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lunes, 4 de agosto de 2008

Profesión y Afición

Tengo una profesión, por referirme a la ocupación que me da dinero, a la cual no me dedico más que lo imprescindible y, cuanto menos, mejor para mi salud. Y tengo por oposición varias aficiones, por referirme a las ocupaciones que no me dan dinero, a las que me dedico siempre que puedo y cuanto más, mejor para mi salud. Esta contradicción, que puede escandalizar a los que todavía creen que el trabajo es lo más importante de la vida, lo que nos realiza como seres humanos, aquello que centra y dirige nuestro destino, no es tal. A veces, la afición da dinero y entonces se hace profesión, y el equilibrio, delicado, difuso, muchas veces en el filo cortante de la realidad, genera otro tipo de nerviosismo, de agotamiento.

En España, según épocas, la gente es más o menos feliz con su trabajo. Resignada, más bien, y por tanto aceptando que tendrá por compañeros a gente que aguantará, más que disfrutará, por muchos años, día tras día. Y por tanto, en la resignación, en la acomodaticia aceptación de la situación, encuentran cierta felicidad. Pero esa felicidad es mezquina, mediocre y muchas veces, inicua.

Los tiempos cambian, siempre, aunque algunas cosas permanecen. Hemos aceptado la lacra del trabajo como algo natural; malos horarios, actividades que no haríamos salvo por dinero, muchas veces, poco dinero... es entonces lacra, sin paliativos. Sin embargo, siempre algunos tratan de escapar de aquella mediocridad, y sabiendo que necesitan sustento alguno para ello, o buscan trabajos sin complicaciones, con tiempo y recursos, o son rentistas (como mi amigo Rafa, que sin embargo, entra dentro de los felices afortunados que trabajan en lo que le gusta, y por tanto, afición y profesión son lo mismo) o hijos de millonarios o gente de muchos recursos. El soporte financiero es siempre necesario, para lo que sea, desde componer sonetos hasta pintar cuadros o construir grandes obras de arte.

Por eso, desde una de mis aficiones, denuncio algo que me enerva, en el sentido castellano de dejarme sin fuerzas, derrotado, laxo, inerte; el conocimiento del pasado, aunque sea de una mínima porción del mismo, es una de esas cosas que casi nadie comprende, casi nadie apuesta por ello, casi nadie pone un euro por conservarlo y mantenerlo. Puedo hablar del mundo romano, para mí, uno de los episodios que más han hecho por configurar quiénes somos hoy día en gran parte del mundo, y qué legados disfrutamos y nos hacen la vida mejor.

Vengo de una localidad alicantina llamada Villajoyosa. En aquella ciudad, hay numerosos yacimientos de diversas épocas, y también hay proyectos para dar vida y capacidad interpretativa a algunos de ellos. Pero el escollo principal es que, como siempre, hay una visión miope, menguada y distorsionada de lo que es la cultura por parte de muchos de los dirigentes locales. No todos, ojo. Por eso, esta dicotomía es homenaje a uno de ellos, principalmente. Un hombre con buenas ideas y mucho trabajo a cuestas, Pedro.

Pedro trabaja sin descanso, busca fórmulas para, con un presupuesto inexistente, lograr que muchos conozcan qué hay en la ciudad de que hablo. Fenicios, romanos, musulmanes, cristianos, piratas y corsarios... atesora tal cantidad de historia este lugar (como muchos otros de nuestro país, de Europa, del Mundo) que resultaría ineficaz cualquier intento de resumirla. Quiere un Museo, quiere integrar algunos yacimientos en el mismo, lograr que la diversión de sol y playa se complemente con la cultura, la que nos habla de nuestro pasado, de nuestros orígenes y de nuestras costumbres, adquiridas en el curso de los años, de los siglos. Quiere que se reconozca la importancia, por lo que cuentan, de algunos lugares y objetos impresionantes. Y la poca ayuda que tiene, por desgracia, es la de algunos entusiastas, como por ejemplo, nosotros; los locos de “Hispania Romana”.

Ya he dicho que es una de mis aficiones. Presido, hasta fin de año, ésta asociación cultural que no es meramente un grupo de personas que se disfrazan de época, si no de gente que comparte un valor común; conocer la historia y contársela a otros. Pedro es uno de ellos. Y ojalá, con nuestro concurso, mínimo, gota en el océano, logre acercarse y lograr esos objetivos. Entonces sentiré que mi afición, por la que no me pagan, me ha recompensado ampliamente, más de lo que parece.

Sé que otros dirán que hay cosas más importantes; salvar a las especies con las que compartimos piso pero a las que sisamos de la nevera común, democratizar el mundo, lograr más justicia y paz, pan para el hambriento y salud para el enfermo, desfanatizar al religioso y dar consuelo al necesitado e incluso lograr que algunos tomemos en serio proyectos ilusos. Pero soy subjetivo, cómo no, y por tanto, así plasmo mi defensa.

Trabajo o afición... de algo hay que vivir, pero también por algo hay que vivir.

Un saludo,

lunes, 21 de julio de 2008

Hartazgo de la mediocridad... ajena.

Resulta que uno va cumpliendo años, y muchas cosas que antes se sobrellevaban o aguantaban sin problemas, ahora ya no se soportan. A veces, ni siquiera se pueden permitir. Y se llega a la conclusión siguiente; tantas veces visto el mismo problema, la misma mediocridad, logra indisponer contra ella y violentar la paz del espíritu y la sobadísima paciencia. Por tanto, uno salta... y sea éste un mensaje cínico.

Harta ver la mentira en labios ajenos, soltada con inmaculada despreocupación. Harta también la petulancia, el jactancioso y el bravucón, el valiente de boquilla y el chulo de piscina. Harta ver al que siempre saca punta a las cosas, el que está con la coletilla dispuesta, al que siempre hay que escuchar la frase comenzada con el "si yo..." perenne. Harta, en suma, la podredumbre de la falsedad, de lo inventado sin más objeto que el enaltecimiento propio y disminución ajena, el fomento de la envida o su paliativo mediante el recurso a la mentira.

También, y eso más, harta la mediocridad. El ser que presume de inteligente, de agudo, de listo, de intelectual. El ser que al hablar expele flatulencias, y al escuchar, orina. El que se da de lo que lo es, pero es peor de lo que piensa que es. El mediocre que no puede callarse, pues su silencio para él es un error, y el vacío hay que rellenarlo de palabras. El mediocre, en suma, que pretende ser lo que no es. Esos son los peores, y son legión, o legión y media.

Hartan tantas cosas que no seguiré. Me tomo vacaciones, y me convertiré en uno de los mediocres veraneantes de playa y piscina que cohabitan con miles de semejantes, del género ovino o bovino, entre arena y hierba, sin alternar como Nadal, si no, más bien, como los susodichos animales. Porque, a fin de cuentas, no hay genio de 24 horas, pero sí mediocres a jornada completa.

Un saludo,

viernes, 18 de julio de 2008

La ilusión y el cinismo

Suenan contradictorias, ¿verdad? pero en realidad uno de los estados es consecuencia del otro. No se puede ser cínico sin antes haber tenido ilusión por algo.

Primero, el que tiene una ilusión y aún no se le llama iluso, suele usar palabras llanas, ingenuas, repletas de sentimiento y ardor. Busca, con simplicidad, lograr hacer verdad ciertas cosas irreales, y en el camino choca frontalmente con muchos obstáculos, entre ellos, el último estado en que quedará el ilusionado; los cínicos. Pues éstos, en principio, se comportan, y tratan al futuro iluso con ironía, fina, hilvanada con ingenio. Pero luego, cuanto más avanza en su búsqueda de la felicidad por lo irreal, el futuro iluso la comienza a usar también más de lo que quisiera. Se pasa al segundo estadio.

El uso de la ironía presagia un estado peor. El ilusionado, aun no iluso, decide bordear los obstáculos, reales o fingidos, más potentes o más aparentes, con esa ironía aprendida, calándola entre su ingenuidad, entre su fogosidad y su simplicidad. Así pues, resulta irresistible, pues es honesto, franco y abierto, al tiempo que posee cierta maldad inteligente. Así y todo, se empieza a llevar los primeros golpes más serios, puesto que al acercarse más a la posibilidad cierta de lograr su ilusión, el resto, desilusionados, envidiosos, apáticos, rutinarios, funcionarios de la vida, despiertan y usan entonces otras armas; el sarcasmo cruel o la crudelísima llamada a la realidad, sea ésta cual sea. Y entonces es ahí donde el ilusionado va a pasar a ser iluso, puesto que es el primer insulto que recibe y el primer golpe serio que encaja. Su ironía no puede con el sarcasmo, puesto que es como usar un florete contra espadones romos. Él esgrime delicadamente ideas y espíritus, pero los demás le responden contundentemente con plomo, hierro y dolor.

Ya está entonces el ilusionado convertido en iluso, y el iluso pasará entonces, en la tercera fase, a engrosar los cuadros del cínico, del habitante del sarcasmo y la mentira conocida, de la persona que, en definitiva, abandonó los valores previos y ahora da cobijo a un nuevo adepto de la realidad, la que impone o se impone mediante brutalidad y manejo falsario de los hechos de la vida. En suma, el cínico, antes iluso, previamente ilusionado, involuciona hacia un estado deprimente, triste, encajado en lo puramente funcional, con un pragmatismo descarnado y un realismo moldeado por la distorsión negativa de la ilusión. El cínico, inteligente, sí, observador, también, sin embargo se queda en esa pose de espectador y olvida lo que impulsa muchas veces la vida; el sueño de la ilusión.

Porque con la ilusión uno puede ver más allá de sí mismo, de los demás, del mundo y de todo. La ilusión es la compañera de la imaginación, y ambas, como su padre, el sueño, son las dueñas de todo lo que nos rodea, del mundo entero, del universo. Encontrar la playa bajo los adoquines es más que un eslogan, y pretender un mundo mejor también es real. Pero ya hemos visto el camino que separa a los que tienen ilusión de los cínicos. Muchos, sencillamente, se quedan en ilusos, y con ellos, la mezquindad, el dolor, la abulia, la miopía...

Al menos, un cínico vale más que diez ilusos, y un ser ilusionado, más que mil cínicos. Porque el cínico puede revertirse a ilusionado sin pasar por iluso, ya que al menos ha llegado a cierta inteligencia...

¿O estaré siendo cínico yo mismo?

Un saludo,

miércoles, 16 de julio de 2008

La cultura... ¿de quién?

Me lleva rondando la cabeza hace ya semanas una cuestión curiosa, a raiz del Manifiesto por el Castellano. En el mismo, se dice que la lengua es patrimonio de las personas, no de un Estado o Territorio concreto. Esto es, la lengua va con cada uno, y cada uno es, por tanto, depositario de lo que eso significa. Una terrible consecuencia.

Aparte de las significaciones políticas (como siempre, unos arriman el ascua a su sardina o tratan de apagarla) creo que hay un tema muy bueno, el de la cultura. Porque la lengua, como decía (simplificando) Wittgenstein (que es pensador para mí grato, aunque árido) es lo que limita nuestro mundo. Y si logramos sobrepasarlo, será con ella. Aquello que podemos nombrar, existe. Lo que no, no existe.

Claro que no es Wittgenstein el primero en pensar así. Los mal llamados "Presocráticos" ya lo decían, y uno de ellos, el maravilloso Sexto Empírico, va más lejos; realmente, no podemos conocer las cosas, así que da igual cómo las nombremos. Nos acercaremos a cierta apariencia de realidad, pero sin saberlo, en el mejor de los casos...

Yo, que soy más simple que una olla de garbanzos, pienso que el lenguaje es, como todo, un instrumento. Y que usarlo bien o mal no depende de que un Estado nos lo enseñe, o nos obligue a hablarlo, si no, más bien, de nuestra intención de uso. Si yo hablo mal castellano, seré yo el que dilapide un patrimonio que no he conocido por una u otra causa. Si yo estoy en un lugar donde todo el mundo habla otra cosa diferente, estaré incomunicado, y de poco me valdrá el patrimonio lingüístico de que pueda alardear... es como ir con Rupias al mercado de Chamartín. Ahora bien, yo, en mí mismo, en la inmensidad de mi ombligo, podré pensar realidades al nombrarlas y reconocerlas como tales; puertas, ventanas, sillas, paredes, seguirán allí donde estén, se llamen así o de otro modo. Claro que, ante los demás, puede que no sepa reconocerlos, pero es ya cuestión pública. Lo que llaman "sociedad".

La cultura es algo más que el manejar mi propia lengua con soltura. Es más que poder o no comunicar ideas a otros (conozco a personas que son capaces de hacerlo por señas, o con una invención de lenguajes maravillosamente versátil) y es mucho más que ser políglota (que ayuda) o ser pedante. La cultura, creo, es la manera de poder disfrutar de las ideas propias y ajenas, de poder compartirlas, si se quiere, o de paladearlas de manera onanista. Es la capacidad de reconocer en los otros conocimientos que no tenemos y que nos encantará adquirir o, al menos, escuchar una vez en nuestra vida (luego la memoria ya se encargará de fijarlos o de perderlos) y siempre, en todo caso, gozar de sensaciones de todo tipo y aposentarlas en nuestro cerebro, en la punta de los dedos, en la piel, en cualquier parte. La cultura es, a fin de cuentas, cada persona. Y lo mismo es culto el pastor que sabe de las inclemencias del tiempo, de las peñas y los charcos, de los pastos, de las plantas y las ovejas, de que sus pies anden y el cuero esté curtido, como el paleta de obra, o el físico o químico que sabe de leyes del Universo, o el matemático que deriva e integra de cabeza, reflejando realidades en otro lenguaje, o las madres que aprendieron a escuchar los silencios y a enseñar paciencia, o los padres que laboraron horas y horas sin más recompensa que un mundo embrutecido, o los niños que saben cosas que para otros eran misterios a su edad... y tantos, tantos otros, que la cultura, al final, es sencillamente un ser humano. Su vida puede estar mejor o peor conducida, pero, cuando muera, seguramente algo de sí mismo permanecerá en los demás. Y ese jirón, corto o amplio, será, a mi modo de ver, su contribución a la "Cultura"...

Un saludo,

domingo, 22 de junio de 2008

Golferías

A estas horas, la selección de fútbol de España se estará midiendo con la de Italia. Nada particular, están en los famosos cuartos donde España en fútbol tiene una maldición. Italia, por su parte, desplegará supongo el juego marrullero y sucio que tiene por costumbre usar, y España, por la suya, probablemente, se atasque y pierda los estribos ante esa forma de actuar de Italia.

¿Qué diferencia hay entre unos y otros? El saber ser marrullero y al mismo tiempo, saber jugar. De eso sabía mucho una selección hoy extinta, pero que fue la maestra del tema muchos años; Yugoslavia, en baloncesto.

Los "Plavi" eran geniales. Al tiempo que exasperaban y sacaban de quicio al contrario, presionaban a los árbitros y metían canastas por doquier. Se les acompañaba con una afición que, a día de hoy, sigue siendo muy dura, muy animosa. En otros países se ha vivido igual el tema, pero sin duda ellos tenían todo para triunfar. Buenos jugadores, buenas armas de guerra psicológica y una afición sin parangón. También eso ocurre cuando los que te apoyan saben de qué va el tema, y saben cómo es eso del deporte. Y ahora, las diferencias...

Vaya por delante que yo tengo la extraña intuición de que España pasará de cuartos para caer en semifinales. Pero como muchas veces pasa, esta predicción seguramente no se cumplirá. Yo espero que sí, y que incluso, aunque no me lo crea, lleguen a la final y ganen el Europeo. A fin de cuentas, representan (o eso dicen) a mi país, y eso cuenta, sea en waterpolo, dardos, 100 metros lisos o, si lo hubiera, curling. Pero sucede algo extraño con la selección de fútbol. Me explicaré.

Todos los futboleros que conozco, desde que la de baloncesto ganó el mundial, se sienten de pronto como avisados, como si algo molesto les hubiera dado un toque de atención. Y eso provocó dos reacciones principales, una de defensa a ultranza, aun sabiendo que no todo era defendible, y otra de ansiedad, de crítica interna rabiosa. Hubo un cierto respiro, aunque en falso, con el Eurobasket, y ahora, con el Europeo de fútbol, las cosas han tomado un nuevo cariz; primero de todo, la desilusión, el pensar que no se logrará. En segundo lugar, que si sale, será porque finalmente se hayan aliado con nosotros los astros...

Son dos concepciones del deporte. En el fútbol, por desgracia a día de hoy, tenemos una liga repleta de estrellitas, una caterva de analfabetos varios que juegan, dirigen y apoyan. El fútbol, es de los deportes más simples de entender, en cuanto a reglas y a formas. Es grande por las dimensiones que lo albergan, pero lleno de huecos. Está muy extendido, precisamente por esa facilidad de comprensión que tiene. Y que nadie lo dude; es un deporte, sí, pero tiene menos exigencias, en ocasiones, que otros deportes. La genialidad también existe, pero no compensa la falta de entrenamiento, el esfuerzo y la dedicación.

Personalmente, estos y otros motivos son los que siempre aduzco para mostrar el aburrimiento que me produce el fútbol. Pero hay uno que me inquieta y produce especial rechazo; en baloncesto, ser pillo, ser listo, es una necesidad absoluta frente al físico, que es importante, pero no tanto. En fúbol, se es más bien golfo, en todos los sentidos, y por eso, uno de los insultos que más oigo referido a éste deporte es ese, que está lleno de golfos... entonces, los partidos, más que un espectáculo deportivo, ¿no serán un conjunto de golferías?

Así, con esto, quizá se comprenda porqué Italia suele ganar. Y otros. La fortaleza mental, el creerse lo que uno hace, hacerlo bien y, encima, acertar en el momento de la pillería. Veremos si ese escalón superior, al que España no sabe acceder aun, lo rebasamos algún día. En baloncesto perdimos hace muchos años el miedo, que no el respeto (aunque menos) a selecciones tan fuertes como la de los USA. Y se tiene otra mentalidad; pillos, sí, golfos, mucho menos...

A ver si el fútbol da una alegría, aunque luego no limpie las letrinas que es lo que tocaría hacer...

Un saludo,

martes, 3 de junio de 2008

... y ya le echaron.

"¡¡Ba-lon-ces-tooooo!!"

Fue un grito sereno y templado, pero furioso y con rabia. Ahora mismo resuena con más eco en nuestros oídos, pues su autor, Pepu, ha sido despedido. Con alevosía y premeditación.

A la FEB le ha interesado más la imagen que el deporte. A la FEB le ha podido la codicia del ávaro miope que no ve más allá de sus narices. Y a la FEB le va a costar un disgusto, puesto que no solamente pierde al entrenador que le ha dado los mayores títulos, si no que va a perder al autor de una serie de valores puestos en cancha de manera práctica, y que ahora, en nuestros días, tenían más valor que el oro de Pekín.

Vaya mi admiración por Pepu, por la honestidad con que ha actuado (al menos, eso me parece) y sobre todo, por lo conseguido. Y al contrario, vaya mi desprecio a la FEB y su actitud mercantilista, antideportiva y malversadora. Si ya dije que me parecía lamentable la actuación en el Europeo de la FEB, ahora lo refrendan ellos con su decisión.

Queda ver quién sustituye a Pepu. Aíto es el que más suena, y también Scariolo, no sé por qué. Me quedo con Aíto. Ver a ambos en el Palacio de los Deportes de Madrid durante aquella final que bien pudo haber sido repetición del ambiente del Europeo pero no lo fue, en la Final Four, dió que pensar a muchos. A mí, al menos. Y más cuando fue escrupulosamente cumplidor con su contrato y Pepu anunció su marcha con 4 meses de antelación. Y digo, si estaba en el contrato, ¿a qué viene ésta absurda destitución? A que en nuestro país, España, siempre matamos la gallina de los huevos de oro, pero no antes de arrastrarla por el fango igual que antes la entronizábamos. Veremos ahora qué dicen los periolistillos del papel higiénico...

Un saludo,

domingo, 25 de mayo de 2008

Auctoritas et Potestas.

El viejo mundo romano (del que hemos heredado casi todo) dejó un concepto impreso en la cultura que en España no hemos sido capaces de asimilar correctamente; el de autoridad. Ellos lo desligaban en dos términos, la Auctoritas y la Potestas. Por simplificar, el primero lo tenían los ancianos, los padres, los viejos que tenían los huevos pelados de tanto vivir, mientras que del segundo estaban en posesión los magistrados, los funcionarios y políticos electos, más o menos...

Está claro que, en Roma, el poder fue oligárquico. Pero como en todas partes. No existe país, nación, estado, lugar en la tierra, que no sea gobernada de manera oligárquica, desde que la agricultura (hace segundos, en el reloj de la historia, y milésimas, en el de la evolución en nuestro planeta) nos asentó y cebó, haciéndonos mansos y manejables. El poder lo detentan siempre ciertos individuos, apoyados en convenciones creadas a conveniencia de ellos mismos. Y se perpetúa gracias a la ignorancia, el miedo y el tiempo acumulado, entre otras cosas... pero me desvío.

El poder, digo, fue oligárquico, pero no impidió que se creara un sistema donde una autoridad estatal, formal, un concepto, una idea (el magistrado, el Cónsul, el Tribuno, el Pretor...) tuviera poder fuera quien fuera el que lo detentara. Esto es más importante de lo que parece, porque esa oligarquía se trastocó un poco con el acceso de los plebeyos (de esa parte del pueblo romano que era, para los ancianos de canas y gesto adusto, populacho) a las magistraturas, siendo entonces menos oligárquicas. Y el poder, se usaba, se tenía, y se respetaba. La vida dependía mucho de su respeto, puesto que insultar o tratar de herir a un magistrado en ejercicio (o posteriormente, en algunos casos) significaba que le rodajaban con el hacha de los Líctores, o le molían a palos con las varas que llevaban, si era el caso. Esto es, existía autoridad y ejercicio de la misma, y el respeto se imponía, y con el tiempo, se ganaba.

Viene todo al caso de que, últimamente, leo sobre la historia de España me sorprende encontrarme siempre el mismo problema, desde que los Borbones (impresionante jalea de corruptos y mafiosos) entraron mediante una guerra en España. Si ya para entonces, de antes, aquí no se quería una Unión de Armas ni tampoco una serie de normas a la castellana, empeoró con la guerra de Sucesión, donde empezó a desaparecer todo atisbo de poder estatal. Cuando llegamos a la guerra de Independencia, la cosa se rompe del todo, tanto que las diferentes Juntas que tratan de hacerse con el poder y los Generales (de quienes serán émulos los espadones posteriores) disgregan y atomizan todo vestigio de autoridad. Nadie obedece a nadie que no sea uno mismo, y eso, pensando en que hay algo digno de obedecer... después, con las Carlistas, y los vaivenes (Monarquía, Revolución, Monarquía extranjera, República...) que provocan, se termina de convertir en arenilla lo que nunca pasó de ser arcilla malamente moldeable. Siempre que alguien ha tratado de reconstruir el poder, la autoridad del estado, de una nación, ha chocado con la falta de obediencia, de respeto a la autoridad que se supone representaban. Pasó luego en la Dictadura de Primo de Rivera y Berenguer, y pasaría con la segunda República, y la guerra civil. En esa guerra, como las anteriores (no está mal, en menos de 200 años, hemos tenido dentro de la península como siete u ocho guerras... eso son varias generaciones que se van al carajo, que aprenden otro tipo de vida, de supervivencia... y una transmisión cultural consecuente) todo poder estatal se desintegró al minuto, y las formas también.

Viene ésto al caso de que en Roma también sufrieron muchas guerras, y bastantes de ellas, civiles. Pero siempre caló hondo el concepto de Auctoritas y Potestas, aunque sea idílico pensar ahora que todo el mundo lo respetó igual y que hubo una edad dorada de obediencia y acatamiento absoluto. Eso es más bien cháchara de algunos fascismos. Pero es cierto que en España no ha existido eso nunca, si bien lo más cercano sea la reverencia a la burocracia inútil, al funcionario holgazán, al ministro o político deshonesto, pero simpático, que nos roba mientras sonríe, y tantas y tantas otras estupideces que logran, siempre, que en España sigamos, algunos, suspirando por aquello de lo que muchos se quejan pero nadie, nadie, inculca ni practica. Seguimos siendo como Ortega y Gasset proclamó; personas con Constitución propia que hacemos y remendamos a nuestro gusto, siempre, con la frase de "hago lo que me viene en gana cuando quiero y como quiero"...

Un saludo,

sábado, 24 de mayo de 2008

Un viejo mensaje...

Repasando mis correos, he encontrado uno al que respondían mandado hace tiempo, y que copio, en parte, porque creo que no ha perdido valor alguno... es de la época en que para opinar existía la columna del periódico... naturalmente, está un poco corregido. Tampoco voy a desvelar viejas historias porque sí...

"Cuando me contaron que uno crecía, me dije "¡Dioses! ¿A lo alto o a lo ancho?". Ni uno ni otro. Se crece y se decrece. De hecho, tras pasar la que para muchos debe ser la etapa más feliz de su vida (adolescencia larga o juventud corta) porque se podía beber mucho, salir hasta tarde, rebelarse, disfrutar de las mujeres sin compromiso (¡¿Qué?! ¡¿Cuándo?!) y hacer todo lo que uno quería, o al menos soñarlo, se pasa a lo contrario. No bebes por temor a quedar K.O. ni tampoco sales muy tarde porque si no al día siguiente estarás K.O. en el trabajo, y tampoco puedes rebelarte, porque entonces te dejan ¡¡sí, K.O.!!. Y desde luego, disfrutar de las mujeres sin compromiso...

Ahí llega uno en la vida. Disfrutar de ellas. Y ellas disfrutan de nosotros. ¿Todos? ¿todas? No, algunos parecen tener más "suerte" con la mujer que encuentran. O más bien, con la que decide que ese hombre es el adecuado para ellas. Es más, hay algunas que no tienen más que explotar la poco conocida cualidad de muchos hombres; la sumisión. Porque el peligro de crecer, de hacerse mayor, es ese, quedarse solo. Y uno acepta la sumisión, ante su barriga, ante su fatiga, ante su poco aguante, ante muchas cosas. Pero especialmente, acepta la sumisión a todo lo que la mujer que en "suerte" le ha tocado mande. Y ahí es cuando uno se pregunta si se ha crecido o decrecido.

Es más triste pedir que robar, pero más aun ver cómo tus amigos (¿Amigos?) van traicionando no a otros amigos, si no a ellos mismos. Porque cuando uno llega a cierta edad, sigue disfrutando de algunas cosas, y otras no tanto, pero no cambia radicalmente o, dicho en romano paladín, no cede absolutamente a los deseos de otros que no sean los suyos propios. Lamentablemente, no es bueno juzgar, y dice por ahí la Biblia, el Eclesiastés quizá, que los malos amigos son aquellos que expondrán tu falta inmediatamente les hagas algo que les moleste. Como siempre, la Biblia se equivoca.

Un dicho castizo, más civil y más sabio, comenta que "Quien bien te quiere te hará llorar; y quien mal, reír". Aplicable sobre todo a la familia y allegados muy próximos, es un dicho que muestra hasta qué punto algunos confunden amistad con colegueo. Y sobre todo, cuando han llegado al punto en el que no pueden seguir confundiéndolo, cómo se queman, de todos modos.

Mujeres, amistad. Parece antitético, pero no lo es. Algunos lo han experimentado en sus carnes. Otros han visto que la vida es un tíquet de sólo ida y que por tanto, para qué sufrir. Pero claro, dentro de esa búsqueda de la perfección, de la música de las esferas, algunos, (yo, mayormente) nos preguntamos qué pasa cuando una mujer entra en la vida de un amigo. Claro, le ves menos. Tú no te lo follas ni le haces mamadas. Y además, mola eso de conocer gente nueva, con la que compartir un cine, un café, un libro o la cama. Además, suele tener mejor cara que tú (ella) y ser más agradable. Hasta ahí todo bien, normal y comprensible. Pero de pronto algunas parece que tienen el gen "antiamigos" activado. Es un extraño comportamiento que las hace detectar como rivales y por tanto, competidores en el reparto de afecto a aquellos que eran los amigos. Y son curiosas, porque hacen ver que, en efecto, para algunos el afecto tiene un límite. Y que por tanto, hay que dosificarlo, cuando no cerrarlo del todo. Las mejores, además, son aquellas que muestran efectivamente la calaña malvada con la que se había juntado su novio/futuro marido malediciendo, malmetiendo, mostrando defectos sin parangón, dejando claro que su novio iba por un camino de perdición con ellos. ¡Carajo! ¡A veces, más de 10 años con esas personas y te das cuenta ahora, entre las sábanas revueltas de una cama! si es que los hombres somos gilipollas...

Pero sigo. Otras directamente explotan eso que digo, la sumisión. Es cómodo. Te pones a las órdenes de "sí mi vida, cariño, mi mujer, mi novia, mi amor, mi corazón, luz de mi vida" y no hay que pensar más. Todo hecho. Ella decide por tí. ¿Será entonces que "Clerks II" ha influido en mi pensamiento? Naaaaah...

Y para acabar, llega el final. El distanciamiento. Los alejamientos forzados. Primero, con excusas que uno ríe. "Es que hemos quedado para foll... digo, para ver una peli en su casa...". Pero de ahí pasan a "No, es que mis padres no me dejan..." y es cuando le recuerdas que tiene casi 30 años, hipoteca y una incipiente calvicie o barriga. Y finalmente... las mejores excusas. "Es que mi novia no es como la tuya". Excusa que me encanta y que odio especialmente (Y que la odio porque no la he oído una sola vez y de una sola persona...) porque volvemos a la "suerte". La "suerte"... ¿de qué?

La suerte es algo relativo. Si encuentras alguien que no te va bien, se deja. Te deja, lo dejas o se acaba. Pero si es algo que aguantas, creas una rutina que mantienes y luego usas algunas vías de escape. Por eso de la nostalgia. "Ah, sí, la despedida de X, ¡qué ganas de ir tengo! ¡Es mi única excusa para poder salir sin que mi mujer/novia me monte una bronca!". Claro, salir con amigos es algo tan complejo que, si antes buscabas excusas en casa de tus padres para verlos, ahora las buscas en casa con tu novia/esposa para poder verlos. "¿A dónde vas con esa mochila?" "¡No llegues tarde!" "¡Pero si no salgo nunca con ellos!" "¡Y mejor que te iría si no lo hicieras!". Etcétera...

La suerte, digo, es relativo. ¿Acaso como decía alguien, que al final se las comió, nos vendemos enseguida por un plato de lentejas? Pues parece que sí. Y decides pasar de los torreznos. Te conviertes en un conformista. Te conformas con la hipoteca. Con la mujer. Con tener un coche y un curro del que, misteriosamente, con los años, sales un poco más tarde, y no porque tengas más trabajo. Te conformas con ver a tus amigos al principio una vez al mes, luego al trimestre, y después, en bodas, bautizos y... funerales. Y estadísticamente, llegan los divorcios. Que nuestra generación ya no aguanta carros y carretas, especialmente ellas. Por eso han tomado la batuta y han adelantado el pie. Llevan cuerpos de ventaja. Y el miedo, el miedo irracional a quedarse solo, a la barriga, a la calvicie, a tantas cosas, acecha, ataca, y colabora en tu sumisión. La suerte. Contra la que no has luchado, claro.

Me meto en cuestiones personales, ¿verdad? será que lo personal es aquello que solía afectar a los amigos. Porque no es lo mismo salir con un amigo de cara larga y mal humor que con uno que lo tiene claro. Y menos con uno que tenga problemas en casa y encima desarrollados fuera de ella. Es decir, las relaciones de cada cual es un "vive y deja vivir". A mí me la pela si folláis mucho, si os queréis mucho o poco, si tal o cual pascual. Pero cosas hay que sí me afectan de esas vuestras relaciones. Y como me afectan las digo. Porque para encontrarse preterido por razones sin peso, mejor abandonar lastre. Y meterse en ello es la última intentona de que tu amigo, o el que lo era, recupere el juicio, o la vista, y trate de ver tus argumentos ("Cada opinión es un mundo, un culo, un..." y así, relativizando, restanto importancia, seguimos perpetuando la mentira, el autoengaño... siquiera hacemos examen de conciencia aunque lo que nos digan esté equivocado al 100%) y pensar en ello. Pero es una última intentona, luego lo dejas. Aunque claro, el grado de amistad o buena relación que tenías con esa persona suele determinar el número de intentonas que haces... luego, lo dejas. Y como he dicho que me meto en cuestiones personales, cuento unas.

Tengo novia desde hace más de 8 o 9 años. No recuerdo, porque no tengo día de aniversario. ¡Qué despistado! Salgo con ella, pero no la veo todos los días. Porque me agobia. Y se agobia. Comparto las cosas, pero no renuncio a ellas por que sí. Cuando la conocí, no podía jugar al baloncesto, porque me rompí los ligamentos. Ahora he vuelto, pese a que ella lo ve mal. Dice que mis falanges de los dedos deben estar muy sanas para escribir a máquina. Pero entiende que juegue, aunque no que juegue tan mal. Veo baloncesto, y han pasado 8 o 9 años para que ella vea un partido conmigo en la tele, y tuvo que ser la final de aquella España mítica. Pero el resto del tiempo, ví y visité el pabellón cuando me apetecía y con quien quería. Ella me da entradas, pero no directrices. Juego al rol, a juegos de mesa y hasta al mus, cuando hay casa (ahora, tres) y en esas reuniones medio sociales, medio lúdicas, paso mucho tiempo, hasta altas horas de la madrugada. Más de una vez, ella se ha quedado sin plan o ha buscado planes alternativos, pero solamente si veía que ella necesitaba quedar conmigo o yo quería con ella, renunciaba a la partidita y risas con los amigos. He salido por ahí hasta tarde, sin ella, o con ella, con amigos o sin amigos, cuando me apetecía, donde me apetecía y casi siempre, con quien me apetecía. Y viviré con ella en breve, a pesar de ser eso un paso jodido donde todo suele irse a la mierda. La he pedido que se case conmigo varias veces, con varios noes a las propuestas. Y siempre que un amigo me ha llamado, diciendo que quería verme, si estaba en la ciudad y no tenía otros problemas mayores, le veía, dejando a Cristina sola por él. No he dejado de quererla, de salir con ella, por los amigos. Tampoco he dejado a mis amigos por ella. Aunque algunos a mí, sí.

Me gusta cultivar la amistad tanto como el amor. Y en estos años, he ido renunciando a falsas amistades. En suma, cada cual hace su vida. Pero no se puede pretender que las cosas pasen sin nada más, sin consecuencias. Yo he sufrido algunas, y por ello no he ido solamente cortando lazos, me los han cortado. Soltar lastre, dicen algunos. Pero hay lastres livianos, poco pesados, que molestan poco, y otros que en cambio pesan más y son difíciles de tirar. A este paso, seré yo el que se quede solo. O no, porque el tiempo, como los filtros, ha depurado y mostrado quiénes estaban ahí, quienes figuraban y quiénes simplemente eran fotos en un cartón. ¿Quién quiere ser el próximo?

A los que aun llamo amigos... entenderéis que me despache en este mensaje. No tenemos tiempo para decirnos cosas "serias". Y uno siempre está un poco harto de comerse para sí las cosas, de no decirlas, a pesar de cuantos desahogos haya tenido con quien he podido. Todos tenemos faltas, y algunos como yo acumulamos demasiadas. Pero no nos descalifican, tan solo nos hacen más tolerantes. Sin embargo, cuando alguien decepciona, las faltas crecen y no son ya moderadas. Es el caso de algunos de esos antiguos amigos. Algunos que tomaron un camino, algunos que pueden estar tomándolo, pero no de aquellos que, parece, abandonaron ese camino.

Si habéis leído hasta aquí, gracias por "escucharme". Creo que si habéis llegado aquí, entenderéis (O no, vete tú a saber, con lo mal que me expreso) un poco más que pienso, qué siento y qué haré a partir de ahora. Tal cual llega el otoño, caen las hojas, como esta, y luego el invierno y todo se muere. Así parece que habrá sido con algunas amistades."

Un saludo,

sábado, 17 de mayo de 2008

¿Cuál es mi bandera?

Se trata de un sentimiento primario, visceral. Cuando veo la bandera que tiene ahora mismo España, dos franjas rojas y una central amarilla, siento frialdad, extrañamiento, lejanía. No siento representación, no me lleva al recuerdo de lo que es nuestra nación, aunque surgiera como necesidad naval en tiempos de Carlos III. No existe, por tanto, identificación.

Sin embargo, cuando veo la bandera adoptada en la II República, sí siento más cercanía, más proximidad. La siento como propia, y al tiempo, española, muy española. Es cierto que el morado que rompe la monotonía me hace sentir diferente, logra que recuerde historias de comuneros (adoptaran o no ese morado castellano) y sobre todo, sienta gusto por ver una tricolor, un símbolo de revoluciones y cambios que en nuestro país no han calado aun del todo.

Así pues, al salir de casa de Cristina, hoy, veo un bosque de banderas, de las actuales, monárquicas, de aquellas que hasta hace poco llevaban águilas imperiales y motivos del Non Plus Ultra con orgullo, y siento extrañeza, incluso hostilidad. Es la bandera de la reacción, del inmovilismo, de todos aquellos valores que no comparto. Es una bandera agitada con chulería, con desafío, y me pregunto, al verla, ¿ondearían con el mismo entusiasmo las tricolores, se manejarían igual por parte de aquellos considerados perdedores, fracasos de la historia, impenitentes dogmáticos?

Yo lo tengo claro. Estéticamente, tengo mi bandera. También afectivamente. Y en todo caso, los valores que posee son, a mi juicio, más importantes y de mayor calado, por lo que la consideraré mi bandera pese a los fracasos, los dogmas absurdos, las poses estéticas y huecas. Y esa bandera es tricolor, rojo, amarillo y morado. Por muchas razones.

Un saludo,

martes, 13 de mayo de 2008

La infinitud de la estupidez...

Con esa famosa frase cargada de ironía, Einstein dejaba constancia de un hecho irrefutable; el mundo está lleno de estúpidos, y concretamente, todos los que lo parecen, lo son, y de los que no lo parecen, la mitad al menos también (ésto es más bien de Quevedo)

Así que no queda mucha humanidad a la que dejar liberada del epíteto. Y es que, como las gotas de agua, los estúpidos son muchos...

Lo son aquellos que no entienden nada cuando se les explica. Yo tengo varios casos en donde trabajo. También aquellos que explican las cosas pensando que su interlocutor es tan imbécil como ellos. También tengo varios de éstos. Y lo son aquellos que se portan como idiotas pensando que su manera, la única manera de hacer las cosas que comprenden (buena o mala) es la única también para lograr los ¿objetivos? que se han planteado. Huelga decir que de esos también tengo...

Pero la estupidez no va sola. Se acompaña muchas veces de la simulación, de la hipocresía de hacer creer que uno es estúpido. También de la cobardía. Y de la falta de valor para defender ciertas cosas básicas. En suma, se es estúpido cuando, a corto plazo, se piensa uno que puede engañar al resto. Cuando, si no puede engañar, se inventa historias para escudarse en ellas. Y finalmente, cuando carece de valentía para enfrentarse a las verdades, a las realidades, y se retracta, huye, no defiende a los compañeros ni tampoco expone sus panteamientos con coraje.

Dice otro refrán que es preferible un malvado a un tonto, porque el malvado es inteligente y se le puede atacar. No estoy tan seguro, porque los malvados también pueden hacerse los tontos. Y al final, de lo que Quevedo afirmaba, optimista él, se salta a lo que refrendaba Einstein; que son muchos los estúpidos, y menos los listos.

Yo mismo creo que hay ciertas cosas reparables. ¿No soy, por ventura, más que otro estúpido?

Un saludo,