Primer partido de la selección de baloncesto. Malos presagios, al inicio, viendo las caras de los jugadores. Cierta extrañeza, algo desubicados todos. Inicio del partido, y Serbia se pone seria, defendiendo a cara de perro, recordando aquellos días de gloria de Yugoslavia. España, por el contrario, desconcentrada, inquieta, ajena.
Pronto el partido tomó un cariz nada imprevisible. España jugaba mal, como si no jugara con su estilo. De hecho, como la España perdida de los años 90, aquellos donde todo era gris. Hasta el 99. Y 10 años después, estamos de pronto con un recordatorio de esos días, cuando había complejos, pájaras, defensas con miles de huecos, pases nulos, cada uno haciendo su guerra... sistema de Scariolo, nulo. ¿Defensas? daba igual que hiciera individual, zona con ajustes, zona e individual, presión al base toda cancha... era como pasearse por un campo de tiro tras usarlo. Huecos y cráteres por donde se colaban los jugadores serbios con facilidad. Ellos estaban serios, concentrados, defendiendo fuerte, bajando el culo, como se dice, corriendo rápidos y efectivos el contraataque, sin necesidad de intimidar pero apabullando. Como la España de Pepu, la España de Aíto... pero no la España de Scariolo.
Muchos pueden pensar que odio a Scariolo. No, simplemente, comparo. Pepu, inmenso. Aíto, un dios en la tierra del baloncesto. El primero pereció por culpa del éxito mediático mal gestionado, por, entre otros, la FEB. El segundo, porque no quería quemarse y entrenar siempre, como basketholico que es. Pero si me dan a elegir...
Serbia jugó mejor. Jugó con ganas de ganar, defendiendo con ganas y demostrando que, con calma, se puede ser mejor. Corriendo.
Las caras eran un poema, como se suele decir. Rostros decaídos, brazos a todo lo largo del cuerpo, en el costado. Miradas gachas, huidizas, vacuas. Y entre esos jugadores desmotivados, desconcertados, desubicados, el rostro aparentemente sereno, orgulloso pero hueco, de Scariolo.
Mal forma de encarar el Eurobasket...
Un saludo,
martes, 8 de septiembre de 2009
lunes, 7 de septiembre de 2009
Annie Leibovitz y Andreita
Pasé el sábado por la tarde en la exposición de fotografía de Annie Leibovitz, disfrutando de algunas de sus fotos y los comentarios de las mismas. Me impresionó alguna como la de un saltador de natación que aparece suspendido en el aire, casi arrebatado a los cielos, rompiendo la lógica de la gravedad. También un par de fotos sencillas, una bicicleta sangrienta, que había dejado un surco rojo en el empedrado de Sarajevo, o la de los pies y manos ensangrentados en un cuartucho de Ruanda, tras una matanza. Sin duda, disfruté con los retratos, incluido el de “Los supervillanos” o el equipo de George W. Bush. O el de Isabel II, tétrico, evocador de tiempos anteriores, melancólico y feroz. También las naturalezas inquietantes, como la de ciertos árboles blancos. Y desde luego me encantó el estilo en ciertas fotos, no todas, donde se muestra tanto lo que se quiere enseñar, perfecto, como aquello que no se quiere mostrar, la realidad, juntando todo en un juego de cierto realismo sucio y preciosista, a un tiempo. Pero algo no me gustó…
No me gustó la relación con Susan Sontag fotografiada hasta la misma muerte de ella. No, ciertamente, me sentí como un entrometido en un asunto privado que no me interesaba. Y sin embargo, ahí estaban las fotos. Públicas, jugando con el morbo, mostrando la intimidad como si fuera arte. Había una foto que sí, me encantó, la de Sontag frente a Petra. Oprimida por las rocas del cañón que debe atravesar hasta la fachada, era una alegoría, una magnífica historia. Olvidando la parte íntima.
Salí de la exposición cuando cerraban, pensando en el conjunto de las fotos vistas. Me quedaba seguro con varias, pero no con todas, especialmente las íntimas. Y así estaba yo rumiando cuando un grupo de personas que también habían visitado la exposición fumaba y charlaba a sus puertas, pero no de las fotografías. Comentaban algo de un sitio llamado “Ambiciones” y una tal “Andreita”. Y por la forma de hablar sobre ellos, entendí que se trataba de algo personal, de un problema que tenían con alguien que iba por ahí insultándoles o haciendo putadas. Decidí apagar el oído y quedarme sentado leyendo un poco más sobre Leibovitz, pero la discusión crecía en intensidad y se acaloraba, con algunos férreos defensores de no se quién y otros de otras partes. Empecé a incomodarme y, cuando me quise dar cuenta, hablaban de todo ello basándose en no se qué programa visto en la televisión la noche anterior. Llegué entonces a la conclusión de que no veía suficiente televisión y de que no estaban hablando de su vida privada, si no de las vidas privadas de otras personas…
Entiendo la necesidad de saber, del cotilleo, dicho mal y pronto, de las personas. Información, curiosidad, para así saber a qué atenerse o mostrarse ante los demás como alguien capaz, sabio, inteligente, aunque no sea más que un cotilla. Estar informado es útil, importante, pero tanto como eso es el saber discriminar la información. Igual que los comisarios de la exposición de Leibovitz no filtraron y consideraron importante la vida íntima de Annie y Susan (Ya puedo tutearlas…) sucede con los medios que venden la supuesta vida privada de supuestos famosos. Y somos nosotros, al final, quienes decidimos qué queremos ver y escuchar. Yo, por de pronto, no me intereso nada por las vidas privadas de Andreita, Susan Sontag o Annie Leibovitz. Pero sí por algunas fotos de la última…
Un saludo,
No me gustó la relación con Susan Sontag fotografiada hasta la misma muerte de ella. No, ciertamente, me sentí como un entrometido en un asunto privado que no me interesaba. Y sin embargo, ahí estaban las fotos. Públicas, jugando con el morbo, mostrando la intimidad como si fuera arte. Había una foto que sí, me encantó, la de Sontag frente a Petra. Oprimida por las rocas del cañón que debe atravesar hasta la fachada, era una alegoría, una magnífica historia. Olvidando la parte íntima.
Salí de la exposición cuando cerraban, pensando en el conjunto de las fotos vistas. Me quedaba seguro con varias, pero no con todas, especialmente las íntimas. Y así estaba yo rumiando cuando un grupo de personas que también habían visitado la exposición fumaba y charlaba a sus puertas, pero no de las fotografías. Comentaban algo de un sitio llamado “Ambiciones” y una tal “Andreita”. Y por la forma de hablar sobre ellos, entendí que se trataba de algo personal, de un problema que tenían con alguien que iba por ahí insultándoles o haciendo putadas. Decidí apagar el oído y quedarme sentado leyendo un poco más sobre Leibovitz, pero la discusión crecía en intensidad y se acaloraba, con algunos férreos defensores de no se quién y otros de otras partes. Empecé a incomodarme y, cuando me quise dar cuenta, hablaban de todo ello basándose en no se qué programa visto en la televisión la noche anterior. Llegué entonces a la conclusión de que no veía suficiente televisión y de que no estaban hablando de su vida privada, si no de las vidas privadas de otras personas…
Entiendo la necesidad de saber, del cotilleo, dicho mal y pronto, de las personas. Información, curiosidad, para así saber a qué atenerse o mostrarse ante los demás como alguien capaz, sabio, inteligente, aunque no sea más que un cotilla. Estar informado es útil, importante, pero tanto como eso es el saber discriminar la información. Igual que los comisarios de la exposición de Leibovitz no filtraron y consideraron importante la vida íntima de Annie y Susan (Ya puedo tutearlas…) sucede con los medios que venden la supuesta vida privada de supuestos famosos. Y somos nosotros, al final, quienes decidimos qué queremos ver y escuchar. Yo, por de pronto, no me intereso nada por las vidas privadas de Andreita, Susan Sontag o Annie Leibovitz. Pero sí por algunas fotos de la última…
Un saludo,
sábado, 5 de septiembre de 2009
Son mis rodillas
Pienso en mis rodillas y en la madre que parió a todos los humanos. Literalmente, en aquel homínido residente en África y su extraña manía de andar erguida y de azuzar al prójimo (o prójimos) para moverse en busca de mejores lugares para comer. O visitar. Pienso en el largo camino que recorrieron, pasando por oriente próximo o allá entre el Tigris y el Éufrates, donde muchos se quedaron y de paso miraron al cielo, a las estrellas, y luego otros siguieron camino hasta lugares tan alejados entre sí como el actual Vigo y la ciudad de Cicely, Alaska. Hace decenas de miles de años, ellos se rompieron las rodillas, las costillas, todas las articulaciones, dejándose la vida y evolucionando, consciente o inconscientemente, hasta hoy día, hasta mi persona, miembro de esa especie única que ha terminado con rivales como el Neardental y quién sabe qué más, quedándose hace poco menos de 15.000 años como dueña y señora del planeta… la especie del homo sapiens.
Es curioso; ya no hay tanta diversidad genética, y en los países industriales, ricos, predadores de las riquezas naturales de otros países, el homo sapiens es como quien dice una masa de gelatina fofa cuyo hábitat natural es el sofá del salón y la cama con TV en la cómoda. Por eso nos va como nos va… fofos, asmáticos, con decenas de nuevas enfermedades que van minando la salud poco a poco, incapaces de valernos por nosotros mismos en el campo, pues somos ya miopes la mayor parte, con un sistema de razonamiento lógico que implica abrelatas, neveras, cocinas de inducción, hidromasaje en la ducha y, por supuesto, vehículos… poco a poco, hemos dejado que el mundo se pervierta, degenere y muera a nuestro alrededor. Y es mi rodilla la que me lo grita…
Leo ahora que, tras miles de años estando ahí, el Ártico está a punto de quedarse en agua y poco más. Por el 2030, más o menos. Ya perdimos el estrecho que une Asia con América, que será de Bering, pero seguramente el que lo descubrió y cruzó, con las rodillas cargadas de peso, tenía otro nombre. Igual que las parejas que fueron a Europa desde África, pasando por Asia, y se fueron quedando por el camino, con sus rodillas cansadas… ni qué contar los que, desde Asia o América, decidieron que caminar les había cansado mucho y, en barcos y canoas, colonizaron Oceanía antes que el hombre blanco, anglosajón, protestante y presidiario. Todos los continentes, menos el Ártico y el Antártico, si se les quiere considerar así, han sido colonizados por el hombre, por el homo, por el que ha quedado como tirano de todo esto… menos el Ártico. Y lo que no se conquista, se destruye.
Con los años, todo el mundo se va jodiendo las rodillas. El peso, el uso… es una articulación delicada. Aunque se cuide. Y me doy cuenta que he llegado antes al momento de la reflexión, por la que se inició ésta bitácora, antes por mis rodillas, por mi rodilla izquierda, primero, que siempre me duele, y ahora por la derecha… y es sencilla, y encima, nada original. El mundo es una porquería, en el 506 y en el 2000 también… antes y después y, sobre todo, durante. No nos damos cuenta, pero lo hacemos siempre, todo, de asco.
Un saludo,
Es curioso; ya no hay tanta diversidad genética, y en los países industriales, ricos, predadores de las riquezas naturales de otros países, el homo sapiens es como quien dice una masa de gelatina fofa cuyo hábitat natural es el sofá del salón y la cama con TV en la cómoda. Por eso nos va como nos va… fofos, asmáticos, con decenas de nuevas enfermedades que van minando la salud poco a poco, incapaces de valernos por nosotros mismos en el campo, pues somos ya miopes la mayor parte, con un sistema de razonamiento lógico que implica abrelatas, neveras, cocinas de inducción, hidromasaje en la ducha y, por supuesto, vehículos… poco a poco, hemos dejado que el mundo se pervierta, degenere y muera a nuestro alrededor. Y es mi rodilla la que me lo grita…
Leo ahora que, tras miles de años estando ahí, el Ártico está a punto de quedarse en agua y poco más. Por el 2030, más o menos. Ya perdimos el estrecho que une Asia con América, que será de Bering, pero seguramente el que lo descubrió y cruzó, con las rodillas cargadas de peso, tenía otro nombre. Igual que las parejas que fueron a Europa desde África, pasando por Asia, y se fueron quedando por el camino, con sus rodillas cansadas… ni qué contar los que, desde Asia o América, decidieron que caminar les había cansado mucho y, en barcos y canoas, colonizaron Oceanía antes que el hombre blanco, anglosajón, protestante y presidiario. Todos los continentes, menos el Ártico y el Antártico, si se les quiere considerar así, han sido colonizados por el hombre, por el homo, por el que ha quedado como tirano de todo esto… menos el Ártico. Y lo que no se conquista, se destruye.
Con los años, todo el mundo se va jodiendo las rodillas. El peso, el uso… es una articulación delicada. Aunque se cuide. Y me doy cuenta que he llegado antes al momento de la reflexión, por la que se inició ésta bitácora, antes por mis rodillas, por mi rodilla izquierda, primero, que siempre me duele, y ahora por la derecha… y es sencilla, y encima, nada original. El mundo es una porquería, en el 506 y en el 2000 también… antes y después y, sobre todo, durante. No nos damos cuenta, pero lo hacemos siempre, todo, de asco.
Un saludo,
viernes, 28 de agosto de 2009
La ética del fracaso
Sin duda, el mayor fracaso que tenemos en nuestra vida, inasible para muchos, es el de la muerte. Dejar interrumpidas todas las actividades, sueños, ilusiones, todas las capacidades...
Un amigo mío cumplía años ayer. Medio en broma, hemos comentado el tema de la inmortalidad. Y he recordado la historia de Borges sobre aquel hombre que quería ser Inmortal y después quiso recuperar su mortalidad, como se dice en el relato:
"La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales"
Pero al hilo del asunto, él deseando lo inalcanzable, la inmortalidad (queda un tipo real, el recuerdo en otros, pero es un tipo de inmortalidad sucedánea, puesto que es la muerte segura y el recuerdo, dudoso, y además, como con la Historia, reescrito siempre...) y yo defendiendo la belleza de la mortalidad, me ha surgido una pregunta. ¿Estamos preparados para el fracaso, comenzando por el mayor de todos, el único insalvable, el de la muerte?
Creo que no. Ilusos, consideramos que somos capaces de vencer los obstáculos, de superar las pruebas, de maquinar soluciones a todos los problemas. Es cierto en parte. No siempre lo logramos, y el fracaso nos puede convertir en muchas cosas. En mezquinos, en cobardes, en retraídos, en obsesivos, en pobres hombres sin felicidad. Porque mi descubrimiento, nada nuevo, es que lo que nos salva de todo el fracaso es la felicidad.
Tengo un trabajo que no me aporta nada, pero una rica vida fuera del mismo. Tengo la suerte de sentir amor por una mujer desde hace años, y por extraño que parezca, siento en ella la misma roca firme y a la par despeñada a la que asirme, tanto para hundirme en oscuras aguas como para nadar en océanos claros. Tengo también la suerte de contar con amigos de distintas clases, a pesar de la criba del tiempo, tan certera, que ha dejado en la cuneta a otros muchos. Tengo la suerte de tener un hermano al que temo, pero respeto y adoro, aunque él a lo mejor no lo sepa... y de tener aun un padre, aunque me vaya acostumbrando poco a poco a la futura ausencia. Tengo, en suma, felicidad en muchos lugares, en pequeños sitios, escondida como el alcohol que guarda un borracho, expectante en rincones insospechados. Tengo la felicidad de la ignorancia que conoce la sabiduría y no se mezcla en sus marañas insalvables.
Y esto lo traigo a colación porque uno de los argumentos de mi amigo Andrés es que, si fuera inmortal, podría disfrutar de todo, aprendiendo todo, conociendo todo, logrando, en suma, el sueño absurdo de la totalidad. Absurdo porque, viviendo con una física, que no es teórica, pero tiene su base, sé que el mundo es muy poliédrico, y aunque uno fuera inmortal, nunca estaría en todos los lugares en todos los momentos al mismo instante para ver todo desde todos los posibles ángulos y lugares... y entonces, así, seguiría conociendo únicamente de manera parcial la realidad, siendo ésta, siempre, como decían mis adorados escépticos primeros, algo incognoscible, imposible de aprehender...
En el fracaso al que nos lleva reconocer ésto hay que entonces plantear una ética. Si no queremos ser un Sísifo cargando con el fracaso, tenemos que liberarnos de la roca, dejando que caiga siempre, sin obligación alguna de cargarla. No hay dioses que nos castiguen, a pesar de que aceptemos castigos absurdos. Ni caer en la obsesión, en el miedo, la cobardía, la mezquindad, el retraimiento, la infelicidad en suma. Del fracaso siempre logramos las mejores lecciones, más que de las victorias. Y como he dicho, el primero de todos los fracasos, el que hace la vida sublime, es saber que, inexorablemente, morimos.
"¡Ética!", gritaba Caspar, en "Muerte entre las flores"...
Un saludo,
Un amigo mío cumplía años ayer. Medio en broma, hemos comentado el tema de la inmortalidad. Y he recordado la historia de Borges sobre aquel hombre que quería ser Inmortal y después quiso recuperar su mortalidad, como se dice en el relato:
"La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales"
Pero al hilo del asunto, él deseando lo inalcanzable, la inmortalidad (queda un tipo real, el recuerdo en otros, pero es un tipo de inmortalidad sucedánea, puesto que es la muerte segura y el recuerdo, dudoso, y además, como con la Historia, reescrito siempre...) y yo defendiendo la belleza de la mortalidad, me ha surgido una pregunta. ¿Estamos preparados para el fracaso, comenzando por el mayor de todos, el único insalvable, el de la muerte?
Creo que no. Ilusos, consideramos que somos capaces de vencer los obstáculos, de superar las pruebas, de maquinar soluciones a todos los problemas. Es cierto en parte. No siempre lo logramos, y el fracaso nos puede convertir en muchas cosas. En mezquinos, en cobardes, en retraídos, en obsesivos, en pobres hombres sin felicidad. Porque mi descubrimiento, nada nuevo, es que lo que nos salva de todo el fracaso es la felicidad.
Tengo un trabajo que no me aporta nada, pero una rica vida fuera del mismo. Tengo la suerte de sentir amor por una mujer desde hace años, y por extraño que parezca, siento en ella la misma roca firme y a la par despeñada a la que asirme, tanto para hundirme en oscuras aguas como para nadar en océanos claros. Tengo también la suerte de contar con amigos de distintas clases, a pesar de la criba del tiempo, tan certera, que ha dejado en la cuneta a otros muchos. Tengo la suerte de tener un hermano al que temo, pero respeto y adoro, aunque él a lo mejor no lo sepa... y de tener aun un padre, aunque me vaya acostumbrando poco a poco a la futura ausencia. Tengo, en suma, felicidad en muchos lugares, en pequeños sitios, escondida como el alcohol que guarda un borracho, expectante en rincones insospechados. Tengo la felicidad de la ignorancia que conoce la sabiduría y no se mezcla en sus marañas insalvables.
Y esto lo traigo a colación porque uno de los argumentos de mi amigo Andrés es que, si fuera inmortal, podría disfrutar de todo, aprendiendo todo, conociendo todo, logrando, en suma, el sueño absurdo de la totalidad. Absurdo porque, viviendo con una física, que no es teórica, pero tiene su base, sé que el mundo es muy poliédrico, y aunque uno fuera inmortal, nunca estaría en todos los lugares en todos los momentos al mismo instante para ver todo desde todos los posibles ángulos y lugares... y entonces, así, seguiría conociendo únicamente de manera parcial la realidad, siendo ésta, siempre, como decían mis adorados escépticos primeros, algo incognoscible, imposible de aprehender...
En el fracaso al que nos lleva reconocer ésto hay que entonces plantear una ética. Si no queremos ser un Sísifo cargando con el fracaso, tenemos que liberarnos de la roca, dejando que caiga siempre, sin obligación alguna de cargarla. No hay dioses que nos castiguen, a pesar de que aceptemos castigos absurdos. Ni caer en la obsesión, en el miedo, la cobardía, la mezquindad, el retraimiento, la infelicidad en suma. Del fracaso siempre logramos las mejores lecciones, más que de las victorias. Y como he dicho, el primero de todos los fracasos, el que hace la vida sublime, es saber que, inexorablemente, morimos.
"¡Ética!", gritaba Caspar, en "Muerte entre las flores"...
Un saludo,
domingo, 23 de agosto de 2009
Levante ruidoso y chabacano
He estado de vacaciones en Alicante, casi 15 días. Fruto de los cuales he estado en la molesta arena de la soleada playa, bañándome en un Mediterráneo cada vez más sucio y contaminado, pero de aguas agradables en ciertos días. Aunque yo soy más de piscina. En esos días, he tenido la oportunidad de volver a experimentar, más que otros años, la calidad cívica propia de éste lugar y momento de la costa.
Primero, el poco aprecio a las propiedades ajenas. Tres veces he encontrado que mi coche ha estado bien aparcado, pero tres veces he visto cómo un prepotente con todoterreno urbano (un psicólogo lo definiría claramente…), un señor de edad madura con sentimientos vacacionales acentuados y un niñato pisaverde de novia chulesca han decidido que yo no tengo por qué poder entrar en mi coche. Así de sencillo. Habiendo capacidad para aparcar bien, en distintas plazas, ellos han decidido que su entrada es más importante que la mía. Hasta el punto que han llegado a abrir con evidente mala hostia sus puertas rascando las mías. Naturalmente, ni cuento la multitud de coches que no respetan las paradas, stops o semáforos en rojo, con el peligro consiguiente. Educación vial, cero.
Segundo, el poco aprecio por la cultura y el dinero que nos cuesta a todos, ya sea yendo al cine o al teatro. En el cine, he tenido que soportar largas conversaciones de niñatos, de señores de cierta edad, de imbéciles que ni sabían a qué sala iban, molestando, hablando alto, haciendo ruidos y pasando de las llamadas de atención. Peor en el teatro, donde tuve que aguantar una organización chapucera, provinciana y de poco lustre para ver una obra magnífica, "Fuenteovejuna", de Lope de Vega, ahora bajo la férula del impuesto revolucionario de la SGAE. Ahí el público ya fue lamentable en todos los aspectos. Gente entrando y saliendo iniciada la obra, entorpeciendo la visión y audición del texto, incluso gritando a los actores para que éstos elevaran aun más la voz, aunque eso era casi de corrala coetánea. La compañía, magnífica. El público, digno de un Casino local. No obstante, el público fue acorde a la obra del viernes, "El reino de la tierra". Ambos, mutuamente mediocres.
Y el final viene de noche, aunque también algo hay por las mañanas. De noche, los niñatos y niñatas (¡Biba la igualdad en el lenguaje, que es sexista, machista y engorda!) dedicándose a pedorrear con sus motos a las 3 de la mañana, haciendo alardes de control, esos que suelen acabar con cuellos rotos y otras heridas, o apedreando casetas de Protección Civil, coches de los aparcamientos u otras gamberradas sonoras. En el agua, igual, los socorristas no son más que accesorios curiosos para muchos de ellos, que viven a tope sobre sus mocarros y vómitos de la noche anterior.
Acaso aguanto menos, gruño más y soy más intemperante. Pero lo cierto es que me siendo, como todos antes y después de mí, en la última generación equilibrada, la que sabía distinguir entre rebeldía gratuita, infantil berrinche, y la que produce cambios positivos en la autoridad, cuando ésta no es autoritaria, sana y necesaria. Quizá sea el mismo problema de siempre para que el que siempre doy la misma solución. Una educación, no en maneras o formas, eso va después; en el contenido. El continente, cada cual lo forje, labre y esculpe a su gusto.
Un saludo,
Primero, el poco aprecio a las propiedades ajenas. Tres veces he encontrado que mi coche ha estado bien aparcado, pero tres veces he visto cómo un prepotente con todoterreno urbano (un psicólogo lo definiría claramente…), un señor de edad madura con sentimientos vacacionales acentuados y un niñato pisaverde de novia chulesca han decidido que yo no tengo por qué poder entrar en mi coche. Así de sencillo. Habiendo capacidad para aparcar bien, en distintas plazas, ellos han decidido que su entrada es más importante que la mía. Hasta el punto que han llegado a abrir con evidente mala hostia sus puertas rascando las mías. Naturalmente, ni cuento la multitud de coches que no respetan las paradas, stops o semáforos en rojo, con el peligro consiguiente. Educación vial, cero.
Segundo, el poco aprecio por la cultura y el dinero que nos cuesta a todos, ya sea yendo al cine o al teatro. En el cine, he tenido que soportar largas conversaciones de niñatos, de señores de cierta edad, de imbéciles que ni sabían a qué sala iban, molestando, hablando alto, haciendo ruidos y pasando de las llamadas de atención. Peor en el teatro, donde tuve que aguantar una organización chapucera, provinciana y de poco lustre para ver una obra magnífica, "Fuenteovejuna", de Lope de Vega, ahora bajo la férula del impuesto revolucionario de la SGAE. Ahí el público ya fue lamentable en todos los aspectos. Gente entrando y saliendo iniciada la obra, entorpeciendo la visión y audición del texto, incluso gritando a los actores para que éstos elevaran aun más la voz, aunque eso era casi de corrala coetánea. La compañía, magnífica. El público, digno de un Casino local. No obstante, el público fue acorde a la obra del viernes, "El reino de la tierra". Ambos, mutuamente mediocres.
Y el final viene de noche, aunque también algo hay por las mañanas. De noche, los niñatos y niñatas (¡Biba la igualdad en el lenguaje, que es sexista, machista y engorda!) dedicándose a pedorrear con sus motos a las 3 de la mañana, haciendo alardes de control, esos que suelen acabar con cuellos rotos y otras heridas, o apedreando casetas de Protección Civil, coches de los aparcamientos u otras gamberradas sonoras. En el agua, igual, los socorristas no son más que accesorios curiosos para muchos de ellos, que viven a tope sobre sus mocarros y vómitos de la noche anterior.
Acaso aguanto menos, gruño más y soy más intemperante. Pero lo cierto es que me siendo, como todos antes y después de mí, en la última generación equilibrada, la que sabía distinguir entre rebeldía gratuita, infantil berrinche, y la que produce cambios positivos en la autoridad, cuando ésta no es autoritaria, sana y necesaria. Quizá sea el mismo problema de siempre para que el que siempre doy la misma solución. Una educación, no en maneras o formas, eso va después; en el contenido. El continente, cada cual lo forje, labre y esculpe a su gusto.
Un saludo,
viernes, 21 de agosto de 2009
Llegar a viejo
Son mis primeras vacaciones en las que no voy a ver a mi padre en muchos días. Desde que me he ido a vivir solo, es cierto que le veo mucho menos. Pero no evito pensar en algo sencillo, en cómo seré yo cuando alcance, si llego, su edad.
Tiene casi ochenta años. No, no tiene salud de hierro, pero sí una resistencia envidiable. Ha superado tres cánceres, vive con medio pulmón menos, atado dos terceras partes del día a una máquina de oxígeno. Tiene dolores de continuo, achaques de la edad y otros de sus enfermedades, sobre todo, el agobio existencial de no poder respirar. Encima, vive atormentado y deprimido por nuestra historia familiar; perder dos hijos y luego a tu esposa no es nada agradable. Vivir en la época que él ha vivido, tampoco ayuda. Cuando un hombre no podía llorar, ni ver a un psicólogo, ni desahogarse sin caer en la tentación de la autocompasión. Cuando trabajaba por construir un futuro para sus hijos, no para él mismo. Cuando no había vacaciones, no había derechos, no había libertades, aunque, ¿para qué las podría querer, estando como estaba deslomado por su familia?
Mi madre, una mujer de la que admiro muchas cosas, también compartió con él esas penalidades. Ella ha muerto antes, pero no lo hizo doliéndose de todo en la vida. Con sus obsesiones, sí, sus manías, también, sus dolores, pues era diabética, sus rencillas y sus penas. Si mi padre ha sido esforzado, ella no quedaba a la zaga, y su inteligencia, sin haber estudiado, por no poder, no iba por detrás de la constancia de él.
La recuerdo, y le tengo a él. Pienso en sus vidas, en lo que me han contado, en la memoria que me han dejado. Poca, fragmentada, a veces manipulada por el tiempo y la subjetividad. Recuerdos… todo ello murió con mi madre, aunque una parte quedó asociada a mí, a las conversaciones con ella, desde el tiempo en que escucharla era “un coñazo” hasta el momento en que de pronto admití que me hablaba una voz experimentada, corrida, llena de vida.
A él le tengo, pero es un doloroso memorial viviente. He aprendido cosas con él, y he descubierto algunas que me han impresionado. Sí, todos han tenido amores de juventud, como ellos dos. Pero escuchar a tu padre reverdecer pasiones con sonrojo incluido es impagable. O cómo cruzó la frontera y fue detenido. O sus andanzas de posguerra.
Lo reconozco, me dan miedo. Miedo porque saber sus vidas me hace parte de un secreto vital que me atemoriza compartir. Miedo porque ser depositario de ese conocimiento me aturde y lastra. Nunca podré ser cronista de sus vidas, pero tampoco me lo han pedido. Y me guardaré sus secretos conmigo, en mi memoria, haciéndoles un hueco en la misma y haciéndolos míos. Cuando llegue, si llego, a viejo, a su edad… ¿soportaré igualmente los dolores del cuerpo y del tiempo? Es difícil llegar a viejo…
Mi madre no puede oírme, porque no está en ningún sitio ya más que en mi memoria y las de otros. Mi padre… me cuesta ser paciente con él. Y espero poder serlo más, porque él lo merece.
¿Qué era aquello? Ah, sí. Vive feliz, haciendo felices a los que te rodean. ¡Qué fácil debiera ser!
Un saludo,
Tiene casi ochenta años. No, no tiene salud de hierro, pero sí una resistencia envidiable. Ha superado tres cánceres, vive con medio pulmón menos, atado dos terceras partes del día a una máquina de oxígeno. Tiene dolores de continuo, achaques de la edad y otros de sus enfermedades, sobre todo, el agobio existencial de no poder respirar. Encima, vive atormentado y deprimido por nuestra historia familiar; perder dos hijos y luego a tu esposa no es nada agradable. Vivir en la época que él ha vivido, tampoco ayuda. Cuando un hombre no podía llorar, ni ver a un psicólogo, ni desahogarse sin caer en la tentación de la autocompasión. Cuando trabajaba por construir un futuro para sus hijos, no para él mismo. Cuando no había vacaciones, no había derechos, no había libertades, aunque, ¿para qué las podría querer, estando como estaba deslomado por su familia?
Mi madre, una mujer de la que admiro muchas cosas, también compartió con él esas penalidades. Ella ha muerto antes, pero no lo hizo doliéndose de todo en la vida. Con sus obsesiones, sí, sus manías, también, sus dolores, pues era diabética, sus rencillas y sus penas. Si mi padre ha sido esforzado, ella no quedaba a la zaga, y su inteligencia, sin haber estudiado, por no poder, no iba por detrás de la constancia de él.
La recuerdo, y le tengo a él. Pienso en sus vidas, en lo que me han contado, en la memoria que me han dejado. Poca, fragmentada, a veces manipulada por el tiempo y la subjetividad. Recuerdos… todo ello murió con mi madre, aunque una parte quedó asociada a mí, a las conversaciones con ella, desde el tiempo en que escucharla era “un coñazo” hasta el momento en que de pronto admití que me hablaba una voz experimentada, corrida, llena de vida.
A él le tengo, pero es un doloroso memorial viviente. He aprendido cosas con él, y he descubierto algunas que me han impresionado. Sí, todos han tenido amores de juventud, como ellos dos. Pero escuchar a tu padre reverdecer pasiones con sonrojo incluido es impagable. O cómo cruzó la frontera y fue detenido. O sus andanzas de posguerra.
Lo reconozco, me dan miedo. Miedo porque saber sus vidas me hace parte de un secreto vital que me atemoriza compartir. Miedo porque ser depositario de ese conocimiento me aturde y lastra. Nunca podré ser cronista de sus vidas, pero tampoco me lo han pedido. Y me guardaré sus secretos conmigo, en mi memoria, haciéndoles un hueco en la misma y haciéndolos míos. Cuando llegue, si llego, a viejo, a su edad… ¿soportaré igualmente los dolores del cuerpo y del tiempo? Es difícil llegar a viejo…
Mi madre no puede oírme, porque no está en ningún sitio ya más que en mi memoria y las de otros. Mi padre… me cuesta ser paciente con él. Y espero poder serlo más, porque él lo merece.
¿Qué era aquello? Ah, sí. Vive feliz, haciendo felices a los que te rodean. ¡Qué fácil debiera ser!
Un saludo,
martes, 18 de agosto de 2009
Frente al mar
Escribir frente a una playa tiene algo de místico. Uno se sienta y contempla las luces de faros o barcos lejanos navegando en la oscuridad, una negrura infinita donde las estrellas apenas dan algo de luz, y siente, con la pequeñez de un individuo urbanita, que hay misterios más allá de la noche, cosas hurtadas al saber, pero no a la imaginación. Puede uno imaginar de todo, cualquier cosa; historias de contrabandistas, gente de puerto, tatuada, malcarada, con los ojos caídos y resabiados. O también historias de amor en la playa, parejas dulcemente arrulladas por el mar, acariciadas las plantas de los pies por olas rumorosas sobre su lecho de arena fina. Incluso ser prosaicos y pensar en pescadores deslomados, en estibadores con el espinazo roto de cargar, o en marineros de barcos de bandera y tripulación multinacional, con una única patria, el mar. Uno recuerda incluso la novela de “El pirata” de Conrad, de ese revolucionario confinado a la costa, rencoroso del pasado, hundido en miserias propias de la edad. Uno piensa en qué extraño país es el mar, sea el Mediterráneo, ya casi un lago, sea un océano como el Atlántico, separador de continentes. Un país de apátridas, una nación de excluidos. En el agua, nada es firme salvo uno mismo, nada se queda quieto salvo que uno mismo lo fije, con reglas y normas estrictas, las propias de la supervivencia. Sé que hay una ética propia en el mar, unas leyes internas casi inamovibles desde que el hombre vació un tronco y se echó a navegar. Sé que hay también un sueño, un deseo, el mismo del cosmonauta que abandona la orilla de su planeta para surcar un espacio infinito, repleto de misterios abisales, un ansia de conocer, de buscar, de encontrar. Y sé que el mar no es para todos, aunque pueda ser de todos. El mar, el océano, los ríos, los lagos, incluso los charcos. Tiene su propio lenguaje, rico, amplio, generoso como los frutos de la pesca. Y con todo ello, códigos, lenguajes, costumbres, habitantes, entonces, ¿no estamos ante un extraño país?
Yo soy de tierra firme, soy un urbanita que apenas sí estuvo un día en algún ferry, como quien toma el autobús. Soy alguien que apenas sí ha remado, que desconoce el ritmo de los vientos y de las corrientes. Soy alguien que sabe del mar por lo leído, por lo visto, nada más. Pero no puedo por ello dejar de admirarme y sentirme parte, aunque sea simplemente honorífica, intrusa siempre, de esa gran nación, de ese país inmenso, que bien podría haber cambiado el nombre de nuestro planeta llamándolo, más que Tierra, planeta Agua.
Un saludo,
Yo soy de tierra firme, soy un urbanita que apenas sí estuvo un día en algún ferry, como quien toma el autobús. Soy alguien que apenas sí ha remado, que desconoce el ritmo de los vientos y de las corrientes. Soy alguien que sabe del mar por lo leído, por lo visto, nada más. Pero no puedo por ello dejar de admirarme y sentirme parte, aunque sea simplemente honorífica, intrusa siempre, de esa gran nación, de ese país inmenso, que bien podría haber cambiado el nombre de nuestro planeta llamándolo, más que Tierra, planeta Agua.
Un saludo,
sábado, 11 de julio de 2009
Elogio del Western
Conozco a dos personas al menos a quienes el género del Oeste les resulta aburrido y nada apetecible. Me resulta cuando menos increíble, porque es para mí uno de los más libres, abiertos, interesantes y ricos que hay en el cine.
Desde luego, hay dos géneros puramente americanos. El western y el negro. Del segundo no hablaré, aunque tiene deudas amplias con el primero, y se han alimentado mutuamente muchos años. Del primero sí quiero hacerlo, porque me parece que lo merece, y, sobre todo, por intentar que los prejuicios que esas dos personas alimentan (fomentados por esas sesiones infantiles de tele o cine donde pasaban cintas canónicas pero muchas veces insulsas, todo sea dicho) se rompan un poquito y le den, cuando menos, una oportunidad. Va por vosotros, Cris y Andrés.
Una tierra polvorienta, mejicanos sucios y sudorosos, de sonrisas amarillas y dientes picados, aire caliente, hombres con posturas de elegancia forzada, machismo sin edulcorantes, mujeres sometidas a todo tipo de vejaciones y a los hombres, a quienes adoran, indios nobles, o viles, masacrados en pos de una mejor civilización, blanca, protestante, viril. Negros retrasados, hispanos bufones que hablan mal inglés... duelos al sol, buitres, matojos secos, roquedales, baldíos, bosques, montañas... eso está en el género, pero no hay que quedarse únicamente en la superficie, como siempre. Rascando, uno logra hallar historias tan viejas como las épicas griegas, como las aventuras legendarias del pasado contadas una y otra vez, con los mismos temas; la amistad, la traición, la pasión, el odio, el amor, la ambición, la generosidad, la locura, el ingenio...
El primer western tradicional es el del robo en blanco y negro, mudo, a un tren. Ya ahí se verán los personajes y los clichés. El bandido, los comerciantes, las mujeres de dudosa moral... será "La diligencia" del maestro, perdón, MAESTRO, John Ford, la que establezca los cánones clásicos ya en los años 30, y además con el actor fetiche, John Wayne. Su figura de jugador de rugby, casi 2 metros de yanki corpulento, mirada tierna, posturas rotas y andares cansados pero seguros, estará en las pantallas casi 40 años más. Y el tahúr, el médico, la prostituta, el sheriff, el bandido, los indios... después, vendrían otras historias, de pistoleros rápidos, de exploradores en tierras impresionantes, de sheriffs abandonados a su suerte, y, de pronto...
John Ford. El primer maestro del género, y por añadidura, del cine. Ford reescribió los viejos mitos, modificó los códigos y lenguajes, añadió notas a la gran partitura lírica del mágico mundo del celuloide. La fundación civilizada de los Estados Unidos de América, vistos como algo sucio, falso, lleno de mentiras. "El hombre que mató a Liberty Valance". La gloria de ciertas figuras, como "El joven Lincoln". Un canto al sur, melancólico y parcial, lleno de añoranzas de un mundo edulcorado, con "El sol siempre brilla sobre Kentucky". Historias de frontera, "Fort Apache" o "La legión invencible". Revisiones del mito de los reyes magos, "Los tres padrinos". Y cuando le llamaban machista, racista contrario a los indios, incapaz de hacer algo que no fuera western (tiene otro género, el "irlandés", pero ese no lo trabajaré... aunque esté absolutamente imbricado con el que trato) se sacó de la manga "Siete mujeres", un curioso western feminista en China, o "El gran Combate", un elogio a los indios, y una defensa de los negros de esa época sin reservas, "El sargento negro". Y claro está, la mejor de sus películas (aunque mi corazoncito es para "El hombre tranquilo") que es "Centauros del desierto". Ahí, las miradas, mudas, repletas de significado, cuentan muchas historias. El desierto, Monument Valley, los indios... el odio, la crueldad, el miedo, la valentía, la obcecación, la búsqueda del héroe, que no tiene hogar, realmente, un Ulises sin Penélope ni Ítaca, un hombre viril, sí, pero no un macho como los que antes y después otros figurarían... Una de las historias más bellas, crudas, repletas de vida, que jamás hayan tomado la pantalla haciéndose carne. Quien no haya visto esa película, se pierde algo tan grande como leer "La Odisea" o cualquier novela de iniciación. Quien la haya visto y no la haya disfrutado... en fin. Debería volver a verla, pues es cine, cine puro, y arte...
Ford murió, no sé si de cirrosis galopante o de fumador compulsivo. Era el año 73, creo, y ya el género estaba cambiando. Si con él estaba la épica, el héroe oscuro, agotado físicamente pero repleto de una moralidad perenne, no exenta de un dramatismo oculto por el hecho de ser alguien que no sabía actuar de otra manera (a John Wayne, en una de sus crepusculares películas, se le pidió que disparara por la espalda a un "malo" y su respuesta fue que "Soy John Wayne, y nunca mato por la espalda a nadie"... el arquetipo dixit) con otros directores, principalmente Sam Peckinpah, llegó el cambio. También hay otros directores que cambiaron el género, o más bien, se dejaron llevar por él, porque igual que las planicies son extensas, inmensas como el país norteamericano, el género es tan amplio y libre que todo cabe en él. ¿Género carcelario y de picaresca? "El día de los tramposos", por ejemplo... pero como digo, llegó Peckinpah.
De pronto, los héroes no eran sheriffs insobornables, ni ganaderos de moral más o menos recta. Los héroes eran bandidos que robaban bancos, con asesinatos de por medio. Y entonces el género descubrió "Grupo salvaje".
Tragedia griega en varios actos, todo cambiaba. La relación entre los hombres bordeaba el sentimiento de amistad rozando el de la admiración casi homosexual. Nada abiertamente (no seamos como con Sam y Frodo...) pero sí hay ya indicios. Amistad, lealtad, códigos de honor rotos y manipulados, pero mantenidos por otros... frases repletas de magnífico sentido "Todos soñamos con volver a ser niños, incluso los peores; tal vez los peores más que nadie..." o verdaderas secuencias que son impagables.
Pike le dice a Lyle, mientras se arma en silencio:
"-¿Vamos?"
Y Lyle contesta, sonriendo, como solamente podía hacerlo Ernst Borgnine:
"¿Y por qué no?"
Los cuatro caminando por el pueblo mejicano, podredumbre moral y rabiosa de la guerra civil, ajenos a todo, incluso a su claro destino. Los cuatro llegando a salvar a su compañero, un acto de generosidad insana, locura total. Los cuatro, hombres solos, valientes. Recordando una de las frases que no se dicen, pero que lo dice todo: "Los escorpiones, antes de dar la espalda a sus principios, se decantan por clavarse el aguijón..."
Todos saben el final, y los que no... no podrán entender esa pasión violenta, poética, que se puede ver en los cuadros de Goya, esos rostros desencajados, esa cámara lenta que traza y pinta con dolorosa corporeidad emociones, sentimientos, ideas e ideales...
Pero Peckinpah no triunfa tanto. No muestra cowboys guapos, altos y rubios, que nunca desenfundan antes que el rival. Sergio Leone ha desnudado el género antes, caricaturizando muchos de los arquetipos de John Ford, pero humanizándoles también. Clint Eastwood, vilipendiado hasta los años 90 como prototipo de un cine "fascista", pondrá rostro al cambio del que luego beberán Peckinpah y otros... sobre todo, uno cuya película anterior ya da trazas de cambio, y que es magistral. "Los profesionales", de Richard Brooks.
Burt Lancaster, Lee Marvin, Woody Strode, Robert Ryan, Claudia Cardinale, Jack Palance, y un magnífico Ralph Bellamy interpretan una cinta que deja un poso de cine inteligente. Entre los momentos a recordar, cuando Burt y Lee recuerdan el día que cruzaron el "Río Grande" para unirse a una revolución que no comprendían, pero donde se oían tiros y parecía continuar la grandeza de la aventura que el western personifica...
"Así que tu quieres la perfección o nada. Ohh.. eres un romántico. La revolución es como la más bella historia de amor. Al principio ella es una diosa, una causa pura. Pero todos los amores tienen un terrible enemigo.
-El tiempo,-dijo interrumpiéndole con una sonrisa en la boca.-
-Tu la ves tal como es. La revolución no es como una diosa sino una mujerzuela. Nunca ha sido pura, ni virtuosa, ni perfecta. Así que huimos y encontramos otro amor, otra causa, pero sólo son asuntos mezquinos: LUJURIA pero no amor, PASIÓN pero sin compasión y la verdad es que sin un amor, sin una causa no somos nada."
Demoledor... aunque no tanto como el final:
"Es usted un hijo de puta.
- Sí, señor, aunque en mi caso es de nacimiento. En cambio usted... usted, se ha hecho a sí mismo"
American dream del self-made man...
El western, poliédrico, libre, inabarcable, una forma más de contar historias ya narradas hace 5.000 años, iguales, antiguas y modernas todas, pero con nuevo lenguaje. Tan nuevo, sin embargo, que siempre queda alguna melancolía por lo viejo. Y si no, volvamos a Sam, Sam Peckinpah. "Pat Garret y Billy el niño", con actuación y canción de Bob Dylan. Pat y Billy se encuentran en la frontera, siempre la frontera, el inicio o el final de un camino, la ventana, la puerta de John Ford, el quicio que separa el hogar de lo salvaje, inexplorado, la entrada o la salida de ese mundo de comodidad o de violencia...
Pat habla:
"Los tiempos están cambiando"
Billy responde:
"Los tiempos, quizá, pero yo no."
THE END
Desde luego, hay dos géneros puramente americanos. El western y el negro. Del segundo no hablaré, aunque tiene deudas amplias con el primero, y se han alimentado mutuamente muchos años. Del primero sí quiero hacerlo, porque me parece que lo merece, y, sobre todo, por intentar que los prejuicios que esas dos personas alimentan (fomentados por esas sesiones infantiles de tele o cine donde pasaban cintas canónicas pero muchas veces insulsas, todo sea dicho) se rompan un poquito y le den, cuando menos, una oportunidad. Va por vosotros, Cris y Andrés.
Una tierra polvorienta, mejicanos sucios y sudorosos, de sonrisas amarillas y dientes picados, aire caliente, hombres con posturas de elegancia forzada, machismo sin edulcorantes, mujeres sometidas a todo tipo de vejaciones y a los hombres, a quienes adoran, indios nobles, o viles, masacrados en pos de una mejor civilización, blanca, protestante, viril. Negros retrasados, hispanos bufones que hablan mal inglés... duelos al sol, buitres, matojos secos, roquedales, baldíos, bosques, montañas... eso está en el género, pero no hay que quedarse únicamente en la superficie, como siempre. Rascando, uno logra hallar historias tan viejas como las épicas griegas, como las aventuras legendarias del pasado contadas una y otra vez, con los mismos temas; la amistad, la traición, la pasión, el odio, el amor, la ambición, la generosidad, la locura, el ingenio...
El primer western tradicional es el del robo en blanco y negro, mudo, a un tren. Ya ahí se verán los personajes y los clichés. El bandido, los comerciantes, las mujeres de dudosa moral... será "La diligencia" del maestro, perdón, MAESTRO, John Ford, la que establezca los cánones clásicos ya en los años 30, y además con el actor fetiche, John Wayne. Su figura de jugador de rugby, casi 2 metros de yanki corpulento, mirada tierna, posturas rotas y andares cansados pero seguros, estará en las pantallas casi 40 años más. Y el tahúr, el médico, la prostituta, el sheriff, el bandido, los indios... después, vendrían otras historias, de pistoleros rápidos, de exploradores en tierras impresionantes, de sheriffs abandonados a su suerte, y, de pronto...
John Ford. El primer maestro del género, y por añadidura, del cine. Ford reescribió los viejos mitos, modificó los códigos y lenguajes, añadió notas a la gran partitura lírica del mágico mundo del celuloide. La fundación civilizada de los Estados Unidos de América, vistos como algo sucio, falso, lleno de mentiras. "El hombre que mató a Liberty Valance". La gloria de ciertas figuras, como "El joven Lincoln". Un canto al sur, melancólico y parcial, lleno de añoranzas de un mundo edulcorado, con "El sol siempre brilla sobre Kentucky". Historias de frontera, "Fort Apache" o "La legión invencible". Revisiones del mito de los reyes magos, "Los tres padrinos". Y cuando le llamaban machista, racista contrario a los indios, incapaz de hacer algo que no fuera western (tiene otro género, el "irlandés", pero ese no lo trabajaré... aunque esté absolutamente imbricado con el que trato) se sacó de la manga "Siete mujeres", un curioso western feminista en China, o "El gran Combate", un elogio a los indios, y una defensa de los negros de esa época sin reservas, "El sargento negro". Y claro está, la mejor de sus películas (aunque mi corazoncito es para "El hombre tranquilo") que es "Centauros del desierto". Ahí, las miradas, mudas, repletas de significado, cuentan muchas historias. El desierto, Monument Valley, los indios... el odio, la crueldad, el miedo, la valentía, la obcecación, la búsqueda del héroe, que no tiene hogar, realmente, un Ulises sin Penélope ni Ítaca, un hombre viril, sí, pero no un macho como los que antes y después otros figurarían... Una de las historias más bellas, crudas, repletas de vida, que jamás hayan tomado la pantalla haciéndose carne. Quien no haya visto esa película, se pierde algo tan grande como leer "La Odisea" o cualquier novela de iniciación. Quien la haya visto y no la haya disfrutado... en fin. Debería volver a verla, pues es cine, cine puro, y arte...
Ford murió, no sé si de cirrosis galopante o de fumador compulsivo. Era el año 73, creo, y ya el género estaba cambiando. Si con él estaba la épica, el héroe oscuro, agotado físicamente pero repleto de una moralidad perenne, no exenta de un dramatismo oculto por el hecho de ser alguien que no sabía actuar de otra manera (a John Wayne, en una de sus crepusculares películas, se le pidió que disparara por la espalda a un "malo" y su respuesta fue que "Soy John Wayne, y nunca mato por la espalda a nadie"... el arquetipo dixit) con otros directores, principalmente Sam Peckinpah, llegó el cambio. También hay otros directores que cambiaron el género, o más bien, se dejaron llevar por él, porque igual que las planicies son extensas, inmensas como el país norteamericano, el género es tan amplio y libre que todo cabe en él. ¿Género carcelario y de picaresca? "El día de los tramposos", por ejemplo... pero como digo, llegó Peckinpah.
De pronto, los héroes no eran sheriffs insobornables, ni ganaderos de moral más o menos recta. Los héroes eran bandidos que robaban bancos, con asesinatos de por medio. Y entonces el género descubrió "Grupo salvaje".
Tragedia griega en varios actos, todo cambiaba. La relación entre los hombres bordeaba el sentimiento de amistad rozando el de la admiración casi homosexual. Nada abiertamente (no seamos como con Sam y Frodo...) pero sí hay ya indicios. Amistad, lealtad, códigos de honor rotos y manipulados, pero mantenidos por otros... frases repletas de magnífico sentido "Todos soñamos con volver a ser niños, incluso los peores; tal vez los peores más que nadie..." o verdaderas secuencias que son impagables.
Pike le dice a Lyle, mientras se arma en silencio:
"-¿Vamos?"
Y Lyle contesta, sonriendo, como solamente podía hacerlo Ernst Borgnine:
"¿Y por qué no?"
Los cuatro caminando por el pueblo mejicano, podredumbre moral y rabiosa de la guerra civil, ajenos a todo, incluso a su claro destino. Los cuatro llegando a salvar a su compañero, un acto de generosidad insana, locura total. Los cuatro, hombres solos, valientes. Recordando una de las frases que no se dicen, pero que lo dice todo: "Los escorpiones, antes de dar la espalda a sus principios, se decantan por clavarse el aguijón..."
Todos saben el final, y los que no... no podrán entender esa pasión violenta, poética, que se puede ver en los cuadros de Goya, esos rostros desencajados, esa cámara lenta que traza y pinta con dolorosa corporeidad emociones, sentimientos, ideas e ideales...
Pero Peckinpah no triunfa tanto. No muestra cowboys guapos, altos y rubios, que nunca desenfundan antes que el rival. Sergio Leone ha desnudado el género antes, caricaturizando muchos de los arquetipos de John Ford, pero humanizándoles también. Clint Eastwood, vilipendiado hasta los años 90 como prototipo de un cine "fascista", pondrá rostro al cambio del que luego beberán Peckinpah y otros... sobre todo, uno cuya película anterior ya da trazas de cambio, y que es magistral. "Los profesionales", de Richard Brooks.
Burt Lancaster, Lee Marvin, Woody Strode, Robert Ryan, Claudia Cardinale, Jack Palance, y un magnífico Ralph Bellamy interpretan una cinta que deja un poso de cine inteligente. Entre los momentos a recordar, cuando Burt y Lee recuerdan el día que cruzaron el "Río Grande" para unirse a una revolución que no comprendían, pero donde se oían tiros y parecía continuar la grandeza de la aventura que el western personifica...
"Así que tu quieres la perfección o nada. Ohh.. eres un romántico. La revolución es como la más bella historia de amor. Al principio ella es una diosa, una causa pura. Pero todos los amores tienen un terrible enemigo.
-El tiempo,-dijo interrumpiéndole con una sonrisa en la boca.-
-Tu la ves tal como es. La revolución no es como una diosa sino una mujerzuela. Nunca ha sido pura, ni virtuosa, ni perfecta. Así que huimos y encontramos otro amor, otra causa, pero sólo son asuntos mezquinos: LUJURIA pero no amor, PASIÓN pero sin compasión y la verdad es que sin un amor, sin una causa no somos nada."
Demoledor... aunque no tanto como el final:
"Es usted un hijo de puta.
- Sí, señor, aunque en mi caso es de nacimiento. En cambio usted... usted, se ha hecho a sí mismo"
American dream del self-made man...
El western, poliédrico, libre, inabarcable, una forma más de contar historias ya narradas hace 5.000 años, iguales, antiguas y modernas todas, pero con nuevo lenguaje. Tan nuevo, sin embargo, que siempre queda alguna melancolía por lo viejo. Y si no, volvamos a Sam, Sam Peckinpah. "Pat Garret y Billy el niño", con actuación y canción de Bob Dylan. Pat y Billy se encuentran en la frontera, siempre la frontera, el inicio o el final de un camino, la ventana, la puerta de John Ford, el quicio que separa el hogar de lo salvaje, inexplorado, la entrada o la salida de ese mundo de comodidad o de violencia...
Pat habla:
"Los tiempos están cambiando"
Billy responde:
"Los tiempos, quizá, pero yo no."
THE END
lunes, 6 de julio de 2009
Buscando a Fouché
Hoy he leído la noticia de que Robert Strange McNamara ha muerto. Inmediatamente, he recordado el gran documental de Errol Morris "The fog of war", donde se le entrevista y hace un repaso de su vida, principalmente. Casi un documental biográfico. Viéndolo, aprendí mucho de la figura de éste hombre curioso, imagen de gestor eficiente con ideales. Y enseguida me acuerdo de otro gran hombre, un político oscuro, que descubrí por otra biografía, ésta, en papel, de Stefan Zweig, un austriaco a quien mi amigo Andrés se niega a leer, por prejuicios varios, y que más le valdría aparcar de cuando en cuando... me refiero, claro está, a Fouché.
"Fouché, el genio tenebroso", así se llama dicha biografía. Junto con el documental de McNamara, doce enseñanzas (de hecho, el de Errol Morris se subtitula "Once lecciones de la vida de Robert S. McNamara") sobre lo que es el mundo, qué es la política en él (todo) y qué hacer en ocasiones.
De Fouché se dice en su biografía que solamente cometerá un error, un error que pagará después; votar por la muerte de Luis XVI. De McNamara, muchos más errores, pero sobre todo, implicarse profundamente en Vietnam. Los grandes hombres a veces dudan y hacen algo mal. Pero son también personas que miran y deciden cuándo han de hacer algo bien. Eso es lo complicado. Fiarse de la propia existencia en el momento adecuado, creer en las posibilidades de la idea que manejamos, y dar los empujones o golpes o ejecuciones en el momento justo, son los puntos esenciales de un animal político como estos dos.
McNamara una vez tuvo que hacerle una tabla comparativa de cómo iba la destrucción de las ciudades japonesas al general Curtis LeMay, demostrando que devastaban en comparación porcentajes altos de Nueva York o Washington, lo que produjo la célebre frase del último; "Si no ganamos ésta guerra, me juzgarán a mí por criminal de guerra". ¿Buenos? ¿malos? Nadie lo es. No ganan los buenos, los buenos son aquellos que ganaron...
En nuestros días, sin embargo, me temo que no tenemos ya ni siquiera Fouchés o McNamaras. Por no tener, ni tecnócratas, aunque claro, ¿quién sería algo así? carecemos de buenos gestores, de animales políticos, de visiones, de objetivos y de capacidades. Poco a poco, en la apatía, van triunfando los moderados, mediocres, los hijos del totalitarismo, aquellos que no cambiarán nada radicalmente, ni se atreverán, y poco a poco, languidecerá la democracia, las ideas de libertades, los derechos, porque pensaremos que están consolidados, pero no hace falta más que una generación con mala educación y peor memoria y entonces...
¿Se acuerdan de la Alemania Nazi? Pues si no es así, recomiendo la lectura de "Juventud sin Dios" de ödón Von Orváth...
Un saludo,
"Fouché, el genio tenebroso", así se llama dicha biografía. Junto con el documental de McNamara, doce enseñanzas (de hecho, el de Errol Morris se subtitula "Once lecciones de la vida de Robert S. McNamara") sobre lo que es el mundo, qué es la política en él (todo) y qué hacer en ocasiones.
De Fouché se dice en su biografía que solamente cometerá un error, un error que pagará después; votar por la muerte de Luis XVI. De McNamara, muchos más errores, pero sobre todo, implicarse profundamente en Vietnam. Los grandes hombres a veces dudan y hacen algo mal. Pero son también personas que miran y deciden cuándo han de hacer algo bien. Eso es lo complicado. Fiarse de la propia existencia en el momento adecuado, creer en las posibilidades de la idea que manejamos, y dar los empujones o golpes o ejecuciones en el momento justo, son los puntos esenciales de un animal político como estos dos.
McNamara una vez tuvo que hacerle una tabla comparativa de cómo iba la destrucción de las ciudades japonesas al general Curtis LeMay, demostrando que devastaban en comparación porcentajes altos de Nueva York o Washington, lo que produjo la célebre frase del último; "Si no ganamos ésta guerra, me juzgarán a mí por criminal de guerra". ¿Buenos? ¿malos? Nadie lo es. No ganan los buenos, los buenos son aquellos que ganaron...
En nuestros días, sin embargo, me temo que no tenemos ya ni siquiera Fouchés o McNamaras. Por no tener, ni tecnócratas, aunque claro, ¿quién sería algo así? carecemos de buenos gestores, de animales políticos, de visiones, de objetivos y de capacidades. Poco a poco, en la apatía, van triunfando los moderados, mediocres, los hijos del totalitarismo, aquellos que no cambiarán nada radicalmente, ni se atreverán, y poco a poco, languidecerá la democracia, las ideas de libertades, los derechos, porque pensaremos que están consolidados, pero no hace falta más que una generación con mala educación y peor memoria y entonces...
¿Se acuerdan de la Alemania Nazi? Pues si no es así, recomiendo la lectura de "Juventud sin Dios" de ödón Von Orváth...
Un saludo,
lunes, 22 de junio de 2009
Impertérrito
Definitivo. Solamente alcanza la epoché aquel al que todo o casi todo importa una mierda. En el curro, se tiene cuando te dan igual las cosas. Si te preocupas por ellas o mantienes interés, te parten la cara. ¿Cómo evitarlo? siendo impertérrito, o lo que es lo mismo, teniendo la cara cemento y no padeciendo nada...
¿Quién dijo miedo? Hay ocasiones en las que cuando alguien (un jefe, principalmente, o compañeros) te dice que has hecho algo mal, suele ser que esa persona no hizo bien su trabajo y busca ahuecar la responsabilidad y cargarte a tí con ella. Suertudo si lo logra, y también idiota si lo aceptas. Yo no suelo empollar la mierda de otros porque de ese huevo salen pocas cosas buenas... y lo único que te queda es plantearte qué hacer y cómo para pasar las magníficas 7 horas que la Administración de turno te dice regalar para que hagas cómodamente tu trabajo. 7 horas, colega. Quítale 15 o 20 minutos de entrar o salir fuera de tu hora, quítale los 30-40 minutos del desayuno, quítale un rato de gestiones variadas, y te quedan menos, quizá entre 5 y 6 horas. Y piensas en el contribuyente que se caga en la madre que parió al funcionario de turno, y recuerdas... ah, que soy estatutario, que es lo mismo pero peor, porque estoy en sanidad. Y piensas en los planteles directivos que juegan a ser de empresa privada y muy competentes, pero que en realidad fingen para salir y decir que han hecho un buen trabajo, siempre que hayan quedado bien con quienes hay que quedar bien (el resto, filfa) Piensas en el usuario, aquel buen señor (paso de paridad o paridas, como se prefiera) que llega y se queja de lo mal que va el servicio que das, porque claro, eso con dos golpes a un botón o haciendo una llamada se arregla... piensas en los compañeros, que como a la familia no los eliges pero pasas con ellos un cuarto o quinto de tu tiempo de vida, y lo que hay que aguantarles. Piensas en los jefes y en lo bien que lo harías tú si fueras ellos, mintiéndote. Piensas, en suma, que qué carajo haces en un lugar que ni te va ni te viene, con unas tareas que te la sudan, con un ambiente al que prenderías fuego tras rociarlo de veneno y gasolina, fifty-fifty, y dices, ah, claro, el sueldo... la paga... el salario...
El salario del miedo, siempre. El miedo a no tener con qué pagar y seguir viviendo en el magnífico sistema que unos cuantos privilegiados tienen y del que te dan algunas veces migas o incluso pedazos ya rancios. Voto a bríos, o voto a tal, que si pudiera, más bien le botaba...
Y con todo ello, llega el lunes, tras la reflexión del descanso autorizado, y descubres que la epoché, la mierda de la ataraxia, el superhombre o supermiembro, el estar más allá del bien o del mal o de la Línea de la Concepción es cuestión de ser un ser impertérrito. Juan Sin Miedo. Juan Sin Pelotas para reivindicar de alguna manera algo mejor. Juanito el de los Palotes, los que marcas en la celda de tu curro como días pasados o días hasta que llegue... ¿qué?
Pero no me quejo. Como digo, soy un privilegiado... y me gusta escribir.
Un saludo,
¿Quién dijo miedo? Hay ocasiones en las que cuando alguien (un jefe, principalmente, o compañeros) te dice que has hecho algo mal, suele ser que esa persona no hizo bien su trabajo y busca ahuecar la responsabilidad y cargarte a tí con ella. Suertudo si lo logra, y también idiota si lo aceptas. Yo no suelo empollar la mierda de otros porque de ese huevo salen pocas cosas buenas... y lo único que te queda es plantearte qué hacer y cómo para pasar las magníficas 7 horas que la Administración de turno te dice regalar para que hagas cómodamente tu trabajo. 7 horas, colega. Quítale 15 o 20 minutos de entrar o salir fuera de tu hora, quítale los 30-40 minutos del desayuno, quítale un rato de gestiones variadas, y te quedan menos, quizá entre 5 y 6 horas. Y piensas en el contribuyente que se caga en la madre que parió al funcionario de turno, y recuerdas... ah, que soy estatutario, que es lo mismo pero peor, porque estoy en sanidad. Y piensas en los planteles directivos que juegan a ser de empresa privada y muy competentes, pero que en realidad fingen para salir y decir que han hecho un buen trabajo, siempre que hayan quedado bien con quienes hay que quedar bien (el resto, filfa) Piensas en el usuario, aquel buen señor (paso de paridad o paridas, como se prefiera) que llega y se queja de lo mal que va el servicio que das, porque claro, eso con dos golpes a un botón o haciendo una llamada se arregla... piensas en los compañeros, que como a la familia no los eliges pero pasas con ellos un cuarto o quinto de tu tiempo de vida, y lo que hay que aguantarles. Piensas en los jefes y en lo bien que lo harías tú si fueras ellos, mintiéndote. Piensas, en suma, que qué carajo haces en un lugar que ni te va ni te viene, con unas tareas que te la sudan, con un ambiente al que prenderías fuego tras rociarlo de veneno y gasolina, fifty-fifty, y dices, ah, claro, el sueldo... la paga... el salario...
El salario del miedo, siempre. El miedo a no tener con qué pagar y seguir viviendo en el magnífico sistema que unos cuantos privilegiados tienen y del que te dan algunas veces migas o incluso pedazos ya rancios. Voto a bríos, o voto a tal, que si pudiera, más bien le botaba...
Y con todo ello, llega el lunes, tras la reflexión del descanso autorizado, y descubres que la epoché, la mierda de la ataraxia, el superhombre o supermiembro, el estar más allá del bien o del mal o de la Línea de la Concepción es cuestión de ser un ser impertérrito. Juan Sin Miedo. Juan Sin Pelotas para reivindicar de alguna manera algo mejor. Juanito el de los Palotes, los que marcas en la celda de tu curro como días pasados o días hasta que llegue... ¿qué?
Pero no me quejo. Como digo, soy un privilegiado... y me gusta escribir.
Un saludo,
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