Buscar dentro de este batiburrillo

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Lo que es vivir...

Durante los breves años que convivimos con otros, familiares, amigos, amores, enemigos, desconocidos y otras personas variadas, tratamos de buscar, de la manera que sea, la felicidad. Ésta puede tener muchas formas, y ser tan diferente entre unos y otros como colores hay en el mundo. Pero en general, todos tenemos el mismo objetivo; ser felices.

No solamente soy un hedonista algo ético (No mucho, Andrés, no mucho) si no también un pequeño filósofo que busca verdades donde no hay más que sombras escurridizas de certezas tiempo huidas. Me encanta preguntarme sobre la vida y la búsqueda incesante, constante, diaria, horaria y casi al segundo de esa felicidad. Por eso, a veces, olvido el camino que me condujo a la visión del mundo que tengo ahora.

Pocas veces acudiré a mi entorno personal, mi intimidad, para comentar algo. Ésta es una de esas veces. En mi familia hemos tenido tragedias, y además fuertes. Con 10 u 11 años, murió mi hermano mayor, de un accidente de tráfico. Luego, a los pocos años, el segundo en edad, de cáncer. Mi madre quedó destrozada, y eso se sumó a la enfermedad física que ya tenía en forma de depresión. Mi padre calló. Y mi hermano, el que me queda, siguió adelante. La cuestión es que pude ver lo que la muerte hace a las personas; las destroza. La cercanía les hace a todos vulnerables, frágiles. Perder a un padre puede ser natural; a un hijo, no tanto. El dolor encallece, pero no mata los nervios. Y ese fue mi mayor aprendizaje. Cuando mi madre murió hace ya años, tenía asumidas las lecciones en lo más profundo de mi loca cabecita, pero en esa ocasión afloraron con la irracional muestra del dolor que siempre las acompaña. Y hasta hoy, vivo con esos sentimientos, dejándoles que estén cobijados, pero intentando expresarlos de manera que no me destrocen.

¿Esto es una buena escuela? No lo sé, es mi experiencia vital, como diría el pedante. Es una serie de acontecimientos al azar, el azar que cada día más entiendo es parte importante de la vida. El azar, incontrolable, igual a un mar hoy calmo y generoso en la pesca, mañana bravo y asesino. Navegamos creyendo dominar algo el rumbo, la embarcación y lo que nos rodea. Ilusiones. La seguridad, antítesis del azar, no existe. Existe su ilusión.

Podemos entonces vivir atenazados de miedo ante lo que pueda suceder, o más bien expectantes, alertas, alegres ante las posibilidades que se nos puedan dar. Aceptar lo imprevisto como algo beneficioso es una forma de enfocar la vida. Y teniendo en cuenta que, a pesar de lo que digan creyentes y agnósticos, ésta es la única vida que sabemos tenemos con total seguridad, pues es mejor aprovecharla. Hay muchas maneras, como dije al inicio; la felicidad es unívoca en su valor, pero no en su naturaleza u origen. En nosotros está buscar, y en la búsqueda disfrutarla, esa forma. La voluntad, finalmente, es el mejor sistema. Voluntad de hacer, y de no hacer, aquello que más nos conviene...

El ser humano, ese animal perdido en el espacio, es un ser curioso. Y a veces necesita ayuda. ¡Ojalá pudiera yo dársela, misántropo humanitario como soy, a los que quiero y aprecio! Pero unas veces no sé, otras no me atrevo y en otras, simplemente, se escurre la oportunidad. El Azar...

Un saludo,

lunes, 10 de diciembre de 2007

Madrid

Ya toca, ya. Hablar un poco de mi ciudad y de la zona que la rodea.

Primero de todo, sí. Muchos tópicos son ciertos. Pero otros no, como siempre ocurre con las generalizaciones. Ante todo, Madrid es una ciudad circunstancial. Lo es por el hecho de haber albergado la Corte y la capital durante tantos siglos. Por tradición (Aun cuando el conservador y tradicional Franco quiso cambiar la capital y llevarla a Sevilla, por eso de la resistencia del "No pasarán"...) y también por simpleza geográfica y un secreto que no está muy comentado; el agua.

Porque Madrid es una de las poquísimas ciudades de España, si no de Europa e incluso del mundo entero, en la que el río que la acompaña es una anécdota. El Manzanares no es un río, ni siquiera riachuelo. Es un resto de lo que fue un día un río más o menos interesante. Pero no por ello nos privamos de poseer el Puente de Toledo (Puentetoledo en jerga madrileña) cuyo ancho valdría ya para vadear el río, y no digamos su largo... no, la razón es el agua de la Sierra de Madrid. La única Sierra de España, Europa y del Mundo, claro está.

Madrid en principio es lugar de paso de cazadores y recolectores (Cerca de mi barrio hay un yacimiento de mamuts y otros animales que cayeron por los terraplenes del río) y luego de asentamiento esporádico para pueblos diversos. Con los romanos, ni siquiera se toma en cuenta hacer una ciudad; la más cercana será Complutum. Aunque las obras de la M-30 han revelado, en Carabanchel, los restos de lo que puede ser una pequeña ciudad... que ya está convenientemente arrasada. Será con los árabes que se tome el alto donde ahora queda el Palacio Real y se fortifique, teniendo la vega del manzanares para recolectar y cultivar y lo que sería la Casa de Campo como zona boscosa de caza. En los altos se disponen atalayas que comuniquen con las de la Sierra y así se controlen los pasos de entrada a Madrid, entonces llamada, por primera vez, Mayrït (Magerit en castellano) de la que quedan dos pedazos de lienzo y muchas leyendas. Y sobre todo, un maravilloso sistema de canalización subterráneo que aprovecharán los posteriores pobladores, hasta los tiempos de nuevas canalizaciones y presas.

Creciendo la ciudadela, al tiempo la conquistan (Que no reconquistan) los castellanos que vienen de parte de Alfonso VI, y se convierte en una villa más de éstos descendientes de los brutos godos y demás germanos que acabaron con Roma y respetaron a duras penas a los hispanorromanos acostumbrados al vino y el aceite para sus desayunos y comidas. Anodina historia, puesto que está un tiempo en la frontera, pero poco, y hasta las guerras contra Carlos V de los Comuneros, en que Madrid se alía con éstos, no hay mucho más interesante que contar. Tras Villalar y el asedio a la ciudad (Curioso que en Madrid todavía no celebremos esta derrota al estilo de ciertos nacionalismos como el comienzo de una identidad propia... uips, espero no darle ideas a Esperanza Aguirre) queda un tiempo tranquila hasta que Felipe II toma la decisión que cambiará su devenir en tierras castellanas de la meseta; convertirla en capital de los dominios de la Monarquía Hispánica.

Así, entrando de esa manera en la historia castellana, y universal, como capital, Madrid, villa, pueblillo de funcionarios, haraganes de la Corte, nobleza, pillería, poetas y dramaturgos, peleones y demás gente de todo tipo, resulta un caso curioso; capital a su pesar (Recordemos la oposición a Carlos V) que pierde brevemente su condición para darse el primer pelotazo urbanístico documentado de España (El cambio de capitalidad de Madrid a Valladolid durante unos años del siglo XVII) resume el dicho picarón de "Sólo Madrid es Corte... y Madrid es sólo Corte".

Villa y corte, perezosa, afectada del calor sureño sin la misma pereza absoluta, con parte del frío norteño, en la Meseta, protegida por la Sierra del Guadarrama, la ciudad es lánguida, calurosa en verano y fría en invierno. Manchega, castellana, al final castiza. E impertérrita deja pasar los años, hasta que llega el convulso siglo XIX.

Que Madrid se levantó casi con más chulería y cabreo que por otras cuestiones contra los franceses es algo que resulta tan lamentable como gracioso. De cuchipanda. Pérez-Reverte ha retratado muy bien esas jornadas de mayo de 1808, y estoy pendiente de los Episodios Nacionales de Galdós, de su relato, aunque no creo difiera mucho. Madrid es una ciudad como casi todas las españolas, con cierta pereza, cierta indiferencia, cierta gracia y falta de seriedad a un tiempo. Tendente a lo caótico, pero con ingenio. Y el caso es que en el siglo XIX, al ser capital del Imperio antes, del Reino, de la República y de todo lo que se imagine uno, se termina de asentar su carácter de ciudad cosmopolita (Escúchese "Cojmopolitah") pero a la vez profundamente castiza y pueblerina. Madrid es Villa siempre, antes que Corte o Capital o lo que sea.

El carácter actual es el de una ciudad que sigue siendo, a su pesar, capital. Y digo a su pesar porque aquí pesan los miles de funcionarios de todas las administraciones (Estatal, autonómica, locales, organismos varios...) que se juntan con el poder político (Congreso, Senado) judicial (Tribunales Supremo, Constitucional, la Audiencia Nacional) ejecutivo (La Moncloa) y real (La Zarzuela, aunque antes fuera El Pardo)

Esto es, aquí tenemos todo el mundo oficial y oficialista, pero sin oficio claro. Los funcionarios mandan, como en todo palacio o lugar de control. Y eso da un carácter perezoso, lánguido, indiferente a los problemas generales, sin ánimo de inventiva, de riesgo, totalmente relajado y enervado. Ciudad de paso, pero también de estancia, las empresas tienen sedes aquí por estar cerca del poder, como las embajadas, y en general, hay riqueza, sí, generada por el circo de ser Capital. Villa y Corte, ahora en nuestros tiempos.

Madrid no es una ciudad cosmopolita por vocación. Lo es por casualidad. Franco trató de eliminar el espíritu de ciudad castiza y rebelde que se le opuso (Y aquí puede que no prohibieran lenguaje alguno, pero sí que se fusiló, y se fusiló y reprimió más que en muchas otras partes de España... pero ni siquiera sabemos ser victimistas) pero al final entró en la misma dinámica de ciudad que no es fabril ni febril, que es, nada más, un agradable accidente en medio de la Meseta.

Madrid (Léase "Madrizzz...") tiene chulería, sí, y también soberbia. Tiene camaradería, y nadie pregunta de dónde es uno. Aquí llegar ya es una denominación de origen. Quedarse, un triunfo. Como la canción de Sabina, es muchas cosas, y si tiene su lado oscuro, o gris, o sucio, lo tiene como toda ciudad moderna. Madrid es grande, y no siente periferia alguna (O sí; la mayor periferia que siente es la de los pueblos de alrededor, Móstoles, Alcorcón, Leganés, Getafe, Alcobendas... los cuales en varios años terminarán siendo barriadas de Madrid, si no lo eran ya de hecho) pero es porque Madrid, para un madrileño, lo abarca todo. Es España. Es un pueblo.

Querría terminar diciendo que estamos curados de todo nacionalismo, español o el que sea. Es falso; ahora la política, sumándose al carro de buchas torpes que es quien ha tirado de la nación estos últimos años, se hace nacionalista madrileña. Un nacionalismo pseudo español antinacionalista (De los demás) pero muy jaleado por la derecha y los conservadores de Aguirre y el PP. En Madrid, indiferentes como siempre a los políticos, con la inmigración llegando de fuera y arrasando algunos de los caracteres de la ciudad (Con nuestra habitual indiferencia, nos da igual si se integran o no... total, ¡Esto es la Villa!) se deja hacer, se deja pasar. Veremos si al cabo de unos años recuperamos aquel horrible himno que parecía hecho por Millán Astray. Espero que no.

Y aquí seguiremos... tomando churros, porras, pantomaca, manteca colorá y todo aquello que esté bueno. Si en el fondo, por ser funcionarios, perezosos, vividores y juerguistas, castizos, a fin de cuentas, nos gusta lo más importante; vivir la vida.

Un saludo,
David

domingo, 9 de diciembre de 2007

De cómics, tebeos y novelas gráficas

Cuando era niño asaltaba los quioscos buscando uno de los dos cómics que más me gustaban, "Spiderman". Entonces los llamaba así porque tebeo era "Mortadelo y Filemón" y los Asterix y Tintín. El otro cómic que buscaba era, si había algo, "Lobezno". Del cómic y el tebeo diré que el primero lo dejé pronto (La Marvel y DC, los magnates del asunto, dejaron de interesarme... superhéroes planos, salvo Peter Parker o Lobezno) y el segundo lo tomé esporádicamente, si bien Tintín es para mí algo odioso (No soporto la configuración de las viñetas, con esos bocadillos llenos de diálogos cursis de repollo ni el flequillo ñoño de Tintín) y los de Asterix... pues como que prefería a los romanos.

Esos cómics, tebeos o como se llaman, se complementaban con una nueva condición de relatos en viñetas que no sabía encajar. Primero en historias cortas, sueltas, encontradas en las antologías de "Víbora", "Zona84", "Cimoc", "Cómix" y similares. Allí conocí al "Kráken" de Bernet y después a su "Torpedo", o los de "American Flagg" y tantos otros relatos de corte postapocalíptico (El tema de guerra nuclear en los 80 fue prolífico, y aun continuó un poco en los 90) además de múltiples historias eróticas o directamente pornográficas. Los que digo estarán aun en la casa de mi padre, o parte en donde mi hermano. Pero muchas historias siguen en mi cabeza, y sus imágenes me siguen acompañando con placer. Richard Corben, Will Eisner, Juan Giménez, Pepe Moreno, Josep Beá... Fue el primer paso del cómic o tebeo infantil hacia lo que los culturetas dieron en llamar Novela Gráfica.

Una Novela Gráfica no es, ni más ni menos, que un cómic, un tebeo. Viñetas con diálogos, o sin ellos, en blanco y negro o en color. Es como si al cine le llamáramos ahora cinematógrafo, o kinegrafía. Expresiones pedantes que encubren la realidad simple y perfecta; un tebeo.

Y así conocí a Hugo Pratt, a los inigualables Trillo y Altuna, a Manara, y a tantos otros como Frank Miller o Allan Moore, gentes que han hecho maravillas en este arte que es cine, es literatura, es pintura y son más cosas.

Mi gran admiración primero es para Corto Maltés. Siempre. Será el primero de la lista, claro está. Él y el mundo que vive, los que le rodean... pero el contrapunto de Torpedo, de ese asesino sanguinario pero casi tierno, precursor hispano de Tony Soprano, tampoco lo olvido. Y Lorna de Azpiri, o los muchos Clics de Manara tampoco puedo dejarlos de lado. Y tantos otros personajes que no puedo enumerar aquí, pero que me dieron grandes tardes (Y mañanas, y noches) de placer, que me las dan aun y que espero que no dejen de hacerlo. Igual que me encanta la palabra impresa y el cine dialogado, el tebeo, que conjuga estas dos pasiones, es la otra que me acompaña.

Y espero que por mucho tiempo.

Un saludo,

miércoles, 5 de diciembre de 2007

El eterno debate de la Educación.

Ahora la educación de los niños es un problema de la de los padres. Hace más de treinta años, el maestro era un tipo respetado en parte, gracias a su teórica autoridad que llegaba a lo físico, incluso. Pero ellos mismos contribuyeron a perderla, porque muchos, imbuidos del rebelde sentimiento contra todo tipo de autoridad, incluida la suya propia, la degradaron y fueron dejando que el péndulo oscilara del autoritarismo al respeto, y del respeto…

¿Culpables los padres? Pues sí, lo son en mucha medida. ¿Y los profesores? También, por qué negarlo. ¿Y el sistema educativo que diseñan los políticos? Creo que esto es innegable y más claro que lo anterior. Los alumnos son siempre los mismos, y eso no cambia, así que no cuentan en el reparto de culpas. Entonces, ¿Qué es causa y qué efecto?

Los padres se inhiben en muchos casos. Política económica; cuesta menos que el niño esté estabulado en la guardería, el colegio, el instituto, la universidad (Antaño dique contra la mili y el paro) o cualquier curso que el estar atentos, dedicados, buscando siempre al profesor, exigiendo calidad, resultados, ayudando a obtenerlos. Muchos padres incluso llegan a justificar el “Me tiene manía” del alumno y lo perpetúan. El profesor y el sistema educativo es entonces para ellos un medio en el que dejar al niño o niña a cargo de un tercero. El que le va a educar, nada menos.

Los profesores, como he dicho, partieron de una autoridad completa para llegar a un punto actual en el que pueden ser objeto de agresiones sin más. La defensa del menor es absoluta, incluso cuando pega al profesor. Por tanto, o construyen una autoridad volátil, temporal y delicada, y eso implica vocación, entorno y mucho esfuerzo, o, simplemente, merodean por el mundo educativo como funcionarios con plaza (O sin ella) y tendentes a la baja por depresión.

Yo creo que el problema no es de profesores ni alumnos. Los padres en parte sí, porque aceptan el modelo sin rechistar. Demasiados años de educación represiva y religiosa (Aunque fuera sutil) . Que los profesores sean como son es culpa del sistema educativo y por tanto, en última instancia, de los políticos. Ya digo, los alumnos son como son siempre.

Hay temas que, independientemente del color político (Aunque hoy día eso no existe ya en las oligarquías que mandan en las democracias formales) requieren una clara solución. Éste es un caso. Francia, país añejo en el tema, lleva sin tocar el esqueleto educativo décadas. No es la panacea, pero funciona. Se actualizan contenidos, se mantiene el armazón básico. En los países nórdicos, el profesor es más una institución clave y respetada en sociedad que un estabulador-educador. En todas partes, se crea un sistema ético en el que el trabajo docente, investigador, el esfuerzo por dotar de conocimientos, crear inquietudes para adquirirlos y enseñar valores es lo que resulta clave para el éxito.

Si en España se borrara la absurdez neo-nacionalista de las comunidades autónomas que limitan los conocimientos a un área reducida (Constreñida a las fronteras artificiales de las CCAA jurídicas) y se abordara un sistema común, de base, en educación, consensuando aspectos que son básicos (Laicismo de la enseñanza, dejando la religión en la esfera privada, por ejemplo…) cambiando la forma de acceso de los docentes (Nada de oposiciones, concursos o similares; ¡todo un reto en un país de funcionarios efectivos o mentales!) invirtiendo mucho dinero en equipos, en medios, en instalaciones (Edificios más adecuados y mejor dotados) y consensuando un conjunto de conocimientos asesorados por técnicos, no políticos, quizá, sólo quizá, podríamos lograr un cambio.

Ahora mismo, lo único que tenemos son mentes agudas, brillantes a veces, sin medios, sin respeto, sin un sistema institucional y estatal que les apoye de veras. ¿Sorprende pues que los profesores sean menos vocacionales y más funcionarios? ¿No tienen nada que decir los padres en todo esto?

Pero como he dicho en otras entradas, a nuestros políticos les conviene. Un analfabeto funcional lee peor los contratos de trabajo (Cuando hay) se endeuda más fácilmente porque no sabe contar bien su sueldo y es más manejable, dócil y sirviente. Por eso acabaremos manteniendo, como siempre, a la elite del privado. Ahí saben bien a qué se va… y cuesta dinero. El mismo que debería ir de nuestros impuestos a la educación pública.

Un saludo,

martes, 4 de diciembre de 2007

Juegos de Mesa

Desde pequeñito he sido un ludópata. Todo lo que fuera ocio, juego, diversión y demás me encantaba. Me recuerdo con pocos años amasando las monedas de plástico que imitaban doblones y los pagarés de falso pergamino de La ruta del tesoro, una imitación del Monopoly. Me recuerdo con su caja de plástico duro, que al tiempo usé para guardar mis colecciones de soldaditos de plástico pequeños de diferentes ejércitos de la Segunda Guerra Mundial. Los compraba en sobres de papel duro en tiendas, esperando siempre cosas nuevas. Y los tanques. Por supuesto, me recuerdo montando batallas campales donde las piezas del Tente eran estructuras bombardeadas, edificios derruidos, fortines, laberintos de trincheras... incluso, en el colmo del realismo, quemar las alambradas de plástico para imitar el uso de lanzallamas...

Los juegos de mesa son caros. Al menos para un muchacho de pocos añitos. Por eso pronto me aficioné a jugar a los que tenían otros, o, cuando era mi cumpleaños, pedirlos. Así recibí el Imperio Cobra, mezcla de aventuras Indiana Jones y juego de la Oca pero con una pieza de plástico de la cobra que era genial. Y el colmo de los colmos... el Heroquest. Éste se lo regalaron a Emilio, y fue el motivo de aficionarnos al rol. Pronto pasamos de jugar con tableros y piezas, con limitadas estructuras y aventuras, para entrar a jugar en mundos más vastos. El primero, la Dragonlance. Tenía apenas 11 o 12 años...

El rol ocupó (Ocupa) un lugar destacado en mi ocio. Parte juego, parte entretenimiento social (Hablar con amigos, contar chistes, comadrear y ser porteras...) se disfrutaba (Disfruta) por lo amplio de sus posibilidades. Pero tambien es cierto que, muchas veces, las reglas se iban poniendo sobre la marcha... y eso lo hacía (Hace) todo más caótico y divertido.

El Trivial, el Risk, el Pictionary... todos esos los he jugado. Con las Ocas, Parchises y demás. Y el Ajedrez... no hay nada más dulce que ganarle a tu hermano mayor en ese juego (Y al baloncesto, para qué negarlo...)

Pero pronto entré en otro nivel de ludopatía. Fue el Maquiavelo, juego de intriga, estrategia política y militar en la Italia de los principados, reinos y dominios de los siglos XIV a XVI. Ahí había reglas sencillas, y la mejor manera de ganar era manipular, engañar, pervertir y quebrar al contrario. Las reglas eran la base, pero el comportamiento social, la clave del éxito. Grandísimo juego... pronto pasamos a otros, y aunque ya son muchos, puedo mencionar con agrado el Imperio en Armas (Del que llevo 2 años eternos jugando una partida interminable, en la Europa de las guerras Napoleónicas...) que aun siendo complejo (El manual tiene más de 100 páginas con reglas detalladas) es muy divertido, y sobre todo, sobre todos los juegos (Carcassone, Guillotine, Zombie, Guerra Civil Española de NAC...) uno que retomaré el próximo jueves. El República de Roma.

¿Por qué? Historia. Roma. Senadores. Ascensos al poder. Manipulación de la plebe. Equilibrio. Reparto de poderes. Asesinatos. Coacción. Engaño. Trampa. Acuerdos secretos y públicos. Apelaciones al honor y a la honestidad en medio de truculentas tramas. Tribunos. Pontífices. Cónsules. Guerras... lo tiene todo. Y aunque las reglas sean un tanto complejas, y más al añadir más reglas complementarias, es un juego magnífico, interesante, divertido, fascinante. Y encima, bien hecho, tanto que se podría aprender mucho de Roma y sentirse un senador sin tener que vestir toga. Aparte de lo mucho que se aprende de la condición humana...

Es un gran juego. Yo tengo fama de demagogo, manipulador, orador charlatán, influenciador y corruptor de mentes débiles o desorientadas. Pero es falso... yo disfruto jugando. Si la República sobrevive (Algo que no sucede en 3 de cada 4 partidas) es cuando me planteo la victoria (Escasamente sucede...) pero sobre todo, me encanta jugarlo.

La esposa de un amigo llamado Fran, Bea, llama a los que tienen mucho tiempo libre y excesivas aficiones "Ociópatas". Yo, modesto, me califico de "Homo Ludens". El jueves lo podré ratificar...

Un saludo,

domingo, 2 de diciembre de 2007

Ya he vuelto

"I'll be back", dijo aquel T-800 en Terminator frente al mostrador de una comisaría con un oficial de policía de mostacho y aburrida faz. "I'll be back", dijo también MacArthur cuando le echaron los japoneses por su incompetencia de las Filipinas en la Segunda Guerra Mundial. "Ja sóc aquí", proclamó ufano Tarradellas en Barcelona cuando retomó la Generalitat. El eterno retorno de Nietzsche, la vuelta de las vacaciones, el regreso al trabajo... vencer, triunfar, con el simple regreso. Yo he vuelto. Y eso es lo que me importa.

He vuelto a pisar una cancha de baloncesto, el parqué sinuoso, a sentir el bote bajo las manos, el balón, su tacto, la canasta, lejana pero alcanzable, las líneas, delimitando mi libertad de acción, el bosque de brazos y piernas, los movimientos zigzagueantes de mis compañeros tratando de penetrar, mis propios movimientos, la defensa sudorosa y pegada al cuerpo, el instante eterno antes de cazar el rebote, el pase bien mandado, el pase perdido, el recibido, y sobre todo, el tiro y la canasta lograda. El suspiro de la felicidad, el momento del logro; ha sido un simple triple, pero para mí valía como toda una liga...

Han sido pocos minutos y bajo fuerte preparación. Un calentamiento con el bueno de Pepe, que me ha ayudado a sentir de nuevo esos músculos perezosos, abotargados, yacentes en su molicie. Poco a poco los dolores se han despertado, el cuerpo ha entrado en una dinámica diferente. El botar de los balones, el golpe al hierro cuando se tira, el "chof" claro y limpio de los encestes... todo con chirriar de las zapatillas sobre la cancha, algunas voces de los banquillos con el "¡Vamos vamos!" y "¡Defensa!", y mi pierna izquierda ha escuchado todo esto, lo ha sentido, lo ha añorado. Y ha reaccionado. Si por jugar 4 o 5 minutos debo calentar antes 20 y después otros 10 o 15, bienvenido sea.

Mi estadística, penosa. 2 balones perdidos, 1 asistencia, ninguna falta hecha o recibida, 2 intentos de triple y 1 convertido (Un 50% que no es nada) 1 rebote y una defensa blanda, inconsistente. Hemos perdido de 12 o 13 puntos, y ellos están primeros y nosotros terceros. Pero era el sexto partido que se jugaba, con gente que no conozco (Excepto Pepe) y después de un buen balance de 1 derrota (Ahora 2) y 4 victorias.

Pero lo más importante, para mí, fuera de números, es que he vuelto.

Y espero que para quedarme. Es mi rodilla, es mi rodilla...

Un saludo,

jueves, 29 de noviembre de 2007

Lecturas (2)

Retomo este tipo de escritos, porque me encanta hablar de los libros que pasan por mi manos y ante mis ojos.

Últimamente he dejado un poco de lado la novela sin más, la novelita, el librito instrascendente, el relato sin complicaciones. Y cuando vuelvo a ella, logro retomar las ventajas de la imaginación, del vuelo libre, del sueño lánguido y perezoso. Me vuelvo a sumergir en mundos ficticios, muy reales, propios y ajenos, tenebrosos y soleados. Las palabras deciden entonces jugar una danza que entrelaza descripciones de lugares, hechos y personas, un baile del tipo de Salomé, ejecutando así la decapitación de mi cabeza que no puede dejar de leer, hipnotizada. Estos libros son, en definitiva, un Maelstrom voraz, un vórtice turbulento, una llamada al fondo de mis entrañas...

Como el hombre que estaba enamorado del amor, yo estoy como lector enamorado del hecho de la lectura, sea ésta la que sea. Leer es un acto entonces libidinoso, sensual, pornográfico, reverencial, mágico, anodino, susurrante, soso, especial siempre. Leer, como amar, se convierte de pronto en el acto en sí mismo, no en lo que se lee. Puede ser un libro de Pérez-Reverte, como el último de Un día de cólera que he comprado ahora mismo y ya estoy terminando, arrebatándome del tiempo, del espacio y de la realidad para llevarme a otro Madrid que no es el de ahora, pero lo fue. O el de Julia Lovell sobre China, La gran muralla, apresando mi crítica hacia ese país, esa forma de pensar, ese lugar exótico y también destartalado, si he de dar crédito a lo que Rafa (Tardaba en asomar aquí, mi Rafita...) me cuenta. Pero también es la novela épica, chusca, española, castiza, grandiosa y triste de Pérez Galdós (Otro Pérez famoso) sobre Trafalgar, primero de los Episodios Nacionales, iniciados con una derrota, por orgullo, por decencia, por ineptitud, por honor... y puede ser el libro de un español con seudónimo anglosajón como J. S. Charles, con La caída del Águila en donde mezcla para mi júbilo dos mundos, el de Lovecraft (Maestro de pesadillas, de ambientes, de deformadas realidades) y el de la historia de Roma... también Javier Negrete, primero con Señores del Olimpo y después con la magnífica ucronía de Alejandro Magno y las Águilas de Roma... también me ha hecho soñar León Arsenal y su exploración en La boca del Nilo, novela histórica cuyo género cada día copa más el mercado. Pero no olvido a mis fieles escritores, y no puede pasar un año sin que relea con gusto Cosecha roja, de Dashiell Hammet. Todo está ahí, todas las muertes, toda la sangre, todo el cinismo, toda la reserva última de decencia del hombre, todas las mujeres, todo delito por dinero, toda corrupción... sin estas historias, sin estas novelas, el mundo sería gris. Y si no hubiera una voz como las que las narra, alguien debería impostarla. Yo me siento agradecido a todos ellos, porque me han dado su verbo, su letra, su imaginación, y me la han regalado, pagando el mezquino precio del libro que abro. Como mi novia (Ojalá, futura esposa) sabe, mi idea de ir de compras es asaltar las librerías, y lamentarme del tiempo que falta para leer.

Añado también a esta relación, escasa, minimalista, inútil a fin de cuentas, un tipo de lectura que la gente que me conoce entenderá y los que no, pues lo siento por ellos. La que hago cuando escucho a mis amigos interpretando, en una mesa, con simplemente hojas de papel, lápices, gomas y dados, personajes, situaciones y momentos que nunca más se darán. Hablo de esos juegos de imaginación que algunos desconocen (¿Acaso leer no lo es? ¿O ir al teatro?) y que se llaman de rol por la interpretación que uno hace de personajes ficticios, inventados por uno mismo. En ellos, yo, como lector, y como narrador al mismo tiempo, disfruto. La imaginación entonces no tiene un límite, no tiene barreras. Pero, como en la lectura, es imaginación...

En fin. Éste no sé si es mi último año consumando mi placer absoluto de ir a una librería y encontrar un libro que enseguida catalogo para lectura inmediata, como el de hoy de Pérez-Reverte (Y al tiempo, dos más, uno de narraciones verbales de Oscar Wilde y otro biografía de Hitler, de Kershaw... las memorias de Azaña son para lectura tranquila y estudiosa) o de otros que me doy una espera o incluso me pienso para una enfermedad o lesión (¡Falso! Nunca he leído más en esos casos... la fiebre ya teje fantasías suficientemente coloridas, y el dolor de las lesiones incapacita para disfrutar... no entiendo a los que dicen haber leído en esas épocas; yo, a lo sumo, me meto en una cama, en pleno día, con un libro, y al calor de las mantas, leo, luego duermo, luego leo... y ahora encima, sin necesidad de quitarme y ponerme las gafas...)

Quizá el año que viene mis lecturas sean, desgraciadamente, pdf's marginales, obtenidos clandestinamente, o libros descuartizados, maltratados, de bibliotecas de las que me gustaría salvarlos y darles acogida en la mía, que espera, para el 2008, un lugar no sagrado, pero sí respetado y cuidado. Mi nueva casa...

Un saludo,

lunes, 26 de noviembre de 2007

Cataluña

Quizá el ser del "centro" (¿Qué centro?) permita otra perspectiva de esta tierra española. Y empiezo así, considerándola española, porque comparte mucho del carácter de otras partes de la península e ínsulas.

Cataluña me encanta. Me parece un lugar privilegiado, si bien, como muchas otras partes, sobreexplotado. Especialmente Barcelona, ciudad en la que he estado varias veces, y que posee un carácter especial. Pero en general, toda Cataluña, la que he visitado, tiene un extraño aire de lugar antiguo, del pasado, no muy lejano, de mi infancia. Ciudades sucias, desconchadas, asfalto roto, pátinas lustrosas, un carácter de gente muy cercano al de mis vecinos. Sé que suena extraño, pero la Masía que funcionaba de casa rural en El Garraf en donde pasé un fin de semana, no tenía tanta diferencia con respecto a las casas de León donde pasaba mi infancia, o de Burgos en donde paso ahora algunas temporadas.

Los que aducen el tema del idioma no comprenden que, en otras partes, se puede hablar diferente. Y en Cataluña, aunque suene a chiste, hablan catalán. Que si se hace un esfuerzo, se puede entender en gran medida. Y que, como nosotros cuando usamos una palabra local, propia, es el lenguaje vivo, propio de su población. Un madrileño que crea descortesía el que le hablen en catalán estará errando. Como me decía mi nuevo amigo Francesc (Bien escrito, espero) debe haber un "catalán loco" (Que aunaremos al "vasco loco" y similares) que va por el mundo derrochando descortesía y hablando en catalán muy cerrado en cuanto percibe a un castellanoparlante... pero no es así. Aunque encontré un caso similar, más bien lo considero anecdótico. Sucedió en Irlanda, así que lo tomaré como que el "catalán loco" existió por unas horas...

Yo no tengo inconveniente en usar palabras de fuera. Gerona me suena mejor pronunciando "Yirona", y lo mismo con el Juventud de Badalona; "Yuventut". Tienen sonoridad, tienen fuerza. Y me asombra que aquellos que dicen "Briefing" o "Bye!" a cada tanto, por ejemplo, abominen de un simple "Si us plau".

Claro que está el tema político, y el independentismo. ¿Qué será que allí muchos con los que se habla piensan que sus políticos no representan ni a un 10% de los que allí viven? Será el problema de toda España, el de la Administración triplicada (Estatal, Autonómica y Local) que en vez de descentralizar los esfuerzos y lograr mayor eficacia, ha logrado crear parcelas de poder ineficaces y en las que colaborar es casi un delito. Especialmente se nota en los lugares nacionalistas, que se han servido (Sus políticos, como siempre; las personas normales piensan más en lo que cuesta todo y en si mañana será mejor día... como en todas partes) de un cierto victimismo de "Cuarenta años de franquismo" con el que justifican aquello de lo que abominan; un nacionalismo excluyente, cerrado en sí mismo (Tancat, dirían los catalanes) y que limita a los demás por imponer lo que se considera "cultura oficial". Tanto es así, que al catalanismo, al vasquismo, al tímido galleguismo, se han unido ya los que reivindican el Bable, el Lliunes... y otras variaciones de la lengua. Yo, si sigue así... ¡Quiero que el Cheli se reconozca dentro del espacio geográfico de Carabanchel como lengua vehicular, y la cultura asociada también! Ah, esperad; Esperanza Aguirre está creando ya un cierto nacionalismo... madrileño. Pero al menos aquí no se ha vivido un victimismo beneficioso para Cataluña, a pesar de tener bien jodidos a muchos, de que Franco quisiera llevarse la capital a Sevilla, de que los madrileños más castizos palmaran y el resto sea de la inmigración... claro que tambíen los políticos capitalinos (Aquí juntamos la cuarta administración ineficiente, la dedicada a las testas coronadas...) han mirado con indiferencia a Cataluña. Y al resto. La "periferia" que dicen fuera. Madrid es perezosa...

Todos queremos ser diferentes. Pero la diferencia no significa el expulsar al resto. Significa reconocer los rasgos que nos hacen especiales (Y no tanto, no tanto) pero sobre todo los que nos hacen iguales. En España, en cualquier parte, nos unen cosas similares; el trinquismo de los políticos, el obviar los problemas reales para centrarnos en nubes de algodón, el intentar llevar la razón contra viento y marea, el estar tres en una habitación y pedir cuatro cafés diferentes y expresar cinco opiniones distintas sobre el mismo tema...

Yo, de todos modos, no creo en el independentismo. ¿De quién, de EEUU? ¿Del Capitalismo? No, no hay ya nada de eso. Como me decía Francesc, me prefiero como un Hispanorromano; es una buena denominación. Al menos, mejor que el triste corolario que sacaba Ortega y Gasset de reflexiones más profundas que las mías y que cito de memoria: "Los españoles serían felices si pudieran llevar en el bolsillo una constitución personal que dijera Este españolito está autorizado para hacer lo que le venga en gana cuando quiera"

Seguiré disfrutando del Trinxat, el Pà amb Tomaquet o la crema catalana... y a pesar de que no puedo con las bebidas de burbujas (Me producen mucho malestar, el cava, la sidra, el champán... esas cosas; el boicot me lo hace mi estómago...) levantaré siempre una copita de vino, del lugar o de cualquier lagar, siempre que me la sirvan con los amigos, las personas con ganas de vivir y... las buenas mozas.

Otro día hablaré de Madrid... ciudad cosmopolita en una región castellana. Y ciudad accidental, pero imprescindible. Como tantas otras. Yo ahora me haría neoyorquino... (Antaño, dublinés, o lisboeta, e incluso gijonés)

Un saludo,

jueves, 22 de noviembre de 2007

El cine acrobático

Charles Chaplin, Buster Keaton y Harold Lloyd. Charlot, Cara de palo y El hombre de las gafitas. Tres cómicos que en el mudo hicieron portentos, cuando los efectos especiales eran ellos y las acrobacias solían terminar en alguna caída dolorosa. El cine original, como los EEUU, se construyó mediante trabajo duro, muchos accidentes y una voluntad férrea de seguir adelante.

Sus películas están llenas de carreras, saltos, cabriolas, persecuciones, peleas, escaladas y golpes de todo tipo. Si nos encanta ver a alguien que intenta una proeza y se cae, provocando la risa, no es menos cierto que nos asombra el equilibrio, la fuerza, la potencia y la habilidad para pasar de un salto un precipicio, correr un campo entero con obstáculos, trepar a un edificio sin más ayuda que las de las manos o patinar al borde de un abismo. Los tres hicieron estas maravillas, arrancando lágrimas, carcajadas, risas cómplices, bocas abiertas expectantes y suspiros de alivios. Era un cine trepidante. Un cine que no daba descanso.

Después de ellos, llegó el sonoro. En él abundaron los galanes como Rodolfo Valentino, pero hablando. Y los diálogos tomaron el relevo, cosquilleando los oídos con ingeniosas frases, con réplicas mordaces, sentencias de enjundia... pero se perdió esa alegría física de los actores que iban a 18 fotogramas por segundo, a una velocidad que hoy se piensa es de dibujos animados. Y llegaron los Erroll Flynn y los Burt Lancaster, dando saltos entre árboles, cabalgando con precisión, tomando al abordaje barcos mediante arriesgadas maniobras con los cabos sueltos... y se hizo musical, porque llegó Gene Kelly que convirtió un duelo a espada en un baile coreografiado (Bueno, ¿no lo es la esgrima?) o se dedicó a homenajear precisamente a los cómicos del mudo con su gran película, Cantando bajo la lluvia. Todo un broche de oro desde el sonoro para un cine que era, puramente, cine.

Tampoco me puedo olvidar de una de las mejores películas con la casi mejor secuencia de esgrima de la historia; me refiero a Scaramouche. También es un cine acrobático, mudo, y lo es porque la secuencia, larga, juega a mostrarnos el mundo entre bambalinas de los actores de teatro, y a la vez, a luchar contra esa tiránica aristocracia cuyo espectáculo es tambien hermano suyo. El equilibrio de Stewart Granger peleando con Mel Ferrer en el palco, durante casi 10 minutos de trepidante duelo, es antológico. Y la tensión, la aventura, las sensaciones que despierta todo ello son magníficas.

Después... después el cine entró en otra dinámica. Cacharros con aparatosa forma, caídas torpes (Aunque tengo cierto cariño a Jerry Lewis) y pocas gracias. Hasta que hace poco, el cine acrobático parecía retornar, primero de la mano de los orientales (Muchos cables, fantasía y falsedad) y sobre todo de un incombustible y muy poco apreciado Jackie Chan (Que es para mí impresionante) pero sobre todo lo consiguió de la mano de grandes producciones de cine fantástico y plagado de efectos. Terminator 4, Matrix Reloaded, el último 007 o La jungla 4.0 contienen escenas donde el protagonista no es ágil, alegre, fascinante ni tampoco sincero. La primera y la segunda tienen una secuencia larga y aburrida en una autopista donde los protagonistas son gente seria, pesada, grave, estéticamente pedante y pasada. Duran mucho y las acrobacias, a cámara lenta algunas, son ya pornográficas en el sentido de mostrar todo sin más, pero sin arte, tampoco. Las otras dos contienen escenas imposibles, en las que un cuerpo humano no podría hacer eso que hacen. Y especialmente todas contienen grandes masas de coches y de asfalto, de edificios, de explosiones... masas de destrucción y aniquilación que no producen, paradójicamente, más que aburrimiento.

El cine acrobático de los tres primeros, Charlot, Cara de palo y El hombre de las gafitas era sincero, estaba hecho por ellos (Con fracturas, esguinces, pérdidas de dedos o algún sentido) y pretendía mostrar hasta dónde llegaba el hombre en ciertos casos, tensando al máximo sus capacidades, pero siempre guiados por la voluntad. Ahora, el cine muestra falsedades, tanto que dan ganas de ir con un mando de consola o simplemente, no ir. ¿Qué ha cambiado?

Por si acaso, me quedo con dos frases, una de Sabatini y otra de Burt Lancaster. La primera nos dice que nació con un don de la risa y la seguridad de que el mundo estaba loco. El segundo nos advertía que no debíamos creer la mitad de lo que viéramos, y la otra mitad... pues tampoco. Ambos eran, siempre, sinceros.

Un saludo,

martes, 20 de noviembre de 2007

Lecturas (1)

Uno de los mayores placeres es leer. Sentarse, acomodarse en un lugar propicio, y tomar el libro (O el cómic) donde te van a contar una historia que, si es buena, te hará formar parte de la misma. En silencio, con música, en un día de sol, de lluvia, en la playa, dentro de casa, sobre la hierba... casi cualquier lugar es bueno. Incluso yendo a trabajar en el vagón de metro o tren, en el autobús, si vas sentado. Tengo un tic, que es curioso, cuando salgo. Siempre miro algún libro que me pueda leer en parte durante el trayecto, y eso me sucede incluso cuando voy a coger el coche. Alguna vez me he sorprendido llevando un libro y dejándolo en el asiento del copiloto...

Siempre descubres autores nuevos, lecturas nuevas. Incluso géneros. Hasta el año anterior (o el otro, no sé ya) no conocía las "Ucronías". Ciencia ficción de la historia, imaginativa, estudiada, sorprendente. Una de ellas es sobre la guerra civil española, la última, y se titula Franco, una historia alternativa. Otra del mismo tema es La historia de España que no pudo ser. En ambas ucronías se despliega, durante varios relatos, alternativas a los hechos históricos que todos conocemos o deberíamos conocer. Y así resulta curioso ver que la Historia no es inmutable, no es fija, ni tampoco hierática. Es un ente vivo constituido por los seres que la narran, los que la protagonizan y los que quedan fuera del foco. De éstos últimos, de la historia de los que no salen nunca, es interesante ver que nadie habla. Franco, Azaña, Rojo, Negrín, Caballero, José Antonio, Yagüe, Companys... pero nada de los García, los Pérez, los González o Villuegas que hay por la historia protagonizada por otros.

Si las ucronías son para mí una revelación (Parte historia, parte ensayo, parte Ci-Fi y parte novela) también lo son algunas biografías y memorias. Guardo buen recuerdo de las de Cansinos Assens, La novela de un literato, así como de las que tienen Stephan Zweig con El mundo de ayer o la de Miguel Torga de La creación del mundo. Ahora mismo estoy con las memorias de Pablo de Azcárate, Mi embajada en Londres durante la guerra, que también recogen un período interesante de la historia. En todos los casos, son memorias de un siglo, de momentos entre el final del XIX y el XX. En ellas, la memoria es interesante ante ciertos aspectos conocidos; la Gran Guerra (Luego, por eso de dar ordinales, Primera Guerra Mundial) los felices años 20, la Depresión y las crisis de los años 30, los totalitarismos, la Segunda Guerra Mundial, las posguerra y el fin de un mundo... con ellas, uno se da cuenta de que no hay "cierres" temporales, puertas o paredes que delimiten un siglo respecto de otro, salvo el cómputo del calendario. El siglo XIX casi comienza en la revolución francesa (e incluso en la independencia nortemericana) y termina allá por Nagasaki, en medio del siglo XX. A los que gustan de la categoría aristoteliana, ésto les parecerá un horror, pero es la conclusión a la que llega uno.

Pero las memorias, que suelen dar una luz sobre el mundo histórico, suelen ir acompañadas de esa especie de crónica literaria de actualidad mezcla de biografía, de historia y de sensacionalismo que es el periodismo. Tres buenos periodistas del siglo XX, Josep Plá, Eugenio Xammar y Ryszard Kapuściński, tienen obras buenísimas que trascienden el periodismo. Los dos primeros cubrieron, respectivamente, uno la II República española (Inicialmente con entusiasmo no exento de ironía e incluso algo de escepticismo, pero turbadoramente optimista... hasta que se pasó al otro bando) y otro la República de Weimar y el ascenso de Hitler y el partido nazi en Alemania. En sus crónicas, recopiladas en La segunda república española y los dos libros de El huevo de la serpiente y Crónicas desde Berlín, ambos muestran oficio, manejo de la palabra pero, sobre todas las cosas, percepciones certeras, análisis muchas veces confirmados con el tiempo y, en suma, clarividencia. Pero Kapuściński no queda atrás. Desde su desolador relato de la URSS en El Imperio, o El Emperador, soberbia narración de la Etiopía de Haile Selassie, logra dar voz precisamente a esa parte del mundo que, tras la Segunda Guerra Mundial, quedó aislado del resto; el mundo de la distopía comunista. Así, estas personas nos regalan impagables imágenes, palabras, hechos, cosas diarias que engrandecen a los pequeños protagonistas de la novela del mundo, los que no tienen foco, los que lo reciben de éstos hombres. Porque en Pla o Xammar hay figuras de gran calado, pero también sitio para panaderos, soldados, conductores de tranvía y otras personas anónimas que son quienes constituyen la verdadera afluencia de la vida. Y en Kapuściński mucho más, incluso, y encima, la valentía de contar un mundo separado, autónomo, impagable el relato que nos regala siempre de cualquiera, desde un monje armenio hasta un pilluelo de Adís Abeba o la desaparición de todo un río en medio de la inmensidad de Rusia...

Ucronías, memorias, biografías, periodismo... todo se entremezcla, ningún género es puro. Todo queda al final fuera de la comodidad de las etiquetas, de la facilidad del prejuicio. Leer es por ello interesante, un pasatiempo, sí, pero también una ventana más amplia al mundo, abierta por seres excepcionales, a veces, o simplemente testigos que intentan contar lo que ven, oyen, olfatean, degustan y palpan. Todos somos así, no digo cultos, si no, más bien, alfabetos.

Un saludo,