre. Veremos si alguien sabe agitar el rescoldo o, simplemente, optaremos por meter la cabeza bajo el agua esperando que todo pase. O nos ahoguemos.

Un saludo,

domingo, 5 de agosto de 2012

Money, it's a crime...

...
Share it fairly
But don't take a slice of my pie" 

Pink Floyd, años 70. Crisis del petróleo y todo eso. Vaya, si es que llevamos ya... ni se sabe la de crisis. Y sueltan esta canción en su álbum de "The Dark Side of the Moon". Que hoy podría ser "The dark side of Wall Street" o algo así.

Compártelo justamente, pero de mi pastel no cojas ni un pedacito. El dinero es un crimen... burla, sarcasmo, cinismo y humor británico. Condensado en tres versos. Brutal.

Hoy día vivo cada vez más convencido de que la guerra entre "los buenos y los malos" está vigente, más que nunca. Tras las pausas o treguas que se dieron porque se metieron en un "todos ganamos", de pronto descubrimos que les debemos todo de la fiesta. Nos dieron a crédito, devolvámoslo. Con creces. Limpiamos el cuarto, barremos, recogemos los restos de comida (que en algunos cubos de basura ya ni podemos echar, pues los candan) y nada de quejarse, sea porque no tenemos salud, dinero o trabajo. O amor, ya puestos.

Los amos del cotarro se han levantado de la mesa y están demostrando que nosotros éramos las patas de las sillas, los pies de las mesas, los que servían el banquete. Y que, como los buenos mafiosos, no pagan ellos al dueño del restaurante, que teóricamente somos todos, si no nosotros. Tú, yo, nosotros, ellos no.

Así que, como los mafiosos prestamistas, llegan con su juego de siempre. ¿No tienes dinero para devolverme los créditos para comprarte la casa y el coche? Pues nada, te los embargo. ¿Y seguimos sin cobrar? No hay problema, esos servicios sociales que te creías para siempre, fuera. Sanidad, educación, vigilancia policial, bomberos, limpiadores... todo eso, a la porra. No puedes pagártelo, manirroto. Te los quito porque los has quebrado con tu uso fraudulento. En lugar de ir al público, vete al mío, que es privado, y paga, paga y paga. Ah, espera, que no te llega... te jodes.

El señor con chistera y puro se me hace más bien con traje italiano de corte impecable, gordo con granos y picado de viruela, fumando, con un buen coche y el fajo de billetes en la chaqueta. Es la mafia, idiota. Han aprendido desde hace mucho tiempo. Y saben otra verdad fundamental; que los políticos, como los donuts, hay que comprarlos de dos en dos; sean de la tendencia que sea.

Entre tanto, estamos inoculados del virus de la "clase media". Nadie es ya obrero. No, eso huele a sudor, tartera y alpargatas. Rancio, nada cool, out of fashion. Obrero, puagh. Todos clase media. Y si debes más, pues más tienes, realmente... más tienes que devolvernos. Dicen.

El dinero es un crimen, como lo es el cuchillo blandido por el psicópata. Pero para el capitalismo hay aun un último obstáculo antes de que Moloch nos devore del todo en su máquina de ruedas dentadas, bajo esa Metrópolis donde el oropel se tiñe con sangre... y es la humanidad. El ser o esencia del ser humano. Una tibia, delicada y fina línea que aun no han quebrado, aunque la difuminen con extraordinaria capacidad. Yo, misántropo declarado, creo en ella, porque si no, nada me impediría ya dedicarme al asesinato.

Igual que ellos, aunque para eso usan el arma más eficaz y mortífera de todo crimen, la que no deja huellas, la más legal. De su legalidad.

El dinero.

Money, its a gas.

Un saludo,

viernes, 3 de agosto de 2012

De discusiones políticas entre amigos.

Tengo algunos amigos a los que le gusta hablar de política, y más en estos días. Otros no, prefieren escuchar, o guardarse la opinión para cuando hay menos gente. En todo caso, es muy significativo ver reflejado en ellos, a escala micro, lo que sucede a escala macro.

Siempre pasa lo mismo, en toda discusión. Hay personalismos, hay filias y fobias personales, prejuicios, intentos de monopolizar la conversación subiendo el tono o usando términos cortantes... nada nuevo, algo que lleva sucediendo desde antes que lo describiera muy divertidamente Arthur Schopenhauer en el libro de "El arte de llevar razón expuesto en 38 estratagemas". La cuestión es, ¿qué objeto tienen estas discusiones?

Ninguno, salvo el de simple intercambio de impresiones. En todas partes habrá discursos dogmáticos, inexactos, incluso falsos o basados en premisas erróneas. En todo lugar, los argumentos parecen definitivos cuando los manejamos solamente nosotros pero luego resultarán inválidos al contrastarlos con otras personas. El problema mayor es no sentarse dos segundos a escuchar al contrario y tratar de ver qué defiende, por qué lo defiende, en qué se basa para ello y qué creemos es correcto y qué no.

Entre mis amigos, como digo, hay de todo. No me considero a mí mismo el mejor, ni mucho menos. Yo tengo también mi mezcla de esperanzas y deseos, mis conocimientos de cosas incómodas de las que prefiero no hablar, para fortalecer mis argumentos, y mis recursos para convencer o, al menos, desprestigiar los argumentos contrarios. Pero es que no tengo ganas de convencer a nadie desde, al menos, 1999. Por poner una fecha.

Hablar de política puede ser sano, necesario y enriquecedor, siempre que todos participen con un mínimo de respeto y, sobre todo, una expectativa realista, que es, simplemente, saber que no lograremos NADA por el mero hecho de discutirlo en voz alta con otros. Esto es, somos opinión, no realidad. Podemos afirmar que defendemos una opción, pero no significa que esa opción quede victoriosa por nuestra mera defensa. Podemos atacar otra opción, pero no por ello estará derrotada. Hay que evitar la frustración que genera pensar que hemos defendido o atacado con ardor para un resultado nulo. Y, desde luego, si salimos pensando que el interlocutor es imbécil, incapaz o algo así, hemos perdido el tiempo y una relación amistosa.

La política lo impregna todo, aunque no lo creamos. Todo es política. Aristóteles ya nos definía de esa manera, zoon politikon. Y vivimos forzados a la búsqueda del bien común, obligados a ello porque la alternativa es siempre el perjuicio de todos. Sin embargo, es cierto que, en los últimos tiempos, en el mundo occidental hemos creído estar a salvo de esa necesidad, y hemos cultivado un aislamiento falso y peligroso, donde creemos ser autosuficientes, mientras mantengamos nuestro acceso a internet, al crédito de la tarjeta y a las compras de lo que queramos. Nos hemos aislado tanto que nos hemos creído dioses, y no somos más que animales... pero de nuevo, una y otra opción es, simplemente, política.

La Historia se repite en forma de farsa, dice un amigo mío, y tiene aspecto helicoidal. Sentencias muy rotundas que muestran el escepticismo y desencanto de este amigo mío. Y que comparto, no exentas de un cierto optimismo en el ser humano, pues, a fin de cuentas, soy uno de ellos, aunque mi misantropía sea cada día más galopante. Yo seguiré disfrutando de una discusión política, pues todas lo son, sobre el tema que sea, ya tenga conocimientos del mismo o sea un ignorante, porque en el primer caso se puede demostrar que no sabía tanto o eran erróneos, y en el segundo, siempre, aprenderé.

Claro que, como digo, sabiendo que no son más que lo que son, pasaratos de bar...

Un saludo,

jueves, 26 de julio de 2012

El lema del Punk, totalmente cierto.

No Future, tronco, decían en los 80. Uno que era niño lo veía como una pose de macarrillas con cigarro y melenas. Pasaron los años y de pronto algunas de sus verdades se hacían evidentes. Desempleo, viviendas caras, futuros truncados por los mismos de siempre.

Estamos ahora en 2012. El alto desempleo y la incapacidad de acceder a vivienda, antes por el precio, ahora por la falta de crédito, son los mismos problemas, y la misma falta de posibilidades acecha el horizonte. O mejor dicho, el ahora. ¿Qué ha cambiado? Nada.

La crisis actual lleva décadas existiendo, solo que se camuflaba con diferentes burbujas. El petróleo, las punto-com, las materias primas, la del ladrillo... el mundo es un casino donde solamente juegan los que pueden, y pueden solamente los que llevan jugando a esto desde siempre. Un club cerrado y hostil a nuevos jugadores. Un Casino donde de pronto aprendieron una regla de oro, esto es, nadie de los que juegan pierde, perdemos los que ni sabemos la ubicación exacta del Casino.

Cantoná soltó hace años una propuesta que sonó a tontería, sacar todo el dinero de nuestros bancos. Bien, ahora mismo creo que podría haber sido una solución a la crisis. A la crisis sistémica del capitalismo. Sin dinero en bancos, no se podría prestar e inventar el dinero ficticio del "crédito" (¿alguien se cree que haya tanto dinero en el mundo?) basado en ese dinero "real" (¿alguien se cree que el dinero no sea un invento humano?) que tanto daño ha hecho al inflar de aire viciado esas burbujas. Y entonces, de pronto, podríamos pensar que sí, que hay otro futuro.

Porque no hay futuro para las cosas sensatas que pensamos los peatones de la Historia. No lo hay porque son sensatas, meditadas desde la experiencia de quienes sufren y pasan malos tiempos. Las soluciones que nos proponen nuestros políticos, "La Casta" que algunos rechazan (terminológicamente o en bloque) simplemente consiste en parchear los agujeros que el mismo sistema crea, para seguir dando riqueza a los que son ricos.

¿Necesitamos tanto? No. ¿Podemos vivir sin tanto lujo? Sí. ¿Sabremos hacerlo? No. Porque nunca nos han educado para ser ciudadanos, si no consumidores y productores. Y los consumidores y productores no pueden pensar ni ser críticos, ni menos aun participar de la vida pública, cerrada para ellos por esa elite nueva de los "políticos profesionales".

Un amigo me ha dicho más de una vez, desde su mortal perspectiva pesimista, que si el Estado te da la espalda, hay que darle la espalda al Estado. Eso supone ser un ciudadano, y saber que la vida pública no la construyen unos "profesionales", si no los ciudadanos. Así que estamos en el círculo vicioso. No hay ciudadanos.

Todo me lleva a pensar en las sacudidas que buscaban crear los anarquistas con sus bombas, azotando conciencias y empujando a la acción. Pero tenían el efecto contrario, el del rebaño que se agrupa bajo el mando del más fuerte. Así que tampoco es salida... estamos abocados al fracaso, hagamos lo que hagamos, porque nos han imbuido tanto miedo que estamos atemorizados, asustados en la esquina, sin saber exactamente quiénes son nuestros carceleros, aunque veamos algún rostro fugaz por entre los barrotes.

No hay futuro. No lo hay porque hemos perdido la capacidad de imaginarlo, y nos cuesta creer que la opulencia falsa, la riqueza ficticia, las comodidades irreales, se puedan esfumar. Pero lo hacen. Primero a cuentagotas, luego, a chorros. Y un día veremos a nazis agitando la bandera de la libertad, a fascistas luchando por derechos sociales, a todo tipo de autócratas prometiendo la salvación.

Y nadie cree ya en la salvación. Por eso no hay futuro. Hasta las palabras han perdido su significado. De puños han pasado a palmas abiertas, blandas y fofas, sin pegada. Las palabras han copado la acción, y si el discurso toma el poder, el verdadero poder sabe que no hay problemas. Son simples sílabas descoyuntadas.

No hay futuro.

lunes, 16 de julio de 2012

Es la política, no la economía.

Desde hace décadas vivimos pensando que la política está muerta y ya solamente manda la economía, los sacrosantos Mercados y un intangible Capitalismo que todo lo mueve, todo lo genera, degenera e invade. Que los representantes políticos de los ciudadanos no son más que gestores de sucursal de las grandes fortunas. Creemos que ya no hay política, porque no hay ideología.

Pero no es cierto.

El ser humano siempre ha logrado encontrar un constructo ideológico como marco a sus aspiraciones. Sean grupos de nobles contra populistas, optimates vs populares, priscilianos contra heterodoxos, ricos contra pobres, derechas contra izquierdas. Lo pueden llamar "tercera vía" o "socialdemocracia"; "anarquismo", "comunismo", "fascismo", "nacionalsocialismo" o "desarrollismo". Llámenlo como quieran.

Es política.

La política es, en esencia, participar de la vida pública y decidir entre opciones, sea el coste que sea. Esto es, en la economía clásica, "cañones o mantequilla". Construir armas para invadir al vecino y quitarle la poca mantequilla que haya producido y comérnosla o hacer mantequilla y ver cuál es mejor... elección. Pura y dura. Es elegir y optar por la solución que creemos más adecuada y justa.

Entre medias se nos ha metido un concepto que es muy divertido. "Tecnocracia". Una presunta forma aséptica de dirigir los países. No se equivoque nadie. Es Política. Porque es también una selección de opciones.

¿Y qué opciones hay? Las que la capacidad de visión, el talento, el esfuerzo y la voluntad de los que hacen política puedan llegar a encontrar.

Un ejemplo; ahora nos están recortando casi 60.000 millones de euros, cifra vertiginosa. Todo para tapar un agujero de bancos de 60.000 millones de euros también, más o menos. ¿Se podían hacer las cosas de otro modo? Rotundamente, sí.

Imaginen que están en el Gobierno. Tienen la mayoría absoluta. Deben decidir, viendo las cuentas del Estado (que es como abrir la hoja de cálculo de los gastos de su casa y ver dónde se le va la pasta) qué hacer. Bien, un técnico de Hacienda le susurra al oído "Mira, si aumentas las inspecciones en número y personal, podemos aflorar ese dinero en menos de un año. El fraude bajaría, recaudarías y meterías un mensaje de solidez estatal a los que creen que esto es un país de chichinabo..." 

Pero en toda historia de estas hay otro diablillo malo en el hombro contrario. "No escuches a ese idiota de corbata blanca; si lo haces, las empresas se irán a China que son más baratas. Lo que tienes que hacer es proponer una aministía y recaudas una parte, que incluso vendrá de las mafias rusas y demás, y quedas bien ante todos".

Opciones políticas... 

También alguien, de Educación, dice en la oreja algo así como "Oyes, tú, invierte en tecnologías que nos van bien, como las renovables, que nos las compran en el extranjero; especializa, investiga, invierte en sectores innovadores, mejora la docencia y los centros escolares mediante reformas que aglutinen y hagan mejores a los ciudadanos mediante educación". 

Pero claro, el Wert de turno grita en el oído contrario cosas como "Ni caso, eso es un montón de dinero y va más allá de nuestra legislatura, es a medio plazo, y para cuando tenga éxito no se acordarán ni de tus barbas. Reduce gasto quitando dinero a los profesores, que ya están acostumbrados a ser mal pagados, cierra universidades que nos toquen los cojones, aumenta las tasas y el número de alumnos y déjate de inversiones, que sean las empresas privadas las que decidan qué es mejor para la sociedad".

Opciones políticas...

Y así con todo, podríamos seguir. ¿Cuál ha sido el gran triunfo goebbelsiano de la última década?

Despojar a los ciudadanos y súbditos de la sensación que su voto, realmente, servía de algo, cuando eran las grandes corporaciones y demás agentes económicos los que realmente decidían. Eliminar la sensación de que se puede hacer POLÍTICA, solamente todo es economía.

Un gran triunfo, digo yo, hacer que todos tengamos desesperanza, hastío, impotencia y frustración.

Es la política, no el dinero... y de pronto, alguien se dará cuenta.

Un saludo,

miércoles, 11 de julio de 2012

Sabemos cómo hemos llegado hasta aquí...

Una verdad fundamental de ésta crisis (como de casi todas) es que sabemos cómo hemos llegado aquí. Intuitivamente, hasta la más poligonera ama de casa con hijos lo entiende; si mi Mario no llega a fin de mes con lo que curra y no podemos pagar la hipoteca y el cole de la Yessicah es porque nos endeudamos más de lo debido. Pero claro, es que el Audi y la tele plana y el jom cinema y la play y el peluco y todo lo demás no venían solos, nos los regalaron con el crédito que el banco le dió a mi Mario. Y ahora no renunciaremos a todo eso. ¿El piso? Bueh, que se lo quede el banco, nos vamos con mis papás a otro lado. ¿El curro? Ya se afanará haciendo chapuzas, total, con eso y el desempleo lo que dure... ¿la educación de la Yessicah? nos separamos o algo así y que le den plaza en uno lleno de moros y panchitos... ¿el país? ¡Hemos ganao la Eurocopa, y qué guapo es Casillas!

Bueno, lo entiende pero la he dejado que divague... lo cierto es que los bancos hallaron en nosotros la víctima perfecta, dándonos un dinero que no existía con el beneplácito de unos políticos que también recogían beneficios. Todos contentos. En su libro "Cleptopía", Matt Taibbi describe la situación de manera escalofriante. Uno ve a los buitres y carroñeros arrancando los últimos pedazos de carne del esqueleto de la economía global y de la política, intervenida desde hace décadas. Y siente náuseas, desprecio, ira y luego... impotencia. Porque ese es el mayor logro de esta crisis; la impotencia del ciudadano que devino súbdito económico.

Si sabemos cómo hemos llegado aquí, ¿por qué seguimos empeñados en seguir aquí? Es como el refugio precario antes de la tormenta que terminará de devastarlo todo. Los políticos se siguen afanando, como buenos lacayos, en parchear y reparar como se puedan las grietas, en aras del sacrosanto derecho al beneficio privado de unos pocos. Para ello, se inmola en el altar de la avaricia todo aquello que se pida, desde pensiones, sueldos, empleos públicos, servicios esenciales de la comunidad o niños crudos. Y se hace porque se puede. La impotencia del súbdito económico, el nuevo esclavo del siglo XXI, es tal, que no hace si no ladear la cabeza y cerrar los ojos mientras chasquea la lengua y dice aquello de "podría ser peor". ¿Peor de lo que es? Oiga, si a nuestro presidente de escalera le montamos un pollo de muerte si no cambia las bombillas fundidas o arregla el ascensor, ¿a nuestros queridísimos políticos no les decimos nada y encima les disculpamos? Pobrecitos, si son corruptos, todos ellos, sin excepciones, son iguales, la misma mierda, etcétera. Incompetentes, qué envidia siento...

También se habla de soluciones, claro. Revolución clásica, violenta. Pero estamos descabezados y seguimos siendo impotentes. Años de anestesia no se quitan de un plumazo. Ya no nos tiran jarros de agua fría, baldean tan a menudo que nos hemos acostumbrado y llamamos "calor" a lo que antes era gélido. Revolución, puff, qué pereza, y con eso ¿me quedo sin internet?

Otras son las microrrevoluciones, defendidas por Onfray. Pero exigen pensar, ser crítico, reflexivo, actuar en consecuencia... más ci-fi que un relato de Philip K. Dick. "¿Sueñan los humanos con soluciones políticas correctas?"

Y luego la más extendida. Hacer nada. Dejar pasar, acostumbrarse, decir aquello de "bueno, podría ser peor..." o similar. El 90% de la población practica este pasotismo. No quieren cambios, ni a un inquietante futuro mejor que ya es distopía en cuanto se anuncia ni a un pasado idealizado que nunca fue. El presente es lo que hay, lo que vale, aunque sea una mierda, pero es nuestra mierda. 

Sabemos cómo hemos llegado, pero mientras no nos espoleen duro, y no lo están haciendo de verdad (es el arma más sutil, la economía...) aquí nos quedaremos, creyendo que una vez tuvimos un Estado de Bienestar, que nuestros políticos velaban por los intereses públicos y que Casillas es en realidad un alienígena de Men in Black.

Un saludo,

martes, 26 de junio de 2012

Del trabajo como un derecho y un privilegio

Me gusta eso de los significados de las palabras, dicen mucho de la realidad de las mismas. Por ejemplo, "trabajo". Una "ocupación retribuída". Esto es, una "obra humana" aplicada a la "producción de riqueza", pero también una "penalidad, molestia, tormento o suceso infeliz". El trabajo es, en definitiva, algo que hacemos todos, generalmente para obtener un beneficio del mismo, ya sea un salario o una compensación por la venta o alquiler de la obra que hagamos. Un trabajo es algo útil, normalmente, para nosotros o terceros, y por eso intentamos valorarlo de la mejor manera posible.

Ahora bien, ese trabajo, ¿es un derecho o un privilegio? "Derecho", esto es, algo "justo, legítimo, fundado, cierto, razonable". También me gusta la parte larga, "conjunto de principios y normas, expresivos de una idea de justicia y de orden, que regulan las relaciones humanas en toda sociedad y cuya observancia puede ser impuesta de manera coactiva". Vaya, que un derecho es algo entendido como necesario, apropiado, dentro de las normas que se dé una sociedad a sí misma... en cambio, un "Privilegio" tiene otras connotaciones. O significado. Principalmente, "exención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia". Vaya, no podría ser más diferente un derecho de un privilegio. De hecho, si es la exención de una obligación, y el trabajo es una obligación como hemos visto ("penalidad, molestia, tormento"...) ¿no es antitético hablar del trabajo como un "privilegio"?

Es cierto que cuando algo escasea se suele valorar más. Con el trabajo ocurre algo paradójico; todo el mundo lo quiere pero nadie lo desea realmente. Se considera escaso, pero al tiempo, repelente. Realmente, no queremos un trabajo, sea el que sea; queremos la "retribución" que da dicha "ocupación". Ahí está el quid de la cuestión. Queremos los frutos, no los procesos.

Al ser tan clara la diferencia, unos hablan del trabajo como un "derecho" cuando realmente reclaman su derecho a cobrar una remuneración, sea la que sea, hagan lo que hagan, y otros hablan de quienes tienen un trabajo como unos "privilegiados", dado que ellos cobran porque tienen un trabajo. Los primeros quieren un "privilegio" y los segundos, el "derecho" a tener ese "privilegio". ¿Y por qué pensamos en ello como privilegios?

Gracias a la mentalidad que ha ido apoderándose de nuestro mundo en los últimos 30 años. Desde los 80's, cuando el capitalismo enchufó la directa y se terminó el llamado "comunismo", hemos ido contemplando una denigración del trabajo hasta extremos inconmensurables. El trabajo no dignifica, pero sí lo hace el pastizal que se gane con él, sea el que sea. Esto es, si un señor con corbata y tirantes gana 10 millones con apretar un botón por aceptar una operación compleja de crédito, financiación o venta de algo que ni él comprende del todo, admiramos su "trabajo". Físicamente, apretó un botón. Intelectualmente, supo qué botón apretar. Porque conoce el sistema. Y el sistema se hace para ellos, para los nuevos empleados de "cuello blanco" (añadiría "y gemelos de oro") que han logrado burocratizar la economía con una radical y simple fórmula; si todo va bien y ganamos, lo repartimos entre los que arriesgamos más; si todo va mal y perdemos, lo repartimos para los que no arriesgaron nada salvando nuestros muebles.

Sí, así es. El capitalismo no existe. El trabajo está en horas bajas. Y la realidad, tras el maquinismo, la informática, la explotación laboral de los menos favorecidos y otras hierbas, es que vivimos en un mundo donde la pirámide se ha invertido tanto que, ahora, nos sostienen aquellos que no deberían estar en la cúspide más tiempo del necesario. Hemos creado un mundo nuevo. No mejor, diferente.

Algunos consideramos el trabajo como un derecho. Y un derecho no es una obligación. Es una opción. No es tampoco un privilegio, aunque, por mi profesión, se me considere un "privilegiado". Privilegiado es aquel que logra de todo sin ningún esfuerzo, mérito ni capacidad. Por herencia o por otros temas. No, no soy un privilegiado. Tengo una vista que sí lo es, una mente analítica que no sé si calificar así, y una suerte para ciertas cosas que mejor no comento. Pero no. Ejerzo un derecho, algo que, en estos tiempos, no se comprende.

Y mientras, los de siempre, los más avariciosos, codiciosos, egoístas y faltos de moral y ética, seguirán logrando su objetivo, puesto que logran que nos peleemos... entre nosotros. No contra ellos.

Ya hemos perdido la batalla dialéctica hace tiempo, y hemos renunciado a las demás batallas muy pronto. Así que... hemos dejado de tener derechos para hacerles a ellos privilegiados. Sobre nuestros hombros. 

Vaya, pues se lo habrán ganado...

Un saludo,


viernes, 22 de junio de 2012

Anhelos, perversiones, remembranzas

Han sido un par de semanas raras. Cambios, modificaciones imprevistas, sucesos repentinos cambiando abruptamente muchos planes... para descubrir que el mundo revoluciona igual y el movimiento suele ser de 360º. Estamos igual que antes, pero diferente a como nos sentíamos.

He podido recuperar viejas ilusiones y ancianos deseos. Parece que nos gusta a veces la decrepitud, moral, física, intelectual... pero es una pose, una apostura bizarra y hueca. Verlo reflejado en otros, ayuda a contemplar el espejo de uno mismo con mayor definición. Mis anhelos no son los de hace 20 años, ni hace 10, ni hace 1. No pueden ser nunca los de antes. Lo deseado hace tiempo puede ser un engorro en este día. Pero sienta bien retomar emociones, aunque sean sintéticas. Y vivirlas.

Es extraño cómo reacciona uno. Cree que lo hará como en cientos de películas o libros, igual que los personajes a los que sigue, pero la realidad es que no es así. Tengo un don que es al tiempo maldición. Sé ver. Y no sé expresarlo con toda la claridad que desearía. Como si fuera Casandra. La tensión es algo deplorable si no se resuelve, y, lamentablemente, creo que enquista y se hace añojo en la carne, bajo la piel, hormigueando con inquieta presencia que nunca se sabe cuándo puede eruptar en grano purulento. Adoro ser honesto, pero los años pasan y la mayor honestidad, en profundidad, es callarse.

Con tal perversión de la realidad, del momento, uno lamenta la extraña moral que acecha incómoda bajo los intersticios de la relación. Sabes, pero callas. Callas, aunque debieras hablar. Debieras hablar, aunque duela. Debieras callar, pero dolerá más. No sabes, y entonces te angustias. Y sabes todo, aunque lo prefieres ignorar... No, definitivamente el lenguaje es la mayor de las perversiones. Una anómala situación evolutiva que nunca debió darse. La palabra nos hizo únicos, en todo lo bueno, lo malo y lo indeterminado. Y así convertirmos en proyectil un sonido inocuo vertido con mayor o menor conciencia de su significado, sin conocerlo realmente, creyendo ser alguien. No, la palabra es un pecado primigenio. El verbo no fue al principio, envenenó el principio.

Divago, como siempre, pero este es mi espacio, y me da absolutamente igual si alguien me entiende o prefiere marcarlo como una paja mental.

Mis recuerdos han vuelto, muchos, con sus sentimientos adheridos, pues no puedo recordar imágenes o palabras sin sentimientos pegados a ellos. No se hizo o dijo algo sin una palpitación, áurea u oscura, ausente o intensa. Todo sentimiento es realidad, realidad momentánea, caída en espiral, clavos en los pies y humo en la garganta. El pasado es un mal recuerdo de un sentimiento difuso.

El mundo está loco. No tengo ya duda. Y la carcajada no es más que la risa del alienado que lo sabe. Una risa que traspasa el alma. Y sin ella, sin la risa, estamos muertos. Sin la ilusión del futuro, sin el anhelo de algo nuevo, sin las perversiones del mundo, sin el recuerdo, estamos muertos. Sin una visión dorada, plateada o simplemente, luminosa, estamos muertos. Sin un sentimiento de bondad, de amor, de amistad, estamos muertos. Sin la creencia en un mañana, estamos muertos. Sin el dolor, sin el pánico, sin el miedo, sin la angustia, estamos muertos. Sin la prudencia y el arrojo, sin el optimismo y el pesimismo, sin saber que somos ignorantes y sabios, sin tantos adjetivos... sin el sano equilibrio de todo esto y más, más cosas, no somos humanos. Somos cualquier otra cosa.

Un saludo,

martes, 12 de junio de 2012

Miedo

¿Habéis sentido miedo alguna vez? No me refiero al de una película de terror, o una música tenebrosa. No. Tampoco a una atracción de feria o un instante en la calle donde parece que pueden atracarte o algo peor. Miedo ante el futuro. Miedo ante la clara y prístina mirada al futuro. Ojos desnudos para el mañana.

Yo siento hoy miedo. Mucho. Miedo por cosas por las que antes no sentía miedo, si no que las trataba con cierta indiferencia socarrona. Miedo ante pensamientos crudos de realidad salvaje. Miedo de que los que quiero y amo puedan sufrir. Miedo por la impotencia. Miedo por la incapacidad. Miedo ante una situación totalmente nueva, que, por mucho que nos digan "se puede manejar", uno siente temblores, ansiedad, flojera de miembros y cierto rebato a esconderse.

Durante toda mi vida no he sentido este miedo. ¿La muerte? forma parte de mi vida desde los diez años. ¿La soledad? He estado grandes temporadas solo. ¿La frustración? Me he frustrado innumerables veces. ¿El fracaso? He sido derrotado muchas veces. ¿La falta de recursos? He vivido bien, pero me crié en una familia donde me enseñaron qué era lo esencial y de qué podía prescindir. ¿Las enfermedades, las lesiones? Han estado conmigo desde niño. Pero hay una gran diferencia entre esos temores y mi miedo actual. He temido por mí mismo y siempre, siempre, he dedicado media sonrisa a esos pavores, con desdén, riéndome. Porque eran miedos sobre mi persona, la cual puedo y sé defender.

Oh, sí, he temido por los que me rodean. Pero que le puedan pasar cosas a otros no me ha paralizado. Sí, sentía pena si alguien abandonaba mi entorno, ya fuera por muerte o por otras causas. Pero sentía que la ligazón, el nudo, se podía deshacer y dejar destensado para en un futuro volverlo a enlazar con otras personas. Vive y deja vivir, disfruta de la compañía, pero no lamentes la pérdida más de lo necesario, puesto que paraliza. El miedo, siempre, paraliza. Por eso también tengo mis afectos muy concentrados. Sé a quiénes quiero, cuánto, cómo, por qué... y sé a quién puedo dejar marchar sin sufrir especialmente y con quién sufriría un tiempo, hasta que lograra reponerme.

Ahora no. Ahora, de pronto, tengo un extraño vínculo emocional, repleto de temores. Todo un bagaje nuevo de miedos, de aprensiones, de ansiedad.

Mi madre decía, sabia leonesa, que "el miedo es libre". Era su forma de reprocharme cuando yo me quejaba por las cosas de las que ella tenía miedo que me pudieran suceder. Un hijo no entiende al padre. Le desafía. Le reta constantemente. Un padre es autoridad, a la que obedecer o a la que forzar límites. Un hijo es inconsciente por definición. Debe aprender con dolor, con escarmientos, con castigos. Aprender a cómo evitar el dolor, a no sufrir castigos, a escarmentar minimizando daños. Un hijo es potencia. Un padre es acto. Un acto de pronto puesto frente a sí mismo. Un padre mira al abismo y éste le devuelve la mirada.

Mi miedo es incertidumbre. Temor al futuro. Miedo no de lo desconocido, si no de lo que conoce. De pronto, uno es censor de la sabiduría. Icono tallado en piedra que ha de servir de modelo. ¿¡Por qué!?

No hay rescate ante estos miedos. De pronto, un día, uno deja de ser hijo de sus padres e inconsciente bailarín de patio. De pronto, como un rayo, le golpean mil años repentinos y la sonrisa burlona y provocativa se transforma en un rictus de terror.

Y todo en un instante. Una eternidad.

Sí, tengo miedo.

Un saludo,