Son mis primeras vacaciones en las que no voy a ver a mi padre en muchos días. Desde que me he ido a vivir solo, es cierto que le veo mucho menos. Pero no evito pensar en algo sencillo, en cómo seré yo cuando alcance, si llego, su edad.
Tiene casi ochenta años. No, no tiene salud de hierro, pero sí una resistencia envidiable. Ha superado tres cánceres, vive con medio pulmón menos, atado dos terceras partes del día a una máquina de oxígeno. Tiene dolores de continuo, achaques de la edad y otros de sus enfermedades, sobre todo, el agobio existencial de no poder respirar. Encima, vive atormentado y deprimido por nuestra historia familiar; perder dos hijos y luego a tu esposa no es nada agradable. Vivir en la época que él ha vivido, tampoco ayuda. Cuando un hombre no podía llorar, ni ver a un psicólogo, ni desahogarse sin caer en la tentación de la autocompasión. Cuando trabajaba por construir un futuro para sus hijos, no para él mismo. Cuando no había vacaciones, no había derechos, no había libertades, aunque, ¿para qué las podría querer, estando como estaba deslomado por su familia?
Mi madre, una mujer de la que admiro muchas cosas, también compartió con él esas penalidades. Ella ha muerto antes, pero no lo hizo doliéndose de todo en la vida. Con sus obsesiones, sí, sus manías, también, sus dolores, pues era diabética, sus rencillas y sus penas. Si mi padre ha sido esforzado, ella no quedaba a la zaga, y su inteligencia, sin haber estudiado, por no poder, no iba por detrás de la constancia de él.
La recuerdo, y le tengo a él. Pienso en sus vidas, en lo que me han contado, en la memoria que me han dejado. Poca, fragmentada, a veces manipulada por el tiempo y la subjetividad. Recuerdos… todo ello murió con mi madre, aunque una parte quedó asociada a mí, a las conversaciones con ella, desde el tiempo en que escucharla era “un coñazo” hasta el momento en que de pronto admití que me hablaba una voz experimentada, corrida, llena de vida.
A él le tengo, pero es un doloroso memorial viviente. He aprendido cosas con él, y he descubierto algunas que me han impresionado. Sí, todos han tenido amores de juventud, como ellos dos. Pero escuchar a tu padre reverdecer pasiones con sonrojo incluido es impagable. O cómo cruzó la frontera y fue detenido. O sus andanzas de posguerra.
Lo reconozco, me dan miedo. Miedo porque saber sus vidas me hace parte de un secreto vital que me atemoriza compartir. Miedo porque ser depositario de ese conocimiento me aturde y lastra. Nunca podré ser cronista de sus vidas, pero tampoco me lo han pedido. Y me guardaré sus secretos conmigo, en mi memoria, haciéndoles un hueco en la misma y haciéndolos míos. Cuando llegue, si llego, a viejo, a su edad… ¿soportaré igualmente los dolores del cuerpo y del tiempo? Es difícil llegar a viejo…
Mi madre no puede oírme, porque no está en ningún sitio ya más que en mi memoria y las de otros. Mi padre… me cuesta ser paciente con él. Y espero poder serlo más, porque él lo merece.
¿Qué era aquello? Ah, sí. Vive feliz, haciendo felices a los que te rodean. ¡Qué fácil debiera ser!
Un saludo,
viernes, 21 de agosto de 2009
martes, 18 de agosto de 2009
Frente al mar
Escribir frente a una playa tiene algo de místico. Uno se sienta y contempla las luces de faros o barcos lejanos navegando en la oscuridad, una negrura infinita donde las estrellas apenas dan algo de luz, y siente, con la pequeñez de un individuo urbanita, que hay misterios más allá de la noche, cosas hurtadas al saber, pero no a la imaginación. Puede uno imaginar de todo, cualquier cosa; historias de contrabandistas, gente de puerto, tatuada, malcarada, con los ojos caídos y resabiados. O también historias de amor en la playa, parejas dulcemente arrulladas por el mar, acariciadas las plantas de los pies por olas rumorosas sobre su lecho de arena fina. Incluso ser prosaicos y pensar en pescadores deslomados, en estibadores con el espinazo roto de cargar, o en marineros de barcos de bandera y tripulación multinacional, con una única patria, el mar. Uno recuerda incluso la novela de “El pirata” de Conrad, de ese revolucionario confinado a la costa, rencoroso del pasado, hundido en miserias propias de la edad. Uno piensa en qué extraño país es el mar, sea el Mediterráneo, ya casi un lago, sea un océano como el Atlántico, separador de continentes. Un país de apátridas, una nación de excluidos. En el agua, nada es firme salvo uno mismo, nada se queda quieto salvo que uno mismo lo fije, con reglas y normas estrictas, las propias de la supervivencia. Sé que hay una ética propia en el mar, unas leyes internas casi inamovibles desde que el hombre vació un tronco y se echó a navegar. Sé que hay también un sueño, un deseo, el mismo del cosmonauta que abandona la orilla de su planeta para surcar un espacio infinito, repleto de misterios abisales, un ansia de conocer, de buscar, de encontrar. Y sé que el mar no es para todos, aunque pueda ser de todos. El mar, el océano, los ríos, los lagos, incluso los charcos. Tiene su propio lenguaje, rico, amplio, generoso como los frutos de la pesca. Y con todo ello, códigos, lenguajes, costumbres, habitantes, entonces, ¿no estamos ante un extraño país?
Yo soy de tierra firme, soy un urbanita que apenas sí estuvo un día en algún ferry, como quien toma el autobús. Soy alguien que apenas sí ha remado, que desconoce el ritmo de los vientos y de las corrientes. Soy alguien que sabe del mar por lo leído, por lo visto, nada más. Pero no puedo por ello dejar de admirarme y sentirme parte, aunque sea simplemente honorífica, intrusa siempre, de esa gran nación, de ese país inmenso, que bien podría haber cambiado el nombre de nuestro planeta llamándolo, más que Tierra, planeta Agua.
Un saludo,
Yo soy de tierra firme, soy un urbanita que apenas sí estuvo un día en algún ferry, como quien toma el autobús. Soy alguien que apenas sí ha remado, que desconoce el ritmo de los vientos y de las corrientes. Soy alguien que sabe del mar por lo leído, por lo visto, nada más. Pero no puedo por ello dejar de admirarme y sentirme parte, aunque sea simplemente honorífica, intrusa siempre, de esa gran nación, de ese país inmenso, que bien podría haber cambiado el nombre de nuestro planeta llamándolo, más que Tierra, planeta Agua.
Un saludo,
sábado, 11 de julio de 2009
Elogio del Western
Conozco a dos personas al menos a quienes el género del Oeste les resulta aburrido y nada apetecible. Me resulta cuando menos increíble, porque es para mí uno de los más libres, abiertos, interesantes y ricos que hay en el cine.
Desde luego, hay dos géneros puramente americanos. El western y el negro. Del segundo no hablaré, aunque tiene deudas amplias con el primero, y se han alimentado mutuamente muchos años. Del primero sí quiero hacerlo, porque me parece que lo merece, y, sobre todo, por intentar que los prejuicios que esas dos personas alimentan (fomentados por esas sesiones infantiles de tele o cine donde pasaban cintas canónicas pero muchas veces insulsas, todo sea dicho) se rompan un poquito y le den, cuando menos, una oportunidad. Va por vosotros, Cris y Andrés.
Una tierra polvorienta, mejicanos sucios y sudorosos, de sonrisas amarillas y dientes picados, aire caliente, hombres con posturas de elegancia forzada, machismo sin edulcorantes, mujeres sometidas a todo tipo de vejaciones y a los hombres, a quienes adoran, indios nobles, o viles, masacrados en pos de una mejor civilización, blanca, protestante, viril. Negros retrasados, hispanos bufones que hablan mal inglés... duelos al sol, buitres, matojos secos, roquedales, baldíos, bosques, montañas... eso está en el género, pero no hay que quedarse únicamente en la superficie, como siempre. Rascando, uno logra hallar historias tan viejas como las épicas griegas, como las aventuras legendarias del pasado contadas una y otra vez, con los mismos temas; la amistad, la traición, la pasión, el odio, el amor, la ambición, la generosidad, la locura, el ingenio...
El primer western tradicional es el del robo en blanco y negro, mudo, a un tren. Ya ahí se verán los personajes y los clichés. El bandido, los comerciantes, las mujeres de dudosa moral... será "La diligencia" del maestro, perdón, MAESTRO, John Ford, la que establezca los cánones clásicos ya en los años 30, y además con el actor fetiche, John Wayne. Su figura de jugador de rugby, casi 2 metros de yanki corpulento, mirada tierna, posturas rotas y andares cansados pero seguros, estará en las pantallas casi 40 años más. Y el tahúr, el médico, la prostituta, el sheriff, el bandido, los indios... después, vendrían otras historias, de pistoleros rápidos, de exploradores en tierras impresionantes, de sheriffs abandonados a su suerte, y, de pronto...
John Ford. El primer maestro del género, y por añadidura, del cine. Ford reescribió los viejos mitos, modificó los códigos y lenguajes, añadió notas a la gran partitura lírica del mágico mundo del celuloide. La fundación civilizada de los Estados Unidos de América, vistos como algo sucio, falso, lleno de mentiras. "El hombre que mató a Liberty Valance". La gloria de ciertas figuras, como "El joven Lincoln". Un canto al sur, melancólico y parcial, lleno de añoranzas de un mundo edulcorado, con "El sol siempre brilla sobre Kentucky". Historias de frontera, "Fort Apache" o "La legión invencible". Revisiones del mito de los reyes magos, "Los tres padrinos". Y cuando le llamaban machista, racista contrario a los indios, incapaz de hacer algo que no fuera western (tiene otro género, el "irlandés", pero ese no lo trabajaré... aunque esté absolutamente imbricado con el que trato) se sacó de la manga "Siete mujeres", un curioso western feminista en China, o "El gran Combate", un elogio a los indios, y una defensa de los negros de esa época sin reservas, "El sargento negro". Y claro está, la mejor de sus películas (aunque mi corazoncito es para "El hombre tranquilo") que es "Centauros del desierto". Ahí, las miradas, mudas, repletas de significado, cuentan muchas historias. El desierto, Monument Valley, los indios... el odio, la crueldad, el miedo, la valentía, la obcecación, la búsqueda del héroe, que no tiene hogar, realmente, un Ulises sin Penélope ni Ítaca, un hombre viril, sí, pero no un macho como los que antes y después otros figurarían... Una de las historias más bellas, crudas, repletas de vida, que jamás hayan tomado la pantalla haciéndose carne. Quien no haya visto esa película, se pierde algo tan grande como leer "La Odisea" o cualquier novela de iniciación. Quien la haya visto y no la haya disfrutado... en fin. Debería volver a verla, pues es cine, cine puro, y arte...
Ford murió, no sé si de cirrosis galopante o de fumador compulsivo. Era el año 73, creo, y ya el género estaba cambiando. Si con él estaba la épica, el héroe oscuro, agotado físicamente pero repleto de una moralidad perenne, no exenta de un dramatismo oculto por el hecho de ser alguien que no sabía actuar de otra manera (a John Wayne, en una de sus crepusculares películas, se le pidió que disparara por la espalda a un "malo" y su respuesta fue que "Soy John Wayne, y nunca mato por la espalda a nadie"... el arquetipo dixit) con otros directores, principalmente Sam Peckinpah, llegó el cambio. También hay otros directores que cambiaron el género, o más bien, se dejaron llevar por él, porque igual que las planicies son extensas, inmensas como el país norteamericano, el género es tan amplio y libre que todo cabe en él. ¿Género carcelario y de picaresca? "El día de los tramposos", por ejemplo... pero como digo, llegó Peckinpah.
De pronto, los héroes no eran sheriffs insobornables, ni ganaderos de moral más o menos recta. Los héroes eran bandidos que robaban bancos, con asesinatos de por medio. Y entonces el género descubrió "Grupo salvaje".
Tragedia griega en varios actos, todo cambiaba. La relación entre los hombres bordeaba el sentimiento de amistad rozando el de la admiración casi homosexual. Nada abiertamente (no seamos como con Sam y Frodo...) pero sí hay ya indicios. Amistad, lealtad, códigos de honor rotos y manipulados, pero mantenidos por otros... frases repletas de magnífico sentido "Todos soñamos con volver a ser niños, incluso los peores; tal vez los peores más que nadie..." o verdaderas secuencias que son impagables.
Pike le dice a Lyle, mientras se arma en silencio:
"-¿Vamos?"
Y Lyle contesta, sonriendo, como solamente podía hacerlo Ernst Borgnine:
"¿Y por qué no?"
Los cuatro caminando por el pueblo mejicano, podredumbre moral y rabiosa de la guerra civil, ajenos a todo, incluso a su claro destino. Los cuatro llegando a salvar a su compañero, un acto de generosidad insana, locura total. Los cuatro, hombres solos, valientes. Recordando una de las frases que no se dicen, pero que lo dice todo: "Los escorpiones, antes de dar la espalda a sus principios, se decantan por clavarse el aguijón..."
Todos saben el final, y los que no... no podrán entender esa pasión violenta, poética, que se puede ver en los cuadros de Goya, esos rostros desencajados, esa cámara lenta que traza y pinta con dolorosa corporeidad emociones, sentimientos, ideas e ideales...
Pero Peckinpah no triunfa tanto. No muestra cowboys guapos, altos y rubios, que nunca desenfundan antes que el rival. Sergio Leone ha desnudado el género antes, caricaturizando muchos de los arquetipos de John Ford, pero humanizándoles también. Clint Eastwood, vilipendiado hasta los años 90 como prototipo de un cine "fascista", pondrá rostro al cambio del que luego beberán Peckinpah y otros... sobre todo, uno cuya película anterior ya da trazas de cambio, y que es magistral. "Los profesionales", de Richard Brooks.
Burt Lancaster, Lee Marvin, Woody Strode, Robert Ryan, Claudia Cardinale, Jack Palance, y un magnífico Ralph Bellamy interpretan una cinta que deja un poso de cine inteligente. Entre los momentos a recordar, cuando Burt y Lee recuerdan el día que cruzaron el "Río Grande" para unirse a una revolución que no comprendían, pero donde se oían tiros y parecía continuar la grandeza de la aventura que el western personifica...
"Así que tu quieres la perfección o nada. Ohh.. eres un romántico. La revolución es como la más bella historia de amor. Al principio ella es una diosa, una causa pura. Pero todos los amores tienen un terrible enemigo.
-El tiempo,-dijo interrumpiéndole con una sonrisa en la boca.-
-Tu la ves tal como es. La revolución no es como una diosa sino una mujerzuela. Nunca ha sido pura, ni virtuosa, ni perfecta. Así que huimos y encontramos otro amor, otra causa, pero sólo son asuntos mezquinos: LUJURIA pero no amor, PASIÓN pero sin compasión y la verdad es que sin un amor, sin una causa no somos nada."
Demoledor... aunque no tanto como el final:
"Es usted un hijo de puta.
- Sí, señor, aunque en mi caso es de nacimiento. En cambio usted... usted, se ha hecho a sí mismo"
American dream del self-made man...
El western, poliédrico, libre, inabarcable, una forma más de contar historias ya narradas hace 5.000 años, iguales, antiguas y modernas todas, pero con nuevo lenguaje. Tan nuevo, sin embargo, que siempre queda alguna melancolía por lo viejo. Y si no, volvamos a Sam, Sam Peckinpah. "Pat Garret y Billy el niño", con actuación y canción de Bob Dylan. Pat y Billy se encuentran en la frontera, siempre la frontera, el inicio o el final de un camino, la ventana, la puerta de John Ford, el quicio que separa el hogar de lo salvaje, inexplorado, la entrada o la salida de ese mundo de comodidad o de violencia...
Pat habla:
"Los tiempos están cambiando"
Billy responde:
"Los tiempos, quizá, pero yo no."
THE END
Desde luego, hay dos géneros puramente americanos. El western y el negro. Del segundo no hablaré, aunque tiene deudas amplias con el primero, y se han alimentado mutuamente muchos años. Del primero sí quiero hacerlo, porque me parece que lo merece, y, sobre todo, por intentar que los prejuicios que esas dos personas alimentan (fomentados por esas sesiones infantiles de tele o cine donde pasaban cintas canónicas pero muchas veces insulsas, todo sea dicho) se rompan un poquito y le den, cuando menos, una oportunidad. Va por vosotros, Cris y Andrés.
Una tierra polvorienta, mejicanos sucios y sudorosos, de sonrisas amarillas y dientes picados, aire caliente, hombres con posturas de elegancia forzada, machismo sin edulcorantes, mujeres sometidas a todo tipo de vejaciones y a los hombres, a quienes adoran, indios nobles, o viles, masacrados en pos de una mejor civilización, blanca, protestante, viril. Negros retrasados, hispanos bufones que hablan mal inglés... duelos al sol, buitres, matojos secos, roquedales, baldíos, bosques, montañas... eso está en el género, pero no hay que quedarse únicamente en la superficie, como siempre. Rascando, uno logra hallar historias tan viejas como las épicas griegas, como las aventuras legendarias del pasado contadas una y otra vez, con los mismos temas; la amistad, la traición, la pasión, el odio, el amor, la ambición, la generosidad, la locura, el ingenio...
El primer western tradicional es el del robo en blanco y negro, mudo, a un tren. Ya ahí se verán los personajes y los clichés. El bandido, los comerciantes, las mujeres de dudosa moral... será "La diligencia" del maestro, perdón, MAESTRO, John Ford, la que establezca los cánones clásicos ya en los años 30, y además con el actor fetiche, John Wayne. Su figura de jugador de rugby, casi 2 metros de yanki corpulento, mirada tierna, posturas rotas y andares cansados pero seguros, estará en las pantallas casi 40 años más. Y el tahúr, el médico, la prostituta, el sheriff, el bandido, los indios... después, vendrían otras historias, de pistoleros rápidos, de exploradores en tierras impresionantes, de sheriffs abandonados a su suerte, y, de pronto...
John Ford. El primer maestro del género, y por añadidura, del cine. Ford reescribió los viejos mitos, modificó los códigos y lenguajes, añadió notas a la gran partitura lírica del mágico mundo del celuloide. La fundación civilizada de los Estados Unidos de América, vistos como algo sucio, falso, lleno de mentiras. "El hombre que mató a Liberty Valance". La gloria de ciertas figuras, como "El joven Lincoln". Un canto al sur, melancólico y parcial, lleno de añoranzas de un mundo edulcorado, con "El sol siempre brilla sobre Kentucky". Historias de frontera, "Fort Apache" o "La legión invencible". Revisiones del mito de los reyes magos, "Los tres padrinos". Y cuando le llamaban machista, racista contrario a los indios, incapaz de hacer algo que no fuera western (tiene otro género, el "irlandés", pero ese no lo trabajaré... aunque esté absolutamente imbricado con el que trato) se sacó de la manga "Siete mujeres", un curioso western feminista en China, o "El gran Combate", un elogio a los indios, y una defensa de los negros de esa época sin reservas, "El sargento negro". Y claro está, la mejor de sus películas (aunque mi corazoncito es para "El hombre tranquilo") que es "Centauros del desierto". Ahí, las miradas, mudas, repletas de significado, cuentan muchas historias. El desierto, Monument Valley, los indios... el odio, la crueldad, el miedo, la valentía, la obcecación, la búsqueda del héroe, que no tiene hogar, realmente, un Ulises sin Penélope ni Ítaca, un hombre viril, sí, pero no un macho como los que antes y después otros figurarían... Una de las historias más bellas, crudas, repletas de vida, que jamás hayan tomado la pantalla haciéndose carne. Quien no haya visto esa película, se pierde algo tan grande como leer "La Odisea" o cualquier novela de iniciación. Quien la haya visto y no la haya disfrutado... en fin. Debería volver a verla, pues es cine, cine puro, y arte...
Ford murió, no sé si de cirrosis galopante o de fumador compulsivo. Era el año 73, creo, y ya el género estaba cambiando. Si con él estaba la épica, el héroe oscuro, agotado físicamente pero repleto de una moralidad perenne, no exenta de un dramatismo oculto por el hecho de ser alguien que no sabía actuar de otra manera (a John Wayne, en una de sus crepusculares películas, se le pidió que disparara por la espalda a un "malo" y su respuesta fue que "Soy John Wayne, y nunca mato por la espalda a nadie"... el arquetipo dixit) con otros directores, principalmente Sam Peckinpah, llegó el cambio. También hay otros directores que cambiaron el género, o más bien, se dejaron llevar por él, porque igual que las planicies son extensas, inmensas como el país norteamericano, el género es tan amplio y libre que todo cabe en él. ¿Género carcelario y de picaresca? "El día de los tramposos", por ejemplo... pero como digo, llegó Peckinpah.
De pronto, los héroes no eran sheriffs insobornables, ni ganaderos de moral más o menos recta. Los héroes eran bandidos que robaban bancos, con asesinatos de por medio. Y entonces el género descubrió "Grupo salvaje".
Tragedia griega en varios actos, todo cambiaba. La relación entre los hombres bordeaba el sentimiento de amistad rozando el de la admiración casi homosexual. Nada abiertamente (no seamos como con Sam y Frodo...) pero sí hay ya indicios. Amistad, lealtad, códigos de honor rotos y manipulados, pero mantenidos por otros... frases repletas de magnífico sentido "Todos soñamos con volver a ser niños, incluso los peores; tal vez los peores más que nadie..." o verdaderas secuencias que son impagables.
Pike le dice a Lyle, mientras se arma en silencio:
"-¿Vamos?"
Y Lyle contesta, sonriendo, como solamente podía hacerlo Ernst Borgnine:
"¿Y por qué no?"
Los cuatro caminando por el pueblo mejicano, podredumbre moral y rabiosa de la guerra civil, ajenos a todo, incluso a su claro destino. Los cuatro llegando a salvar a su compañero, un acto de generosidad insana, locura total. Los cuatro, hombres solos, valientes. Recordando una de las frases que no se dicen, pero que lo dice todo: "Los escorpiones, antes de dar la espalda a sus principios, se decantan por clavarse el aguijón..."
Todos saben el final, y los que no... no podrán entender esa pasión violenta, poética, que se puede ver en los cuadros de Goya, esos rostros desencajados, esa cámara lenta que traza y pinta con dolorosa corporeidad emociones, sentimientos, ideas e ideales...
Pero Peckinpah no triunfa tanto. No muestra cowboys guapos, altos y rubios, que nunca desenfundan antes que el rival. Sergio Leone ha desnudado el género antes, caricaturizando muchos de los arquetipos de John Ford, pero humanizándoles también. Clint Eastwood, vilipendiado hasta los años 90 como prototipo de un cine "fascista", pondrá rostro al cambio del que luego beberán Peckinpah y otros... sobre todo, uno cuya película anterior ya da trazas de cambio, y que es magistral. "Los profesionales", de Richard Brooks.
Burt Lancaster, Lee Marvin, Woody Strode, Robert Ryan, Claudia Cardinale, Jack Palance, y un magnífico Ralph Bellamy interpretan una cinta que deja un poso de cine inteligente. Entre los momentos a recordar, cuando Burt y Lee recuerdan el día que cruzaron el "Río Grande" para unirse a una revolución que no comprendían, pero donde se oían tiros y parecía continuar la grandeza de la aventura que el western personifica...
"Así que tu quieres la perfección o nada. Ohh.. eres un romántico. La revolución es como la más bella historia de amor. Al principio ella es una diosa, una causa pura. Pero todos los amores tienen un terrible enemigo.
-El tiempo,-dijo interrumpiéndole con una sonrisa en la boca.-
-Tu la ves tal como es. La revolución no es como una diosa sino una mujerzuela. Nunca ha sido pura, ni virtuosa, ni perfecta. Así que huimos y encontramos otro amor, otra causa, pero sólo son asuntos mezquinos: LUJURIA pero no amor, PASIÓN pero sin compasión y la verdad es que sin un amor, sin una causa no somos nada."
Demoledor... aunque no tanto como el final:
"Es usted un hijo de puta.
- Sí, señor, aunque en mi caso es de nacimiento. En cambio usted... usted, se ha hecho a sí mismo"
American dream del self-made man...
El western, poliédrico, libre, inabarcable, una forma más de contar historias ya narradas hace 5.000 años, iguales, antiguas y modernas todas, pero con nuevo lenguaje. Tan nuevo, sin embargo, que siempre queda alguna melancolía por lo viejo. Y si no, volvamos a Sam, Sam Peckinpah. "Pat Garret y Billy el niño", con actuación y canción de Bob Dylan. Pat y Billy se encuentran en la frontera, siempre la frontera, el inicio o el final de un camino, la ventana, la puerta de John Ford, el quicio que separa el hogar de lo salvaje, inexplorado, la entrada o la salida de ese mundo de comodidad o de violencia...
Pat habla:
"Los tiempos están cambiando"
Billy responde:
"Los tiempos, quizá, pero yo no."
THE END
lunes, 6 de julio de 2009
Buscando a Fouché
Hoy he leído la noticia de que Robert Strange McNamara ha muerto. Inmediatamente, he recordado el gran documental de Errol Morris "The fog of war", donde se le entrevista y hace un repaso de su vida, principalmente. Casi un documental biográfico. Viéndolo, aprendí mucho de la figura de éste hombre curioso, imagen de gestor eficiente con ideales. Y enseguida me acuerdo de otro gran hombre, un político oscuro, que descubrí por otra biografía, ésta, en papel, de Stefan Zweig, un austriaco a quien mi amigo Andrés se niega a leer, por prejuicios varios, y que más le valdría aparcar de cuando en cuando... me refiero, claro está, a Fouché.
"Fouché, el genio tenebroso", así se llama dicha biografía. Junto con el documental de McNamara, doce enseñanzas (de hecho, el de Errol Morris se subtitula "Once lecciones de la vida de Robert S. McNamara") sobre lo que es el mundo, qué es la política en él (todo) y qué hacer en ocasiones.
De Fouché se dice en su biografía que solamente cometerá un error, un error que pagará después; votar por la muerte de Luis XVI. De McNamara, muchos más errores, pero sobre todo, implicarse profundamente en Vietnam. Los grandes hombres a veces dudan y hacen algo mal. Pero son también personas que miran y deciden cuándo han de hacer algo bien. Eso es lo complicado. Fiarse de la propia existencia en el momento adecuado, creer en las posibilidades de la idea que manejamos, y dar los empujones o golpes o ejecuciones en el momento justo, son los puntos esenciales de un animal político como estos dos.
McNamara una vez tuvo que hacerle una tabla comparativa de cómo iba la destrucción de las ciudades japonesas al general Curtis LeMay, demostrando que devastaban en comparación porcentajes altos de Nueva York o Washington, lo que produjo la célebre frase del último; "Si no ganamos ésta guerra, me juzgarán a mí por criminal de guerra". ¿Buenos? ¿malos? Nadie lo es. No ganan los buenos, los buenos son aquellos que ganaron...
En nuestros días, sin embargo, me temo que no tenemos ya ni siquiera Fouchés o McNamaras. Por no tener, ni tecnócratas, aunque claro, ¿quién sería algo así? carecemos de buenos gestores, de animales políticos, de visiones, de objetivos y de capacidades. Poco a poco, en la apatía, van triunfando los moderados, mediocres, los hijos del totalitarismo, aquellos que no cambiarán nada radicalmente, ni se atreverán, y poco a poco, languidecerá la democracia, las ideas de libertades, los derechos, porque pensaremos que están consolidados, pero no hace falta más que una generación con mala educación y peor memoria y entonces...
¿Se acuerdan de la Alemania Nazi? Pues si no es así, recomiendo la lectura de "Juventud sin Dios" de ödón Von Orváth...
Un saludo,
"Fouché, el genio tenebroso", así se llama dicha biografía. Junto con el documental de McNamara, doce enseñanzas (de hecho, el de Errol Morris se subtitula "Once lecciones de la vida de Robert S. McNamara") sobre lo que es el mundo, qué es la política en él (todo) y qué hacer en ocasiones.
De Fouché se dice en su biografía que solamente cometerá un error, un error que pagará después; votar por la muerte de Luis XVI. De McNamara, muchos más errores, pero sobre todo, implicarse profundamente en Vietnam. Los grandes hombres a veces dudan y hacen algo mal. Pero son también personas que miran y deciden cuándo han de hacer algo bien. Eso es lo complicado. Fiarse de la propia existencia en el momento adecuado, creer en las posibilidades de la idea que manejamos, y dar los empujones o golpes o ejecuciones en el momento justo, son los puntos esenciales de un animal político como estos dos.
McNamara una vez tuvo que hacerle una tabla comparativa de cómo iba la destrucción de las ciudades japonesas al general Curtis LeMay, demostrando que devastaban en comparación porcentajes altos de Nueva York o Washington, lo que produjo la célebre frase del último; "Si no ganamos ésta guerra, me juzgarán a mí por criminal de guerra". ¿Buenos? ¿malos? Nadie lo es. No ganan los buenos, los buenos son aquellos que ganaron...
En nuestros días, sin embargo, me temo que no tenemos ya ni siquiera Fouchés o McNamaras. Por no tener, ni tecnócratas, aunque claro, ¿quién sería algo así? carecemos de buenos gestores, de animales políticos, de visiones, de objetivos y de capacidades. Poco a poco, en la apatía, van triunfando los moderados, mediocres, los hijos del totalitarismo, aquellos que no cambiarán nada radicalmente, ni se atreverán, y poco a poco, languidecerá la democracia, las ideas de libertades, los derechos, porque pensaremos que están consolidados, pero no hace falta más que una generación con mala educación y peor memoria y entonces...
¿Se acuerdan de la Alemania Nazi? Pues si no es así, recomiendo la lectura de "Juventud sin Dios" de ödón Von Orváth...
Un saludo,
lunes, 22 de junio de 2009
Impertérrito
Definitivo. Solamente alcanza la epoché aquel al que todo o casi todo importa una mierda. En el curro, se tiene cuando te dan igual las cosas. Si te preocupas por ellas o mantienes interés, te parten la cara. ¿Cómo evitarlo? siendo impertérrito, o lo que es lo mismo, teniendo la cara cemento y no padeciendo nada...
¿Quién dijo miedo? Hay ocasiones en las que cuando alguien (un jefe, principalmente, o compañeros) te dice que has hecho algo mal, suele ser que esa persona no hizo bien su trabajo y busca ahuecar la responsabilidad y cargarte a tí con ella. Suertudo si lo logra, y también idiota si lo aceptas. Yo no suelo empollar la mierda de otros porque de ese huevo salen pocas cosas buenas... y lo único que te queda es plantearte qué hacer y cómo para pasar las magníficas 7 horas que la Administración de turno te dice regalar para que hagas cómodamente tu trabajo. 7 horas, colega. Quítale 15 o 20 minutos de entrar o salir fuera de tu hora, quítale los 30-40 minutos del desayuno, quítale un rato de gestiones variadas, y te quedan menos, quizá entre 5 y 6 horas. Y piensas en el contribuyente que se caga en la madre que parió al funcionario de turno, y recuerdas... ah, que soy estatutario, que es lo mismo pero peor, porque estoy en sanidad. Y piensas en los planteles directivos que juegan a ser de empresa privada y muy competentes, pero que en realidad fingen para salir y decir que han hecho un buen trabajo, siempre que hayan quedado bien con quienes hay que quedar bien (el resto, filfa) Piensas en el usuario, aquel buen señor (paso de paridad o paridas, como se prefiera) que llega y se queja de lo mal que va el servicio que das, porque claro, eso con dos golpes a un botón o haciendo una llamada se arregla... piensas en los compañeros, que como a la familia no los eliges pero pasas con ellos un cuarto o quinto de tu tiempo de vida, y lo que hay que aguantarles. Piensas en los jefes y en lo bien que lo harías tú si fueras ellos, mintiéndote. Piensas, en suma, que qué carajo haces en un lugar que ni te va ni te viene, con unas tareas que te la sudan, con un ambiente al que prenderías fuego tras rociarlo de veneno y gasolina, fifty-fifty, y dices, ah, claro, el sueldo... la paga... el salario...
El salario del miedo, siempre. El miedo a no tener con qué pagar y seguir viviendo en el magnífico sistema que unos cuantos privilegiados tienen y del que te dan algunas veces migas o incluso pedazos ya rancios. Voto a bríos, o voto a tal, que si pudiera, más bien le botaba...
Y con todo ello, llega el lunes, tras la reflexión del descanso autorizado, y descubres que la epoché, la mierda de la ataraxia, el superhombre o supermiembro, el estar más allá del bien o del mal o de la Línea de la Concepción es cuestión de ser un ser impertérrito. Juan Sin Miedo. Juan Sin Pelotas para reivindicar de alguna manera algo mejor. Juanito el de los Palotes, los que marcas en la celda de tu curro como días pasados o días hasta que llegue... ¿qué?
Pero no me quejo. Como digo, soy un privilegiado... y me gusta escribir.
Un saludo,
¿Quién dijo miedo? Hay ocasiones en las que cuando alguien (un jefe, principalmente, o compañeros) te dice que has hecho algo mal, suele ser que esa persona no hizo bien su trabajo y busca ahuecar la responsabilidad y cargarte a tí con ella. Suertudo si lo logra, y también idiota si lo aceptas. Yo no suelo empollar la mierda de otros porque de ese huevo salen pocas cosas buenas... y lo único que te queda es plantearte qué hacer y cómo para pasar las magníficas 7 horas que la Administración de turno te dice regalar para que hagas cómodamente tu trabajo. 7 horas, colega. Quítale 15 o 20 minutos de entrar o salir fuera de tu hora, quítale los 30-40 minutos del desayuno, quítale un rato de gestiones variadas, y te quedan menos, quizá entre 5 y 6 horas. Y piensas en el contribuyente que se caga en la madre que parió al funcionario de turno, y recuerdas... ah, que soy estatutario, que es lo mismo pero peor, porque estoy en sanidad. Y piensas en los planteles directivos que juegan a ser de empresa privada y muy competentes, pero que en realidad fingen para salir y decir que han hecho un buen trabajo, siempre que hayan quedado bien con quienes hay que quedar bien (el resto, filfa) Piensas en el usuario, aquel buen señor (paso de paridad o paridas, como se prefiera) que llega y se queja de lo mal que va el servicio que das, porque claro, eso con dos golpes a un botón o haciendo una llamada se arregla... piensas en los compañeros, que como a la familia no los eliges pero pasas con ellos un cuarto o quinto de tu tiempo de vida, y lo que hay que aguantarles. Piensas en los jefes y en lo bien que lo harías tú si fueras ellos, mintiéndote. Piensas, en suma, que qué carajo haces en un lugar que ni te va ni te viene, con unas tareas que te la sudan, con un ambiente al que prenderías fuego tras rociarlo de veneno y gasolina, fifty-fifty, y dices, ah, claro, el sueldo... la paga... el salario...
El salario del miedo, siempre. El miedo a no tener con qué pagar y seguir viviendo en el magnífico sistema que unos cuantos privilegiados tienen y del que te dan algunas veces migas o incluso pedazos ya rancios. Voto a bríos, o voto a tal, que si pudiera, más bien le botaba...
Y con todo ello, llega el lunes, tras la reflexión del descanso autorizado, y descubres que la epoché, la mierda de la ataraxia, el superhombre o supermiembro, el estar más allá del bien o del mal o de la Línea de la Concepción es cuestión de ser un ser impertérrito. Juan Sin Miedo. Juan Sin Pelotas para reivindicar de alguna manera algo mejor. Juanito el de los Palotes, los que marcas en la celda de tu curro como días pasados o días hasta que llegue... ¿qué?
Pero no me quejo. Como digo, soy un privilegiado... y me gusta escribir.
Un saludo,
sábado, 6 de junio de 2009
No sale en la tele
Tengo un amigo por Cataluña que es muy interesante. Guapo, atractivo, sano, interesante, sencillo, que no simple... está casado con una mujer igual, y tiene un niño divertidísimo. La cuestión es que, en una de esas noches, salimos al jardín de su casa. Para haceros una idea, es como tener un hogar en medio de un valle, rodeado por montes poco altos, y ver el cielo estrellado, limpio, sobre nuestras cabezas... todo ello, pues claro, provoca sentimientos cósmicos y abre conversaciones acordes.
Seré breve; tras comentar si uno era ateo o deísta, tras hacer comentarios que me recordaban a esas partidas de ajedrez en las que a veces ambos hacemos movimientos casi automáticos al inicio, llegó a una conclusión magnífica, sencilla, oro puro. De esas que no salen en la tele. "Si ésto es la vida, disfrutémosla y hagamos que el resto la disfrute". Una sonrisa en los labios y felicidad para todos...
Mi amigo no saldrá en la tele, aunque podría. Su frase no alcanzará a millones de seres. Pero a mí me basta. Al final, todo se reduce a eso.
Un saludo,
Seré breve; tras comentar si uno era ateo o deísta, tras hacer comentarios que me recordaban a esas partidas de ajedrez en las que a veces ambos hacemos movimientos casi automáticos al inicio, llegó a una conclusión magnífica, sencilla, oro puro. De esas que no salen en la tele. "Si ésto es la vida, disfrutémosla y hagamos que el resto la disfrute". Una sonrisa en los labios y felicidad para todos...
Mi amigo no saldrá en la tele, aunque podría. Su frase no alcanzará a millones de seres. Pero a mí me basta. Al final, todo se reduce a eso.
Un saludo,
viernes, 5 de junio de 2009
Muchos tópicos
Los periódicos recogen el carisma de Obama y sus giras de palabras y buenas intenciones, y a mí me sorprende, o no, una vez más encontrar una manipulación de la Historia para justificar unos fines concretos. Vaya por delante que eso me produce dos sentimientos; uno positivo, porque revela cuán importante es la Historia como legitimadora. Otro negativo... por su manipulación.
Al-Ándalus y la Inquisición ("Spanish Inquisition" que dirían los Monty Pyhton) como ejemplos de tolerancia e intolerancia. Esto es, los bellos moros practicantes de un Islam de paz y concordia frente a los fanáticos católicos de instrumentos de tortura y plana concepción del mundo. Bueno, pues mire usía... el Islam es otra maldita religión (como las sectas derivadas del Judaísmo y Cristianismo) y por ello no encuentro en ellas mensajes de paz que se hayan hecho realidad. Matarse en pos de locuras fanáticas no lo veo como un mensaje de concordia, creo yo. Y desde luego, el Al-Ándalus que pinta Obama era de todo menos un lago remansado de paz y felicidad... como tampoco lo eran los reinos godos cristianos, repletos de incivilización y brutalidad. Vamos, que allí todos se pegaban con todos, puesto que, como en casi toda Europa entonces, ya no quedaba un poder central dimanado de Roma... y no vale el de la secta, que ese tenía influencia, no poder...
Así que poco menos que una divertida referencia cazada al vuelo por los periodistillos que en cuanto captan una referencia a España en los medios extranjeros se ponen manos a la obra. Divertido por lo falso, interesante por la motivación, inquietante por la ignorancia (de siempre) política...
El otro tópico es más molesto, ya. Almodóvar obtiene un honoris causa en Harvard, creo, y claro, la comparación no puede faltar, máxime al ser manchego. Un nuevo "Quixote" que lucha contra los molinos de Hollywood y otras industrias (que en España no existen) del cine, incluso a despecho de Boyeros y compañías... jode que todo español que destaque un poco, se encuentre con ese despectivo calificativo, porque no se usa en términos más profundos, si no como "un loco enfrentado a todo". Definición de Leyenda Negra, por cierto...
Claro que artículos como éste de El (in)Mundo dan ciertas pistas:
http://www.elmundo.es/elmundo/2009/06/05/rockandblog/1244170925.html
Aplíquese a industrias culturales diferentes, y nos reiremos un ratico...
Pero también es cierto que otro gran tópico castizo, hispano, propio, y real, para jodernos más, es que tenemos siempre la crítica en el paladar, lista para salir, certera y puntiaguda, pero pocas veces le acompaña la solución... o peor aún, va con decenas de soluciones inútiles.
Me encanta ser español... los días pares.
Un saludo,
Al-Ándalus y la Inquisición ("Spanish Inquisition" que dirían los Monty Pyhton) como ejemplos de tolerancia e intolerancia. Esto es, los bellos moros practicantes de un Islam de paz y concordia frente a los fanáticos católicos de instrumentos de tortura y plana concepción del mundo. Bueno, pues mire usía... el Islam es otra maldita religión (como las sectas derivadas del Judaísmo y Cristianismo) y por ello no encuentro en ellas mensajes de paz que se hayan hecho realidad. Matarse en pos de locuras fanáticas no lo veo como un mensaje de concordia, creo yo. Y desde luego, el Al-Ándalus que pinta Obama era de todo menos un lago remansado de paz y felicidad... como tampoco lo eran los reinos godos cristianos, repletos de incivilización y brutalidad. Vamos, que allí todos se pegaban con todos, puesto que, como en casi toda Europa entonces, ya no quedaba un poder central dimanado de Roma... y no vale el de la secta, que ese tenía influencia, no poder...
Así que poco menos que una divertida referencia cazada al vuelo por los periodistillos que en cuanto captan una referencia a España en los medios extranjeros se ponen manos a la obra. Divertido por lo falso, interesante por la motivación, inquietante por la ignorancia (de siempre) política...
El otro tópico es más molesto, ya. Almodóvar obtiene un honoris causa en Harvard, creo, y claro, la comparación no puede faltar, máxime al ser manchego. Un nuevo "Quixote" que lucha contra los molinos de Hollywood y otras industrias (que en España no existen) del cine, incluso a despecho de Boyeros y compañías... jode que todo español que destaque un poco, se encuentre con ese despectivo calificativo, porque no se usa en términos más profundos, si no como "un loco enfrentado a todo". Definición de Leyenda Negra, por cierto...
Claro que artículos como éste de El (in)Mundo dan ciertas pistas:
http://www.elmundo.es/elmundo/2009/06/05/rockandblog/1244170925.html
Aplíquese a industrias culturales diferentes, y nos reiremos un ratico...
Pero también es cierto que otro gran tópico castizo, hispano, propio, y real, para jodernos más, es que tenemos siempre la crítica en el paladar, lista para salir, certera y puntiaguda, pero pocas veces le acompaña la solución... o peor aún, va con decenas de soluciones inútiles.
Me encanta ser español... los días pares.
Un saludo,
domingo, 17 de mayo de 2009
¿Y yo qué querría? (Capítulo 3)
Dejé el mundo arreglado en el anterior deseo. Tenemos un sistema autoritario en un mundo donde queda un séptimo de la humanidad actual, de corte totalitario, puesto que impone una serie de normas mediante la represión, además de otros cauces como la educación. Entonces, ¿está lo que yo querría arreglado? ¿he llegado al final? Pues no.
Naturalmente, habría inconformistas. Gente que no se contenta con lo que hay. Que piensan en otras opciones, alternativas, elecciones variadas de todo cuño. Vamos, que parece ésto "Matrix". O su precedente, "La vida es sueño" de Calderón. ¿Vivir feliz en el "Sistema" o por el contrario cambiarlo y derribar todo para ser sustituido por... qué?
¿Qué es lo que yo querría?
Mi sueño lo resumo literariamente. Tengo el mundo a mis pies. He organizado lo descrito más arriba. Aquellos que discrepan son barridos, o controlados, o gestionados. Entonces... ¿ya está? Fomentaría la rebelión.
Porque eso es la vida; rebelión continuada. Siempre. Nunca "Hasta la Victoria", porque no la hay. La victoria está en el camino. En la lucha. Pocas cosas quedan y permanecen. Creemos que nuestro mundo es imperecedero, que se mantendrá intacto tras la muerte. Falso. Cambia. En vida y tras morir. Y esos cambios, esas luchas, son en gran medida savia de la vida. Necesarias. Cuando creemos tener la solución, no tenemos más que un fragmentario y minúsculo pedazo de algo parecido a lo que pudiera ser ¿la verdad? Por eso la duda eterna, que no debe paralizar, pero sí hacer reflexionar. Por eso la acción continuada, porque detenerse a veces estanca, aunque correr asfixia todo. El ritmo, el ritmo de la vida, es aquel que nosotros generamos... y raramente lo hallamos en común. Siquiera en los estados totalitarios, en los mundos autoritarios... hay mucha libertad en ellos, la libertad de oponerse. Y hay mucho autoritarismo y totalitarismo en los supuestos libres, porque las opciones se restringen hasta encauzar a todos... por eso la vida es eso; Rebelión.
Inconformismo, también. Por eso, lo que yo querría, es un mundo en el todo tenga sentido, aun careciendo del mismo. Lo que yo querría, en definitiva, es imposible, y por eso, perfecto, bello, inmarcesible... pero también, por eso mismo, perecedero.
¿Y yo querría eso? Sin duda, lo dudo.
Un saludo,
Naturalmente, habría inconformistas. Gente que no se contenta con lo que hay. Que piensan en otras opciones, alternativas, elecciones variadas de todo cuño. Vamos, que parece ésto "Matrix". O su precedente, "La vida es sueño" de Calderón. ¿Vivir feliz en el "Sistema" o por el contrario cambiarlo y derribar todo para ser sustituido por... qué?
¿Qué es lo que yo querría?
Mi sueño lo resumo literariamente. Tengo el mundo a mis pies. He organizado lo descrito más arriba. Aquellos que discrepan son barridos, o controlados, o gestionados. Entonces... ¿ya está? Fomentaría la rebelión.
Porque eso es la vida; rebelión continuada. Siempre. Nunca "Hasta la Victoria", porque no la hay. La victoria está en el camino. En la lucha. Pocas cosas quedan y permanecen. Creemos que nuestro mundo es imperecedero, que se mantendrá intacto tras la muerte. Falso. Cambia. En vida y tras morir. Y esos cambios, esas luchas, son en gran medida savia de la vida. Necesarias. Cuando creemos tener la solución, no tenemos más que un fragmentario y minúsculo pedazo de algo parecido a lo que pudiera ser ¿la verdad? Por eso la duda eterna, que no debe paralizar, pero sí hacer reflexionar. Por eso la acción continuada, porque detenerse a veces estanca, aunque correr asfixia todo. El ritmo, el ritmo de la vida, es aquel que nosotros generamos... y raramente lo hallamos en común. Siquiera en los estados totalitarios, en los mundos autoritarios... hay mucha libertad en ellos, la libertad de oponerse. Y hay mucho autoritarismo y totalitarismo en los supuestos libres, porque las opciones se restringen hasta encauzar a todos... por eso la vida es eso; Rebelión.
Inconformismo, también. Por eso, lo que yo querría, es un mundo en el todo tenga sentido, aun careciendo del mismo. Lo que yo querría, en definitiva, es imposible, y por eso, perfecto, bello, inmarcesible... pero también, por eso mismo, perecedero.
¿Y yo querría eso? Sin duda, lo dudo.
Un saludo,
¿Y yo qué querría? (Capítulo 2)
Continuamos la saga.
Decidiendo que mi petición inicial era la de no pedir nada concreto, perdido en el humo de la divagación, paso a pedir algo más sustancial, que si no, luego, me acusan de huero. Y con razón.
Yo querría un mundo con menos personas. Así de claro. Menos, más reducido en cifras, digamos... 1.000 millones, a lo sumo. Sí, casi que dejaría de lado a unos 6 o 7 mil millones de seres humanos, pero es lo que yo querría. Y 1.000 millones ya me parece muy alto en número... ¿por qué este deseo a lo Malthus? Pues por pura economía, mire usted...
Junto con esa reducción clara, que no creo se logre mediante anticonceptivos o medios similares como la educación sexual y tal y cual (siempre habrá integristas de la moral que lo impidan, haciendo el juego...) pediría entonces que, las personas remanentes, firmaran, suscribieran o tuvieran un pacto inexorable por el que sería imposible aumentar dicha cifra. Guarismos inalterables, dejando únicamente aquellos nacimientos que suplieran a los muertos. Yo quizá querría un gran superordenador controlando, calculando y decidiendo... un ente frío, máquina infalible, que trocara los sentimientos en denodado esfuerzo intelectual. ¿Y los parámetros para mantener ese límite? sencillos, debe de nacimientos igual al haber de muertos. Ya lo había dicho, ¿no?
Logramos lo imposible y el planeta tiene solamente esa cantidad de gente. Hemos reducido a un séptimo la población actual. Habría que entonces luchar por lograr el equilibrio; igual que en la Ley Seca se bebió más que nunca, la prohibición seguro que estimularía los actos sexuales para procrear aun más, junto con la inefable necesidad de especie por aumentar y crecer... entonces... ¿cómo? se me viene a la mente esa película tan maja, "La fuga de Logan", teóricamente hedonista en su comienzo y luego fuertemente moralista al final. Educación, represión... ah, pero entonces, lo otro que yo querría, eliminar los conflictos, el belicismo, la agresividad y violencia contra nuestros congéneres, quedaría anulado... o no... si encauzamos dicha agresividad y violencia contra aquellos congéneres que, como en la película, quieran vivir más allá del límite impuesto y necesario. Por tanto, ya tenemos un sistema totalitario para lograr la felicidad, puesto que si se deja en manos de diversos grupos de interés, oligarquías varias, pueden querer el modelo anterior y entonces... no, lo mejor, por el bienestar del pueblo, un sistema totalitario. Todo por el pueblo, por algunos del pueblo...
Tenemos ya la población, 1.000 millones. El sistema educativo y represor en marcha. Encauzados los instintos de agresividad y violencia. Un sistema de gobierno por tanto autoritario. Queda ver quién lo dirige... ¿la supermáquina? ¿HAL 9.000 o Skynet? ¿Quizá Indra? ah, ese es un terrible dios hindú...
Lo que yo querría... de momento, violado el capítulo 1, veo por donde van a ir mis deseos... nos leemos en el capítulo 3.
Un saludo,
Decidiendo que mi petición inicial era la de no pedir nada concreto, perdido en el humo de la divagación, paso a pedir algo más sustancial, que si no, luego, me acusan de huero. Y con razón.
Yo querría un mundo con menos personas. Así de claro. Menos, más reducido en cifras, digamos... 1.000 millones, a lo sumo. Sí, casi que dejaría de lado a unos 6 o 7 mil millones de seres humanos, pero es lo que yo querría. Y 1.000 millones ya me parece muy alto en número... ¿por qué este deseo a lo Malthus? Pues por pura economía, mire usted...
Junto con esa reducción clara, que no creo se logre mediante anticonceptivos o medios similares como la educación sexual y tal y cual (siempre habrá integristas de la moral que lo impidan, haciendo el juego...) pediría entonces que, las personas remanentes, firmaran, suscribieran o tuvieran un pacto inexorable por el que sería imposible aumentar dicha cifra. Guarismos inalterables, dejando únicamente aquellos nacimientos que suplieran a los muertos. Yo quizá querría un gran superordenador controlando, calculando y decidiendo... un ente frío, máquina infalible, que trocara los sentimientos en denodado esfuerzo intelectual. ¿Y los parámetros para mantener ese límite? sencillos, debe de nacimientos igual al haber de muertos. Ya lo había dicho, ¿no?
Logramos lo imposible y el planeta tiene solamente esa cantidad de gente. Hemos reducido a un séptimo la población actual. Habría que entonces luchar por lograr el equilibrio; igual que en la Ley Seca se bebió más que nunca, la prohibición seguro que estimularía los actos sexuales para procrear aun más, junto con la inefable necesidad de especie por aumentar y crecer... entonces... ¿cómo? se me viene a la mente esa película tan maja, "La fuga de Logan", teóricamente hedonista en su comienzo y luego fuertemente moralista al final. Educación, represión... ah, pero entonces, lo otro que yo querría, eliminar los conflictos, el belicismo, la agresividad y violencia contra nuestros congéneres, quedaría anulado... o no... si encauzamos dicha agresividad y violencia contra aquellos congéneres que, como en la película, quieran vivir más allá del límite impuesto y necesario. Por tanto, ya tenemos un sistema totalitario para lograr la felicidad, puesto que si se deja en manos de diversos grupos de interés, oligarquías varias, pueden querer el modelo anterior y entonces... no, lo mejor, por el bienestar del pueblo, un sistema totalitario. Todo por el pueblo, por algunos del pueblo...
Tenemos ya la población, 1.000 millones. El sistema educativo y represor en marcha. Encauzados los instintos de agresividad y violencia. Un sistema de gobierno por tanto autoritario. Queda ver quién lo dirige... ¿la supermáquina? ¿HAL 9.000 o Skynet? ¿Quizá Indra? ah, ese es un terrible dios hindú...
Lo que yo querría... de momento, violado el capítulo 1, veo por donde van a ir mis deseos... nos leemos en el capítulo 3.
Un saludo,
sábado, 16 de mayo de 2009
¿Y yo qué querría? (Capítulo 1)
Inauguro una especie de sección positivista, puesto que siempre parezco quejarme de muchas cosas, con éste título tan iluso, perdón, esperanzador.
Lo primero de todo, qué querría yo en un mundo como el nuestro hoy día. Para la vida diaria, se entiende, y para el futuro cuando yo no esté aquí. Bien, primero de todo, el marco temporal... ¿tengo derecho a imponer en el futuro una forma de pensar porque crea que es lo mejor? Quizá es un punto de partida. Como Jefferson, lo mejor sería dejar que cada generación ( si algo tan homogéneo existiera más allá de lo conceptual) eligiera su propio camino y destino. Pero claro, durante su vida ya lo está pensando, por lo cual consumiría parte de su camino en decidir qué y cómo... pero eso es su problema. Yo hablo de lo que querría, no de lo que debería ser.
Así pues, me centro en lo que querría para nuestra vida presente. ¿Nuestra? ¿de todos? "oiga, que a lo mejor usted quiere algo para mí que no es lo que yo quiero", me diría algún (escaso o nulo) lector de los que ésto miran... así que también tengo que circunscribirme a lo que yo deseo.
Pero claro, yo solo deseo cosas que también afecten a los demás, y entonces, estaré conculcando lo anterior... por lo que ya estaría en una traba tal que no merecería la pena continuar. ¿O sí?
Venga, lo que yo querría. Afecte a quien afecte en el momento que le afecte.
Ante todo, que no sean tan mesiánicos y piensen que pueden saber qué quieren todos los demás. Cada cual tiene su espacio de decisión y de libertad para ello, amplia o restringida, pero opción, a fin de cuentas. Por tanto... ¿no quiero querer nada para los demás? sí, algo sí quiero... poder expresarlo, dejarlo caer, a reflexión ajena, y si se convence alguien...
Fin del primer deseo.
Un saludo,
Lo primero de todo, qué querría yo en un mundo como el nuestro hoy día. Para la vida diaria, se entiende, y para el futuro cuando yo no esté aquí. Bien, primero de todo, el marco temporal... ¿tengo derecho a imponer en el futuro una forma de pensar porque crea que es lo mejor? Quizá es un punto de partida. Como Jefferson, lo mejor sería dejar que cada generación ( si algo tan homogéneo existiera más allá de lo conceptual) eligiera su propio camino y destino. Pero claro, durante su vida ya lo está pensando, por lo cual consumiría parte de su camino en decidir qué y cómo... pero eso es su problema. Yo hablo de lo que querría, no de lo que debería ser.
Así pues, me centro en lo que querría para nuestra vida presente. ¿Nuestra? ¿de todos? "oiga, que a lo mejor usted quiere algo para mí que no es lo que yo quiero", me diría algún (escaso o nulo) lector de los que ésto miran... así que también tengo que circunscribirme a lo que yo deseo.
Pero claro, yo solo deseo cosas que también afecten a los demás, y entonces, estaré conculcando lo anterior... por lo que ya estaría en una traba tal que no merecería la pena continuar. ¿O sí?
Venga, lo que yo querría. Afecte a quien afecte en el momento que le afecte.
Ante todo, que no sean tan mesiánicos y piensen que pueden saber qué quieren todos los demás. Cada cual tiene su espacio de decisión y de libertad para ello, amplia o restringida, pero opción, a fin de cuentas. Por tanto... ¿no quiero querer nada para los demás? sí, algo sí quiero... poder expresarlo, dejarlo caer, a reflexión ajena, y si se convence alguien...
Fin del primer deseo.
Un saludo,
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