Ahora la educación de los niños es un problema de la de los padres. Hace más de treinta años, el maestro era un tipo respetado en parte, gracias a su teórica autoridad que llegaba a lo físico, incluso. Pero ellos mismos contribuyeron a perderla, porque muchos, imbuidos del rebelde sentimiento contra todo tipo de autoridad, incluida la suya propia, la degradaron y fueron dejando que el péndulo oscilara del autoritarismo al respeto, y del respeto…
¿Culpables los padres? Pues sí, lo son en mucha medida. ¿Y los profesores? También, por qué negarlo. ¿Y el sistema educativo que diseñan los políticos? Creo que esto es innegable y más claro que lo anterior. Los alumnos son siempre los mismos, y eso no cambia, así que no cuentan en el reparto de culpas. Entonces, ¿Qué es causa y qué efecto?
Los padres se inhiben en muchos casos. Política económica; cuesta menos que el niño esté estabulado en la guardería, el colegio, el instituto, la universidad (Antaño dique contra la mili y el paro) o cualquier curso que el estar atentos, dedicados, buscando siempre al profesor, exigiendo calidad, resultados, ayudando a obtenerlos. Muchos padres incluso llegan a justificar el “Me tiene manía” del alumno y lo perpetúan. El profesor y el sistema educativo es entonces para ellos un medio en el que dejar al niño o niña a cargo de un tercero. El que le va a educar, nada menos.
Los profesores, como he dicho, partieron de una autoridad completa para llegar a un punto actual en el que pueden ser objeto de agresiones sin más. La defensa del menor es absoluta, incluso cuando pega al profesor. Por tanto, o construyen una autoridad volátil, temporal y delicada, y eso implica vocación, entorno y mucho esfuerzo, o, simplemente, merodean por el mundo educativo como funcionarios con plaza (O sin ella) y tendentes a la baja por depresión.
Yo creo que el problema no es de profesores ni alumnos. Los padres en parte sí, porque aceptan el modelo sin rechistar. Demasiados años de educación represiva y religiosa (Aunque fuera sutil) . Que los profesores sean como son es culpa del sistema educativo y por tanto, en última instancia, de los políticos. Ya digo, los alumnos son como son siempre.
Hay temas que, independientemente del color político (Aunque hoy día eso no existe ya en las oligarquías que mandan en las democracias formales) requieren una clara solución. Éste es un caso. Francia, país añejo en el tema, lleva sin tocar el esqueleto educativo décadas. No es la panacea, pero funciona. Se actualizan contenidos, se mantiene el armazón básico. En los países nórdicos, el profesor es más una institución clave y respetada en sociedad que un estabulador-educador. En todas partes, se crea un sistema ético en el que el trabajo docente, investigador, el esfuerzo por dotar de conocimientos, crear inquietudes para adquirirlos y enseñar valores es lo que resulta clave para el éxito.
Si en España se borrara la absurdez neo-nacionalista de las comunidades autónomas que limitan los conocimientos a un área reducida (Constreñida a las fronteras artificiales de las CCAA jurídicas) y se abordara un sistema común, de base, en educación, consensuando aspectos que son básicos (Laicismo de la enseñanza, dejando la religión en la esfera privada, por ejemplo…) cambiando la forma de acceso de los docentes (Nada de oposiciones, concursos o similares; ¡todo un reto en un país de funcionarios efectivos o mentales!) invirtiendo mucho dinero en equipos, en medios, en instalaciones (Edificios más adecuados y mejor dotados) y consensuando un conjunto de conocimientos asesorados por técnicos, no políticos, quizá, sólo quizá, podríamos lograr un cambio.
Ahora mismo, lo único que tenemos son mentes agudas, brillantes a veces, sin medios, sin respeto, sin un sistema institucional y estatal que les apoye de veras. ¿Sorprende pues que los profesores sean menos vocacionales y más funcionarios? ¿No tienen nada que decir los padres en todo esto?
Pero como he dicho en otras entradas, a nuestros políticos les conviene. Un analfabeto funcional lee peor los contratos de trabajo (Cuando hay) se endeuda más fácilmente porque no sabe contar bien su sueldo y es más manejable, dócil y sirviente. Por eso acabaremos manteniendo, como siempre, a la elite del privado. Ahí saben bien a qué se va… y cuesta dinero. El mismo que debería ir de nuestros impuestos a la educación pública.
Un saludo,
miércoles, 5 de diciembre de 2007
martes, 4 de diciembre de 2007
Juegos de Mesa
Desde pequeñito he sido un ludópata. Todo lo que fuera ocio, juego, diversión y demás me encantaba. Me recuerdo con pocos años amasando las monedas de plástico que imitaban doblones y los pagarés de falso pergamino de La ruta del tesoro, una imitación del Monopoly. Me recuerdo con su caja de plástico duro, que al tiempo usé para guardar mis colecciones de soldaditos de plástico pequeños de diferentes ejércitos de la Segunda Guerra Mundial. Los compraba en sobres de papel duro en tiendas, esperando siempre cosas nuevas. Y los tanques. Por supuesto, me recuerdo montando batallas campales donde las piezas del Tente eran estructuras bombardeadas, edificios derruidos, fortines, laberintos de trincheras... incluso, en el colmo del realismo, quemar las alambradas de plástico para imitar el uso de lanzallamas...
Los juegos de mesa son caros. Al menos para un muchacho de pocos añitos. Por eso pronto me aficioné a jugar a los que tenían otros, o, cuando era mi cumpleaños, pedirlos. Así recibí el Imperio Cobra, mezcla de aventuras Indiana Jones y juego de la Oca pero con una pieza de plástico de la cobra que era genial. Y el colmo de los colmos... el Heroquest. Éste se lo regalaron a Emilio, y fue el motivo de aficionarnos al rol. Pronto pasamos de jugar con tableros y piezas, con limitadas estructuras y aventuras, para entrar a jugar en mundos más vastos. El primero, la Dragonlance. Tenía apenas 11 o 12 años...
El rol ocupó (Ocupa) un lugar destacado en mi ocio. Parte juego, parte entretenimiento social (Hablar con amigos, contar chistes, comadrear y ser porteras...) se disfrutaba (Disfruta) por lo amplio de sus posibilidades. Pero tambien es cierto que, muchas veces, las reglas se iban poniendo sobre la marcha... y eso lo hacía (Hace) todo más caótico y divertido.
El Trivial, el Risk, el Pictionary... todos esos los he jugado. Con las Ocas, Parchises y demás. Y el Ajedrez... no hay nada más dulce que ganarle a tu hermano mayor en ese juego (Y al baloncesto, para qué negarlo...)
Pero pronto entré en otro nivel de ludopatía. Fue el Maquiavelo, juego de intriga, estrategia política y militar en la Italia de los principados, reinos y dominios de los siglos XIV a XVI. Ahí había reglas sencillas, y la mejor manera de ganar era manipular, engañar, pervertir y quebrar al contrario. Las reglas eran la base, pero el comportamiento social, la clave del éxito. Grandísimo juego... pronto pasamos a otros, y aunque ya son muchos, puedo mencionar con agrado el Imperio en Armas (Del que llevo 2 años eternos jugando una partida interminable, en la Europa de las guerras Napoleónicas...) que aun siendo complejo (El manual tiene más de 100 páginas con reglas detalladas) es muy divertido, y sobre todo, sobre todos los juegos (Carcassone, Guillotine, Zombie, Guerra Civil Española de NAC...) uno que retomaré el próximo jueves. El República de Roma.
¿Por qué? Historia. Roma. Senadores. Ascensos al poder. Manipulación de la plebe. Equilibrio. Reparto de poderes. Asesinatos. Coacción. Engaño. Trampa. Acuerdos secretos y públicos. Apelaciones al honor y a la honestidad en medio de truculentas tramas. Tribunos. Pontífices. Cónsules. Guerras... lo tiene todo. Y aunque las reglas sean un tanto complejas, y más al añadir más reglas complementarias, es un juego magnífico, interesante, divertido, fascinante. Y encima, bien hecho, tanto que se podría aprender mucho de Roma y sentirse un senador sin tener que vestir toga. Aparte de lo mucho que se aprende de la condición humana...
Es un gran juego. Yo tengo fama de demagogo, manipulador, orador charlatán, influenciador y corruptor de mentes débiles o desorientadas. Pero es falso... yo disfruto jugando. Si la República sobrevive (Algo que no sucede en 3 de cada 4 partidas) es cuando me planteo la victoria (Escasamente sucede...) pero sobre todo, me encanta jugarlo.
La esposa de un amigo llamado Fran, Bea, llama a los que tienen mucho tiempo libre y excesivas aficiones "Ociópatas". Yo, modesto, me califico de "Homo Ludens". El jueves lo podré ratificar...
Un saludo,
Los juegos de mesa son caros. Al menos para un muchacho de pocos añitos. Por eso pronto me aficioné a jugar a los que tenían otros, o, cuando era mi cumpleaños, pedirlos. Así recibí el Imperio Cobra, mezcla de aventuras Indiana Jones y juego de la Oca pero con una pieza de plástico de la cobra que era genial. Y el colmo de los colmos... el Heroquest. Éste se lo regalaron a Emilio, y fue el motivo de aficionarnos al rol. Pronto pasamos de jugar con tableros y piezas, con limitadas estructuras y aventuras, para entrar a jugar en mundos más vastos. El primero, la Dragonlance. Tenía apenas 11 o 12 años...
El rol ocupó (Ocupa) un lugar destacado en mi ocio. Parte juego, parte entretenimiento social (Hablar con amigos, contar chistes, comadrear y ser porteras...) se disfrutaba (Disfruta) por lo amplio de sus posibilidades. Pero tambien es cierto que, muchas veces, las reglas se iban poniendo sobre la marcha... y eso lo hacía (Hace) todo más caótico y divertido.
El Trivial, el Risk, el Pictionary... todos esos los he jugado. Con las Ocas, Parchises y demás. Y el Ajedrez... no hay nada más dulce que ganarle a tu hermano mayor en ese juego (Y al baloncesto, para qué negarlo...)
Pero pronto entré en otro nivel de ludopatía. Fue el Maquiavelo, juego de intriga, estrategia política y militar en la Italia de los principados, reinos y dominios de los siglos XIV a XVI. Ahí había reglas sencillas, y la mejor manera de ganar era manipular, engañar, pervertir y quebrar al contrario. Las reglas eran la base, pero el comportamiento social, la clave del éxito. Grandísimo juego... pronto pasamos a otros, y aunque ya son muchos, puedo mencionar con agrado el Imperio en Armas (Del que llevo 2 años eternos jugando una partida interminable, en la Europa de las guerras Napoleónicas...) que aun siendo complejo (El manual tiene más de 100 páginas con reglas detalladas) es muy divertido, y sobre todo, sobre todos los juegos (Carcassone, Guillotine, Zombie, Guerra Civil Española de NAC...) uno que retomaré el próximo jueves. El República de Roma.
¿Por qué? Historia. Roma. Senadores. Ascensos al poder. Manipulación de la plebe. Equilibrio. Reparto de poderes. Asesinatos. Coacción. Engaño. Trampa. Acuerdos secretos y públicos. Apelaciones al honor y a la honestidad en medio de truculentas tramas. Tribunos. Pontífices. Cónsules. Guerras... lo tiene todo. Y aunque las reglas sean un tanto complejas, y más al añadir más reglas complementarias, es un juego magnífico, interesante, divertido, fascinante. Y encima, bien hecho, tanto que se podría aprender mucho de Roma y sentirse un senador sin tener que vestir toga. Aparte de lo mucho que se aprende de la condición humana...
Es un gran juego. Yo tengo fama de demagogo, manipulador, orador charlatán, influenciador y corruptor de mentes débiles o desorientadas. Pero es falso... yo disfruto jugando. Si la República sobrevive (Algo que no sucede en 3 de cada 4 partidas) es cuando me planteo la victoria (Escasamente sucede...) pero sobre todo, me encanta jugarlo.
La esposa de un amigo llamado Fran, Bea, llama a los que tienen mucho tiempo libre y excesivas aficiones "Ociópatas". Yo, modesto, me califico de "Homo Ludens". El jueves lo podré ratificar...
Un saludo,
domingo, 2 de diciembre de 2007
Ya he vuelto
"I'll be back", dijo aquel T-800 en Terminator frente al mostrador de una comisaría con un oficial de policía de mostacho y aburrida faz. "I'll be back", dijo también MacArthur cuando le echaron los japoneses por su incompetencia de las Filipinas en la Segunda Guerra Mundial. "Ja sóc aquí", proclamó ufano Tarradellas en Barcelona cuando retomó la Generalitat. El eterno retorno de Nietzsche, la vuelta de las vacaciones, el regreso al trabajo... vencer, triunfar, con el simple regreso. Yo he vuelto. Y eso es lo que me importa.
He vuelto a pisar una cancha de baloncesto, el parqué sinuoso, a sentir el bote bajo las manos, el balón, su tacto, la canasta, lejana pero alcanzable, las líneas, delimitando mi libertad de acción, el bosque de brazos y piernas, los movimientos zigzagueantes de mis compañeros tratando de penetrar, mis propios movimientos, la defensa sudorosa y pegada al cuerpo, el instante eterno antes de cazar el rebote, el pase bien mandado, el pase perdido, el recibido, y sobre todo, el tiro y la canasta lograda. El suspiro de la felicidad, el momento del logro; ha sido un simple triple, pero para mí valía como toda una liga...
Han sido pocos minutos y bajo fuerte preparación. Un calentamiento con el bueno de Pepe, que me ha ayudado a sentir de nuevo esos músculos perezosos, abotargados, yacentes en su molicie. Poco a poco los dolores se han despertado, el cuerpo ha entrado en una dinámica diferente. El botar de los balones, el golpe al hierro cuando se tira, el "chof" claro y limpio de los encestes... todo con chirriar de las zapatillas sobre la cancha, algunas voces de los banquillos con el "¡Vamos vamos!" y "¡Defensa!", y mi pierna izquierda ha escuchado todo esto, lo ha sentido, lo ha añorado. Y ha reaccionado. Si por jugar 4 o 5 minutos debo calentar antes 20 y después otros 10 o 15, bienvenido sea.
Mi estadística, penosa. 2 balones perdidos, 1 asistencia, ninguna falta hecha o recibida, 2 intentos de triple y 1 convertido (Un 50% que no es nada) 1 rebote y una defensa blanda, inconsistente. Hemos perdido de 12 o 13 puntos, y ellos están primeros y nosotros terceros. Pero era el sexto partido que se jugaba, con gente que no conozco (Excepto Pepe) y después de un buen balance de 1 derrota (Ahora 2) y 4 victorias.
Pero lo más importante, para mí, fuera de números, es que he vuelto.
Y espero que para quedarme. Es mi rodilla, es mi rodilla...
Un saludo,
He vuelto a pisar una cancha de baloncesto, el parqué sinuoso, a sentir el bote bajo las manos, el balón, su tacto, la canasta, lejana pero alcanzable, las líneas, delimitando mi libertad de acción, el bosque de brazos y piernas, los movimientos zigzagueantes de mis compañeros tratando de penetrar, mis propios movimientos, la defensa sudorosa y pegada al cuerpo, el instante eterno antes de cazar el rebote, el pase bien mandado, el pase perdido, el recibido, y sobre todo, el tiro y la canasta lograda. El suspiro de la felicidad, el momento del logro; ha sido un simple triple, pero para mí valía como toda una liga...
Han sido pocos minutos y bajo fuerte preparación. Un calentamiento con el bueno de Pepe, que me ha ayudado a sentir de nuevo esos músculos perezosos, abotargados, yacentes en su molicie. Poco a poco los dolores se han despertado, el cuerpo ha entrado en una dinámica diferente. El botar de los balones, el golpe al hierro cuando se tira, el "chof" claro y limpio de los encestes... todo con chirriar de las zapatillas sobre la cancha, algunas voces de los banquillos con el "¡Vamos vamos!" y "¡Defensa!", y mi pierna izquierda ha escuchado todo esto, lo ha sentido, lo ha añorado. Y ha reaccionado. Si por jugar 4 o 5 minutos debo calentar antes 20 y después otros 10 o 15, bienvenido sea.
Mi estadística, penosa. 2 balones perdidos, 1 asistencia, ninguna falta hecha o recibida, 2 intentos de triple y 1 convertido (Un 50% que no es nada) 1 rebote y una defensa blanda, inconsistente. Hemos perdido de 12 o 13 puntos, y ellos están primeros y nosotros terceros. Pero era el sexto partido que se jugaba, con gente que no conozco (Excepto Pepe) y después de un buen balance de 1 derrota (Ahora 2) y 4 victorias.
Pero lo más importante, para mí, fuera de números, es que he vuelto.
Y espero que para quedarme. Es mi rodilla, es mi rodilla...
Un saludo,
jueves, 29 de noviembre de 2007
Lecturas (2)
Retomo este tipo de escritos, porque me encanta hablar de los libros que pasan por mi manos y ante mis ojos.
Últimamente he dejado un poco de lado la novela sin más, la novelita, el librito instrascendente, el relato sin complicaciones. Y cuando vuelvo a ella, logro retomar las ventajas de la imaginación, del vuelo libre, del sueño lánguido y perezoso. Me vuelvo a sumergir en mundos ficticios, muy reales, propios y ajenos, tenebrosos y soleados. Las palabras deciden entonces jugar una danza que entrelaza descripciones de lugares, hechos y personas, un baile del tipo de Salomé, ejecutando así la decapitación de mi cabeza que no puede dejar de leer, hipnotizada. Estos libros son, en definitiva, un Maelstrom voraz, un vórtice turbulento, una llamada al fondo de mis entrañas...
Como el hombre que estaba enamorado del amor, yo estoy como lector enamorado del hecho de la lectura, sea ésta la que sea. Leer es un acto entonces libidinoso, sensual, pornográfico, reverencial, mágico, anodino, susurrante, soso, especial siempre. Leer, como amar, se convierte de pronto en el acto en sí mismo, no en lo que se lee. Puede ser un libro de Pérez-Reverte, como el último de Un día de cólera que he comprado ahora mismo y ya estoy terminando, arrebatándome del tiempo, del espacio y de la realidad para llevarme a otro Madrid que no es el de ahora, pero lo fue. O el de Julia Lovell sobre China, La gran muralla, apresando mi crítica hacia ese país, esa forma de pensar, ese lugar exótico y también destartalado, si he de dar crédito a lo que Rafa (Tardaba en asomar aquí, mi Rafita...) me cuenta. Pero también es la novela épica, chusca, española, castiza, grandiosa y triste de Pérez Galdós (Otro Pérez famoso) sobre Trafalgar, primero de los Episodios Nacionales, iniciados con una derrota, por orgullo, por decencia, por ineptitud, por honor... y puede ser el libro de un español con seudónimo anglosajón como J. S. Charles, con La caída del Águila en donde mezcla para mi júbilo dos mundos, el de Lovecraft (Maestro de pesadillas, de ambientes, de deformadas realidades) y el de la historia de Roma... también Javier Negrete, primero con Señores del Olimpo y después con la magnífica ucronía de Alejandro Magno y las Águilas de Roma... también me ha hecho soñar León Arsenal y su exploración en La boca del Nilo, novela histórica cuyo género cada día copa más el mercado. Pero no olvido a mis fieles escritores, y no puede pasar un año sin que relea con gusto Cosecha roja, de Dashiell Hammet. Todo está ahí, todas las muertes, toda la sangre, todo el cinismo, toda la reserva última de decencia del hombre, todas las mujeres, todo delito por dinero, toda corrupción... sin estas historias, sin estas novelas, el mundo sería gris. Y si no hubiera una voz como las que las narra, alguien debería impostarla. Yo me siento agradecido a todos ellos, porque me han dado su verbo, su letra, su imaginación, y me la han regalado, pagando el mezquino precio del libro que abro. Como mi novia (Ojalá, futura esposa) sabe, mi idea de ir de compras es asaltar las librerías, y lamentarme del tiempo que falta para leer.
Añado también a esta relación, escasa, minimalista, inútil a fin de cuentas, un tipo de lectura que la gente que me conoce entenderá y los que no, pues lo siento por ellos. La que hago cuando escucho a mis amigos interpretando, en una mesa, con simplemente hojas de papel, lápices, gomas y dados, personajes, situaciones y momentos que nunca más se darán. Hablo de esos juegos de imaginación que algunos desconocen (¿Acaso leer no lo es? ¿O ir al teatro?) y que se llaman de rol por la interpretación que uno hace de personajes ficticios, inventados por uno mismo. En ellos, yo, como lector, y como narrador al mismo tiempo, disfruto. La imaginación entonces no tiene un límite, no tiene barreras. Pero, como en la lectura, es imaginación...
En fin. Éste no sé si es mi último año consumando mi placer absoluto de ir a una librería y encontrar un libro que enseguida catalogo para lectura inmediata, como el de hoy de Pérez-Reverte (Y al tiempo, dos más, uno de narraciones verbales de Oscar Wilde y otro biografía de Hitler, de Kershaw... las memorias de Azaña son para lectura tranquila y estudiosa) o de otros que me doy una espera o incluso me pienso para una enfermedad o lesión (¡Falso! Nunca he leído más en esos casos... la fiebre ya teje fantasías suficientemente coloridas, y el dolor de las lesiones incapacita para disfrutar... no entiendo a los que dicen haber leído en esas épocas; yo, a lo sumo, me meto en una cama, en pleno día, con un libro, y al calor de las mantas, leo, luego duermo, luego leo... y ahora encima, sin necesidad de quitarme y ponerme las gafas...)
Quizá el año que viene mis lecturas sean, desgraciadamente, pdf's marginales, obtenidos clandestinamente, o libros descuartizados, maltratados, de bibliotecas de las que me gustaría salvarlos y darles acogida en la mía, que espera, para el 2008, un lugar no sagrado, pero sí respetado y cuidado. Mi nueva casa...
Un saludo,
Últimamente he dejado un poco de lado la novela sin más, la novelita, el librito instrascendente, el relato sin complicaciones. Y cuando vuelvo a ella, logro retomar las ventajas de la imaginación, del vuelo libre, del sueño lánguido y perezoso. Me vuelvo a sumergir en mundos ficticios, muy reales, propios y ajenos, tenebrosos y soleados. Las palabras deciden entonces jugar una danza que entrelaza descripciones de lugares, hechos y personas, un baile del tipo de Salomé, ejecutando así la decapitación de mi cabeza que no puede dejar de leer, hipnotizada. Estos libros son, en definitiva, un Maelstrom voraz, un vórtice turbulento, una llamada al fondo de mis entrañas...
Como el hombre que estaba enamorado del amor, yo estoy como lector enamorado del hecho de la lectura, sea ésta la que sea. Leer es un acto entonces libidinoso, sensual, pornográfico, reverencial, mágico, anodino, susurrante, soso, especial siempre. Leer, como amar, se convierte de pronto en el acto en sí mismo, no en lo que se lee. Puede ser un libro de Pérez-Reverte, como el último de Un día de cólera que he comprado ahora mismo y ya estoy terminando, arrebatándome del tiempo, del espacio y de la realidad para llevarme a otro Madrid que no es el de ahora, pero lo fue. O el de Julia Lovell sobre China, La gran muralla, apresando mi crítica hacia ese país, esa forma de pensar, ese lugar exótico y también destartalado, si he de dar crédito a lo que Rafa (Tardaba en asomar aquí, mi Rafita...) me cuenta. Pero también es la novela épica, chusca, española, castiza, grandiosa y triste de Pérez Galdós (Otro Pérez famoso) sobre Trafalgar, primero de los Episodios Nacionales, iniciados con una derrota, por orgullo, por decencia, por ineptitud, por honor... y puede ser el libro de un español con seudónimo anglosajón como J. S. Charles, con La caída del Águila en donde mezcla para mi júbilo dos mundos, el de Lovecraft (Maestro de pesadillas, de ambientes, de deformadas realidades) y el de la historia de Roma... también Javier Negrete, primero con Señores del Olimpo y después con la magnífica ucronía de Alejandro Magno y las Águilas de Roma... también me ha hecho soñar León Arsenal y su exploración en La boca del Nilo, novela histórica cuyo género cada día copa más el mercado. Pero no olvido a mis fieles escritores, y no puede pasar un año sin que relea con gusto Cosecha roja, de Dashiell Hammet. Todo está ahí, todas las muertes, toda la sangre, todo el cinismo, toda la reserva última de decencia del hombre, todas las mujeres, todo delito por dinero, toda corrupción... sin estas historias, sin estas novelas, el mundo sería gris. Y si no hubiera una voz como las que las narra, alguien debería impostarla. Yo me siento agradecido a todos ellos, porque me han dado su verbo, su letra, su imaginación, y me la han regalado, pagando el mezquino precio del libro que abro. Como mi novia (Ojalá, futura esposa) sabe, mi idea de ir de compras es asaltar las librerías, y lamentarme del tiempo que falta para leer.
Añado también a esta relación, escasa, minimalista, inútil a fin de cuentas, un tipo de lectura que la gente que me conoce entenderá y los que no, pues lo siento por ellos. La que hago cuando escucho a mis amigos interpretando, en una mesa, con simplemente hojas de papel, lápices, gomas y dados, personajes, situaciones y momentos que nunca más se darán. Hablo de esos juegos de imaginación que algunos desconocen (¿Acaso leer no lo es? ¿O ir al teatro?) y que se llaman de rol por la interpretación que uno hace de personajes ficticios, inventados por uno mismo. En ellos, yo, como lector, y como narrador al mismo tiempo, disfruto. La imaginación entonces no tiene un límite, no tiene barreras. Pero, como en la lectura, es imaginación...
En fin. Éste no sé si es mi último año consumando mi placer absoluto de ir a una librería y encontrar un libro que enseguida catalogo para lectura inmediata, como el de hoy de Pérez-Reverte (Y al tiempo, dos más, uno de narraciones verbales de Oscar Wilde y otro biografía de Hitler, de Kershaw... las memorias de Azaña son para lectura tranquila y estudiosa) o de otros que me doy una espera o incluso me pienso para una enfermedad o lesión (¡Falso! Nunca he leído más en esos casos... la fiebre ya teje fantasías suficientemente coloridas, y el dolor de las lesiones incapacita para disfrutar... no entiendo a los que dicen haber leído en esas épocas; yo, a lo sumo, me meto en una cama, en pleno día, con un libro, y al calor de las mantas, leo, luego duermo, luego leo... y ahora encima, sin necesidad de quitarme y ponerme las gafas...)
Quizá el año que viene mis lecturas sean, desgraciadamente, pdf's marginales, obtenidos clandestinamente, o libros descuartizados, maltratados, de bibliotecas de las que me gustaría salvarlos y darles acogida en la mía, que espera, para el 2008, un lugar no sagrado, pero sí respetado y cuidado. Mi nueva casa...
Un saludo,
lunes, 26 de noviembre de 2007
Cataluña
Quizá el ser del "centro" (¿Qué centro?) permita otra perspectiva de esta tierra española. Y empiezo así, considerándola española, porque comparte mucho del carácter de otras partes de la península e ínsulas.
Cataluña me encanta. Me parece un lugar privilegiado, si bien, como muchas otras partes, sobreexplotado. Especialmente Barcelona, ciudad en la que he estado varias veces, y que posee un carácter especial. Pero en general, toda Cataluña, la que he visitado, tiene un extraño aire de lugar antiguo, del pasado, no muy lejano, de mi infancia. Ciudades sucias, desconchadas, asfalto roto, pátinas lustrosas, un carácter de gente muy cercano al de mis vecinos. Sé que suena extraño, pero la Masía que funcionaba de casa rural en El Garraf en donde pasé un fin de semana, no tenía tanta diferencia con respecto a las casas de León donde pasaba mi infancia, o de Burgos en donde paso ahora algunas temporadas.
Los que aducen el tema del idioma no comprenden que, en otras partes, se puede hablar diferente. Y en Cataluña, aunque suene a chiste, hablan catalán. Que si se hace un esfuerzo, se puede entender en gran medida. Y que, como nosotros cuando usamos una palabra local, propia, es el lenguaje vivo, propio de su población. Un madrileño que crea descortesía el que le hablen en catalán estará errando. Como me decía mi nuevo amigo Francesc (Bien escrito, espero) debe haber un "catalán loco" (Que aunaremos al "vasco loco" y similares) que va por el mundo derrochando descortesía y hablando en catalán muy cerrado en cuanto percibe a un castellanoparlante... pero no es así. Aunque encontré un caso similar, más bien lo considero anecdótico. Sucedió en Irlanda, así que lo tomaré como que el "catalán loco" existió por unas horas...
Yo no tengo inconveniente en usar palabras de fuera. Gerona me suena mejor pronunciando "Yirona", y lo mismo con el Juventud de Badalona; "Yuventut". Tienen sonoridad, tienen fuerza. Y me asombra que aquellos que dicen "Briefing" o "Bye!" a cada tanto, por ejemplo, abominen de un simple "Si us plau".
Claro que está el tema político, y el independentismo. ¿Qué será que allí muchos con los que se habla piensan que sus políticos no representan ni a un 10% de los que allí viven? Será el problema de toda España, el de la Administración triplicada (Estatal, Autonómica y Local) que en vez de descentralizar los esfuerzos y lograr mayor eficacia, ha logrado crear parcelas de poder ineficaces y en las que colaborar es casi un delito. Especialmente se nota en los lugares nacionalistas, que se han servido (Sus políticos, como siempre; las personas normales piensan más en lo que cuesta todo y en si mañana será mejor día... como en todas partes) de un cierto victimismo de "Cuarenta años de franquismo" con el que justifican aquello de lo que abominan; un nacionalismo excluyente, cerrado en sí mismo (Tancat, dirían los catalanes) y que limita a los demás por imponer lo que se considera "cultura oficial". Tanto es así, que al catalanismo, al vasquismo, al tímido galleguismo, se han unido ya los que reivindican el Bable, el Lliunes... y otras variaciones de la lengua. Yo, si sigue así... ¡Quiero que el Cheli se reconozca dentro del espacio geográfico de Carabanchel como lengua vehicular, y la cultura asociada también! Ah, esperad; Esperanza Aguirre está creando ya un cierto nacionalismo... madrileño. Pero al menos aquí no se ha vivido un victimismo beneficioso para Cataluña, a pesar de tener bien jodidos a muchos, de que Franco quisiera llevarse la capital a Sevilla, de que los madrileños más castizos palmaran y el resto sea de la inmigración... claro que tambíen los políticos capitalinos (Aquí juntamos la cuarta administración ineficiente, la dedicada a las testas coronadas...) han mirado con indiferencia a Cataluña. Y al resto. La "periferia" que dicen fuera. Madrid es perezosa...
Todos queremos ser diferentes. Pero la diferencia no significa el expulsar al resto. Significa reconocer los rasgos que nos hacen especiales (Y no tanto, no tanto) pero sobre todo los que nos hacen iguales. En España, en cualquier parte, nos unen cosas similares; el trinquismo de los políticos, el obviar los problemas reales para centrarnos en nubes de algodón, el intentar llevar la razón contra viento y marea, el estar tres en una habitación y pedir cuatro cafés diferentes y expresar cinco opiniones distintas sobre el mismo tema...
Yo, de todos modos, no creo en el independentismo. ¿De quién, de EEUU? ¿Del Capitalismo? No, no hay ya nada de eso. Como me decía Francesc, me prefiero como un Hispanorromano; es una buena denominación. Al menos, mejor que el triste corolario que sacaba Ortega y Gasset de reflexiones más profundas que las mías y que cito de memoria: "Los españoles serían felices si pudieran llevar en el bolsillo una constitución personal que dijeraEste españolito está autorizado para hacer lo que le venga en gana cuando quiera"
Seguiré disfrutando del Trinxat, el Pà amb Tomaquet o la crema catalana... y a pesar de que no puedo con las bebidas de burbujas (Me producen mucho malestar, el cava, la sidra, el champán... esas cosas; el boicot me lo hace mi estómago...) levantaré siempre una copita de vino, del lugar o de cualquier lagar, siempre que me la sirvan con los amigos, las personas con ganas de vivir y... las buenas mozas.
Otro día hablaré de Madrid... ciudad cosmopolita en una región castellana. Y ciudad accidental, pero imprescindible. Como tantas otras. Yo ahora me haría neoyorquino... (Antaño, dublinés, o lisboeta, e incluso gijonés)
Un saludo,
Cataluña me encanta. Me parece un lugar privilegiado, si bien, como muchas otras partes, sobreexplotado. Especialmente Barcelona, ciudad en la que he estado varias veces, y que posee un carácter especial. Pero en general, toda Cataluña, la que he visitado, tiene un extraño aire de lugar antiguo, del pasado, no muy lejano, de mi infancia. Ciudades sucias, desconchadas, asfalto roto, pátinas lustrosas, un carácter de gente muy cercano al de mis vecinos. Sé que suena extraño, pero la Masía que funcionaba de casa rural en El Garraf en donde pasé un fin de semana, no tenía tanta diferencia con respecto a las casas de León donde pasaba mi infancia, o de Burgos en donde paso ahora algunas temporadas.
Los que aducen el tema del idioma no comprenden que, en otras partes, se puede hablar diferente. Y en Cataluña, aunque suene a chiste, hablan catalán. Que si se hace un esfuerzo, se puede entender en gran medida. Y que, como nosotros cuando usamos una palabra local, propia, es el lenguaje vivo, propio de su población. Un madrileño que crea descortesía el que le hablen en catalán estará errando. Como me decía mi nuevo amigo Francesc (Bien escrito, espero) debe haber un "catalán loco" (Que aunaremos al "vasco loco" y similares) que va por el mundo derrochando descortesía y hablando en catalán muy cerrado en cuanto percibe a un castellanoparlante... pero no es así. Aunque encontré un caso similar, más bien lo considero anecdótico. Sucedió en Irlanda, así que lo tomaré como que el "catalán loco" existió por unas horas...
Yo no tengo inconveniente en usar palabras de fuera. Gerona me suena mejor pronunciando "Yirona", y lo mismo con el Juventud de Badalona; "Yuventut". Tienen sonoridad, tienen fuerza. Y me asombra que aquellos que dicen "Briefing" o "Bye!" a cada tanto, por ejemplo, abominen de un simple "Si us plau".
Claro que está el tema político, y el independentismo. ¿Qué será que allí muchos con los que se habla piensan que sus políticos no representan ni a un 10% de los que allí viven? Será el problema de toda España, el de la Administración triplicada (Estatal, Autonómica y Local) que en vez de descentralizar los esfuerzos y lograr mayor eficacia, ha logrado crear parcelas de poder ineficaces y en las que colaborar es casi un delito. Especialmente se nota en los lugares nacionalistas, que se han servido (Sus políticos, como siempre; las personas normales piensan más en lo que cuesta todo y en si mañana será mejor día... como en todas partes) de un cierto victimismo de "Cuarenta años de franquismo" con el que justifican aquello de lo que abominan; un nacionalismo excluyente, cerrado en sí mismo (Tancat, dirían los catalanes) y que limita a los demás por imponer lo que se considera "cultura oficial". Tanto es así, que al catalanismo, al vasquismo, al tímido galleguismo, se han unido ya los que reivindican el Bable, el Lliunes... y otras variaciones de la lengua. Yo, si sigue así... ¡Quiero que el Cheli se reconozca dentro del espacio geográfico de Carabanchel como lengua vehicular, y la cultura asociada también! Ah, esperad; Esperanza Aguirre está creando ya un cierto nacionalismo... madrileño. Pero al menos aquí no se ha vivido un victimismo beneficioso para Cataluña, a pesar de tener bien jodidos a muchos, de que Franco quisiera llevarse la capital a Sevilla, de que los madrileños más castizos palmaran y el resto sea de la inmigración... claro que tambíen los políticos capitalinos (Aquí juntamos la cuarta administración ineficiente, la dedicada a las testas coronadas...) han mirado con indiferencia a Cataluña. Y al resto. La "periferia" que dicen fuera. Madrid es perezosa...
Todos queremos ser diferentes. Pero la diferencia no significa el expulsar al resto. Significa reconocer los rasgos que nos hacen especiales (Y no tanto, no tanto) pero sobre todo los que nos hacen iguales. En España, en cualquier parte, nos unen cosas similares; el trinquismo de los políticos, el obviar los problemas reales para centrarnos en nubes de algodón, el intentar llevar la razón contra viento y marea, el estar tres en una habitación y pedir cuatro cafés diferentes y expresar cinco opiniones distintas sobre el mismo tema...
Yo, de todos modos, no creo en el independentismo. ¿De quién, de EEUU? ¿Del Capitalismo? No, no hay ya nada de eso. Como me decía Francesc, me prefiero como un Hispanorromano; es una buena denominación. Al menos, mejor que el triste corolario que sacaba Ortega y Gasset de reflexiones más profundas que las mías y que cito de memoria: "Los españoles serían felices si pudieran llevar en el bolsillo una constitución personal que dijera
Seguiré disfrutando del Trinxat, el Pà amb Tomaquet o la crema catalana... y a pesar de que no puedo con las bebidas de burbujas (Me producen mucho malestar, el cava, la sidra, el champán... esas cosas; el boicot me lo hace mi estómago...) levantaré siempre una copita de vino, del lugar o de cualquier lagar, siempre que me la sirvan con los amigos, las personas con ganas de vivir y... las buenas mozas.
Otro día hablaré de Madrid... ciudad cosmopolita en una región castellana. Y ciudad accidental, pero imprescindible. Como tantas otras. Yo ahora me haría neoyorquino... (Antaño, dublinés, o lisboeta, e incluso gijonés)
Un saludo,
jueves, 22 de noviembre de 2007
El cine acrobático
Charles Chaplin, Buster Keaton y Harold Lloyd. Charlot, Cara de palo y El hombre de las gafitas. Tres cómicos que en el mudo hicieron portentos, cuando los efectos especiales eran ellos y las acrobacias solían terminar en alguna caída dolorosa. El cine original, como los EEUU, se construyó mediante trabajo duro, muchos accidentes y una voluntad férrea de seguir adelante.
Sus películas están llenas de carreras, saltos, cabriolas, persecuciones, peleas, escaladas y golpes de todo tipo. Si nos encanta ver a alguien que intenta una proeza y se cae, provocando la risa, no es menos cierto que nos asombra el equilibrio, la fuerza, la potencia y la habilidad para pasar de un salto un precipicio, correr un campo entero con obstáculos, trepar a un edificio sin más ayuda que las de las manos o patinar al borde de un abismo. Los tres hicieron estas maravillas, arrancando lágrimas, carcajadas, risas cómplices, bocas abiertas expectantes y suspiros de alivios. Era un cine trepidante. Un cine que no daba descanso.
Después de ellos, llegó el sonoro. En él abundaron los galanes como Rodolfo Valentino, pero hablando. Y los diálogos tomaron el relevo, cosquilleando los oídos con ingeniosas frases, con réplicas mordaces, sentencias de enjundia... pero se perdió esa alegría física de los actores que iban a 18 fotogramas por segundo, a una velocidad que hoy se piensa es de dibujos animados. Y llegaron los Erroll Flynn y los Burt Lancaster, dando saltos entre árboles, cabalgando con precisión, tomando al abordaje barcos mediante arriesgadas maniobras con los cabos sueltos... y se hizo musical, porque llegó Gene Kelly que convirtió un duelo a espada en un baile coreografiado (Bueno, ¿no lo es la esgrima?) o se dedicó a homenajear precisamente a los cómicos del mudo con su gran película, Cantando bajo la lluvia. Todo un broche de oro desde el sonoro para un cine que era, puramente, cine.
Tampoco me puedo olvidar de una de las mejores películas con la casi mejor secuencia de esgrima de la historia; me refiero a Scaramouche. También es un cine acrobático, mudo, y lo es porque la secuencia, larga, juega a mostrarnos el mundo entre bambalinas de los actores de teatro, y a la vez, a luchar contra esa tiránica aristocracia cuyo espectáculo es tambien hermano suyo. El equilibrio de Stewart Granger peleando con Mel Ferrer en el palco, durante casi 10 minutos de trepidante duelo, es antológico. Y la tensión, la aventura, las sensaciones que despierta todo ello son magníficas.
Después... después el cine entró en otra dinámica. Cacharros con aparatosa forma, caídas torpes (Aunque tengo cierto cariño a Jerry Lewis) y pocas gracias. Hasta que hace poco, el cine acrobático parecía retornar, primero de la mano de los orientales (Muchos cables, fantasía y falsedad) y sobre todo de un incombustible y muy poco apreciado Jackie Chan (Que es para mí impresionante) pero sobre todo lo consiguió de la mano de grandes producciones de cine fantástico y plagado de efectos. Terminator 4, Matrix Reloaded, el último 007 o La jungla 4.0 contienen escenas donde el protagonista no es ágil, alegre, fascinante ni tampoco sincero. La primera y la segunda tienen una secuencia larga y aburrida en una autopista donde los protagonistas son gente seria, pesada, grave, estéticamente pedante y pasada. Duran mucho y las acrobacias, a cámara lenta algunas, son ya pornográficas en el sentido de mostrar todo sin más, pero sin arte, tampoco. Las otras dos contienen escenas imposibles, en las que un cuerpo humano no podría hacer eso que hacen. Y especialmente todas contienen grandes masas de coches y de asfalto, de edificios, de explosiones... masas de destrucción y aniquilación que no producen, paradójicamente, más que aburrimiento.
El cine acrobático de los tres primeros, Charlot, Cara de palo y El hombre de las gafitas era sincero, estaba hecho por ellos (Con fracturas, esguinces, pérdidas de dedos o algún sentido) y pretendía mostrar hasta dónde llegaba el hombre en ciertos casos, tensando al máximo sus capacidades, pero siempre guiados por la voluntad. Ahora, el cine muestra falsedades, tanto que dan ganas de ir con un mando de consola o simplemente, no ir. ¿Qué ha cambiado?
Por si acaso, me quedo con dos frases, una de Sabatini y otra de Burt Lancaster. La primera nos dice que nació con un don de la risa y la seguridad de que el mundo estaba loco. El segundo nos advertía que no debíamos creer la mitad de lo que viéramos, y la otra mitad... pues tampoco. Ambos eran, siempre, sinceros.
Un saludo,
Sus películas están llenas de carreras, saltos, cabriolas, persecuciones, peleas, escaladas y golpes de todo tipo. Si nos encanta ver a alguien que intenta una proeza y se cae, provocando la risa, no es menos cierto que nos asombra el equilibrio, la fuerza, la potencia y la habilidad para pasar de un salto un precipicio, correr un campo entero con obstáculos, trepar a un edificio sin más ayuda que las de las manos o patinar al borde de un abismo. Los tres hicieron estas maravillas, arrancando lágrimas, carcajadas, risas cómplices, bocas abiertas expectantes y suspiros de alivios. Era un cine trepidante. Un cine que no daba descanso.
Después de ellos, llegó el sonoro. En él abundaron los galanes como Rodolfo Valentino, pero hablando. Y los diálogos tomaron el relevo, cosquilleando los oídos con ingeniosas frases, con réplicas mordaces, sentencias de enjundia... pero se perdió esa alegría física de los actores que iban a 18 fotogramas por segundo, a una velocidad que hoy se piensa es de dibujos animados. Y llegaron los Erroll Flynn y los Burt Lancaster, dando saltos entre árboles, cabalgando con precisión, tomando al abordaje barcos mediante arriesgadas maniobras con los cabos sueltos... y se hizo musical, porque llegó Gene Kelly que convirtió un duelo a espada en un baile coreografiado (Bueno, ¿no lo es la esgrima?) o se dedicó a homenajear precisamente a los cómicos del mudo con su gran película, Cantando bajo la lluvia. Todo un broche de oro desde el sonoro para un cine que era, puramente, cine.
Tampoco me puedo olvidar de una de las mejores películas con la casi mejor secuencia de esgrima de la historia; me refiero a Scaramouche. También es un cine acrobático, mudo, y lo es porque la secuencia, larga, juega a mostrarnos el mundo entre bambalinas de los actores de teatro, y a la vez, a luchar contra esa tiránica aristocracia cuyo espectáculo es tambien hermano suyo. El equilibrio de Stewart Granger peleando con Mel Ferrer en el palco, durante casi 10 minutos de trepidante duelo, es antológico. Y la tensión, la aventura, las sensaciones que despierta todo ello son magníficas.
Después... después el cine entró en otra dinámica. Cacharros con aparatosa forma, caídas torpes (Aunque tengo cierto cariño a Jerry Lewis) y pocas gracias. Hasta que hace poco, el cine acrobático parecía retornar, primero de la mano de los orientales (Muchos cables, fantasía y falsedad) y sobre todo de un incombustible y muy poco apreciado Jackie Chan (Que es para mí impresionante) pero sobre todo lo consiguió de la mano de grandes producciones de cine fantástico y plagado de efectos. Terminator 4, Matrix Reloaded, el último 007 o La jungla 4.0 contienen escenas donde el protagonista no es ágil, alegre, fascinante ni tampoco sincero. La primera y la segunda tienen una secuencia larga y aburrida en una autopista donde los protagonistas son gente seria, pesada, grave, estéticamente pedante y pasada. Duran mucho y las acrobacias, a cámara lenta algunas, son ya pornográficas en el sentido de mostrar todo sin más, pero sin arte, tampoco. Las otras dos contienen escenas imposibles, en las que un cuerpo humano no podría hacer eso que hacen. Y especialmente todas contienen grandes masas de coches y de asfalto, de edificios, de explosiones... masas de destrucción y aniquilación que no producen, paradójicamente, más que aburrimiento.
El cine acrobático de los tres primeros, Charlot, Cara de palo y El hombre de las gafitas era sincero, estaba hecho por ellos (Con fracturas, esguinces, pérdidas de dedos o algún sentido) y pretendía mostrar hasta dónde llegaba el hombre en ciertos casos, tensando al máximo sus capacidades, pero siempre guiados por la voluntad. Ahora, el cine muestra falsedades, tanto que dan ganas de ir con un mando de consola o simplemente, no ir. ¿Qué ha cambiado?
Por si acaso, me quedo con dos frases, una de Sabatini y otra de Burt Lancaster. La primera nos dice que nació con un don de la risa y la seguridad de que el mundo estaba loco. El segundo nos advertía que no debíamos creer la mitad de lo que viéramos, y la otra mitad... pues tampoco. Ambos eran, siempre, sinceros.
Un saludo,
martes, 20 de noviembre de 2007
Lecturas (1)
Uno de los mayores placeres es leer. Sentarse, acomodarse en un lugar propicio, y tomar el libro (O el cómic) donde te van a contar una historia que, si es buena, te hará formar parte de la misma. En silencio, con música, en un día de sol, de lluvia, en la playa, dentro de casa, sobre la hierba... casi cualquier lugar es bueno. Incluso yendo a trabajar en el vagón de metro o tren, en el autobús, si vas sentado. Tengo un tic, que es curioso, cuando salgo. Siempre miro algún libro que me pueda leer en parte durante el trayecto, y eso me sucede incluso cuando voy a coger el coche. Alguna vez me he sorprendido llevando un libro y dejándolo en el asiento del copiloto...
Siempre descubres autores nuevos, lecturas nuevas. Incluso géneros. Hasta el año anterior (o el otro, no sé ya) no conocía las "Ucronías". Ciencia ficción de la historia, imaginativa, estudiada, sorprendente. Una de ellas es sobre la guerra civil española, la última, y se titula Franco, una historia alternativa. Otra del mismo tema es La historia de España que no pudo ser. En ambas ucronías se despliega, durante varios relatos, alternativas a los hechos históricos que todos conocemos o deberíamos conocer. Y así resulta curioso ver que la Historia no es inmutable, no es fija, ni tampoco hierática. Es un ente vivo constituido por los seres que la narran, los que la protagonizan y los que quedan fuera del foco. De éstos últimos, de la historia de los que no salen nunca, es interesante ver que nadie habla. Franco, Azaña, Rojo, Negrín, Caballero, José Antonio, Yagüe, Companys... pero nada de los García, los Pérez, los González o Villuegas que hay por la historia protagonizada por otros.
Si las ucronías son para mí una revelación (Parte historia, parte ensayo, parte Ci-Fi y parte novela) también lo son algunas biografías y memorias. Guardo buen recuerdo de las de Cansinos Assens, La novela de un literato, así como de las que tienen Stephan Zweig con El mundo de ayer o la de Miguel Torga de La creación del mundo. Ahora mismo estoy con las memorias de Pablo de Azcárate, Mi embajada en Londres durante la guerra, que también recogen un período interesante de la historia. En todos los casos, son memorias de un siglo, de momentos entre el final del XIX y el XX. En ellas, la memoria es interesante ante ciertos aspectos conocidos; la Gran Guerra (Luego, por eso de dar ordinales, Primera Guerra Mundial) los felices años 20, la Depresión y las crisis de los años 30, los totalitarismos, la Segunda Guerra Mundial, las posguerra y el fin de un mundo... con ellas, uno se da cuenta de que no hay "cierres" temporales, puertas o paredes que delimiten un siglo respecto de otro, salvo el cómputo del calendario. El siglo XIX casi comienza en la revolución francesa (e incluso en la independencia nortemericana) y termina allá por Nagasaki, en medio del siglo XX. A los que gustan de la categoría aristoteliana, ésto les parecerá un horror, pero es la conclusión a la que llega uno.
Pero las memorias, que suelen dar una luz sobre el mundo histórico, suelen ir acompañadas de esa especie de crónica literaria de actualidad mezcla de biografía, de historia y de sensacionalismo que es el periodismo. Tres buenos periodistas del siglo XX, Josep Plá, Eugenio Xammar y Ryszard Kapuściński, tienen obras buenísimas que trascienden el periodismo. Los dos primeros cubrieron, respectivamente, uno la II República española (Inicialmente con entusiasmo no exento de ironía e incluso algo de escepticismo, pero turbadoramente optimista... hasta que se pasó al otro bando) y otro la República de Weimar y el ascenso de Hitler y el partido nazi en Alemania. En sus crónicas, recopiladas en La segunda república española y los dos libros de El huevo de la serpiente y Crónicas desde Berlín, ambos muestran oficio, manejo de la palabra pero, sobre todas las cosas, percepciones certeras, análisis muchas veces confirmados con el tiempo y, en suma, clarividencia. Pero Kapuściński no queda atrás. Desde su desolador relato de la URSS en El Imperio, o El Emperador, soberbia narración de la Etiopía de Haile Selassie, logra dar voz precisamente a esa parte del mundo que, tras la Segunda Guerra Mundial, quedó aislado del resto; el mundo de la distopía comunista. Así, estas personas nos regalan impagables imágenes, palabras, hechos, cosas diarias que engrandecen a los pequeños protagonistas de la novela del mundo, los que no tienen foco, los que lo reciben de éstos hombres. Porque en Pla o Xammar hay figuras de gran calado, pero también sitio para panaderos, soldados, conductores de tranvía y otras personas anónimas que son quienes constituyen la verdadera afluencia de la vida. Y en Kapuściński mucho más, incluso, y encima, la valentía de contar un mundo separado, autónomo, impagable el relato que nos regala siempre de cualquiera, desde un monje armenio hasta un pilluelo de Adís Abeba o la desaparición de todo un río en medio de la inmensidad de Rusia...
Ucronías, memorias, biografías, periodismo... todo se entremezcla, ningún género es puro. Todo queda al final fuera de la comodidad de las etiquetas, de la facilidad del prejuicio. Leer es por ello interesante, un pasatiempo, sí, pero también una ventana más amplia al mundo, abierta por seres excepcionales, a veces, o simplemente testigos que intentan contar lo que ven, oyen, olfatean, degustan y palpan. Todos somos así, no digo cultos, si no, más bien, alfabetos.
Un saludo,
Siempre descubres autores nuevos, lecturas nuevas. Incluso géneros. Hasta el año anterior (o el otro, no sé ya) no conocía las "Ucronías". Ciencia ficción de la historia, imaginativa, estudiada, sorprendente. Una de ellas es sobre la guerra civil española, la última, y se titula Franco, una historia alternativa. Otra del mismo tema es La historia de España que no pudo ser. En ambas ucronías se despliega, durante varios relatos, alternativas a los hechos históricos que todos conocemos o deberíamos conocer. Y así resulta curioso ver que la Historia no es inmutable, no es fija, ni tampoco hierática. Es un ente vivo constituido por los seres que la narran, los que la protagonizan y los que quedan fuera del foco. De éstos últimos, de la historia de los que no salen nunca, es interesante ver que nadie habla. Franco, Azaña, Rojo, Negrín, Caballero, José Antonio, Yagüe, Companys... pero nada de los García, los Pérez, los González o Villuegas que hay por la historia protagonizada por otros.
Si las ucronías son para mí una revelación (Parte historia, parte ensayo, parte Ci-Fi y parte novela) también lo son algunas biografías y memorias. Guardo buen recuerdo de las de Cansinos Assens, La novela de un literato, así como de las que tienen Stephan Zweig con El mundo de ayer o la de Miguel Torga de La creación del mundo. Ahora mismo estoy con las memorias de Pablo de Azcárate, Mi embajada en Londres durante la guerra, que también recogen un período interesante de la historia. En todos los casos, son memorias de un siglo, de momentos entre el final del XIX y el XX. En ellas, la memoria es interesante ante ciertos aspectos conocidos; la Gran Guerra (Luego, por eso de dar ordinales, Primera Guerra Mundial) los felices años 20, la Depresión y las crisis de los años 30, los totalitarismos, la Segunda Guerra Mundial, las posguerra y el fin de un mundo... con ellas, uno se da cuenta de que no hay "cierres" temporales, puertas o paredes que delimiten un siglo respecto de otro, salvo el cómputo del calendario. El siglo XIX casi comienza en la revolución francesa (e incluso en la independencia nortemericana) y termina allá por Nagasaki, en medio del siglo XX. A los que gustan de la categoría aristoteliana, ésto les parecerá un horror, pero es la conclusión a la que llega uno.
Pero las memorias, que suelen dar una luz sobre el mundo histórico, suelen ir acompañadas de esa especie de crónica literaria de actualidad mezcla de biografía, de historia y de sensacionalismo que es el periodismo. Tres buenos periodistas del siglo XX, Josep Plá, Eugenio Xammar y Ryszard Kapuściński, tienen obras buenísimas que trascienden el periodismo. Los dos primeros cubrieron, respectivamente, uno la II República española (Inicialmente con entusiasmo no exento de ironía e incluso algo de escepticismo, pero turbadoramente optimista... hasta que se pasó al otro bando) y otro la República de Weimar y el ascenso de Hitler y el partido nazi en Alemania. En sus crónicas, recopiladas en La segunda república española y los dos libros de El huevo de la serpiente y Crónicas desde Berlín, ambos muestran oficio, manejo de la palabra pero, sobre todas las cosas, percepciones certeras, análisis muchas veces confirmados con el tiempo y, en suma, clarividencia. Pero Kapuściński no queda atrás. Desde su desolador relato de la URSS en El Imperio, o El Emperador, soberbia narración de la Etiopía de Haile Selassie, logra dar voz precisamente a esa parte del mundo que, tras la Segunda Guerra Mundial, quedó aislado del resto; el mundo de la distopía comunista. Así, estas personas nos regalan impagables imágenes, palabras, hechos, cosas diarias que engrandecen a los pequeños protagonistas de la novela del mundo, los que no tienen foco, los que lo reciben de éstos hombres. Porque en Pla o Xammar hay figuras de gran calado, pero también sitio para panaderos, soldados, conductores de tranvía y otras personas anónimas que son quienes constituyen la verdadera afluencia de la vida. Y en Kapuściński mucho más, incluso, y encima, la valentía de contar un mundo separado, autónomo, impagable el relato que nos regala siempre de cualquiera, desde un monje armenio hasta un pilluelo de Adís Abeba o la desaparición de todo un río en medio de la inmensidad de Rusia...
Ucronías, memorias, biografías, periodismo... todo se entremezcla, ningún género es puro. Todo queda al final fuera de la comodidad de las etiquetas, de la facilidad del prejuicio. Leer es por ello interesante, un pasatiempo, sí, pero también una ventana más amplia al mundo, abierta por seres excepcionales, a veces, o simplemente testigos que intentan contar lo que ven, oyen, olfatean, degustan y palpan. Todos somos así, no digo cultos, si no, más bien, alfabetos.
Un saludo,
lunes, 19 de noviembre de 2007
Blade Runner
Antes del DVD, de lo digital, de lo espectacular, de muchas cosas que ahora nos parecen usuales en el cine, se hacían otras muchas cosas de manera artesanal. El traje de Alien diseñado por H. R. Giger; los escenarios de 2001, minuciosos y sofisticados; las masas de extras en cualquier película del Scope... y Blade Runner.
Para mí, es un antes y un después. Antes de verla, no sabía que el cine pudiera ser tan especial. Después, todo el cine puede contar cosas que los libros de filosofía no registran.
Cuando la ví, en un reestreno posterior a 1982 (Entonces se hacía, más a menudo que ahora) era la versión comercial, con la voz en off, con el final feliz... y aun así, era especial; el futuro apestaba. Lluvia radioactiva, un mundo globalizado, con bicicletas, paraguas, neones desvaídos, chinos, hispanos, animales artificiales, sectas como el Hare Krishna, suciedad en grandes cantidades, noches ominosas, luces parpadeantes, emigración fuera de la Tierra... la ambientación de una distopía, un futuro poco edificante. Quedé impactado. Además, algo había de "mensaje", de visión del mundo desde términos inquisitivos. Y la banda sonora de Vangelis...
Lo primero de todo, me cautivó la recomposición del cine negro. Bogart reconvertido en Ford, Bacall en Sean Young... luego, las alusiones a la humanidad, el qué era ser humano; recuerdos, sentimientos... finalmente, el juego de caza, de tensión, de lucha. Era otro cine. Pasé días enteros buscando un abrigo similar al de Deckard, oyendo la banda sonora de Vangelis, leyendo el relato original de Philip K. Dick... y pasó el tiempo.
Un día, alquilé la película en VHS. Sería finales de los 80. Volví a sentirme cautivado, pero entroncaba además con algunas de mis dudas existenciales; sueños, realidades, mundos artificiales o naturales... y llegó el primer momento de "revelación". El reestreno de la versión que Ridley Scott se supone quería mostrar al público. Inicios de los 90. Fui al cine con mi hermano, una pequeña sala infame, llena, con ruido, molestias y calor, cerca de Gran Vía. Quedé sobrecogido. Ya tenía una teoría de la película, casi de la vida y parte del mundo, pero aquella tarde la rubriqué como casi definitiva.
No acaba aquí mi relación con la película. Nietszche, Unamuno, otros escritores de Ci-Fi, muchas cosas más, añadieron riqueza a Blade Runner. De pronto, un día, en el instituto, un profesor de filosofía sustituto, que parecía venir del punk de los 80, siniestro, licenciado y joven, nos la puso en clase. ¡Qué cambio de pedagogía! Algunos saludaron la película como una clase para saltársela, otros la vieron por ver algo... yo, en pantalla pequeña, me puse ese día en primera fila. ¡Qué diferencia de profesores, repito! el anterior, fumador en pipa, y obsesionado con la lógica ("Si A entonces B y si B entonces C, ¿qué tenemos?") el buen hombre no avanzaba... era conservador, funcionario, avejentado... casi como el edificio carcomido del final de la película, se le escapaba la vida entre sus grietas, como el agua supurante, y no era capaz de ver su propia ruina y decrepitud. El sustituto certificó mi idea; era una gran película a la altura de casi cualquier otro tratado de filosofía.
Los años pasaron, siguieron adelante. La pude ver alguna vez más, la conseguí hace pocos años en DVD, incluso, ¡qué cosas! un amigo, Raúl, me pidió la versión de 1982 que ya era una rareza (Y lo es, no encuentro copias...) y seguí incorporando cosas a la película. Su parecido obvio (Y no tan obvio) con Metrópolis, de quien es deudora, su denuncia de un mundo explotado y por tanto ecológicamente devastado (Lluvia ácida, falta de animales, oscuridad casi perpetua, contaminación que no deja pasar la luz, éxodo humano al espacio...) y sobre todo, sobre todas las cosas, esas pregunta esenciales de "¿Qué me hace ser humano? ¿Y qué es un humano?" junto con una voluntad ante la vida (El clavo es visto como cristiano; yo lo veo nietzscheano, y lo mismo la discusión con el "Padre creador") la hicieron esencial. Entonces, llegó el 25 aniversario.
Eso ha sido ayer, día 18 de noviembre de 2007, en mi 31 cumpleaños. He ido al cine a verla con mi novia, Cristina, mi buen amigo Rafa y su hermano, Javi. Y aparte de sentir que yo he envejecido, pero no así la película, me ha lastimado un tanto que cambiara detalles menores y también que incorporara cosas insustanciales. No las desvelaré. Me he sentido, como no sentí en 1992 (En ese año, la película cambiaba radicalmente de discurso; en 1982, el final era esperanzador, pero en ese momento, el final era claro, duro, diferente...) que ha habido comercialización, antes que cine. Y el cine, una vez más, ahora como consumo antes que otras cosas. Pero a pesar de ello, sigue ahí... siguen las bicis, el atasco, el videoteléfono con pintadas, la falta de luz, los gestos de Ford como Deckard, el humo espeso de los cigarrillos, el agua infiltrada en el edificio, la mano de Batty, los origamis de Gaff...
"Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser un esclavo." - Roy Batty
Un saludo,
Para mí, es un antes y un después. Antes de verla, no sabía que el cine pudiera ser tan especial. Después, todo el cine puede contar cosas que los libros de filosofía no registran.
Cuando la ví, en un reestreno posterior a 1982 (Entonces se hacía, más a menudo que ahora) era la versión comercial, con la voz en off, con el final feliz... y aun así, era especial; el futuro apestaba. Lluvia radioactiva, un mundo globalizado, con bicicletas, paraguas, neones desvaídos, chinos, hispanos, animales artificiales, sectas como el Hare Krishna, suciedad en grandes cantidades, noches ominosas, luces parpadeantes, emigración fuera de la Tierra... la ambientación de una distopía, un futuro poco edificante. Quedé impactado. Además, algo había de "mensaje", de visión del mundo desde términos inquisitivos. Y la banda sonora de Vangelis...
Lo primero de todo, me cautivó la recomposición del cine negro. Bogart reconvertido en Ford, Bacall en Sean Young... luego, las alusiones a la humanidad, el qué era ser humano; recuerdos, sentimientos... finalmente, el juego de caza, de tensión, de lucha. Era otro cine. Pasé días enteros buscando un abrigo similar al de Deckard, oyendo la banda sonora de Vangelis, leyendo el relato original de Philip K. Dick... y pasó el tiempo.
Un día, alquilé la película en VHS. Sería finales de los 80. Volví a sentirme cautivado, pero entroncaba además con algunas de mis dudas existenciales; sueños, realidades, mundos artificiales o naturales... y llegó el primer momento de "revelación". El reestreno de la versión que Ridley Scott se supone quería mostrar al público. Inicios de los 90. Fui al cine con mi hermano, una pequeña sala infame, llena, con ruido, molestias y calor, cerca de Gran Vía. Quedé sobrecogido. Ya tenía una teoría de la película, casi de la vida y parte del mundo, pero aquella tarde la rubriqué como casi definitiva.
No acaba aquí mi relación con la película. Nietszche, Unamuno, otros escritores de Ci-Fi, muchas cosas más, añadieron riqueza a Blade Runner. De pronto, un día, en el instituto, un profesor de filosofía sustituto, que parecía venir del punk de los 80, siniestro, licenciado y joven, nos la puso en clase. ¡Qué cambio de pedagogía! Algunos saludaron la película como una clase para saltársela, otros la vieron por ver algo... yo, en pantalla pequeña, me puse ese día en primera fila. ¡Qué diferencia de profesores, repito! el anterior, fumador en pipa, y obsesionado con la lógica ("Si A entonces B y si B entonces C, ¿qué tenemos?") el buen hombre no avanzaba... era conservador, funcionario, avejentado... casi como el edificio carcomido del final de la película, se le escapaba la vida entre sus grietas, como el agua supurante, y no era capaz de ver su propia ruina y decrepitud. El sustituto certificó mi idea; era una gran película a la altura de casi cualquier otro tratado de filosofía.
Los años pasaron, siguieron adelante. La pude ver alguna vez más, la conseguí hace pocos años en DVD, incluso, ¡qué cosas! un amigo, Raúl, me pidió la versión de 1982 que ya era una rareza (Y lo es, no encuentro copias...) y seguí incorporando cosas a la película. Su parecido obvio (Y no tan obvio) con Metrópolis, de quien es deudora, su denuncia de un mundo explotado y por tanto ecológicamente devastado (Lluvia ácida, falta de animales, oscuridad casi perpetua, contaminación que no deja pasar la luz, éxodo humano al espacio...) y sobre todo, sobre todas las cosas, esas pregunta esenciales de "¿Qué me hace ser humano? ¿Y qué es un humano?" junto con una voluntad ante la vida (El clavo es visto como cristiano; yo lo veo nietzscheano, y lo mismo la discusión con el "Padre creador") la hicieron esencial. Entonces, llegó el 25 aniversario.
Eso ha sido ayer, día 18 de noviembre de 2007, en mi 31 cumpleaños. He ido al cine a verla con mi novia, Cristina, mi buen amigo Rafa y su hermano, Javi. Y aparte de sentir que yo he envejecido, pero no así la película, me ha lastimado un tanto que cambiara detalles menores y también que incorporara cosas insustanciales. No las desvelaré. Me he sentido, como no sentí en 1992 (En ese año, la película cambiaba radicalmente de discurso; en 1982, el final era esperanzador, pero en ese momento, el final era claro, duro, diferente...) que ha habido comercialización, antes que cine. Y el cine, una vez más, ahora como consumo antes que otras cosas. Pero a pesar de ello, sigue ahí... siguen las bicis, el atasco, el videoteléfono con pintadas, la falta de luz, los gestos de Ford como Deckard, el humo espeso de los cigarrillos, el agua infiltrada en el edificio, la mano de Batty, los origamis de Gaff...
"Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser un esclavo." - Roy Batty
Un saludo,
miércoles, 14 de noviembre de 2007
Pornografía
Define el diccionario de la RAE pornografía como "Carácter obsceno de obras literarias o artísticas". Dice el María Moliner con mayor claridad que es "Representación o descripción explícita de actos obscenos en películas, revistas, libros, etc." En las dos, la palabra clave es obsceno.
Se ve en ésta definición una clara postura moral, una intención ética. Lo obsceno es pornográfico, se represente donde se represente. Me gusta más la de María Moliner, para qué negarlo, por completista. La cuestión es que, durante muchos siglos, la pornografía se ha asociado a una serie de cuestiones que me apetece comentar.
Primera de todas; es una industria asociada al crimen, a la explotación de las mujeres, a las drogas, a vidas truncadas y malogradas. ¿Es eso cierto? Hay gente que hace muchísimo porno, casero, amateur, incluso orgías que son de conocidos (Swingersakce, por ejemplo) o intercambios de parejas. Gente que acude a organizaciones o lugares para hacer tríos, probar ciertas cuestiones que a algunos les parecen nefastas... en suma, gente que no se asocia en absoluto al crimen, la explotación, una vida malograda, el consumo sin más de drogas... sin contar con los coleccionismos que se hacen muchas veces por personas perfectamente respetables y que, por lo menos, resultan entonces hipócritas. Aparte, hay que ver las nuevas estrellas del porno, gente que muchas veces se mete porque es un negocio más, o les gusta, pero no porque no les quede otra salida... ¡Si hasta la Sexta emite un programa llamado "Todos a 100" que va de esto!
Segunda; aburre y no es arte. Estoy harto de oirlo, como una especie de "coraza" o mantra intelectual ante el arrobo sensual que pueda producir alguna escena... aburre muchas veces porque es repetitivo, vista una... ¿vistas todas? No necesariamente. Hay porno y porno. No es lo mismo el porno de los años 70, y no es igual en cada país, que el de los 80, ni el de los 90, ni siquiera actualmente. Hay muchos cambios, muchas variaciones, atrevimientos, exploraciones. Incluso hay películas que exploran el mundo del porno (Dos; una frances y otra americana llamadas igual, El Pornógrafo) desde el ámbito de hacer un cine "diferente" o películas que lo incorporan como Nine songs o Los idiotas... es decir, aburrida es la persona que lo mira o la persona que se cree que lo ha visto todo y nada le excita ya. Y sobre el arte... pues arte, y vuelvo a los dos diccionarios, para ver diferencias, es "Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros" según el RAE, o simplemente "Manera como se hace o debe hacerse una cosa" según el María Moliner. La primera defición es más adecuada, ¿no? si bien la visión "desinteresada" es algo que dudo mucho ocurra cuando alguien hace algo... entonces, ¿la pornografía no es arte, una manifestación que a veces interpreta personalmente lo real o lo imaginado, mediante recursos plásticos (películas, fotos, cuadros) lingüísticos (diálogos, relatos eróticos, novelas) o sonoros (Gemidos, gritos, palabras...)? ¿podemos excluirla de las definiciones hechas hasta ahora?
Tercer lugar común; el porno ofrece una visión falsa del sexo, del erotismo y de lo que una pareja ha de tener o necesitar. A ésto se une el típico (junto con la masturbación) epíteto de "insuficiente", tan cacareado. Otra vez la moral. El erotismo del porno existe. Y es alto, muy alto. De eso trata del porno, de exitarlo, creando realidades para la persona que solamente las imagina. Es más, suele representar, como un cuadro histórico, hechos que alguien deseaba conocer. Evidentemente, no es realista cuando representa a una enfermera sexy que hace de todo con el paciente, ni tampoco a la típica colegiala que vende caramelos y acaba felando al que la abre, o el butanero o vendedor que se monta un trío con el ama de casa y su marido; no, pero son fantasías que las personas tienen, muchas, y en ese sentido, no es una visión falsa. Es de lo más realista. Representa un sueño, como una película de fantasía, y por tanto, igual que ésta, da un cierto placer al contemplar lo imaginado imperfectamente. Y no siempre es una visión falsa; ahí está el cine de amateurs, de aficionados, de personas que no se dedican a tiempo completo a este negocio, y en éstas películas vemos mucho de lo que vemos en las de "Estudio". No, no es falso lo que hacen. Ni tampoco lo es en esas orgías acordadas. Hay gente a la que le gusta hacerlo y verlo. Y volvemos a la masturbación, que siempre se asocia al porno y a la frase de esas mujeres tipo "Yo debo ser suficiente para tí y debes por tanto respetarme". ¡Qué compendio de gazmoñería, pacatería, de mala educación sexual, de represión a fin de cuentas! La pornografía abre, no cierra; la pornografía da material para las ensoñaciones, y la masturbación, placer.
En definitiva, se trata de considerar el porno como degradante para la mujer (Muchas veces lo es, pero expresa fantasías masculinas... ¿eso hay que prohibirlo) y dañino para la sociedad (Claro; al mismo nivel que el tráfico de armas, de droga, de connivencias políticas o económicas para hacer chanchullos, sin contar las religiones que imponen a la mujer un estado de servilismo...) y en todo caso, evitar todo debate sobre el tema. Pero además, es que la cantidad de cuestiones que son pornográficas es lo interesante. ¿Lo es ver un pie desnudo, un ombligo o lengua con piercing? ¿Es pornográfico ver un pene, pero artístico ver los labios de la vulva? ¿El acto sin miembro es sexual pero no pornográfico? Muchas cuestiones... y más.
Creo que las sociedades más reprimidas son las que dan el porno más bruto, más bizarro y extremado. Esta afirmación, que pensaba hace tiempo, la confirmó un amigo de mi hermano, y con qué razones. Cuanto más libre y conocedora del sexo es una sociedad, más entiende la pornografía como otra expresión de la búsqueda de placer de los hombres. Las mujeres participan en esto igual, y de hecho hay no pocas directoras, antes actrices, que miran por un porno nuevo, más dirigido a excitar a las mujeres. Y a fin de cuentas, ¿qué son las famosas novelas rosas románticas? En suma, todos queremos ver y disfrutar del sexo. El sexo, como algo placentero. La pornografía nos da materiales para ello. Y por tanto, aquellos sectores o personas que viven bajo una educación limitada, represiva, nada libre y a veces hasta totalitaria, penalizan esta búsqueda. Ojo, también lo hacen muchos llamados a sí mismos progres... el placer sigue dando miedo. Porque el placer, que a fin de cuentas es la reacción que busca la pornografía mediante el sexo, es individual, íntimo, mágico. Poseer algo así nos hace más felices, y más agradables al trato. Y curiosamente, es muy sano y barato (Muchas actrices porno son verdaderas atletas, con nada que envidiar de ciertas gimnastas...) y encima... ¡hace que creamos que la vida es maravillosa!
En fin. Hay muchos lugares comunes en el porno; no caigamos en ellos y sí disfrutemos de los cuerpos de esas personas que nos venden ensoñaciones para disfrutar...
Un saludo,
Se ve en ésta definición una clara postura moral, una intención ética. Lo obsceno es pornográfico, se represente donde se represente. Me gusta más la de María Moliner, para qué negarlo, por completista. La cuestión es que, durante muchos siglos, la pornografía se ha asociado a una serie de cuestiones que me apetece comentar.
Primera de todas; es una industria asociada al crimen, a la explotación de las mujeres, a las drogas, a vidas truncadas y malogradas. ¿Es eso cierto? Hay gente que hace muchísimo porno, casero, amateur, incluso orgías que son de conocidos (Swingersakce, por ejemplo) o intercambios de parejas. Gente que acude a organizaciones o lugares para hacer tríos, probar ciertas cuestiones que a algunos les parecen nefastas... en suma, gente que no se asocia en absoluto al crimen, la explotación, una vida malograda, el consumo sin más de drogas... sin contar con los coleccionismos que se hacen muchas veces por personas perfectamente respetables y que, por lo menos, resultan entonces hipócritas. Aparte, hay que ver las nuevas estrellas del porno, gente que muchas veces se mete porque es un negocio más, o les gusta, pero no porque no les quede otra salida... ¡Si hasta la Sexta emite un programa llamado "Todos a 100" que va de esto!
Segunda; aburre y no es arte. Estoy harto de oirlo, como una especie de "coraza" o mantra intelectual ante el arrobo sensual que pueda producir alguna escena... aburre muchas veces porque es repetitivo, vista una... ¿vistas todas? No necesariamente. Hay porno y porno. No es lo mismo el porno de los años 70, y no es igual en cada país, que el de los 80, ni el de los 90, ni siquiera actualmente. Hay muchos cambios, muchas variaciones, atrevimientos, exploraciones. Incluso hay películas que exploran el mundo del porno (Dos; una frances y otra americana llamadas igual, El Pornógrafo) desde el ámbito de hacer un cine "diferente" o películas que lo incorporan como Nine songs o Los idiotas... es decir, aburrida es la persona que lo mira o la persona que se cree que lo ha visto todo y nada le excita ya. Y sobre el arte... pues arte, y vuelvo a los dos diccionarios, para ver diferencias, es "Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros" según el RAE, o simplemente "Manera como se hace o debe hacerse una cosa" según el María Moliner. La primera defición es más adecuada, ¿no? si bien la visión "desinteresada" es algo que dudo mucho ocurra cuando alguien hace algo... entonces, ¿la pornografía no es arte, una manifestación que a veces interpreta personalmente lo real o lo imaginado, mediante recursos plásticos (películas, fotos, cuadros) lingüísticos (diálogos, relatos eróticos, novelas) o sonoros (Gemidos, gritos, palabras...)? ¿podemos excluirla de las definiciones hechas hasta ahora?
Tercer lugar común; el porno ofrece una visión falsa del sexo, del erotismo y de lo que una pareja ha de tener o necesitar. A ésto se une el típico (junto con la masturbación) epíteto de "insuficiente", tan cacareado. Otra vez la moral. El erotismo del porno existe. Y es alto, muy alto. De eso trata del porno, de exitarlo, creando realidades para la persona que solamente las imagina. Es más, suele representar, como un cuadro histórico, hechos que alguien deseaba conocer. Evidentemente, no es realista cuando representa a una enfermera sexy que hace de todo con el paciente, ni tampoco a la típica colegiala que vende caramelos y acaba felando al que la abre, o el butanero o vendedor que se monta un trío con el ama de casa y su marido; no, pero son fantasías que las personas tienen, muchas, y en ese sentido, no es una visión falsa. Es de lo más realista. Representa un sueño, como una película de fantasía, y por tanto, igual que ésta, da un cierto placer al contemplar lo imaginado imperfectamente. Y no siempre es una visión falsa; ahí está el cine de amateurs, de aficionados, de personas que no se dedican a tiempo completo a este negocio, y en éstas películas vemos mucho de lo que vemos en las de "Estudio". No, no es falso lo que hacen. Ni tampoco lo es en esas orgías acordadas. Hay gente a la que le gusta hacerlo y verlo. Y volvemos a la masturbación, que siempre se asocia al porno y a la frase de esas mujeres tipo "Yo debo ser suficiente para tí y debes por tanto respetarme". ¡Qué compendio de gazmoñería, pacatería, de mala educación sexual, de represión a fin de cuentas! La pornografía abre, no cierra; la pornografía da material para las ensoñaciones, y la masturbación, placer.
En definitiva, se trata de considerar el porno como degradante para la mujer (Muchas veces lo es, pero expresa fantasías masculinas... ¿eso hay que prohibirlo) y dañino para la sociedad (Claro; al mismo nivel que el tráfico de armas, de droga, de connivencias políticas o económicas para hacer chanchullos, sin contar las religiones que imponen a la mujer un estado de servilismo...) y en todo caso, evitar todo debate sobre el tema. Pero además, es que la cantidad de cuestiones que son pornográficas es lo interesante. ¿Lo es ver un pie desnudo, un ombligo o lengua con piercing? ¿Es pornográfico ver un pene, pero artístico ver los labios de la vulva? ¿El acto sin miembro es sexual pero no pornográfico? Muchas cuestiones... y más.
Creo que las sociedades más reprimidas son las que dan el porno más bruto, más bizarro y extremado. Esta afirmación, que pensaba hace tiempo, la confirmó un amigo de mi hermano, y con qué razones. Cuanto más libre y conocedora del sexo es una sociedad, más entiende la pornografía como otra expresión de la búsqueda de placer de los hombres. Las mujeres participan en esto igual, y de hecho hay no pocas directoras, antes actrices, que miran por un porno nuevo, más dirigido a excitar a las mujeres. Y a fin de cuentas, ¿qué son las famosas novelas rosas románticas? En suma, todos queremos ver y disfrutar del sexo. El sexo, como algo placentero. La pornografía nos da materiales para ello. Y por tanto, aquellos sectores o personas que viven bajo una educación limitada, represiva, nada libre y a veces hasta totalitaria, penalizan esta búsqueda. Ojo, también lo hacen muchos llamados a sí mismos progres... el placer sigue dando miedo. Porque el placer, que a fin de cuentas es la reacción que busca la pornografía mediante el sexo, es individual, íntimo, mágico. Poseer algo así nos hace más felices, y más agradables al trato. Y curiosamente, es muy sano y barato (Muchas actrices porno son verdaderas atletas, con nada que envidiar de ciertas gimnastas...) y encima... ¡hace que creamos que la vida es maravillosa!
En fin. Hay muchos lugares comunes en el porno; no caigamos en ellos y sí disfrutemos de los cuerpos de esas personas que nos venden ensoñaciones para disfrutar...
Un saludo,
lunes, 12 de noviembre de 2007
Sin gafas, sin rodilla, sin baloncesto
A veces toca poner un mensaje triste. Ahí va el mío.
Hace años, como he dicho, me rompí un ligamento cruzado y el cuerno del menisco, en la rodilla izquierda. Jugando al baloncesto. Era un partido sin trascendencia, una pachanga de campa. Lo recuerdo bien; saltaba a meter una canasta y un tapón de un tío más alto me tiró al suelo, y caí mal, con media pierna a un lado y otra media al otro. Me dolió mucho, me sentí fatal y pasé dos meses de infierno. Al cabo de muchos más meses (Sin jugar, claro; lo intenté un par de veces y la rodilla se me iba) me diagnosticaron con resonancia y me mandaron operar. Casi dos años después de la lesión, me operaron; casi dos meses con la herida fresca, los puntos, un armatoste para caminar, aguantando no solo el dolor si no también ciertos sermones incómodos. Al mes, volviendo del trabajo, me fisuré gravemente la rótula. Desmayo, urgencias, camilla y diganóstico doloroso; más de ocho meses con una escayola desde el dedo gordo hasta la cadera. Nada, reposo, dolor y más sermones. Al cabo de un mes de quitarme la escayola, comencé la rehabilitación. Lo más duro que he hecho nunca. Pero lo hacía porque quería jugar al baloncesto. Recuperé musculatura (No perdí mucho del peso ganado) y empecé a cambiar de carácter. A los cuatro años de la lesión inicial, volvía a jugar en canchas, de otra manera, más sosegado, más reposado. Y entonces, una nueva decisión tras varios años jugando así; operarme la vista.
Me operé la miopía principalmente porque mis ojos no toleraban las lentillas (Que usaba, del tipo diarias, para jugar) y porque, además de salirme gratis, quería dejar de usar las gafas para jugar. He roto muchos pares en mi juventud, jugando. Bajaba a la cancha con ellas, y pum, golpe, rotas. O las dejaba en un lateral y plof, balonazo, rotas. Y con las lentillas, molestias del sudor, de golpes, se caían y se perdían... entonces me operé, este año 2007. Feliz. Jugar con una rodilla razonablemente bien recuperada, al baloncesto, de una manera sosegada, con más kilos, sí, pero con la misma o más ilusión. Lo entiendo más, lo disfruto más, lo adoro más.
Hace un mes y poco, nueva lesión. En la misma pierna. De una manera absurda; trastabillado en un pedalín. Sonido sospechoso. Dolor, inflamación, nueva visita a urgencias, nueva repetición del ritual; rodillera, bastones, reposo. Me apunté a un equipo con un viejo amigo, Pepe. Tenía tres opciones este año (Se destilan poco los aleros-escolta tiradores... que no anotador) y me decanté por la suya. Conocía las otras dos; el año pasado, un equipo donde jugué pocos minutos; solía meter un triple y fallar otro. Y poco más. Decidí que quería un poco más. En el equipo de Oscar, otro buen amigo, sobraban las figuras, y corrían mucho. Así que me fuí con Pepe. No he jugado aun un solo partido. Y el ritual continúa; ahora me falta la resonancia, comprobar si las caras de mis traumatólogos son negativas o positivas. Pero el miedo está ahí; ¿podré jugar al baloncesto otra vez?
Con Pepe hablé no hace mucho del tema. Antes de la lesión. Que queríamos jugar todo lo que pudiéramos, hasta arrastrarnos por las canchas. Que aún quedaba basket en las botas, el que fuera. Muchos de mis amigos están "retirados". Algunos por razones médicas. Otros porque lo dejaron aparcado. Yo quería seguir. Quiero seguir.
Suena a lamento, y lo es. Pero quien me conozca un poco, y quien no, sabrá que el baloncesto, jugarlo, es para mí como el tabaco para un fumador, como la coca a un adicto, como el cine para Rafa, como correr para mi hermano. El baloncesto, jugado (Arbitrar es interesante, y entrenar es como proyectar en tu hijo el sueño frustrado) es para mí una droga. Es lo único que he disfrutado deportivamente. Correr, fintar, bloquear, pedir el balón, pasarlo, botarlo, recibirlo, tirar a canasta y encestar, robar un pase, hacer un tapón, evitarlo, hacer falta, recibirla, ser taponado, perder bola, salir a cancha con ilusión, volver al banquillo frustrado o feliz, sudar, agotado, corriendo el último contraataque, el silencio del tiro libre, el rebote que llega a tu mano... hacer esa jugada que sueñas y no sale nunca, salvo cuando sale, sin más. ¿He perdido estas sensaciones para siempre?
No lo quiero así. Mi rodilla cruje, y suena alarmantemente similar a cuando me rompí el ligamento. ¿Me habré roto lo que me operaron? ¿Será el otro? No parece igual, la verdad. Pero no lo descarto. ¿Me quedaré cojo? No parece, ando bien. Algo podré hacer. ¿Jugaré al baloncesto? Esa es mi gran duda.
Me recuerdo el primer día. Con mis gafas nuevas, con el balón que mi madre me compró, por pesado. Con unas zapatillas del colegio, incómodas, que me provocaron los primeros esguinces de tobillo. Con la primera camiseta que llevaba puesta. Incluso jugar con zapatos, camisa y vaqueros, un día. O en Gijón, un partido improvisado al que me metí para impresionar a una chica. O el ritual de entrar en un equipo, de 3, 4 o 5. Las rondas. El tiro de tres para poder jugar en la Complutense. El juego en la Carlos III. Los arbitrajes, a veces con la resaca del viernes o el sábado. El despertar oyendo el bote de balones frente a mi terraza. El hacer una serie de 100 tiros libres y 100 tiros de campo en exámenes, y sacar la media, pensando que esa podría ser la nota. El jugar un 21 a las 3 de la mañana con amigos, ganándoles en apuestas una cantidad de cubatas impresionante. El entrenar a las 11 de la noche en un pabellón y volver, sudado, ducharme, acostarme a la 1 y despertar a las 7 sintiendo el dolor, cansancio y placer de haber jugado. El gritar a los compañeros, pidiéndoles atención a un balón. El protestar al árbitro. El que me protestaran a mí. El intentar una jugada nueva. El llamar en cadena por teléfono para quedar en una cancha. El hacer alineaciones con todos los amigos, el valorar si tal o cual persona sería buen 4 o 5 por la altura, o un simple 3 como casi todos. Sentir, en las manos, el balón. Acariciar el cuero o el plástico rugoso de manera sensual, cariñosa. El oir el sonido celestial, el "Chof" cuando hay red, o el "Clank clank" cuando es sólo aro de metal. Ver cómo rebota en el tablero y entra, las piedras, los tiros afortunados, los imposibles, los extravagantes, los profesionales. Los gestos; Javi señalándose el número de la camiseta, Pepe frotándose las manos, Iván apartándose el pelo tras hacer falta, Nieva aleteando como un pájaro, el tiro de mi hermano desde detrás de la nuca, Oscar sonriendo con ironía, y muchos más, tantos otros... yo mismo, levantando mis manos con los tres dedos de triple, tras anotar.
¿Será este mensaje una despedida? Ojalá que no. Ojalá.
Es mi rodilla...
Hace años, como he dicho, me rompí un ligamento cruzado y el cuerno del menisco, en la rodilla izquierda. Jugando al baloncesto. Era un partido sin trascendencia, una pachanga de campa. Lo recuerdo bien; saltaba a meter una canasta y un tapón de un tío más alto me tiró al suelo, y caí mal, con media pierna a un lado y otra media al otro. Me dolió mucho, me sentí fatal y pasé dos meses de infierno. Al cabo de muchos más meses (Sin jugar, claro; lo intenté un par de veces y la rodilla se me iba) me diagnosticaron con resonancia y me mandaron operar. Casi dos años después de la lesión, me operaron; casi dos meses con la herida fresca, los puntos, un armatoste para caminar, aguantando no solo el dolor si no también ciertos sermones incómodos. Al mes, volviendo del trabajo, me fisuré gravemente la rótula. Desmayo, urgencias, camilla y diganóstico doloroso; más de ocho meses con una escayola desde el dedo gordo hasta la cadera. Nada, reposo, dolor y más sermones. Al cabo de un mes de quitarme la escayola, comencé la rehabilitación. Lo más duro que he hecho nunca. Pero lo hacía porque quería jugar al baloncesto. Recuperé musculatura (No perdí mucho del peso ganado) y empecé a cambiar de carácter. A los cuatro años de la lesión inicial, volvía a jugar en canchas, de otra manera, más sosegado, más reposado. Y entonces, una nueva decisión tras varios años jugando así; operarme la vista.
Me operé la miopía principalmente porque mis ojos no toleraban las lentillas (Que usaba, del tipo diarias, para jugar) y porque, además de salirme gratis, quería dejar de usar las gafas para jugar. He roto muchos pares en mi juventud, jugando. Bajaba a la cancha con ellas, y pum, golpe, rotas. O las dejaba en un lateral y plof, balonazo, rotas. Y con las lentillas, molestias del sudor, de golpes, se caían y se perdían... entonces me operé, este año 2007. Feliz. Jugar con una rodilla razonablemente bien recuperada, al baloncesto, de una manera sosegada, con más kilos, sí, pero con la misma o más ilusión. Lo entiendo más, lo disfruto más, lo adoro más.
Hace un mes y poco, nueva lesión. En la misma pierna. De una manera absurda; trastabillado en un pedalín. Sonido sospechoso. Dolor, inflamación, nueva visita a urgencias, nueva repetición del ritual; rodillera, bastones, reposo. Me apunté a un equipo con un viejo amigo, Pepe. Tenía tres opciones este año (Se destilan poco los aleros-escolta tiradores... que no anotador) y me decanté por la suya. Conocía las otras dos; el año pasado, un equipo donde jugué pocos minutos; solía meter un triple y fallar otro. Y poco más. Decidí que quería un poco más. En el equipo de Oscar, otro buen amigo, sobraban las figuras, y corrían mucho. Así que me fuí con Pepe. No he jugado aun un solo partido. Y el ritual continúa; ahora me falta la resonancia, comprobar si las caras de mis traumatólogos son negativas o positivas. Pero el miedo está ahí; ¿podré jugar al baloncesto otra vez?
Con Pepe hablé no hace mucho del tema. Antes de la lesión. Que queríamos jugar todo lo que pudiéramos, hasta arrastrarnos por las canchas. Que aún quedaba basket en las botas, el que fuera. Muchos de mis amigos están "retirados". Algunos por razones médicas. Otros porque lo dejaron aparcado. Yo quería seguir. Quiero seguir.
Suena a lamento, y lo es. Pero quien me conozca un poco, y quien no, sabrá que el baloncesto, jugarlo, es para mí como el tabaco para un fumador, como la coca a un adicto, como el cine para Rafa, como correr para mi hermano. El baloncesto, jugado (Arbitrar es interesante, y entrenar es como proyectar en tu hijo el sueño frustrado) es para mí una droga. Es lo único que he disfrutado deportivamente. Correr, fintar, bloquear, pedir el balón, pasarlo, botarlo, recibirlo, tirar a canasta y encestar, robar un pase, hacer un tapón, evitarlo, hacer falta, recibirla, ser taponado, perder bola, salir a cancha con ilusión, volver al banquillo frustrado o feliz, sudar, agotado, corriendo el último contraataque, el silencio del tiro libre, el rebote que llega a tu mano... hacer esa jugada que sueñas y no sale nunca, salvo cuando sale, sin más. ¿He perdido estas sensaciones para siempre?
No lo quiero así. Mi rodilla cruje, y suena alarmantemente similar a cuando me rompí el ligamento. ¿Me habré roto lo que me operaron? ¿Será el otro? No parece igual, la verdad. Pero no lo descarto. ¿Me quedaré cojo? No parece, ando bien. Algo podré hacer. ¿Jugaré al baloncesto? Esa es mi gran duda.
Me recuerdo el primer día. Con mis gafas nuevas, con el balón que mi madre me compró, por pesado. Con unas zapatillas del colegio, incómodas, que me provocaron los primeros esguinces de tobillo. Con la primera camiseta que llevaba puesta. Incluso jugar con zapatos, camisa y vaqueros, un día. O en Gijón, un partido improvisado al que me metí para impresionar a una chica. O el ritual de entrar en un equipo, de 3, 4 o 5. Las rondas. El tiro de tres para poder jugar en la Complutense. El juego en la Carlos III. Los arbitrajes, a veces con la resaca del viernes o el sábado. El despertar oyendo el bote de balones frente a mi terraza. El hacer una serie de 100 tiros libres y 100 tiros de campo en exámenes, y sacar la media, pensando que esa podría ser la nota. El jugar un 21 a las 3 de la mañana con amigos, ganándoles en apuestas una cantidad de cubatas impresionante. El entrenar a las 11 de la noche en un pabellón y volver, sudado, ducharme, acostarme a la 1 y despertar a las 7 sintiendo el dolor, cansancio y placer de haber jugado. El gritar a los compañeros, pidiéndoles atención a un balón. El protestar al árbitro. El que me protestaran a mí. El intentar una jugada nueva. El llamar en cadena por teléfono para quedar en una cancha. El hacer alineaciones con todos los amigos, el valorar si tal o cual persona sería buen 4 o 5 por la altura, o un simple 3 como casi todos. Sentir, en las manos, el balón. Acariciar el cuero o el plástico rugoso de manera sensual, cariñosa. El oir el sonido celestial, el "Chof" cuando hay red, o el "Clank clank" cuando es sólo aro de metal. Ver cómo rebota en el tablero y entra, las piedras, los tiros afortunados, los imposibles, los extravagantes, los profesionales. Los gestos; Javi señalándose el número de la camiseta, Pepe frotándose las manos, Iván apartándose el pelo tras hacer falta, Nieva aleteando como un pájaro, el tiro de mi hermano desde detrás de la nuca, Oscar sonriendo con ironía, y muchos más, tantos otros... yo mismo, levantando mis manos con los tres dedos de triple, tras anotar.
¿Será este mensaje una despedida? Ojalá que no. Ojalá.
Es mi rodilla...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)